miércoles, 24 de enero de 2024

LEYENDA DE LA AUTORÍA DE LAS ESPERANZAS

Ahora que empieza la pre Cuaresma, aunque, en realidad, ¿cuándo no es pre Cuaresma para un cofrade? O los 40 días estrictos que dura la propia Cuaresma o los siguientes ocho días mágicos que conforman la Semana Santa de Ramos a Resurrección, el resto del año, o lo que es lo mismo todos los días que van desde el Lunes de Pascua hasta el martes previo al Miércoles de Ceniza, ambos incluidos, son pre Cuaresma para un cofrade. Vamos, que los jartibles vivimos en una pre Cuaresma continua. Así somos. Bien, pues ahora que "empieza" esta fecha, pasada la Navidad y viviendo de soslayo el inminente Carnaval, porque ya saben vuesas mercedes que a la que pasa Baltasar se vislumbra la primera cruz de guía, me decido a escribir en el Rincón las primeras líneas de este recién estrenado año 2024, dedicándolas a una leyenda que no dejará indiferentes a ninguno de los que vivimos en esa pre Cuaresma eterna que antes decía. ¿Quién hizo las imágenes de las Esperanzas? Esa es la pregunta. Y hete aquí que, de pura casualidad, escuché una leyenda que una abuela sevillana, con sus sevillanas maneras, contaba a su nieto un día que me hallaba yo en la Plaza de San Lorenzo, allí donde reside el Señor del Gran Poder. Y hoy la traigo por escrito para que perdure lo máximo posible, pues todo cofrade, en el fondo, somos de una u otra, pero en todos reside la fe... y la Esperanza.

Tuve, siendo adolescente, la fortuna de coincidir una vez con el Padre Ramón Cué, jesuita y escritor de varios libros, entre ellos "Cómo llora Sevilla...", el libro más leído de la Semana Santa sevillana, cuando en una charla de cofradías soltó uno de esos pequeños chascarrillos rimados que no sé si recogió por escrito alguna vez, pero que a mí se me quedó marcado a fuego y jamás olvidaré: "Esperanza de Triana y Esperanza Macarena, una madre y una pena, una misma soberana en dos caritas morenas". Y decía el Padre Cué (cosa que yo ya compartía con él antes de aquella preciosa tarde), lo mismo que antes he expuesto: todo cofrade se identifica con una u otra (de las Esperanzas), pero ninguna las obvia. Y, quizás por eso, se habla miles de veces de quién sería la gubia que las tallase. Y, quizás también, buscando respuesta a ese interrogante naciera la leyenda que voy a narrar y que escuché de aquella señora allí donde los vencejos vuelan, donde hasta el aire es distinto y la Giralda se eleva, porque, como el pregonero dijera, el Gran Poder cuando pasa, nunca pasa, siempre se queda y está en el corazón de todo aquel que le reza. Y a eso iba yo cuando escuché la leyenda.

-¿Quiénes hicieron las Esperanzas, abuela?- ¡Qué cosas me preguntas, Eduardito, hijo! No se sabe, pero siempre se ha dicho que los propios ángeles. Anda, vete a jugar un rato, ahora vuelves, te doy la merienda y ya nos vamos a casa. -Abuela, yo quiero ser costalero como mi papá y tocar el tambor en la Centuria Romana Macarena, pero ¿quién hizo las Esperanzas? El primo es de la de Triana... -Anda, ve a jugar. Ya te lo contaré. -¡Abuela! ¿Quién las hizo? Todos las queremos... -¡Ay, Señor! Ven, siéntate aquí a mi lado y te lo cuento como a mí me lo contó mi padre mientras te comes el bocadillo. -¡¡Bien!!- Dijo el pequeño mientras comenzaba a retirar el papel albal que cubría su preciado tesoro y daba el primer bocado al mismo. -¿Por cuál quieres que empiece? -Por la de Triana que es la del primo Andrés, la nuestra déjala para después.- Al oír esa charla me quedé merodeando, haciendo como que trasteaba con el móvil, pues supe que lo que iba a escuchar de boca de aquella señora sería algo precioso. Y así fue. Las palomas jugueteaban por el suelo picoteando semillas, aguardando también saber el secreto. -Mira, Eduardo, mi padre me decía que nunca se ha sabido ni sabrá quien hizo las imágenes de la Madre de Dios. Antiguamente se atribuían a Martínez Montañés o a Juan de Mesa, pero eso es un total despropósito. En el pasado, cuando una imagen era de gran nivel, enseguida se decía que era de ellos, pero sin tener fundamento alguno. De la Esperanza de Triana se conserva muy poco de la imagen original pues ha sido retocada muchas veces en profundidad, destacando los grandes cambios que le hicieron Castillo Lastrucci y Gumersindo de Astorga. Últimamente se dice que podría ser del taller de Astorga, pero de Gabriel, autor de la Soledad de San Buenaventura, aunque yo no le veo parecido alguno. Y otros dicen que, a lo mejor, la hizo Juan Bautista Patroni, pues tiene rasgos parecidos a otras imágenes de ese artista genovés.- El niño miraba a su abuela con los ojos muy abiertos mientras sujetaba su bocadillo. Ni pestañeaba ni lo mordía. Embobado. Yo tenía el móvil en la mano en negro. Sin hacer uso de él. Absorto en la conversación, tras ellos, a unos dos metros del banco donde estaban sentados.

-Y de la Macarena, ¿qué decirte? Es una talla anónima también, aunque se hacen ciertas atribuciones, pero sin sentido ninguno. Se dijo que era de Juan de Mesa, ¡cómo no! Ya te he comentado que todo se decía que era suyo. Cuando se descartó esa idea se dijo que era del taller de Pedro Roldán, pero es que por allí pasaron muchos imagineros y a todos se les iba atribuyendo su autoría: Cristóbal Pérez, la Roldana o al propio maestro Pedro Roldán. Nunca se supo. De hecho, mi pregón favorito, el de Rodríguez Buzón, dice que la Macarena fue tallada en jardín de brisas con las gubias celestiales del dolor y la sonrisa y la bajaron los ángeles para dejarla en Sevilla. Así es que Eduardito, hijo, no se sabe quién hizo a las Esperanzas, pero mi padre decía que la leyenda cuenta que las hicieron los ángeles que las acompañan, porque no hay explicación humana. Y si a la Macarena la bajaron los ángeles a San Gil, a la Esperanza del primo Andrés la bajaron también a Triana, que los puentes no son barreras, sino lazos entre hermanos.- El niño sonrió enormemente al escuchar esa leyenda de boca de su abuela, quitó más papel albal y comenzó a merendar. Yo sonreí más aún y me dirigí a la Basílica del Gran Poder a decirle que ya sabía quien esculpió a su Madre, a rezarle un Padre Nuestro y a besarle el talón. No tarde más de cinco minutos. Al salir, pasé por delante del banco donde estaba aquella señora. Eduardito iba corriendillo a la papelera a tirar el papel albal hecho una bola. Ya se había comido el bocadillo. Le dije son una sonrisa enorme brotada del corazón "¡Buenas tardes, señora!" Era mi manera de darle las gracias, aunque no me conociera, por el rato que me hubo regalado. Me contestó "Ve con Dios", a la antigua usanza, recordándome a las abuelas de la Mancha. Seguí mi marcha con el móvil en la mano, esta vez sí, dándole uso, tecleando en un whastapp que indicaba a quien me esperaba que ya iba hacia la Plaza de Duque. Conforme me alejaba oí la voz del niño: "Abuela, cuando vaya a la Basílica le diré a la Macarena lo que me has contado. ¡Y seré costalero con el primo Andrés!" Lo escuché saltar felizmente. Inolvidable.

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