miércoles, 29 de abril de 2026

OTRA ROMERÍA DISFRUTADA

Decía un verso antiguo, dedicado al paso de Cristo de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, a Nuestro Padre Jesús de la Salud: "Llegó somo llega siempre y Sevilla lo esperaba, [...], y se fue sin que Sevilla quisiera que se marchara...". Así ha sido esta pasada Romería para mí. Ha llegado como siempre y se ha marchado sin que quisiera que pasase. ¡Qué bien me lo paso en estos días! Ha sido una romería entre familia y amigos que ha tenido de todo. Y he sido feliz. Muy feliz. Mucho. Sigo conservando ese espíritu joven que tanto me ha hecho (y sigue) disfrutar. Mi gorro de siempre, el vaso de mini lleno, la sonrisa, mis amigos, la lumbre y las ganas comunes de pasarlo bien. Y así debía ser y lo fue. La Virgen del Monte es un lugar especial para mí. Por unas cosas u otras llevo ligado a aquel lugar desde mi más tierna infancia. Yo tendría la edad que mi hija tiene ahora, incluso menos, y ya estaba por allí. Algunos ya no están, pero cuando miro al cielo sé que están y siguen sonando las sonoras carcajadas de Amalio y los comentarios de Ángel acerca de su querido Atlético de Madrid. Allí donde me enseñaron a volar una cometa y hoy hay cientos de árboles que dan sombra a los romeros sigue oliendo a aliño de berenjenas. Y cuando veo el humo subir coqueteando con los pinos, sé que su origen está en un fuego en el que se están tostando unas migas o borbotea una caldereta. El último fin de semana del mes de abril el cielo es distinto en el Paraje de la Dehesa de la Moheda. Y no. No es casualidad. Se repite año tras año y evoca siempre recuerdos que no volverán y que te hacen disfrutar el momento con fuerza.

Este año no pude llegar directo a comer allí el mismo viernes, como siempre me gusta hacer. Ponerme las ropas viejas que da igual que se manchen, encajarme el gorro en la cabeza, subirme al coche, darle caña al viejo cd de pasodobles taurinos y llegar a la romería sonando de fondo "España cañí". No hay mejor manera de iniciar la romería. Este año, como decía, por siembras laborales de futuro de mi mujer, las cuales aguardo que den fruto porque se lo merece, llegamos al chalet mi hija y yo a media tarde. Y ya a la batalla. Este año tuvimos una aliada que no suele faltar tampoco a las citas de gente de bien y de orden: la baraja. ¡Qué de risas nos regala! Y qué buena maestra es para enseñar a los pequeños sus primeras picardías y guiños de ojo. Con el primer mini de calimocho a la vera estuvimos jugando a las siete y media, al reloj (¿te acuerdas, Lela? ahora juego yo con mi hija), al burro y a las carreras de caballos. Tarde noche tranquila y sin muchos efluvios etílicos que el sábado se barruntaba fuerte. Y así fue. No falla. El día de la Virgen del Monte es el último Domingo de abril. Sea el día que sea. Pero el sábado previo... ¡Ay, Gregoria! Ese día es magistral. Es el día de echar lumbre desde bien temprano, calarse la gorra manchega, hacer almuerzo, arroz con pollo, gachas, migas, patatas con arroz y bacalao o cualquier gañanada buena, ancestral y saciante que te deje el gaznate y la panza de hormigón armado para la ingesta de licores que se avecina. Los años merman el aguante, pero enseñan el dominio. Ojo que la combinación es peligrosa, no así la del 100 Pipers con naranja que es perfecta.

Y no faltó de nada. Jamón, queso, patatas, anchoas, aceitunas, patatera, mejillones y botellines "maemil" como dirían en el Moral. No era mala la base. Y luego el arroz con pollo con su pan de cruz al corte y remojado con morapio, de morro fino para quien guste y de cartón y mezclado para los amantes del porrón de pienso (vino blanco con coca cola) o del ya citado mini de calimocho, siendo en estos dos últimos donde me encuentro. Remátese la faena con pasteles varios y un trozo de tarta. Añádase un café (sin cafeína que me pongo muy nervioso) y queda el cuerpo listo para echarle los brebajes que procedan de modo que, siendo varios y diversos, no afecten a la verticalidad hasta que pasen unas horas. No es plan de cantar el Cocoguagua a las seis de la tarde, así es que la preparación ha ser cumplida íntegramente. Y si luego en torno a las nueve de la noche ya hay exaltación de la amistad, cánticos varios y algún traspiés, es romería, mujer. No te vayas a ofuscar que va más de medio pueblo igual y una al año no hace daño. Puede imaginarse el lector lo que acontece... Y, lo mejor, cuando los integrantes de un corro van a otro y los del otro al propio y se conjunta ese mágico batiburrillo, es romería pura. ¿Con quién y dónde estás ahora? Pues no lo sé, pero son muy majos, me han dado una cerveza y estamos asando chuletas. ¡Viva la Virgen del Monte!

Claro, luego aparece en tu bolsillo una navaja que no es tuya, llevas puesta una gorra nueva, tienes fotos en el móvil que no recuerdas y lo que quieres es catorce vasos de agua y dormir tres días seguidos. Pero como eso no puede ser, pues amanece el Domingo y es fiesta de guardar. El día verdadero de la Romería y el día de Ella, de la Virgen y de los honores que se le rinden. Suenan cohetes y otra vez a la casilla de salida, aunque esta vez, no sé por qué, se lo toma uno con más mesura que el día anterior. Seguramente lo que viene siendo la resaca así lo aconseja y, más de una ocasión, lo impone. La caravana de coches enfila por el Carreterín y lo llena desde el pueblo hasta la romería. ¡Qué cantidad de gente viene a ver a la Virgen y Su Niño! Y llegan amigos que no vinieron el día anterior, "lechugos como una fresca", que quieren tomarse un botellín. A ver cómo les dices que no... Y ya sabes lo que conlleva eso. Uno y otro y otro y ya estamos de lío. Este año, a decir verdad, el propio Domingo no hubo demasiado enredo etílico, pues no procede que en el ejercicio de padre te recuerden los cachorros en pleno éxtasis romeril, pero hubo el que debe de haber y es, ojo cuidado, incluso sano, pues evade y hace disertar el interior de uno mismo. Eso también es romería y máxime cuando se está rodeado de la verdadera familia y de los amigos de verdad. Vamos que se ha dado bien y ha habido de todo en estos preciosos días que con tanto afecto espero y comparto. Otra romería disfrutada. Y que sean muchas más.

martes, 7 de abril de 2026

MI SEMANA SANTA 2026



Hacía mucho tiempo que no vivía una Semana Santa tan plena, contundente, satisfactoria, memorable y feliz como la de este año. Y mirad que ha sido dura para mí, muy dura. Tras treinta años en el oficio costalero era la primera vez que no sacaría ningún paso. Paro aquí para lanzar un aviso a lectores costaleros que estén próximos a la retirada o recién retirados: la última chicotá es triste. Mucho. Sabes que cuando suene el martillo por última vez y se posen los zancos en el suelo se acabó tu carrera. La última arriá es un pellizco amargo. Mucho. Así es, sin duda. Pero es peor el siguiente año. Saber las fechas de la igualá, los ensayos, la mudá... Ver a tu gente, a tus amigos, a tu capataz... Y saber que ya no estás. La lágrima aflora sola. Acabo de vivirlo y el deseo de seguir cercano a las maderas es fuerte y cuesta muchísimo aceptar que contra el tiempo no se puede luchar y ha acabado esa época. En fin... Que tras treinta años de actividad costalera esta Semana Santa me ha dejado, quizás, más pleno, satisfecho y cansado que otras en las que sacaba tres pasos. He disfrutado mis ratitos muchísimo. Y he sido feliz. La certeza y garantía de no tener que mirar al cielo cada día ha sido una tranquilidad grande. ¡Qué maravilla cuando se instala un anticiclón y sabes que todas las jornadas van a ser soleadas y saldrán todas las cofradías! Así fueron las vísperas y así ha sido la Semana Grande. Cielo azul, vaharadas de incienso, sabor a almíbar, marchas sonando, buena compañía, familia, amigos y las costumbres y tradiciones a la orden del día. ¡A la Gloria sin posible escapatoria!

Amaneció radiante el Domingo de Ramos y la ciudad latía distinta. Domingo de palmas y ramas de olivo. El sol iluminaba a la salesiana hermandad y la primera cofradía hacía entrada triunfal en los palcos. La vimos entre familiares y amigos y los nervios se me acentuaban pues, por la tarde, en el Barrio de los Ángeles, aguardaba el Rabí de la blanca túnica y su Madre de la Salud para hacer estación de penitencia a través de la Hermandad del Prendimiento. Después de más de una década en mi sempiterno zanco izquierdo y que mi hija sea hermana de la cofradía desde el día del Padre del año en que nació, visto el terno negro en el equipo de capataces del paso de misterio y mi pequeña viste la túnica en el tramo de niños. Es un día grande en casa. Llega la gloria, se dispara el júbilo y sale nuestra hermandad a la calle. Y salió todo a pedir de boca. La cofradía se paseó con elegancia, sin contratiempo alguno y llenando las calles de catequesis. La única posible pega, indomable para todos, fue el frío que se adueñó de la noche conforme avanzaba. Mucho frío. La jornada transcurrió plácida y cuando me acosté estaba muy satisfecho del trabajo hecho. Así concluyó mi particular Domingo de Ramos, sin poder ver más cofradías por entregarme a la mía. El Lunes Santo, como siempre, asistí al Vía Crucis con mi padre y tuve la suerte de que me eligieran para llevar al Cristo durante dos estaciones. Completamos el recorrido hasta la oración final en la Catedral y marchamos a casa preparados para vivir los días venideros sabiéndonos llenos de fe.

Y llegó el Martes Santo. Olor a torrijas recién hechas y tarde de cofradías con la familia. Disfrutamos en las calles de Medinaceli, la Esperanza, las Penas y el Mayor Dolor. Al igual que las dos noches anteriores el cielo estaba raso, pero el frío se dejó sentir. Casi seis horas en la calle viendo cofradías me llenaron de alegría. Amo las cofradías, son mi modo de vida y las recuerdo a diario. ¡Cuánto tiempo es la espera y qué poquito dura el gozo! ¡Qué chicotá más cortita y qué relevo más largo! Siempre me repito esas frases y, por eso, cuando llega la Semana más bonita del año, la exprimo al máximo. Y despertó el Miércoles Santo. La Bondad de Dios y el Consuelo de María llenarían mi amada Ciudad Real. No concibo un Miércoles Santo sin estar cerca del paso de la Flagelación. He crecido ahí. Me hecho hombre, padre y costalero bajo sus trabajaderas. Tenía que estar cerca del Señor y de mi querida cuadrilla de alguna manera. Me daba igual cómo, pero cerca de ellos siempre. La opción fue ser el aguaor. Y lo hice. Y lo haría mil veces más. Todo por Él. Las cosas no se dicen, se hacen. Y el que quiera entender que entienda. Mi medalla de hermano la llevó mi hija en el tramo de niños. Es hermana desde el día que nació, juró reglas en mis brazos teniendo un mes y cinco días de vida y, acto seguido, la dejé en el carrito y subí al atril a predicar mi cofradía. No me va a enseñar nadie lo que es la Flagelación y lo que es el Señor de la Bondad. Y en mi cuello la medalla que ha estado conmigo treinta años bajo el paso. La lágrima contenida todo el día por todos los momentos vividos bajo las divinas maderas salió a la luz dos veces: en el Pasaje de la Merced cuando mi primo, el pequeño, llevó los cambios del paso y, casi a la entrada de la hermandad, cuando quien siempre será mi capataz me dedicó una levantá y me llenaron de amor las voces de los costaleros bajo el paso diciendo mi nombre. Me encontré conmigo mismo, sonreí, lloré y fui feliz. Bendito sea Dios y benditos sean los hombres buenos.

Marcó el calendario el Jueves Santo de una Semana Santa que estaba siendo espléndida y me iba a regalar algo enorme: ver a mi hermandad de la Macarena en un balcón enfrente de su Basílica. Con la maleta preparada de ilusión y repleta de esperanza, puse rumbo a Sevilla. Allí estaría, donde siempre y con los de siempre. Olía a Cigarreras por los Jardines de Murillo, a Pasión por el Salvador, a Gran Poder por la Plaza de la Gavidia, a Triana por su Puente, a cofradías, cofradías y más cofradías. A todas las que llenan los días de Jueves Santo a Domingo de Resurrección y que me disponía a ver y a disfrutar. Y, en especial, olía a Viernes Santo de macarenismo puro, a bacalao con tomate, a Carretería con derroche de elegancia, a San Isidoro con su rancio abolengo, a pescaíto frito, a pies agotados y al alma llena. La Madre de Dios con sus cinco mariquillas de seis verdes esmeraldas llenaría de Esperanza al mundo entero. Y así fue. Y fui testigo de ello, con la medalla al cuello, en un lugar privilegiado. Agradecido por siempre a quien lo hizo posible. No es consciente del regalo que me entregó. Pasó el Sentencia escoltado por un mar de plumas blancas y después Ella. Radiante. Eterna. La alegría que me inundó el alma fue la batería para reponer un cansancio que ya pesaba y rematar la jornada hasta la madrugada. Un Viernes Santo para enmarcar, sin duda alguna. El Sábado Santo disfruté de todas las cofradías (de algunas varias veces) y volví a saludar a viejos amigos y a cambiar estampitas con mi querido Padre Joaquín. Y el Domingo de Resurrección me despedí de una maravillosa Semana Santa en la Puerta de los Palos de la Catedral hispalense, mientras repicaban las campanas de la Giralda y la gloriosa Hermandad de la Resurrección ponía el cierre final a una Semana Santa que ha sido plena en todos los sentidos, agotadora en lo sentimental y en lo físico, sí, pero plena y para el recuerdo. ¡Ahí quedó!