Decía un verso antiguo, dedicado al paso de Cristo de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, a Nuestro Padre Jesús de la Salud: "Llegó somo llega siempre y Sevilla lo esperaba, [...], y se fue sin que Sevilla quisiera que se marchara...". Así ha sido esta pasada Romería para mí. Ha llegado como siempre y se ha marchado sin que quisiera que pasase. ¡Qué bien me lo paso en estos días! Ha sido una romería entre familia y amigos que ha tenido de todo. Y he sido feliz. Muy feliz. Mucho. Sigo conservando ese espíritu joven que tanto me ha hecho (y sigue) disfrutar. Mi gorro de siempre, el vaso de mini lleno, la sonrisa, mis amigos, la lumbre y las ganas comunes de pasarlo bien. Y así debía ser y lo fue. La Virgen del Monte es un lugar especial para mí. Por unas cosas u otras llevo ligado a aquel lugar desde mi más tierna infancia. Yo tendría la edad que mi hija tiene ahora, incluso menos, y ya estaba por allí. Algunos ya no están, pero cuando miro al cielo sé que están y siguen sonando las sonoras carcajadas de Amalio y los comentarios de Ángel acerca de su querido Atlético de Madrid. Allí donde me enseñaron a volar una cometa y hoy hay cientos de árboles que dan sombra a los romeros sigue oliendo a aliño de berenjenas. Y cuando veo el humo subir coqueteando con los pinos, sé que su origen está en un fuego en el que se están tostando unas migas o borbotea una caldereta. El último fin de semana del mes de abril el cielo es distinto en el Paraje de la Dehesa de la Moheda. Y no. No es casualidad. Se repite año tras año y evoca siempre recuerdos que no volverán y que te hacen disfrutar el momento con fuerza.
Este año no pude llegar directo a comer allí el mismo viernes, como siempre me gusta hacer. Ponerme las ropas viejas que da igual que se manchen, encajarme el gorro en la cabeza, subirme al coche, darle caña al viejo cd de pasodobles taurinos y llegar a la romería sonando de fondo "España cañí". No hay mejor manera de iniciar la romería. Este año, como decía, por siembras laborales de futuro de mi mujer, las cuales aguardo que den fruto porque se lo merece, llegamos al chalet mi hija y yo a media tarde. Y ya a la batalla. Este año tuvimos una aliada que no suele faltar tampoco a las citas de gente de bien y de orden: la baraja. ¡Qué de risas nos regala! Y qué buena maestra es para enseñar a los pequeños sus primeras picardías y guiños de ojo. Con el primer mini de calimocho a la vera estuvimos jugando a las siete y media, al reloj (¿te acuerdas, Lela? ahora juego yo con mi hija), al burro y a las carreras de caballos. Tarde noche tranquila y sin muchos efluvios etílicos que el sábado se barruntaba fuerte. Y así fue. No falla. El día de la Virgen del Monte es el último Domingo de abril. Sea el día que sea. Pero el sábado previo... ¡Ay, Gregoria! Ese día es magistral. Es el día de echar lumbre desde bien temprano, calarse la gorra manchega, hacer almuerzo, arroz con pollo, gachas, migas, patatas con arroz y bacalao o cualquier gañanada buena, ancestral y saciante que te deje el gaznate y la panza de hormigón armado para la ingesta de licores que se avecina. Los años merman el aguante, pero enseñan el dominio. Ojo que la combinación es peligrosa, no así la del 100 Pipers con naranja que es perfecta.
Y no faltó de nada. Jamón, queso, patatas, anchoas, aceitunas, patatera, mejillones y botellines "maemil" como dirían en el Moral. No era mala la base. Y luego el arroz con pollo con su pan de cruz al corte y remojado con morapio, de morro fino para quien guste y de cartón y mezclado para los amantes del porrón de pienso (vino blanco con coca cola) o del ya citado mini de calimocho, siendo en estos dos últimos donde me encuentro. Remátese la faena con pasteles varios y un trozo de tarta. Añádase un café (sin cafeína que me pongo muy nervioso) y queda el cuerpo listo para echarle los brebajes que procedan de modo que, siendo varios y diversos, no afecten a la verticalidad hasta que pasen unas horas. No es plan de cantar el Cocoguagua a las seis de la tarde, así es que la preparación ha ser cumplida íntegramente. Y si luego en torno a las nueve de la noche ya hay exaltación de la amistad, cánticos varios y algún traspiés, es romería, mujer. No te vayas a ofuscar que va más de medio pueblo igual y una al año no hace daño. Puede imaginarse el lector lo que acontece... Y, lo mejor, cuando los integrantes de un corro van a otro y los del otro al propio y se conjunta ese mágico batiburrillo, es romería pura. ¿Con quién y dónde estás ahora? Pues no lo sé, pero son muy majos, me han dado una cerveza y estamos asando chuletas. ¡Viva la Virgen del Monte!
Claro, luego aparece en tu bolsillo una navaja que no es tuya, llevas puesta una gorra nueva, tienes fotos en el móvil que no recuerdas y lo que quieres es catorce vasos de agua y dormir tres días seguidos. Pero como eso no puede ser, pues amanece el Domingo y es fiesta de guardar. El día verdadero de la Romería y el día de Ella, de la Virgen y de los honores que se le rinden. Suenan cohetes y otra vez a la casilla de salida, aunque esta vez, no sé por qué, se lo toma uno con más mesura que el día anterior. Seguramente lo que viene siendo la resaca así lo aconseja y, más de una ocasión, lo impone. La caravana de coches enfila por el Carreterín y lo llena desde el pueblo hasta la romería. ¡Qué cantidad de gente viene a ver a la Virgen y Su Niño! Y llegan amigos que no vinieron el día anterior, "lechugos como una fresca", que quieren tomarse un botellín. A ver cómo les dices que no... Y ya sabes lo que conlleva eso. Uno y otro y otro y ya estamos de lío. Este año, a decir verdad, el propio Domingo no hubo demasiado enredo etílico, pues no procede que en el ejercicio de padre te recuerden los cachorros en pleno éxtasis romeril, pero hubo el que debe de haber y es, ojo cuidado, incluso sano, pues evade y hace disertar el interior de uno mismo. Eso también es romería y máxime cuando se está rodeado de la verdadera familia y de los amigos de verdad. Vamos que se ha dado bien y ha habido de todo en estos preciosos días que con tanto afecto espero y comparto. Otra romería disfrutada. Y que sean muchas más.

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