
Este pasado mes de mayo ha sido extraño en el calendario de mi vida. Mucho. Si bien lo miro ahora, a toro pasado, parece que ha transcurrido rápido, pero ha sido agotador de tiempo. Y cuando digo agotador de tiempo me refiero a que parecía tener mucho más tiempo del debido, a que no avanzaban las agujas del reloj y, menos aún, cuando atravesábamos en casa una situación delicada de esas que quieres solventar cuanto antes y quisieras que las agujas volasen y llegase el punto final. Curioso. Agotador de espeso y lento, pero raudo y veloz a la par. Me deja una sensación extraña. Ni siquiera me permitió, con todo el tiempo que tuvo, dedicarle unas líneas al Rincón. Claro, el tiempo debí consumirlo (por imperativo) en otro lugar y otros quehaceres. Cosas de la vida. Y mirad por donde el tiempo que no pude escribir y que lo fui agotando, grano a grano del reloj de arena, entre pensamientos de todo tipo, fue dejando un poso que es el origen de lo que hoy escribo. Me vi reflejado en situaciones que cuando era niño veía en otros. Y, sí, como el tiempo pasa queramos o no y como el tiempo va siempre a su son queramos también o no, nos demos cuenta o lo ignoremos, se nos haga más o menos rápido o lento, la vida te enseña situaciones en las que cuando eras espectador no te imaginarías que algún día serías el protagonista. Y mirabas la escena sin saber que la misma vida ya te estaba diciendo que llegaría el momento en que fuese al revés y alguien ocuparía tu papel de espectador sin saber que el reloj también avanza para él y se convertirá en actor, antes o después, pero lo hará. Es lo que yo he llamado el espejo de la vida. Pues cuando te conviertes en actor miras la escena presente o a través de los recuerdos y el reflejo, directo, sin filtros y con la crueldad del paso de los años, te devuelve tu misma imagen haciéndote ver que ya no eres quien contempla, sino quien vive la escena. Una obra de teatro real. La vida misma...

Así pues, cuando eres niño y oyes a los mayores preguntarse "¿qué tal todo?, ¿cómo está tu madre?", no eres consciente de que algún día serás tú quien reciba esas preguntas. ¿En qué momento nos convertimos de ser el niño que escucha eso a diario a ser el adulto que debe responderlo? Y es ahí cuando te das cuenta del tiempo transcurrido. Y eres (creo) más consciente aún de los años que peinas, de que te enfrentas a problemas de verdad, de que en las calles ya no hay la inocencia, la bondad y la risa que te acompañaron durante otras etapas, que te has convertido en un verdadero padre de familia y que hay gente que depende de ti y es quien observa la escena sin saber que algún día será el actor. Muchas horas de este pasado mes de mayo me han hecho pensar y pensar y pensar. Y entrelazar recuerdos con el presente y ver cómo el guion jamás lo hemos tenido dominado. Cuando era niño y mi abuelo estaba en el Hospital, oía cómo le preguntaban a mi padre "¿cómo está tu padre?", ahora, años después que han pasado sin ser siquiera consciente de ello, a diario recibo yo preguntas similares acerca del estado de salud de mi madre y de "cómo va todo", con ese tono de rutina inevitable que te va dando la vida conforme pasa el tiempo y te moldea, a su manera, como a un pater familias cuya génesis, no en vano, se fraguó en la antigua Roma y ha perdurado, a golpe de realidad, generación tras generación.

Y es que este recién expirado mayo ha traído consigo una visión de la vida que se desconozca o no es real y está ahí. Cuando cada día nos enfrentamos a nuestro plato de comida, a escasas manzanas, en un sombrío centro de salud, hay personas que tienen sus problemas. Quizás estamos tan acostumbrados a apartar esas imágenes (aunque sabemos que existen) que cuando la vida nos refleja en ellas nos parecen nuevas. Pero no lo son. Todos las han pasado y/o todos las pasaremos. Y es inevitable. Y no, no es algo de solidaridad. No es la típica campaña de que cuando tú estás celebrando la Navidad con turrón y sidra, al mismo tiempo hay alguien en tratamiento de oncología. Es la vida misma. Tiene imágenes para todos y podemos ser el espectador o el actor sin que dependa de nosotros. Por eso creo que, de vez en cuando, vernos en el espejo nos hace ser conscientes de la realidad y de que hay que hacer que cada día sume, porque, de no hacerlo, luego puede ser tarde. Hay que vivir todo lo alegremente que se pueda, siempre lo digo. Y lo decía el Maestro: estad preparados porque nunca se sabe el momento ni la hora. Tampoco quiero decir que vivamos siempre alerta y preocupados por un "por si", pero sí que seamos conscientes de que la vida no la dominamos nosotros y que ella misma aliada con el tiempo es una combinación indominable.

Concluyo mi reflexión con la frase que tantas veces he oído el mundo del costal. ¿Cuánto tiempo hace que no le das un beso a tu padre o a tu madre? Hazlo. Hazlo siempre que puedas. No los guardes, porque llegará un día que no podrás. Dales un beso y diles que los quieres. A ellos y a la gente buena que te rodea. Somos ínfimos al lado del rodillo de la vida y ésta actúa o sin avisar o avanzando el reloj aunque no queramos. Fuere como fuere llegarán días duros, por eso y mientras tanto, no des la espalda a la realidad, pero vive, sonríe, quiere, ama, besa, abraza y ríe. Este pasado mes de mayo, por una causa ajena a mí, he estado la mitad del mismo en el Hospital y hubo momentos críticos. No era yo el que estaba enfermo ni ingresado, pero pasé allí más de una noche y he tenido muchas horas horas de angustia y desesperación. Y este recién estrenado mes de junio, en su día tercero, me ha dado un regalo que dudé si volvería a tener. Fue un día muy cargado para mí, todo tipo de obligaciones se me juntaron en veinticuatro horas y no podía esquivar ninguna. Pero logré capturar el momento. Y eso es lo más grande porque lo tengo en la retina y en la cámara. Quise ser actor por un instante y mi hija fue espectadora como yo lo era de niño. Algún día verá el reflejo en el espejo y sabrá que su padre la ama como a él lo amo su madre. Alma joven que de eso se trata. Voy a darle un beso a ambas, a mi madre y a mi hija. No hay tiempo que perder.