Mostrando entradas con la etiqueta Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de junio de 2026

AMIGO CAMINO

Me gusta cuando escribo a algo etéreo como si aquello pudiera leerme. Sé que no, pero seguro que puede sentirme. No lo dudo. Cuando una tormenta de verano me pilla de improviso y alguna gota de agua me resbala por la mejilla la siento desvanecerse en su recorrido y sé que, de alguna manera, ella me siente a mí alegrarme del frescor que me produce y sabe de mi sonrisa interior despertada por su causa, agradeciendo esos pequeños detalles que son la esencia de la más pura vida. Y fallece la gota con su alma henchida, sabedora de haber cumplido su misión. Igual me pasa a mí cuando te recorro hecho un manojo de emociones. Sé que en cada pisada te siento y me sientes. Me conoces bien. Te conozco bien. Nos conocemos bien pues hace más de quince años que te recorro y paso por ti a la vez que tú lo haces por mí. Y quien, a priori, me tachase de loco por escribirte, pues un camino no siente ni padece, seguro que si ha leído estas poquitas líneas que abren lo que hoy vengo a decirte ya no lo hace, pues en su interior, quizás, haya recordado que deshojar una margarita es mucho más que quitar uno a uno los pétalos de una flor. La vida es sentimiento y el sentimiento puede plasmarse de mil maneras. A mí, particularmente, me gusta hacerlo por escrito para poder revivirlo cuando pasado cierto tiempo me topo de nuevo con mis letras. Y hoy, amigo Camino, me acuerdo de ti y sé que cuando me calce las botas y me cuelgue la mochila volveremos a fundirnos en nuestras cosas. Y que nos quiten lo bailado. A ti, cómo me exprimes por dentro y por fuera, removiéndome el interior, enfrentándome a mi mismo y haciéndome sudar en cada cuesta. Sonríes entre maliciosa y afectuosamente porque sabes que es así. A mí, el vencerte etapa tras etapa mientras me queden fuerzas para ello, entregándome a la lucha contigo porque, aunque exhausto, me viene bien y me depura, más por dentro que por fuera. Y luego nos abrazamos ambos porque nos queremos y sabemos que los dos hemos cumplido. Y seguimos fraguando recuerdos.

Por eso te escribo. Porque sé que me lees. Y al igual que yo un día cualquiera de marzo me pregunto quién te estará recorriendo, quién estará en Hontanas, mismamente, a mitad de etapa o quién se estará enfrentando a la subida a la Faba, confío en que tú, amigo mío, en algún momento inesperado de noviembre, pienses qué estaré haciendo con mi vida (más bien, mi vida conmigo) en ese instante. Igual estoy en algún Tribunal ejerciendo el oficio con el que lleno la nevera. Lo mismo estoy evadido de la rutina compartiendo algún rato de ocio con la familia. O, a lo mejor, estoy recorriendo algunos kilómetros en algún camino cercano recordando tramos tuyos y pensando en ti, a la vez que, sin yo saberlo, tú estás pensando en mí. Magia pura. Y sin que ninguno lo sepamos. Pero nos sentimos. Ya lo he dicho. Estando juntos y en la distancia. Y hoy, mira tú por dónde, me acuerdo yo de él. De ti, amigo. De ti. De tus flechas amarillas, las cuales persigo y cuando no hay más las busco de nuevo. ¿A dónde me llevan? ¿A Santiago? No lo creo. Porque he llegado ya muchas veces y sigo siguiéndolas. El camino en sí es estar en el Camino. La propia meta eres tú. Una charla, un albergue desconocido, una ducha al mediodía, un pueblo casi deshabitado si no fuera por los peregrinos que le damos vida durante unas horas días tras día, unas ruinas del Convento de San Antón rescatado para su labor de Hospital, un Lugar de Pregontoño, in crescendo, donde cada vez hay más arraigo, un rinconcito en Bentartea oculto por la niebla que esconde el pesar de un caminante...

Y ahora que llega el estío tengo ganas de ti. Fíjate que hemos compartido ratos en primavera y en otoño. En invierno no. Todavía. Y como la gran mayoría de veces ha sido en verano, cuando hemos compartido incluso semanas juntos, conforme el calor se va instalando me acuerdo más a menudo de ti pues veo venir en el calendario las fechas que solemos coincidir. Siempre te decía que era yo el que iba a verte, hasta que descubrí en mi tierra que también hay flechas amarillas y ya he perseguido algunas. Pero tú, eres tú. Y sabes que me refiero a ti. Te he caminado en tus variantes. He alcanzado Compostela viniendo por el Camino del Somport, el Portugués, el Inglés y el Primitivo. Incluso una vez fue la propia Compostela el punto de salida y allá que fui, en tu prolongación que para muchos es el epílogo, en tu vertiente esotérica, hacia Fisterra. Pero tú, gran y real Camino Francés, eres especial por muchas cosas. Cuando hablo del Camino, mi mente y corazón piensan y sienten en ti. Me bulle la alacena de la memoria con recuerdos y vivencias. ¿Te acuerdas la primera vez que subí las escaleras de Portomarín? ¿Y recuerdas mi subida a O Cebreiro aquel septiembre? ¡Oh! ¡Castilla! ¿Qué me dices? Aquellas etapas por las tierras del Cid que me llevaste a ver el Papamoscas de Burgos que ni sabía que existía. Y las penurias por Arrés, Ruesta y Sangüesa... Inolvidables. Mis rodillas destrozadas bajando hacia Molinaseca también te mandan un abrazo. Y las lágrimas de mi cara al llegar, no me acuerdo qué vez era ya, a tu concha cero y alzar a mi hija victorioso hacia tus altas y pardas torres catedralicias donde resuenan ecos de la tuna más carismática. ¡Cuánto sabes de mi vida, truhán! Y es por ello que te quiero porque la he fraguado mucho sentimentalmente contigo.

Dentro de un mes estaré haciendo la mochila de nuevo. Este año estreno botas. Ya les estoy haciendo unos kilómetros de rodaje mientras te evoco. La tirada será larga: desde Logroño hasta León. Nos veremos donde te dejé en el año 2022 que necesitaba recorrerte unos días. Nunca nos hemos dejado y reencontrado en la calle Laurel y mira que he pasado veces por ella siguiendo tus dominios. Tampoco nunca te recorrí en desorden y esta vez inicié en Pamplona y tiempo después volví a Saint Jean pied de Port porque siempre, siempre, siempre, si te recorro, lo hago entero y me faltaban en esa ocasión esas tres etapas. Y ahora que voy a retomarte me aguardas con mi querida Castilla de por medio. Entre medias me llevaste cerca de las salinas y atlánticas aguas hasta Muxía, desde Ferrol hasta Santiago mismo y desde Oviedo hasta la conclusión del camino más duro que he conocido hasta ahora. Toca rehilar de nuevo y recorrer tus entrañas sin alternancia de tramos, Real Camino Francés. Y para eso volveré a llenar mi credencial de sellos en orden y a revivir recuerdos en Santo Domingo de la Calzada, Agés, Hornillos, Bercianos y Sahagún, por ejemplo, ya sabes por qué menciono cada uno de tus lugares. Volveré a llenarme de ciego sol, sed y fatiga. Otra vez a mi vera el sonido del bordón. Henchiré el alma con polvo, sudor y barro. Y volveré a sonreír por dentro al sentirte sabiendo, ya con certeza, que no eres etéreo y albergo la creencia íntegra de que puedes leerme. Y nos veremos sabiendo que charlas conmigo y yo contigo a través de las pisadas, esas que poso por donde antes miles de peregrinos ya te horadaron. Y nos sentiremos recíprocamente. Allá voy de nuevo. Te quiero, amigo Camino.

lunes, 20 de octubre de 2025

CAMINO PRIMITIVO

No sé ni cómo empezar estas líneas que son para ti. De verdad te digo que no sé si te quiero o te odio, lo que sí sé es que te he vencido y que la pelea ha sido la más dura de los quince años que llevo siendo jacobipeta. Desde que me inicié en este mundillo de las flechas amarillas y los albergues comencé a oír hablar de ti. El Camino Primitivo, el original, el primero que se hizo con finalidad de peregrinación, el más duro, el que une en línea recta Oviedo con Santiago de Compostela pasando por donde se tenga que pasar, el que de verdad te hace peregrino. Claro, con esas descripciones que dan de ti, lo primero que hace uno es asustarse. Hasta que sigue ganando kilómetros con el bordón, va perdiendo el miedo y tu nombre se convierte en un reto poco a poco. Y creo que así ha sido conmigo. Un inicio Sarria - Santiago, un Ponferrada - Santiago, un gran Camino Francés entero saliendo desde Saint Jean pied de Port con otro Sarria - Santiago aparte entremedias, otro Sarria - Santiago, un Valença do Minho - Santiago, otro gran Camino entero, pero esta vez saliendo desde el Somport francés, un epílogo entero haciendo el triángulo mágico por Compostela, Muxía y Fisterra, un Ferrol - Santiago y un tramo nuevamente desde los Pirineos hasta Logroño ya eran bagaje más que amplio para mirarte cara a cara. Y aún así te he tenido respeto en todo momento y eres el único que, por ahora, no tengo ganas de patear de nuevo. Eres un Camino que hay que conocer y... Encantado, gracias y adiós. No eres noble, no juegas limpio, no das respiro y te conviertes en desesperante y perdedor de la esencia jacobea. Por eso pasa lo que pasa: te llenas de deportistas y aventureros y cada vez te recorren menos peregrinos auténticos. Eso sí, ya tocaba enfrentarnos y, te lo dije, me vas a hacer pasar las de Caín, pero te venceré.

Terminado el Camino Inglés, como siempre, en el melancólico viaje de vuelta en tren, ya iba rumiando la esperanza de volver a hacer kilómetros andando con mochila y botas. El Camino Francés es mi favorito y no me canso de patearlo. Tiene algo especial, lo tengo ya diseñado en tres tramos maravillosos (Saint Jean pied de Port - Santo Domingo de la Calzada, Santo Domingo de la Calzada - León y León - Santiago de Compostela) y bien podría haberlo empezado de nuevo y ya llegarían otra vez nuevos Caminos Portugueses, Ingleses o del Norte. Es verdad que la Vía de la Plata me atrae y quiero salir del mar hasta el mar, es decir, recorrerla entera uniendo caminos desde Cádiz hasta Finisterre, pero tú, Camino Primitivo, siempre acechante, ya tenías tramado el plan. Y, mira por donde, lo acepté. Era el momento. Entiendo que ya soy peregrino consagrado y molestaba leer eso de "el Primitivo hay que conocerlo", "no se es peregrino de verdad hasta que no se hace el Primitivo", "otros caminos son de azúcar al lado del Primitivo", etc. A ver, para quien cree y confunde que el Camino de Santiago es "Sarria - Santiago", evidentemente esas frases son la realidad total, pues si no han subido ni una vez a la Cruz de Ferro ni a O Cebreiro, ni han bajado a Zubiri o a Molinaseca, pues sí, realmente no saben ni lo que es subir ni lo que es bajar, por mucho que hayan "sufrido" entre Palas de Rei y Arzúa. Pero, con los respetos ganados a base de kilómetros, que a un peregrino que ha cruzado ya tres veces los Pirineos a pie le digan que el Primitivo es el que de verdad te curte, le produce una mezcla de exageración e intriga que se traduce en desprecio y reto. Así es que a ti que fui, Camino Primitivo, a conocer lo que decían de ti y a recorrerte.

Y como antes decía, con respeto. Siempre con respeto. Pues si toda persona que te ha recorrido habla de tu dureza es por algo. Comencé a informarme bien, a leerte, a estudiarte, a prepararte. Seríamos víctimas el uno del otro en Agosto de 2025. Y empecé a familiarizarme con tus nombres y tus durezas. Oviedo, Grado, Salas, Tineo, Pola de Allande, Berducedo, Grandas de Salime, A Fonsagrada, O Cádavo, Lugo, Ferreira, Melide, A Calle, Lavacolla y Santiago de Compostela. Las nueve primeras etapas, la Novena Sacra, como así las llaman muchos senderistas que las transitan únicamente en plan deportivo y aventurero por el mero hecho de doblegarlas, son realmente duras. Esconden verdaderas puñaladas al caminante como el Alto del Fresno, la subida a Porciles, el Alto del Palo o la Cuesta del Sapo. Durísimas. Muy muy muy duras. Y conforme me empapaba de ti crecían, a iguales porcentajes, el respeto por recorrerte y el reto por conquistarte. Hasta que llegó el día y me planté en Oviedo y nos miramos desafiantes los dos. Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y olvida al Señor. "Pues bien, aquí me tienes, en la Catedral del Salvador -te dije- y voy a recorrerte, Camino Primitivo. Saldré desde la Hospedería y pondré todo mi afán en alcanzar de nuevo las altas y pardas torres de Compostela que tanto quiero". Era el 1 de Agosto de 2025 y el día 2, me calcé las botas y salí a empezar la batalla. Fue dura. Mucho. Te lo fui reconociendo conforme nos íbamos haciendo "amigos". Eso sí, permíteme sonreír ahora recordando mi triunfo.

El primer día ya dejas ver tu dureza y golpeas fuerte. El segundo día incluso me tiraste de bruces al suelo y llegué al albergue agotado, magullado, con décimas de fiebre y un herpes labial incipiente de la tunda que me habías pegado. Pero seguí. Soy manchego, cabezón y el miedo sólo se vence enfrentándolo. Me planté en Tineo y ya había recorrido un tercio de tu novena. Tiene guasa que la etapa reina fuese la que menos me costó: la subida al Alto del Palo. Quizás iba muy mentalizado de ella y por eso me golpeaste más en otras. Entre sudores y respiración agitada me planté en Grandas de Salime y ya llevaba dos tercios de las temibles nueve. Eso sí, me quedaban todavía tres etapas durísimas más y otras cinco para llegar al Obradoiro, pues todo suma. La batalla ya era encarnizada y no das un suspiro. Es real todo lo que cuentan de ti y ahora también soy de los que piensa que un peregrino auténtico tiene que enfrentarse a ti y doblegarte. La experiencia y el triunfo es enorme y gratificante. Cuando alcancé Lugo me emocioné. Fin de la Novena Sacra. Había vencido tu crueldad y el resto de etapas eran más llevaderas e incluso compartían los últimos 50 kilómetros aproximadamente con mi amado Camino Francés. Y, como no podía ser de otra manera, te terminé queriendo y sé que tú también a mí. Me pusiste a prueba bien, francamente. Has sido el único que me ha hecho plantearme la retirada porque golpeas sin contemplaciones. Hoy, meses después, te recuerdo, pienso los 325 kilómetros que te sufrí y sonrío. Amigo Primitivo, ya era peregrino antes de enfrentarme a ti. Quizás ahora lo soy más. Encantado, ¿adiós? y gracias.

jueves, 26 de septiembre de 2024

MI CAMIÑO INGLÉS

Sabía que algún día te recorrería, pero no sabía cuándo. Tú, querido Camino, en tu magnificencia adquirida por el respeto y experiencia (y quizás idolatría por algunos) por el paso de los años, habiéndote convertido en verdadero espíritu notable, estoy convencido de que sí sabías cuando sería. Te tenía en lista igual que al Primitivo o la Plata, pero quizás el devenir de las última gran llegada a Santiago de Compostela aceleró la situación. Era el verano de hace tres años cuando completamos, ya sabes tú, Camino, de quién hablo, la última gran aventura, aquella que se inició en 2018 en el Somport francés sólo por quince peregrinos y, únicamente tres de ellos, cruzamos finalmente el arco de piedra que a través de una escaleras llega al corazón del Obradoiro, el día 14 de Agosto de 2021. Fue duro, muy duro y ya nada volvería a ser igual. Digo la verdad al reconocer que por entonces no sabía que tú, Camino Inglés, serías el elegido para ello dos estíos después. Quedaba todavía por recorrer el Camino Esotérico, el Epílogo, el del verdadero Ultreia et Suseia. Y así alcanzando las aguas del Atlántico en mi querido Finisterre comenzaste a tomar forma. Todo se había cumplido y la despedida que él merecía no podía ser cualquiera. Más de dos mil kilómetros recorriéndote lo hacían digno de llegar a los restos del apóstol de nuevo a son de gaita y avanzando con sus botas paso a paso, conmigo a su vera. Por eso, aquel 15 de Agosto en el tren, de vuelta a casa opté por ti, un camino pequeño, con distancia asequible, con etapas que yo pudiera achicar o ampliar a mi antojo y que le regalase a él, con su debido esfuerzo, la compostela final. Tú seguro que lo sabías, truhan. Me niego a creer que no. Y te convertiste en el elegido para ello. Ya desde ese momento fuiste especial, muy especial, Camino Inglés. 

Podía haber sido el sempiterno Camino Francés que tanto amamos. Un mero Sarria-Santiago, como cuando y donde todo empezó, pero él, peregrino ya muy experimentado y avezado, merecía alcanzar otro objetivo y descubrir nuevas etapas, si bien todo ello ya adaptado a su posición sobradamente ganada. El Camino Inglés quiso el destino que fuera. Sé que, tras haber recorrido varias veces el gran camino, haber subido tres ocasiones O Cebreiro, llegar exhausto a Foncebadón un par de veces y cruzar las tierras del Cid entre polvo y sudor, no le habría importado ser un "sarriero", pues sabe de sobra que el Camino no son sólo los últimos cien kilómetros (aunque en algunos casos sí lo sea) y, como cierre, le habría gustado volver a ver las lareiras de Sarria, entrar en Portomarín subiendo la escalinata de piedra, dormir en el Albergue Benito de Palas de Rei, alcanzar Arzúa tras parar en Leboreiro, Furelos y Ribadiso, caminar entre altos eucaliptos rumbo a Pedrouzo y volver a pasar por el verdadero Monte do Gozo para un rato después contemplar de nuevo la gran fachada catedralicia de Santiago de Compostela. Habría sido para él un dulce final, pero conocía íntegros el Francés, el Portugués, el Aragonés y la prolongación a Muxía y Fisterra. Quedabas tú, Camino Inglés. Era un gran aliciente que por donde discurren tus etapas no habíamos estado, así es que podríamos conocer también, además de recorrerte, las calles de Ferrol, Neda, Fene, Pontedeume, Miño, Betanzos, Presedo, As Travesas, Mesón do Vento y Sigüeiro. Ya te digo que eras (y fuiste y serás) especial. Quiso tu espíritu y el del mismo Santiago que así fuera. Y así fue. Con la incógnita y regalo final de no saber por dónde entraría el Camino Inglés a la Praza do Obradoiro y, descubriendo sobre la marcha, que comparte sus últimos metros, literalmente, con su hermano el Camino Francés, lo que nos dio un regustillo sentimental añadido y nos hizo recordar en ésta, su última vez, como fue aquella, nuestra primera vez.

En el mes de Junio comencé a fraguar cómo y dónde serían las jornadas y los descansos. Y ya iba tarde. Me avisaron peregrinos que te conocían que no eras como el Francés y que estás "formándote" ahora y no hay tantos alojamientos ni opciones como puede haberlos en los finales del dicho Francés y del Portugués. Me agarré al emblemático D.A.Y.S.I. (Dios, ayuda y San Iago) de los peregrinos medievales y tracé los itinerarios y días confiando en que si algo se torciera, "Santiago proveyera". Y así, intentando tener garantizada cama y ducha cada día y no empezar ni terminar en los puntos más comunes, diseñé las etapas. Y me salieron Ferrol - Fene, Fene - Miño, Miño - Presedo, Presedo - Mesón do Vento, Mesón do Vento - Sigüiero y Sigüeiro - Santiago de Compostela. Y como mi querido Camino Inglés era especial hubo Santiago que proveer y, finalmente, las jornadas fueron esas pero las pernoctaciones sufrieron un cambio y de Presedo retrocedimos a Betanzos (pasando por Abegondo) y nos vino bien para conocer tan precioso pueblo gallego y descansar de buena manera y, al alba, retomamos de nuevo el camino donde lo habíamos dejado y continuamos persiguiendo flechas amarillas hasta un mágico lugar que todo peregrino de estos lares conoce y recomienda por ser "puro Camino": Casa Avelina. Eso nos recompuso por dentro la irritación de haber llegado el día antes a cierto albergue público y encontrarnos sin plaza porque no había hospitalero y se habían aceptado "reservas". Dentro del Camino también hay "antiCamino", los peregrinos experimentados me entenderán. Más "Casas Avelinas" y menos "chanchullos en albergues tradicionales".

Como siempre, todo Camino deja algún lunar, pero jamás, por grande que sea, oculta el verdadero regusto y poso eterno que regala la Ruta Jacobea. Así, paso a paso y sabiendo que serían los últimos para él, fuimos llegando a Santiago de Compostela. La sensación de esa última etapa la conozco bien. La extraña mezcla de la alegría por haber alcanzado la meta una vez más y la tristeza por acabar la aventura. Y en esta ocasión, querido Camino Inglés, sabiendo que el propio fin era recorrerte has sido muy especial, no me canso de decírtelo. Te has convertido en origen, principio, fin y epílogo. Te has erigido como presentación, nudo y desenlace. Y te digo que tú lo sabías, pero yo no. Sabía que serías distinto, Camino Inglés. Has puesto un punto y final en mi vida y un punto y aparte en mi tránsito. Ha acabado todo como empezó, abrazados en el Obradoiro y llorando. Así lo fue en el año 2010 y así lo ha sido durante estos casi quince años que el tiempo, impasible e indetenible, me ha dejado disfrutar con él. Ahora te contemplo y no sé cómo serán mis llegadas sin tenerlo a mi lado. Surgió inesperado un pequeño Sarria - Santiago y se convirtió en un siguiente Ponferrada - Santiago. De ahí nació el primer tramo del primer gran Camino: Saint Jean pied de Port - Santo Domingo de la Calzada. Al año siguiente, desde donde cantó la gallina después de asada hasta León y, al otro, desde la Pulchra Leonina hasta tus altas y pardas torres de nuevo. Conocido íntegro el gran Camino Francés nos iniciamos en el Camino Portugués y, al concluirlo, ya éramos abuelo y padre y estaba en Santiago mi hija esperándonos. Soñó con el Somport y el Camino Aragonés y allá que fuimos. De nuevo desde los Pirineos hasta Santo Domingo, León y Compostela. Nuestro segundo gran Camino. Restaba el epílogo, su ansiado Camino Esotérico. Y también lo recorrimos desde la propia Praza do Obradoiro hasta el faro y las aguas de Finisterre, pasando por Muxía, claro está, para completar el triángulo mágico. Un pequeño tramo de Pamplona a Logroño no podía ser la despedida, pero también lo caminó. Y, terminando como debía, llegando a Santiago de nuevo, completó el Camino Inglés sabiendo que sería su última noche en un albergue. Rindo honores a mi padre sabiendo lo que ha sido capaz de hacer. Es su punto final como peregrino y el mío a caminar con él. Los años dan lo que dan. Más de dos mil doscientos cincuenta kilómetros caminando juntos. Te quiero, papá. Has sido y eres grande.

sábado, 24 de febrero de 2024

FINISTERRE, ¿Y AHORA QUÉ?

La jacobeína ha sido diagnosticada para los peregrinos adictos al Camino en dosis de siete a quince días en el período que más convenga. En casos extremos una escapada para hacer tres etapas es suficiente. En otros casos, gente no conocedora del enganche que supone la Ruta Jacobea, se ha embarcado en caminatas de un mes o más, desde Saint Jean pied de Port hasta Santiago de Compostela o el propio Finisterre y lo que ha hecho es intoxicarse en vez de liberarse. Y, claro, luego necesita de más jacobeína pues la adicción es enorme y se sustenta en causas imposibles de desechar: la experiencia y los recuerdos. Y en esas ando yo. Creí que me sanaría por un tiempo llegando al final de todos los caminos, llegando a Fisterra, su faro y sus rocas donde comienza el basto mar. Pensé que una vez concluidos físicamente todos los caminos que había realizado, pues si algo tenía claro que en Santiago comienzan de nuevo, estaría más relajado y sin que cada vez que me acordase de mis queridas flechas amarillas me dieran ganas de coger la mochila de nuevo. Pero qué confundido estaba. Ya en el autobús de vuelta a Santiago, recién despedido de Fisterra y viendo por las ventanas los parajes que había recorrido días antes, camino, hitos y senderos que unen Lires, Muxía, Dumbría, Olveiroa y Negreira con la mítica y mágica ciudad de Santiago de Compostela, iba pensando "¿ahora qué?". La consabida tristeza que embarga al peregrino al culminar la última etapa, yo creía que no se haría conmigo en Finisterre, sino que sería un punto y aparte y la necesidad de iniciar un nuevo camino afloraría tiempo pasado. Pero no.
Fue despedirme con un ¡Hasta siempre! de la Costa da Morte para que ese vacío interior que te llena cuando das el último abrazo en Compostela me inundase por dentro. Finisterre, ¿y ahora qué? Concluí en el kilómetro cero toda caminata posible. Y cuando digo posible, lo digo con plena literalidad. Llegué hasta las rocas del mar y no se podía caminar más. Hice el epílogo del epílogo. El Camino, dicen, termina en Santiago (ya he dicho que para mí -y creo no ser el único- allí es donde empezó y empieza), sin embargo, para llenar esa nostalgia del adiós hay unos días más, unas etapas extra, un Camino Esotérico que te lleva a adentrarte un poco más en ti mismo y te enseña, de verdad, el tan manido ultreia et suseia que decían y decimos los peregrinos. Más allá. Así pues, aunque el kilómetro cero radique en el centro de la misma Plaza del Obradoiro, desde donde al alcanzarlo nos caen (internas o externas) dos lágrimas de pureza cristalina, cada uno sabe su por qué, existe otro kilómetro cero más adelante. En concreto dos. Uno en Muxía y otro en Finisterre. No seré yo quien diga cuál es el verdadero fin del fin, pues esa guerra entre Muxía y su leyenda de la barca de piedra como real fin del Camino y Fisterra y su ocaso infinito donde muere el sol y simboliza el fin del mundo, no me compete. Cada uno que elija. Yo me quedo con Fisterra, el romanticismo peregrino de real fin del camino que allí encontré, no lo hallé en Muxía, la cual, por cierto, es preciosa y también la alcancé caminando, claro, no podía ser de otra manera. En todo caso, para entender ese Camino Esotérico, ese Epílogo final, ese kilómetro cero más allá del kilómetro cero, se culmine donde se culmine, hay que llegar primero a Santiago. Y del mismo modo, hay varios caminos para hacerlo.

Fueron, quizás, un par de horas lo que tardó la necesidad de volver a soñar con regresar al Camino en adueñarse de mí. Yo conmigo, como me dijera aquel barbado bruselense que conocí en O Cebreiro allá por Agosto de 2012, ya iba rumiando esa mezcolanza de futuro impulsada por los recuerdos que generan el deseo de revivirlos. Carlos, acabas de llegar a Fisterra, con tu padre, con quien todo empezó, con quien surgió este amor por las flechas amarillas como una aventura en Sarria y se convirtió en otro Camino desde Ponferrada, otro desde Saint Jean pied de Port, otro desde Valença do Minho, otro desde el Somport y otro desde el propio Santiago hasta el fin del mundo. ¿Y ahora qué? Se han cerrado todos los círculos de principio a fin. La magia de Finisterre así lo atestigua. No ha quedado nada por recorrer. Y entremedias, Iñaki. Hermano peregrino que el propio Camino nos regaló y con el que hemos caminado juntos desde 2014, de tal modo que no concebimos atarnos las botas sin él. Ha sido precioso llegar juntos al Obradoiro ya varias veces y llegar juntos también tanto a Muxía como a Finisterre.  Ya... Pero... ¿Ahora qué? No puedo mirar mi desgastada mochila, mi sombrero, mi bordón y pensar que los guardaré en un armario sin saber cuándo volverán a rodearse de hitos y vieiras. Siempre les prometo volver. Y siempre pido al Padre Eterno volver a volver. Fisterra ha cerrado todo. ¡Tendré que abrirlo de nuevo! Ya soy peregrino errante y no imagino mi vida de otra manera. No conozco el Primitivo. La Plata me lleva años llamando. El Inglés es pequeñito y nuevo. El Gran Camino, desde casa al Obradoiro, ya lo acometeré... ¿Ahora qué?

Me subí al tren y en dos minutos encontré la respuesta. Tanto ansío seguir desgastando mis botas por esos caminos jacobeos que el círculo cerrado sirve para abrir otro. Encaja con mi filosofía de vida. Siempre estoy activo. Siempre tengo un proyecto entre manos y si lo termino (que suelo hacerlo), inicio otro. Eso de empezar algo y no concluirlo, no va conmigo. Si me embarco, navego, para eso compré el billete. Quedaba sólo decidir cuál sería el siguiente. Prometí a mi padre que llegaría a Fisterra y así fue. Le he ido adaptando las etapas a su edad y capacidad. Y aunque se camina más con la cabeza que con los pies, el cuerpo juega malas pasadas y el Camino, quien lo conoce, sabe que es duro y no da lugar a broma física, aunque al final, a todo peregrino, le reviven los recuerdos de ganar la batalla (cosa lógica) emocional tan bonita que te dejan en el alma esos momentos de satisfacción tras el esfuerzo. Pero decirle que Fisterra significaría el final total y que no volvería a caminar sería una injusticia. Sabe y sé que hay caminos que ya no puede afrontar y que no volveremos a recorrer juntos. Pero siempre hay un más allá. Fisterra me lo enseñó. Y el Camino Inglés es pequeño y creo que podré modelarlo para que lo recorra y siga siendo feliz bajo el sudor de las cuestas, la reparadora ducha en el albergue, el menú con tres vasos de vino y la dulce siesta en la litera. Allí es feliz (y yo con él). Y hago todo lo que puedo porque siga siéndolo. Sonreí. Lo miré y miré a Miguel, mi suegro, a quien hemos alistado en este mundillo peregrino y ya patea los montes con nosotros. El tren acaba de pasar Orense y enfilaba dirección Madrid. Cogí el móvil y me metí en Amazon. Busqué la Guía de Antón Pombo del Camino Inglés y la compré. Volvía de un Camino y ya soñaba con otro. Como siempre. Y con él. Le dije: Papá, Finisterre, ¿y ahora qué? Me miró triste como diciendo "Ya no hay más". Y le dije "¿Conoces el Camino Inglés? Es pequeño y en cinco o seis etapas llegamos a Santiago de nuevo...". Sus ojos brillaron y lloré por dentro como lo hago ahora por fuera al narrarlo. Sonrió. Le mandé un whatsapp a Iñaki. "Buen viaje de vuelta a Pamplona, amigo. Y no guardes muy dentro la mochila por si en Agosto del año que viene nos vemos...". Mi suegro (que algo me conoce) me miró y me preguntó "¿Qué tramas, truchón?". Y le dije: "Nada. Acabo de comprar un libro en Amazon..." Se río y me preguntó: "¿La guía del Camino Inglés?" Respondí con una sonrisa y mi padre y él rieron. Gracias, Fisterra. Gracias.

viernes, 30 de junio de 2023

EL CAMINO ESOTÉRICO

Por no hacer muy compleja la definición, pues el término da para mucho, digamos que "esotérico" es aquello que es difícil de percibir por los sentidos. Sentada esta premisa, la denominación de Camino Esotérico, si bien pudiera ser todo el propio Camino de Santiago por la magia y energía que desprende su transitar y que, finalmente, deja más huella en el alma que en el cuerpo, es la aplicada y cómo se conoce al epílogo final del mismo, esto es, al tramo que une Santiago de Compostela con Finisterre. Es un tramo del Camino que cada vez va cogiendo más fuerza y está siendo más recorrido, pues son muchos los peregrinos que al llegar al Obradoiro sienten la necesidad de continuar sus pasos y su ímpetu en la búsqueda de lo interior les lleva a ello, encaminándose al "Fin de la Tierra". De hecho, hago aquí un inciso basado en una de las cosas que aprendí en el propio Camino, para decir que Finisterre alcanzó una dimensión enorme a nivel mundial por su cargada simbología, no sólo la de ser el fin de la tierra antes del descubrimiento de América, sino por la alabanza y fiesta de honra al conocido como eterno Deus Sol invictus, por el renacer día a día del astro rey tras ocultarse sobre las aguas y por ser el Imperio del Sol Poniente y atraer todas las grandes filosofías y creencias orientales del Imperio del Sol Naciente. Así me lo explicó Yoon Joon Lee, un peregrino koreano que conocí en el año 2013 cuando recorrí por primera vez el tramo entre Saint Jean pied de Port y Santo Domingo de la Calzada, siendo que él venía al Camino con la intención de llegar a "Fisterra" por eso mismo. Lo aprendí de él y, seguramente, cuando se cumplan diez años de aquello estaré llegando a ese punto del Camino.

Sí. Este año quiero llegar a Finisterre caminando. Por muchas cosas. Mi padre, con quien todo empezó, lleva mascando la idea de querer hacer el Camino Esotérico, el gran epílogo, desde el año 2012, año en que por primera vez coronamos O Cebreiro. Lleva queriendo desde entonces llegar a esa mágica línea donde se juntan la tierra y el mar y nunca llega el momento. Prácticamente en el ocaso de sus pasos en largos caminos, se merece llegar. Por él y con él quiero llegar. También porque del real y gran Camino Francés conocemos absolutamente todos los tramos desde Francia menos esas últimas etapas que unen el abrazo del Santo con el mítico -y miles de veces fotografiado- hito del kilómetro cero, pues hemos salido caminando tanto desde Saint Jean pied de Port como de Somport (ambos sitios en Francia) y, además de haber repetido varias veces otros tramos (mi amada Castilla), siempre nos quedábamos con las ganas de conocer esas etapas de Negreira, Olveiroa, Muxía, Lires... Se suma a las ganas de esta aventura que todos los años desde que empecé a gastar botas en la Ruta Jacobea, llegando el estío, me acuerdo de mi buen Iñaki y de los grandes ratos compartidos con él, los cuales se originaron y sucedieron precisamente caminando. Y él, también con varias llegadas a Santiago de Compostela, tampoco ha llegado nunca a Finisterre. Por último, yo mismo siento la necesidad de ver, como peregrino, que hay más allá del Obradoiro y volver a sufrir conmigo mismo duras cuestas y sudores mientras peleo en mi interior un precioso combate de yo contra yo que sólo las mentes que lo han sufrido lo conocen, para, mientras tanto, sin solución de continuidad, alcanzar el Fin del Mundo y despojarme de lo malo bañándome en las aguas del océano para resurgir nuevamente brillante como el Sol invictus hace día tras día.

De este modo, si Dios quiere, pues es mi religión la de creer en un Ser transcendental, cosa que desde que la vida es vida siempre se ha dado y aún a día de hoy pudiéramos hablar de esa mezcla entre lo divino y lo pagano, cuyo nexo es un origen común, el próximo 4 de Agosto, saldré de casa por no sé qué vez, con la mochila colgada y las botas puestas, rumbo a iniciar el Camino donde siempre lo culmino. Conforme voy vertiendo estas líneas me doy cuenta de la predisposición iniciática con la que voy a esta nueva aventura caminera, pues, si algo he aprendido en esta ya superada década en la que llevo recorriendo el Camino de Santiago, es que el Camino es, sin duda, un camino interior de introspección. Y tiene un veneno que se te mete dentro y te atrapa, ya que, a simple vista, madrugar todos los días para cargar una mochila y recorrer unos veinticinco kilómetros a pie finalizando para descansar en un albergue lleno de olores, ronquidos e intimidad compartida, no es que sea un plan de vital atracción. Pero el poso que deja en el interior bien merece la pena y nadie sabe explicarlo. Alguna vez leí que todo peregrino sabe explicar por qué se puso en marcha la primera vez, pero jamás sabrá explicar por qué lo hizo la segunda y sucesivas. Y es una gran verdad. Allá voy de nuevo, querido amigo. Allá voy de nuevo desde tu empedrado Obradoiro hasta el Fin de la Tierra.

Las etapas del Camino Esotérico tienen tal magia que puedes agrandarlas o achicarlas del modo que prefieras y, además, al tratarse de un epílogo con forma triangular puedes ir en el sentido que quieras también. Yo he decidido finalizar en Finisterre recorriendo antes el otro vértice del triángulo que es Muxía, lugar también mágico donde los haya. He considerado para establecer las dichas etapas diversos factores de toda índole, apreciando también las cualidades físicas de mis compañeros de viaje y mías propias (para no hacer borriquerías que ya hicimos entre Somport y Puente la Reina, por ejemplo) y buscando estirar el tiempo para poder compartir más segundos con ellos ya que estando en el Camino raro es el rato que no somos felices. He logrado ajustarlo en seis etapas para tener de todo: cansancio, sufrimiento, pura mente, descanso y alegría. Saldremos de Santiago de Compostela hacia Negreira en lo que será la primera de ellas. De Negreira a Santa Mariña será la segunda etapa para, antes de terminar la tercera, de Santa Mariña a Dumbría, elegir la alternativa que une Dumbría con Muxía, donde terminará la cuarta etapa. La quinta será de Muxía a Lires y la sexta y última, desde Lires a Finisterre, donde llegaremos al faro del cabo del Finis Terrae del que el lugar toma el nombre. Tras ver allí esconderse el sol en las aguas y salir de las mismas de nuevo, volveremos a Santiago, lugar donde todo acaba y todo empieza, incluso el Camino y, más aún, el estérico con sus enseñanzas y mensajes ocultos. ¡Buen Camino!

lunes, 14 de junio de 2021

CAMINO 2021

Va camino de diez años que nos conocimos. Yo en el Obradoiro cargado de recuerdos de niño, vestido con traje y corbata, recién salido de un juicio en La Coruña y llegado allí en autobús. ¿Te acuerdas? Tú plagado de peregrinos por las calles y con una larga fila en la Plaza de Quintana para pasar a abrazar a Santiago. Yo entre ellos siendo el punto de mirada de todos. Ellos hablando de sus aventuras hasta llegar, yo escuchándolos. Ellos mencionado albergues, vivencias, momentos y sonriendo a cada instante. Yo oyéndolos, llenándome de intriga y envidia, serio y pensando en la sentencia que recaería. Tú cautivándome y atrayéndome sin yo saberlo. Mis botas de peregrino ya estaban listas en algún lugar de Sevilla. Mi primera credencial ya me aguardaba allí mismo, en la propia Casa del Deán. ¿Te acuerdas, decía? Sé que sí. Yo también y no se me olvidará. Era Año Santo. Era Mayo de 2010. Fuel tal el embrujo que en Septiembre de ese mismo año te recorrí por primera vez y llegué hasta tus entrañas caminando y no en avión. Y me hiciste tuyo para siempre. Quedaban once años para el próximo Año Santo Compostelano. ¡Qué lejano se veía el 2021! Ya ha llegado. Entre tanto nos hemos conocido mucho, pero mucho. Te he recorrido íntegro saliendo tres veces desde el extranjero y otras tantas partiendo desde nuestra propia España. Esa que te engendró y crio para disfrute de todo el mundo. Y nunca dejo de soñar con abrazarte de nuevo. Hoy he vuelto a sentir esas mariposas de enamorado en el estómago. Vamos a volver a encontrarnos pronto. Te quiero, Camino. Te quiero.

Habría culminado la aventura iniciado en el Somport este mes de Agosto venidero, pues el año pasado iba a ser especial. Mucho. Y llegaría a la Plaza del Obradoiro de nuevo a enjugarme las lágrimas que siempre me brotan cuando alcanzo de nuevo las altas y pardas torres de Compostela siendo otra vez Año Santo. Pero el año pasado no fue lo especial que debía y además me trajo dos malas nuevas. Una para mí y para todos. La pandemia. La otra en casa y, creo que ya, superada. A lo que iba. Estaba programado recorrerte de nuevo en tres años. Uno desde el Somport francés hasta Santo Domingo de la Calzada. Otro desde donde cantó la gallina después de asada hasta la sombra de la Catedral de la Pulchra Leonina. Y desde allí, mi querido León, padre de la Maragatería y el Bierzo, hasta el propio Santiago de Compostela. Y, entremedias, en el 2020, haría paréntesis, un Camino dentro del Camino, para ir desde el mismo Campus Stellae hasta Fisterra. La ruta esotérica que tanto deseo y aún no he podido recorrer para ver las aguas del mar azotar las rocas de Muxía y Finisterre en el más bello ocaso de la tierra. Lo intenté incluso en tiempo de invierno pero no pudo ser. Lo haré. Lo sabes. Lo sabemos. Pero este año te retomo pues la situación creo que se viene propicia. Este año reanudo el plan iniciado en 2018. Otro gran camino me aguarda. Prácticamente dos semanas recorriéndote y disfrutando de lugares a los que amo y están cargados de recuerdos, sentimientos y amistades.

No sé si llegaré a León en tren o en autobús, lo que sé es que en ese lugar comenzaré a caminar de nuevo y ya llegaré a Santiago de Compostela. Y sé que desde allí vendré como siempre, con una mezcolanza de sentimientos de alegría, cansancio, nostalgia y esperanza. ¡Qué rápido pasa todo! No dejo de pensar estos días en que quiero volver a ti, a cansarme, sudar, enfadarme, pensar quién me mandaría a mí volver a exprimir mis vacaciones en madrugones y caminatas de una media de veinticinco kilómetros al día y llevar mi vida en una mochila. Pero sé que a cambio volveré a la Virgen del Camino, a ver en la lejanía el depósito de agua de San Martín del Camino, a comerme un señor cocido maragato en Astorga, a pasar calamidades ascendiendo a Foncebadón, a coronar la Cruz de Ferro, a charlar con Tomás en Manjarín, a llegar agotado a Ponferrada, a ver a gentes buenas de Villafranca del Bierzo, a volver a subir hasta O Cebreiro disfrutando cada gota de sudor en mi frente, a abrazar el castaño de ocho siglos cuando llegue a Triacastela, a pasar por el Monasterio de Samos y volver a mi querida Sarria, a subir las escalinatas de Portomarín, a llegar a Casa Benito sonriente en Palas de Rei, a salir contento en la última etapa dura que queda hasta Arzúa, parando entre medias en Melide y en Ribadiso, a alcanzar Pedrouzo otra vez y a llegar feliz y con el deseo de volver a volver otra vez hasta Santiago.

Te escribo estas líneas y sonrío. Si miro de soslayo a la mesa veo un folio que tú bien conoces pues se va repitiendo su contenido año tras año. Es el primer borrador de fechas, etapas, nombres y albergues que dará forma a la aventura, aunque tú bien sabes que en mi cabeza está grabado a fuego. Hay cosas que no haría falta ni escribirlas pero me gusta apuntarlas por volver a escribir ese nombre. Hay otras que las voy cambiando. Y hay otras, finalmente, que sé cómo van a ser sin duda. ¿Dónde voy a dormir en Villafranca del Bierzo si no en el Albergue Leo? A la salida de Triacastela, rumbo a Sarria, ¿por Samos o por San Xil? Por Samos. ¿Todavía no sabes, querido, qué variante tomo siempre? Días antes, en O Cebreiro, ya suspiro con volver a la Venta Celta... Y así todo. Sólo con empezar a soñarte y saber que podremos reencontrarnos ya me invade la alegría. ¡Vaya tiempos malos he pasado sin ti! Ya no por no patearte sino por no tenerte. Amigo, cada vez que se te recorre se hace tres veces: cuando se te sueña, cuando se está en ti y cuando se te recuerda. Y estos tiempos no me han dejado ni soñarte para tenerte cerca. Pero ya sí. Y además va a ser muy especial. Mucho. Se ha puesto la maquinaria en marcha. Va camino de diez años que nos conocimos, ¿te acuerdas? Era Año Xacobeo, el 2010. Ya está aquí el siguiente Año Santo Compostelano. Ya es 2021. Prepara tus kilómetros, repinta tus flechas y espérame con un cuenco de vino y un plato de pulpo... ¡Allá voy! 

miércoles, 14 de octubre de 2020

ALGUNAS ANÉCDOTAS QUE ME OCURRIERON EN EL CAMINO DE SANTIAGO

Hoy tengo ganas de recorrerlo, de estar en él, de sentirme sólo en mitad de su trayecto, de descorchar una botella de sidra con peregrinos que seguramente jamás vuelva a ver, de intercambiar palabras con alguien de quien no conozco ni su nombre, de horadar con mis pisadas sin saberlo una piedra que ya han pisado miles de personas, millones tal vez, de bajar hacia Roncesvalles, de subir al Alto del Perdón, de divisar Burgos, de coronar la Cruz de Ferro, de recorrer sin vuelta la escalera de Portomarín, de meter los pies en las frías aguas que nos brinda Ribadiso y de llorar, otra vez, de alegría y tristeza conjunta al llegar al centro de la Plaza del Obradoiro. ¡Cuánto te quiero, canalla! Te recuerdo y me vienen a la mente también anécdotas imborrables, de las que por más que las repita siempre me arrancan la risa, de las que me hacen desearte aún más y combatirlas in situ, aunque cuando ocurren sean quisquillas pero por dentro se liguen entre los nervios y la sonrisa. Y estos días que estoy en la lucha contra los imprevistos y el calendario para verte de nuevo, que he vuelto a las andadas del pensamiento y de las piernas, que me quiero aprovisionar de telas para nuestro reencuentro porque será gélido no por nosotros sino por el tiempo, me bullían en la sesera algunos recuerdos que debía plasmar para vivirlos de nuevo. Anécdotas del Camino...

Año 2010, Año Santo Xacobeo, cuando nos conocimos donde la Plaza de Quintana rebosaba gente para abrazar el busto de Santiago. Y debe ser ésta la primera anécdota. Entre cientos de peregrinos con sus ropas viejas que hacían cola para pasar a la Catedral me encontraba yo, vestido de traje y corbata, recién salido del Juzgado de la Coruña y aterrizado en Santiago en autobús. Ni un kilómetro andado y era el objetivo de las cámaras como cuando se cuela un garbanzo en un saco de lentejas. "¿Y tú qué haces aquí? ¿De dónde vienes así vestido? A ver cómo te explico...". Cuando ese mismo año, en Septiembre, llegué yo a Santiago tras mis cinco primeras etapas, (cinco nada más que no sabía si las aguantaría, cinco nada más que no sabía si te querría o te odiaría, cinco nada más que me vence más la duda que la aventura, cinco nada más que ya las he recorrido más de cinco veces después empezando muy atrás, cinco nada más que grabaron a fuego en mi alma mi querido caminito de Sarria a Santiago), me puse en la cola de nuevo. Ya estaba como ellos, vestido de peregrino, con los pies cansados y la ropa entre más usada que vieja. Me vi a mí mismo meses atrás en esa cola vestido de traje y me reí lo que no está escrito. ¡Vaya nota dí! Comencé a sonreír, a querer ahogar la risa y terminé entre carcajadas yo sólo y mis motivos. Risa contagiosa que se fue expandiendo. Una peregrina me preguntó: ¿de qué te ríes tanto de golpe? Y le dije que de mí mientras seguí riendo y le contaba el por qué. No sé si se quedaría muy conforme pero al rato me señalaba y se reía la gente con la que hablaba. ¡Lo que hace ser el nuevo! Anécdotas del Camino...

Camino Aragonés. Verano de 2018. Unos pueblecitos con una media de cuarenta habitantes cada uno. Ni miento ni exagero. Ahí están las guías. Llegamos exhaustos a Arrés, un pequeño municipio de Huesca que está escondido en el Monte Samitier. El albergue lindaba con una pequeña plaza a sus espaldas donde se había preparado un escenario y algunos altavoces grandes. ¿Esto qué es? Son las fiestas del pueblo y esta noche hay jaleo hasta las 04;00. ¿Cómo? Me voy de aquí. ¿Cuál es el siguiente pueblo? Uno que se llama Martés, no tiene albergue pero hay una casa rural llamada la Pardina del Solano. Allá que voy, así aprovecho y me afeito. Y llegué. Y tras amoldarme y demás me puse a afeitarme. A ver, Camino de Santiago, neceser, sólo una cuchilla de afeitar. Importante detalle. Y en una de éstas que sacudo la cuchilla en el lavabo, la muy p.ta se desprende del agarre y se cuela por la tragadera. ¡Mierda! Media cara afeitada y la otra media a medias, dícese, luces y sombras como en los buenos teatros. ¿Dónde voy yo así? Tengo la cara cual tablero de ajedrez y el bigote entre Franco y Cantinflas. ¡Posadero! ¿Hay tienda en este pueblo? Aquí no hay nada. Hasta que no llegues a Puente la Reina no podrás afeitarte bien, vaya cuadro te has hecho. ¿No jodas? ¿Tengo que ir con la barba como un trigal mal segado varios días? El cachondeo va a ser fino... Y así fue. De Martés a Puente la Reina me quedaban cuatro etapas, pasé por Sangüesa entremedias que es pueblo grande y con servicios, pero era Domingo y estaba todo cerrado. Ví las cuchillas desde el escaparate mientras mi media barba se reía. Y no, no encontré donde comprar una mísera cuchilla ni en Artieda, ni en Ruesta, ni en Undués de Lerda, ni en Izco, ni en Monreal, ni en Tiebas, ni en ningún sitio de los que atravesaba el Camino. ¿Qué habrá gente que no vuelva a ver que me recuerde como el medioafeitado? Pues seguro. Pasada la vergüenza inicial me reía hasta yo. Y en Puente la Reina, efectivamente, me afeité cuando ya ni se notaban los trasquiles. Anécdotas del Camino...

Año 2012. Iniciamos la aventura en Ponferrada. Llegados a Palas de Rei nos alojamos en el Albergue Mesón de Benito. Le tengo un cariño especial y dispensan buen vino con el menú. Mi padre y Jesús se fueron a echarse un rato la siesta. Me quedé con Albertucho agotando la botella de vino y la mesonera nos invitó a otra. Danger. Peligro. Pupita. La botella fue menguando a la par que la chispa fue aumentando. Alberto y yo entre risas comentando cosas del Camino, la botella vacía y la mesonera nos dice que de qué queremos el chupito. Es decir, no nos preguntó si queríamos un chupito, dio por hecho que nos lo íbamos a tomar. Correcto. Minipunto y punto para ella. Un fuerte aplauso y el juego del programa. Nos puso un chupitazo de licor de hierbas que para eso estábamos en Galicia. Brindamos, nos lo bebimos y fuimos a lavar la ropa con un estado etilíco-eufórico resultado del cansancio peregrino y de los efluvios ingeridos. Había más gente para lavar haciendo cola y nosotros, muy contentos y afables, nos ofrecimos a lavar la ropa de todos y que se marcharan a descansar. Nos alertó el alberguero de que no metiésemos los ropajes blancos y ya separados junto con la ropa de color pues, aunque en el Camino todo se mezcla en esas lavadoras albergueras, una peregrina hubo advertido de que una camiseta roja suya desteñía mucho. Claro, con la caraja del vino dije "sí, padre" y acto seguido metí todo junto. Cuando Alberto me avisó de lo que había hecho ya era tarde. El bombo de la lavadora giraba ya cogiendo agua. El desfile de calcetines, camisetas, pantalones, calzoncillos, braguitas y tangas que salieron teñidos de color rosa fue digno de ver. Creo que no nos regañaron mucho (tampoco me acuerdo muy bien), fue un percance que subsané con buena fe y algunas peticiones de perdón (si bien me meaba de risa). Los días siguientes cuando en los albergues veía una prenda rosa decía "¡¡esa la lavé yo!!". Y no fallaba. Anécdotas del Camino...

Y podría contar muchas más, pero algunas prefiero guardarlas para mí, otras las saben quienes las tienen que saber, otras quedarán diluidas en el tiempo y otras asaltarán mi memoria cuando ellas quieran regalándome un rato de ocio, nostalgia, recuerdos y sonrisas. Aquella vez que una paraguaya decía que había subido el Cebreiro con sandalias para notar los efluvios de la Madre Tierra... Aquella vez que hice el Camino con mi mujer y fui feliz explicándole en cada sitio mis vivencias anteriores... Aquella vez que harto de pacharán me confundí de litera y me dejé caer encima de un chino, koreano, japonés o lo que fuera... Aquella vez que una peregrina alemana siempre, siempre, siempre, preguntaba cosas raras a Iñaki y éste le respondía "Astorga" a todo... Aquella vez que al llegar a Santiago de Compostela estaba Gemma, mi mujer, con nuestra hija en brazos esperándome en pleno centro del Obradoiro... Aquella vez que en un restaurante no tenían frutica española y mi padre no quiso comer postre... Aquella vez en Carrión de los Condes que con unos vinos de por medio unos bicigrinos sevillanos habían hecho un tramo lleno de chinos gordos y esos eran los del sumo y éste puede ser de pera o de naranja... Aquella vez que... En fin, espero que el Camino y yo volvamos a vernos pronto, antes siquiera que acabe el año y vuelvan a ocurrir algunas. ¿Algunas qué? Anécdotas del Camino...

jueves, 19 de diciembre de 2019

¡AY, CAMINO!

Hoy tengo ganas de ti. De recorrerte, de caminarte, de estar en algún punto tuyo entre Saint Jean pied de Port y Santiago de Compostela. Foncebadón, por ejemplo, el Alto del Perdón, Hornillos del Camino, Zubiri, Villafranca del Bierzo, Carrión de los Condes... ¡Yo que sé! Donde fuera pero contigo. Con tus sensaciones latiendo en mis venas a flor de piel. Despotricándote y amándote a la vez. Con tu olor característico de cansancio, sentimientos, sonrisas y lágrimas. Perdido en algún albergue hablando con algún peregrino sobre algo transcendental de la manera más natural que exista. Burgos no sería mal sitio. Ni Logroño. Fíjate, incluso en Sarria que para mí fue el principio y ahora cuando paso es el final, estaría hoy tan feliz. O subiendo en busca del Refugio Orisson, a mitad de camino entre La Faba y Laguna de Castilla o prácticamente coronando la Cruz de Ferro. Tampoco estaría mal bajando hacia Roncesvalles, buscando Molinaseca o llegando hasta Triacastela. Y también me viene a la mente la llanura palentina entre las tierras del Cid y los límites de Castilla. Donde sea pero con mochila, bordón y botas. Persiguiendo tus flechas y conquistando tus lugares, recorriendo tus kilómetros con la agridulce mezcolanza del triunfo y el saber que ya no volverán. Jugando continuamente con un imperante carpe diem que se acentúa en la magia de Bercianos, Torres del Río o Ponferrada. Hoy tengo ganas de ti.


Y es que no sé por qué hay días que me invades íntegramente. ¿Qué veneno es ese? Un día cualquiera de Diciembre que no está señalado en rojo en el calendario por motivo alguno, mientras cumplo con mis rutinas laborales, me embargas la sesera y empiezan a bullir los recuerdos, los anhelos, los momentos y el deseo de volver a ellos. Hoy me tienes loco recordando la sonrisa de Isis, los abrazos con Palmiro, las charlas con Yoon Joon, aquella agotadora llegada a Arzúa, el Horno de Irozt, la hornacina de San Fermín, a mi querido amigo Iñaki, todas las risas compartidas, las lágrimas por las preguntas sin respuesta, un por qué mudo, silente, hiriente, incomprensible, el hálito de esperanza, el descanso del alma en la litera, el vino tinto en chato, en vaso y en cuenco, el arco iris en Frómista, la eterna recta de Calzadilla de la Cueza, el peregrino escondido en la Plaza de Quintana, el ascensor de Rabé de las Calzadas, los nervios alegres y simpáticos de María, risueña, traviesa, encantadora, la hospitalidad de Nacho Nájera, una oración callada en Furelos, los ojos de Alba contemplando arquitectura férrea y pétrea testigo del paso del tiempo, la espera en la antigua Casa del Deán para obtener mi primera compostela, mis queridas y amadas botas marrones que dos mil kilómetros recorrieron, el poder compartir unos kilómetros con Gemma y hacerla partícipe de uno mis amores, la cristalina y celeste mirada de Amanda que se fotografía per saecula en la memoria... ¡Cuántas cosas, amigo! ¡Cuántas cosas!

Me gusta porque siempre me atrapas. Y sé que estás agazapado y por más alerta que yo esté aguardando tu llegada encuentras el momento y me sorprendes. Aún recorriéndote las veces que voy premeditado a enfrentarme a ti y te espero y ansío con ganas de cura me encauzas, me das confianza, me das serenidad y, cuando pierdo por un segundo la concentración, me atrapas con tus fauces psicológicas que, si bien son necesarias, son más temidas que las físicas. El cansancio es parejo a ti pero la cabeza de cada peregrino juega un papel trascendental en la travesía y la conjunción de ambas cosas puede resultar demoledora y reconfortante a la vez. Tal es la fuerza de tu hechizo que no he conocido a nadie que tras recorrerte unos cuántos días no tenga ganas de volver a ti a de nuevo. Cuando sale tu nombre afloran dos sonrisas en la gente que sobre ello conversa y, te garantizo que, quien te ha transitado alguna vez tiene un don especial para acertar a ver tus flechas amarillas estén donde estén. Es como un imán entre la mirada y la pintura que impulsa las piernas a seguir la dirección al Obradoiro. Y así es como me encuentro hoy. Con ganas de seguir esas indicaciones amarillas que iniciase Elías Valiña preparando una gran invasión.


Y sigue tu embrujo embaucándome a través del silencio, del molesto sonido de una chirriante litera en mitad de la madrugada, de una ampolla en el sitio más incómodo cuando todavía quedan kilómetros para llegar al albergue, de una ducha indominable que te abrasa la espalda o te deja helado en pleno Agosto y de un menú del peregrino que te sabe a gloria incluso frío, a deshora y mal guisado. Tienes el don de obtener de todo una ventaja y, lo que es mejor, a través de uno mismo. Enfrentas a quien te recorre a ti y a su yo interior. Y para todos tienes un triunfo, una victoria, un recuerdo, una lágrima agridulce de entre felicidad y tristeza aderezada en su conjunto con nostalgia. Cerraría ahora mismo la tarea que estoy desarrollando, haría la mochila, compraría los billetes y con una enorme sonrisa me iría a verte de nuevo, a saciarme de tus encantos, esos que hallo en mi propia mente y en el grupo de personas que te recorren en las mismas fechas que cuando yo lo hago año tras año. Es la familia que me regalas por unos días y siempre es mágica y dispar. Y me acuerdo de todos ellos y ¿sabes qué? Me encantaría juntarlos en un mismo espacio y tiempo en tu presencia y caminarte juntos a la vez. Pero eso ya es la propia vida, con sus sorpresas y balanzas. Por eso mismo, la vida, al fin y al cabo, es caminar. Hoy tengo ganas de ti, Camino de Santiago.

martes, 17 de abril de 2018

NIÑOS Y PEREGRINOS

Yo no sé quién disfrutó más, si los niños viendo la llegada de dos peregrinos a su cole o los dos peregrinos hablando del Camino a los niños. Lo que si sé es que todos disfrutamos lo que no está escrito. La historia comenzó cuando María Eugenia, amiga peregrina con la que coincidí en uno de mis múltiples caminos en el tramo de Sarria a Santiago por el Camino Francés (siendo el mismo la primera vez que ella recorría la Ruta Jacobea y aguantando mis monsergas de que el Camino más atrás es diferente y bellísimo), profesora en el Colegio Público Infante Don Felipe de Daimiel, me pidió si podía asistir un día al centro y hablar con sus alumnos del Camino de Santiago ya que era uno de los temas que se debían desarrollar en la docencia acerca de la Edad Media y lograr de los niños una motivación hacia el propio Camino. Serviría de estudio, de actividad y de animación a la vez. Yo, al ser autónomo, dispongo de ciertas libertades en mi horario laboral, libertades que luego me suponen trabajar un Domingo, un día festivo o hacer turnos de guardia de 24 horas, las cosas como son, pero libertades al fin y al cabo que me permiten amoldar mi tiempo siempre que el Juzgado no me lo impida, a poder escaparme de mi trabajo de abogados un Viernes por la mañana y hacer actividades como la que hice. Por eso acepté. Por eso, porque me lo pidió una amiga y peregrina, porque me sentí enormemente agradecido porque contara con mi persona para ello y porque los mayores beneficiados eran los niños. Estaba claro. Y allá que me presté.

Debía explicar mediante un teatrillo a los alumnos el por qué del Camino de Santiago, cómo surgió, como pervivió, por dónde pasa y cuáles son los principales caminos a día de hoy, de modo tal que los niños aprendieran todo ello y además llegasen a casa con la motivación de querer hacer ellos mismos el Camino. Y debía hacerlo con una ambientación medieval de peregrino antiguo y contarles también cosas de la actualidad. Así es que se me encendió una bombilla ilusionante. Mi padre había sido, como dice el refrán, cocinero antes que fraile, en el sentido que en realidad hubo sido maestro de escuela antes que abogado. Y además conoce el Camino igual de bien que yo. Era la persona idónea para explicar a los niños muchas cosas de la Ruta Jacobea. Así pues, iríamos los dos: él vestido de peregrino antiguo y yo de peregrino actual. Se lo dije a María Eugenia y le encantó la idea. En todos crecía la ilusión por la tarea a realizar. E insisto: los niños serían los verdaderos protagonistas. Estarían en su cole aguardando la llegada de dos peregrinos, uno del medievo y otro de los tiempos que corren, escucharían de ellos vivencias y aventuras y podrían hacerles preguntas, hacerse fotos con ellos y aprender muchas cosas de esos caminantes que aman y siguen las flechas amarillas...



Preparamos con mil amores las indumentarias precisas. De hecho yo mismo me llevé las mismas ropas que uso cuando hago el Camino, el sombrero, la mochila, las desgastadas botas y el bastón. A mi padre le hicimos con fieltro marrón un sombrero típico de peregrino de antaño con su vieira en el frontal, nos dejaron una capa marrón, un bordón con su calabaza y todo y un curioso bolso cuadrado y marrón hacía la suerte de zurrón donde los antiguos caminantes llevaban sus escasas pertenencias. Con algo de imaginación suplimos el resto de carencias en las vestimentas que pudiéramos tener y la alegría y el entusiasmo por la tarea encomendada hizo el resto. Improvisamos un teatrillo que contuviera de todo lo que había que explicar a los niños e ideamos un juego de intervenciones en los que los dos peregrinos nos preguntásemos el uno al otro cuestiones del Camino en la Edad Media y en los tiempos actuales para que, a la vez que los niños aprendían las diferencias y los distintos tipos de peregrinos de ayer y de hoy, fuesen aprendiendo también cómo ha ido evolucionando el Camino de Santiago y supieran que hay varios caminos que llegan a la mismísima Plaza del Obradoiro, conocieran la existencia de los antiguos hospitales y los albergues y cómo son hoy en día, supieran los requisitos necesarios para obtener la compostela y disfrutasen con algunas vivencias, experiencias y leyendas de la mágica Ruta Jacobea que puede seguirse incluso guiándose por las estrellas.


Lo mejor fue enseñar y explicar a los niños los valores del Camino y que centrasen su atención en recorrer el mismo por la experiencia y el aprendizaje y no por obtener la compostela. De hecho me reservé dos cuestiones importantísimas que sabe todo peregrino y que a su vez se aprenden en el Camino, con la esperanza de que alguno de los niños y niñas a los que tuve el enorme placer de hablarles lo descubran por sí mismos en algún tramo del Camino: que es mucho más bello recuerdo la credencial repleta de sellos de distintos lugares que la ansiada compostela y que el saludo más internacional entre todo peregrino es ¡Buen Camino! Parecen evidencias pero es precioso descubrirlo por uno mismo. Confío en que cuando realicen el Camino de Santiago ellos mismos aprendan a decir ¡Buen Camino! a todos y que disfruten del propio tránsito sin buscar en el mismo como objetivo el conseguir la compostela sino que bañen sus pies en las frías aguas de Ribadiso da Baixo, que coman cocido maragato en Astorga, que en plena subida a O Cebreiro en un mes de Agosto paren a refrescar su cabeza sin prisas en la fuente de la Faba, que recuerden con cariño Hornillos del Camino y su peculiar hospitalero y que conversen en un inglés improvisado y bastante erróneo con algún peregrino americano mientras bajan el Alto del Perdón...
Y espero que años después cuando revisen su credencial, detengan la vista en un sello de algún bar de un pueblecito por ahí perdido por Castilla y recuerden que el pincho de tortilla que se comieron allí fue un manjar en aquella calurosa etapa. Deseo que si algún día cuando hayan crecido han de hablarle del Camino a otros niños, como yo lo hice, no se lleven la compostela sino que se lleven credenciales llenas de recuerdos, como las que nosotros les enseñamos. Quiero que cuando esos niños que me miraban extasiados con los ojos bien abiertos y los oídos agudizados deseando escuchar más y más vivencias caminen siguiendo flechas amarillas, saluden con un cariñoso y entrañable ¡Buen Camino! a un peregrino del Congo, que no hable su idioma y que no lo hayan visto nunca jamás antes en su vida pero sepan que tan sólo es un peregrino de la vida más, igual que ellos. Quiero que a los pequeños que con tanto amor presté mi bastón, mi sombrero y mi mochila les haya inculcado el verdadero Camino: el de la vida. Sólo entonces la más bella etapa que he realizado obtendrá su compostela.
Dejad que los niños se acerquen a mí. Soy yo quien aprende de ellos.


 Gracias al Colegio Público Infante Don Felipe de Daimiel (Ciudad Real) 
y a su profesora María Eugenia 
por hacer posible esta preciosa etapa de un camino sin igual.

martes, 17 de octubre de 2017

CAMINO PORTUGUÉS

Me debía estas líneas a mí. Me las debía. Y al propio Camino de la Vida y a Santiago y a mi niña Claudia. Y a mi padre, a mi amigo Iñaki que el Camino me regaló, a mi suegro y a todos aquellos peregrinos que he conocido en mis andanzas y saben de mis malos pasos en años de atrás y en mis sonrientes bordonazos de hoy. Y a mis Peregrinos de Bondad con los que alcancé sin esperarlo el Obradoiro y compré lo que no pude el año anterior para cumplir un sueño el año posterior. Una simple camiseta pero con mucha historia. ¡Qué bonito es ser peregrino! Y caminar por el Camino con mayúsculas. Y encontrarte a ti y pelearte contigo. Y satisfacerte. Y llorar y reír con uno mismo. No podré olvidar nunca el año dos mil diez en el que todo empezó. Mochila, bordón y botas son ya para mí algo más que útiles de caminante, son compañeros de viaje, de sufrimiento, de alegría y de aventuras. Y saben igual que yo los sentimientos que se me agolpan al escribir palabras sobre mi amada ruta jacobea. Y, no lo dudo, mi camino es el francés, pero quiero conocer todos y ya estoy en ello. Y precisamente el último, el que me ha regalado el más preciado Obradoiro que existe y el que surgió como plan nada más llegar la vez anterior de entregarme de nuevo a las altas y pardas torres de la Catedral de Compostela ha sido el Camino Portugués. A él le debo también estas memorias de recuerdo.

Llegué a Compostela de nuevo y compré una camiseta de bebé peregrino. Una camiseta que no pude comprar años anteriores y una camiseta que no sabía la gloria que me daría. Nada más regresar a mi Ciudad Real natal soñaba otro Camino. Pero no el que me deparaba el destino con la organización de Gemma y que tuviera como final el más precioso Obradoiro que pudiera existir: llegar cansado a la "Praza" donde terminan y a la vez inician todos los caminos y que allí estuviera mi hija con la camiseta que yo le compré, esperándome, cogerla en mis brazos, abrazarla y levantarla enseñándole el cielo que hubiera guiado mis pasos hacia ella. Soñaba otro y jamás había imaginado ese.Y así se forjó mi Camino Portugués, con mi mujer como arquitecta del mismo. Y para que realmente fuera "portugués" que menos que salir andando desde dicho territorio. Igual que al Camino de siempre, al de toda la vida, a la madre de todos los caminos, se le llama el Camino Francés por venir desde aquellas tierras y cuando lo inicié lo empecé en territorio galo, el camino que ahora iba a empezar debería iniciarlo en terreno portugués, así es que planteamos como punto de salida Valença do Minho (Portugal)  para comenzar allí la primera etapa y cruzar andando a Tui (España) y continuar paso a paso y día tras día hasta llegar a Santiago de Compostela. Eran sólo seis etapas pero un camino precioso sin duda, por su inicio, por su fin, por su medio, por su cultura, por sus parajes y por todo. Mi alma peregrina disfrutó a lo grande. Y la de mi padre, mi suegro e Iñaki también.


Quizás otro día escriba a lo grande sobre el Camino Portugués pero hoy es solo un artículo de verter sensaciones y recuerdos, aunque también describa situaciones y parajes del Camino que recorrí. Fueron seis etapas que nacieron en Valença do Minho, O Porriño, Redondela, Pontevedra, Caldas de Reis y Padrón y que nada tienen que envidiar a los ultra conocidos "últimos cien" del real Camino Francés que muchos pere(turi)grinos recorren iniciando desde Sarria cinco etapas que les llevan al mismo centro de la Plaza del Obradoiro. De hecho el terreno del Camino Central Portugués, llegando ya a su fin, es cercano al mar y las veces que andando se conjugan bosque y vista sobre la costa son una preciosidad. Se suben más montes, se atraviesan más bosques y la etapa reina quizás sea más dura que la del pequeño Camino Francés. En este último la etapa más dura de las cinco que separan Sarria de Santiago es la de Palas de Rei - Arzúa, la del ecuador del camino, que discurre sin apenas dificultades hasta Melide pero desde ahí hasta el final se convierte en un perfil rompepiernas por continuos toboganes que hacen imposible mantener un ritmo constante. Sin embargo, en el Portugués, la etapa reina si se sale desde Valença do Minho o Tui (que es el equivalente al dicho último tramo del francés) es la de Redondela a Pontevedra, también a mitad de la aventura, en la que se han de afrontar dos duras subidas con sus infernales bajadas, recordando el inicio de la segunda y más cruel subida a la del temido tramo de la subida a O Cebreiro entre Herrerías y la Faba del Camino de Santiago Francés. Y aunque no sea el texto una mera comparación entre ambos caminos, a quien halla caminado por el francés y le parezca dura la bajada a Portomarín una vez cercano el embalse del Belesar que se enfrente a la bajada a Redondela desde O Muro. Tremendo desnivel en muy pocos metros. Pero como siempre, queda todo en la mochila del recuerdo y se volvería a repetir una y mil veces el Camino, fuera el que fuera. Por lo demás, todos los caminos tienen su encanto, sus lugares, sus rincones, su historia y su cultura. Todos son encantadores. ¿Duros? Quizás, pero se hacen. Y se camina más con la cabeza que con las piernas.


Pedrón donde se amarró la barca con los restos del Apóstol
El tan conocido Camino de Santiago francés tiene cientos de leyendas pero merece la pena en el caso del Camino Portugués mencionar que en el mismo nació la tradición Jacobea pues precisamente en el mismo, en concreto en Padrón es donde desembarcaron los restos del apóstol traídos desde Jerusalén por dos discípulos suyos, Atanasio y Teodoro, que llegaron milagrosamente transportando los restos mortales de Santiago en una barca de piedra sin timón y sin rumbo, que fue amarrada a un pedrón (de ahí el nombre del pueblo) en las costas gallegas a la orilla del río Sar, cercano a la antigua Iria Flavia. En aquel lugar presidido por la Reina Lupa, pagana que se jactaba de apresar cristianos y ridiculizarlos, los discípulos del apóstol y sus seguidores le pidieron ayuda para trasladar los restos de Santiago a otro lugar y ella les entregó una carreta tirada por toros salvajes diciendo que eran bueyes para dejarlos en ridículo. Resultó que los toros salvajes de amansaron, motivo por el que se dice que la Reina Lupa se convirtió al cristianismo. De hecho, hago un inciso, peregrinos que hagáis el Camino Portugués, fijáos en Padrón en la Fuente del Carmen pues la hornacina central de piedra refleja el momento de la conversión al cristianismo de la Reina Lupa siendo bautizada por el propio Apóstol Santiago. Siguiendo con la historia de la translatio de Santiago, resultó que la carreta se detuvo inamoviblemente en un lugar determinado, entendiendo esto Atanasio y Teodoro, los discípulos de Santiago, como una señal que determinaba el lugar donde había de ser enterrado el apóstol. Y allí surgió la primera construcción de lo que hoy conocemos como Compostela: un enterramiento. Por eso (y prometo no enredarme más con datos pero me es es inevitable no enlazar unos con otros) el origen de la palabra Compostela aunque se dice que proviene de Campus stellae (del latín, campo de estrellas, pues precisamente desde el Castro Lupario, donde vivió la dicha Reina Lupa se apreciaba bellísimo el cielo) en realidad debe venir del latinismo compositum que significa enterramiento. Cada uno que elija.
Detalle de la Fuente del Carmen: bautizo de la Reina Lupa
Lo cierto es que la tradición y leyenda jacobea comienza en Padrón donde bajo el altar mayor de la Iglesia de Santiago se conserva el pedrón donde se amarró la barca. Hay una imagen del propio santo señalando con el dedo hacia abajo que dice en latín "Aquí estuvo el cuerpo del beato Santiago". El Camino Portugués, sin duda, es una gran atracción para los peregrinos que busquen disfrutar de la cultura y de la historia. De aquel pequeño enterramiento se originó la primera ermita que dio lugar a la gran ciudad que hoy acoge a peregrinos de todo el mundo por distintos motivos que distan mucho de ser religiosos. Pero la historia es la historia. Otro día si queréis nos tomamos un café y debatimos sobre si es Santiago o Prisciliano y me enredo sin miedo en datos y conclusiones que no tengo que teclear ahora, pero os invito a hacer este Camino. No os defraudará.


Y como siempre al terminar mis andanzas camineras y llegar a la "concha cero" empezaron a forjarse nuevas metas. He recorrido todo el Camino Francés, sí. Pero el inicio tiene dos variantes y he hecho sólo una, la de Saint Jean Pied de Port. ¿Qué me estará esperando en la ruta de Somport? Seguramente sea mi siguiente camino. Y ya que lo empiezo, ¿cómo no lo voy a terminar? Todo apunta a un nuevo proyecto de varios años de camino desde Somport hasta Santiago de Compostela de nuevo. O quizás la Vía de la Plata. Le tengo muchas ganas. ¿Y el Camino en invierno? Eso sí que me llama. Aunque sea un "Sarria - Santiago" pero en invierno. Con soledad, con lluvia y frío, con albergues vacíos y bares cerrados. El caso es caminar. Siempre digo que al fin y al cabo la vida es caminar. Eso sí, Obradoiro como el de este año, Santiago me perdone, no lo habrá jamás igual en la vida. ¡¡Buen Camino!!