"¿Y por qué no?". Esas cuatro palabras han retumbado en la cabeza de todo español durante estos últimos cuarenta días que ha durado la última edición de la Copa del Mundo. España tenía la etiqueta de ser una de las selecciones favoritas para ganar el trofeo, pero es dificilísimo hacerlo. Ya se sabe. Los que llevamos varias décadas viendo fútbol el recuerdo que tenemos de los Mundiales es que España caía en fase de grupos o, si lograba clasificarse para octavos de final, tras el pitido había que hacer las maletas. Eso de levantar la copa estaba destinado a grandes nombres: Brasil, Argentina, Alemania, Italia... Nosotros éramos meros invitados al torneo y, si algún año creíamos que podíamos llegar un poco más lejos y nos colábamos en cuartos de final, aparecía Tasotti o Al-Ghandour y nos mandaban para casa injustamente, a codazos o a silbatazos, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Si no sabes de quiénes hablo eres aún bastante joven o no has visto tanto fútbol. El caso es que llegó una hornada de jugadores excepcionales, cosas que parecen ocurrir sólo una vez en la vida y que conllevan una confabulación y alineación de astros que es tan casual y bella que se duda de su veracidad. Y en el año 2008 ese grupo de chavales (ahora sí te sonarán los nombres) compuesto por Casillas, Ramos, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Xabi Alonso, David Villa, Fernando Torres, etc, nos llevaron a ser Campeones de Europa. Dos años después era el mundial de Sudáfrica y empezó a haber cierto runrún en España porque, quizás, esta vez, si pudiéramos hacer algo más. En ese momento en realidad (y no ahora recientemente) es cuando comenzó a fraguarse la pregunta "¿Y por qué no?". Debutamos en aquel Mundial y perdimos 0-1 contra Suiza. Parecía el bofetón de siempre. Pero no fue así...
Conscientes de que igual no volveríamos a ver ni a tener una plantilla como la que tenía España en aquel tiempo, toda la nación se unió y comenzó una campaña de ánimo, empuje y aliento que, yo al menos, no había visto jamás. Por primera vez los colores rojo y amarillo unían al territorio y dejaban la política fuera. El tropiezo del primer partido no modificó el rumbo, empezamos a creer y a ver que se podía. Y ocurrió. Pasamos a octavos, a cuartos, a semifinales ¡por primera vez en nuestra historia! y a la final. Ya no había quien nos parase. Era el camino a nuestra primera estrella bordada en la camiseta. Era el momento. La pregunta "¿Y por qué no?" se convirtió en la orden "Hágase". Y se hizo. España fue campeona del mundo. Era posible. Hubo sido posible. Lo hicimos. Nuestra camiseta nacional tendría ya para siempre un distintivo que había sido anhelado, deseado y soñado por miles y miles de españoles. Muchos habían muerto antes de que ocurriera, pues los mundiales de fútbol se vienen celebrando de 1930 y muchas almas de España marcharon a las estrellas antes de que una de ellas llegase a nuestra camiseta, convencidas de que ese bordado jamás llegaría a nuestras elásticas. Y por ellos y por nosotros, lo hicimos. Y fuimos afortunados de vivirlo porque nunca habíamos creído que lo lograríamos. Honramos su memoria y fuimos muy felices. España era noticia en todo el mundo. Ya no sólo se hablaría de la pica en Flandes. Se hablaría de que España tenía una estrella sobre su escudo. Cosa reservada a muy pocos elegidos.
Dos años después volvimos a levantar la Eurocopa y ganamos la triple corona: Eurocopa, Mundial y Eurocopa. Éramos historia viva. Pero toda historia tiene un principio y un final. Y aquí se desvaneció la nuestra y los siguientes mundiales volvimos a lo que había sido nuestro recorrido antes de la cita de 2010. En las siguientes tres ediciones caímos en la fase de grupos y dos veces consecutivas en octavos de final. Otra vez España en la normalidad en la que tantos años hubo estado instalada. Hasta que la historia se reescribió de nuevo. La selección logró ganar con un buen fútbol, como aquella vez en 2008, la Eurocopa de 2024. Y la mala memoria que habíamos tenido con los capítulos vividos años atrás y de nuevo el runrún volvieron a despertar. No éramos conscientes de que si lo habíamos hecho una vez podíamos hacerlo más. Resurgieron de nuevo los ímpetus y la célebre frase del humorista manchego José Mota comenzó a popularizarse por toda la geografía nacional: "Va a ser que no, pero ¿y si sí?". Y volvimos a creer de nuevo en que una nueva generación de futbolistas (que cuando ganamos el único -por entonces- mundial de nuestra historia eran unos niños) pudiera llevarnos a la gloria del deporte rey. Y esta vez sí creímos que, aunque dificilísimo, pudiera ser posible porque ya lo habíamos hecho más de quince años atrás. Comenzamos a latir, a susurrar España de nuevo y a mirar de tú a tú a los grandes que tenían varias estrellas bordadas, puesto que ellos alguna vez tuvieron sólo una como nosotros y la gran mayoría de naciones no tiene ninguna.
El resto ya lo sabéis. Nos clasificamos para el Mundial con triple sede en Estados Unidos, Canadá y México. Desde el primer momento nos preguntamos "¿Y por qué no?", pero esta vez creyendo que de verdad era posible y no una mera utopía. Debutamos contra Cabo Verde y empatamos a cero. Mal inicio, como aquel año 2010. Pero dependíamos de nosotros mismos. Y en eso los españoles somos genios. Tenemos, para todo, el gen de "Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como". Empezamos a ganar y nos plantamos en la final del mundial con un único gol en contra en todos los partidos. Y con cruces que no ha sido fáciles y ya son historia escrita y pasada: Austria, Portugal, Bélgica y Francia. Quedaba el gran escollo. La Argentina de Lionel Messi, la FIFA e Infantino. No lo digo yo. Ahí está el recorrido en la cita de una y otra selección y en la hemeroteca pueden verse los favores recibidos. Por algo ha de ser que España finalmente ha sido arropada por todo el mundo y ha quitado las caretas dejando al descubierto tanto oscurantismo escondido en federaciones y silbatos. Y ganó España. Ganó el fútbol. Se hizo justicia en nombre de muchos y España se alzó a lo más alto del mundo futbolístico otra vez. Una nueva hornada de hombres que han llevado el nombre de nuestra nación por todos los confines: Unai Simón, Pau Cubarsí, Laporte, Pedro Porro, Rodri, Oyarzábal, Merino, Baena, Nico Williams, etc. Un puñado de guerreros que creyeron y nos hicieron creer de nuevo. Gracias eternas. Ahora nuestra camiseta no tiene una estrella bordada sobre el escudo. Tiene dos. Yo no sé si volveré a ver en mi vida a España ganar un mundial. Sé que nunca lo habría esperado y la ha visto ganarlo dos veces. Igual alguna vez pudiera ser una tercera. No lo sé. Por lo que no están. Por los que estuvimos. Por los que estarán. Por España. "¿Y por qué no?".





















