martes, 30 de junio de 2026

AMIGO CAMINO

Me gusta cuando escribo a algo etéreo como si aquello pudiera leerme. Sé que no, pero seguro que puede sentirme. No lo dudo. Cuando una tormenta de verano me pilla de improviso y alguna gota de agua me resbala por la mejilla la siento desvanecerse en su recorrido y sé que, de alguna manera, ella me siente a mí alegrarme del frescor que me produce y sabe de mi sonrisa interior despertada por su causa, agradeciendo esos pequeños detalles que son la esencia de la más pura vida. Y fallece la gota con su alma henchida, sabedora de haber cumplido su misión. Igual me pasa a mí cuando te recorro hecho un manojo de emociones. Sé que en cada pisada te siento y me sientes. Me conoces bien. Te conozco bien. Nos conocemos bien pues hace más de quince años que te recorro y paso por ti a la vez que tú lo haces por mí. Y quien, a priori, me tachase de loco por escribirte, pues un camino no siente ni padece, seguro que si ha leído estas poquitas líneas que abren lo que hoy vengo a decirte ya no lo hace, pues en su interior, quizás, haya recordado que deshojar una margarita es mucho más que quitar uno a uno los pétalos de una flor. La vida es sentimiento y el sentimiento puede plasmarse de mil maneras. A mí, particularmente, me gusta hacerlo por escrito para poder revivirlo cuando pasado cierto tiempo me topo de nuevo con mis letras. Y hoy, amigo Camino, me acuerdo de ti y sé que cuando me calce las botas y me cuelgue la mochila volveremos a fundirnos en nuestras cosas. Y que nos quiten lo bailado. A ti, cómo me exprimes por dentro y por fuera, removiéndome el interior, enfrentándome a mi mismo y haciéndome sudar en cada cuesta. Sonríes entre maliciosa y afectuosamente porque sabes que es así. A mí, el vencerte etapa tras etapa mientras me queden fuerzas para ello, entregándome a la lucha contigo porque, aunque exhausto, me viene bien y me depura, más por dentro que por fuera. Y luego nos abrazamos ambos porque nos queremos y sabemos que los dos hemos cumplido. Y seguimos fraguando recuerdos.

Por eso te escribo. Porque sé que me lees. Y al igual que yo un día cualquiera de marzo me pregunto quién te estará recorriendo, quién estará en Hontanas, mismamente, a mitad de etapa o quién se estará enfrentando a la subida a la Faba, confío en que tú, amigo mío, en algún momento inesperado de noviembre, pienses qué estaré haciendo con mi vida (más bien, mi vida conmigo) en ese instante. Igual estoy en algún Tribunal ejerciendo el oficio con el que lleno la nevera. Lo mismo estoy evadido de la rutina compartiendo algún rato de ocio con la familia. O, a lo mejor, estoy recorriendo algunos kilómetros en algún camino cercano recordando tramos tuyos y pensando en ti, a la vez que, sin yo saberlo, tú estás pensando en mí. Magia pura. Y sin que ninguno lo sepamos. Pero nos sentimos. Ya lo he dicho. Estando juntos y en la distancia. Y hoy, mira tú por dónde, me acuerdo yo de él. De ti, amigo. De ti. De tus flechas amarillas, las cuales persigo y cuando no hay más las busco de nuevo. ¿A dónde me llevan? ¿A Santiago? No lo creo. Porque he llegado ya muchas veces y sigo siguiéndolas. El camino en sí es estar en el Camino. La propia meta eres tú. Una charla, un albergue desconocido, una ducha al mediodía, un pueblo casi deshabitado si no fuera por los peregrinos que le damos vida durante unas horas días tras día, unas ruinas del Convento de San Antón rescatado para su labor de Hospital, un Lugar de Pregontoño in crescendo donde cada vez hay más arraigo, un rinconcito en Bentartea oculto por la niebla que esconde el pesar de un caminante...

Y ahora que llega el estío tengo ganas de ti. Fíjate que hemos compartido ratos en primavera y en otoño. En invierno no. Todavía. Y como la gran mayoría de veces ha sido en verano, cuando hemos compartido incluso semanas juntos, conforme el calor se va instalando me acuerdo más a menudo de ti pues veo venir en el calendario las fechas que solemos coincidir. Siempre te decía que era yo el que iba a verte, hasta que descubrí en mi tierra que también hay flechas amarillas y ya he perseguido algunas. Pero tú, eres tú. Y sabes que me refiero a ti. Te he caminado en tus variantes. He alcanzado Compostela viniendo por el Camino del Somport, el Portugués, el Inglés y el Primitivo. Incluso una vez fue la propia Compostela el punto de salida y allá que fui, en tu prolongación que para muchos es el epílogo, en tu vertiente esotérica, hacia Fisterra. Pero tú, gran y real Camino Francés, eres especial por muchas cosas. Cuando hablo del Camino, mi mente y corazón piensan y sienten en ti. Me bulle la mente en recuerdos y vivencias. ¿Te acuerdas la primera vez que subí las escaleras de Portomarín? ¿Y recuerdas mi subida a O Cebreiro aquel septiembre? ¡Oh! ¡Castilla! ¿Qué me dices? Aquellas etapas por las tierras del Cid que me llevaste a ver el Papamoscas de Burgos que ni sabía que existía. Y las penurias por Arrés, Ruesta y Sangüesa... Inolvidables. Mis rodillas destrozadas bajando hacia Molinaseca también te mandan un abrazo. Y las lágrimas de mi cara al llegar, no me acuerdo qué vez era ya, a tu concha cero y alzar a mi hija victorioso hacia tus altas y pardas torres catedralicias donde resuenan ecos de la tuna más carismática. ¡Cuánto sabes de mi vida, truhán! Y es por ello que te quiero porque la he fraguado mucho sentimentalmente contigo.

Dentro de un mes estaré haciendo la mochila de nuevo. Este año estreno botas. Ya les estoy haciendo unos kilómetros de rodaje mientras te evoco. La tirada será larga: desde Logroño hasta León. Nos veremos donde te dejé en el año 2022 que necesitaba verte unos días. Nunca nos hemos dejado y reencontrado en la calle Laurel y mira que he pasado veces por ella siguiendo tus dominios. Tampoco nunca te recorrí en desorden y esta vez inicié en Pamplona y tiempo después volví a Saint Jean pied de Port porque siempre, siempre, siempre, si te recorro, lo hago entero y me faltaban en esa ocasión esas tres etapas. Y ahora que voy a retomarte me aguardas con mi querida Castilla de por medio. Entre medias me llevaste cerca de las salinas y atlánticas aguas hasta Muxía, desde Ferrol hasta Santiago mismo y desde Oviedo hasta la conclusión del camino más duro que he conocido hasta ahora. Toca rehilar de nuevo y recorrer tus entrañas sin alternancia de tramos, Real Camino Francés. Y para eso volveré a llenar mi credencial de sellos en orden y a revivir recuerdos en Santo Domingo de la Calzada, Agés, Hornillos, Bercianos y Sahagún, por ejemplo, ya sabes por qué menciono cada uno de tus lugares. Volveré a llenarme de ciego sol, sed y fatiga. Otra vez a mi vera el sonido del bordón. Henchiré el alma  el alma con polvo, sudor y barro. Y volveré a sonreír por dentro al sentirte sabiendo, ya con certeza, que no eres etéreo y albergo la creencia íntegra de que puedes leerme. Y nos veremos sabiendo que charlas conmigo y yo contigo a través de las pisadas, esas que poso por donde antes miles de peregrinos ya te horadaron. Y nos sentiremos recíprocamente. Allá voy de nuevo. Te quiero, amigo Camino.

jueves, 18 de junio de 2026

QUERIDO REAL MADRID...

Querido Real Madrid, ¿qué te han hecho? Más bien, ¿quiénes te lo han hecho? Porque el qué lo tengo claro, pero en el quiénes dudo algo más. Te han herido en el orgullo. Y eso es malo y mucho. ¿Cuántas veces te dije que habría que rendir honores a aquella época de Modric, Kroos, Casemiro, Marcelo, Cristiano Ronaldo, Benzema, Carvajal, Casillas, Sergio Ramos, etc, que nos dieron tanta gloria y que la caída luego sería grande? Te lo dije muchas veces. Y lo dejé por escrito otras tantas. Maldita hemeroteca. Y llegaron las vacas flacas, por supuesto. El equipo no ha hecho una transición dulce como muchos creían que sería y el golpe de realidad ha sido duro. Muy duro. Y lo pagamos, como siempre y en todos los equipos, los aficionados. Y aquí empiezo a resolver los interrogantes. ¿Qué te han hecho? No cuidarte. Te han llenado el estómago hasta la saciedad y te han quitado el hambre. Y eso, al contrario de lo que muchos crean, es malo. Muy malo. Pues un estómago saciado jamás peleará por un plato como uno hambriento. ¿Que no ganamos esta Liga? ¡Que más da! ¡Venimos de ganar tres Champions! ¿Que nos eliminan de la Copa del Rey haciendo el ridículo? ¡Que más da! Mira todo lo que hemos ganado recientemente. Y eso va metiendo al club en una barrera de conformismo apoyado en el pasado que es mortal. Un equipo y un club serio tiene que seguir siempre hacia delante. Desde el minuto uno. ¿Que hemos metido un gol? A por otro. ¿Que hemos ganado un partido? A por el siguiente. ¿Que hemos ganado la Liga? A revalidarla. Eso es lo que debía haber hecho el Real Madrid en estos años aciagos.

Y no lo ha hecho. Y le han hecho daño, claro. Y mucho. Lo han dejado expuesto a su deriva y a las burlas del vecino. Y le han entregado las llaves del poder a quien peor puede gestionarlas: al vestuario. Y ahí sí tengo claro quién ha sido el culpable: el presidente. Don Florentino Pérez ha entregado la jerarquía a los jugadores y les ha consentido que hagan y deshagan a su antojo anteponiéndose al propio entrenador. Tras culminar con debacle la que debió ser la transición dulce que antes decía, primer año sin títulos, se iniciaba un nuevo proyecto ilusionante. Se habían ido incorporando piezas nuevas en los dos años previos y se iban encajando y engranando. La explosión de Vinicius, Arda Güler en la creación, Bellingham en la sala de mandos, Mbappé metiendo goles sin problema, Valverde al cerrojo, Courtois bajo los palos y una aparente calma. Todo falso. Se quiso iniciar una nueva era con Xabi Alonso, hombre de la casa, en el banquillo. Pintaba bien la nueva era. Pero los jugadores, con la aquiescencia del presidente que les hubo entregado ¿sin saberlo? el poder, se encargaron de arruinarlo en pocos meses. Y malcriar a un grupo de niñatos engreídos que no saben lo que representa el escudo es arruinar todo proyecto en cualquier empresa. Y así ha sido. Otra vez un añito en blanco y la afición comiéndose el marrón de ver la mala deriva del club. Poco se le ha pitado a los jugadores para los motivos que han dado. Poco. Muy poco. Pero menos aún al palco.

Dicho lo cual y como ésta situación, a mis cuarenta y tantos, la he vivido ya varias veces, sé que te recompondrás, querido Real Madrid. Fíjate que no me han gustado nunca las discordias internas, ni cuando se generan, ni, mucho menos, cuando se airean. Y cuando fue el entrenador José Mourinho hubo mil discordias e incluso división de la afición. Su legado fue ínfimo en sus tres años: una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Fin. Y se fue dejando al Real Madrid a quince puntos del Barcelona en Liga, eliminado por el Borussia Dortmund en Champions jugando la vuelta en el Bernabéu (dejando a Karim Benzema en el banquillo -sin comentarios-) y perdiendo la Final de Copa en casa contra el Atlético de Madrid, Pero puso el punto en la i en muchísimas cuestiones y dejó sembradas unas semillas que germinaron adecuadamente y dieron muchos frutos. Muchos. Y ahora, tras casi una década y media y habiendo salido mal de todos los clubes donde ha ido estando y no haber ganado títulos gordos, vuelve al Real Madrid como solución. Ojo. Y lo refrendamos todos. ¿Por qué? Porque sabemos que tiene vara. Y que la usa. Y ahora mismo hace falta vara. Y mucha. No queda ni rastro de aquellas semillas ni de aquellos frutos. Y hace fala estopa y vara en el vestuario, en el banquillo y en el palco. En eso Mourinho es el mejor, el adecuado y el idóneo. Vuelve como algo más que un entrenador. Vuelve a entrenar al equipo y a ayudar al presidente, Florentino, recién reelegido de nuevo, por cierto, a enderezar el rumbo del club. Es un polémico, sí. Es necesario, también y mucho. Adelante, Don José.

Y desgranados los interrogantes de aquella en manera en cuanto al qué y al quién y analizada la trayectoria y el momento actual, queda por iniciar la contienda y retomar la senda correcta. Para eso hay que hacer un desembolso, una reestructuración, una aclaración de roles y determinar una jerarquía inamovible. Lo primero es que nada ni nadie está por encima del escudo. Ni Florentino, ni Mourinho, ni Vinicius, ni Mbappé, ni el utillero, ni la afición. Que esa es otra. Cuidadito con los gurús de las redes sociales generando discordias entre la propia afición, imponiendo criterios y repartiendo carnets de buen madridista a quien les ríe las gracias y/o les aplaude las milongas. ¡Cómo si no tuviéramos bastante ya con la prensa y sus mamandurrias como para que los gurús se dediquen a lo que se dedican! Hace falta autocrítica interna Y mucha. Pero, ¿qué es eso de azotar a sectores de la afición? Una cosa es hacer autocrítica del equipo y otra aprovechar tal ejercicio para apalizar a jugadores, técnicos y aficionados por no compartir los gustos personales propios. Luego vienen las facturas y las lloreras. No siembres y no recogerás. No menciones y no te mencionarán. En definitiva, ya ha empezado la revolución y con ella el volteo de la noria hacia el lugar que nos gusta. Ya sabemos qué y quiénes. Ya sabemos cómo y cuándo. Siéntense y revivan la historia. No es nueva. Simplemente, por estadística, se vienen tiempos grandes. Mal augurio para los antis. Y ya han llegado Florentino, Mourinho, Bernardo Silva, Konaté, Dumfries y Cucurella. Y faltan... Más los cracks mundiales con lo que ya contamos. Empieza el baile. ¡Hala Madrid!

lunes, 8 de junio de 2026

EL ESPEJO DE LA VIDA

Este pasado mes de mayo ha sido extraño en el calendario de mi vida. Mucho. Si bien lo miro ahora, a toro pasado, parece que ha transcurrido rápido, pero ha sido agotador de tiempo. Y cuando digo agotador de tiempo me refiero a que parecía tener mucho más tiempo del debido, a que no avanzaban las agujas del reloj y, menos aún, cuando atravesábamos en casa una situación delicada de esas que quieres solventar cuanto antes y quisieras que las agujas volasen y llegase el punto final. Curioso. Agotador de espeso y lento, pero raudo y veloz a la par. Me deja una sensación extraña. Ni siquiera me permitió, con todo el tiempo que tuvo, dedicarle unas líneas al Rincón. Claro, el tiempo debí consumirlo (por imperativo) en otro lugar y otros quehaceres. Cosas de la vida. Y mirad por donde el tiempo que no pude escribir y que lo fui agotando, grano a grano del reloj de arena, entre pensamientos de todo tipo, fue dejando un poso que es el origen de lo que hoy escribo. Me vi reflejado en situaciones que cuando era niño veía en otros. Y, sí, como el tiempo pasa queramos o no y como el tiempo va siempre a su son queramos también o no, nos demos cuenta o lo ignoremos, se nos haga más o menos rápido o lento, la vida te enseña situaciones en las que cuando eras espectador no te imaginarías que algún día serías el protagonista. Y mirabas la escena sin saber que la misma vida ya te estaba diciendo que llegaría el momento en que fuese al revés y alguien ocuparía tu papel de espectador sin saber que el reloj también avanza para él y se convertirá en actor, antes o después, pero lo hará. Es lo que yo he llamado el espejo de la vida. Pues cuando te conviertes en actor miras la escena presente o a través de los recuerdos y el reflejo, directo, sin filtros y con la crueldad del paso de los años, te devuelve tu misma imagen haciéndote ver que ya no eres quien contempla, sino quien vive la escena. Una obra de teatro real. La vida misma...

Así pues, cuando eres niño y oyes a los mayores preguntarse "¿qué tal todo?, ¿cómo está tu madre?", no eres consciente de que algún día serás tú quien reciba esas preguntas. ¿En qué momento nos convertimos de ser el niño que escucha eso a diario a ser el adulto que debe responderlo? Y es ahí cuando te das cuenta del tiempo transcurrido. Y eres (creo) más consciente aún de los años que peinas, de que te enfrentas a problemas de verdad, de que en las calles ya no hay la inocencia, la bondad y la risa que te acompañaron durante otras etapas, que te has convertido en un verdadero padre de familia y que hay gente que depende de ti y es quien observa la escena sin saber que algún día será el actor. Muchas horas de este pasado mes de mayo me han hecho pensar y pensar y pensar. Y entrelazar recuerdos con el presente y ver cómo el guion jamás lo hemos tenido dominado. Cuando era niño y mi abuelo estaba en el Hospital, oía cómo le preguntaban a mi padre "¿cómo está tu padre?", ahora, años después que han pasado sin ser siquiera consciente de ello, a diario recibo yo preguntas similares acerca del estado de salud de mi madre y de "cómo va todo", con ese tono de rutina inevitable que te va dando la vida conforme pasa el tiempo y te moldea, a su manera, como a un pater familias cuya génesis, no en vano, se fraguó en la antigua Roma y ha perdurado, a golpe de realidad, generación tras generación.

Y es que este recién expirado mayo ha traído consigo una visión de la vida que se desconozca o no es real y está ahí. Cuando cada día nos enfrentamos a nuestro plato de comida, a escasas manzanas, en un sombrío centro de salud, hay personas que tienen sus problemas. Quizás estamos tan acostumbrados a apartar esas imágenes (aunque sabemos que existen) que cuando la vida nos refleja en ellas nos parecen nuevas. Pero no lo son. Todos las han pasado y/o todos las pasaremos. Y es inevitable. Y no, no es algo de solidaridad. No es la típica campaña de que cuando tú estás celebrando la Navidad con turrón y sidra, al mismo tiempo hay alguien en tratamiento de oncología. Es la vida misma. Tiene imágenes para todos y podemos ser el espectador o el actor sin que dependa de nosotros. Por eso creo que, de vez en cuando, vernos en el espejo nos hace ser conscientes de la realidad y de que hay que hacer que cada día sume, porque, de no hacerlo, luego puede ser tarde. Hay que vivir todo lo alegremente que se pueda, siempre lo digo. Y lo decía el Maestro: estad preparados porque nunca se sabe el momento ni la hora. Tampoco quiero decir que vivamos siempre alerta y preocupados por un "por si", pero sí que seamos conscientes de que la vida no la dominamos nosotros y que ella misma aliada con el tiempo es una combinación indominable.

Concluyo mi reflexión con la frase que tantas veces he oído el mundo del costal. ¿Cuánto tiempo hace que no le das un beso a tu padre o a tu madre? Hazlo. Hazlo siempre que puedas. No los guardes, porque llegará un día que no podrás. Dales un beso y diles que los quieres. A ellos y a la gente buena que te rodea. Somos ínfimos al lado del rodillo de la vida y ésta actúa o sin avisar o avanzando el reloj aunque no queramos. Fuere como fuere llegarán días duros, por eso y mientras tanto, no des la espalda a la realidad, pero vive, sonríe, quiere, ama, besa, abraza y ríe. Este pasado mes de mayo, por una causa ajena a mí, he estado la mitad del mismo en el Hospital y hubo momentos críticos. No era yo el que estaba enfermo ni ingresado, pero pasé allí más de una noche y he tenido muchas horas horas de angustia y desesperación. Y este recién estrenado mes de junio, en su día tercero, me ha dado un regalo que dudé si volvería a tener. Fue un día muy cargado para mí, todo tipo de obligaciones se me juntaron en veinticuatro horas y no podía esquivar ninguna. Pero logré capturar el momento. Y eso es lo más grande porque lo tengo en la retina y en la cámara. Quise ser actor por un instante y mi hija fue espectadora como yo lo era de niño. Algún día verá el reflejo en el espejo y sabrá que su padre la ama como a él lo amo su madre. Alma joven que de eso se trata. Voy a darle un beso a ambas, a mi madre y a mi hija. No hay tiempo que perder.

miércoles, 29 de abril de 2026

OTRA ROMERÍA DISFRUTADA

Decía un verso antiguo, dedicado al paso de Cristo de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, a Nuestro Padre Jesús de la Salud: "Llegó somo llega siempre y Sevilla lo esperaba, [...], y se fue sin que Sevilla quisiera que se marchara...". Así ha sido esta pasada Romería para mí. Ha llegado como siempre y se ha marchado sin que quisiera que pasase. ¡Qué bien me lo paso en estos días! Ha sido una romería entre familia y amigos que ha tenido de todo. Y he sido feliz. Muy feliz. Mucho. Sigo conservando ese espíritu joven que tanto me ha hecho (y sigue) disfrutar. Mi gorro de siempre, el vaso de mini lleno, la sonrisa, mis amigos, la lumbre y las ganas comunes de pasarlo bien. Y así debía ser y lo fue. La Virgen del Monte es un lugar especial para mí. Por unas cosas u otras llevo ligado a aquel lugar desde mi más tierna infancia. Yo tendría la edad que mi hija tiene ahora, incluso menos, y ya estaba por allí. Algunos ya no están, pero cuando miro al cielo sé que están y siguen sonando las sonoras carcajadas de Amalio y los comentarios de Ángel acerca de su querido Atlético de Madrid. Allí donde me enseñaron a volar una cometa y hoy hay cientos de árboles que dan sombra a los romeros sigue oliendo a aliño de berenjenas. Y cuando veo el humo subir coqueteando con los pinos, sé que su origen está en un fuego en el que se están tostando unas migas o borbotea una caldereta. El último fin de semana del mes de abril el cielo es distinto en el Paraje de la Dehesa de la Moheda. Y no. No es casualidad. Se repite año tras año y evoca siempre recuerdos que no volverán y que te hacen disfrutar el momento con fuerza.

Este año no pude llegar directo a comer allí el mismo viernes, como siempre me gusta hacer. Ponerme las ropas viejas que da igual que se manchen, encajarme el gorro en la cabeza, subirme al coche, darle caña al viejo cd de pasodobles taurinos y llegar a la romería sonando de fondo "España cañí". No hay mejor manera de iniciar la romería. Este año, como decía, por siembras laborales de futuro de mi mujer, las cuales aguardo que den fruto porque se lo merece, llegamos al chalet mi hija y yo a media tarde. Y ya a la batalla. Este año tuvimos una aliada que no suele faltar tampoco a las citas de gente de bien y de orden: la baraja. ¡Qué de risas nos regala! Y qué buena maestra es para enseñar a los pequeños sus primeras picardías y guiños de ojo. Con el primer mini de calimocho a la vera estuvimos jugando a las siete y media, al reloj (¿te acuerdas, Lela? ahora juego yo con mi hija), al burro y a las carreras de caballos. Tarde noche tranquila y sin muchos efluvios etílicos que el sábado se barruntaba fuerte. Y así fue. No falla. El día de la Virgen del Monte es el último Domingo de abril. Sea el día que sea. Pero el sábado previo... ¡Ay, Gregoria! Ese día es magistral. Es el día de echar lumbre desde bien temprano, calarse la gorra manchega, hacer almuerzo, arroz con pollo, gachas, migas, patatas con arroz y bacalao o cualquier gañanada buena, ancestral y saciante que te deje el gaznate y la panza de hormigón armado para la ingesta de licores que se avecina. Los años merman el aguante, pero enseñan el dominio. Ojo que la combinación es peligrosa, no así la del 100 Pipers con naranja que es perfecta.

Y no faltó de nada. Jamón, queso, patatas, anchoas, aceitunas, patatera, mejillones y botellines "maemil" como dirían en el Moral. No era mala la base. Y luego el arroz con pollo con su pan de cruz al corte y remojado con morapio, de morro fino para quien guste y de cartón y mezclado para los amantes del porrón de pienso (vino blanco con coca cola) o del ya citado mini de calimocho, siendo en estos dos últimos donde me encuentro. Remátese la faena con pasteles varios y un trozo de tarta. Añádase un café (sin cafeína que me pongo muy nervioso) y queda el cuerpo listo para echarle los brebajes que procedan de modo que, siendo varios y diversos, no afecten a la verticalidad hasta que pasen unas horas. No es plan de cantar el Cocoguagua a las seis de la tarde, así es que la preparación ha ser cumplida íntegramente. Y si luego en torno a las nueve de la noche ya hay exaltación de la amistad, cánticos varios y algún traspiés, es romería, mujer. No te vayas a ofuscar que va más de medio pueblo igual y una al año no hace daño. Puede imaginarse el lector lo que acontece... Y, lo mejor, cuando los integrantes de un corro van a otro y los del otro al propio y se conjunta ese mágico batiburrillo, es romería pura. ¿Con quién y dónde estás ahora? Pues no lo sé, pero son muy majos, me han dado una cerveza y estamos asando chuletas. ¡Viva la Virgen del Monte!

Claro, luego aparece en tu bolsillo una navaja que no es tuya, llevas puesta una gorra nueva, tienes fotos en el móvil que no recuerdas y lo que quieres es catorce vasos de agua y dormir tres días seguidos. Pero como eso no puede ser, pues amanece el Domingo y es fiesta de guardar. El día verdadero de la Romería y el día de Ella, de la Virgen y de los honores que se le rinden. Suenan cohetes y otra vez a la casilla de salida, aunque esta vez, no sé por qué, se lo toma uno con más mesura que el día anterior. Seguramente lo que viene siendo la resaca así lo aconseja y, más de una ocasión, lo impone. La caravana de coches enfila por el Carreterín y lo llena desde el pueblo hasta la romería. ¡Qué cantidad de gente viene a ver a la Virgen y Su Niño! Y llegan amigos que no vinieron el día anterior, "lechugos como una fresca", que quieren tomarse un botellín. A ver cómo les dices que no... Y ya sabes lo que conlleva eso. Uno y otro y otro y ya estamos de lío. Este año, a decir verdad, el propio Domingo no hubo demasiado enredo etílico, pues no procede que en el ejercicio de padre te recuerden los cachorros en pleno éxtasis romeril, pero hubo el que debe de haber y es, ojo cuidado, incluso sano, pues evade y hace disertar el interior de uno mismo. Eso también es romería y máxime cuando se está rodeado de la verdadera familia y de los amigos de verdad. Vamos que se ha dado bien y ha habido de todo en estos preciosos días que con tanto afecto espero y comparto. Otra romería disfrutada. Y que sean muchas más.

martes, 7 de abril de 2026

MI SEMANA SANTA 2026



Hacía mucho tiempo que no vivía una Semana Santa tan plena, contundente, satisfactoria, memorable y feliz como la de este año. Y mirad que ha sido dura para mí, muy dura. Tras treinta años en el oficio costalero era la primera vez que no sacaría ningún paso. Paro aquí para lanzar un aviso a lectores costaleros que estén próximos a la retirada o recién retirados: la última chicotá es triste. Mucho. Sabes que cuando suene el martillo por última vez y se posen los zancos en el suelo se acabó tu carrera. La última arriá es un pellizco amargo. Mucho. Así es, sin duda. Pero es peor el siguiente año. Saber las fechas de la igualá, los ensayos, la mudá... Ver a tu gente, a tus amigos, a tu capataz... Y saber que ya no estás. La lágrima aflora sola. Acabo de vivirlo y el deseo de seguir cercano a las maderas es fuerte y cuesta muchísimo aceptar que contra el tiempo no se puede luchar y ha acabado esa época. En fin... Que tras treinta años de actividad costalera esta Semana Santa me ha dejado, quizás, más pleno, satisfecho y cansado que otras en las que sacaba tres pasos. He disfrutado mis ratitos muchísimo. Y he sido feliz. La certeza y garantía de no tener que mirar al cielo cada día ha sido una tranquilidad grande. ¡Qué maravilla cuando se instala un anticiclón y sabes que todas las jornadas van a ser soleadas y saldrán todas las cofradías! Así fueron las vísperas y así ha sido la Semana Grande. Cielo azul, vaharadas de incienso, sabor a almíbar, marchas sonando, buena compañía, familia, amigos y las costumbres y tradiciones a la orden del día. ¡A la Gloria sin posible escapatoria!

Amaneció radiante el Domingo de Ramos y la ciudad latía distinta. Domingo de palmas y ramas de olivo. El sol iluminaba a la salesiana hermandad y la primera cofradía hacía entrada triunfal en los palcos. La vimos entre familiares y amigos y los nervios se me acentuaban pues, por la tarde, en el Barrio de los Ángeles, aguardaba el Rabí de la blanca túnica y su Madre de la Salud para hacer estación de penitencia a través de la Hermandad del Prendimiento. Después de más de una década en mi sempiterno zanco izquierdo y que mi hija sea hermana de la cofradía desde el día del Padre del año en que nació, visto el terno negro en el equipo de capataces del paso de misterio y mi pequeña viste la túnica en el tramo de niños. Es un día grande en casa. Llega la gloria, se dispara el júbilo y sale nuestra hermandad a la calle. Y salió todo a pedir de boca. La cofradía se paseó con elegancia, sin contratiempo alguno y llenando las calles de catequesis. La única posible pega, indomable para todos, fue el frío que se adueñó de la noche conforme avanzaba. Mucho frío. La jornada transcurrió plácida y cuando me acosté estaba muy satisfecho del trabajo hecho. Así concluyó mi particular Domingo de Ramos, sin poder ver más cofradías por entregarme a la mía. El Lunes Santo, como siempre, asistí al Vía Crucis con mi padre y tuve la suerte de que me eligieran para llevar al Cristo durante dos estaciones. Completamos el recorrido hasta la oración final en la Catedral y marchamos a casa preparados para vivir los días venideros sabiéndonos llenos de fe.

Y llegó el Martes Santo. Olor a torrijas recién hechas y tarde de cofradías con la familia. Disfrutamos en las calles de Medinaceli, la Esperanza, las Penas y el Mayor Dolor. Al igual que las dos noches anteriores el cielo estaba raso, pero el frío se dejó sentir. Casi seis horas en la calle viendo cofradías me llenaron de alegría. Amo las cofradías, son mi modo de vida y las recuerdo a diario. ¡Cuánto tiempo es la espera y qué poquito dura el gozo! ¡Qué chicotá más cortita y qué relevo más largo! Siempre me repito esas frases y, por eso, cuando llega la Semana más bonita del año, la exprimo al máximo. Y despertó el Miércoles Santo. La Bondad de Dios y el Consuelo de María llenarían mi amada Ciudad Real. No concibo un Miércoles Santo sin estar cerca del paso de la Flagelación. He crecido ahí. Me hecho hombre, padre y costalero bajo sus trabajaderas. Tenía que estar cerca del Señor y de mi querida cuadrilla de alguna manera. Me daba igual cómo, pero cerca de ellos siempre. La opción fue ser el aguaor. Y lo hice. Y lo haría mil veces más. Todo por Él. Las cosas no se dicen, se hacen. Y el que quiera entender que entienda. Mi medalla de hermano la llevó mi hija en el tramo de niños. Es hermana desde el día que nació, juró reglas en mis brazos teniendo un mes y cinco días de vida y, acto seguido, la dejé en el carrito y subí al atril a predicar mi cofradía. No me va a enseñar nadie lo que es la Flagelación y lo que es el Señor de la Bondad. Y en mi cuello la medalla que ha estado conmigo treinta años bajo el paso. La lágrima contenida todo el día por todos los momentos vividos bajo las divinas maderas salió a la luz dos veces: en el Pasaje de la Merced cuando mi primo, el pequeño, llevó los cambios del paso y, casi a la entrada de la hermandad, cuando quien siempre será mi capataz me dedicó una levantá y me llenaron de amor las voces de los costaleros bajo el paso diciendo mi nombre. Me encontré conmigo mismo, sonreí, lloré y fui feliz. Bendito sea Dios y benditos sean los hombres buenos.

Marcó el calendario el Jueves Santo de una Semana Santa que estaba siendo espléndida y me iba a regalar algo enorme: ver a mi hermandad de la Macarena en un balcón enfrente de su Basílica. Con la maleta preparada de ilusión y repleta de esperanza, puse rumbo a Sevilla. Allí estaría, donde siempre y con los de siempre. Olía a Cigarreras por los Jardines de Murillo, a Pasión por el Salvador, a Gran Poder por la Plaza de la Gavidia, a Triana por su Puente, a cofradías, cofradías y más cofradías. A todas las que llenan los días de Jueves Santo a Domingo de Resurrección y que me disponía a ver y a disfrutar. Y, en especial, olía a Viernes Santo de macarenismo puro, a bacalao con tomate, a Carretería con derroche de elegancia, a San Isidoro con su rancio abolengo, a pescaíto frito, a pies agotados y al alma llena. La Madre de Dios con sus cinco mariquillas de seis verdes esmeraldas llenaría de Esperanza al mundo entero. Y así fue. Y fui testigo de ello, con la medalla al cuello, en un lugar privilegiado. Agradecido por siempre a quien lo hizo posible. No es consciente del regalo que me entregó. Pasó el Sentencia escoltado por un mar de plumas blancas y después Ella. Radiante. Eterna. La alegría que me inundó el alma fue la batería para reponer un cansancio que ya pesaba y rematar la jornada hasta la madrugada. Un Viernes Santo para enmarcar, sin duda alguna. El Sábado Santo disfruté de todas las cofradías (de algunas varias veces) y volví a saludar a viejos amigos y a cambiar estampitas con mi querido Padre Joaquín. Y el Domingo de Resurrección me despedí de una maravillosa Semana Santa en la Puerta de los Palos de la Catedral hispalense, mientras repicaban las campanas de la Giralda y la gloriosa Hermandad de la Resurrección ponía el cierre final a una Semana Santa que ha sido plena en todos los sentidos, agotadora en lo sentimental y en lo físico, sí, pero plena y para el recuerdo. ¡Ahí quedó!

miércoles, 25 de marzo de 2026

LAS MIGAS DEL LETRADO

Estaba en la sala de entrenamiento del club de tiro con arco cuando apareció mi compañero Romualdo y me preguntó: "Carlos, ¿tú sabes hacer migas?". No sabía si estaba de broma o en serio por varios motivos. El primero porque no me esperaba la pregunta para nada y menos en el lugar donde estábamos y sin habernos dicho aún ni buenas tardes. El segundo porque Romu y yo solemos estar de guasa y picándonos el uno al otro y pensé que la pregunta tendría alguna trampa y conforme respondiese me soltaría alguna rima o chascarrillo de esos habituales. Y el tercero porque quien preguntó sabe de sobra que yo amo La Mancha y su gastronomía y me encantan los fogones, por lo que la obviedad caía sola y rompiendo la retórica de la pregunta. Me reí y le dije "¡Pues claro!". Y ya me contó el plan. Resultaba que un amigo suyo tiene un bar céntrico, muy céntrico, en la ciudad (luego diré el nombre) y muchos parroquianos le preguntan los sábados si hay migas manchegas de tapa. Alguna vez las habían hecho, pero no era el resultado deseado y quería desquitarse y sacar a la barra un día unas migas de categoría que dieran en el clavo total de la petición, el sabor y el deseo. Así se lo contó el gerente tomando un café y Romu, zorro viejo, hilvanó la idea en décimas de segundo y le dijo "Tengo la solución". Y, miren ustedes por donde, estaba yo tirando flechas sin saber que yo mismo era dicha solución. Así es que sí. La pregunta del principio tenía trampa y, cuando la contesté, caí. "Pues te vas a venir un sábado al bar que yo te diga y haces una sartén. Que ya lo tengo yo hablado con el dueño". Así surgió el asunto.

Días después, quedamos en el bar para concretar la fecha, ultimar todo y que yo inspeccionara lo que sería mi campo de batalla, pues no es lo mismo cocinar en tu casa o a la lumbre en el campo que en una cocina profesional de hostelería de un bar. Las dos primeras las domino. La última no lo había hecho jamás. Ni los fogones son iguales, ni se manejan del mismo modo, ni los utensilios son los mismos, ni se controla el espacio como en la casa de uno, ni se sabe dónde están las cosas ubicadas con sólo ver los muebles, ni nada de nada. A mí que me encantan los programas de cocina, me apasionaba la situación, pero, debo decir la verdad, me daba algo de respeto. Se convertía en un reto. Meterme a la cocina de un bar para hacer una buena sartén de migas manchegas con unos fuegos que no controlo, con la confianza ciega del hostelero (y su equipo en mí) que conllevaba la presión de no poder fallar, pues si la clientela del lugar quedase insatisfecha, yo seguiría con mis pleitos, pero el problema que habría dejado en el bar sería grande y feo, crearía mala fama para el local y, además, Romualdo tendría ya excusa para incordiarme de por vida. El resultado debía ser el esperado. El examen era complejo y todos me miraban con la total honradez de hacerme saber que habían apostado por mí sabiendo que ganaría, pero yo estaba asustado aunque con confianza. Me arremangué y di la comanda de lo que necesitaría.

Llegó el día y quedamos en el bar para almorzar, echar la mañana y hacer unas migas que cumplieran con las expectativas y, por supuesto, con todos los controles de cualquier tipo que requiere la hostelería. Durante la semana previa ya se corrió la voz, Romu se encargó de ello, de que el sábado, 14 de marzo de 2026 (pongo la fecha entera para que perdure), habría migas en "La Vermutería de Chencho" y los parroquianos estaban con ganas. Por la mañana, antes del mediodía, ya estaba preparando los ajos, los pimientos y las carnes para llenar una buena sartén. Nos comimos los presentes a temprana hora una buena ración de "Huevos con porras" (huevos revueltos con cebolla. Tomen nota del por qué de tan curioso nombre: en la Mancha somos mucho de comer ajos y cebollas tiernas, llamados aquellos ajos porros y éstas cebollas porras, de ahí el nombre del plato) y seguí manos a la obra con la preparación y el dominio del lugar. La cocina tenía dos trabas: que no era muy espaciosa y que el doble techo obligaba a cocinar doblado si tenías cierta altura, cosa que en mi caso era así. Y tratándose de hacer migas que, una vez hechas las frituras correspondientes, te obligan a estar pegado a la sartén con la paleta removiendo y removiendo, se convertía en un rato molesto. Y digo removiendo porque ya dice el refrán: "Las migas del gañán, a la media vuelta van. Y las migas del pastor, vueltas y vueltas hasta que salga el sol". Y, aunque las primeras son más livianas de cocinar, pero, ¡ojo!, bien hechas están muy buenas, las segundas son las que más se demandan y tocaba hacer.

Sobre las trece quince horas el local estaba lleno y las migas hechas. Desde la barra llegó la orden a la cocina de que debían empezar a salir raciones, platos y tapas pues la gente tenía ganas de migas manchegas y preguntaban por ellas. Me santigüé por dentro y llené la primera fuente para que empezasen a repartirlas. Vi cómo salía mi creación por la puerta de la cocina y aguardé que llegasen las primeras críticas. Los minutos que transcurrieron se me hicieron eternos. De pronto se abrió la puerta y entró Romu con un vermú en la mano. Me miró, me lo alargó y me dijo "Toma que te lo has ganado" a la vez que sonreía. Respiré. Le pregunté "entonces, ¿bien?" y me dijo que sí, que a Luis (el jefe) le habían encantado y que la parroquia fiel del local estaba satisfecha y pidiendo más. Me relajé, esperé un poquito más en la cocina para salir a la zona de ocio y que nadie supiese que yo había sido el cocinero y me encontré en la barra, precisamente, a mi hermana charlando con Romu y tomándose un plato de migas. Veía a la gente por todo el bar comiendo y pidiendo migas y fui consciente de que el trabajo había sido correcto y a la altura de lo esperado. Fui feliz. Mucho. Estaba ensimismado viendo mis migas servidas como tapa y comidas por muchas personas que ni conozco ni sabían (ni sabrán) las historia que había tras ellas y que le daban la enhorabuena al jefe del negocio. Pensaba, ya relajado, que había cumplido un reto hostelero. Entendedme lo de reto, no es algo muy complejo lo que hice, pero, para mí, hombre de letras puras, meterme a una cocina profesional en un local del centro de la ciudad y ver el resultado que tuvo mi humilde obra, era un orgullo y un gran logro. Y en esas estaba cuando, a bote pronto, le preguntó Romu a un cliente "¿te gustan las migas?" y éste le respondió "¡están riquísimas!", a lo que añadió aquel "las ha hecho éste", señalándome. Me sonrojé y me preguntaron varias personas si era cocinero, diciéndoles yo que en absoluto, que soy un mero abogado. Y algunos, pidiendo otro plato y dándome una palmada en la espalda, rieron y dijeron "pues están muy buenas las migas del letrado".

sábado, 28 de febrero de 2026

TEMPUS FUGIT, NAZARENO DEL AMOR

Decía un antiguo pregonero: "Tempus fugit, nazareno del Amor, la vida no es más que un seise al que le cambia la voz. El blanco antifaz de la vida en negro ruan se tornó". Y tengo esa frase marcada en el alma. Jamás tal parábola escrita para cofrades podía describir tan bien el avance del tiempo. La Hermandad del Amor de Sevilla procesiona con el paso de la Borriquita a partir del mediodía del Domingo de Ramos, con nazarenitos blancos en una explosión de júbilo y alegría cuando esos pequeños capirotes bajan por la "rampla" del Salvador. Sus caras de niños van cubiertas por blanca tela, color de la inocencia y carencia de mácula en sus almas. A la media tarde regresan al templo y sale otra vez la cofradía, pero esta vez con los pasos del Cristo del Amor y de la Virgen del Socorro, alumbrados por altos y adultos nazarenos vestidos con túnica de ruan negro, color del desgaste y las manchas adquiridas por la experiencia. Un resumen maravilloso del rápido transcurrir del tiempo. Lo que por la mañana eran niños vestidos de blanco, al ocaso del día son adultos vestidos de negro. En un parpadeo pasa la vida. In ictu oculi. Y como los niños nazarenos dan caramelos a la gente que hay viendo la procesión, seguía diciendo el pregonero que, cuando esa misma persona que salió siendo infante vestida de blanco, volvía de nuevo al templo ya con su túnica negra, ni se hubo dando cuenta que había consumido su tiempo y habían tornado del blanco al negro tanto él como los espectadores y "entonces un niño antiguo una mano le extendió, quiso darle un caramelo, pero ya no lo encontró". Y llevo días con recuerdos cofrades que me llevan a acordarme muchas veces de aquellas frases del pregonero...

Sería el año 1987, ¡qué lejano suena ya!, ¿verdad?, hablo de cuatro décadas atrás, era un año del siglo pasado y, sin embargo, quiero creer que no hace tanto. Era mi tierna infancia, decía, cuando la semilla cofrade que en mí depositaron mis padres comenzaba a enraizar. Aquella incipiente primavera vestía la túnica de la Hermandad de la Santa Cena y la calle Altagracia era mi hogar cofrade: mis abuelos, mis primos, mis tíos, mis padres... Todos estábamos allí en torno a la fuente de torrijas que había hecho mi abuela mientras se oían tambores por el Perchel. Algunos de aquellos ya no están y, sobre todo, faltaban muchos por venir. Hoy, paso por aquella acera donde se estrellaba el sol en las fachadas recién jalbegadas, miro al balcón de mi infancia y está vacío. Pende a jirones una parte del toldo que allí quedó abandonado y atisbo a contemplar una sonrisa en el cielo, entre beca verde universitaria y azul de la Dolorosa, mis recuerdos siguen evocando aquellos años. Parece que hubiera pasado un rato y, sin embargo, han pasado muchos años. Agarro la mano de mi hija y le cuento lo que yo viví allí, en ese balcón de un tercer piso de la calle Altagracia, porque ella, dentro de otro rato, recordará también lo que su padre le contaba hace años. La tuve en mis brazos en esa misma acera recién nacida y, desde hace escasas dos semanas, ya va camino de abandonar el conteo de cumpleaños con un única cifra. El tic tac sigue impasible.

Siguieron (y siguen) las agujas del reloj sus derroteros de giro hacia la derecha, sin volver nunca para atrás. Y con ello pasando los días, los meses, los años, las Cuaresmas... Y sin darme cuenta de lo que eso significaría cambié el blanco antifaz por una corneta. Iría a cara descubierta y comenzarían un par de décadas que, sin duda, me han hecho llegar a ser, cofrademente hablando, lo que soy a día de hoy, para bien o para mal. Me involucré en la música cofrade y, conforme pude, en el oficio costalero. Eso me llevó a mis primeras excursiones a Sevilla y a aprender a conocer y a vivir la Semana Santa que amo: la de la calle, la de las bullas, la de la revirá eterna de un palio en una estrechez, la de un misterio aguantando el solo de corneta para lanzar un izquierdo y quedarse de costero, la de las petalás en un balcón lleno de juventud y cajas donde un abuelo en su silla sonríe, la de un grupo escultórico que camina racheado, sin música, sin aplausos, derrochando arte en cada zancada, la de las vísperas preciosas viviendo cofradías desde dentro que a la vez que limpian plata prestan túnicas, la de las tertulias (y post tertulias) en la barra de un bar, la de la familia y amigos conjugados en un reencuentro de tradición, gastronomía y rincones... En definitiva, la Semana Santa de verdad. La que creo que es la de verdad. La que aquellos críos ochenteros y noventeros logramos ir adaptando y arraigando en nuestra tierra sin perder nunca nuestra génesis. Hoy en día citan una igualá en esta tierra mía y se congregan dos cuadrillas y aspirantes para un mismo paso. Antes de que yo empezase a tornarme en negro ruan apenas había peones y no sabíamos ni hacer bien un costal. Pasa el tiempo y veo con orgullo que aporté mi granito como honradamente pude a mi Ciudad Real querida.

Y hoy, creo que ya voy saliendo de la Carrera Oficial para empezar mi recogida. Quedaron muy atrás mis saltos de niño en el Domingo de Palmas y cada vez soy de más rancio abolengo en lo heredado. Me gusta (intentar) detener el tiempo en cada bocado de torrija con el sabor del almíbar de la miel que me lleva a aquel balcón de la calle Altagracia. Enseño a mi hija a entender las cofradías. Le explico lo duro que es para un músico ensayar todo el año, haga frío o calor, para mantener la embocadura y la afinación de las marchas para que, luego, se consuma todo en un instante que dura siete días contando el tiempo al revés. Y así, año tras año. Y el afán que pone una madre planchando la túnica de su hijo, esa que le hizo con mucha bastilla para irle sacándole del bajo un poquito a cada año y, sin darse cuenta siquiera, ya le queda corta y, por más que se suba los calcetines, la siguiente Cuaresma habrá de hacerse una nueva. Cierro los ojos y vuelo hacia atrás, hasta el año 1996. Aquel Miércoles Santo, a las siete de la tarde, fue mi primero bajo el Señor de la Bondad. Ni siquiera bajo su misterio. Únicamente bajo Él. Todavía no existía ninguna de las imágenes secundarias que hoy conforman la escena de ese barco que se va haciendo de oro para el Pescador de Hombres. Eran años también de blanco antifaz en los que mis manos igual daban un caramelo que lo pedían. Quizás era por entonces un seise al que le iba cambiando la voz. Y hoy, entre recuerdos, habitan en mí las palabras del pregonero. Por eso me empeño en exprimir las vísperas, las Cuaresmas, las Semanas Santas, porque para mí, sin ser nazareno del Amor, también siguen su carrera las agujas del reloj.