miércoles, 9 de septiembre de 2026

UN MAGNÍFICO AGOSTO

No es la primera vez que digo que cuando no me es posible escribir unas líneas es porque estoy muy felizmente ocupado. De no ser así, siempre busco un resquicio en las horas del reloj para teclear un rato. Y ahora que veo que el blog lleva más de un mes sin tener una entrada de texto me doy cuenta de que ha sido un mes de agosto magnífico. Además, lo he exprimido, como gusta, de principio a fin. Literal. El mismo día 1, de madrugada, llegaba a casa tras rematar la Pandorga como está mandado. Y ese mismo día 1, horas después, iba en un tren con la mochila de peregrino rumbo a Logroño, a hacer un gran tramo de mi amado Camino de Santiago. Y tras treinta días llenos de actividad que ahora desglosaré, el propio día 31 en el que concluye el mes, estaba agotando mi período de vacacional tranquilamente en el chalet. Cuando logro desconectar de la vida jurídica es fabuloso. Bastante tengo durante once meses del tirón con guardias y jaleos más de un fin de semana y festivos como para seguir pendiente de plazos, consultas y dilemas en el único mes que puedo parar de hacerlo, porque, ojo, a decir verdad con riguroso tenor, los autónomos no tenemos vacaciones, pues las vacaciones son un período temporal de inactividad laboral retribuido y, sin embargo, los autónomos, decía, lo que tenemos es un período en el que dejamos de trabajar por pura necesidad y descanso mental y no ingresamos un duro por ello. Así es que mi mesecito de agosto es sagrado para mí. Ya volví a la faena, con británica puntualidad, el día 1 de septiembre a las 09;00 horas de la mañana y a las 11;30 estaba con la toga puesta. Estos leguleyos respetan ya ni el cultismo que reza "prima non datur et ultima dispensatur"...


En definitiva, conseguida ¡al fin! la desconexión (otro día hablaré de lo que cuesta obtener la desconexión digital con los tontos del whatsapp) fui libre mentalmente y pude dedicarme a lo que me gusta hacer cuando descanso. Básicamente es sencillo y creo que toda persona lo hace: dedicarse a su familia, a sus amigos y a practicar las actividades que te dan felicidad. Yo gasto casi la mitad de mis vacaciones haciendo tramos del Camino de Santiago, ¿qué queréis que os diga? Me gusta. Me llena. Me hace feliz. Me levanto todos los días sobre las 05;45 horas de la mañana, cargo con una mochila grande donde llevo todo lo necesario para vivir, camino una media de 25 kilómetros al día y duermo en albergues de peregrinos rodeado de extraños. Hay gente que piensa y dice que estoy loco. Pues puede ser. Pero mis locuras me gustan y eso es lo que me importa a mí. A mí. Que para eso soy el que gasta sus días de descanso así, igual que otros se van a la playa, de casa rural, al pueblo o hacen lo que les agrada que para eso es el asunto. A mí, insisto, por ejemplo, ir a la playa me parece un penadero total y absoluto: pasar un calorazo de muerte porque sí, porque mola estar sudando y pasando calor, por supuesto, lo deseamos todos, que haga cuarenta grados y ponernos al sol embadurnados de crema, ¡qué deleite, oiga!, para que se nos pegue arena en todo el cuerpo, hasta en el chirri y todas tus cosas y llevarte arena pegada en la toalla, en la sillita plegable, en la nevera, en la bolsa de tela, en la mochila, en la esterilla y en todos los santos trastos y bártulos que te has llevado (que esa es otra, ir a la playa es una mini mudanza y si vas con niños más) y que luego tengas arena en el coche, en tu casa y en el armario. ¡Qué alegría, chica! Pues mira a ti te encanta, pero yo me quedo con mis madrugones y mis pateadas y los dos tan felices porque a ambos nos gusta lo que hacemos.

Bueno pues mi querido octavo mes del calendario me ha regalado de todo este año. Y cuando digo de todo es de todo, bueno y malo. Algún problemilla de salud ha habido también. Y algunas cosas de esas feas que la vida te pone por medio para seguir siendo vida. Forma parte del juego y han sido salvadas ya. Que queden todo lo posible diluidas en el tiempo. Por lo general ha sido un precioso mes. He vuelto a recorrer el gran tramo de Castilla en el Camino de Santiago y por tercera vez he llegado a Burgos y León caminando. ¡Qué cosas tiene la meseta! Cruzas la Rioja, te adentras en la provincia burgalesa y piensas que ya mismo estás acariciando la maragatería y el Bierzo, pero no, en absoluto. Te aguarda más de una semana de etapas andando entre una capital y otra y, entremedias, debes cruzar toda la Tierra de Campos de Palencia. En esas etapas soy feliz. Mucho. Grandes recuerdos en los Montes de Oca, en Agés, en Hornillos del Camino, en Carrión de los Condes, en Bercianos del Real Camino Francés y en tantos y tantos sitios que la mente guarda codiciosamente en la más preciada alacena de los instantes vividos. Este año fue distinto, pero bonito también. Me emociono al escribirlo porque de antaño tengo preciosas vivencias, tanto de la primera vez que conocí aquellos tramos, como de la segunda vez, cinco años después, que los volví a recorrer. Bueno, pues concluido mi Camino de este año volví a la Civita Regia el mismo día grande de inicio de sus Ferias y Fiestas. Quiso el destino que lloviera y estuviera la tarde metida en tormentas, por lo que me quedé recogido en casa y me vino bien para dar descanso a la tendinitis aquiliana que me dejó este año la caminata.

¿Y qué decir? Hubo de todo lo que debía haber. Feria, fiestas, Tiro con Arco, quedadas con amigos, días en el chalet, lumbre, guisos, excursiones, etc. En definitiva, lo que me hace feliz. Pasé momentos divertidos con mis queridos Hermanos Pandorgos, estuve en la Feria con mi familia y mis amigos, recargué el leñero con buena leña de encina y olivo, llené alguna sartén de nuevo con aromas que sólo el campo puede y sabe dar y volví a disfrutar muchísimo de mi estancia en Fernán Caballero, con lágrimas de emoción, ilusión y felicidad incluidas, pues tras seis veranos sin que ocurrieran, este año, volvieron a darse situaciones felices que en su día se vivieron y que jamás pensé que volverían. Muy pocos saben a lo que me refiero y no lo explicaré. Escrito queda y con eso sobra para que perdure en mi memoria y cuando pasado el tiempo relea estas líneas reavive el recuerdo y sonría de nuevo porque ocurrió y volvió a ocurrir cuando nadie lo aguardaba. Y, entre tanto, se fueron consumiendo así mis últimos quince días de descanso, conjugando aficiones y ratos entretenidos en los que no he sabido absolutamente nada de la vida jurídica con la que honradamente me gano la vida. Me ha dado tiempo incluso a no hacer nada. A gastar algunas horas tumbado porque sí. Ya sabéis todos que no sé estarme quieto y que si no tengo ocupación la busco, pero estas pasadas vacaciones he buscado algunos momentos de decir "no voy a hacer nada, porque me lo merezco, sin más". Y he ido exprimiendo día a día, como decía, los 31 días, hasta tal punto que el mismo 31 lo viví como un plácido Domingo que pone fin a un fin de semana espléndido. Y así volteé a la mañana siguiente el calendario marcando de nuevo septiembre hasta que alcance tras once meses del tirón, en 2027, otro magnífico Agosto. ¡Vuelta al cole, amigos!

martes, 28 de julio de 2026

GALLAECIA ETERNA

Gallaecia fue originalmente el nombre con el que los romanos identificaron al territorio situado en el extremo noroccidental de la península ibérica, una provincia romana que abarcaba los territorios de la actual comunidad autónoma de Galicia, norte de Portugal y parte del territorio de las actuales provincias de León, Zamora y Asturias, habitado por pueblos indoeuropeos de lengua céltica denominados galaicos (gallaeci) al oeste y astures al este. Y allá que fuimos en familia hace unos días puesto que, debido a todos los Caminos de Santiago que ya he recorrido, he conocido ciertos lugares que quería que conocieran mi mujer y mi hija y estar con ellas en ese momento y explicarles lo que significan para mí (los lugares y ellas). Santiago de Compostela es, sin duda, uno de los hitos de mi vida, junto con Sevilla por mi amor a la Semana Santa y a las cofradías, Pamplona por la amistad que el propio Camino de la vida me regaló y mi amada Ciudad Real natal, capital de La Mancha, por ser donde se hunden mis raíces y de donde proviene mi esencia y génesis. Santiago es especial porque allí estuve de niño con mis abuelos y jamás imaginé lo que el destino me deparaba con tal lugar. De hecho, era 1989, contaba con ocho años de edad y no volví a ir, siendo, además, de pura carambola y casualidad, hasta pasados veintiún años más y por motivos laborales. Y ya no estaban mis abuelos ni era yo niño, pero perduraban los recuerdos y me encontré allí con él, con el Camino de Santiago, siendo hasta entonces, año 2010, un total desconocido para mí y sin haberme llamado ni atraído en absoluto nunca. Y desde entonces hasta hoy, gracias a Dios, lo visito a menudo. A él y a Galicia. Con sus rincones, historias, mitos y leyendas.

Yo llegué a aquella Galicia maravillosa de la mano de mi abuelo, del que tanto aprendí. Con él pisé por vez primera la Praza do Obradoiro, contemplé el Pórtico de la Gloria e hice el ritual del "Santo dos croques". Aquel viaje, por lo que sea, me marcó por dentro. Se generó el típico recuerdo que anida en el cerebro, más bien queda aletargado, aguardando el momento de revivirse de nuevo por dentro y de, a poder ser, recrearse por fuera otra vez evocando cómo se gestó. Y quizás fue así y por capricho del destino como llegué allí de nuevo y se avivó la llama. Mi trabajo como abogado me llevó hasta la La Coruña y, concluido el pleito, cogí un autobús para ir a Santiago de Compostela. Quería volver a pisar otra vez aquel empedrado mágico que pisé con mi abuelo cuando tenía ocho años de edad. Me planté de nuevo en aquella Plaza y me ví rodeado de recuerdos y peregrinos. Se despertaron en mí las vivencias pasadas y surgieron las ganas de ser como ellos para acumular otras vivencias nuevas. Vivencias que ahora, quince años después, ya son recuerdos como aquel recuerdo que me llevó a generarlas. Y estos días he podido compartirlas con mi hija reviviendo los recuerdos y generando, ojalá, el germen de otras futuras vivencias, pues si hay algún Camino que hemos de recorrer sí o sí es el de la vida. Al menos así lo he aprendido yo recorriendo desde aquel 2010, ya como peregrino, el Camino de Santiago al que, sin duda, de alguna manera llegué por aquel viaje con mis abuelos y me llamó cuando debió hacerlo.

Y este 2026 he hecho partícipe a mi vida de mi vida. A mi hija de mis vivencias. Aquí empezó todo y espero que empiece para ti. Aquí estuve con mi abuelo y con el tuyo. Aquí me cambió la vida. Aquí se fraguó mi sueño. Aquí se cumplió. Y aquí te cogí en brazos cuando el año que naciste volví a llegar caminando y me esperabas en el centro de la mismísima Praza do Obradoiro que yo pisé cuando era niño como tú. Santiago de Compostela es un hito en mi vida, ya lo he dicho antes. Lo que he vivido caminando hacia esa ciudad es parte muy profunda de mí y he comprobado que, de verdad, el Camino empieza allí, no termina, pues si estás llamado a ello, por motivos que sólo el destino y Dios sepan, ten por seguro que allí será donde comiences a dar los primeros pasos. Mucha gente que ni siquiera sabe que en cualquier lugar inesperado de España (y de mil lugares de Europa) puede haber una flecha amarilla indicando el Camino, visita Santiago y allí se produce la magia. Esa Gallaecia eterna de leyendas que atrapan, de la Santa Compaña, de mitos, de embrujos, de meigas y conjuros te involucra en sus rituales y creedme que merece la pena. Así ocurrió conmigo y así lo narro. Y ahora que lo plasmo y revivo estas nuevas vivencias ocurridas hace unos días soy feliz de haber estado con mi hija donde tantas y tantas cosas viví y reviví. Y enseñarle mis costuras más internas y hacerla protagonista de ellas con el deseo, Santiago quiera, de volver allí con ella y que abrace el busto del Santo como mis abuelos y los suyos lo hicieron. 

Llegamos incluso a Fisterra. Allí donde la tierra muere y el mar nace. Y como uno de los Caminos ya lo hice con mi esposa le enseñé el epílogo donde todo acaba. Fuimos andando en familia desde el mismo pueblo de Fisterra hasta allí donde está el Cabo de Finisterre y se acaba el mundo. Incluso más allá. Dejamos atrás el emblemático hito del kilómetro cero no ya del Camino si no de su prolongación esotérica y nos adentramos en las rocas donde el océano se estrella. Sonaba el azote de las aguas, el soplido del viento y la música de un gaitero. Esa escena no es para contarla. Es para vivirla y así lo quiso la Diosa Fortuna. ¡Qué contradicción! Llegar andando al final del Camino sin no haberlo recorrido. Esa parece la misión. Recorrerlo para completarlo. Firmó ahora mismo con mi sangre que así fuera y con ellas. Y volver a sudar cada cuesta y a crujir los huesos en cada litera, con la sonrisa por bandera porque merece la pena. Llegar de nuevo a esas doradas conchas que indican el centro de la compostelana ciudad y saber que allí estuvimos y estuvieron de los que venimos. Y que así sea con ella. Y saber que hay más allá y que caminando por la Costa da Morte, como ellos y yo lo hicimos, llegas a esa bota de bronce donde sí que yace el fin. Vivirlo y revivirlo de nuevo con esa magia que envuelve la esencia más interna, que deja poso, que anuda los recuerdos convirtiéndolos en historia real, vivida y por vivir y que hace que quien la vive, revive y transmite sienta lo que yo por esa querida Gallaecia eterna.

lunes, 20 de julio de 2026

DOS ESTRELLAS

"¿Y por qué no?". Esas cuatro palabras han retumbado en la cabeza de todo español durante estos últimos cuarenta días que ha durado la última edición de la Copa del Mundo. España tenía la etiqueta de ser una de las selecciones favoritas para ganar el trofeo, pero es dificilísimo hacerlo. Ya se sabe. Los que llevamos varias décadas viendo fútbol, el recuerdo que tenemos de los Mundiales es que España caía en fase de grupos o, si lograba clasificarse para octavos de final, tras el pitido había que hacer las maletas. Eso de levantar la copa estaba destinado a grandes nombres: Brasil, Argentina, Alemania, Italia... Nosotros éramos meros invitados al torneo y, si algún año creíamos que podíamos llegar un poco más lejos y nos colábamos en cuartos de final, aparecía Tasotti o Al-Ghandour y nos mandaban para casa injustamente, a codazos o a silbatazos, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Si no sabes de quiénes hablo eres aún bastante joven o no has visto tanto fútbol. El caso es que llegó una hornada de jugadores excepcionales, cosas que parecen ocurrir sólo una vez en la vida y que conllevan una confabulación y alineación de astros que es tan casual y bella que se duda de su veracidad. Y en el año 2008 ese grupo de chavales (ahora sí te sonarán los nombres) compuesto por Casillas, Ramos, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Xabi Alonso, David Villa, Fernando Torres, etc, nos llevaron a ser Campeones de Europa. Dos años después era el mundial de Sudáfrica y empezó a haber cierto runrún en España porque, quizás, esta vez, sí pudiéramos hacer algo más. En ese momento en realidad (y no ahora recientemente) es cuando comenzó a fraguarse la pregunta "¿Y por qué no?". Debutamos en aquel Mundial y perdimos 0-1 contra Suiza. Parecía el bofetón de siempre. Pero no fue así...

Conscientes de que igual no volveríamos a ver ni a tener una plantilla como la que tenía España en aquel tiempo, toda la nación se unió y comenzó una campaña de ánimo, empuje y aliento que, yo al menos, no había visto jamás. Por primera vez los colores rojo y amarillo unían al territorio y dejaban la política fuera. El tropiezo del primer partido no modificó el rumbo, empezamos a creer y a ver que se podía. Y ocurrió. Pasamos a octavos, a cuartos, a semifinales ¡por primera vez en nuestra historia! y a la final. Ya no había quien nos parase. Era el camino a nuestra primera estrella bordada en la camiseta. Era el momento. La pregunta "¿Y por qué no?" se convirtió en la orden "Hágase". Y se hizo. España fue campeona del mundo. Era posible. Hubo sido posible. Lo hicimos. Nuestra camiseta nacional tendría ya para siempre un distintivo que había sido anhelado, deseado y soñado por miles y miles de españoles. Muchos habían muerto antes de que ocurriera, pues los mundiales de fútbol se vienen celebrando de 1930 y muchas almas de España marcharon a las estrellas antes de que una de ellas llegase a nuestra camiseta, convencidas de que ese bordado jamás llegaría a nuestras elásticas. Y por ellos y por nosotros, lo hicimos. Y fuimos afortunados de vivirlo porque nunca habíamos creído que lo lograríamos. Honramos su memoria y fuimos muy felices. España era noticia en todo el mundo. Ya no sólo se hablaría de la pica en Flandes. Se hablaría de que España tenía una estrella sobre su escudo. Cosa reservada a muy pocos elegidos.

Dos años después volvimos a levantar la Eurocopa y ganamos la triple corona: Eurocopa, Mundial y Eurocopa. Éramos historia viva. Pero toda historia tiene un principio y un final. Y aquí se desvaneció la nuestra y los siguientes mundiales volvimos a lo que había sido nuestro recorrido antes de la cita de 2010. En las siguientes tres ediciones caímos en la fase de grupos y dos veces consecutivas en octavos de final. Otra vez España en la normalidad en la que tantos años hubo estado instalada. Hasta que la historia se reescribió de nuevo. La selección logró ganar con un buen fútbol, como aquella vez en 2008, la Eurocopa de 2024. Y la mala memoria que habíamos tenido con los capítulos vividos años atrás y de nuevo el runrún volvieron a despertar. No éramos conscientes de que si lo habíamos hecho una vez podíamos hacerlo más. Resurgieron de nuevo los ímpetus y la célebre frase del humorista manchego José Mota comenzó a popularizarse por toda la geografía nacional: "Va a ser que no, pero ¿y si sí?". Y volvimos a creer de nuevo en que una nueva generación de futbolistas (que cuando ganamos el único -por entonces- mundial de nuestra historia eran unos niños) pudiera llevarnos a la gloria del deporte rey. Y esta vez sí creímos que, aunque dificilísimo, pudiera ser posible porque ya lo habíamos hecho más de quince años atrás. Comenzamos a latir, a susurrar España de nuevo y a mirar de tú a tú a los grandes que tenían varias estrellas bordadas, puesto que ellos alguna vez tuvieron sólo una como nosotros y la gran mayoría de naciones no tiene ninguna.

El resto ya lo sabéis. Nos clasificamos para el Mundial con triple sede en Estados Unidos, Canadá y México. Desde el primer momento nos preguntamos "¿Y por qué no?", pero esta vez creyendo que de verdad era posible y no una mera utopía. Debutamos contra Cabo Verde y empatamos a cero. Mal inicio, como aquel año 2010. Pero dependíamos de nosotros mismos. Y en eso los españoles somos genios. Tenemos, para todo, el gen de "Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como". Empezamos a ganar y nos plantamos en la final del mundial con un único gol en contra en todos los partidos. Y con cruces que no ha sido fáciles y ya son historia escrita y pasada: Austria, Portugal, Bélgica y Francia. Quedaba el gran escollo. La Argentina de Lionel Messi, la FIFA e Infantino. No lo digo yo. Ahí está el recorrido en la cita de una y otra selección y en la hemeroteca pueden verse los favores recibidos. Por algo ha de ser que España finalmente ha sido arropada por todo el mundo y ha quitado las caretas dejando al descubierto tanto oscurantismo escondido en federaciones y silbatos. Y ganó España. Ganó el fútbol. Se hizo justicia en nombre de muchos y España se alzó a lo más alto del mundo futbolístico otra vez. Una nueva hornada de hombres que han llevado el nombre de nuestra nación por todos los confines: Unai Simón, Pau Cubarsí, Laporte, Pedro Porro, Rodri, Oyarzábal, Merino, Baena, Nico Williams, etc. Un puñado de guerreros que creyeron y nos hicieron creer de nuevo. Gracias eternas. Ahora nuestra camiseta no tiene una estrella bordada sobre el escudo. Tiene dos. Yo no sé si volveré a ver en mi vida a España ganar un mundial. Sé que nunca lo habría esperado y la he visto ganarlo dos veces. Igual alguna vez pudiera ser una tercera. No lo sé. Por los que no están. Por los que estuvimos. Por los que estarán. Por España. "¿Y por qué no?".

martes, 30 de junio de 2026

AMIGO CAMINO

Me gusta cuando escribo a algo etéreo como si aquello pudiera leerme. Sé que no, pero seguro que puede sentirme. No lo dudo. Cuando una tormenta de verano me pilla de improviso y alguna gota de agua me resbala por la mejilla la siento desvanecerse en su recorrido y sé que, de alguna manera, ella me siente a mí alegrarme del frescor que me produce y sabe de mi sonrisa interior despertada por su causa, agradeciendo esos pequeños detalles que son la esencia de la más pura vida. Y fallece la gota con su alma henchida, sabedora de haber cumplido su misión. Igual me pasa a mí cuando te recorro hecho un manojo de emociones. Sé que en cada pisada te siento y me sientes. Me conoces bien. Te conozco bien. Nos conocemos bien pues hace más de quince años que te recorro y paso por ti a la vez que tú lo haces por mí. Y quien, a priori, me tachase de loco por escribirte, pues un camino no siente ni padece, seguro que si ha leído estas poquitas líneas que abren lo que hoy vengo a decirte ya no lo hace, pues en su interior, quizás, haya recordado que deshojar una margarita es mucho más que quitar uno a uno los pétalos de una flor. La vida es sentimiento y el sentimiento puede plasmarse de mil maneras. A mí, particularmente, me gusta hacerlo por escrito para poder revivirlo cuando pasado cierto tiempo me topo de nuevo con mis letras. Y hoy, amigo Camino, me acuerdo de ti y sé que cuando me calce las botas y me cuelgue la mochila volveremos a fundirnos en nuestras cosas. Y que nos quiten lo bailado. A ti, cómo me exprimes por dentro y por fuera, removiéndome el interior, enfrentándome a mi mismo y haciéndome sudar en cada cuesta. Sonríes entre maliciosa y afectuosamente porque sabes que es así. A mí, el vencerte etapa tras etapa mientras me queden fuerzas para ello, entregándome a la lucha contigo porque, aunque exhausto, me viene bien y me depura, más por dentro que por fuera. Y luego nos abrazamos ambos porque nos queremos y sabemos que los dos hemos cumplido. Y seguimos fraguando recuerdos.

Por eso te escribo. Porque sé que me lees. Y al igual que yo un día cualquiera de marzo me pregunto quién te estará recorriendo, quién estará en Hontanas, mismamente, a mitad de etapa o quién se estará enfrentando a la subida a la Faba, confío en que tú, amigo mío, en algún momento inesperado de noviembre, pienses qué estaré haciendo con mi vida (más bien, mi vida conmigo) en ese instante. Igual estoy en algún Tribunal ejerciendo el oficio con el que lleno la nevera. Lo mismo estoy evadido de la rutina compartiendo algún rato de ocio con la familia. O, a lo mejor, estoy recorriendo algunos kilómetros en algún camino cercano recordando tramos tuyos y pensando en ti, a la vez que, sin yo saberlo, tú estás pensando en mí. Magia pura. Y sin que ninguno lo sepamos. Pero nos sentimos. Ya lo he dicho. Estando juntos y en la distancia. Y hoy, mira tú por dónde, me acuerdo yo de él. De ti, amigo. De ti. De tus flechas amarillas, las cuales persigo y cuando no hay más las busco de nuevo. ¿A dónde me llevan? ¿A Santiago? No lo creo. Porque he llegado ya muchas veces y sigo siguiéndolas. El camino en sí es estar en el Camino. La propia meta eres tú. Una charla, un albergue desconocido, una ducha al mediodía, un pueblo casi deshabitado si no fuera por los peregrinos que le damos vida durante unas horas días tras día, unas ruinas del Convento de San Antón rescatado para su labor de Hospital, un Lugar de Pregontoño, in crescendo, donde cada vez hay más arraigo, un rinconcito en Bentartea oculto por la niebla que esconde el pesar de un caminante...

Y ahora que llega el estío tengo ganas de ti. Fíjate que hemos compartido ratos en primavera y en otoño. En invierno no. Todavía. Y como la gran mayoría de veces ha sido en verano, cuando hemos compartido incluso semanas juntos, conforme el calor se va instalando me acuerdo más a menudo de ti pues veo venir en el calendario las fechas que solemos coincidir. Siempre te decía que era yo el que iba a verte, hasta que descubrí en mi tierra que también hay flechas amarillas y ya he perseguido algunas. Pero tú, eres tú. Y sabes que me refiero a ti. Te he caminado en tus variantes. He alcanzado Compostela viniendo por el Camino del Somport, el Portugués, el Inglés y el Primitivo. Incluso una vez fue la propia Compostela el punto de salida y allá que fui, en tu prolongación que para muchos es el epílogo, en tu vertiente esotérica, hacia Fisterra. Pero tú, gran y real Camino Francés, eres especial por muchas cosas. Cuando hablo del Camino, mi mente y corazón piensan y sienten en ti. Me bulle la alacena de la memoria con recuerdos y vivencias. ¿Te acuerdas la primera vez que subí las escaleras de Portomarín? ¿Y recuerdas mi subida a O Cebreiro aquel septiembre? ¡Oh! ¡Castilla! ¿Qué me dices? Aquellas etapas por las tierras del Cid que me llevaste a ver el Papamoscas de Burgos que ni sabía que existía. Y las penurias por Arrés, Ruesta y Sangüesa... Inolvidables. Mis rodillas destrozadas bajando hacia Molinaseca también te mandan un abrazo. Y las lágrimas de mi cara al llegar, no me acuerdo qué vez era ya, a tu concha cero y alzar a mi hija victorioso hacia tus altas y pardas torres catedralicias donde resuenan ecos de la tuna más carismática. ¡Cuánto sabes de mi vida, truhán! Y es por ello que te quiero porque la he fraguado mucho sentimentalmente contigo.

Dentro de un mes estaré haciendo la mochila de nuevo. Este año estreno botas. Ya les estoy haciendo unos kilómetros de rodaje mientras te evoco. La tirada será larga: desde Logroño hasta León. Nos veremos donde te dejé en el año 2022 que necesitaba recorrerte unos días. Nunca nos hemos dejado y reencontrado en la calle Laurel y mira que he pasado veces por ella siguiendo tus dominios. Tampoco nunca te recorrí en desorden y esta vez inicié en Pamplona y tiempo después volví a Saint Jean pied de Port porque siempre, siempre, siempre, si te recorro, lo hago entero y me faltaban en esa ocasión esas tres etapas. Y ahora que voy a retomarte me aguardas con mi querida Castilla de por medio. Entre medias me llevaste cerca de las salinas y atlánticas aguas hasta Muxía, desde Ferrol hasta Santiago mismo y desde Oviedo hasta la conclusión del camino más duro que he conocido hasta ahora. Toca rehilar de nuevo y recorrer tus entrañas sin alternancia de tramos, Real Camino Francés. Y para eso volveré a llenar mi credencial de sellos en orden y a revivir recuerdos en Santo Domingo de la Calzada, Agés, Hornillos, Bercianos y Sahagún, por ejemplo, ya sabes por qué menciono cada uno de tus lugares. Volveré a llenarme de ciego sol, sed y fatiga. Otra vez a mi vera el sonido del bordón. Henchiré el alma con polvo, sudor y barro. Y volveré a sonreír por dentro al sentirte sabiendo, ya con certeza, que no eres etéreo y albergo la creencia íntegra de que puedes leerme. Y nos veremos sabiendo que charlas conmigo y yo contigo a través de las pisadas, esas que poso por donde antes miles de peregrinos ya te horadaron. Y nos sentiremos recíprocamente. Allá voy de nuevo. Te quiero, amigo Camino.

jueves, 18 de junio de 2026

QUERIDO REAL MADRID...

Querido Real Madrid, ¿qué te han hecho? Más bien, ¿quiénes te lo han hecho? Porque el qué lo tengo claro, pero en el quiénes dudo algo más. Te han herido en el orgullo. Y eso es malo y mucho. ¿Cuántas veces te dije que habría que rendir honores a aquella época de Modric, Kroos, Casemiro, Marcelo, Cristiano Ronaldo, Benzema, Carvajal, Casillas, Sergio Ramos, etc, que nos dieron tanta gloria y que la caída luego sería grande? Te lo dije muchas veces. Y lo dejé por escrito otras tantas. Maldita hemeroteca. Y llegaron las vacas flacas, por supuesto. El equipo no ha hecho una transición dulce como muchos creían que sería y el golpe de realidad ha sido duro. Muy duro. Y lo pagamos, como siempre y en todos los equipos, los aficionados. Y aquí empiezo a resolver los interrogantes. ¿Qué te han hecho? No cuidarte. Te han llenado el estómago hasta la saciedad y te han quitado el hambre. Y eso, al contrario de lo que muchos crean, es malo. Muy malo. Pues un estómago saciado jamás peleará por un plato como uno hambriento. ¿Que no ganamos esta Liga? ¡Que más da! ¡Venimos de ganar tres Champions! ¿Que nos eliminan de la Copa del Rey haciendo el ridículo? ¡Que más da! Mira todo lo que hemos ganado recientemente. Y eso va metiendo al club en una barrera de conformismo apoyado en el pasado que es mortal. Un equipo y un club serio tiene que seguir siempre hacia delante. Desde el minuto uno. ¿Que hemos metido un gol? A por otro. ¿Que hemos ganado un partido? A por el siguiente. ¿Que hemos ganado la Liga? A revalidarla. Eso es lo que debía haber hecho el Real Madrid en estos años aciagos.

Y no lo ha hecho. Y le han hecho daño, claro. Y mucho. Lo han dejado expuesto a su deriva y a las burlas del vecino. Y le han entregado las llaves del poder a quien peor puede gestionarlas: al vestuario. Y ahí sí tengo claro quién ha sido el culpable: el presidente. Don Florentino Pérez ha entregado la jerarquía a los jugadores y les ha consentido que hagan y deshagan a su antojo anteponiéndose al propio entrenador. Tras culminar con debacle la que debió ser la transición dulce que antes decía, primer año sin títulos, se iniciaba un nuevo proyecto ilusionante. Se habían ido incorporando piezas nuevas en los dos años previos y se iban encajando y engranando. La explosión de Vinicius, Arda Güler en la creación, Bellingham en la sala de mandos, Mbappé metiendo goles sin problema, Valverde al cerrojo, Courtois bajo los palos y una aparente calma. Todo falso. Se quiso iniciar una nueva era con Xabi Alonso, hombre de la casa, en el banquillo. Pintaba bien la nueva era. Pero los jugadores, con la aquiescencia del presidente que les hubo entregado ¿sin saberlo? el poder, se encargaron de arruinarlo en pocos meses. Y malcriar a un grupo de niñatos engreídos que no saben lo que representa el escudo es arruinar todo proyecto en cualquier empresa. Y así ha sido. Otra vez un añito en blanco y la afición comiéndose el marrón de ver la mala deriva del club. Poco se le ha pitado a los jugadores para los motivos que han dado. Poco. Muy poco. Pero menos aún al palco.

Dicho lo cual y como ésta situación, a mis cuarenta y tantos, la he vivido ya varias veces, sé que te recompondrás, querido Real Madrid. Fíjate que no me han gustado nunca las discordias internas, ni cuando se generan, ni, mucho menos, cuando se airean. Y cuando fue el entrenador José Mourinho hubo mil discordias e incluso división de la afición. Su legado fue ínfimo en sus tres años: una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Fin. Y se fue dejando al Real Madrid a quince puntos del Barcelona en Liga, eliminado por el Borussia Dortmund en Champions jugando la vuelta en el Bernabéu (dejando a Karim Benzema en el banquillo -sin comentarios-) y perdiendo la Final de Copa en casa contra el Atlético de Madrid, Pero puso el punto en la i en muchísimas cuestiones y dejó sembradas unas semillas que germinaron adecuadamente y dieron muchos frutos. Muchos. Y ahora, tras casi una década y media y habiendo salido mal de todos los clubes donde ha ido estando y no haber ganado títulos gordos, vuelve al Real Madrid como solución. Ojo. Y lo refrendamos todos. ¿Por qué? Porque sabemos que tiene vara. Y que la usa. Y ahora mismo hace falta vara. Y mucha. No queda ni rastro de aquellas semillas ni de aquellos frutos. Y hace fala estopa y vara en el vestuario, en el banquillo y en el palco. En eso Mourinho es el mejor, el adecuado y el idóneo. Vuelve como algo más que un entrenador. Vuelve a entrenar al equipo y a ayudar al presidente, Florentino, recién reelegido de nuevo, por cierto, a enderezar el rumbo del club. Es un polémico, sí. Es necesario, también y mucho. Adelante, Don José.

Y desgranados los interrogantes de aquella en manera en cuanto al qué y al quién y analizada la trayectoria y el momento actual, queda por iniciar la contienda y retomar la senda correcta. Para eso hay que hacer un desembolso, una reestructuración, una aclaración de roles y determinar una jerarquía inamovible. Lo primero es que nada ni nadie está por encima del escudo. Ni Florentino, ni Mourinho, ni Vinicius, ni Mbappé, ni el utillero, ni la afición. Que esa es otra. Cuidadito con los gurús de las redes sociales generando discordias entre la propia afición, imponiendo criterios y repartiendo carnets de buen madridista a quien les ríe las gracias y/o les aplaude las milongas. ¡Cómo si no tuviéramos bastante ya con la prensa y sus mamandurrias como para que los gurús se dediquen a lo que se dedican! Hace falta autocrítica interna Y mucha. Pero, ¿qué es eso de azotar a sectores de la afición? Una cosa es hacer autocrítica del equipo y otra aprovechar tal ejercicio para apalizar a jugadores, técnicos y aficionados por no compartir los gustos personales propios. Luego vienen las facturas y las lloreras. No siembres y no recogerás. No menciones y no te mencionarán. En definitiva, ya ha empezado la revolución y con ella el volteo de la noria hacia el lugar que nos gusta. Ya sabemos qué y quiénes. Ya sabemos cómo y cuándo. Siéntense y revivan la historia. No es nueva. Simplemente, por estadística, se vienen tiempos grandes. Mal augurio para los antis. Y ya han llegado Florentino, Mourinho, Bernardo Silva, Konaté, Dumfries y Cucurella. Y faltan... Más los cracks mundiales con lo que ya contamos. Empieza el baile. ¡Hala Madrid!

lunes, 8 de junio de 2026

EL ESPEJO DE LA VIDA

Este pasado mes de mayo ha sido extraño en el calendario de mi vida. Mucho. Si bien lo miro ahora, a toro pasado, parece que ha transcurrido rápido, pero ha sido agotador de tiempo. Y cuando digo agotador de tiempo me refiero a que parecía tener mucho más tiempo del debido, a que no avanzaban las agujas del reloj y, menos aún, cuando atravesábamos en casa una situación delicada de esas que quieres solventar cuanto antes y quisieras que las agujas volasen y llegase el punto final. Curioso. Agotador de espeso y lento, pero raudo y veloz a la par. Me deja una sensación extraña. Ni siquiera me permitió, con todo el tiempo que tuvo, dedicarle unas líneas al Rincón. Claro, el tiempo debí consumirlo (por imperativo) en otro lugar y otros quehaceres. Cosas de la vida. Y mirad por donde el tiempo que no pude escribir y que lo fui agotando, grano a grano del reloj de arena, entre pensamientos de todo tipo, fue dejando un poso que es el origen de lo que hoy escribo. Me vi reflejado en situaciones que cuando era niño veía en otros. Y, sí, como el tiempo pasa queramos o no y como el tiempo va siempre a su son queramos también o no, nos demos cuenta o lo ignoremos, se nos haga más o menos rápido o lento, la vida te enseña situaciones en las que cuando eras espectador no te imaginarías que algún día serías el protagonista. Y mirabas la escena sin saber que la misma vida ya te estaba diciendo que llegaría el momento en que fuese al revés y alguien ocuparía tu papel de espectador sin saber que el reloj también avanza para él y se convertirá en actor, antes o después, pero lo hará. Es lo que yo he llamado el espejo de la vida. Pues cuando te conviertes en actor miras la escena presente o a través de los recuerdos y el reflejo, directo, sin filtros y con la crueldad del paso de los años, te devuelve tu misma imagen haciéndote ver que ya no eres quien contempla, sino quien vive la escena. Una obra de teatro real. La vida misma...

Así pues, cuando eres niño y oyes a los mayores preguntarse "¿qué tal todo?, ¿cómo está tu madre?", no eres consciente de que algún día serás tú quien reciba esas preguntas. ¿En qué momento nos convertimos de ser el niño que escucha eso a diario a ser el adulto que debe responderlo? Y es ahí cuando te das cuenta del tiempo transcurrido. Y eres (creo) más consciente aún de los años que peinas, de que te enfrentas a problemas de verdad, de que en las calles ya no hay la inocencia, la bondad y la risa que te acompañaron durante otras etapas, que te has convertido en un verdadero padre de familia y que hay gente que depende de ti y es quien observa la escena sin saber que algún día será el actor. Muchas horas de este pasado mes de mayo me han hecho pensar y pensar y pensar. Y entrelazar recuerdos con el presente y ver cómo el guion jamás lo hemos tenido dominado. Cuando era niño y mi abuelo estaba en el Hospital, oía cómo le preguntaban a mi padre "¿cómo está tu padre?", ahora, años después que han pasado sin ser siquiera consciente de ello, a diario recibo yo preguntas similares acerca del estado de salud de mi madre y de "cómo va todo", con ese tono de rutina inevitable que te va dando la vida conforme pasa el tiempo y te moldea, a su manera, como a un pater familias cuya génesis, no en vano, se fraguó en la antigua Roma y ha perdurado, a golpe de realidad, generación tras generación.

Y es que este recién expirado mayo ha traído consigo una visión de la vida que se desconozca o no es real y está ahí. Cuando cada día nos enfrentamos a nuestro plato de comida, a escasas manzanas, en un sombrío centro de salud, hay personas que tienen sus problemas. Quizás estamos tan acostumbrados a apartar esas imágenes (aunque sabemos que existen) que cuando la vida nos refleja en ellas nos parecen nuevas. Pero no lo son. Todos las han pasado y/o todos las pasaremos. Y es inevitable. Y no, no es algo de solidaridad. No es la típica campaña de que cuando tú estás celebrando la Navidad con turrón y sidra, al mismo tiempo hay alguien en tratamiento de oncología. Es la vida misma. Tiene imágenes para todos y podemos ser el espectador o el actor sin que dependa de nosotros. Por eso creo que, de vez en cuando, vernos en el espejo nos hace ser conscientes de la realidad y de que hay que hacer que cada día sume, porque, de no hacerlo, luego puede ser tarde. Hay que vivir todo lo alegremente que se pueda, siempre lo digo. Y lo decía el Maestro: estad preparados porque nunca se sabe el momento ni la hora. Tampoco quiero decir que vivamos siempre alerta y preocupados por un "por si", pero sí que seamos conscientes de que la vida no la dominamos nosotros y que ella misma aliada con el tiempo es una combinación indominable.

Concluyo mi reflexión con la frase que tantas veces he oído el mundo del costal. ¿Cuánto tiempo hace que no le das un beso a tu padre o a tu madre? Hazlo. Hazlo siempre que puedas. No los guardes, porque llegará un día que no podrás. Dales un beso y diles que los quieres. A ellos y a la gente buena que te rodea. Somos ínfimos al lado del rodillo de la vida y ésta actúa o sin avisar o avanzando el reloj aunque no queramos. Fuere como fuere llegarán días duros, por eso y mientras tanto, no des la espalda a la realidad, pero vive, sonríe, quiere, ama, besa, abraza y ríe. Este pasado mes de mayo, por una causa ajena a mí, he estado la mitad del mismo en el Hospital y hubo momentos críticos. No era yo el que estaba enfermo ni ingresado, pero pasé allí más de una noche y he tenido muchas horas horas de angustia y desesperación. Y este recién estrenado mes de junio, en su día tercero, me ha dado un regalo que dudé si volvería a tener. Fue un día muy cargado para mí, todo tipo de obligaciones se me juntaron en veinticuatro horas y no podía esquivar ninguna. Pero logré capturar el momento. Y eso es lo más grande porque lo tengo en la retina y en la cámara. Quise ser actor por un instante y mi hija fue espectadora como yo lo era de niño. Algún día verá el reflejo en el espejo y sabrá que su padre la ama como a él lo amo su madre. Alma joven que de eso se trata. Voy a darle un beso a ambas, a mi madre y a mi hija. No hay tiempo que perder.

miércoles, 29 de abril de 2026

OTRA ROMERÍA DISFRUTADA

Decía un verso antiguo, dedicado al paso de Cristo de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, a Nuestro Padre Jesús de la Salud: "Llegó somo llega siempre y Sevilla lo esperaba, [...], y se fue sin que Sevilla quisiera que se marchara...". Así ha sido esta pasada Romería para mí. Ha llegado como siempre y se ha marchado sin que quisiera que pasase. ¡Qué bien me lo paso en estos días! Ha sido una romería entre familia y amigos que ha tenido de todo. Y he sido feliz. Muy feliz. Mucho. Sigo conservando ese espíritu joven que tanto me ha hecho (y sigue) disfrutar. Mi gorro de siempre, el vaso de mini lleno, la sonrisa, mis amigos, la lumbre y las ganas comunes de pasarlo bien. Y así debía ser y lo fue. La Virgen del Monte es un lugar especial para mí. Por unas cosas u otras llevo ligado a aquel lugar desde mi más tierna infancia. Yo tendría la edad que mi hija tiene ahora, incluso menos, y ya estaba por allí. Algunos ya no están, pero cuando miro al cielo sé que están y siguen sonando las sonoras carcajadas de Amalio y los comentarios de Ángel acerca de su querido Atlético de Madrid. Allí donde me enseñaron a volar una cometa y hoy hay cientos de árboles que dan sombra a los romeros sigue oliendo a aliño de berenjenas. Y cuando veo el humo subir coqueteando con los pinos, sé que su origen está en un fuego en el que se están tostando unas migas o borbotea una caldereta. El último fin de semana del mes de abril el cielo es distinto en el Paraje de la Dehesa de la Moheda. Y no. No es casualidad. Se repite año tras año y evoca siempre recuerdos que no volverán y que te hacen disfrutar el momento con fuerza.

Este año no pude llegar directo a comer allí el mismo viernes, como siempre me gusta hacer. Ponerme las ropas viejas que da igual que se manchen, encajarme el gorro en la cabeza, subirme al coche, darle caña al viejo cd de pasodobles taurinos y llegar a la romería sonando de fondo "España cañí". No hay mejor manera de iniciar la romería. Este año, como decía, por siembras laborales de futuro de mi mujer, las cuales aguardo que den fruto porque se lo merece, llegamos al chalet mi hija y yo a media tarde. Y ya a la batalla. Este año tuvimos una aliada que no suele faltar tampoco a las citas de gente de bien y de orden: la baraja. ¡Qué de risas nos regala! Y qué buena maestra es para enseñar a los pequeños sus primeras picardías y guiños de ojo. Con el primer mini de calimocho a la vera estuvimos jugando a las siete y media, al reloj (¿te acuerdas, Lela? ahora juego yo con mi hija), al burro y a las carreras de caballos. Tarde noche tranquila y sin muchos efluvios etílicos que el sábado se barruntaba fuerte. Y así fue. No falla. El día de la Virgen del Monte es el último Domingo de abril. Sea el día que sea. Pero el sábado previo... ¡Ay, Gregoria! Ese día es magistral. Es el día de echar lumbre desde bien temprano, calarse la gorra manchega, hacer almuerzo, arroz con pollo, gachas, migas, patatas con arroz y bacalao o cualquier gañanada buena, ancestral y saciante que te deje el gaznate y la panza de hormigón armado para la ingesta de licores que se avecina. Los años merman el aguante, pero enseñan el dominio. Ojo que la combinación es peligrosa, no así la del 100 Pipers con naranja que es perfecta.

Y no faltó de nada. Jamón, queso, patatas, anchoas, aceitunas, patatera, mejillones y botellines "maemil" como dirían en el Moral. No era mala la base. Y luego el arroz con pollo con su pan de cruz al corte y remojado con morapio, de morro fino para quien guste y de cartón y mezclado para los amantes del porrón de pienso (vino blanco con coca cola) o del ya citado mini de calimocho, siendo en estos dos últimos donde me encuentro. Remátese la faena con pasteles varios y un trozo de tarta. Añádase un café (sin cafeína que me pongo muy nervioso) y queda el cuerpo listo para echarle los brebajes que procedan de modo que, siendo varios y diversos, no afecten a la verticalidad hasta que pasen unas horas. No es plan de cantar el Cocoguagua a las seis de la tarde, así es que la preparación ha ser cumplida íntegramente. Y si luego en torno a las nueve de la noche ya hay exaltación de la amistad, cánticos varios y algún traspiés, es romería, mujer. No te vayas a ofuscar que va más de medio pueblo igual y una al año no hace daño. Puede imaginarse el lector lo que acontece... Y, lo mejor, cuando los integrantes de un corro van a otro y los del otro al propio y se conjunta ese mágico batiburrillo, es romería pura. ¿Con quién y dónde estás ahora? Pues no lo sé, pero son muy majos, me han dado una cerveza y estamos asando chuletas. ¡Viva la Virgen del Monte!

Claro, luego aparece en tu bolsillo una navaja que no es tuya, llevas puesta una gorra nueva, tienes fotos en el móvil que no recuerdas y lo que quieres es catorce vasos de agua y dormir tres días seguidos. Pero como eso no puede ser, pues amanece el Domingo y es fiesta de guardar. El día verdadero de la Romería y el día de Ella, de la Virgen y de los honores que se le rinden. Suenan cohetes y otra vez a la casilla de salida, aunque esta vez, no sé por qué, se lo toma uno con más mesura que el día anterior. Seguramente lo que viene siendo la resaca así lo aconseja y, más de una ocasión, lo impone. La caravana de coches enfila por el Carreterín y lo llena desde el pueblo hasta la romería. ¡Qué cantidad de gente viene a ver a la Virgen y Su Niño! Y llegan amigos que no vinieron el día anterior, "lechugos como una fresca", que quieren tomarse un botellín. A ver cómo les dices que no... Y ya sabes lo que conlleva eso. Uno y otro y otro y ya estamos de lío. Este año, a decir verdad, el propio Domingo no hubo demasiado enredo etílico, pues no procede que en el ejercicio de padre te recuerden los cachorros en pleno éxtasis romeril, pero hubo el que debe de haber y es, ojo cuidado, incluso sano, pues evade y hace disertar el interior de uno mismo. Eso también es romería y máxime cuando se está rodeado de la verdadera familia y de los amigos de verdad. Vamos que se ha dado bien y ha habido de todo en estos preciosos días que con tanto afecto espero y comparto. Otra romería disfrutada. Y que sean muchas más.