Gallaecia fue originalmente el nombre con el que los romanos identificaron al territorio situado en el extremo noroccidental de la península ibérica, una provincia romana que abarcaba los territorios de la actual comunidad autónoma de Galicia, norte de Portugal y parte del territorio de las actuales provincias de León, Zamora y Asturias, habitado por pueblos indoeuropeos de lengua céltica denominados galaicos (gallaeci) al oeste y astures al este. Y allá que fuimos en familia hace unos días puesto que, debido a todos los Caminos de Santiago que ya he recorrido, he conocido ciertos lugares que quería que conocieran mi mujer y mi hija y estar con ellas en ese momento y explicarles lo que significan para mí (los lugares y ellas). Santiago de Compostela es, sin duda, uno de los hitos de mi vida, junto con Sevilla por mi amor a la Semana Santa y a las cofradías, Pamplona por la amistad que el propio Camino de la vida me regaló y mi amada Ciudad Real natal, capital de La Mancha, por ser donde se hunden mis raíces y de donde proviene mi esencia y génesis. Santiago es especial porque allí estuve de niño con mis abuelos y jamás imaginé lo que el destino me deparaba con tal lugar. De hecho, era 1989, contaba con ocho años de edad y no volví a ir, siendo, además, de pura carambola y casualidad, hasta pasados veintiún años más y por motivos laborales. Y ya no estaban mis abuelos ni era yo niño, pero perduraban los recuerdos y me encontré allí con él, con el Camino de Santiago, siendo hasta entonces, año 2010, un total desconocido para mí y sin haberme llamado ni atraído en absoluto nunca. Y desde entonces hasta hoy, gracias a Dios, lo visito a menudo. A él y a Galicia. Con sus rincones, historias, mitos y leyendas.
Yo llegué a aquella Galicia maravillosa de la mano de mi abuelo, del que tanto aprendí. Con él pisé por vez primera la Praza do Obradoiro, contemplé el Pórtico de la Gloria e hice el ritual del "Santo dos croques". Aquel viaje, por lo que sea, me marcó por dentro. Se generó el típico recuerdo que anida en el cerebro, más bien queda aletargado, aguardando el momento de revivirse de nuevo por dentro y de, a poder ser, recrearse por fuera otra vez evocando cómo se gestó. Y quizás fue así y por capricho del destino como llegué allí de nuevo y se avivó la llama. Mi trabajo como abogado me llevó hasta la La Coruña y, concluido el pleito, cogí un autobús para ir a Santiago de Compostela. Quería volver a pisar otra vez aquel empedrado mágico que pisé con mi abuelo cuando tenía ocho años de edad. Me planté de nuevo en aquella Plaza y me ví rodeado de recuerdos y peregrinos. Se despertaron en mí las vivencias pasadas y surgieron las ganas de ser como ellos para acumular otras vivencias nuevas. Vivencias que ahora, quince años después, ya son recuerdos como aquel recuerdo que me llevó a generarlas. Y estos días he podido compartirlas con mi hija reviviendo los recuerdos y generando, ojalá, el germen de otras futuras vivencias, pues si hay algún Camino que hemos de recorrer sí o sí es el de la vida. Al menos así lo he aprendido yo recorriendo desde aquel 2010, ya como peregrino, el Camino de Santiago al que, sin duda, de alguna manera llegué por aquel viaje con mis abuelos y me llamó cuando debió hacerlo.
Y este 2026 he hecho partícipe a mi vida de mi vida. A mi hija de mis vivencias. Aquí empezó todo y espero que empiece para ti. Aquí estuve con mi abuelo y con el tuyo. Aquí me cambió la vida. Aquí se fraguó mi sueño. Aquí se cumplió. Y aquí te cogí en brazos cuando el año que naciste volví a llegar caminando y me esperabas en el centro de la mismísima Praza do Obradoiro que yo pisé cuando era niño como tú. Santiago de Compostela es un hito en mi vida, ya lo he dicho antes. Lo que he vivido caminando hacia esa ciudad es parte muy profunda de mí y he comprobado que, de verdad, el Camino empieza allí, no termina, pues si estás llamado a ello, por motivos que sólo el destino y Dios sepan, ten por seguro que allí será donde comiences a dar los primeros pasos. Mucha gente que ni siquiera sabe que en cualquier lugar inesperado de España (y de mil lugares de Europa) puede haber una flecha amarilla indicando el Camino, visita Santiago y allí se produce la magia. Esa Gallaecia eterna de leyendas que atrapan, de la Santa Compaña, de mitos, de embrujos, de meigas y conjuros te involucra en sus rituales y creedme que merece la pena. Así ocurrió conmigo y así lo narro. Y ahora que lo plasmo y revivo estas nuevas vivencias ocurridas hace unos días soy feliz de haber estado con mi hija donde tantas y tantas cosas viví y reviví. Y enseñarle mis costuras más internas y hacerla protagonista de ellas con el deseo, Santiago quiera, de volver allí con ella y que abrace el busto del Santo como mis abuelos y los suyos lo hicieron.
Llegamos incluso a Fisterra. Allí donde la tierra muere y el mar nace. Y como uno de los Caminos ya lo hice con mi esposa le enseñé el epílogo donde todo acaba. Fuimos andando en familia desde el mismo pueblo de Fisterra hasta allí donde está el Cabo de Finisterre y se acaba el mundo. Incluso más allá. Dejamos atrás el emblemático hito del kilómetro cero no ya del Camino si no de su prolongación esotérica y nos adentramos en las rocas donde el océano se estrella. Sonaba el azote de las aguas, el soplido del viento y la música de un gaitero. Esa escena no es para contarla. Es para vivirla y así lo quiso la Diosa Fortuna. ¡Qué contradicción! Llegar andando al final del Camino sin no haberlo recorrido. Esa parece la misión. Recorrerlo para completarlo. Firmó ahora mismo con mi sangre que así fuera y con ellas. Y volver a sudar cada cuesta y a crujir los huesos en cada litera, con la sonrisa por bandera porque merece la pena. Llegar de nuevo a esas doradas conchas que indican el centro de la compostelana ciudad y saber que allí estuvimos y estuvieron de los que venimos. Y que así sea con ella. Y saber que hay más allá y que caminando por la Costa da Morte, como ellos y yo lo hicimos, llegas a esa bota de bronce donde sí que yace el fin. Vivirlo y revivirlo de nuevo con esa magia que envuelve la esencia más interna, que deja poso, que anuda los recuerdos convirtiéndolos en historia real, vivida y por vivir y que hace que quien la vive, revive y transmite sienta lo que yo por esa querida Gallaecia eterna.





















