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martes, 7 de abril de 2026

MI SEMANA SANTA 2026



Hacía mucho tiempo que no vivía una Semana Santa tan plena, contundente, satisfactoria, memorable y feliz como la de este año. Y mirad que ha sido dura para mí, muy dura. Tras treinta años en el oficio costalero era la primera vez que no sacaría ningún paso. Paro aquí para lanzar un aviso a lectores costaleros que estén próximos a la retirada o recién retirados: la última chicotá es triste. Mucho. Sabes que cuando suene el martillo por última vez y se posen los zancos en el suelo se acabó tu carrera. La última arriá es un pellizco amargo. Mucho. Así es, sin duda. Pero es peor el siguiente año. Saber las fechas de la igualá, los ensayos, la mudá... Ver a tu gente, a tus amigos, a tu capataz... Y saber que ya no estás. La lágrima aflora sola. Acabo de vivirlo y el deseo de seguir cercano a las maderas es fuerte y cuesta muchísimo aceptar que contra el tiempo no se puede luchar y ha acabado esa época. En fin... Que tras treinta años de actividad costalera esta Semana Santa me ha dejado, quizás, más pleno, satisfecho y cansado que otras en las que sacaba tres pasos. He disfrutado mis ratitos muchísimo. Y he sido feliz. La certeza y garantía de no tener que mirar al cielo cada día ha sido una tranquilidad grande. ¡Qué maravilla cuando se instala un anticiclón y sabes que todas las jornadas van a ser soleadas y saldrán todas las cofradías! Así fueron las vísperas y así ha sido la Semana Grande. Cielo azul, vaharadas de incienso, sabor a almíbar, marchas sonando, buena compañía, familia, amigos y las costumbres y tradiciones a la orden del día. ¡A la Gloria sin posible escapatoria!

Amaneció radiante el Domingo de Ramos y la ciudad latía distinta. Domingo de palmas y ramas de olivo. El sol iluminaba a la salesiana hermandad y la primera cofradía hacía entrada triunfal en los palcos. La vimos entre familiares y amigos y los nervios se me acentuaban pues, por la tarde, en el Barrio de los Ángeles, aguardaba el Rabí de la blanca túnica y su Madre de la Salud para hacer estación de penitencia a través de la Hermandad del Prendimiento. Después de más de una década en mi sempiterno zanco izquierdo y que mi hija sea hermana de la cofradía desde el día del Padre del año en que nació, visto el terno negro en el equipo de capataces del paso de misterio y mi pequeña viste la túnica en el tramo de niños. Es un día grande en casa. Llega la gloria, se dispara el júbilo y sale nuestra hermandad a la calle. Y salió todo a pedir de boca. La cofradía se paseó con elegancia, sin contratiempo alguno y llenando las calles de catequesis. La única posible pega, indomable para todos, fue el frío que se adueñó de la noche conforme avanzaba. Mucho frío. La jornada transcurrió plácida y cuando me acosté estaba muy satisfecho del trabajo hecho. Así concluyó mi particular Domingo de Ramos, sin poder ver más cofradías por entregarme a la mía. El Lunes Santo, como siempre, asistí al Vía Crucis con mi padre y tuve la suerte de que me eligieran para llevar al Cristo durante dos estaciones. Completamos el recorrido hasta la oración final en la Catedral y marchamos a casa preparados para vivir los días venideros sabiéndonos llenos de fe.

Y llegó el Martes Santo. Olor a torrijas recién hechas y tarde de cofradías con la familia. Disfrutamos en las calles de Medinaceli, la Esperanza, las Penas y el Mayor Dolor. Al igual que las dos noches anteriores el cielo estaba raso, pero el frío se dejó sentir. Casi seis horas en la calle viendo cofradías me llenaron de alegría. Amo las cofradías, son mi modo de vida y las recuerdo a diario. ¡Cuánto tiempo es la espera y qué poquito dura el gozo! ¡Qué chicotá más cortita y qué relevo más largo! Siempre me repito esas frases y, por eso, cuando llega la Semana más bonita del año, la exprimo al máximo. Y despertó el Miércoles Santo. La Bondad de Dios y el Consuelo de María llenarían mi amada Ciudad Real. No concibo un Miércoles Santo sin estar cerca del paso de la Flagelación. He crecido ahí. Me hecho hombre, padre y costalero bajo sus trabajaderas. Tenía que estar cerca del Señor y de mi querida cuadrilla de alguna manera. Me daba igual cómo, pero cerca de ellos siempre. La opción fue ser el aguaor. Y lo hice. Y lo haría mil veces más. Todo por Él. Las cosas no se dicen, se hacen. Y el que quiera entender que entienda. Mi medalla de hermano la llevó mi hija en el tramo de niños. Es hermana desde el día que nació, juró reglas en mis brazos teniendo un mes y cinco días de vida y, acto seguido, la dejé en el carrito y subí al atril a predicar mi cofradía. No me va a enseñar nadie lo que es la Flagelación y lo que es el Señor de la Bondad. Y en mi cuello la medalla que ha estado conmigo treinta años bajo el paso. La lágrima contenida todo el día por todos los momentos vividos bajo las divinas maderas salió a la luz dos veces: en el Pasaje de la Merced cuando mi primo, el pequeño, llevó los cambios del paso y, casi a la entrada de la hermandad, cuando quien siempre será mi capataz me dedicó una levantá y me llenaron de amor las voces de los costaleros bajo el paso diciendo mi nombre. Me encontré conmigo mismo, sonreí, lloré y fui feliz. Bendito sea Dios y benditos sean los hombres buenos.

Marcó el calendario el Jueves Santo de una Semana Santa que estaba siendo espléndida y me iba a regalar algo enorme: ver a mi hermandad de la Macarena en un balcón enfrente de su Basílica. Con la maleta preparada de ilusión y repleta de esperanza, puse rumbo a Sevilla. Allí estaría, donde siempre y con los de siempre. Olía a Cigarreras por los Jardines de Murillo, a Pasión por el Salvador, a Gran Poder por la Plaza de la Gavidia, a Triana por su Puente, a cofradías, cofradías y más cofradías. A todas las que llenan los días de Jueves Santo a Domingo de Resurrección y que me disponía a ver y a disfrutar. Y, en especial, olía a Viernes Santo de macarenismo puro, a bacalao con tomate, a Carretería con derroche de elegancia, a San Isidoro con su rancio abolengo, a pescaíto frito, a pies agotados y al alma llena. La Madre de Dios con sus cinco mariquillas de seis verdes esmeraldas llenaría de Esperanza al mundo entero. Y así fue. Y fui testigo de ello, con la medalla al cuello, en un lugar privilegiado. Agradecido por siempre a quien lo hizo posible. No es consciente del regalo que me entregó. Pasó el Sentencia escoltado por un mar de plumas blancas y después Ella. Radiante. Eterna. La alegría que me inundó el alma fue la batería para reponer un cansancio que ya pesaba y rematar la jornada hasta la madrugada. Un Viernes Santo para enmarcar, sin duda alguna. El Sábado Santo disfruté de todas las cofradías (de algunas varias veces) y volví a saludar a viejos amigos y a cambiar estampitas con mi querido Padre Joaquín. Y el Domingo de Resurrección me despedí de una maravillosa Semana Santa en la Puerta de los Palos de la Catedral hispalense, mientras repicaban las campanas de la Giralda y la gloriosa Hermandad de la Resurrección ponía el cierre final a una Semana Santa que ha sido plena en todos los sentidos, agotadora en lo sentimental y en lo físico, sí, pero plena y para el recuerdo. ¡Ahí quedó!

sábado, 28 de febrero de 2026

TEMPUS FUGIT, NAZARENO DEL AMOR

Decía un antiguo pregonero: "Tempus fugit, nazareno del Amor, la vida no es más que un seise al que le cambia la voz. El blanco antifaz de la vida en negro ruan se tornó". Y tengo esa frase marcada en el alma. Jamás tal parábola escrita para cofrades podía describir tan bien el avance del tiempo. La Hermandad del Amor de Sevilla procesiona con el paso de la Borriquita a partir del mediodía del Domingo de Ramos, con nazarenitos blancos en una explosión de júbilo y alegría cuando esos pequeños capirotes bajan por la "rampla" del Salvador. Sus caras de niños van cubiertas por blanca tela, color de la inocencia y carencia de mácula en sus almas. A la media tarde regresan al templo y sale otra vez la cofradía, pero esta vez con los pasos del Cristo del Amor y de la Virgen del Socorro, alumbrados por altos y adultos nazarenos vestidos con túnica de ruan negro, color del desgaste y las manchas adquiridas por la experiencia. Un resumen maravilloso del rápido transcurrir del tiempo. Lo que por la mañana eran niños vestidos de blanco, al ocaso del día son adultos vestidos de negro. En un parpadeo pasa la vida. In ictu oculi. Y como los niños nazarenos dan caramelos a la gente que hay viendo la procesión, seguía diciendo el pregonero que, cuando esa misma persona que salió siendo infante vestida de blanco, volvía de nuevo al templo ya con su túnica negra, ni se hubo dando cuenta que había consumido su tiempo y habían tornado del blanco al negro tanto él como los espectadores y "entonces un niño antiguo una mano le extendió, quiso darle un caramelo, pero ya no lo encontró". Y llevo días con recuerdos cofrades que me llevan a acordarme muchas veces de aquellas frases del pregonero...

Sería el año 1987, ¡qué lejano suena ya!, ¿verdad?, hablo de cuatro décadas atrás, era un año del siglo pasado y, sin embargo, quiero creer que no hace tanto. Era mi tierna infancia, decía, cuando la semilla cofrade que en mí depositaron mis padres comenzaba a enraizar. Aquella incipiente primavera vestía la túnica de la Hermandad de la Santa Cena y la calle Altagracia era mi hogar cofrade: mis abuelos, mis primos, mis tíos, mis padres... Todos estábamos allí en torno a la fuente de torrijas que había hecho mi abuela mientras se oían tambores por el Perchel. Algunos de aquellos ya no están y, sobre todo, faltaban muchos por venir. Hoy, paso por aquella acera donde se estrellaba el sol en las fachadas recién jalbegadas, miro al balcón de mi infancia y está vacío. Pende a jirones una parte del toldo que allí quedó abandonado y atisbo a contemplar una sonrisa en el cielo, entre beca verde universitaria y azul de la Dolorosa, mis recuerdos siguen evocando aquellos años. Parece que hubiera pasado un rato y, sin embargo, han pasado muchos años. Agarro la mano de mi hija y le cuento lo que yo viví allí, en ese balcón de un tercer piso de la calle Altagracia, porque ella, dentro de otro rato, recordará también lo que su padre le contaba hace años. La tuve en mis brazos en esa misma acera recién nacida y, desde hace escasas dos semanas, ya va camino de abandonar el conteo de cumpleaños con un única cifra. El tic tac sigue impasible.

Siguieron (y siguen) las agujas del reloj sus derroteros de giro hacia la derecha, sin volver nunca para atrás. Y con ello pasando los días, los meses, los años, las Cuaresmas... Y sin darme cuenta de lo que eso significaría cambié el blanco antifaz por una corneta. Iría a cara descubierta y comenzarían un par de décadas que, sin duda, me han hecho llegar a ser, cofrademente hablando, lo que soy a día de hoy, para bien o para mal. Me involucré en la música cofrade y, conforme pude, en el oficio costalero. Eso me llevó a mis primeras excursiones a Sevilla y a aprender a conocer y a vivir la Semana Santa que amo: la de la calle, la de las bullas, la de la revirá eterna de un palio en una estrechez, la de un misterio aguantando el solo de corneta para lanzar un izquierdo y quedarse de costero, la de las petalás en un balcón lleno de juventud y cajas donde un abuelo en su silla sonríe, la de un grupo escultórico que camina racheado, sin música, sin aplausos, derrochando arte en cada zancada, la de las vísperas preciosas viviendo cofradías desde dentro que a la vez que limpian plata prestan túnicas, la de las tertulias (y post tertulias) en la barra de un bar, la de la familia y amigos conjugados en un reencuentro de tradición, gastronomía y rincones... En definitiva, la Semana Santa de verdad. La que creo que es la de verdad. La que aquellos críos ochenteros y noventeros logramos ir adaptando y arraigando en nuestra tierra sin perder nunca nuestra génesis. Hoy en día citan una igualá en esta tierra mía y se congregan dos cuadrillas y aspirantes para un mismo paso. Antes de que yo empezase a tornarme en negro ruan apenas había peones y no sabíamos ni hacer bien un costal. Pasa el tiempo y veo con orgullo que aporté mi granito como honradamente pude a mi Ciudad Real querida.

Y hoy, creo que ya voy saliendo de la Carrera Oficial para empezar mi recogida. Quedaron muy atrás mis saltos de niño en el Domingo de Palmas y cada vez soy de más rancio abolengo en lo heredado. Me gusta (intentar) detener el tiempo en cada bocado de torrija con el sabor del almíbar de la miel que me lleva a aquel balcón de la calle Altagracia. Enseño a mi hija a entender las cofradías. Le explico lo duro que es para un músico ensayar todo el año, haga frío o calor, para mantener la embocadura y la afinación de las marchas para que, luego, se consuma todo en un instante que dura siete días contando el tiempo al revés. Y así, año tras año. Y el afán que pone una madre planchando la túnica de su hijo, esa que le hizo con mucha bastilla para irle sacándole del bajo un poquito a cada año y, sin darse cuenta siquiera, ya le queda corta y, por más que se suba los calcetines, la siguiente Cuaresma habrá de hacerse una nueva. Cierro los ojos y vuelo hacia atrás, hasta el año 1996. Aquel Miércoles Santo, a las siete de la tarde, fue mi primero bajo el Señor de la Bondad. Ni siquiera bajo su misterio. Únicamente bajo Él. Todavía no existía ninguna de las imágenes secundarias que hoy conforman la escena de ese barco que se va haciendo de oro para el Pescador de Hombres. Eran años también de blanco antifaz en los que mis manos igual daban un caramelo que lo pedían. Quizás era por entonces un seise al que le iba cambiando la voz. Y hoy, entre recuerdos, habitan en mí las palabras del pregonero. Por eso me empeño en exprimir las vísperas, las Cuaresmas, las Semanas Santas, porque para mí, sin ser nazareno del Amor, también siguen su carrera las agujas del reloj.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

TREINTA AÑOS DE COSTAL CONSUMADOS

Hoy me ha vuelto a ocurrir. Abrir el armario y verlos. Antes no recalaba tanto en ellos, pues aguardaban su momento. Ahora no. Ahora descansan sabiendo que no tendrán oficio de nuevo. Mis viejos costales... Todavía no me lo creo. Y cuando los veo, lloro. ¡Cuántas chicotás de recuerdo! Y ya no me los pondré de nuevo. Se acerca la Navidad y con ella ese mágico runrún cofrade de fechas de igualás y ensayos que tantas veces he vivido. Treinta años sintiendo ese cosquilleo y los costales, fajas, tirantas y botines aguardando. Esta vez no. Ya me despedí de las maderas el pasado Miércoles Santo y fue del modo que Él lo quiso. Llovió. No pude acariciar por última vez el empedrado de Santiago y despedirme en las Puertas del Cielo, allí donde viven Santa Ángela y sus hijas. Cruzamos el Perchel de lado, lo que no evitó que, luego, me acercase a las rejas del convento y allí dejase mi costal con una rosa que hubo estado a los pies del Señor. Arrodillado, sólo, con el suelo mojado, recé un Padre Nuestro. Todo se había consumado. Por eso, ahora, algo tan cotidiano, como lo ha sido toda mi vida, abrir el armario y ver la ropa del oficio, tiene otro significado. Voy camino de mi primera Cuaresma sin ser costalero y no sé cómo la viviré. Me derrumbo por dentro sólo de pensarlo. Por eso mismo, hoy me ha vuelto a ocurrir. Allí están doblados, paño con paño, como si siguieran esperando. Los miro y me deshago entre suspiros y mil gracias susurradas.

Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que fui a pedir trabajo. Antes no era como ahora. Casi todo el mundo entraba y había huecos en los pasos. Marcelino Abenza, Juan Luis Huertas y Juan Carlos Mora vestían el terno negro. En el viejo cocherón, hoy segunda nave del actual Guardapasos, la Hermandad de la Flagelación tenía un hueco y medio. Primero salía la parihuela del palio y, después, levantando a pulso aliviado y andando el costero derecho por igual, salvábamos la columna de metal la cuadrilla del Cristo y empezábamos a ensayar con aquella mítica parihuela de metal, color granate, donde comenzaron a fraguarse los sueños. Hoy, esa parihuela, se encuentra en Santiago de Compostela, ciudad a la que, desde el año 2010, tengo siempre muy cercana por aquello del peregrinaje. ¡Qué cosas tiene la vida! Las maderas donde apoyé por primera vez mi arpillera, fijador izquierdo de la tercera trabajadera, se encuentran ahora en Galicia y allí sigue anclada mi primera sonrisa costalera. Sonaban en las cintas de cassette marchas de Agrupación Musical y, la primera que recuerdo, como no podía ser de otra manera, tenía por nombre lo que fui y me sentiré mi vida entera: "Costalero". Así empezaba una de las épocas más preciosas que he vivido. Y va impregnada en mi faja de lana negra. ¡Si la misma hablara!...

Quedan unos días para que concluya el año. Y me ha vuelto a pasar. Este 2025 que ya se marcha ha sido el último de mi oficio costalero. Cuando tal realidad me viene a la cabeza se me acumulan mil recuerdos y vivencias y me caen dos lágrimas de emoción. Hoy al abrir el armario he visto mis costales, me ha venido a la mente que ya se ha consumado su tarea y he vuelto a llorar al verlos. Quería plasmarlo por escrito para releerlo de vez en cuando, pues treinta primaveras de raza costalera y unos veinte años, entre medias, de diversas glorias son muchos kilos de peso y gloria sobre mi maltrecha cerviz. Me siento orgulloso y feliz de todas y cada una de las chicotás dadas y me siento un total privilegiado de haber podido contar una tras otra, sin lesión ni impedimento, todas las citas de la Semana Santa y Cofradías de Gloria que he tenido, salvo aquellas en las que las inclemencias meteorológicas o la nefasta pandemia nos privase. Ha sido mi modus vivendi desde que prácticamente empecé a tener uso de razón y no habría sabido concebir mis primaveras sin oír la voz de Chefo, Marce Abenza, Fran Muñoz y aquellos hombres de sus equipos de capataces pronunciando mi nombre y asistiendo fielmente al oficio más bello del mundo: pasear la fe y acunar en arpillera al mismo Dios y María Santísima.

¡Cuántos años y pasos he disfrutado! El misterio de la Flagelación, con mi sempiterno Señor de la Bondad al que todos los días rezo por ser la cara que veo cuando musito un Padre Nuestro, mi querido Rabí de la blanca túnica Cautivo del Domingo de Ramos, Nuestro Padre Jesús de las Penas con su silente y carmelitano racheo, el hispalense Cristo de la Cruz al hombro con su mano extendida que todo lo perdona, el Nazareno de San Pedro y su estación de penitencia a las Hijas de Madre Angelita, la Virgen de la Cabeza pequeñita y morenita (lo mismo que una aceituna) que cruza el Parque de Gasset, el Sagrado Corazón de Jesús y su salida de rodillas con la granulada piedra de Santo Tomás, la Virgen del Carmen y sus aromas marineros en la Mancha mezclados con tintes de verbena y estío, Santiago que es Patrón de las Españas, los peregrinos y las gentes de Granátula de Calatrava y Santa Teresa de Jesús, Patrona de la Abogacía. Una decena de pasos durante muchos años, empezando todo y culminando en el mismo, donde me hice hombre y costalero y donde descansan mis oraciones y fe. Tres décadas de oficio y raza costalera que expirarán esta Nochevieja. Ahora más que nunca cobra sentido la frase que decía Manolo Santiago y que tantas veces he pronunciado y he llevado bordada en el costal: "Que los años se rompan en el tiempo, pero el amor del costalero siga vivo". Abajo con él sin martillo.

miércoles, 23 de abril de 2025

MI SEMANA SANTA 2025

Me gusta que llegues, pero me gusta más oírte llegar. Sabías que ibas a ser muy especial y me has dejado unas vísperas preciosas. "Se ha pegado toda la Cuaresma llorando", como ha dicho mi hermana más de una vez. Y es que llegaba una Semana Santa que marcaría en mi vida un antes y un después. Mi primer recuerdo cofrade es contando con seis años de edad, en la calle Altagracia, vistiendo la túnica de la Hermandad de la Santa Cena donde todo empezó para mí. Pocos años después comencé en el mundillo de la música cofrade, tocando la corneta en la banda de dicha hermandad. Y con tan sólo catorce años debuté en el oficio más bello del mundo: el costal. Eran otros tiempos, los pasos no pesaban lo que ahora y las cosas se hacían de otra manera. De aquella manera. Desde entonces hasta hoy han pasado treinta Semanas Santas sin faltar a mi cita con la arpillera en la Hermandad de la Flagelación. Y el privilegio que me ha dado el Señor de la Bondad ha sido librarme de todo mal que me impidiera pasearlo, haciendo que haya llegado a ser el primer costalero en la historia de la hermandad que ha alcanzado la cifra de tres décadas ininterrumpidas bajo el paso de misterio. Hay un único costalero en la cuadrilla que lleva más tiempo que yo, pero el servicio militar le impidió pasear al Señor un par de años. Y otro costalero que entró en la cuadrilla el mismo año que yo, faltó un par de años por cuestiones médicas. He sido un afortunado total. Y tras haber sido así durante más de las tres cuartas partes de mi vida, este año llegaba mi retirada del costal, lo que convertía a la Semana Santa de 2025 en muy especial, sentimental y emotiva para mí, a la par de dejarme huérfano en el modo de vivir los Miércoles Santos a partir de ahora, pues no sé hacerlo de otra manera que estando con costal y faja debajo del paso de la Flagelación de Nuestro Padre Jesús de la Bondad. Miles de vivencias y recuerdos y cientos de lágrimas han recorrido mi mente y cuerpo esta Cuaresma. Y también lo han hecho en esta recién concluida Semana Santa. Es un punto de inflexión total en mi vida cofrade que ya nunca jamás volverá a ser igual. Pero estoy feliz. Muy feliz.

Así pues y tras disfrutar de las vísperas lo más grande, llegó un nuevo Domingo de Ramos donde este año me iniciaría en el terno negro en la Hermandad del Prendimiento. Y tuve tres fortunas que para mí se quedan: volver a ver a mi hija en las filas de nazarenos de los niños de la cofradía, tocar el martillo del paso a los pies del Camarín de la Patrona y sentirme querido por todos aquellos que pasean al Rabí de los Ángeles imprimiendo con su costal el bamboleo flamenco de su túnica. Cuadrilla que tuvo a bien hacerme un reconocimiento por los treinta años de oficio costalero que reposan en mi cerviz y a los que siempre estaré agradecido. Un Domingo de Ramos para mí precioso, sin duda. Empezó con la Hermandad de las Palmas abriendo la Semana Grande y llevándose la pobre un chapetón de agua que la obligó a volver a casa. Y culminó con la Coronación y el Prendimiento, por la tarde, sin incidencia alguna y haciendo disfrutar a toda la Ciudad Real cofrade. El Lunes Santo se antojó lluvioso. Y mucho. No recordaba en mi vida haber visto suspender el Vía Crucis hasta este año. Una intensa manta de agua obligó a ello. El Martes Santo volvió a jugar malas pasadas y barruntaba agua que finalmente cayó de forma inesperada en ese momento, pues no era ahí cuando se la esperaba. Las hermandades de Medinaceli y la Esperanza no salieron a la calle y la de Las Penas que sí lo hizo cuando media hora antes de su salida le comunicaron que no había riesgo inminente previsto, se mojó lo más grande a escasos ciento cincuenta metros del Convento del Carmen. Acertada decisión de todas ellas tanto en no arriesgarse como en asumir riesgo cuando las fuentes te dicen no haberlos. Es muy fácil emprender la crítica hacia cualquier decisión, pero lo que necesitan las corporaciones es ánimo, aliento y respeto.

Y llegó el día. Mi adiós al costal. Son momentos que han de pasar y que por más que queremos que no lleguen dependen de algo que es indominable: el tiempo. Mentiría si dijera que no lloré de nuevo amargamente al cumplir mi ritual forjado en treinta Miércoles Santos. Preparé mi equipo de costalero por última vez sabiendo que me he entregado todo lo que he podido y me dispuse a disfrutar. Me di cuenta que hice bien en anunciar mi despedida y abrazar a la que siempre será mi cuadrilla en el último ensayo en vez de esperar al gran día. De haberlo hecho así, no habría exprimido las últimas chicotás de mi vida con plena felicidad y habría restado importancia a quien realmente es el protagonista: el Señor de la Bondad. Todo se había consumado y sólo quedaba pasearlo por última vez rodeado de costaleros con mayúsculas de los que muchos hemos crecido juntos bajo ese paso. Todo por Él. Bajo sus maderas me hice hombre, padre y costalero. Saboreé cada zancada, cada chicotá, cada levantá. Y la sonrisa permanente por todo lo vivido y por tener a hija Claudia a mi lado. Es hermana desde el día que nació y juró las reglas de la Bondad y el Consuelo en mis brazos cuando tenía un mes y cinco días de vida. Y ese día, justo después, fui el pregonero de mi cofradía. ¡Anda que no es grande la Bondad de Dios! La última vuelta que pude disfrutar en el zanco izquierdo fue llevando el paso de la calle María Cristina a Feria y sonando la marcha Soledad de San Pablo. Sones rancios, eternos, para un Miércoles Santo de ensueño. Y aunque llegó la lluvia de nuevo no me impidió pasar por las Puertas del Cielo. Al arriar el paso por vez última me quedé sólo y en silencio. Y lloré otra vez por haber sido costalero. Llevé una rosa a la Plaza de Santiago Nº 2, Convento de las Hermanas de la Cruz. La dejé en su puerta, me arrodillé y di gracias de nuevo. Treinta años de oficio poniendo el sello. Estoy feliz y satisfecho. Poco a poco hubo llegado el momento.

Y con una enorme marejada de sensaciones amaneció el Jueves Santo y cambió el tiempo. Saldrían todas las cofradías. Sevilla me esperaba y yo tan contento. Mi familia, mis amigos, las cofradías, las costumbres, las tradiciones... Y la Esperanza. Siempre la Esperanza. Macarena, por supuesto. Volví a perderme por las calles de Siviglia y a vivir grandes momentos. Ya me vi obligado a ponerme el babero cuando el palio de la Hermandad de los Negritos, la Virgen de los Ángeles, puso boca abajo la Plaza de la Alfalfa al son de "Pasan los campanilleros". ¡Vaya momento! Para paladares selectos. Y, ¿qué decir de las Cigarreras pasando por los Jardines de Murillo? ¡Madre mía! Vi todas las cofradías del Jueves Santo en sitios buenos: Exaltación y Valle saliendo, Quinta Angustia y Pasión entrando y Montesión lanzando cambios. Y en esas horas de la noche que el cielo se torna del color del agua anisada y que la madrugada avanza, busqué al Gran Poder por el centro llegando a la Campana. Silencio, Calvario, Esperanza de Triana. ¡Qué maravilla de noche mágica! Y quedaba el remate por la mañana. Otro año más disfrutando de la Hermandad de los Gitanos y, sobre todo, de mi Señor de la Sentencia y de su Madre de Esperanza. ¡Que se detenga el tiempo cuando un mar de plumas blancas vienen escoltando a Dios por la Resolana! Y que se pare el mundo cuando suena el Himno de la Macarena y nos deja con un nudo en la garganta. ¡Vaya Semana Santa! Viernes Santo que se me mezcla con esos ratos de la muralla y con la salida de las cofradías de la tarde que otra vez me unen a las horas altas. Y otra vez las vi todas: Carretería, Soledad de San Buenaventura, Cachorro, la O, San Isidoro, la Mortaja y Monserrat. No cabe más romanticismo en la jornada en la que, además, cumplo la vigila comiendo el bacalao que hago en casa y en Sevilla aguarda y disfrutando por la noche del pescaíto de los amigos de la Isla. ¡Como debe ser y seguir siendo!

Sábado Santo de cofradías rancias. Comí con los amigos en plena Cuesta del Rosario esperando al Sol que salía por última vez con las túnicas de verde ruán. Allí vimos la primera del día. De allí a la Encarnación que ya llegaba la Hermandad de los Servitas y tras ella la Trinidad, con sus tres pasos: Decreto y Cinco Llagas antes que el palio. Marché luego a uno de los encuentros del año: con mi querido Padre Joaquín, preste y siempre cerrando la Soledad de San Lorenzo. Nos dimos saludos, recuerdos y estampas de tiempos nuevos. Lo quiero mucho. Me casó, bautizó a mi hija y es un hombre bueno. De ahí a la Plaza Nueva a esperar el Santo Entierro. Y vistas las cinco cofradías del día repetí la Soledad por el Salvador y la Trinidad de vuelta. Iba terminando la Semana que cuenta el tiempo al revés y quedaba el último suspiro que es el que da sentido a lo anterior. Y así lo fue otra vez. Domingo de Resurrección y el Resucitado y la Virgen de la Aurora poniendo el broche a las calles. ¡Qué maravilla cerrar la Semana Santa con marchas de agrupación y un palio andando de vuelta! Ha sido una Semana Santa muy especial y disfrutada por mí y, aunque la lluvia me ha robado algún momento que ya nunca se repetirá, ha sido plena en mi interior. Empieza una nueva era. Siempre con mi familia, mi gente, mis hermandades, mis costumbres y Tú, mi Señor de la Bondad. Como diría aquel viejo pregonero: "Todo pasa y todo llega, nazareno del amor, la vida no es más que un seise al que la cambia la voz...".



lunes, 31 de marzo de 2025

¡AHÍ QUEDÓ!

Hay días marcados en el calendario que uno no sabe cuándo van a llegar, pero llegan. Cuando en el año 1995 ingresé como costalero en la cuadrilla de la Flagelación de Nuestro Padre Jesús de la Bondad, jamás supe los años que duraría mi estancia en ella. No me planteaba que todo empieza y todo acaba. Lo que tenía, tuve y he tenido, siempre, muy claro es que en ella empecé y en ella terminaría. Me limitaba a enfajarme, hacerme el costal y pasear del mejor modo que podía a la Bondad de Dios. Y así han ido pasando los años y las décadas. Y las hojas del calendario una a una, claro está. Y llega un momento en el que comienza a acercarse el día de la despedida y aunque todavía no lo veas, sabes que está, sabes que existe y sabes que, por mucho que nunca quisieras que llegue, va a llegar. Intentas tomar conciencia y a imaginar cómo será el momento. Y sabes que va a doler. Mucho. Pero que si está en tu mano decidir cuándo ha de ser, aunque duela, duele menos que a quien le llega forzado. Y así, día a día, se me ha ido acercando uno de esos que no quería que llegase, pero que era inevitable que lo hiciese. Y si, además, desde hace varios años ya no tenía la rodilla izquierda y la espalda para muchas batallas más, debía fijarme una fecha voluntariamente y no tensar más aquello que el tiempo, te empeñes o no, siempre logra. Pensé que veinticinco años de oficio costalero ininterrumpido ya era una cifra considerable. Y más después de haber sacado muchos pasos en Semana Santa durante los últimos quince años y todos los pasos de Gloria de mi ciudad y alguno de fuera. Sin embargo, aunque la cabeza iba tirando de sensatez, el corazón tiraba con más fuerza y decidí seguir hasta los treinta años (¡qué rápido se escribe y lee! treinta años...) con raza costalera, por ir demorando la retirada todo lo que pudiera y exprimir, más aún, el oficio, mi dañada espalda y mi rodilla izquierda a cambio de entregarme todo lo que pudiera a la Bondad del Padre.

Y llegó. No podía ser de otra manera. Tras un tiempo allanando el terreno y despidiéndome de los pasos guardando para mí el último resquicio de costal, llegó el día. Y me siento afortunado de haber podido marcarlo yo y no haber sido forzoso, aunque la ya confirmada lesión de rodilla desde hace unos días, ha aderezado todo y ya, sí que sí, ha de consumarse. Empecé tras la pandemia a irme reservando algo y dejé de sacar los pasos de gloria. ¡Qué gran fortuna he tenido! La Virgen de la Cabeza, el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen del Carmen, Santa Teresa de Jesús y Santiago Apóstol, Patrón de la vecina localidad de Granátula de Calatrava. Cinco pasos de gloria que he paseado muchos años con cariño y entrega. Estoy muy agradecido a sus capataces por haber confiado en mí para ello y permitirme mecer a las imágenes en mi cuna de arpillera. Guardo muchos momentos, pero muchos, de felicidad indescriptible y de vivencias: igualás, ensayos, mudás, desarmás... ¡Qué bonito es ser costalero! Después empecé a afrontar la retirada de los pasos grandes, los de Semana Santa. El primero fue el Señor de las Penas. Muchos años, una docena quizás, disfrutando del racheo silente y carmelitano que envuelve la noche del Martes Santo. De recogida, fui susurrando un Padre Nuestro y al entrar de nuevo en el Convento, con los ojos cerrados bajo el costal, le di gracias por todo.

Algunos años después lloraba con el alma encogida pues llegaba, desgraciadamente, el que iba a ser mi último Domingo de Ramos debajo de mi querido Rabí. El Cautivo de blanca túnica que procesiona desde el Barrio de los Ángeles sabía que tenía que dejar hueco en sus trabajaderas, pues, de lo contrario, la deformación ya del morrillo de mi cuello y la pelea de mi rodilla con el zanco izquierdo no me dejaría cumplir con la nobleza que requiere el oficio costalero y despedirme marcando yo el momento y no un parte médico. Llegó el Domingo de Ramos y estalló la Gloria de una semana que cuenta el tiempo al revés. Y sólo Él sabía como sería mi final en la parihuela azul. Cambié el relevo con un compañero, para hacer la entrada. Mi cuadrilla hacía salida... Vi salir al Señor y le prometí ir debajo en la entrada y rezarle muy cerquita, pero llegó la nefasta lluvia casi al final del recorrido y, la cuadrilla que iba debajo en ese relevo (que era precisamente la mía), salvo un costalero de la otra, en mi querido zanco que tanto he sufrido y disfrutado, al que yo le había cambiado el tramo para hacer la entrada, no se salió ya del paso y fue quien lo guardó. Yo, por lo tanto, con todo planeado y orquestado para arriar por última vez al Maestro, no hice ni salida ni entrada y sí ambas cosas mi cuadrilla. Así lo quiso el Señor dando muestra de grandeza: sólo Él sabe cuándo es el momento. Mi ultima chicotá en el Prendimiento se hubo consumado sin yo saberlo. Mil gracias de nuevo. Ahora visto el terno negro.

Y ya sí que sí. Con la espalda y la rodilla lastimadas, el recuerdo de haber paseado también al Nazareno, por dos veces, en el año 2017, de haber sido costalero en Sevilla en la Hermandad del Valle bajo el paso de Nuestro Padre Jesús con la Cruz al Hombro y tener la conciencia tranquila de haberme entregado todo lo que he podido, llegaba el momento. Treinta años de oficio costalero y mucho dolor en la rodilla. Era la hora señalada y no podía ni debía pedir más prórroga. Se descubrió el presagio, pues el dolor en la articulación no hacía sino mandarme un mensaje claro: has sido un privilegiado y la hora ha llegado. No tenses más. Tuve que claudicar e ir al médico en mitad de la Cuaresma: rotura parcial del ligamento cruzado posterior, condropatía rotuliana y ganglión intrasustancial en la rodilla izquierda. A mi vida de costalero, ya sólo le quedaba un ensayo y un Miércoles Santo. Un último esfuerzo, con miedo y con refuerzo te voy a pasear de nuevo. Aunque el verdadero esfuerzo será no volver a ser costalero. Cuando arrie el paso al final de acariciar el Perchel por última vez ya te habré dicho todo. Pero me voy feliz y contento. Mi Señor de la Bondad, mi Flagelado eterno, mi amado Rey de Reyes, gracias, gracias y gracias por tenerme treinta años en tu reino. He sido muy afortunado y siempre me has permitido estar a tu lado sin lesión, sin accidente, sin faltar a la cita en tu parihuela. Entiendo tu mensaje y te doy mi eterno agradecimiento. Pedí al capataz hablar en el corro a los hombres buenos que te llevan con esmero y me rompí por dentro. Lloré con pena y con sentimiento, porque era mi último ensayo con ellos. Cuídalos, cuídalos siempre. Los quiero a rabiar. Muchos ni habían nacido cuando yo ya te llevaba sobre mi cerviz... He crecido junto a ellos y hemos vivido muchas cosas juntos. No sé vivir las cofradías sino es cerca de ellos. Y bajo tu paso me he hecho hombre de verdad. Esta vez sí: llegó el momento. Debo dejar el hueco. Treinta años en tus maderas rezándote a mi manera. Era el año 1995 y ya es el año 2025. Gracias de nuevo por haberme protegido. Me puse el costal por primera vez contigo y contigo será la última. Sólo queda disfrutar de nuevo. Así lo hemos escrito y quiero que me dejes cumplirlo. Por siempre, tu costalero. ¡Ahí quedó!

lunes, 9 de diciembre de 2024

SON UN MODO DE VIDA

Las cofradías son un modo de vida. Por lo general, sabemos cómo hemos llegado a ellas, pero no el momento exacto en que nos atrapan y nos hacen suyos. Y en ese preciso instante nuestra vida cambia para siempre. Se instala en nosotros un modo de vivir en el que dependemos de las mismas. Y, ojo, es inevitable. Por más que intentemos separarnos por un tiempo o que con los años las veamos con otras perspectivas, es imposible la separación. Siempre estamos pendientes de ellas y de sus avatares. Y aunque hayamos salido quizás escaldados de alguna, al contrario que el gato que del agua fría huye, no dejamos de querer saber cómo le va y nos alegran sus triunfos y nos entristecen sus momentos malos. Seguramente, en ocasiones, nos dan más penas que alegrías, pero seguimos amándolas. He conocido gente a la que las hermandades les han supuesto problemas serios y graves como pérdida de amistades, discusiones gordas y berrinches. Y se han alejado de ellas, claro. Sin embargo, nunca las han olvidado. Su hermandad sigue siendo su hermandad. Porque ese tema es una verdad como un templo. A los amantes de este mundillo nos gustan las cofradías. Todas. Y luego, los cofrades, entre nosotros, nos pasamos horas y horas de barras de bar, de tertulias on line y de charlas con conocidos y medio desconocidos hablando y comparando unas con otras. Y despotricamos de "la nuestra" cuando no estamos conformes con su forma de ser o hacer. Porque los cofrades (y está contrastado) solemos ser hermanos de varias, pero una, sólo una es "la nuestra" de verdad. Nuestra hermandad. Y por más jaleos que nos haya dado o nos dé la misma, nunca nos separamos del todo ni la olvidamos. Siempre estaremos pendiente de lo que ocurre en la misma, de sus elecciones, de sus estrenos, de su fuero interno. Somos cofrades y las cofradías son un modo de vida.

Es curioso cómo generamos vínculos con nuestra hermandad. Lo mismo hemos llegado a ella por motivo familiar, ya que era la hermandad de nuestro abuelo, de nuestro padre y ahora nuestra. Nos hicieron hermanos al nacer y crecimos en torno a la misma. Y nos sentimos identificados con ella. O no. Y nos vamos nosotros mismos a otra. Pero si hacemos eso es porque ya somos cofrades. No sé si me explico del modo que quiero, pero sé que me entendéis. A quien no le gusta este mundillo y lo hicieron hermano de una cofradía desde niño, si no le gusta, finalmente se va. Pero aquel que encuentra el encanto de este mundillo que decía y, mojando el pan en su salsa, se relame, ha caído en este modo de vida y si se va de la hermandad donde lo apuntaron para hacerse de otra por decisión propia, ya ha entrado en este modo de vida cofrade. Ya vivirá ligado siempre a los devenires de un redoble, las volutas de un incensario, el sonido de un llamador, la luz de una candelería y las decisiones de una junta de gobierno. No habrá día en que no haya acercamientos y distanciamientos. No pasará semana alguna sin que la espera de un nuevo Domingo de Ramos lo remueva. Y no pasarán los años, sea del modo que sea, sin que esa persona cofrade viva con la llama de las cofradías encendida.

¿Y por qué vamos a una cierta cofradía? Ahí radica también la esencia de este modo de vida que no sólo se compone de fe y devoción. Podemos ir a una cofradía (y cuando me refiero a ir, me estoy refiriendo a hacerse hermano) porque nos ha llevado la familia, porque están en ella nuestros amigos, porque nos gusta el andar de su misterio y/o de su palio, por las actividades que desarrolla a lo largo de todo el año, porque queremos formar parte de su cuadrilla de costaleros, porque queremos ser nazareno en la misma o por muchas y variopintas causas más. Si además de todo ello, ya era o se convierte en "la nuestra" seremos de ella siempre. Pero, ojo, no creo que sorprenda a ningún cofrade lo que ahora voy a decir y sé que lo va a entender: se puede ser hermano de una cofradía y no tener devoción a sus titulares. Por supuesto. Suena extraño, pero es así. Y eso no quita que se trabaje y se cumpla con dicha hermandad, pero la cara que se ve internamente cuando se reza el Padre Nuestro o el Ave María no es la de las tallas de esa hermandad, sino las de "la nuestra". Y eso no quiere decir que esté mal. Es el mismo Dios, la misma Virgen, la misma fe, pero con distinta advocación. Y en esa hermandad están mis amigos y saco con ellos el paso. Y en esa hermandad está mi familia y visto la túnica con ellos. Y en esa hermandad está mi pareja y hago vínculos con ella y su devoción y yo me la llevaré a la mía. Eso sí, también hay que decirlo, lo que ocurra internamente en esa hermandad jamás nos alegrará o dolerá en el alma como lo que ocurra internamente en "la nuestra".

¡Qué poder de atracción tienen que cuando entramos no podemos salir! ¿Y qué decir de sus puestas en escena? Eso, seguramente, es lo que más nos amarra al soñar con ellas tanto en recuerdos como en momentos venideros. Nos gusta recordar ese primer izquierdo de un misterio a los sones de la Marcha Real que se nos quedó grabado en la retina. O la primera voz ronca del capataz de un paso en silencio, cuando llega el estipe de la cruz a la ojiva de piedra del templo y retumba "¡los dos costeros por parejo a tierra!". O el clan-clan de las bambalinas del palio de nuestra hermandad cuando se pierde entre la gente y los acordes de la marcha que interpreta la banda de música. Esos momentos son la vida para un cofrade. Se anclan en el alma y el más profundo baúl de los recuerdos y los deseos de revivirlos de nuevo. Y no dejan de aflorar continuamente en nuestra sesera cuando venimos cansados del trabajo a casa. O cuando se intuye la Cuaresma. O cuando en el chiringuito de las fiestas del barrio nos juntamos cuatro o cinco cofrades y hablamos de ellas, de las cofradías, de lo que nos provocan internamente, de nuestro mundillo del costal, la corneta, el traje negro, la túnica y la cera. ¿Hay algún cofrade que pase un sólo día de su vida, uno solo, sin silbar o tararear una marcha, sin contar los días que quedan para un nuevo Domingo de Ramos, sin acordarse de algún retazo de la última Semana Santa o sin revivir en su mente un recuerdo de su cofradía? Ninguno. Y vuelvo a lo que decía al principio: quizás las cofradías nos hayan dado algún disgusto gordo. Pero siempre vence el sentimiento. Porque somos cofrades y la devoción y la fe están por encima de lo humano. Y si es de "la nuestra", más. Las cofradías, los que somos cofrades, siempre las tenemos presentes de una manera u otra. Son un modo de vida.

miércoles, 10 de abril de 2024

SEMANA SANTA 2024

Detengan ya su lectura si lo que creen que van a descubrir en estas líneas es el resumen de lo que ha sido esta última Semana Grande. Creo que lo que ha sido ya lo saben todos: a nivel cofrade, un desastre y a nivel hidrológico, una maravilla. Nada puede haber más horroroso para los que amamos la cera y el incienso que pasarnos mirando al cielo de Domingo a Domingo y no ver un sol pleno y radiante sobre fondo azul, sino ver oscuros nubarrones cargados con el peor de los presagios sobre un fondo amarronado por el polvo en suspensión de la calima. Y nada puede haber más bello para la gente cuyo pan depende de los campos que recibir dos borrascas consecutivas, descargando agua de tal manera que los embalses hayan pasado de estar al diez por ciento de su capacidad a estar al ochenta por ciento en siete días. No recuerdo cosa igual en todas las Semanas Santas que he vivido. Horrible de pitón a rabo. Y tampoco recuerdo haber visto correr los regatos de agua por Sierra Morena como lo hacían este pasado Jueves Santo. Imaginad mi cara en el AVE dirección a Sevilla viendo el panorama y sabiendo que, muy posiblemente, no viese ninguna cofradía en la calle y todo hubiera concluido para mí con la entrada, también lluviosa, de la Hermandad del Prendimiento el Domingo de Ramos. Este año sí que sí era el día en el que todo comienza y a la vez acaba. ¡Qué desastre! No soy amigo de las matemáticas pero con un sólo dato os podréis hacer a la idea: tan sólo la tercera parte de las cofradías de Ciudad Real, ocho de veinticuatro, pudieron hacer su estación de penitencia en toda la Semana Santa. Y en mi querida Híspalis, de poder haber disfrutado en la calle de veintiséis cofradías que son las que suelo ver discurrir los días que estoy allí, puedo sentirme muy afortunado de haber visto cinco de ellas que lograron salir. Nada más. Lo dicho, poco hay que resumir, eso sí he tenido cosas bellas, bellísimas. Y es lo que hoy vengo a plasmar.

Empezaré por una que no puedo pasar por alto y dejaré la mejor para el final. Viernes Santo en Sevilla. No había salido ninguna de las cofradías del día, ni de la Madrugá, ni de los dos días anteriores... Llovía a cántaros. Cumpliendo mi tradición de la vigilia había comido bacalao con tomate y la cena estaba clara: pescaíto frito en mi querida Freiduría La Isla. Tras ello y sin tener otro perejil mejor que mondar, el grupo que estábamos encaminamos nuestros pasos al bar Lairén, por aquello de que somos "jartibles" y viendo cofradías o sin verlas hablamos de ellas y podemos pasarnos así horas. Pedimos el chispalibre nuestro de cada día (no sería malo, ¿verdad?) y comenzamos nuestra tertulia. Gran parte de las cuadrillas de la Soledad de San Buenaventura y del misterio de la Conversión del Buen Ladrón (Montserrat) estaban allí. Se respiraba ambiente costalero puro y estábamos rodeados de sudaderas de hermandades, botines negros y bolsas con costales y fajas. Sonreí recordando aquellos años en que fui costalero del Cristo de la Cruz al Hombro de la Hermandad del Valle y también llovió. Sabía lo que eran esos momentos y agarrarnos a la máxima "día sin pasos, día de vasos". Abrazos, alguna lágrima, mucho humor y whiskys y gintonics. De repente veo caras conocidas. Precisamente de aquellos años. ¡Pero leche! ¡Canalo! ¡Agustín! ¡Pedro! ¡Carlos! Antiguos compañeros míos, costaleros de aquella cuadrilla de la que fui y que ahora lo son de otras. ¡Qué bonito reencuentro! Años sin vernos, más de diez, quizás. Y de nuevo juntos hablando de lo que nos gusta, sintiéndonos todos iguales, dándonos abrazos y besos de hermanos, mirándonos con ternura los morrillos aflorados por los kilos paseados sobre el costal y diciéndonos que llevamos ya más de media vida en este mundillo de la arpillera y seguimos siendo los pies de Dios en la tierra. Siempre me he sentido uno más de vosotros y siempre me habéis hecho sentir así. Raza costalera pura en mi amada Sevilla y si no hubiera sido por la nefasta lluvia no habría ocurrido este recuerdo tan precioso que hoy albergo. Caricia de Viernes Santo que para mí guardo.

Justo el día anterior. Jueves Santo. Sevilla. Cuatro y media de la tarde. Las previsiones meteorológicas son tan horribles que ya hay cofradías que han suspendido su estación de penitencia y el resto empiezan a hacerlo. Finalmente no sale ninguna de las siete. Yo aún sensible por no haber podido salir con mi hermandad de toda la vida, la Flagelación, hacía menos de un día, Miércoles Santo, veo que me quedo sin las estampas anuales que tanto me gusta vivir en Siviglia y que por la noche la Madrugá tampoco será la noche más mágica y bella del año. Al final ocurrió lo esperado: ninguna de las seis cofradías que dan lugar a la mezcla de contrastes entre la algarabía de Triana y el silencio ruán del centro salieron a las calles. Pero antes de eso, me dediqué a visitar a algunas de las hermandades, entre chubascos y los armaos desfilando, en sus templos de salida, abiertos de par en par para que todos pudiéramos ver lo que podría haber sido y no fue. Y antes todavía, el pellizco al alma que cobijo en los recuerdos... Las cuatro y media de la tarde, decía. Decido ir a los Santos Oficios con uno de mis compadres. Un año fuimos al Gran Poder y este año decidimos ir a la Magdalena. Ojo. Cuidado. Parroquia seria y rancia. Con decir que es sede de la Quinta Angustia y del Calvario, todo aquel que sepa de cofradías ya sabe de lo que estamos hablando. Por ello me la esperaba medio vacía y con gente de avanzada edad. ¡Qué cara la mía! ¡Llena! ¡A rebosar! Tuvieron que dar la comunión seis ministros del altar. Y tomen buena nota aquí y apúntelo quien lo tenga que apuntar: estaba llena de gente joven y cofrade porque la mayor entrada de juventud a la Iglesia la traen las cofradías. Sonreí y fui feliz. Un "misón" de hora y media, casi, entre unas cosas y otras. Gente joven y cofrade, repito. La Iglesia llena. Agradabilísima sorpresa. Y sí, si no hubiera sido por la lluvia tampoco me habría dado ese gustazo de ver cómo las cofradías hacemos Iglesia aunque la propia Iglesia no lo crea. 

Y llego al final que ocurrió al principio. Y fue tan bello el principio que, para mí, aunque hubiera sido de verdad el final (y en parte lo fue), nadie me quitaba la felicidad tanto interna como externa. Anticipo antes de contarlo que el Sábado Santo sí salieron las cofradías a la calle, ¡menos mal! y pude cumplir algunos de los ritos que me gustan, como conversar con el Padre Joaquín, Preste de la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo o despedir la jornada con el palio de la Trinidad. Si no llega a ser por la tregua que dio el tiempo esa jornada, me vuelvo a casa sin haber disfrutado en Sevilla de ninguna cofradía. Bien, a lo que iba. Al principio. Domingo de Ramos. Día que jamás imaginé que me regalaría un recuerdo imborrable y que volvería a comprobar la grandeza de Dios y a vivir en persona, una vez más, que, como dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone. Tenía hablado con el capataz y con mis compañeros de cuadrilla que este año me retiraría de las trabajaderas de mi querida parihuela azul del Prendimiento, por lo que me dieron un relevo especial para que hiciera la entrada y disfrutase emocionado del último "¡ahí quedó!" que escuchase como costalero del Rabí de la blanca túnica. De esta forma, a mí que me tocaría la salida, no la haría y la cedería a otro costalero y éste, a cambio, me cedería a mi la entrada. Y ocurrió que apareció la lluvia y se modificaros los planes. La cofradía cambió recorrido y horario, se quitaron relevos de las cuadrillas y, finalmente, quiso el Señor que mi cuadrilla, que hubo hecho la salida, hiciera también la entrada. Y yo, que había cambiado esas chicotás, estuviera fuera y no hiciera ni salida, ni entrada. Y es más, la última vez que me quité el costal sólo Él sabía que lo era, pues yo aguardaba todavía a un relevo que ya jamás ocurrió. Así lo quiso el Cautivo y así se hizo. Eso sí, me regaló en la retirada el debut de mi hija en este mundillo de la Semana Santa. Su primera vez vistiendo la túnica y, romanticismo de la vida puro, calzando las sandalias que yo mismo usé cuando tenía sus años. Salirme de debajo del paso, acercarme a los tramos infantiles y ver a mi hija feliz es lo más preciado y bello que he tenido este año. Simplemente por eso ya todo mereció la pena y hará imborrable esta Semana Santa. Lo demás, son renglones torcidos de Dios que algún día lograremos leer rectos. O quizás quien escribe derecho es Él y nosotros lo leemos torcido. No ha habido nazarenos, pero el Guadiana ha vuelto correr donde no lo hacía. Sólo Él lo sabe. Y eso es tan bello como los tres retazos que hoy quería conservar escritos. ¡A la Gloria!

lunes, 18 de marzo de 2024

DOÑA CUARESMA

"Que los años se rompan en el tiempo pero el amor del costalero siga vivo". Con esa célebre frase del capataz Manolo Santiago, me dirijo a ti, querida Cuaresma. Hoy vengo a desgranarte, iluso de mí, como si tú no lo supieras, los sentires que me emanan al recorrer tus días camino de una nueva Semana Santa. Mentiría si no dijera que con la edad he aprendido a quererte y aunque mi amada sea esa fecha que arranca en el Domingo de Ramos, con la exhalación de un suspiro que todo lo explica, contigo, desde niño, ya revoloteaba en mi interior el cosquilleo que a todo cofrade invade cuando casi roza ya con las yemas de los dedos sus fechas más queridas. En definitiva, las vísperas. Esos días que te dan forma y que llegado el Domingo de Pasión prácticamente desabrochan ya los sentimientos retenidos y los dejan escapar por la puerta ojival de San Pedro, en unos días preciosos que navegan hasta el puerto de un palio azul y plata que amarra los Dolores del Perchel en la tarde noche más querida por el viejo barrio pescador. Y cuando se apaga la última luz de la candelería queda tan sólo un día, uno nada más, para que la rampa eterna hacia el arco de palmas y olivos explote de júbilo y podamos exclamar que ha llegado la Gloria. Eso sí, la Gloria de una semana que cuenta el tiempo al revés y nada más comenzar comienza a defenecer. Por eso en ti, querida Cuaresma, radica la gracia de la espera y hay que saber paladearte, aunque me enamore quedarme dormido en la revirá de un misterio la noche del Domingo de Ramos o en un cirio derritiéndose al compás de miles de corazones que lo arropan llegando a Correduría, donde la Alameda empieza y dicen que en un balcón que estaba en las Siete Puertas, cantaba el Niño Gloria saetas al pasar la Macarena.

Sin duda son estos cuarenta días con sus cuarenta noches unas fechas especiales que aglutinan, a veces solapando unas con otras, las realidades de unos sueños tantas veces imaginados que toman su esencia de los ensayos de las bandas matizando las marchas nuevas a estrenar, de los golpes del cincel del imaginero perfilando la imagen secundaria que está restaurando, de los sempiternos nervios del prioste al perder el concilio nocturno recordando que tiene que apretar más la tuerca de la peana, ¿cuál?, no preocuparse que él lo sabe, vosotros preocuparos de lo vuestro y de seguir haciendo realidades esos sueños que decía sacando la papeleta de sitio de vuestro hijo por vez primera, arropando a vuestro amigo, el pregonero, que este año sube al atril a poner voz a su cofradía en un momento íntimo y mágico en el que desnuda su interior, siendo conscientes de que estas fechas sirven también para el reencuentro, tantas veces igualmente soñado e imaginado, de compartir con esos amigos que la pasión compartida nos ha ido regalando y añadiendo a nuestras vidas, una charla sobre cofradías en torno a una recién acaba tertulia, mientras aún humea el incensario deshaciéndose en vaharadas que retienen a la vez que exprimen esta preciosa cuenta atrás llamada Cuaresma. ¡Cuarenta días y cuarenta noches! Pero, ¡qué cuarenta días y qué cuarenta noches!

E inmersos en la más preciada cuenta atrás de la que disponemos los que pasamos la vida arremolinados en torno a una sensación que no puede describirse con palabras, me deleito observando las miradas, por donde habla el corazón sin necesidad de voz. Contemplo las pupilas estallantes de júbilo de un aspirante que en la igualá a la que lleva unos años asistiendo, por fin, recibe el golpe en el hombro del capataz diciéndole que es bienvenido al oficio más bello del mundo, pasear a Dios y a su Santa Madre y por salario disfrutar nada más. Me extasío en los atriles donde se pregonan cofradías en la intimidad de sus hermanos, allá donde la voz nace de las entrañas del sentimiento y vuela como un dardo que se clava en el centro del alma de quienes escuchan ese sentir compartido que los une y aprieta en torno a un mismo Titular, sabiendo que nadie que no forme parte de su hermandad lo entenderá y vivirá igual que ellos. Que todos somos cofrades, sí, pero que los de Pilatos son mucho de Pilatos, los de la Coronación son mucho de la Coronación y los del Nazareno son mucho del Nazareno y nadie mejor que uno mismo para saber y entender lo que acaece en su seno interno y desbordarse en sentires de amor propio para con los suyos. Me embeleso en el ajetreo de una alacena que consume las vísperas como enseñaron las abuelas, entre bacalao, escabeche, flores de sartén, torrijas, pestiños y una cocina de tradición y costumbre que se repite año tras año compartiendo con la Navidad la mezcolanza del reencuentro y el recuerdo. Y todo eso ocurre en tu seno, Doña Cuaresma. ¡Como para no quererte!

Siempre igual y siempre diferente. Llegan las calendas a febrero o a marzo y el Martes de Carnaval con ellas. Y al finalizar el día, cuando el último grano de arena del reloj agota el tiempo de su cono de vidrio y salta la hora a un nuevo día, a la misma hora que Cenicienta debía volver a casa, comienzas tú. Y contigo el Miércoles de Ceniza y los cuarenta días que te dan forma y plazo para la explosión de la gloria cofrade en un nuevo Domingo de Ramos donde todo comienza. Entre tanto, ensayos, montajes, vigilia, papeletas y cirios. Y en la mente la idea firmemente amarrada de que la vida entera cabe en un paso de palio. Eso eres tú, Cuaresma. La vida misma, la perfecta conjunción de la costumbre trasladada de generación en generación para que perviva siempre la liturgia del hogar en torno a una misma creencia. ¿Te has fijado, querida, la luz que desprende un Domingo de Laetare cuando con rosas vestiduras una madre lleva a su recién nacido, apenas recién recibido el bautismo, a engrosar la nómina de hermanos de la cofradía de su padre? ¿Te has parado a contemplar el ritual costumbrista que exprimiendo las vísperas ocurre en una misma familia, al mediodía del Domingo de Pasión, siempre en torno a Él, a quien nuestros abuelos llamaron Jesús, nuestros padres el Nazareno y nosotros el Señor? Fíjate, Doña Cuaresma. Fíjate. Contempla que en tus días brillan las calles distintas. Los viejos olmos del Prado salen de su letargo porque en la Catedral se presiente lo que está por llegar. La Merced se perfuma de grandeza al convertir su Pasaje, por unos días, en el corazón de la ciudad. San Pedro engalana su rampa porque será acariciada por pisadas costaleras anunciando la más grande de las llegadas. Los barrios más allá de Rondas son júbilo puro porque sus vecinos más queridos volverán a hasta el Camarín de la Patrona. Y de mi Perchel, ¿qué decirte? En el muere tu espera y nace cada año tu primavera. Y entre tanto alguna sorpresa. ¡Como para no quererte, Doña Cuaresma! Llévanos siempre a la Gloria.

jueves, 18 de mayo de 2023

REMEMBRANZAS DE LA SEMANA SANTA 2023

Ahora que han pasado unos días y puedo volver la vista atrás, se me llena la mente de los cercanos recuerdos vividos esta última Semana Santa. Ha sido, sin duda, de las mejores que puedo recordar. He tenido de todo y he sido muy feliz. Momentos de tradición pura, de costumbre, de familia, de costal, de volver a salir con mi amada Agrupación Musical, de llenarme de Esperanza y macarenismo en las callejuelas de Sevilla, de disfrutar las cofradías con familia y amigos y de volver a vivir un Santo Entierro Magno, evento que ya tuve la dicha de vivir en el Sábado Santo del año 2004 y que no sabía si tendría la fortuna de revivir, pues son acontecimientos históricos que se orquestan sólo por causas muy concretas y no son fáciles de repetir. Así pues, ahora que la botella de las vivencias va dejando su poso en el vaso del alma, es el momento de plasmar unas líneas acerca de lo vivido, para que cuando las lea y relea pasado un tiempo, brillen de nuevo esos recuerdos con la nitidez que el buen gusto de la felicidad pasada les otorga. Una Semana Santa difícil de olvidar y cargada de muchos momentos preciosos en los que podrían haber girado más despacio las agujas del reloj, pues el aura mágica que los rodeaba bien era propicia para ello y, ojalá, hubiera estado en mi mano detener el tiempo, pero el encanto de lo sublime es precisamente eso, su perecimiento a manos del péndulo temporal. Eso es lo que, precisamente, nos deja ese regustillo en el paladar que nos despierta la consciencia de que lo vivido ha sido magnífico. Y, hoy, con el buqué del buen vino acontecido en esta incipiente primavera, es el momento de escribir per saecula lo sentido.

Si bien el día que la Gloria comienza es el Domingo de Ramos, el descorche de sentimientos apretados tiene lugar en casa, por costumbre y creo yo que por tradición también, pues así viene siendo desde que era niño, el Viernes de Dolores. Cuando la cocina huele a leche con canela y limón y las primeras torrijas se bañan con un jarabe hecho con agua, miel, azúcar moreno y una estrella de anís (truco que me dio el propio Alberto Chicote), me evocan esos sabores de nieto que marcaron mi memoria en la calle Altagracia y empieza la Semana Santa. Se intuyen por el Perchel balconeras que anuncian el día grande de Dolores, se enciende la primera candelería y se ponen sobre las incandescentes pastillas de carbón las adecuadas cantidades de incienso, resultando un éxtasis cofrade que sirve de preámbulo a lo que ha de llegar y, a la vez, de cierre a las vísperas que se iniciaron cinco días antes al salir el Nazareno por la ojiva de San Pedro. Así empezaron los días grandes que vengo a almacenar en el vivo recuerdo de las letras. Y cuando amaneció el Domingo de Ramos y el astro rey brilló con fuerza, mi mirada se clavó en la del Rabí de los Ángeles, anunciándole que iba a pasearlo de nuevo y que poco me queda bajo su reino de madera, pues he empezado mi retirada del costal y mi arpillera ha de consumirse allí donde por vez primera rozó una trabajadera. Fue un Domingo de Ramos espléndido en el que mi hija continuó acercándose a esta bendita locura que son las cofradías y se durmió soñando ser nazarena, mientras su padre derrochó corazón en el zanco izquierdo de esa parihuela azul, revestida de caoba y plata que eleva un olivo a los Ángeles que escoltan la Salud de un barrio.

Y tras un Lunes Santo vacío de cofradías, pero cargado de costumbre en mi casa, llegó un día muy esperado que muchos no creían que llegaría: cuando vistiera el uniforme de la Agrupación Musical Santo Tomás de Villanueva. El pasado Martes Santo hacía exactamente veinte años desde que un grupo de jóvenes, entre los que me enorgulleció estar y me enorgullece, más aún, haber seguido a su vera, fundamos tal corporación. Justo el año que se estrenó el uniforme de gala debí abandonar sus filas por motivos laborales, pero estaría escrito en los renglones torcidos de Dios que algún día y en preciosa coincidencia, me pusiera yo el atuendo que jamás vestí y estuviera rodeado de ellos de nuevo. Y ocurrió y emané felicidad por cada poro de la piel. No se me olvidará jamás. Fui escolta de "STV". Todo caras conocidas y la mayoría de los que dimos a luz a la formación musical nos juntamos de nuevo tal día. Fue, sin duda, el regalo más grande que me hizo la pasada Semana Santa, con la venia del Santo Entierro Magno y los retazos que me dejó bien cosidos al alma. Pero antes de ello llegó El Miércoles Santo, unido a la madrugada del día anterior, cuando me quité el traje que no sé si volveré a vestir, aunque confío en el destino que ya me lo ha puesto una vez. Dicho día es de Bondad y Consuelo. Y no puede ser de otra manera, ni lo concibo, ni quiero. El mágico y sagrado ritual de dividir en tres partes el costal y poner paño con paño dos de ellas para hacer de la tercera una cuna de arpillera, lleva repitiéndose en mí veintiocho primaveras, para alcanzar la gloria bajo el altar itinerante de la Bondad de Dios por las calles. ¡Cuántas horas de raza costalera meciendo la cara que veo cuando rezo el Padre Nuestro! Y fue magistral este año aunar juventud y veteranía en las maderas. Me sentí pleno y mi hija me esperaba en el relevo por si todavía no era suficiente todo para decir que estaba en el mismo Cielo...

Cuando llega el Jueves Santo en mi corazón huele a Sevilla. Y allá que voy a cumplir la cita con una mujer que dicen que vive en San Gil y se llama Macarena. Me ha costado años encajar las piezas de mi Semana Santa. Y digo mía porque he estado mucho tiempo estudiando los días de la Semana Grande, hora por hora, hasta encadenarlos de tal manera que un cuarto de hora puede cambiarlo todo. Así he logrado hacerme el plan exacto para poder disfrutarlo todo al máximo: todo lo que quiero y todo como lo quiero. Las cofradías que quiero ver, donde las quiero ver y con quien las quiero ver. No pregunto, sino que afirmo. Y me da tiempo a disfrutar de la receta que más tardo en hacer: el bacalao con tomate del Viernes Santo. Ese tomate frito que empiezo a freír en la decadencia del estío y que guardo en tarros, aguarda a juntarse con el bacalao enharinado que frío el Miércoles Santo y, todo unido y metido en la maleta que vendrá a Siviglia, toma el gusto del majado de ajo que lo acompaña. Meses pasan desde que empiezo a elaborar el plato hasta que lo degusto. Y entre tanto los Negritos, la Exaltación, las Cigarreras, el Valle, Montesión, el Señor de Pasión, la Quinta Angustia y la amanecida más mágica del año, cuando sale el Gran Poder y Triana es un tumulto. Y cuando la negrura de la noche se confunde en el cielo con el color del agua anisada y no sabe uno si ya es el alba o aún sigue de madrugada, la Sentencia del Señor, escoltado por un mar de plumas blancas, va volviendo a su templo donde habita la Esperanza. Y allí, año tras año, aguardo al mediodía para volver a ver tu mirada. Y reencontrarme con mi gente... ¡Anda que no cabe nada entre que cojo la maleta y me enfrento cara a cara con la vigilia del Viernes Santo! 

Recién desanclado de una siesta reparadora, me regaló este año otra dosis de costumbre y tradición. Un Viernes Santo de romanticismo cargado de sentimiento. Sirve ver la Carretería o el discurrir de San Isidoro para llenar otro cajón del alma de recuerdos que se suceden (y así siga siendo) año tras año cuando la memoria se despereza de nuevo. Y qué decir, entre otras, de la O de ida y de Montserrat de vuelta en la revirá, a poco de salir de Molviedro, de Doña Guiomar con Zaragoza, allí donde se conjugan, al cerrar los ojos, los olores de la memoria en una mezcolanza de cansancio, incienso y años de costumbre y papelones de pescaíto recién traídos de La Isla, donde, a fuerza de ir durante ya casi tres décadas, me conocen y saludan dos generaciones. De la que viene del Puente de la Expiración ya está todo dicho diciendo que el Cachorro nunca ha visto ni Sevilla, ni Triana, sólo ha visto los balcones y las tejas de la Cava, sólo ve a los saeteros y las blancas espadañas, Él no ha visto nunca el río, ni el barrio de sus entrañas... Por eso este año lo vimos dos veces: el mismo Viernes Santo y el Sábado Santo en el Santo Entierro Magno. O Grande, como se le dice comúnmente. ¡Y tan grande! No podían salir mejores pasos en tal evento. Además de las cinco cofradías del día, otra vez Roma paseando por Sevilla dejó el regusto de las cosas bien hechas en una entrada de ensueño, en la que sonando "En tus manos macarenas", se perdía, de noche en vez de al mediodía, el paso del Señor de la Sentencia entre el atrio y su basílica. Rafaé, esta vez con plumas rojas, a lomos de Calamar, marcaba el andar del Cristo de las Tres Caídas que se daba cita con el Soberano Poder de San Gonzalo, a los sones de Virgen de los Reyes, en una jornada de ensueño. Por otro lado el Cristo de la Victoria proclamando la Paz, mientras las Cigarreras volvía a pasear su Columna y Azotes, a la vez que Judas daba un beso de traición al Maestro en un derroche de costalería por los Jardines de Murillo y la Amargura venía al compás de su marcha a guardarse en San Juan de la Palma. Otras tantas cofradías, al mismo tiempo, seguían dando testimonio de fe por las calles de una mágica y mítica Serva la Bari. ¡Imborrables serán los recuerdos de lo vivido! Si ya los revivo escribiéndolos, veré yo mismo, cuando el olvido quiera hacer su aparición, la sorpresa del tenerlos escritos y saborear las vivencias de nuevo. Enorme suerte el haber vivido un Santo Entierro Grande de la magnitud que tuvo el mismo. Otro regalo digamos que de la Diosa Fortuna, pues el verdadero Dios se encontraba por las calles sobre la cerviz de sus costaleros y así fue hasta el final de esta maravillosa Semana Santa 2023, cuando en su advocación milagrosa de la Resurrección, muy cerquita de Santa Ángela de la Cruz, el Domingo que lleva su nombre, puse el punto y final a la colección de remembranzas que hoy narro, mientras aún suena en mi sesera el clan-clan de las bambalinas del palio de la Aurora y doy gracias por lo vivido, disfrutado y sentido en esta última edición de los ochos días que conforman la Semana más esperada para los cofrades, cuando dejamos de soñar lo vivido y volvemos a vivir lo soñado. ¡Para vivirlo! ¡Abajo sin martillo!