Decía un antiguo pregonero: "Tempus fugit, nazareno del Amor, la vida no es más que un seise al que le cambia la voz. El blanco antifaz de la vida en negro ruan se tornó". Y tengo esa frase marcada en el alma. Jamás tal parábola escrita para cofrades podía describir tan bien el avance del tiempo. La Hermandad del Amor de Sevilla procesiona con el paso de la Borriquita a partir del mediodía del Domingo de Ramos, con nazarenitos blancos en una explosión de júbilo y alegría cuando esos pequeños capirotes blancos bajan por la "rampla" del Salvador. Sus caras de niños van cubiertas por blanca tela, color de la inocencia y carencia de mácula en sus almas. A la media tarde regresan al templo y sale otra vez la cofradía, pero esta vez con los pasos del Cristo del Amor y de la Virgen del Socorro, alumbrados por altos y adultos nazarenos vestidos con túnica de ruan negro, color del desgaste y las manchas adquiridas por la experiencia. Un resumen maravilloso del rápido transcurrir del tiempo. Lo que por la mañana eran niños vestidos de blanco, al ocaso del día son adultos vestidos de negro. En un parpadeo pasa la vida. In ictu oculi. Y como los niños nazarenos dan caramelos a la gente que hay viendo la procesión, seguía diciendo el pregonero que, cuando esa misma persona que salió siendo infante vestida de blanco, volvía de nuevo al templo ya con su túnica negra, ni se hubo dando cuenta que había consumido su tiempo y habían tornado del blanco al negro tanto él como los espectadores y "entonces un niño antiguo una mano le extendió, quiso darle un caramelo, pero ya no lo encontró". Y llevo días con recuerdos cofrades que me llevan a acordarme muchas veces de aquellas frases del pregonero...
Sería el año 1987, ¡qué lejano suena ya!, ¿verdad?, hablo de cuatro décadas atrás, era un año del siglo pasado y, sin embargo, quiero creer que no hace tanto. Era mi tierna infancia cuando la semilla cofrade que en mí depositaron mis padres comenzaba a enraizar. Aquella incipiente primavera vestía la túnica de la Hermandad de la Santa Cena y la calle Altagracia era mi hogar cofrade: mis abuelos, mis primos, mis tíos, mis padres... Todos estábamos allí en torno a la fuente de torrijas que había hecho mi abuela mientras se oían tambores por el Perchel. Algunos de aquellos ya no están y, sobre todo, faltaban muchos por venir. Hoy, paso por aquella acera donde se estrellaba el sol en las fachadas recién jalbegadas, miro al balcón de mi infancia y está vacío. Pende a jirones una parte del toldo que allí quedó abandonado y atisbo a contemplar una sonrisa en el cielo, entre beca verde universitaria y azul de la Dolorosa, mis recuerdos siguen evocando aquellos años. Parece que hubiera pasado un rato y, sin embargo, han pasado muchos años. Agarro la mano de mi hija y le cuento lo que yo viví allí, en ese balcón del un tercer piso de la calle Altagracia, porque ella, dentro de otro rato, recordará también lo que su padre le contaba hace años. La tuve en mis brazos en esa misma acera recién nacida y, desde hace escasas dos semanas, ya va camino de abandonar el conteo de cumpleaños con un única cifra. El tic tac sigue impasible.
Siguieron (y siguen) las agujas del reloj sus derroteros de giro hacia la derecha, sin volver nunca para atrás. Y con ello pasando los días, los meses, los años, las Cuaresmas... Y sin darme cuenta de lo que eso significaría cambié el blanco antifaz por una corneta. Iría a cara descubierta y comenzarían un par de décadas que, sin duda, me han hecho llegar a ser, cofrademente hablando, lo que soy a día de hoy, para bien o para mal. Me involucré en la música cofrade y, conforme pude, en el oficio costalero. Eso me llevó a mis primeras excursiones a Sevilla y a aprender a conocer y a vivir la Semana Santa que amo: la de la calle, la de las bullas, la de la revirá eterna de un palio en una estrechez, la de un misterio aguantando el solo de corneta para lanzar un izquierdo y quedarse de costero, la de las petalás en un balcón lleno de juventud y cajas donde un abuelo en su silla sonríe, la de un grupo escultórico que camina racheado, sin música, sin aplausos, derrochando arte en cada zancada, la de las vísperas preciosas viviendo cofradías desde dentro que a la vez que limpian plata prestan túnicas, la de las tertulias (y post tertulias) en la barra de un bar, la de la familia y amigos conjugados en un reencuentro de tradición, gastronomía y rincones... En definitiva, la Semana Santa de verdad. La que creo que es la de verdad. La que aquellos críos ochenteros y noventeros logramos ir adaptando y arraigando en nuestra tierra sin perder nunca nuestra génesis. Hoy en día citan una igualá en esta tierra mía y se congregan dos cuadrillas y aspirantes para un mismo paso. Antes de que yo empezase a tornarme en negro ruan apenas había peones y no sabíamos ni hacer bien un costal. Pasa el tiempo y veo con orgullo que aporté mi granito como honradamente pude a mi Ciudad Real querida.
Y hoy, creo que ya voy saliendo de la Carrera Oficial para empezar mi recogida. Quedaron muy atrás mis saltos de niño en el Domingo de Palmas y cada vez soy de más rancio abolengo en lo heredado. Me gusta (intentar) detener el tiempo en cada bocado de torrija con el sabor del almíbar de la miel que me lleva a aquel balcón de la calle Altagracia. Enseño a mi hija a entender las cofradías. Le explico lo duro que es para un músico ensayar todo el año, haga frío o calor, para mantener la embocadura y la afinación de las marchas para que, luego, se consuma todo en un instante que dura siete días contando el tiempo al revés. Y así, año tras año. Y el afán que pone una madre planchando la túnica de su hijo, esa que le hizo con mucha bastilla para irle sacándole del bajo un poquito a cada año y, sin darse cuenta siquiera, ya le queda corta y, por más que se suba los calcetines, la siguiente Cuaresma habrá de hacerse una nueva. Cierro los ojos y vuelo hacia atrás, hasta el año 1996. Aquel Miércoles Santo, a las siete de la tarde, fue mi primero bajo el Señor de la Bondad. Ni siquiera bajo su misterio. Únicamente bajo Él. Todavía no existía ninguna de las imágenes secundarias que hoy conforman la escena de ese barco que se va haciendo de oro para el Pescador de Hombres. Eran años también de blanco antifaz en los que mis manos igual daban un caramelo que lo pedían. Quizás era por entonces un seise al que le iba cambiando la voz. Y hoy, entre recuerdos, habitan en mí las palabras del pregonero. Por eso me empeño en exprimir las vísperas, las Cuaresmas, las Semanas Santas, porque para mí, sin ser nazareno del Amor, también siguen su carrera las agujas del reloj.
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