jueves, 17 de octubre de 2019

UNAS ACEITUNAS...

No es nada nuevo que me gusta estar activo, indagando, aventurándome a hacer cosas que me llaman la atención y a marcarme nuevos y pequeños retos que luego me den alegría. Y esta vez tenía en mente hacer una empresa que me trae recuerdos de infancia y que a la vez me despeja de la vida urbana. Algo tan sencillo como guisar unas aceitunas me lleva entreteniendo un mes. He hablado con gentes de campo para aprender de ellos cómo curarlas, cómo aliñarlas, si es mejor cortarlas o macharlas, si quedan mejor curadas con sosa o sólo con agua, etc. Y al final he ido extrayendo un poquito de cada uno hasta que he encartado cómo hacerlas a la manera que más me ha llamado la atención. Entretanto he descubierto cuestiones que ni sabía y he agrandado mi patrimonio de cocinillas tradicional. Jamás hube sabido que existía una máquina para rajar o machar aceitunas hasta que me enteré de casualidad. Y cuando lo descubrí no paré hasta hacerme con una y darle uso. No puedo estarme quieto, esa es la verdad. Así es que es por ser la primera vez que haré yo la faena de cero a cien, habrá aceitunas rajadas y machadas. Está claro que cogerán mejor el aliño que si simplemente las curo y las introduzco en el guiso sin darles ni un triste corte. ¡Vamos allá!

Cuando era niño recuerdo que mi abuelo de vez en cuando curaba unas aceitunas con sosa cáustica. Y en mi casa también lo han hecho mis padres alguna vez. Tal vez el despertar de esas memorias me ha llevado a la inquietud de querer hacer este trabajillo. Y la cosas como son, decidí ponerme manos a la obra definitivamente un día que estando de reunión dominguera con la familia de mi mujer, su tío Lucío sacó un tarro de aceitunas guisadas por él y el sabor me cautivó. Jamás en mi casa se hubieron logrado así. Observé que todas tenían unos cortes de navaja y me lancé a preguntarle: "¿las has cortado una a una? ¡Qué paciencia!" a lo que me dijo: "Una a una sí, pero con la máquina". Imaginad mi cara cuando oí lo de la máquina. "¿Una máquina para cortar aceitunas?". -"Sí, la hay y tiene la opción de machacarlas también. Así cogen mejor el guiso". La conversación entre dos amantes del campo y la lumbre estaba servida. Y esas cosas me encantan. Así es que interrogué, aprendí y me lancé a algo tan simple como guisar unas aceitunas. Parece una tontería pero me evade, me entretiene y me gustan esas cosas. Por eso le dedico unas líneas a unas meras aceitunas, porque en realidad, para mí, conllevan mucho más de fondo.

Bueno, lo siguiente fue hacerme con el instrumento necesario para cortar y/o machacar las aceitunas. Y como hoy en día todo se encuentra en internet, no tardé en encontrar una que satisficiera mis necesidades. Dicho y hecho. Ahora quedaba coger unos kilos de aceitunas y empezar la faena con ellas. Y hete aquí que uno es buen manchego y conoce gente por diversos lares y enseguida localicé buenos olivos con sus buenas aceitunas. Lo demás fue coger unos cuantos kilos de las mismas y emprender la tarea: machacarlas una a una y meterlas en agua. Eso sí, para coger las aceitunas "contraté" la mejor cuadrilla posible: mi mujer y mi hija. Fue una bonita mañana entre olivos y cuando ya íbamos a terminar de coger las mejores, llegaron refuerzos. Se unieron a coger las aceitunas mediante la técnica del ordeño mis suegros y sus amigos Ángel, Clara, Alfonso y Carmen. Hice unas instantáneas para mandárselas al dueño del olivar y decirle que le estaban robando, so pena de que precisamente era el mismo y propio Lucío y estaba avisado de nuestra visita a su terreno.

Por la tarde llevé las aceitunas al chalet de mis padres y allí limpié un capacho para echarlas en agua y lavarlas. Después es cuando empezaron el machaqueo y los cortes hasta que finalmente todas estuvieron de nuevo en el capacho preparadas para aguantar unos días cubiertas de agua que les vayan quitando el aceite y el amargor hasta que sea el momento óptimo para aliñarlas. Y en esas estamos ahora. Día tras día, por la noche, al llegar a casa les cambio el agua y les incorporo dos puñados de sal gruesa. El agua las va limpiando y quitando el sabor tan amargo del alpechín y, a la vez, mantienen su gusto tan característico, cosa que si se hace a través de la técnica de dejarlas una noche en agua con sosa cáustica diluida se pierde en parte. Y la sal sirve para darles entereza y que no se ablanden demasiado. Ya llevan cuatro días con cambio de agua y en una semana creo que estarán listas para ponerles el aliño. Haré de dos tipos: tradicional y con sabor a berenjena. Ya os contaré que tal pero su historia y su trastienda tendrán un sabor peculiar. Ya me conocéis. Lo dicho: ¿y para esto una entrada en el Rincón? Pues sí. ¿Unas aceitunas? ¡Venga!

lunes, 30 de septiembre de 2019

UN POQUITO DE COFRADÍAS

Y es que hay días que, no lo puedo evitar, pienso en ellas constantemente. A mí me enamoran las bambalinas de un palio cuando avanzan salerosas al son de la música y desprenden una perfecta cadencia de lado a lado. Esa imagen vista desde la trasera del paso, sin moverse, aferrado al sitio terrenal pero con la mente flotando, dejando que la estampa te abrace y te sumerja entre el sonido de la banda y la gente que avanza desordenadamente, mientras el paso sigue imprimiendo su andar y avanza despidiéndose de donde tú estás, esa es la Semana Santa. La vida entera cabe en un paso de palio. Y los sentimientos, recuerdos, añoranzas, esperanzas, deseos, sonrisas y lágrimas caben en una baldosa desde la que se contempla la escena antes dicha. Soy consciente de que quien es cofrade de verdad y está leyendo estas líneas se identifica con lo que narro. La felicidad con la que se viven las vísperas, la explosión de júbilo cuando llega el Domingo de Ramos, la intensidad de los días de la Semana Grande y la mezcolanza de tristeza y anhelos cuando se acaba el Domingo de Resurrección, son grandes y repetidos conocidos para nosotros año tras año, pero el aroma que desprende un palio de vuelta que se impregna en nuestras retinas del alma no es un "Hasta la próxima" es un "Hasta siempre", pues esos momentos son mágicos e irrepetibles.

Hoy me apetecía contarlo aquí en el Rincón. Sueño con esos momentos. ¿Y cuándo no? El año consta de dos espacios: el que vivimos soñando lo vivido y el que vivimos viviendo lo soñado. Y creo que no es sólo para mí para el que calendario corre así. En cada esquina imagino una revirá de un gran misterio, en cada templo una salida complicada de una cofradía de negro, en silencio, de las que impiden el aplauso con un nudo en la garganta y hacen abrirse los lacrimales mirando al Cielo y, en cada calzada, un reguero formado por innumerables gotas de cera que ya no sé si preceden al paso o escoltan la Cruz de Guía, porque sueño que sean tantos los nazarenos que al verlos en el cortejo no sepa distinguir si está más cerca el principio o el fin de la cofradía. Y mientras diserto todo ello conmigo mismo, me embriagan los sentidos melodías de cornetas y tambores y marchas de agrupaciones que hacen que, sin darme cuenta y sin evitarlo cuando recupero la consciencia, camine por las calles intentando seguir el compás de un bombo imaginario. Vivo soñando lo vivido. Pero insisto: ¿y cuándo no? Cuando lo vivo. Porque Ella vive en mí y soy soy parte de Ella.


En realidad los que amamos este mundillo de la cera y el incienso, del martillo y la trabajadera y de los solos de corneta, somos todos iguales aunque nos veamos tan dispares entre nosotros mismos. Vivimos perennes en una postal en la que nos acompaña siempre el perfume evocador de la semana grande igual que los vencejos al verano. No me niegue ningún cofrade que en el momento en que la mente tiene oportunidad, nos asalta la misma con retazos de nuestra pasión a ritmo de martinete, imparables, dominantes en su deseo de libertad, escapistas de una prisión soterrada bajo el yugo de la rutina de las cincuenta y una semanas del año que no son la mágica, pero que aguardan cualquier rendija para colarse y deslumbrarlo todo con una fascinante iluminaria cargada de sentimientos, como una saeta espontánea que surge entre el gentío cuando va la Macarena de vuelta y es aplaudida por la gente de Triana, porque eso nos une, porque somos así, porque donde hay un cofrade estamos todos los que lo somos, porque nosotros somos cofradías en sí, porque nosotros somos la más pura Semana Santa.

Me gusta detenerme a pensar en las cofradías siendo consciente de ello, pues inconscientemente ya lo hago a diario. Observo como antes decía que nosotros somos las cofradías. Y ahondo en la creencia de que unas hermandades que tienen siglos de historia gozan de su presente en nosotros. ¿Quién viste las túnicas? ¿Quién saca los pasos? ¿Quién las pregona? ¿Quién las sueña y las adorna durante las cuatro estaciones del año? Entre dimes y diretes, comentarios socarrones, desencuentros y fortunas, las tertulias de los bares que muchas veces afloran sin estar citadas en la agenda y mil eventos más que bien pudieran darse en el tiempo más frío o en los meses del estío, somos nosotros, los mismos, los que alimentamos, cada uno a su manera, la Semana más grande del año, la que se cuenta de Domingo a Domingo, la que avanza contando el tiempo al revés y nos embauca y nos hechiza aferrados a su esencia. La Semana Santa es nuestra porque somos nosotros Ella.

Tú, cofrade, que lees estas líneas siéntete Semana Santa. Sé consciente que sin tu clavel en la solapa la misma no sería la misma. Ten presente que tu aportación la agranda. Convéncete que tu costal mal hecho también es necesario. Y cuando desafine tu corneta por los nervios o cansancio también es Semana Santa que el refranero es sabio y un grano no hace granero pero ayuda al compañero. Y si el granero lo desgranamos creyendo no ser necesarios ciertos granos, finalmente nos quedamos sin granero y sin la aportación del compañero. Sonríe, aguaor. Saca pecho, alza cables. Ponte tus mejores galas, tú que te echas a las calles. Todo suma. Luego, a posteriori, serás parte del sueño de otros tantos que te vieran y de otros tontos que Paco Robles en su libro describiera. Quedarás plasmado en su estampa cuando pase el palio despidiendo el compás en sus varales y el tiempo de las mecidas al vaivén de bambalinas. Serás recordado e incluso buscado el siguiente año. Créeme. Y cuando ya no estés en este mundo, tu recuerdo seguirá formando parte de la Semana más maravillosa del año. Ten por seguro que algún costalero te llevará en la mente brindándote una levantá con el alma, cree con certeza que alguna lágrima llevará tu nombre cuando halles un rostro emocionado mirando al Titular que le evoca tu nombre, toma conciencia de que tú eres parte de Ella. Y la amamos más aún que el pelícano a sus polluelos en la maravillosa alegoría del Amor que procesiona oculta tras una cruz cada Domingo de Ramos. Nosotros somos Semana Santa. Tú, yo, él, nosotros, vosotros y ellos. Todos somos "un poquito de cofradías".

lunes, 16 de septiembre de 2019

LA CONSERVA

Si hay una actividad familiar que en mi entorno agrupa tradición, costumbre y maneras es, sin duda, la conserva. Todos los años se repite el ritual. Buscamos por los pueblos los mejores tomates y pimientos que haya habido en la temporada y nos ponemos manos a la obra. No todos los años la cosecha es igual en los mismos sitios, pues fenómenos como una ola de calor pueden echar a perder las matas y que la recolecta no sea propicia. A mí, costumbrista por naturaleza y convencido, me gustaría que siempre fuera mi conserva del mismo origen, pero a fuerza de variaciones y variedades impuestas por agentes externos, lo que finalmente se ha convertido en tradición es buscar en su momento el mejor producto. De este modo los días previos a Septiembre es fácil verme recorriendo los pueblos de mi querida Mancha preguntando y chismorreando cuáles son los mejores tomates para freír, los mejores pimientos para hacer pisto y cuánto vale cada cajón. De este modo unos años hacemos la conserva con producto fernanduco, otro con producto malagonero, otro con producto almagreño y así. Y eso es costumbre ya y al final del estío vacacional y en el campo nos reúne a mis padres, mi hermana, mi mujer y mi hija en torno a un hogaril, un leñero y una sartén grande. Cositas de esas que me gustan a mí que se repitan y que me alegran y me gusta reflejar por escrito per saecula. 
Este año (despejo la incógnita pronto) los tomates de pera los compramos en Malagón, los tomates redondos gordos en Bolaños de Calatrava y los pimientos en Fernán Caballero. ¿Por qué? Fácil. Porque me enteré que los tomates de pera de Malagón han sido los mejores de la comarca criados en invernadero y ecológicos. Los tomates gordos de Angelita en Bolaños han sido los mejores de la provincia en peso y tamaño medio. Y los pimientos fernanducos del pueblo han sido uno de los ingredientes del pisto campeón del Concurso de las Ferias de San Agustín (que lo ganó precisamente el agricultor que los cría). Esos fueron los motivos por los que elegí esas hortalizas para la faena anual de la conserva. Y, desde luego, en el resultado se nota. Y en la alacena también. Hemos sacado tres cajones de tarros que aguardan su momento. Y lo mejor, para mí, es cuando llegan los días de invierno frío y duro o los primeros albores de la primavera y se abre en casa un bote de tomate frito o de pisto que guarda celosamente el sabor de haberse guisado sin prisa en la lumbre, se sirve sobre un plato y se corona con unos huevos fritos en lo alto. Y si previamente nos da por abrir otro bote con caldo de jamón o de pollo que también es casero, hecho en puchero de barro al rescoldo del fuego, echarle unos fideos y enjaretar una sopa de primer plato, el paraíso está servido.

La verdad es que para mí el hecho de la conserva es algo así como creo que sería antaño para mis mayores la matanza. Se aunaba la familia en torno a una faena y en todos en su medida colaboraban. Yo ya he involucrado a mi pequeña Claudia también. Con sus dos añitos y medio ya ayuda. Su tarea es probar cómo va evolucionando el sabor del tomate frito y del pisto. A ella siempre le sabe rico y pide más. Es manchega de nacimiento, como su padre y es feliz estando con nosotros entre las hortalizas, el fuego, los tarros y los sabores de nuestra tierra. Y nosotros de verla de tal guisa somos más felices todavía. Si bien es cierto que son unos días de bastante batalla (teniendo que vigilar a Claudia más) pues la conserva conlleva unos ratos grandes de paciencia y algunos momentos de trabajo a destajo, el resultado final siempre merece la pena. Quizás con el paso de los meses no se valoran esas horas de tarea pero los botes desprenden aroma de guiso, cariño y tradición combinado con esfuerzo, labor y faena. Y eso estoy convencido que en el sabor se nota. Por eso se repite año tras año de manera tradicional y al llegar el momento nos preparamos mentalmente de la que se avecina. Pero, insisto, el resultado merece la pena.

Siempre cuento estas cosas en el blog porque me parecen lo más bello de la vida. Son las pequeñas aventuras que regala el lapso del tiempo y que en realidad son las que llenan nuestras agendas de recuerdos. Me gusta narrar las cosas cotidianas por dos motivos, primero porque me encanta releerlas tiempo después y segundo porque aunque no lo creamos son retazos que hacen que el transcurso de la vida tenga sentido aunque no lo creamos. Estos momentos de felicidad son los que finalmente quedan plasmados con una fotografía espontánea que nos alegra encontrarnos años después. Así es que yo, consciente de querer mantener estas memorias, intento de vez en cuando retener algunas de ellas a través de este humilde Rincón. De hecho, quien sea asiduo al mismo comprobará que no es la primera vez que escribo acerca de cuestiones que a primera vista parecen banales y sin embargo son la vida misma. En este caso tuve claro desde que llegó al fecha de la conserva que le dedicaría a la misma un hueco en la estantería de este "periódico de internet", como yo le explicaba a mi abuela para que supiera lo que era un blog. Mi blog. El rinconcito donde me muestro abierto y comparto y guardo mis vivencias aunque sean, simplemente, cosas como que en casa hacemos conserva anualmente. Para mí merece la pena. ¡¡Hasta la próxima!!

martes, 3 de septiembre de 2019

Y PASÓ AGOSTO

Como un suspiro entrañable, como un halo de felicidad inesperada, como una estrella fugaz ante una esperanzadora mirada, como una frágil pompa de jabón en la mano de un niño, como el crujido de una barra de pan recién horneada, así pasó Agosto. Raudo, veloz, sonriente, acelerado al igual que las agujas del reloj cuando giran a ritmo de ventilador aunque realmente lo hagan marcando el mismo son cada segundo, así pasó Agosto. Y ha sido exprimido de principio a fin y creo que de cada día podría dar un recuerdo en una línea. Lo he disfrutado mucho, me ha traído momentos muy felices, sorpresas, alegrías, esperanzas, reencuentros, sueños, ideas y fortaleza. Este mes me ha forjado en la retina imágenes preciosas, me ha hecho reír, llorar de alegría, de ilusión, de puro amor, me ha hecho disfrutar las vacaciones como hacía años que no lo hacía. Ha sido un mes muy muy bueno. Comenzó con mi amado Camino de Santiago y concluyó con esos días de conserva paciente que aguarda los fríos días del invierno y los destellos de sol de una nueva y recién estrenada primavera. Y entremedias lo que más quiero: familia, amigos, costumbres y tradiciones. Así pasó Agosto. Comencé las vacaciones haciendo uso del latinismo que anualmente repito: prima non datur et ultima dispensatur (la primera no se da y la última se dispensa). En el argot estudiantil sirve para pedirle al profesor que sea benevolente el primer y último día de curso y no enseñe materia. Así lo aprendí y así lo aplico desde entonces a mi trabajo. Costumbres que tiene uno. Puedo decir que mi Agosto comienza el 30 de Julio y culmina el 1 de Septiembre. De la limoná al despacho. Quien me conoce no requiere más explicación. Pasó el Día de la Zurra, pasó la Pandorga y pasó Agosto.

Era el mismo día 1 del octavo mes cuando a media mañana me calzaba las botas, me ponía la mochila y retomaba el Camino de Santiago donde lo dejé el año pasado. El AVE nos llevó a Madrid a mi padre y a mí. De allí un autobús nos condujo hasta Santo Domingo de la Calzada donde detuvimos la andadura el pasado año y nos aguardaba Iñaki, vértice de nuestro triángulo peregrino. Y desde la localidad calceatense hasta la Pulchra Leonina nos llevaron las botas. Once preciosos días de camino terminando de recorrer La Rioja, recorriendo enteras Burgos y Palencia y adentrándonos profundamente en León. Y entremedias risas, encuentros, reencuentros y magia. Sí, magia. El Camino tiene magia y quien bien lo conoce lo sabe. Si con algo me quedo de la andada de este año es que es la segunda vez que paso por Castilla y me sigue enamorando. No entiendo a los peregrinos que quieren evitar este tramo y perderse encantos como Castrojeriz, Frómista, Carrión de los Condes o Bercianos del Camino. En fin... Si la primera vez que pasé por allí con mochila y bordón fue buena, ésta ha sido espectacular. Y llegó. Llegó un momento que se venía fraguando durante cinco años y hasta hace unos meses no supimos si podríamos siquiera intentar que se repitiera. Finalmente se pudo intentar y mágicamente sucedió. Mismo camino, mismo pueblo y misma gente. Increíble. Hace un lustro conocimos a una persona entrañable y peculiar en un pueblecito que se llama Hornillos del Camino. Este año hemos vuelto a pasar por allí y ¡¡nos encontramos con él!! Esas cosas las entiendo como un regalo de la vida pues despiertan algo en el alma que suele estar dormido. Con vosotros Ramón, el melenas. Un hombre especial, sin duda. 

Simplemente esa pequeña anécdota ya hizo que este camino fuera especial. Nos detuvimos en León y ya soñamos con retomar el Camino y llegar a Santiago de Compostela. Dios dirá el año que viene. Lo mismo aguardamos a ese último y gran tramo para el año 2021 que es año Santo y el año que viene hacemos el Epílogo y Triángulo Esotérico Santiago-Muxía-Fisterra. Tengo un año para estudiarlo y creedme que en el Camino pienso todos los días. Y sí, alguna vez seré hospitalero. No se me va de la cabeza. Es otra cara del Camino que quiero vivir. Así volví a mi tierra y era ya mediados de Agosto. Y nada más llegar a Ciudad Real cumplí como dice la seguidilla "mañana voy a verte ciudad realito y a la Virgen del Prado lo primerito". Y de qué manera. Este año me he hecho hermano e hijo de la Patrona. Me impusieron la medalla y he salido por primera vez en mi vida con traje y corbata alumbrándola. En el Cielo sonreía mi abuela. Y yo más feliz y soñador no podía estar. Esa mirada azul de la Reina de Ciudad Real la llevo clavada muy dentro. Ha contemplado mi niñez, mi infancia, mi adolescencia, mi madurez y espero que me siga contemplando y escuchando.


Entre tanto ha habido días de Ferias y Fiestas, de piscina, de barbacoas y de estar viviendo unos días en el chalet disfrutando de los míos y de mi pasión por los guisos de sartén y lumbre. Y Agosto seguía su curso, sin detenerse, regalando sonrisas y momentos preciosos. Mi niña Claudia con dos añitos y medio ya disfruta de las atracciones y le gusta subirse a los cochecitos y saltar en las camas elásticas. ¿Cómo no va a pasar rápido el tiempo mientras la veo disfrutar tanto? Sin darme cuenta era ya día 22, Octava de la Virgen del Prado. Fin de ferias y todavía me quedaba una semana libre. La he aprovechado para disfrutar del campo. Este año no ha habido días de playa. Gemma se ha pasado trabajando todo el Verano y no ha podido ser. Pronto haremos alguna escapada que también son necesarias. Ya llegarán tiempos mejores al respecto de cuadrar entre ambos agendas y eventos. Eso sí, los fríos días de invierno como decía al principio ya tienen caldo hecho para convertirse en sopa. Y el bacalao de la Cuaresma ya tiene sus tarros de tomate frito en conserva preparados. Y esos Sábados aventureros de huevos fritos y pisto ya están en marcha tras pasarme horas con la paleta en la mano. Luego cuando llegan esas fechas me acuerdo de estos días recién pasados. He exprimido el mes, sin duda. Pasó Agosto como una exhalación. Y hay que seguir. Siempre hay que seguir. Ya hay nuevos sueños en el horizonte.

lunes, 29 de julio de 2019

JULIO, ¡AY! JULIO...

Loquito me tienes, mes de Julio. Loquito. No es ni medio normal la tensión laboral que me acarreas y a la par los preciosos ratitos de gloria que me regalas. No es ni medio normal ni equilibrado tampoco. Tras llevar once meses del tirón trabajando, estos últimos días antes de las vacaciones se me hacen muy muy muy cuesta arriba. Me dicen "Buenos días" y ya muerdo porque voy asqueado. Y, a la vez, gozo de hacer guisoteos en la lumbre, de relajarme en la piscina, de dormir las noches que Gemma trabaja con la mujer de mi vida (que no es otra que mi hija), de dejarme embriagar de cofradías de gloria en verano, de soñar con pañuelos de hierbas y de pasar enormes momentos con la familia y amigos. Pero son tan efímeros y tan enorme el estrés que llevo estos días que le vendo mi mes de Julio laboral al peso a quien lo quiera. ¡Qué hartura! Y mira que me regala retazos bellos pero ¡a qué precio! Julio, Julio... ¡Ay! Julio. Si pudiera moldearte a mi antojo como más o menos puedo hacer con tus otros once compañeros, pero tú eres el mes rebelde y, a la vez, el deseado. Loquito me tienes te digo.

Eres un truhán desaliñado que avanza raudo en el calendario pero dejando mella todos los días en el mismo sitio, de modo que no es que marques en mi desgastada sesera treinta y una marcas por cada uno de tus días sino que incides treinta y una veces en la misma, ahondándola, aumentándola, tensándome la cordura hasta límites que me desesperan. Y entre tanto me regalas aromas de lebrillos de limoná, caminatas por nuevos terrenos, sueños planificados para Agosto y algún rato de despiste en el que logro evadirme de tan agotadora rutina acentuada estos días finales del curso laboral. Yo no sé cómo definirte, de verdad. Me paso tiempo esperándote porque eres especial por muchas cosas y porque eres la antesala de los días de sentimiento y relax pero, realmente, me agotas y me desesperas. No creo que tengas tú la culpa pero siempre ocurre en tus días. Y cuando me preguntan por ti no sé qué decirles. ¡Ya es Julio, por fin! Bueno... Días que es por fin y días que es por desgracia. Pero todo suma y van pasando las horas.

Cuando llegas todos los años (desde que trabajo) te aguardo con ilusión pues eres la cuenta atrás del octavo y deseado mes del calendario que, bien sabe él, si pudiera partirlo de otro modo lo haría. Me traes recuerdos de mi abuela, me traes fiestas y verbenas, me traes ratos de costal y trabajadera, me tras raigambre y tradición, me traes pañuelos de hierbas, me traes sueños y a la vez desvelos, me traes la agenda repleta de citas y sobresaltos, me traes un caos organizado, me traes de cabeza por los pies, me traes que respondo besos con guantazos y me traes prisas e impaciencias. ¿Tan difícil es que dosifiques a los que hacen uso de ti? Sí, te lo pregunto a ti, Julio. Aunque bien me lo pudieras preguntar tú a mí. Y sí. Sí lo es. Quizás por eso en algo te entiendo. Pero me desespero. Al menos cojo con más ganas el premio. Más que ganas, merecimiento.

Y fíjate si eres cabezón y terco como buen manchego que entre tanto escribo estas líneas me regalas momentos inolvidables por sorpresa. Al final conviertes nuestra relación en una mezcolanza de amor y odio y de un contigo pero sin ti que me atrae más que me separa. Y pienso yo cual hidalgo divagante que si no fuera porque inclinase la balanza la atracción ante la desesperanza no habría comenzado a narrarte tus venturas y desventuras para con mi persona. Eso es porque aún sabiendo que tus días raudos pasan si bien marcándome la paciencia, ocultan siempre unos pellizcos de alegría que son incomparables entre sí, hasta tal punto que cuando avanza el calendario en esos días entreverados en los que el Otoño va convirtiéndose en Invierno te recuerdo con afecto y sí, lo confieso, llego hasta a echarte de menos. Líbrame entre lebrillos del agobio laboral al que me sometes en estos días inciertos de trabajo y fiesta. Regálame ratos que perduren por los años de los años tanto en el recuerdo como reviviéndose. Da comienzo a la Pandorga y con ella a las vacaciones. ¡Vamos! Y sigue siempre en esta eterna pelea que a los dos nos enamora, Julio. ¡Ay, Julio!

viernes, 28 de junio de 2019

MI PRIMER VIAJE AL ROCÍO

Llevaba años interesándome por esa Aldea en la que convergen la fe, la devoción, la patrona de toda Andalucía y los caminos que llevan a la misma, pero no encontraba el empujón necesario para decidirme a ir. "Que todo el mundo sea rociero" dijo el Papa (y ya Santo) Juan Pablo II cuando visitó a la Blanca Paloma. A mí me llamaba la atención el Rocío y sabía que algún día iría a visitarlo pero tampoco me ponía plazo para ello. Y como ocurre siempre en la vida, todo llega. Y llegó. Era por Navidad del pasado año 2018 cuando de repente (literal) pensé que en cuanto pudiera unir un par de días libres con un fin de semana por el mes de Mayo o Junio haría una escapada y uno de los destinos sería el Rocío. Yo y mi infatigable búsqueda de planes que regalan una sonrisa al recuerdo. Me gusta ser así. Fue algo sobrevenido y sin pensar. Habíamos quedado mi mujer y yo para tomar un café con nuestra amiga Pilar, rociera de pro y, firmemente creo, eso es lo que fue el detonante total. Iríamos a la Aldea y Pilar sería anfitriona y guía de la aventura. Al fin y al cabo decirle a Pilar de ir al Rocío es como decirme a mí de ir a Sevilla o de hacer limoná, es decir, se pone fecha y listo. Y así fue. Miré la agenda y la fecha ideal era a finales de Mayo. En esas hojas del calendario no tenía señalados ni juicios ni días de guardia. Era el momento. Insisto: soy infatigable proponiéndome aventuras a corto y medio plazo que luego saboreo con intensidad. Así pues conocería, al fin, a la Reina de las Marismas.

Y llegó el día. La verdad es que no sabría decir si en la balanza pesaba más la ilusión o los nervios, pero si sé que preparé con esmero la excursión e hice un estudio previo de lo que me iba a encontrar allí. Busqué algunos planos de la zona y pregunté a varios conocidos que dominan aquello para ilustrarme un poco. Siempre me gusta afrontar cualquier empresa con un conocimiento mínimo de la misma y en esta ocasión no iba a ser diferente, máxime cuando intuía que mi hija Claudia sería protagonista de ello por algún chivatazo del sexto sentido. Ni que decir tiene que confiaba plenamente en Pilar como guía, pero reitero que me entusiasma estudiar cualquier plan antes de desarrollarlo. Es igual que cuando hablo del Camino de Santiago y digo que se recorre tres veces: cuando se sueña, cuando se camina y cuando se recuerda. Pues en estas oportunidades que la vida regala y despiertan ilusión y alegría hay que ponerse el traje de los sueños y hacer lo mismo. Yo comencé a disfrutar de mi primer viaje al Rocío soñándolo. Luego lo acometí y disfruté in situ. Y ahora lo recuerdo y sigo disfrutando de él. Por supuesto que hubo momentos e imágenes que se me grabaron a fuego tanto en el alma como en la retina. Los hubo. Y ganas de volver también las hay.

Al llegar a la Aldea iba como un niño al pasar a un circo: con los ojos del corazón bien abiertos y dispuestos a observar todo lo que pudiera. El lugar desprende una magia especial ya de por sí. Pegada a la marisma se encuentra la ermita que se deja entrever y adivinar desde la propia carretera. Te recibe un familiar suelo entremezclado de arena y albero que tantas veces ha salido en los medios de comunicación que es conocido aún sin verlo. Se ha de tener en cuenta que el Rocío es la romería más multitudinaria de España ya que la Virgen que allí se encuentra no es sólo la patrona de Almonte sino de toda Andalucía como antes decía y, además, hay hermandades filiales por toda la geografía nacional, por lo que los medios siempre se hacen eco de lo que allí ocurre. Lo que mueve la Blanca Paloma es algo indescriptible. Sin apenas fijarme en las primeras tiendas de recuerdos y restaurantes que están pegados al parking o en las maravillosas vistas a la marisma y los caballos que en ella habitan, ya centré mi atención en la refulgente fachada blanca del lugar que ansiaba pisar. ¡Cuántos años imaginando el momento! Cogí a mi hija en brazos y me acerqué a paso raudo. Sin embargo hay cosas que no se controlan y, menos aún, cuando son indicadas por Él o por Ella en este caso. Cuando me disponía a pasar a la ermita de la Virgen del Rocío salieron de la misma unos conocidos y, entre sorpresa y estupor, al saludarlos bajé a Claudia al suelo. Fueron segundos tan sólo pero mi pequeña le dio la mano a Pilar y entraron juntas al templo. Quiso la Virgen que ese momento no fuera para mí y que sin embargo yo lo viera. Y fue Pilar, quien me hablase del Rocío y me despertase las ganas ya sin riendas de ir al sitio, quien finalmente en brazos llevó a mi hija ante Ella.

Y fue en ese momento cuando me hice rociero. No de ir a la romería, ni de hacer el camino, ni de ser hermano. No me hace falta eso. Rociero de corazón. De quererla a Ella. Su demostración de poderío me ganó en instantes. Y eso me puede. La miré y sonreí. Tuve la suerte además de que quedaba poco para su salida en procesión y estaba en su paso. Y me acordé de los míos que la quieren y la viven. Y me acordé de Rafa Serna y su amor por ella. Y me acordé de muchas cosas y mi hija aferrada a los barrotes de la reja la miraba cara a cara. Insisto en que así lo quiso Ella. Y a mí eso me basta. Quería ser yo quien en brazos la arrimara y Ella decidió que fuera otra persona. ¿Hay forma más bonita de ser consciente que de alguna manera su fuerza emana? Sonreí de nuevo y ví a la Macarena en Ella. Y entonces caló en mí más hondo el mensaje "que todo el mundo sea rociero". Hay muchas formas de entenderlo pero creo que sólo una de conocerlo. Por suerte pude captar algunos momentos y guardarlos para siempre. Le puse una vela en su capilla votiva y no fui yo tampoco quien la prendió. Yo ya no sé ni dónde estaba, sólo sé que disfrutaba. Después visité más a fondo la aldea. Y me perdí sólo por un rato observando lo que había estudiado: la Plaza del Acebuchal, la Casa de Triana,  el Tamboril, la Hermandad matriz... Estaba contento y feliz. Y volví. Volví a verla a solas. Y despacito me fui alejando sin perderle la mirada. Ensimismado me hallaba y sólo me dio tiempo a susurrarle un Ave María sin pedirle absolutamente nada. No siempre que se reza se pide. A veces basta con dar las gracias.

martes, 11 de junio de 2019

ELLA ASÍ LO QUISO

Fue él quien me enseñó media Europa viajando en un autobús cargado de juventud, de adolescencia, de sacos de dormir y de recuerdos imborrables. Fue él quien años después me casaría con mi esposa. Fue él quien en la jura de reglas de la Hermandad del Nazareno me impusiera la medalla. Fue él quien bautizó a mi hija. Fue él quien acuñó la costumbre de encontrarnos los Sábado Santo en Sevilla. Y fue él quien me inculcó ese amor por María Auxiliadora. Don Joaquín Torres Campos,  sacerdote, salesiano, cofrade, bético y, sobre todo, amigo. Estas líneas son para él. Aunque no sea el mismo el protagonista de lo que voy a narrar estoy convencido de que algo tuvo que ver aún sin saberlo. Y es que hay cosas que no suceden porque sí. Y a la vez y me enorgullece, esta dádiva de la vida, me sirvió para engrosar la nómina de imágenes que he tenido la fortuna de pasear en pública demostración de fe. Cuando yo me introduje en el oficio de las trabajaderas de madera jamás pensé que algún día tendría la suerte de haber portado lo que a la fecha figura en mi currículum. Y mucho menos que compartiría con mi padre la suerte de pasearlo a Él y a Ella. Y así ha sido. Y el Padre Joaquín se alegrará de ello...

Estaba tranquilamente trabajando cuando me llegó un curioso whatsapp. Se necesitaban portadores para el Rosario de la Aurora de María Auxiliadora y me pedían ayuda para ello. Al momento la imagen de Don Joaquín hablando con ternura de esa Virgen me inundó la cabeza. ¿Cómo negarme? Me apunté sin dudarlo. Por Ella, por él y porque sí. Y al momento pensé en mi padre y en su buen amigo (y mío) Jesús Velascoín. Ambos son "amigos" de María Auxiliadora y les gustaría echar una mano y tener la dicha de portarla en su rosario. Sin titubear ni un segundo les comuniqué la cita y ambos afirmaron. Sonrío al teclearlo. No pudo salir todo así sin más. Ella así lo quiso. La verdad es que a mí personalmente me hacía ilusión. Siempre he sido muy mariano y jamás he podido sacar un palio. Y compartir esta aventura con mi padre y mi padrino jurídico de veras que se convertía en una fortuna. Si Don Joaquín hubiera estado en Ciudad Real habría sido muy feliz de vernos. E insisto en que de una u otra manera algo tuvo que ver.

La cita era el 24 de Mayo, día de la festividad salesiana de María Auxiliadora, a las 06;35 de la mañana. Había que igualar, explicar algunas cosas y la hora de comienzo del Rosario de la Aurora era a las 07;00. Al alba pura. A dicha hora allí estábamos con una sonrisa en la cara y Ella nos esperaba. Mi mente puesta en los recuerdos del Padre Joaquín y en la preciosa alfombra de sal que habían preparado en el Pasaje Ramírez de Arellano. No exagero si digo que más de doscientas personas se congregaron para rezarle y cantarle a la Virgen por el pequeño recorrido a realizar. Hay que ver con qué cariño trata la gente de los Salesianos, en nuestro caso concreto del Colegio Hermano Gárate, a María Auxiliadora. Digno de mención. Y no me cansaré de decir que fue un privilegio poder portarla a hombros. Y más aún hacerlo con ellos. Y más todavía dedicarle a la Virgen alguna oración por Don Joaquín. Poco más hay que añadir a la felicidad que nos regaló ese ratito. Bueno sí. Sonreír al saber que Ella así lo quiso.