miércoles, 23 de febrero de 2022

PAPÁ, ME HAGO PIS

"Papá, me hago pis". Esa fue la frase que dio lugar a la última gran aventura a la que me sometió mi hija antes de cumplir cinco años. Los niños son imprevisibles, desde luego. Pero inoportunos en su actuación, la mayoría de las veces, mucho más. Desde que nacen, ¿eh? Los que sois papás y mamás lo sabéis. Por ejemplo, te invitan a una boda. El bebé duerme plácido en su carrito. Lleva así dos horas. ¿Cuándo se va a despertar con una barraquera del copón? En mitad de la ceremonia, por supuesto. Tienes una entrevista de trabajo. Vas nerviosa y con la hora pegada porque has estado preparando todo el hato del niño para dejarlo con sus abuelos el rato que estarás ocupada. Justo a la hora de salir se le ocurre evacuar físicamente, por el aliviadero trasero, el potito que le habías dado cuarenta minutos antes. Claro, no vas a dejar al bebé a recaudo con el pañal lleno, so pena de malos olores, irritación cutánea y regañina de tus padres a la vez que te recuerdan que ellos contigo jamás hicieron eso. ¡A cambiarlo! Los nervios in crescendo, el reloj que no para y el abuelo mandándote un whatsapp preguntando cuándo le llevas al nieto a la vez que te dice que vas a llegar tarde a la entrevista. Todo maravilloso. ¿No tenía otro momento la criaturita de hacer caca? Pues no. Justo ahí. Y estas cosas que cuento son reales y ocurren a diario. Yo no me iba a librar, claro. Algunas he tenido ya. Pero la del otro día... ¡Qué situación! Duró, a lo mejor, únicamente quince minutos o veinte entre unas cosas y otras pero a mí me daba algo. Os cuento.

Hace unas semanas tuvimos que ir un Sábado a Madrid por motivos laborales de mi mujer y mi suegra. Rondando el mediodía, serían las 14;00 horas, estábamos por todo el centro. En concreto íbamos a Casa Labra (publicidad gratuita), seguramente la taberna más antigua de la capital del reino donde lo típico es tomarse un vermú y comerse una tajada de bacalao frito. La villa estaba rebosante de gente, había una cola enorme para poder pasar y Claudia quería ver "el reloj de las campanadas de Navidad", "el Oso y el madroño" y "el kilómetro cero". Aprovechando que todo estaba a tiro de piedra, literal, en la cercana Puerta del Sol le dije que la llevaba a ver esas cosas y, mientras, mis suegros y Gemma iban a aprovechar para pasar al Corte Inglés a echar un ojo a la ropa y comprarle algo a mi suegro que había sido su cumpleaños justo el día anterior. Bien, allá que fuimos mi niña Claudia y yo. Ella tan contenta y yo pendiente de ella que quería correr y jugar libremente entre el gentío que había en Madrid a esas horas. Os podéis hacer a la idea. La llevé a ver el reloj con su carrillón, la llevé justo debajo del mismo a que viera la placa que indica el punto inicial de todas las carreteras de España, la llevé a la estatua que simboliza el escudo de la ciudad y estuve haciéndole fotos y explicándole cosas. Y en esas estábamos cuando dijo la frase: Papá, me hago pis. Horror. ¡Socorro! ¿Ahora? ¡Dios mío! ¿Qué hago? Los que han tenido niños pequeños me entienden...

Comienza la aventura. Busco un bar cercano para poderla pasar al baño. El primero que veo es La Mallorquina. Por cierto, sirven unos dulces espectaculares. Bien, allí que voy. Una cola del copón, para variar. Explico a la gente que mi hija pequeña se hace pis, que no quiero colarme sino pasarla al baño y ya está. La gente, algunos amablemente, otros refunfuñando, finalmente me deja acceder. Claudia me dice que se hace pis, como si yo no lo supiera ya. Logro entrar en la pastelería y me preguntan los empleados qué deseo. Les digo que ir al baño con la niña. Me dicen que el baño es solo para uso de clientes, les digo que me pongan lo que sea y me dicen que si quiero consumir debo volver a la cola y aguardar mi turno. Cojo a Claudia de la mano, nos damos la vuelta y abandono el local no sin antes dedicarles una maldición gitana por su empatía. Es necesario indicar que Claudia tenía cuatro añitos cuando ocurrió esto. Sigo. Volvemos a Sol, lleno todo. Miro hacia arriba, hacia abajo y decido probar suerte en el Corte Inglés. Debe haber baño, digo yo. Mi pequeña me dice que se hace mucho pis y que la ponga a hacer pis aunque sea entre dos coches o un árbol. Justo en todo ese meollo de Madrid no hay un árbol y la zona es peatonal así es que ni una cosa ni otra. Imposible. Pasamos al Corte Inglés, atino a buscar el directorio, lo leo rápidamente entero y no hay baño. Debo ir al otro acceso, al del edificio de enfrente. Vamos corriendo y Claudia empezando a decirme "Papá, no me aguanto". ¡Madre mía!

Entramos en la otra sección del Corte Inglés, localizo el directorio y veo que hay baño en la primera planta. ¡Al lío! Diviso las escaleras mecánicas y llevo rápidamente a la niña a las mismas. ¡Ya llegamos, Claudia! ¡Aguanta! Por Ley de Murphy el baño debe estar en la otra punta de donde paren las escaleras. Es directamente proporcional: a mayor necesidad, mayor lejanía. Busco el panel, las señales, las indicaciones y... ¡Correcto! En la otra punta. A correr hacia el baño que la niña se me orina aquí mismo en la sección de corbatas. Llegamos al puñetero acceso, Claudia diciéndome a medias voces "¡¡no me aguanto más!!", la gente mirándome en plan compasivo "pobre-niña que se mea, pobre-padre vaya situación" abro la puerta y localizo el baño para minusválidos, me dirijo a él para no entrar en el aseo de señoras (lógico) y para no meter a una niña de cuatro años en un baño de caballeros, en cuyo interior suele haber un olor horrible, algún tío con la chorra fuera y restos de orines en todos sitios menos donde debe. Pues en esas me dice el Guardia de Seguridad que no puedo entrar ahí. "Mireusté" la niña se hace pis... Lo siento. Ahí no. Mi respuesta fue el silencio. Fui a probar suerte al de mujeres, a ver si no hubiera nadie, limpio y preparo una taza para mi pequeña y... Entre "¡pervertido!!" y "¡habrase visto!" me echaron de allí conforme quise abrir la puerta. Discúlpenme, señoras, perdón. Mi hija se orina y es pequeña. No pretendo matar a nadie, ya me voy. Sólo quedaba una opción y por mi hija doy todo. Claudia, tenemos que pasar al baño de hombres...

Conforme abrí la puerta mi hija se llevó la mano a la nariz y gritó: ¡Papá, huele muy mal! ¡En Madrid son unos guarros! ¡No quiero venir más! La verdad es que causó silencio y risa ahogada a partes iguales. Razón no le faltaba en lo del olor. Ya descubrirá que eso no es cosa sólo de Madrid. Había tres pequeñas portezuelas cuyas tazas, tras ellas, estaban todas ocupadas, así es que no pude abrir ninguna. Pensaba limpiar un poco como fuese lo que hubiera y, aún así, mantener a mi niña en vilo, pero ni por esas. En los lavabos había un vagabundo con una mochila que contenía sus escasas pertenencias depositada en el suelo, junto a sus pies. Estaba afeitándose, sus ojos reflejaban bondad y estaba ensimismado en su tarea. Es más, al ver la situación fue el único que emitió un "Buenos días" sin dejar de mirar al espejo, pero, al menos, saludó. Pobre hombre, rica persona. Dos hombres que estaban orinando en los urinarios de pared terminaron prácticamente a la par y fueron a lavarse las manos, en los lavabos de al lado del vagabundo. Se quedaron todos los urinarios vacíos, las portezuelas de tazas seguían cerradas y el del afeitado estaba a lo suyo. Cogí a Claudia en brazos, me aseguré de que no mojase su ropita y la acerqué todo lo que pude al urinario de la esquina, sin que ninguna parte de su cuerpo tocase el mismo. Mi hija me miraba extrañada y le dije que tenía que hacer pis así y ahí. La pobre, en su afán de ayudarme y terminar la historia cuanto antes, me decía que podía apoyarse ella en el urinario y le dije que ni arrimase la mano. Vaya cuadro. Conforme ella empezó a liberar su vejiga, yo comencé a escuchar el pis caer al suelo. Lo siento mucho, Madrid. Es lo que hay. Otro charco más que limpiar no es nada al lado de la cantidad de plastas de perro que campan por tus calles en cuanto te alejas un poco del centro.

En cuanto terminó, la puse de pie y la limpié con unos kleenex. Mis zapatillas estaban literalmente meadas y mi pantalón vaquero repleto de salpicaduras. Sonreí. Pensé que cosas de esas, supongo, son anécdotas que todo padre y madre tendrán sobre sus hijos por doquier. Es más, a saber en las que yo siendo niño fuese protagonista y metiera en aventuras así a mis padres. Nos lavamos ambos las manos, nos despedimos del vagabundo que estaba perfilándose una patilla y obvió completamente nuestra escena y salimos de allí triunfantes. Claudia seguía con su manecilla sobre la nariz intentando esquivar el olor que se adueñaba del baño. Yo tan orgulloso de haber logado capear una situación que había ido pasando de novillo a morlaco conforme se sucedían los acontecimientos. Nada más enfilar el pasillo de salida, miré al vigilante de seguridad y le dije un "Gracias" cargado de desprecio que a la sazón de su gesto de agachar la mirada debió entender. Así tenga trillizas y le meen las tres el uniforme y las botas cuando esté lejos de casa. Uda. Y, justo antes de salir, ¡tachán!, aparecen mi suegra y mi mujer que iban ellas al baño. ¡Venga, por favor! Encima me dice Gemma que donde voy con el pantalón y las zapatillas así... ¿Por qué no aparecieron diez minutos antes y nos habrían ahorrado a la pequeña y a mí una maratón de sinsabores? En fin... Sonrío otra vez. Miro a Claudia. Le guiño el ojo. Miro a Gemma y señalando a mi pequeña y encogiéndome de hombros le digo: "Papá, me hago pis".

lunes, 31 de enero de 2022

ESPERANZA 2022

Llegó el 2022. Y la pregunta es ¿este sí? Pues sí. Creo que sí. Este será el año o al menos esa es la esperanza que tengo y la que tenemos muchos. Ya parece lejano aquel horrible mes de Marzo de 2020 cuando nos cambió la vida y, en afán de la vuelta cuanto antes de la normalidad que nos robó el maldito virus, surgió el famoso (y odiado luego por ver que no se cumplía) lema de "Volveremos". Y cuando se suspendió la Semana Santa que fue la primera fiesta gorda en caer, aplaudíamos como locos el "Volveremos" de las narices y "Semana Santa 2021". Y lo mismo pasó con todas las cofradías de gloria, con la Romería de Alarcos, con la Pandorga, con la Feria y con toda costumbre, tradición y festejo popular que se celebrase con la debida asistencia de personal. Locos de esperanza pusimos una cariñosísima espera en el siguiente año y abrazamos con locura la llegada del 2021, deseando que se hiciese realidad el puñetero "Volveremos". Pero ya saben ustedes la historia. No se volvió. Por no haber no hubo ni Cabalgata de Reyes con sus pajes, sus regalos, sus cortejos y sus bandas envolviendo la ilusión de los más pequeños. No hubo Carnaval, ni Semana Santa, ni romerías, ni cofradías de gloria, ni verbenas, ni Pandorga, ni feria, ni nada de nada. Al menos no nos dio por dar a luz el lema "Volveremos 2022" porque tras el desengaño del "Volveremos 2021" ya no hacíamos ni apuestas, aunque siempre quedaba la esperanza. Y hete aquí que parece ser que sí. El 2022 ha empezado diferente al 2021 y nos maquilla la sonrisa de ilusión.

Con una enorme ola de contagios de coronavirus y viendo que el mismo ya no causa los estragos que causaba, se ha seguido viviendo y se ha celebrado la Navidad que enlaza un año con otro de una manera bastante aceptable. Eso el año pasado era, además de impensable, irrealizable. De este modo este 2022 ya ha tenido una Cabalgata de Reyes prácticamente normal. De hecho, creo que las únicas diferencias ha sido que todo el cortejo venido de Oriente llevaba puesta la mascarilla de la narices, a mi entender, ya ridícula y absurda en espacios exteriores y, que por una medida que no logro entender, los pajes reales y los propios Reyes Magos no podían arrojar caramelos a los niños. A lo mejor es que los niños se apretujan más cogiendo los caramelos en el suelo que cuando están todos juntos viendo a los Reyes escasos centímetros más arriba, como pudo verse por las calles. En fin, el 2022, como decía, nos ha traído ya Cabalgata de Reyes. Y el que suscribe estas líneas siempre apostó porque la vuelta a la normalidad la traería el año que empezase de esta manera. De momento no vamos mal y a las fechas que estamos, ya se ha presentado el cartel del Carnaval, han comenzado las igualás de costaleros y se perfilan unos visos de retorno que no se atisbaron en el pasado año. Parece ser que este sí.

Es por ello que creo que será este año el que de verdad se cumpla la esperanza. Y creo también que la misma ha llegado sin ser tan apelada como la del año pasado y se va convirtiendo en realidad. Hemos logrado, parece, voltear la tortilla de la situación y donde el año pasado se iban anunciando nuevas cancelaciones de las celebraciones esperadas y aguardadas en el "Volveremos" que antes decía, este año se van anunciando nuevas celebraciones. Bueno, nuevas no, las de siempre, las vamos recuperando. Mi mayor deseo es erradicar el deseo de vuelta y festejar la vuelta real. No quiero decir "quiero volver", no. Quiero decir "he vuelto". Y que todos podáis decirlo. No me sirve ya con decir "Quiero volver a ponerme el costal". No. Rotundo. Sólo me basta a estas alturas de hartazgo pandémico con decir "He vuelto a ponerme el costal". Otra cosa no me sirve. Odio ya a los vende humos, a los que siguen apelando a la prudencia para unas cosas sí y para otras no, a los que quieren sumirnos en la política del miedo y a los que viven en anhelos de "algún día...". Estoy cansado de ello. Quiero dejar de esperar. Quiero actuar. Y este año nuevo que consume su primer mes, me está dejando obrar.

Espero (¡qué cosas!) que el próximo año, por estas fechas, sin esperarlo (¡qué contradicción!) y sin hacer gala de lemas (¡qué cansinería!) la vida sea normal. Normal, sí, normal. Me da igual que la instauren de nuevo o que la restauren, mejor dicho, pero normal. Dícese, que tras unas Navidades de órdago, llegue el 17 de Enero y haya bendición de animales y hogueras en el Perchel, tengamos un Carnaval radiante, nos peguemos una Cuaresma de tabernas y bodegas que ni el más cofrade se la pegue, disfrutemos de una Semana Santa en la que acabemos con los pies molidos de andorrear para ver cofradías, vayamos alegres al Cerro de Alarcos a celebrar la romería de la Virgen, disfrutemos de las verbenas viejas de nuestros barrios, gocemos de una Pandorga sin par, disfrutemos de las Ferias y Fiestas en honor a Nuestra Patrona, nos sumerjamos en un Otoño espléndido y turístico en el que nos abarroten las calles el gentío y el bullicio en el puente del Pilar, de los Santos y de la Constitución y, que sin darnos cuenta siquiera, lleguemos de nuevo a una Navidad llena de deseos para el siguiente año a sabiendas de que los mismos no serán esperanzas sino realidades. Y todo ello, si llega por adelantado en algunas cosas este año, mejor que mejor. Y creo y espero, esta vez sí y de corazón que así va a ser. En ti tengo la esperanza, 2022.

domingo, 26 de diciembre de 2021

LA NAVIDAD EN EL RINCÓN

En este humilde espacio cibernético al que atiné en llamar El Rincón de mis Pasiones, se dice Feliz Navidad. Aquí tienen cabida todos: los de Felices Fiestas, los de Feliz Solsticio de Invierno, los de Felices Días en Familia, etc, pero aquí se dice ¡Feliz Navidad! Vaya eso por delante para que no haya equívoco alguno. Y la Navidad en el Rincón trata de festejar en familia con los más allegados en torno a una mesa y mantener vivas las tradiciones que nos fueron enseñadas y las propias que vamos creando, asentando y transmitiendo de generación en generación. Ni más ni menos. El que narra, como cristiano y creyente, festeja, por supuesto, el nacimiento del Niño Dios, pero la Navidad, ampliamente entendida, es mucho más que eso. Navidad es recordar a la abuela cuando hacía sopa de picadillo en Nochebuena para todos los nietos, Navidad es poner el Portalito de Belén como te enseñó tu abuelo, Navidad es saber que haya ausencias o nuevos comensales en la mesa, tu sitio es tu sitio, el de siempre, el de todos los años, Navidad es sacar la vajilla buena y volver a recordar anécdotas que año tras año han oído esos vasos, Navidad es cenar el plato fuerte de siempre manteniendo la receta y enseñándola de padres a hijos, Navidad es cantar el mismo villancico que aprendiste de niño, Navidad es la ilusión de una madre comprando los regalos de Reyes Magos, Navidad es la mirada de los niños cuando llega la Cabalgata, Navidad es la ciudad bullendo de reencuentros y costumbres en la que se van dando innovaciones.

Y cada uno tiene su fecha de inicio de la Navidad. Y su fecha de fin de la misma. Aunque me atrevería a decir que hay fechas para ello que son ampliamente compartidas por todos: el Puente de la Constitución y la Inmaculada y el Día de la Lotería, como inicio. Y el día 7 de Enero y, para los románticos y refraneros, el 17 del mismo mes, San Antón, como fechas del fin de la Navidad. Ya saben ustedes: Hasta San Antón, Pascuas son. Mucha gente aprovecha esos días de puente para poner en casa los adornos anuales de Navidad, ya sean el Árbol, el Belén, un mero Nacimiento, simples bolas de colores y espumillones o manualidades de los más pequeños hechas con todo su cariño en el colegio. En mi caso particular, esos días de primeros de Diciembre, decoramos en casa mi mujer, mi hija y yo. Sin embargo, en casa de mis padres se mantiene la tradición de montar el Portalito y el Árbol de Navidad el día 22 de Diciembre, sonando en el televisor de fondo los Niños de San Ildefonso cantando premios y tras desayunar chocolate con churros. Ahí es cuando empieza para mí la Navidad. Ese chocolate sabe especial y poco después se desempolvan las cajas que guardan las figuritas que conozco desde niño y que colocaba con mi abuelo. Tomen nota aquí y preparen un pañuelo... Busquen por la red un villancico llamado, precisamente, "El Belén del abuelo" que lo canta el Coro Yerbabuena de Córdoba, denle al play y prepárense para sentir y que se les meta algo en el ojo...

He de reconocer que tengo un punto agridulce en cuanto a los Belenes. Mi Portal de Belén que llevo conociendo desde crío es el que servidor sigue montando en casa de sus padres. Ese Portal aprendí a montarlo desde que tengo uso de memoria, tendría cinco o seis años, de la mano de mi abuelo y de mi padre. Siempre lo he sentido propio, mío, hereditario... Y de las dos personas con las que comencé a montarlo, una no la tengo desde hace bastantes años y la otra, días antes de esta Navidad, ha peinado ya siete décadas. Me gustaría seguir montando ese Portalito de Belén cuando ya no esté ninguna de las dos aunque ya no fuese igual. No quiero que esos pastores de la anunciación, que esa morita con la cántara de agua, que esos detalles manchegos ocultos queden encerrados en una caja que a saber cuándo se abriría de nuevo. Es mi Belén de siempre. Mi Navidad. Pero por otro lado tengo la preciosidad de estar formando un nuevo Belén con mi hija en casa. Desde que nació venimos comprando figuritas y vamos añadiendo algunas cosas año tras año hasta que esté completo. ¿Hay algo más bonito que crear con ella una nueva costumbre familiar? Ahora que está forjando sus primeros recuerdos camino de sus cinco años, estamos gestando un Portal que para ella tiene el mismo valor y propiedad que para mí el que monto todos los años sobre una sábana cubierta de serrín y unas cortezas de pino que cogí con mi propio abuelo un día de campo siendo niño. El nuevo Belén de casa del que con tanto mismo enseño a Claudia a colocar las figuritas, también es mi Navidad. La Navidad es así. Agridulce pero especial. ¡Siempre hemos de brindar! Por los que no están, por los que vendrán. Siempre hay motivos para recordar, reír y llorar. Pero no deja de ser Navidad.

La Navidad en el Rincón son estas cositas que os cuento. Es brindar con pacharán, ponerle un pañuelo de hierbas a un pastorcillo, salir un día a emborracharse con los amigos, contar en casa chascarrillos, ser Paje de Sus Majestades con los niños, pasar un rato con los Pandorgos hablando de limoná y migas en esta muy noble y leal villa, innovar un nuevo rincón o pasaje en el Portalito de Belén, coger a mi hija en brazos, como en su día hacía con mi hermana, para que ponga la estrella en la punta del Árbol, es rescatar los adornos de hace años e irlos reviviendo y ampliando, es jugar a ser Rey Mago, es compartir la ilusión en forma de esperanza con un décimo de lotería, es cerrar los ojos y ver a mi Lela, es recordar a mi abuelo, es añorar la Nochevieja veinteañera y disfrutarla ahora a su manera, es ser yo quien guise en casa, es viajar a Sevilla para ver la Macarena y comprar dulces en La Colchona, es un sentimiento que también engloba, ¿por qué no?, cantarle Cumpleaños Feliz al Niño Jesús y rezarle un Padre Nuestro. Esa es la Navidad, a mi entender preciosa porque es la mía, que se vive en el Rincón. Y a la fecha me da tal felicidad que la comparto con vosotros y os hago partícipes y culpables de mi sonrisa a todos, a los de Felices Fiestas, a los de Feliz Solsticio de Invierno, a los de Felices Días en Familia, etc. Pero aquí y desde aquí (y no soy el único que lo así lo grita) ya sabéis lo que se dice: ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

martes, 30 de noviembre de 2021

OS NECESITABA

Fue la Oración en el Huerto pero podía haber sido otra cualquiera la que me hizo volver a disfrutar. Algo para los cofrades, para mí, tan normal como que los pasos salieran a la calle con sus costaleros debajo, su incienso delante y su banda detrás, dejó ser normal en Marzo de 2020. Desde entonces, de una manera u otra, me he encontrado vacío. ¿Dónde estaban mis queridas cofradías? ¿Qué pasó con aquellas gentes de raza costalera? ¿Cuándo volverían a sonar cornetas por las calles? Ese sagrado y repetido ritual anual de soñar lo vivido durante cincuenta y una semanas para vivir lo soñado durante una semana que cuenta el tiempo al revés, se desvaneció sin esperarlo y sin saber hasta cuándo. Pasamos a muy duras penas la Semana Santa de ese año que será imborrable de la sección trágica de la historia actual y depositamos nuestra esperanza, esa que nunca se pierde y que tiene su faro en San Gil, en el año siguiente e, inclusive, lo más optimistas en alguna procesión de Gloria como bien podría haber sido la Virgen del Carmen en plena campaña estival. Pero el 2020 se consumió, contradiciendo al refrán, con pena y sin gloria y el 2021 se nos presentó con un carácter igual o peor que su compañero anterior. Llegó la Cuaresma y seguimos sin rastro de cofradías en la calle. Es más, algunos visionarios empezaron a vaticinar que hasta 2023 o más no volveríamos a oír la voz "¡A esta es!" por las calles. Y mientras tanto venga a seguir soñando lo vivido y sin vivir lo soñado.

Entre tanto, el entrañable Angelito, "el aguaó", nos mantuvo vivos y soñadores con el grito "¡Cofrades a la calle!". Y entre bromas y chascarillos, nosotros mismos con y sobre nosotros mismos, poco a poco y sin creerlo, una de dos, o hemos vuelto o estamos volviendo. Y aquí es justo mencionar al Gran Poder. No fue el primer paso que salió a la calle con pandemia de por medio o post pandemia, ya no lo sé, pero sí fue Él la primera imagen penitencial que pisó las calles de nuevo. Entiéndase por calles las reales y las figuradas. Las reales de la Muy Noble, Leal, Heroica, Invicta y Mariana ciudad de Sevilla, con sus cinco títulos, cuna cofrade por antonomasia y las figuradas, aquellas conformadas por los sentimientos de todos y cada uno de los cofrades que vimos, por fin, el retorno de lo nuestro. Y tuvo que ser Él. No podía ser otro. El Señor. El Gran Poder. El caso es, como decía, que o hemos vuelto o estamos volviendo, porque ya han sido varios los pasos en salir a la calle como los buenos cocidos, "con tós sus avíos". Hemos vuelto a ver juguetonas volutas de incienso perderse hacia las nubes perfumando las plazoletas, hemos vuelto a escuchar el trote de los caballitos en las palilleras de las bandas, hemos vuelto a oír la voz rota de un capataz gritando "la derecha alante" y hemos vuelto a ver, bajo los faldones, los racheantes pies de la gente del oficio costalero.

Lo cierto y verdad es que cuando disfruté de Él en mi amada Siviglia y este pasado sábado volví a ver a mi gente cofrade y buena llenar las calles de la Civita Regia, unidos en torno, dentro y fuera, de la Extraordinaria de la Hermandad de la Oración en el Huerto, me di cuenta de que realmente os necesitaba. A vosotras os hablo, cofradías. A vosotras y a lo que englobáis aunque os mezcléis con el Tiempo de Adviento y los adornos navideños próximos a encenderse. A la sonrisa de un costalero en su relevo, a la mirada de un niño hacia el redoble de un tambor, a las caras conocidas que nos saludamos en cada revirá entre la travesura y la esperanza, al ambiente, a la música, al cielo que hasta parece distinto cuando un paso cruza el umbral de salida. Fui feliz. ¡Volvieron las cofradías! Ya no sé, tomen nota aquí si quieren llamarme luego precavido o asustadizo, pero sepan que más bien lo que tengo es hartazgo político-clerical y profundo odio a los medios terroristas de información que se dedican a asustar a viejas, tomen nota, decía, de que dentro de mi felicidad cabe el pavor de que éstas salidas procesionales más que haber sido las primeras de nuevo, hayan sido las últimas otra vez. ¡Qué viene, qué viene! Ya están los mandamases disparando los niveles de los números de contagios sin decir la verdad: que contagios va a haber ya siempre pero el efecto de los mismos ya no es el que era. Claro, suspender las cositas es más fácil. Ya me entienden.

Así pues, lo dicho. Os necesitaba. Os necesitaba de verdad. Sois una gran porción de mi forma de vida. No sé mirar un calendario si no me detengo en el mes de Abril, no sé pasar un día sin silbar una marcha o pegar un cambio de costero conforme ando por el pasillo de casa imitando un misterio, no sé dejar de soñar con la candelería de un palio cuando viene de recogida al calor de su barrio, no sé quitarme ese antojo de sabor tradicional de torrijas y bacalao de Viernes Santo mientras descuento los Viernes de Cuaresma entre fogones de vigilia, no sé vivir, en definitiva, sin cofradías. He vivido estos años sin ellas, pero sin saber vivir, sin sacar el costal a repetir su ritual de paño con paño y tres vueltas y media. No sé si me entendéis lo que expreso pero estoy seguro de lo que transmito. Os quiero, cofradías. Ojalá no volváis nunca a desaparecer de mi rutina y recuperemos ese sueño de once meses y tres semanas que nos hace despertar en una Semana Grande y mágica, la que nos da la vida, la que tiene dos Domingos, por falta de uno, en los que estallan el júbilo y la melancolía. Os necesitaré a mi vera tanto como os necesito día a día. Me he dado cuenta en vuestra ausencia. Os necesitaba.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EL GURRAPATO

Decidí llamar "gurrapato", cariñosamente, a un garabato que me acompañará de por vida. En realidad creo que ya venía haciéndolo desde que me inicié en este mundillo jacobipeta de peregrinar a Santiago, pues su significado y simbología forman parte de mí tanto como yo de él. Siempre digo, en memoria a Antxón, que, al fin y al cabo, la vida es caminar. Y allá donde haya un peregrino con mochila y bordón, hay algo de mí. De este modo y habiendo alcanzado la meta de la Catedral que preside el Obradoiro el pasado 14 de Agosto, tras culminar un largo y duro camino iniciado en el Somport francés y haber logrado en cuatro veranos, pandemia nefasta de por medio, llegar a los restos del apóstol, sea Santiago o Prisciliano, decidí grabarme físicamente, pues mentalmente ya lo llevo, a modo de peregrino escondido, un garabato que representase el peregrinar con mochila y bastón y no siempre con el terreno a favor. Dos formas tenía de hacerlo: o grabándomelo a fuego como cuando se marca un ternero o tatuándolo per saecula saeculorum. Lógicamente la primera fue desechada al instante con una carcajada como la que se me escapa al teclearlo. Y reducidas las opciones a una sola, quedaba la incógnita despejada. O al menos de tal guisa lo aprendí en séptimo de E.G.B. cuando estudiaba matemáticas. Así pues, con más miedo que quince abuelas sueltas por las calles de Pamplona en San Fermín, decidí marcarme en la piel lo que atiné en llamar, como antes decía, "el gurrapato".

Decidido a hacerlo, busqué un peregrinillo que se adaptase a lo que yo quería, que no diera mucho la lata su elaboración, que tuviera un tamaño pequeño y que pudiera verse o no dependiendo de la vestimenta o, incluso, de mi posición corporal. Buscando por la red cibernética encontré un garabato muy sencillo y que da el perfil total de lo que pretendía. No es laborioso de dibujar y refleja un caminante con mochila y bordón caminando ligeramente hacia arriba, lo que denota el esfuerzo de las cuestas previas a la recompensa. Una precisa y preciosa metáfora de la vida. Contacté con un amigo tatuador y le dije lo que pretendía. Aquí debo reconocer que su asombro y sorpresa fueron grandes pues nunca he sido yo devoto de pinturrajos en la piel, cosa que él sabía. Sin embargo, tras este gran camino que ha marcado mi vida en muchas cosas, quise llevar un recuerdo del mismo siempre, además del interno que perdura en corazón y alma. Fueron tantas las penurias atravesadas esta vez desde que iniciamos la andada, más allá de la frontera con Francia en Somport, que al llegar a Santiago de Compostela, mi  padre, Iñaki y yo fuimos conocedores que de los quince peregrinos que iniciamos la aventura en aquel verano de 2018, éramos los tres únicos que la habíamos concluido. Increíble. Es de los detalles que me han llevado a tatuarme. Y otro aliciente, también, ha sido que éste habrá sido, sin duda, el último gran camino de mi padre, quien se inició en este mundillo jacobeo conmigo, con la esperanza de enfrentarse alguna vez a la subida de O Cebreiro y, resultando que, finalmente lo ha coronado tres veces y ha llegado al Obradoiro en cinco ocasiones, saliendo una desde Sarria, otra desde Ponferrada y tres desde el extranjero, en concreto dos desde Francia (Saint Jean pied de Port y Somport) y otra desde Portugal (Valença do Minho).

De esta manera y estudiado todo al detalle, comenzó la historia del gurrapato. Decidí que lo marcaría en mi piel el día 14 de Septiembre, fecha mágica por muchas coincidencias: se cumplía un mes de la llegada a Santiago, es el número de la suerte de mi mujer y mi suegro, la suma de ambos dígitos es de los números más alegóricos del temple, era el día de la Exaltación de la Cruz y la fecha en que empiezan la Feria en Bolaños de Calatrava en honor al Cristo de la Columna, siendo en su ermita donde me casé y teniendo la imagen una íntima relación con mi cofradía de la Flagelación de Ciudad Real, el tatuador sería el mismo que en su día grabó las alianzas de mi boda y, su joyería antes y ahora estudio de tatuaje también está en Bolaños. Una concatenación de casualidades, mensajes y caprichos que hacían que ese día fuese el idóneo para ello. Y así lo fue. Nació el gurrapato el día 14 de Septiembre de 2021. Debía estar escrito que así fuera.

Llegado el momento, decidí que fuera en una pierna y no en la muñeca como estuve barajando. ¿Qué lugar más representativo para un peregrino que las piernas con las que recorre el camino? Eso sí, estaría en la cara interna, protegiendo yo con mis pasos los suyos y más cercano al corazón por todo lo que significa. No hace falta que se le vea mucho. Todo estudiado al detalle. Lo presentamos en su escogido lugar caminando frente a mí en vez de a mi mismo sentido, símbolo de que el peregrino me "camina" a mí y yo camino con él. Vamos, lo que antes decía, mi querido Camino de Santiago forma tanta parte de mí como yo de él. Allá donde haya un peregrino, estaré yo. Allá donde yo esté, estará un peregrino. Y cada punzada de tinta inyectada en mi piel convirtió para siempre a mucha gente que el Camino de la Vida me ha regalado en parte de mí. Todos los que vivís en mi corazón y mente formáis parte del gurrapato. Así pues, pido perdón por adelantado por si me dejo a alguien, aunque los olvidados sin querer siempre me vendrán a la mente, de un modo u otro, cuando vea de nuevo la sombra del peregrino escondido en la Plaza de Quintana. Que sepáis que os llevo conmigo y siempre estaréis en mis pasos: Papá, Mamá, Ana María, Chiquitilla, Claudia, Lela, Abuelo, Iñaki, Isis, Gonzalo, José Ramón, Paco, Alberto, Jesús, Eva, Patorracas, Móstoles, Alicante, Luisito, Carlos, Sergi, Julia, Montse, Miguel, Milena, Amanda, María, Alba, Nieves, Luisete, Rubén, Fran, Gloria, Santi, Gemma, Paulina, Bea, Raquel y Bego.


domingo, 31 de octubre de 2021

LEYENDA DE LAS DOS MARÍAS

Existe en Santiago de Compostela una colección de secretos enorme escondida por las calles. Esa mágica ciudad tiene sorpresas y leyendas para todos. A los jacobipetas los conquista con el "Peregrino escondido", a los tunos y estudiantes con las historias que rezuman los muros de Fonseca, a los turistas con las historias que ocurren en las rúas Franco y do Vilar, a los más cercanos con la ruta llamada "París-Dakar" por dos bares con tales nombres y, a quienes ya creemos saberlo casi todo de esa encantadora ciudad, siempre nos descubre algo nuevo a la sombra de sus altas y pardas torres catedralicias. En esta ocasión me enteré, como siempre, de casualidad. Y eso hizo que disfrutase más aún de esa leyenda y decidiera plasmarla en el Rincón. Las serendipias de la vida son así, nos sorprenden. Y, a mí, particularmente, me gusta compartirlas. Además, plasmarlas por escrito sirve para que no las olvide y para poder releerlas de vez en cuando. Así las tengo nítidas. ¡Mi querido Santiago! ¡Cuánto me has enseñado y regalado! Y quiero que sigas haciéndolo. Raro es el día que no te recuerdo por algo y me sonríe el alma. En esta ocasión quiero volver a tus callejas y empaparme de tus leyendas, cosa que cuando llego como peregrino no lo consigo de la forma que quiero porque la mezcolanza de sentimientos y ese final agridulce que tiene pisar el Obradoiro, no me lo permiten. Se acabó, ¿y ahora qué? Ya me entendéis los que habéis llegado andando alguna vez allí. Pero hoy no estoy en el Rincón para hablar del Camino, sino de una leyenda que existe en la ciudad que le da nombre.

Tras la Catedral de Santiago, la fotografía más repetida en la capital gallega es la de una escultura en bronce situada en el Parque de la Alameda. Representa la imagen de dos mujeres y al conjunto se le conoce popularmente como "Las dos Marías" o "As dúas en punto" (las dos en punto). La obra es del escultor vasco César Lombera y se instaló en pleno corazón de Compostela en el año 1994. Pero, ¿quiénes fueron estas mujeres? ¿Por qué se les hace un recuerdo en un lugar tan emblemático? Eso precisamente es lo que vengo a contaros: La Leyenda de las dos Marías. Hago el inciso, necesario por cierto, de aclarar que como toda leyenda, esta historia, tiene algo de fantasía y algo de realidad. Los datos exactos que verteré son ciertos y contrastados, el resto no sé la pura credibilidad que se les haya de otorgar, pues me he nutrido de diversas fuentes y, como el asunto tiene un fondo político innegable, cada versión puede haber añadido o recortado algún detalle de factura propia. El caso es que ambas mujeres formaban parte de una familia anarcosindicalista en plena dictadura y ello conllevó, para bien o para mal, el origen de esta leyenda que, si bien ya era pública y perenne, quedará per saecula saeculorum en este humilde Rincón.

Maruxa y Coralia Fandiño Ricart fueron dos hermanas, en concreto la cuarta y la duodécima respectivamente, en una familia de trece hijos. La primera de ellas nació en 1898 y falleció en 1980 y la segunda llegó al mundo en 1914 y murió en 1983.  Sus nombres íntegros y verdaderos fueron María y María Argentina Coralia. Hijas del zapatero Arturo Fandiño y de la costurera Consuelo Ricart, estas dos mujeres tuvieron una vida muy peculiar. Por entonces la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), entidad anarcosindicalista fundada en Barcelona en 1910, tenía delegación en Santiago de Compostela desde el año 1925 y varios de sus hermanos varones militaban en la misma, coincidiendo históricamente con la dictadura de Primo de Rivera, el conflicto bélico civil y el posterior régimen de Franco. Los activistas, posteriormente al fin de la guerra, fueron duramente represaliados, teniendo que esconderse o huir. Y ante la imposibilidad de someter a la justicia a aquellos miembros de la familia que habían militado en la CNT y que se encontraban en paradero desconocido, la policía se dedicó a acosar y a presionar al resto de los Fandiño en el propio hogar familiar donde residían en Santiago, lugar en el que hubieron permanecido durante el proceso represivo. Así empezó la pesadilla para nuestras protagonistas. La presión continua, política y social, ejercida constantemente y a cualquier hora del día sobre las hermanas para dar con ellos, pudo ser el desencadenante de secuelas traumáticas que hizo que Maruxa, Coralia y Sarita adquirieran costumbres atípicas. Se dice que ellas mismas se diseñaban la ropa, vestían de manera totalmente estrafalaria y excéntrica, se maquillaban de forma peculiar e, incluso fumaban y se atrevían a piropear a los jóvenes universitarios, cosa totalmente impensable culturalmente para las mujeres de la época.

Solían salir a pasear a diario en torno a las dos del mediodía por el centro de Santiago, lo que les originó el sobrenombre de "As dúas en punto" (las dos en punto), antes dicho. También eran llamadas "Las dos Marías", "Cara de Palo", "las locas" y "las solteronas". Se convirtieron en personajes populares por el horario de su paseo, amén de sus prendas de ropa. A la hora que salían a las calles céntricas era el momento en que más bullicio había por el trasiego de estudiantes, universitarios y trabajadores que se dirigían a sus hogares o mesones a comer. Era en esos ratos cuando ellas aprovechaban para mostrar sus coloridas vestimentas que contrastaban con la mayoría de prendas serias de entonces y para hacer sus flirteos con los varones. Siempre juntas y llamativas, las hermanas Maruxa y Coralia Fandiño Ricart, pues la mencionada Sarita falleció joven, no dejaban a su paso a nadie indiferente por sus atípicas conductas, recordemos el momento histórico en que vivieron. Diariamente eran tachadas y su difícil vida estuvo marcada por una persecución social tan asfixiante hasta su óbito que, años después, el Ayuntamiento compostelano, en 1994 como antes citaba, haciendo gala de educación y merecimiento, decidió honrarlas a título póstumo encargando su escultura y situando la misma en el céntrico Parque de la Alameda. Además, la Asociación del Ateneo de Santiago, ese mismo año, sabiendo que estaban enterradas separadas y las tumbas se iban degradando, realizó una colecta popular y se agruparon en una misma sepultura los restos mortales de las dos hermanas para que descansasen juntas, como era su deseo. El artista vasco, César Lombera, autor de la escultura, fue quien propuso personalmente al alcalde hacer una obra en su memoria y las representó tal y como se las veía por la calle, con los atuendos de colores, sus raros maquillajes y sus peculiares poses. Inclusive, años después de inaugurar la escultura, se le cambió el colorido a la misma ajustándolo más aún a la historia  y leyenda de sus protagonistas. Si tenéis oportunidad de verlas en Santiago, recordad que esta divertida imagen es el eterno recuerdo de dos mujeres que hicieron y hacen historia al ser más queridas ahora que en sus días de vida. Honor y honra a las dos Marías. Va por vosotras, Maruxa y Coralia.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

EXCURSIÓN A LAS MINAS DEL HORCAJO

Conforme llegó a mi sesera un poquito de información sobre el asunto, comenzó a fraguarse la visita. Jamás había oído su nombre, ni sabía que se trataba de un pueblo abandonado, ni que estuviese en mi querida tierra. Las minas del Horcajo. ¿Y eso qué es? "Pues un municipio que está en la provincia de Ciudad Real, al sur de Castilla-La Mancha, en el corazón del Valle de Alcudia, en plena Sierra Madrona, prácticamente limítrofe con Andalucía. Se trata de una pedanía de la localidad de Almodóvar del Campo que en su día tuvo bastante importancia como pueblo minero y hoy en día está deshabitado y ruinoso... Además, te gustará porque para acceder a él hay que hacerlo a través de un túnel, viejísimo, con una única dirección en el que sólo cabe un vehículo y parece que te traslada en el tiempo, pues al salir del mismo te encuentras el pueblo abandonado". Imaginad esas palabras flotando en mi mente. Deseando estaba encontrar el hueco en el calendario para ir. Un nuevo lugar que descubrir me aguardaba cargado de historia, secretos y aventuras. La excursión estaba claro que tendría lugar y ya me relamía con el momento de pisar aquellas calles donde antes hubo vida y ahora sólo hay escombros. Me encanta estudiar previamente algo del sitio a visitar, posicionarme allí e imaginar in situ cómo sería la vida. Y así lo hice para abordar este pueblo hoy deshabitado que en su día fue bien conocido.

Las Minas del Horcajo, también llamado El Horcajo, a secas, se encuentra en un valle con forma de Y debido a la forma que le dan los arroyos que lo bordean, debiendo tomar, casi con seguridad, de ahí su nombre pues se denomina "horcaja" a esa forma de Y formada por dos ramas, dos valles, etc. A escasos siete kilómetros de distancia se halla la provincia de Córdoba. En Sierra Madrona, entre quejigos, castaños, abetos, robles y una gran población de animales de monte, encontramos el pueblo. Para llegar a él, debemos seguir la carretera nacional 420 dirección a Fuencaliente. A la altura del kilómetro 115, en una curva, veremos una pequeña señal que indica la salida. Hay que ir muy pendientes. Dejamos la carretera y tomamos un camino rural que a unos diez kilómetros, tras bifurcarse e indicar "Las Minas del Horcajo" y "La Venta de la Inés" nos deja a la entrada del túnel. Entre tanto es fácil que veamos varios ciervos correr libremente entre los árboles o cruzar el camino de un lado a otro. La primera impresión que nos da el mismo es fantasmagórica y, a la vez, atrayente. Serían increíbles las historias que podría contarnos de lo vivido dentro de él.

El túnel, decía, importante reclamo en la excursión, aún conserva en ambos lados, unos metros antes de la entrada, a la derecha, en unos pequeños bloques de hormigón, un pulsador verde que al presionarlo hace que se enciendan unos tubos de luz en el interior y se ilumine una pequeña señal luminosa en el lado contrario, advirtiendo que el túnel va a ser transitado, pues sólo cabe un vehículo. Es, por decirlo así, un rudimentario y arcaico semáforo que ya se usaba antes del año 1970, fecha de la despoblación de Las Minas del Horcajo al extinguirse los trabajos mineros por agotarse los recursos. El paso por el túnel es indescriptible. Hace unos años era un constante ajetreo de vehículos y hoy quien lo transita es el silencio, la soledad y algunas gotas de agua que se forman en su techo con el rocío y el frío de la montaña. La imagen por dentro mezcla emoción y claustrofobia, es un momento para vivirlo que nos deja a la salida de frente con el pueblo fantasma. Parece que nos trasladamos años atrás como lo hicieron los antiguos habitantes del pueblo minero mientras transportaban sus mercancías.

En su momento, Las Minas del Horcajo, tuvo más de 4.000 habitantes, gozando incluso de Plaza de Toros. Se llegaron a extraer miles de toneladas de galena (mineral de plata) y la importancia del lugar no era discutida. Inclusive se lo dotó adrede de línea de tren. Años después, cuando se dieron por finalizados los trabajos mineros y se cerraron las minas de plata, el pueblo quedó condenado a muerte y comenzó su despoblación. Para colmo, la llegada del AVE trajo más problemas, pues para construir la actual línea ferroviaria se demolió la Plaza de Toros sin razón de peso aparente, lo que avivó la marcha de los vecinos, quienes veían como las máquinas destrozaban el lugar con total impunidad. Gracias a unos cuantos que resistieron allí, hoy podemos ver la aldea y sus restos. 

Se mantiene todavía de pie la Iglesia de San Juan, medio derruida, con su desafiante espadaña retando al tiempo. En la misma se ha habilitado una pequeña capilla en la que se conservan algunas imágenes que pueden verse abriendo una pequeña portezuela que a modo de ventanuco se ha instalado para tal fin. Impone ver los restos del templo como se yerguen ante los escombros que los rodean. ¡Y pensar que en su día allí se celebraron misas, bodas, bautizos, comuniones y entierros de los lugareños! Increíble el fatal desenlace de este pueblo (y otros tantos) nacidos bajo el esplendor de una excavación minera. 

Caminar por Las Minas del Horcajo es una sensación única, un viaje en el tiempo que recomiendo a todos hacer. ¡Apuntadlo! A la fecha, existe a la entrada del pueblo una Casa Rural llamada "La Casa de la Mina", a la que no descarto ir a pernoctar alguna vez y bien aprovisionado, pues allí no se puede comprar absolutamente nada, pero, seguramente, la tranquilidad del lugar y pasar la noche en un pueblo fantasma rodeado de plena naturaleza, me reportarán un mágico recuerdo, como el de esta excursión.