miércoles, 17 de febrero de 2016

CARNAVALEANDO

Yo no sé si será cierto o no pero dice el refrán que la costumbre hace ley y la ley es para cumplirse. Y los refranes aciertan siempre. Así pues, si ya hace años que gusto de disfrazarme al menos un día en Carnaval, entiendo que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en costumbre, la costumbre ha hecho ley y yo, ¡faltaría más!, cumplo la ley. Y para los más desaliñados en esto del Carnaval me atreveré a decir que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento así es que fuese por cumplimiento legal, por costumbre, por tradición, por gusto o por ignorancia, la verdad es que he vuelto a disfrazarme y a celebrar las festividades de las carnestolendas. Que me vestí de Heidi, vaya. Este año no he sacado a pasear mi disfraz de la ilustre fregona (no confundir tal atuendo con la literatura cervantina, por favor) pero sí he sacado a la calle aquel disfraz con el que me ataviaron en mi despedida de soltero hace ya casi un lustro. He vuelto a vestirme de Heidi y para mayor guasa y cachondeo esta vez venían también mi mujer y mi gran amigo Narciso. ¡Ojo! La guasa no es que vinieran ellos, la guasa es que se disfrazaron ambos de Pedro y el Abuelo respectivamente, por lo que el cuadro que formamos era espectacular pudiendo haber pasado a sublime si llegamos a encontrar a Clara y Copito de Nieve. Todo un espectáculo.
Y, claro, como esta Civita Regia en la que Dios me trajo al mundo lo que más disfruto es la llegada de Doña Cuaresma, la fiesta de Don Carnal fui a degustarla a Miguelturra, como viene siendo ley, costumbre o como quieran vuesas mercedes llamarlo. En esa localidad vecina sí que viven el carnaval y tienen afición por el mismo por lo que entremezclarse con sus gentes por las calles hacen que el disfrute sea auténtico. Y allá que fuimos a parar Heidi, Pedro y el Abuelo. Ni que decir tiene que no faltaron los licores espirituosos y los bailes del molinillo, lo que hicieron que Heidi disfrutase soberanamente bajo la afectuoso mirada del Abuelo y algún gruñido de Pedro por desaprobación momentánea. Pero hay que saber que como aquí el que suscribe se disfrazó por imperativo legal y la ley está para cumplirse como antes decía, si ley es disfrazarse, ley es tomarse unos 100 pipers, ¡hombre, por favor! Y así fue.

Entre risas, bailoteos, una copita, otra copita, voy al baño, vuelvo, pon un chispalibre, échame tú el hielo y yo pongo la fanta, otro chispalibre me cabe, incluso dos si son cortitos, otra copita, ahora un chupito, se me ha caído medio pónme otro, arriba, abajo, al centro y para dentro, otro medio chupito se me ha caído en el brindis, vaya tela, pónme otro haz el favor, otra copita y por último hacernos unas fotejos transcurrió plácida y etílicamente la noche. Y tanto transcurrió que cuando nos quisimos dar cuenta ya eran las cinco  y media de la mañana, habíamos agotado los licores y era hora de ir o a la carpa a rematar la faena o a casa a roncar en fa sostenido. La carpa no apuntaba maneras pues no había demasiada gente y la cosa se ponía fea, taurinamente era cuestión de puerta grande o enfermería y por los ánimos habidos parecía que iríamos a la enfermería. Entre que entrásemos y saliésemos sería ya al alba y va a hacer ya quince años que dejamos de peinar los veinte. Nuestra hora había llegado y la faena había sido buena. La mejor puerta grande por la que saldríamos sería la de la retirada y por ella optamos. Aplausos no faltaron y Heidi volvió a casa como las cabras que la rodeaban en la montaña, dícese ente trotes y brincos. Fue caer en la cama, retozar haciéndome hueco como habría hecho Niebla en el césped, avisar al Abuelo de que había llegado al hogar y roncar con Pedro al lado. ¡Qué maravilla!

Me gusta a mí cumplir la Ley del Carnaval. Un año más entre ensayos de costal y a caballo entre el ocaso de Don Carnal y la incipiente Doña Cuaresma, damos rienda suelta a la guasa carnavalera. Un poquito no está de más. Me gusta a mí cumplir la Ley del Carnaval. Ya es costumbre. ¿O era al revés? Hasta el año que viene. Así sea.

lunes, 8 de febrero de 2016

NIEBLA DEL MONTE IRAGO

Email recibido comunicándome ser el ganador
He esperado pacientemente para publicar esta entrada hasta que fuese firme su objetivo: publicar en el Rincón un relato con el que he ganado un consurso. Os cuento. La Guía Consumer del Camino de Santiago presentó un concurso literario de relatos cortos llamado "Relatos del Buen Camino" en el que opté a participar. Podían enviarse tres relatos distintos y, si bien en la primera edición envié sólo uno titulado "Y el Camino llegó a mí", en esta edición he enviado el máximo de ellos. Dos basados en vivencias personales del Camino de Santiago llamados "Un trocito de melón" y "Niebla del Monte Irago" y otro metafórico en el que asemejo la vida de una persona desde su nacimiento hasta su muerte con el discurrir de la Ruta Jacobea desde Saint Jean Pied de Port hasta la mismísima Plaza del Obradoiro que lleva por nombre "Como la vida misma". Bien, pues hoy vengo a deciros que he sido el campeón del Concurso Literario "Relatos del Buen Camino" con el texto "Niebla del Monte Irago".
En sucesivas entradas os pondré también los otros dos relatos con los que participé, pero hoy os reproduciré íntegramente el relato que me ha llevado a la victoria. Lamentablemente es tan emotivo como real. Desde aquí agradezco de nuevo a Eroski-Consumer que seleccionase una de mis obras como merecedora de estar entre las diez mejores e, igualmente, agradezco de corazón a todas las personas que lo han leído y me han dado su voto para llegar al triunfo. Os dejo con el relato:

NIEBLA DEL MONTE IRAGO

Salí miedoso de Astorga. Siempre había hecho el Camino acompañado y esta vez me dispuse a hacerlo sólo. Lo necesitaba. Y no tenía miedo por ir en solitario, tenía miedo de mí mismo, de mi mente, de mi interior dolorido por un amargo varapalo que la vida nos había propinado a mi mujer y a mí. Habíamos perdido el bebé que esperábamos de la más dolorosa de las maneras y tenía muy agarrado el desazón internamente. Me sentía impotente y preso de una injusticia en la que no cabe apelación. Y por más que maldijese y derramase amargas lágrimas, el sol continuaría saliendo día tras día para perderse cada anochecer tras las aguas que se contemplan desde Fisterra. La vida sigue su curso incólume. Una etapa dura no puede empañar la belleza de toda una ruta. Como peregrino consagrado sabía que el Camino me curaría esas heridas internas como otras veces lo había hecho con lesiones de pasadas batallas mentales. Me haría llorar, desfogar, sacar fuera lo malo y ver que la vida ha de seguir siempre hacia adelante. Sabía que así sería y por eso tenía miedo. En algún momento tendría que enfrentarme a ese trago que había ido esquivando. Y por otras experiencias intuía que no elegiría yo el momento. Sería el propio sendero que refleja nuestro paso por la vida quien lo hiciese. Era consciente de que así iba a ser y por eso me puse en marcha en mi bien conocido y querido Camino de Santiago. Tenía miedo pero era necesario. Cuando recibimos tan dolorosa noticia me centré en mimar a Claudia, mi esposa, desatendiéndome a mí mismo en favor de ella. Una vez que logré volver a verla sonreír tocaba curarme y dedicarme un tiempo. Iba a ello con mochila, bordón y botas. En apariencia estaba el asunto olvidado, pero por dentro quedaba mucho por cicatrizar. Fui abandonando Astorga convencido de que la única forma de sanar ese desgarrón del alma era reabrirlo y que el Camino lo suturase por siempre. Lo hube aprendido en otros caminos y siempre resultó. Me enfrentaba a la prueba consciente del dolor que pasaría pero sabiendo que era la mejor medicina. ¡Vamos Gonzalo!, me dije. Y dejando atrás el albergue y apretando los dientes busqué la primera flecha amarilla.

Iba caminando atento a la llamada interior que la ruta me haría y por eso mismo no llegaba. El que espera desespera y el que viene nunca llega, dice el refrán. Y bien cierto es. Sabía que tenía que llegar y me empeñaba en adivinar el momento. Craso error. Atrapado en mi laberinto de recuerdos del pasado y deseos del futuro estaba desaprovechando el presente. Había ido dejando atrás sin pena ni gloria Murías, Santa Catalina y El Ganso y sólo el destino sabría cuando habría de pasar de nuevo por ellos. Iba tan obcecado con sanarme por dentro que no prestaba atención a nada, hasta que poco antes de llegar a Rabanal la inmesa sombra del Roble del Peregrino me invitó a descansar. Me detuve a relajarme e inconscientemente dejé de estar alerta. Y fue poco después de reanudar la marcha cuando ocurrió.

Atravesé el pequeño pueblo forjando la ilusión de enfrentarme a la dura subida hacia Foncebadón, cercano a coronar la Cruz de Ferro, techo del Camino Francés. El día se iba enrareciendo y el cielo adquiría un aspecto grisáceo amenazador. Avanzaba observando que una densa niebla se iba apoderando del Monte Irago conforme iba ganando metros de altitud. Tenía miedo a perderme y el terreno era muy abrupto con piedras sueltas. "¡Venga, papá! ¡Que podemos!", escuché como le decía un chaval joven a un hombre de unos cincuenta años. Me aparté del estrecho sendero por el que transitábamos en ese momento para abrirles paso y que continuasen la ascensión sin traba, pues ya estaba bastante cansado y mi ritmo era mucho más lento que el suyo. Ambos peregrinos me desearon buen camino y siguieron jaleándose cariñosamente el uno al otro mientras seguían subiendo. Al escuchar la arenga mutua mi mente se desbordó de recuerdos con ilusiones rotas. Dos lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas al ver avanzar a la par las dos siluetas. ¡Un padre y un hijo! Un sueño truncado para mí unos meses antes. Rompí a llorar amargamente, tanto que hube de detenerme, quitarme la mochila y sentarme a la vera del camino. Así estaba en aquella fría mañana de Noviembre. Sólo en la montaña, con mi interior, con la amargura que producen las heridas del alma y que nadie puede curar sino uno mismo y el tiempo. Grité desgarradamente mirando al cielo y pataleé contra el suelo hasta incluso hacerme daño. Atrapado en mi desolación la niebla me ocultaba y todavía quedaba un duro ascenso hasta concluir la etapa. Mis ojos vidriados por las lágrimas transmitían un dolor que no deseo que nadie conozca. Mi mente bullía atormentada. ¿Por qué tuvo que ocurrir? Allí pasé un rato enfrentándome a mí mismo hasta que desfogué. Me enjugué los ojos por enésima vez con la manga derecha del forro polar y cuando los lacrimales hubieron manado lo que fue necesario volví a caminar. Había empezado mi mejoría pero el rato que allí pasé solo lo sabemos la niebla del Monte Irago y yo.

Llegué exhausto al albergue la Posada del Druida. Y casualidades en las que no creo hicieron que el padre y el hijo estuviesen acomodados en la habitación donde me ubicó el hospitalero. Sonreí. Comimos juntos y me quedé charlando con el padre un buen rato. Se llamaba José Carlos. No lo olvidaré. Le prometí que algún día volvería al Camino con mi hijo por compañero, igual que él estaba haciendo.

Han pasado más de treinta años. Esta es la historia de tu nombre, José Carlos. A mamá no le gusta demasiado pero para mí significa mucho. Hoy haremos juntos la etapa de Astorga a Foncebadón. Si lloro no te preocupes, hijo mío. La niebla me ocultará y el Camino volverá a sanarme.


FIN.



Resta añadir que en el relato he cambiado nombres, fechas y etapas, pero todo el mensaje de la historia es real. Los hechos me ocurrieron en compañía de mi amigo Iñaki, peregrino igual que yo, en la etapa que va de Villafranca del Bierzo a O Cebreiro. Mientras mi padre caminaba más atrás me brotaron las lágrimas que el Camino debía secarme. Era un mes de Agosto y no Noviembre. Mi mujer se llama Gemma y mi nombre es Carlos. José Carlos sí que es real, es un peregrino de Albacete que hacía el Camino con su familia: su mujer y sus dos hijos. Los conocí en Foncebadón y por eso he recreado el relato en aquellos parajes de dura subida hacia la Cruz de Ferro. Eso es todo.
¡Ah! Gonzalo y Claudia... son dos personas que espero que algún día vean la luz y caminen por la vida de la mano de su padre.

He dicho.

viernes, 15 de enero de 2016

UN PUCHERO DE BARRO

Esta es la historia de un puchero de barro, pero no un puchero cualquiera, un puchero que como digo tiene historia. Un puchero que tiene pasado, presente y futuro. Hoy os narro una de esas cosas cotidianas que tanto me gusta compartir con vosotros ya que creo firmemente que son las que le dan sentido a la vida. Y me decanto por esta historia para empezar el año en el blog porque este 2016 creo que no me propondré propósito alguno. Total, cada vez que me propongo algo y aunque sea en una milésima parte no depende de mí, no lo logro y no se cumple. Así es que no me propondré nada y que Don Destino por llamarlo de algún modo obre en mí lo que quiera que de todo se harta uno. Me dedicaré a lo que mejor sé hacer: intentar vivir siendo feliz y arrancando sonrisas a los demás que a la vez me hagan sonreír a mí. Y así llegó a mis manos el puchero de barro, entre sonrisas, un día del pasado verano comenzó a fraguarse. ¡Qué cosas! En pleno invierno y yo mentando al verano. Pues sí. Desde Nochebuena ya vamos para el estío y cuando llegué San Juan ya iremos otra vez al frío. Eso es así. Y aunque suene contradictorio es real. Alcanzado el día que comienza el invierno empiezan los días a alargar hasta que estalla el verano y, en ese mismo momento, a menguar empiezan de nuevo hasta llegar otra vez al invierno. Pero no quiere decirse que se correspondan plenamente con las temperaturas que los acompañan, ¿eh? No os volváis locos. Que además estamos aquí para hablar de un puchero que no del tiempo y para loco ya tengo yo el entendimiento.

En verano decía comenzó a fraguarse la historia del puchero. Hicimos una barbacoa nueva en el campo y yo como manchego de buen yantar (y gañán de definición) ya le hacía idea no sólo a los guisos y asados veraniegos sino a las comidas a fuego lento del frío invierno. E idealicé en mi mente un puchero de barro lamido por las llamas de la lumbre y cociendo en su interior un buen puñado de judías con patatas y chorizo desprendiendo aromas de pimentón y laurel. ¡Anda que no! Y no se me iba el empeño de la cabeza y sabía que a finales del estío tendría ocasión de adquirirlo en una visita que hago anualmente a uno de los vecinos más viejos de la Mancha: el Cristo de Urda. Me gusta ir a verlo en sus días de honra y pasear por aquella feria tan pura y llana como la que pateó Don Quijote. Siempre hay puestecillos de productos típicos y de útiles y aperos de estos campos nuestros, entre los que recordaba haber visto otros años pucheros y ollas de barro como el que me rodaba a mí por la sesera.

Y fueron cayendo las hojas del calendario y con ellas se acabaron las vacaciones y llegó la vuelta al trabajo, anunciando la decadencia del verano y un otoño inminente que ya acechaba en breve tiempo. Casi sin darnos cuenta llegaron los últimos días del noveno mes del año y llegó el momento de ir al toledano pueblo a ver al Señor en su barca. Y allí nos dimos cita. Cumplí la tradición y fui a la feria en busca del puchero de barro. A decir verdad de los pucheros de barro, pues quería uno para guisar y otro pequeño para hacer café al tizón. Como suena. Café de puchero y cuando está bien caliente se le introduce dentro una brasa limpia de cenizas. En ese momento bulle el agua muchísimo y el café se mezcla con el humo y adquiere un buqué caracterísitico. Luego se cuela bien y se sirve. El regusto a leña y el aroma a antaño que te impregna la boca a cada sorbo de ese café de puchero es digno de memorándum. Haced la prueba y me contáis. Ya os digo que soy manchego cerrado y disfruto con las tradiciones y saberes de mis mayores. Pues allá que iba yo relamiéndome de las judías y el café que haría con los pucheros y la lumbre de la barbacoa cuando los ví. La gente que me conoce se reía aquel día pero bien que me han pedido posteriormente que los invite a judías. Pues eso. Los ví y me imantaron y me dejé imantar...



Compré finalmente dos pucheros de barro (dejé la olla para otra ocasión y, por cierto, ya la tengo y he hecho cocido campero con ella) y un molde para flores. Me quedé con ganas de comprar también una candilera para hacer rosquillos de candil de forma artesana, pero bueno, otro año será. Tampoco tengo todo el tiempo que quisiera para estar de lumbre en lumbre, aunque en realidad me encanta y soy feliz cocinando así para los demás. Y como en eso no tenía que intervenir fuerza ajena alguna y dependía de mí y sólo de mí, de vuelta que me volví con mis pucheros en el coche. Y bien poco tardé en estrenarlos. Estaba claro que las judías que lo inaugurarían serían pintas, mis preferidas desde niño. Y así fue. En las fotos podéis ir viendo el resultado. No me diréis que no es de escándalo, ¿eh? Y si encima a la par que cuecen las judías hago un revientalobos tostando las guindillas y cayenas a la brasa, amaréis este guiso como yo a mi tierra. Y fijaos que cosa más simple os cuento: la historia de un puchero de barro que de barro fue fraguado y de barro me fue entregado. El pasado en Urda lo tuvo, el presente en Fernancaballero lo gasta y el futuro en la lumbre del que me invite a su casa. ¡Qué cuestión más simple!


Y lo que sonrío yo con mi puchero no tiene precio ninguno. Por eso mismo gasto estas líneas contándoos tal cosa, porque seguro sonreís con esta pequeña historia. Otro detalle cualquiera en otro cualquier día que poco a poco llena de alegría la mochila. Eso no lo da el destino, lo da la esencia del día a día. Así es sonrisas y nos quiten lo bailado. ¡Salud! Y judías en el puchero que yo os haré de guisandero. Y quien quiera café en el postre no se haga el remilgón que tengo un puchero chico para hacer café al tizón. ¡Salud! ¡Salud, os digo! ¡Salud! Feliz Año Nuevo sin propósito ninguno, me conformo con seguir igual, con vivir y contaros más historias como la de este puchero.


martes, 22 de diciembre de 2015

MI DESEO DE NAVIDAD

La verdad es que más que mi Deseo de Navidad es una oración a favor de todos vosotros. Mi forma de expresarlo quizás sea a través de la fe en la más intrínseca de las creencias ancestrales de la vida, y aunque haya quien no crea no por ello lo excluiré de mi deseo. Y esto no tiene nada que ver con la religión. Estas fiestas deseo que se haga en vosotros la esperanza y que os acompañe en aquello que la necesitéis hasta que termine su necesidad y sea ya una realidad. Estas fiestas deseo que no tengáis regalos sino que tengáis sonrisas. Desde el Rincón deseo que no tengáis principios sino finales: el fin de una enfermedad, el fin de una espera, el fin de un problema. Esta Navidad deseo más que nunca que no os toque la lotería a ninguno y que celebréis de verdad el Día de la Salud y así pueda desearos algo de nuevo el año que viene porque os tendré a todos sanos mi lado. Pero, oye, que si os toca algún pellizco bienvenido. Durante estos días no os deseo atracones de grandes productos gourmet sino humildes platos con la mejor compañía.

Mi Deseo de Navidad es un no deseo. No deseo que volváis a cometer los mismos errores que hayáis cometido, no deseo que vuestros ojos derramen lágrimas por la misma causa que ya las haya derramado, no deseo que tengáis infortunios ni adversidades y no deseo que nadie pase por los malos momentos que yo haya pasado este año que ya se va. Mi deseo de Navidad no puede ser más simple que la más pura vida. No os deseo nada malo a nadie y ese es mi mayor deseo.
Pero también mi deseo de Navidad es un deseo verdadero. Sí deseo que sigáis caminando por los senderos de este mundo y os sintáis peregrinos de la vida, teniendo por mochila una familia y por bastón un buen puñado de amigos. Sí deseo que seáis costaleros de este mundo cargando con kilos de felicidad y avanzando chicotá tras chicotá con alegría. Sí deseo que cocinéis un humeante puchero cargado de cariño, amor y buenas intenciones para los vuestros. Sí deseo que se cumplan vuestros sueños y metas y que el horizonte de esperanza se convierta en realidad. Sí deseo que disfrutéis de todo aquello que hoy tenéis y quizás no valoréis como debáis: pareja, cónyuge, hijos, sobrinos, nietos... Sí deseo que compartáis mañanas de Domingo, tardes de paseo, llamaradas de una lumbre y baños en espumosas aguas del mar.

Y todo ello, lo que os deseo y lo que no os deseo, forma en conjunto mi Deseo de Navidad. Y repito que más que un deseo es una oración. Me gustan los rezos con hechos y éste es uno. Y no hablo de religión como dije al principio. Y en caso de serlo sería la que proclamaba un tipo larguirucho, desmelenado, hippie y con redondas lentes que era llamado Jhon Lennon a través de un cántico titulado "Imagine" . Vivid todos la vida en Paz y tened Buen Camino en este sendero que recorremos juntos. Mi deseo de Navidad  y lo que pido por ustedes es que siempre sean felices y sonrían, por favor.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL CASTILLO DE DOÑA BERENGUELA

Murallas y Torre del Homenaje
Inmersos en pleno campo de Calatrava, localizamos la población llamada Bolaños, cuya etimología explicaré in fine a raíz de lo que descubrí en la visita al castillo del que hoy vengo a hablaros. Debo adelantar que para mí decir Bolaños de Calatrava es decir recuerdos de la niñez, Virgen del Monte, Ermita del Cristo, amistad, familia y boda. Si bien de pequeño ya visitaba muy a menudo dicho pueblo por amistades que mis padres tienen en él, la vida me deparaba una bella unión con el mismo, pues años después fui a conocer a quien hoy es mi mujer y no podía residir sino en Bolaños de Calatrava. Casualidades del destino o, como muchas veces digo, del Sino y su fuerza como Don Álvaro dijese. El caso es que Bolaños me ha visto crecer y casarme, pues las nupcias las contraje allí con Gemma por expreso deseo suyo. Y hete aquí que este pueblo en el que tantas horas y días paso tiene un castillo que llevo viendo desde que era infante, incluso en él me hice el reportaje de fotos de la boda, pero que nunca había visitado con afán de aprendizaje y estudio. Y el día que lo visité en profundidad no dudé en que posteriormente hablaría de él en el Rincón. Y aquí está. Hoy vengo a narrar sobre el Castillo de Doña Berenguela.

El Castillo de Doña Berenguela también conocido como Castillo de San Fernando es una construcción de los siglos X y XI realizada con piedra basáltica, caliza, ladrillo y yeso. Se edificó para custodiar la vía militar de Toledo a Córdoba y tras la reconquista cristiana, Doña Berenguela lo donó a la Orden de Calatrava. La tradición cuenta que en el castillo nació el Rey Fernando III "El Santo", hijo de Doña Berenguela Reina de Castilla y, aunque no es un hecho comprobado, no es disparatado pensarlo pues la reina tuvo bajo su regencia la villa de Bolaños antes de cederla a la Orden de Calatrava, así es que pudiera ser cierto el hecho. De ahí que al castillo se le conozca por ambos nombres: Doña Berenguela y San Fernando.

Murallas almenadas y Torre Prieta
Torre del Homenaje
Históricamente hay fechas importantes que conviene destacar para conocer algo más en profundidad la historia del castillo y las modificaciones y transformaciones que ha ido sufriendo. En el año 711 comenzó la invasión árabe en la península y por aquellos entonces los musulmanes llegaron al asentamiento conocido como Bolaños, tomaron el primitivo castillo que allí había y adaptándolo y construyéndolo a su antojo lo edificaron nuevamente entre los siglos X y XI como antes decía. Se puede hablar de nueva construcción más que de remodelación pues las obras fueron tan profundas que se cambiaron aspectos tan sustanciales como la composición, orientación e instalaciones, levantándose también edificaciones defensivas que antes no existían. Principalmente se levantaron la Torre del Homenaje que perdura a la fecha y otras dos pequeñas torres que no han llegado a nuestros tiempos. Así perduraría la novedosa construcción hasta la Reconquista en la que en el año 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, con la vitoria cristiana el castillo pasase a manos del Rey Alfonso VIII quien lo regalaría como presente de bodas a su hija, Doña Berenguela. Ésta donó el castillo a la Orden de Calatrava en el año 1229, siendo dicha donación aceptada y respetada en el tiempo (ya se sabe cómo eran las donaciones por entonces) por el hijo y el nieto de la Reina de Castilla, a saber, el Rey Fernando III "El Santo" y el Rey Alfonso X "El Sabio". Era el año 1537 y hemos de tomarlo como punto de inflexión pues la Orden de Calatrava, en su esplendor en dicha fecha, dueña y señora de la fortificación, se fue debilitando hasta que en el año 1825 terminó desapareciendo quedando el castillo abandonado y sin legítimo propietario. De tal guisa fue la decadencia que la fortaleza fue subastada en 1864 convirtiéndose en un edificio privado del licitador que se hizo con ella en la puja. A mediados del siglo XX el castillo pasó a formar parte del patrimonio de la Diputación de Ciudad Real quién lo restauró debido al deterioro y abandono sufrido años atrás. Y ya, por fin, desde finales del siglo pasado el Castillo de Doña Berenguela pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de Bolaños de Calatrava, su pueblo, y fue declarado Bien de Interés Cultural en 1982. A la fecha continúa con dicha licencia administrativa y goza de buena salud manteniendo las restauraciones que se le hicieron. Es visitable y ofrece una agradable sesión de historia viva entre sus muros y cimentaciones, a la que desde aquí os recomiendo conocer.

Patio interior del Castillo y restos de columnas, baños y cimentaciones
Y todo esto lo traigo a colación porque con todas las veces que he estado en Bolaños desde que era niño no ha sido sino hasta la decadencia de este verano cuando he visitado el castillo que tan accesible era para mí. Ya era hora de hacerlo y por supuesto de dedicarle un ratito. Se aprecian perfectamente los restos de los baños árabes que contuvo, gran parte de las cimentaciones, el antiguo foso que ha sido recuperado en dos de las cuatro murallas de cerramiento, la Torre Prieta y la Torre del Homenaje con cuatro pisos, mazmorra en el sótano y terraza superior con almenas.

Y como remate el dato curioso que muchos no saben, ni siquiera los habitantes del propio pueblo. El origen y etimología del nombre de Bolaños de Calatrava tiene una estrecha relación con el Castillo. Como decoración por el patio del propio castillo y por los jardines aledaños se observan por el suelo verdaderas bolas de piedra de tamaño aproximado al de un balón. Dichas piedras toscamente redondeadas a mano son restos de rocas extraídas de la cercana cantera, algunas con carácter volcánico ya que fueron bañadas en lava por erupciones casi con toda seguridad provenientes del Cerro de la Yezosa, volcán situado en la serranía de Moral de Calatrava, cercano al enclave de la referida cantera y del castillo que nos ocupa. Esas mismas piedras se tornaban en un tamaño idóneo para servir de munición a las antiguas máquinas de artillería usadas en tiempos de guerra. En esta zona muchas eran de ese aspecto negruzco por su proveniencia volcánica pero por lo general eran calcáreas. Y, ¿adivináis el nombre de esas piedras? Efectivamente, Bolaños. Un bolaño era ese proyectil esférico de piedra que se usaba en la artillería medieval y, por ello, la villa donde se enclavó el Castillo recibió el nombre de dichas municiones pétreas por el frecuente uso que de ellas se hizo durante las batallas desde tiempos almorávides. La tierra de los bolaños se llamó a la población durante la reconquista cristiana, quedándose definitivamente instaurado el nombre de Bolaños de Calatrava tras la batalla de las Navas de Tolosa en la que se recuperó el dominio del campo de calatrava. Amigos bolañegos, ¿sabíais este dato? De ahí viene el origen del nombre del pueblo, ese pueblo vuestro que hago mío a través de los vínculos que a él me unen.

Aspecto interior del Castillo y bolaños en primer plano.
Espero que hayáis disfrutado de esta entrada homenaje a uno de los inmuebles declarados patrimonio y catalogado de Bien de Interés Cultural y os animéis a visitar el castillo de Doña Berenguela donde nació el Rey Fernando III, "El Santo"... o no. Y si lo hacéis y vais a Bolaños ya sabéis por qué el pueblo se llama así. Y ya que os ponéis en marcha visitad la antigua cantera y el volcán llamado Cerro de la Yezosa. Será una excursión agradable. ¡¡Hasta la próxima, amigos!!

viernes, 30 de octubre de 2015

TOMÁS, EL ÚLTIMO TEMPLARIO

El Camino de Santiago es especial para mí. Quien me conoce lo sabe. Amo el Camino. Es mucho más que caminar. Es reír, es llorar, es sufrir, es enorgullecerse, es asumir el reto, es lograrlo, es superarse, es hundirse, es levantarse, es abrirse, es cerrarse, es vivir, vivir a tope las emociones y sentir con los cinco sentidos lo jamás sentido antes. Y dentro de los caminos soy fiel al de siempre, al mítico, al mágico, al de los secretos, al de las mil historias, al que es la madre de todos los caminos, al real Camino Francés. Lo conozco bien y él me conoce mejor a mí. He recorrido todas sus etapas desde Saint Jean Pied de Port hasta Santiago de Compostela, algunas incluso tres o cuatro veces y jamás me canso de hacerlo. Todavía le debo muchas letras al final de mi gran camino, a esa aventura que inicié en el año 2013 y he concluido este verano, a esas etapas que me han llevado desde León hasta Compostela. Pero antes de realizar esos escritos debo dar paso a otros. El Gran Camino Francés me atraía por muchas cosas y cada vez me atrapa más por motivos que él mismo ha ido enseñándome e incitándome a conocer a través de mis caminatas. Y esta última aventura ha sido especial porque pasaría por vez primera por lugares muy emblemáticos para los peregrinos y que yo todavía no conocía, como La Virgen del Camino, Hospital de Órbigo, Astorga, Foncebadón, la Cruz de Ferro y Molinaseca. Varios de ellos vienen reflejados en el Códex Calixtinus y tenía ganas de patearlos. Y entre ellos había un sitio y una persona que todo peregrino que se precie conoce o ha oído hablar de ellos. Historia viva y resucitada del Camino. Hablo del municipio de Manjarín y de Tomás, el último templario. Estos párrafos son para ellos y para inmortalizar aquella preciosa etapa.

Amanecimos en Foncebadón tras una jornada anterior durísima. La etapa que habíamos hecho fue Astorga - Foncebadón y los últimos kilómetros entre Rabanal del Camino y nuestro destino fueron terribles. Desgarradoras subidas entre piedra viva con un sol infernal que nos castigaron muchísimo física y moralmente. Pruebas de esas que el Camino te pone y que luego recuerdas con un cariño especial diciendo "yo lo hice" en un claro auto-homenaje que implica "lo logré". Nos quedaba subir algo más de terreno y coronaríamos el techo del Camino de Santiago: la Cruz de Hierro. Era una etapa que se antojaba carismática y con ganas de ser recorrida por todos los momentos inolvidables que depararía el día. Se notaba en el ambiente y se presagiaba entre nosotros: coronar el Camino, los vertiginosos descensos por El Acebo y Riego de Ambrós, atravesar Molinaseca y alcanzar Ponferrada. Y todo en el mismo día. Y, por supuesto, teniendo el punto de interés puesto en Manjarín, el Refugio Templario y Tomás, ultraconocido por los caminantes. La jornada se presentaba preciosa y singular por poder alcanzar dicho lugar y conocer al llamado "el último templario", conversar con él, visitar la zona y hacer fotografías que perduren en el tiempo con ese aroma que antes decía de "yo lo hice". Y sí, señor, lo hice. Lo hicimos. Mi padre, Iñaki y yo llegamos a Manjarín, sonó la campana tocada por el propio Tomás dándonos la bienvenida, lo conocimos y estuvimos allí.

En un lugar inhóspito de montaña con unos climas extremos tanto en verano como en invierno, en pleno Monte Irago donde la Maragatería da paso al Bierzo, hubo un municipio pequeño llamado Manjarín, el cual quedó abandonado hace varias décadas, siendo la última construcción en derrumbarse una vieja escuela sobre la cual, años después, Tomás ha ido construyendo un refugio para peregrinos. En la actualidad despoblado y con un pírrico censo de nueve habitantes, de lo que es el pueblo no queda absolutamente nada y las únicas construcciones rudimentarias que existen en el lugar son las levantadas por Tomás, siendo eminentemente medievales y con unos servicios justos y precarios. Los peregrinos allí hallarán un albergue muy conocido en el Camino, pero no encontrarán en él ni lavabos ni duchas, aunque sí un lugar para refugiarse de las terribles inclemencias del tiempo. Serán recibidos a toque de campana con un vaso de café, agua o caldo y podrán descansar en la tosca construcción, rodeados del aura mágica y la fuerza telúrica que emana del lugar, donde existe un panel con las distancias hacia los grandes lugares de peregrinación como Jerusalén, Roma, Machu Pichu y el propio Santiago de Compostela. Además, claro está, disfrutarán de una curiosa conversación con Tomás Martínez de Paz, el templario, hospitalero y constructor del refugio allí enclavado.

Tomás, apodado "el último templario" reconoce no ser cierto su mote, pues según nos contó el Temple está vivo y existen varios círculos de caballeros templarios repartidos por el mundo por lo que, evidentemente, él no es el último caballero templario. Sintió la llamada del Temple en Ponferrada hace más de veinte años y desde entonces se convirtió en templario y hospitalero del Camino. Estuvo colaborando con otro mítico personaje del Camino como es Jesús Jato en el Albergue que éste mismo creó con sus propias manos, el Ave Fénix, sito en Villafranca del Bierzo. Estando allí llegó a sus oídos una anécdota de un peregrino que se perdió por el tramo de camino entre Foncebadón y El Acebo y no halló cobijo pues se encontraba desprovisto de todo tipo de refugio, albergue o punto de parada. Esto hizo que Tomás se instalase en Manjarín, situado entre esos dos citados pueblos y diera cobertura hospitalaria a ese largo tramo carente de dotación. Revivió y resucitó el despoblado municipio y construyó el refugio templario dando cobijo a los peregrinos. Es cierto que el lugar desprende una energía extraña y merece que todo peregrino se detenga un ratito allí. Tomás tañe una campana cuando avista a los peregrinos para que estos se guíen por el sonido hacia el refugio, al igual que hacían los antiguos templarios los días de niebla o tormenta de nieve para evitar que se perdieran los caminantes o para atraer a los ya perdidos hacia el cobijo del albergue. Echamos un buen rato charlando con él en lo que es sin duda uno de los rincones más fotografiados del Camino.


Hoy repasando mis vivencias camineras me he acordado del buen Tomás al que tuve el placer de conocer y no he dudado en verter estas líneas en mi humilde rincón. Sé que algún día podré decir nuevamente "yo lo hice", yo conocí a Tomás, el templario, el hospitalero de Manjarín. Me gustaría conocer en persona a Jesús Jato igualmente, pero a saber cuándo vuelva yo a pisar Villafranca del Bierzo. Aunque a decir verdad, antes de embarcarme en el mundillo peregrino jamás siquiera había oído nombrar dicho pueblo y ya he pasado por él haciendo el Camino dos veces. Nunca se sabe. En todo caso ambos son historia viva del Camino de Santiago, tanto que ya forman parte de él. Basta con teclear sus nombres en cualquier buscador de internet y salen diversas noticias sobre ellos. Personajes del Camino que viven por y para él desde mucho antes del boom de los Años Xacobeos. Y ésta, amigos, es una de las cosas que me gusta compartir y que queda grabada en mi retina de caminante: mi recuerdo de Manjarín y de Tomás, el último templario. Non nobis domine. ¡Hasta la próxima y Buen Camino!

viernes, 16 de octubre de 2015

LEYENDA DEL PAPAMOSCAS DE LA CATEDRAL DE BURGOS

Burgos, allí donde reposan los restos de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en la majestuosa e imperial construcción catedralicia bajo el cimborrio, allí donde el Camino de Santiago te hace cruzar el Río Arlanzón y te muestra la primera gran catedral que se erigió en España, allí donde llegué como peregrino y prometí mi regreso y el mismo se ha producido de inesperada manera reafirmando mi promesa de volver a volver, allí donde se fraguó la leyenda que hoy os vengo a contar, allí se encuentra este singular autómata que despierta la curiosidad de grandes y menores cuando el reloj marca las horas. Se trata de un singular personaje que con cada campanada del reloj abre la boca a la vez que mueve con su brazo derecho el badajo que hace sonar la campana y es conocido con el nombre de "Papamoscas". El nombre lo ha adquirido del pájaro "papamoscas cerrojillo" el cual mantiene el pico abierto esperando que las moscas se metan en su boca para servirle de alimento. Es evidente que el refrán "En boca cerrada no entran moscas" está íntimamente ligado a esta especie de ave y a nuestro protagonista en la entrada de hoy. Habéis acertado los que así lo hayáis pensado.


El Papamoscas es una figura de cintura para arriba que asoma sobre la esfera de un reloj que se halla en el primer tramo de los pies de la Catedral de Burgos, sobre el ventanal del triforio a unos quince metros de altura. Viste al estilo cortesano con una casaca encarnada cuyas bocamangas, hombreras y cuellos son de color verde azulado haciendo juego con el cinturón. Sus rasgos son grotescos y a base de cierta intimidación y fealdad despiertan simpatía para quienes conocen su historia. Y si no la conocéis hoy la descubriréis. Vengo a relataros la leyenda de este autómata y cómo llegó a instalarse esta figura en nada más y nada menos que la Catedral de Burgos, sitio que como estaréis pensando no está destinado a la colocación de estas figuras. Yo ignoraba por completo su existencia y la primera vez que supe algo de él fue a través de mi querido Camino de Santiago. En una de las guías mencionaban al Papamoscas como una de las mayores atracciones de la Catedral junto con la tumba del Cid Campeador y la Capilla de los Condestables. Pero no es lo mismo visitar una ciudad siendo un turista, excursionista o viajero que siendo un peregrino cuyo sino depende prácticamente en su totalidad del día de la semana y horarios en que el Camino te lleve allí. De este modo, a mi paso como peregrino por Burgos no pude admirar la Catedral en su interior ni conocer al Papamoscas, cuestión que recelaba en mi mente autopidiéndome volver algún día. Y en cuanto hubo ocasión así lo hice. Y conocí su leyenda. La leyenda del Papamoscas...

Cuentan que el Rey Enrique III llamado "el doliente" por su mala salud, acostumbraba a ir todos los días a rezar a la Catedral de Burgos. Un día durante sus plegarias advirtió la presencia de una bella joven que oraba frente a la tumba de Fernán González, de la cual quedó prendado y cuando ésta abandonó la basílica el monarca la siguió hasta su domicilio para ver dónde habitaba. Esta escena se repitió continuamente y el rey quería declararle su amor pero la timidez que lo embargaba le impedía articular palabra con la joven y cruzar diálogo con ella. Cuando la bella damisela iba a rezar a la Catedral sabía que era observada por el rey y aguardaba la ocasión en que éste le dijera algo. Cierto día cuando la joven se dirigía ya a abandonar la Catedral, al cruzarse con Enrique III dejó caer un pañuelo a su lado esperanzada de recibir alguna palabra del joven rey, quien lo recogió y se lo guardo en la pechera entregando a la joven uno de su propiedad mostrándole una amplia sonrisa, pero todo ello en silencio y sin emitir una sola palabra. La misteriosa joven recibió el pañuelo y siguió su camino pero al salir tras la puerta emitió un desgarrador lamento que retumbó en la Catedral. Al rey se le grabó al rey en el alma y salió tras ella al escucharla pero ya no la encontró. Hizo el recorrido que tantas veces había hecho siguiéndola hasta su casa y cuando llegó se encontró con que aquella hacienda estaba en ruinas. Preguntó a los lugareños y vecinos cercanos y le contestaron que esa vivienda llevaba así tiempo y que hacía años que en ella no vivía nadie pues todos sus habitantes habían fallecido a causa de la peste negra.
Tras aquel día en que se desvaneció la esperanza de la joven de que el rey Enrique III le dijera algo no la volvió a ver. "El doliente" todos los días iba a la Catedral y sus ojos miraban hacia la tumba de Fernán González a ver si veía a la joven orar, pero jamás apareció de nuevo. En su afán por mantener aquella idílica visión de su enamorada y el lamento que emitió y no podía sacar de su cabeza, encargó a un artífice veneciano la creación de una figura que recordase a la joven y que emitiera un sonido parecido al lamento que no podía borrar de su memoria. Pero al artista no sólo no atinó a plasmar el encargo del rey sino que, además de ni acercarse a la belleza que le describió el monarca, lo que hizo fue un grotesco muñecote con unos rasgos perversos e intrigantes que emitía un graznido horrible que años después hubo de silenciarse por lo molesto del mismo. El joven rey en su empeño de mantener el recuerdo de su amor ordenó colocar este autómata en la Catedral, pues de una manera u otra le recordaba la historia de su joven amada.



Y así es como llegó este personaje a la Catedral de Burgos y en ella se hubo de quedar. Lógicamente al contemplarlo y ver su cara nadie puede evocar la historia de un joven rey enamorado y una bella dama emitiendo un suspiro de amor. Para eso está la leyenda. Sin embargo se ha ganado la simpatía, afecto y curiosidad de todos los visitantes a la ciudad burgalesa pues es muy curioso verlo abrir y cerrar la boca cuando da las campanadas. La mejor hora para verlo, sin duda, es a las 12;00 horas, pues es el momento del día en el que más veces abre y cierra la boca. No podía cerrar la entrada sin hacer mención a una de las cancioncillas más populares de nuestro simpático personaje. Y es que muchos de los que hemos observado al Papamoscas dar las campanadas y abrir y cerrar la boca nos hemos embobado en la visión quedándonos también boquiabiertos. Y esta cancioncilla recoge la graciosa escena y dice así:

El papamoscas soy yo
y el papamoscas me llamo,
éste nombre me pusieron
hace ya quinientos años.

Desde esta ojiva elevada
contemplo a la gente loca
que corre apresurada
para verme abrir la boca.

Y que contentos me miran
sin cansarse de esperar,
a los listos y a los tontos
los engaño de verdad...
Porque no es el papamoscas
el que sólo hace la fiesta,
también los que estáis abajo
y tenéis la boca abierta.

Y ésta es la Leyenda del Papamoscas, amigos. Espero que os haya gustado y hayáis aprendido una curiosidad más. Si vais a Burgos no dejéis de acercaros a la Catedral a verlo. Y para los más tacañones decir que no hace falta pagar la entrada para verlo, ni tenéis que aguardar a hacer la visita guiada. Al Papamoscas se puede acceder gratuitamente. ¡Ah! Ya que estáis por allí probad la morcilla y las viandas del lugar. Saludos a todos. ¡Hasta la próxima!