martes, 30 de junio de 2020

LA "NUEVA NORMALIDAD"

Ríanse, ríanse de nuevo que ya lo hicieron. Cuando digo que lo mejor es la rutina una vez que la tenemos ya formada a nuestro deber y antojo me dicen que estoy loco, que eso es un aburrimiento y que hay que dejar paso a la aventura. Y se ríen de lo que digo. Bien pues ríanse otra vez si quieren pero ahora ven que es cierto. Se han pasado meses viviendo una aventura inesperada, de esas que añoraban, de esas que son imprevisibles, de esas que hay que dejarles paso para que rompan la rutina y resulta que estaban deseando volver a la normalidad, es decir, a la rutina. Ustedes que se reían de los que gustamos de tener la agenda planificada y llena. Ustedes se han visto inmersos de golpe en tal aventura azotando a la vida que les ha privado de sus trabajos, de sus prácticas habituales, de sus ratos de improvisación, de sus familias y amigos y, lamentablemente en algunos casos, hasta de un ser querido. Y ustedes, tan risueños meses atrás y tan graciosos comentando acerca de los que somos felices con una rutina establecida que en ocasiones nos ha costado años orquestar, han estado suplicando que volviera todo a la normalidad, a su normalidad, a su rutina, vamos, a la de ustedes, a la de los que decían no tenerla y sin embargo viven en el dos y dos son cuatro, trabajo de tal a tal hora, los Lunes voy a inglés, los Miércoles juego al pádel, los Jueves voy de cañas, los fines de semana alterno uno en el pueblo y otro en la ciudad y los Domingos como paella esté donde esté. Ríanse, ríanse de las barbas de su vecino pero cuando ustedes las tengan afeitadas porque los rutinarios que se las dan de aventureros son ustedes. Y hoy no vengo a a reírme yo, pero voy a poner el punto en la i.

No fueron pocos los que hace meses, cuando vertí unas líneas diciendo que todo ser humano lo que necesita para vivir cómodo y feliz es tener establecida una rutina de actividades y comportamientos, me tacharon de chalado. No sé si es que no lo entendieron o no lo quisieron entender. Pero así fue. Y les hace gracia cuando yo en el mes de Enero planifico el año que tengo por delante e intento, en lo que está en mi mano, que se cumpla. Quizás pasan por alto el detalle de la oración "en lo que está en mi mano" porque nadie es dueño del destino y de lo que el mismo traiga. Cojo mi agenda me marco las metas y lucho por ellas en lo que de mí depende pues es la única forma de intentar lograrlas y luego disfrutarlas. Pero claro, eso conlleva rutina y constancia. ¡Qué aburrido! Y sí, me aburro mucho. Vamos, muchísimo. Ya ven que aburrido estoy: no me faltan nunca planes, ni tiempo de ocio, ni gente con quien pasar un rato. Raro es el tiempo que no estoy haciendo faenas nuevas o trasteando tareas de antaño. Jamás estoy quieto mucho tiempo sin excursiones o viajes. Y, entremedias de todo ello, tengo mi familia, mi trabajo, mis costumbres y mis aficiones que no son pocas. Y sí, efectivamente es una rutina: vivir lo más feliz que pueda conjugando lo que traiga la propia vida y lo que yo pueda aportar.
Y todo ello viene por este tiempo llamado "nueva normalidad". ¿Qué es eso? ¿Hemos recuperado (o estamos en ello) nuestra rutina de antes o estamos iniciando una nueva? ¿Dónde están los aventureros que huyen de planificaciones y ven que ahora no dominan ellos su agenda vital? La "nueva normalidad" es una chufla. Mientras sigamos con uso obligatorio de mascarillas y saludándonos con el codo la situación no es normal. Y eso no es que lo diga yo, es que así. Vendedle la moto a otro. Otra cosa es que nos tengamos que adaptar a ella y seguir viviendo. Evidentemente no podemos estar sumisos y viviendo con miedo, hay que vivir, pero hay que ser conscientes también de que la vida sigue pero no como quisiéramos y nos gustaría sino que vuelve a su rutina de la manera que ella quiere y nos va revelando conforme acaece. Que ahora para ir al cine hay que asistir con el inseparable gel hidro alcohólico, la mascarilla y no se pueden llenar las salas, bien, pero que quien podía antes ir por costumbre un miércoles ahora puede también ir y apuntarlo en la agenda como un plan, también. Por lo tanto, la rutina va volviendo y los planes aflorando. Se trata de seguir viviendo de la manera más feliz posible que se pueda y que nos dejen.


Así es que ríanse, ríanse y a la vez lloren y sucumban al reconocimiento de que la mejor manera de vivir es la rutinaria, la que llena las agendas de planes forjados con ilusión, la que parece que nos encorseta al calendario pero en realidad nos hace gozar de la libertad de tener el tiempo ocupado por contradictorio que parezca. Porque tener el tiempo ocupado es vivir, es compartir, es soñar, es recordar y es avanzar por un camino que creemos moldeable y dominable. Podemos quedar y desquedar, hacer y deshacer, estar atados al horario laboral y a las obligaciones, estar libres en los ratos de descanso y llenar como más nos apetezca el resto del tiempo. Y precisamente eso lo llevamos haciendo muchos (me incluyo) desde hace años mientras otros creen vivir a lo loco y a la aventura en un mundo que dominan y que, en realidad, cuando la vida se pone seria como ahora, se demuestra que no es así. Ríanse pero de verdad. Ríanse porque la vida les da la oportunidad de disfrutar de ella y les regala una agenda que llenar con los familiares y amigos. Vivan, vivan como mejor puedan, siguen vivos y conviviendo con una pandemia que ya es histórica e historia viva y real. Esa es la única verdad y "nueva normalidad" que existe. Amóldense, disfruten de todo lo que esté al alcance de sus manos, reconozcan que la mayor comodidad y confort es la rutina y sueñen con mil proyectos por cumplir. Y cuando los cumplan, rían de nuevo de felicidad. Ya volveremos a la normalidad, a la real, a la de siempre, a la "normal" de verdad. Pero por ahora lo normal es esto, ni viejo ni nuevo, esto, lo que hay, lo indominable, lo que nos crea sin saberlo nuestra rutina. Rían, vivan y sonrían. ¡Hasta otra!

miércoles, 17 de junio de 2020

A MIÑA SIDRIÑA

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo olvidarme por ser en el que habito y amo, no ha mucho tiempo que me aventuré a la elaboración de cerveza casera adquiriendo para ello un kit preciso de iniciación, si bien, juzguen vuesas mercedes lo que vieren y entendieren, debido al uso que del mismo hago y los avances en tan singular técnica ha devenido en hacerme ya efectivamente iniciado, sí, pero experto iniciado a sazón de los resultados y variedad de los mismos. Y no doy más pasos en aquesta aventura porque el lugar doméstico no lo permitiere en cuanto a espacio y, bien sabéis, porque mi esposa y ama, que no pasa de los cuarenta como Cervantes dijera de la que con Don Quijote vivía, podría bien partirme el palo de siete escobas en las costillas si introduzco más trastos y majaderías en la hacienda, llenando así de bártulos los espacios comunes y convirtiendo en maquiavélica fábrica cervecera el hogar donde residimos. Sin embargo, un descubrimiento hallado en los libros, no de caballerías más sí de cervecerías, dio en mi mente con la afortunada idea de usar el kit para otro licor que no fuere el extracto de cebada. Y así llegó a mí, una vez la elaboré, a miña sidriña, dicho sea de gallegas maneras, pues la misma, si bien procede del Reino Astur, me evoca recuerdos de la tierra donde se halla Finisterre. Y mi sidriña y su historia, sin duda alguna, en el blog ha de quedar plasmada per saecula.

Dicho lo anterior de cervantina manera, haciendo recuerdo de su obra más universal, ha de saberse que en los tiempos de confinamiento, con nocturnidad y alevosía hice el encargo a la web "Cocinista" (que es donde adquiero todos los "asuntos cerveceros") de un kit preparado para hacer algo más de una veintena de litros de sidra. Cierto es que me gusta esa bebida y las varias veces que he ido a Inglaterra he tomado más pintas de sidra que de cerveza y cierto es también que cuando compré el equipo para hacer cerveza pensé que sería una gozada poder hacer sidra también, lo que pasa que no sabía que sí que se podía con ese mismo equipamiento, hasta que un día, como todo, de casualidad, lo descubrí. Y desde ese día supe que la haría. El parón de la vida cotidiana que nos trajo la pandemia puso a huevo el momento pues no tenía otro entretenimiento mejor y sin pensarlo mucho compré lo necesario. Además ya estaba maquinando hacer y diseñar unas etiquetas para las cervezas caseras así es que incluiría otro modelo para la sidra y enviaría todo junto a la imprenta. Vamos que la cosa se ponía de cara y a mí esas iniciativas me gustan y me gusta más aún el culminarlas con éxito. Raro es que empiece un proyecto y lo deje a medias. Soy manchego y, por ende, cabezón y concienzudo. Mi primera sidra ya había comenzado a existir desde el momento en que supe que tenía lo necesario para ello. Y no he parado hasta que ha sido real y ya reposa dulcemente aguardando su consumo. Desde el embotellado y comienzo de la segunda fase de fermentación han de transcurrir cinco semanas mínimo para la cata. El estado óptimo lo alcanza a los seis meses. Así es que paciencia y en Navidad a disfrutar de los tercios de la "Sidra Sancha" a diario. Y, a lo mejor, de dos en dos. O de tres en tres si es día de villancicos. ¡Yeah!


Ya metidos en faena, lo primero fue limpiar y desinfectar bien el fermentador pues el cambio iba a ser drástico. De haber tenido en su interior veinticinco litros de cerveza negra iba a pasar a albergar sidra en potencia, dando lugar a la fermentación del extracto con azúcar y levadura. Esos detalles de extrema limpieza y desinfección son claves para el éxito final pues cualquier descuido te puede estropear todo el proceso y lo peor es que lo descubres meses después. Hay que ser muy meticuloso con ello. Puse en orden también el borboteador, el densímetro y compré algunas botellas y chapas para esta nueva empresa. Estaba feliz y, sobre todo, entretenido pues como no tenga alguna tarea que hacer mato moscas con el rabo como un diablo aburrido. Y, hete aquí la mente divagando travesuras, limpiándolo todo para hacer la sidra tras haber hecho cerveza negra, ya pensaba en cuál sería el siguiente brebaje cervecero que acometería. Y lo decidí, vaya si lo decidí. Una cervecita tostada, de esas color cobrizo, con toque a caramelo y amargor final sabor a nuez que cuando la pruebas piensas "quiero un barril". Así como quien no quiere la cosa acabo de daros la primicia. La temperatura de fermentación es óptima en estos días pues mantiene la habitación a unos veintidós grados así es que estando el equipo de nuevo libre creo que en estos días haré esa cerveza para tener unas birritas frescas para el verano. Va, que me voy por las ramas. Hoy la cosa va de sidra. Mentiría si no dijese que estoy deseando probarla pero en estos casos ya me he acostumbrado a esta dulce espera.

La sidra se ha tirado fermentando con la levadura prácticamente dos semanas en el fermentador. Además el borboteo era constante y la gravedad original fue 1036 lo que presagiaba una graduación final de unos 5 grados. La gravedad final estuvo en 1002 así es que, a priori, ha quedado una señora sidra de 5,3 graditos de alcohol. Es decir, en Navidad con unas cuantos culines en lo alto vamos a cantar la Marimorena en do mayor sostenido sin problema. Ahora están las botellas en la última fase que es la de fermentación en botella con dextrosa. Tienen que permanecer así y en posición vertical un mínimo de cinco semanas para poder probarlas, como antes decía. Así es que sigo esperando a ver qué tal se da esta remesa de sidra para valorar si haré más en un futuro o sigo sólo con las cervezas que de momento me van saliendo bien y me gustan. La última prueba que hice en probeta me recordó a la típica sidra asturiana que hay que escanciar para que coja "vida", por eso decidí carbonatarla con dextrosa, darle gas, vaya. No creo que logre una tan gasificada como "El Gaitero" pero con que coja una fuerza tipo "Ladrón de Manzanas" me sirve. Bueno, si logro que el brebaje me quede como una "Bulmers" o una "Strongbow" ya sería el exitazo total. ¡Me encantan! Ya os contaré. De momento esta es la historia de "a miña sidriña" y veremos qué depara la misma. ¡Hasta otra!

miércoles, 3 de junio de 2020

MI GENTE EN LA CUARENTENA


Lo confieso. Quedé para tomarme una cerveza y fueron diez. De camino a casa entre efluvios, pensamientos embriagados por el zumo de cebada y la imaginación solitaria trabajando alegremente me fui acordando uno a uno de todos ellos. Y cada recuerdo era una sonrisa. En ese momento preciso pensé que plasmaría por escrito un pequeño homenaje a todas las personas que en estos días de confinamiento me han aportado alegría, cercanía, sosiego, risas y, simplemente, conversación en momentos determinados en los que el ánimo se tambalea. Creo que no me dejaré a nadie de los que he de mencionar, pero si así fuera, pido desde ya perdón por el olvido. Aunque seguro que otros recuerdos tendré con tales personas y todos buenos, sin duda. De hecho, ahora que estoy tecleando no dejo de tener elevadas las comisuras de los labios mientras afloran momentos vividos con quienes ahora indicaré, momentos que parecen ya muy lejanos y son de estos recién pasados e inolvidables meses asolados por la pandemia, sobre todo los horribles días y noches de mis queridos Marzo y Abril que este año me han privado de lo que más amo: las cofradías, las romerías y mi gente. Así pues, espero que los que leáis esto y os veáis incluidos en los nombres que iré poniendo, seáis conocedores y conscientes de que de una manera u otra os he hecho míos esta cuarentena y, gracias a vosotros, ha sido para mí mucho más llevadera la situación. ¡Gracias!


El primero creo que debe ser Paco. Bueno, Paco, no. Don Francisco José Pozo Elvira. El tío empezó a modo de guasa a subir vídeos parodiando canciones. Se disfrazaba en casa con el atrezzo que tuviera a mano de carnavales pasados y otros bártulos, se grababa haciendo playback de alguna conocida canción y subía el vídeo con el único afán de hacernos reír un rato. Pues lo estuvo haciendo día tras día haciéndonos estar pendientes de su facebook, aceptando incluso peticiones de canciones, regalando dedicatorias y evolucionando en el montaje de sus obras metiendo alguna sorpresa o guiño inesperado. Gracias, Paco. Eres de la gente buena y noble que me llevé del colegio siendo niño y eres un tío grande. El pasado mes de Marzo me pusiste la alegría y la sonrisa más de una mañana. Gracias de nuevo.

Lo siguiente a destacar es ese grupo humano llamado "Chusma selecta cofraude". Muchas bizarradas, muchos pañuelos de hierbas, muchas risas y muchas noches y horas de whatsapp, de conversaciones amenas, divertidas y distraídas. Además, con ellos y siguiendo los vídeos de Jano García hemos ido haciendo entre todos nuestra lectura particular de la pandemia sin que faltasen chascarrillos entremedias, menciones a "Don Antonio" y mucho humor. Creo que lo recordaré siempre como el grupo que surgió sin esperarlo y se convirtió en un toma y daca de moral conforme alguno estábamos más regular. Y lo creó uno que dicen que está loco... ¡Qué cosas! ¿Qué os voy a decir? Os quiero y mil gracias a todos. Ahora ya whatsapeamos menos, pero claro, nos vemos en las tabernas y de qué manera. Una cita, una tiempla. ¡Eh! Y que sean muchas más. Además tenemos algunas gordas pendientes y con aroma a limoná. Gracias otra vez.


Ojo. Cuidado. "El hijo puta de la O". Palabras mayores. Seguramente sea de los nombres de grupos de whatsapp más recónditos que haya en cuanto a su origen, pero sin duda integrado por personas que aman las cofradías por encima de todo. Con estos buenos hombres he disfrutado de la más pura esencia cofrade en un año tan inolvidable que en plena Cuaresma se nos partieron los sueños a guantazo limpio. De golpe y porrazo se anularon ensayos, pregones, citas, conciertos y lo más doloroso para los que vivimos siempre enamorados de este mundillo de imágenes, bandas y costales, se fueron anunciando una a una la suspensiones de todas las celebraciones de Semana Santa. No hemos tenido pasos en las calles, no hemos tenido marchas de bandas, no hemos tenido chicotás de costaleros, no hemos tenido Sevilla en su alma más pura. Y gracias a Josito, Fer, Guille y Selu no he perdido del todo este nefasto año el contacto con el incienso y la cera aunque haya sido de manera virtual. Un placer hablar y debatir con ellos de cofradías a nivel alto. Sin duda el grupo cofrade con el que más liviana se me ha hecho la pérdida de más de la mitad de la Cuaresma y de la propia Semana Grande. Os doy las gracias y os las daré mil veces. Por vosotros tuve Semana Santa. Habéis sido enormes para mí estas fechas. Y seguís siéndolo. Hay que seguir. Gracias, artistas.


No puedo olvidarme de Amanda. Para mí es especial. Y lo es porque la conocí en una de mis pasiones: el Camino de Santiago. Fue en el verano de 2018 y desde entonces, al igual que con sus amigas Alba y María, he seguido teniendo contacto. Me cayeron genial las tres, son buena gente y de sonrisa sana. Me acuerdo muchas veces de ellas. Pero esta cuarentena, la verdad no sé cómo ha surgido, he hablado mucho más con Amanda. Quizás porque los dos somos piscis y en muchas cosas nos vemos reflejados y nos reímos de lo mismo, quizás porque varias noches de soledad y confinamiento ha estado ella al otro lado del tablero virtual de parchís o quizás porque ambos hemos pasado un cumpleaños anómalo este año, pero sea como sea, Amanda ha sido esencial para mí en estos meses de atrás. Sé que quiero verla de nuevo, sé que espero que así sea y que estén María y Alba también, por supuesto, sé que me debe una copa por un concurso de instagram, sé que me pegaba unas tundas enormes al referido parchís, sé que al menos la primera vez que jugamos le gané yo, ¡ah! y la última también, sé que "El Gran Caminante" llegó a su poder y sé que cuando comamos lentejas, estemos donde estemos, nos acordaremos el uno del otro. Amanda... ¡gracias! Has sido mi sonrisa muchas ocasiones.


Y conforme voy tecleando me van viniendo más nombres, más momentos, más charlas, más detalles que, en definitiva, han hecho que este tiempo de confinamiento que nos ha robado el mes de Abril como diría Sabina, se me haya pasado de la mejor manera posible. Las risas con mi amiga Eva hablando del satisfyer para recoger las migas en un mantel, los incombustibles padeleros mandando toda noticia al respecto de nuestro deporte favorito, el gran Iñaki puntual a su cita de pacharán y Camino, el más inesperado de la agenda enviándome un mensaje de audio preguntando un mero "¿qué tal?". En definitiva, lo bueno seguramente de conocer a mucha gente es que rara vez te sientes solo, siempre están los fieles y leales como los ultra sur, la familia y los amigos íntimos, pero cuando la situación es difícil para todos, ellos inclusive, es agradable que quien menos esperas en ese preciso momento te acompañe un ratito, aunque sea en la distancia. Por y para vosotros han ido estas líneas. Habéis sido "Mi gente en la Cuarentena" y os quiero cerca siempre. ¡¡Gracias!!

jueves, 14 de mayo de 2020

UNA LEYENDA DE LA VIRGEN DEL PRADO

Tenía ya ganas de contar otra leyenda en el Rincón. Buscaba alguna de las curiosas, recónditas y, a poder ser, que estuviera ligada a mi tierra. Y hete aquí que sin saberlo la tenía al lado y la descubrí, como todo, casi por casualidad, hace unos días. En estos tiempos de confinamiento he estado leyendo cosas que la vida rutinaria no me permitía hacer por escasez de tiempo libre que no tuviera ya encuadrado en otras tareas. Me apasiona saber cosas de mis raíces, de mi tierra, de mi gente y de las tradiciones que aúnan todo ello y leyendo siempre aprendo algo desconocido. Y este año que iba a ser muy especial para mí (y que el maldito coronavirus lo está impidiendo), se cumplen seiscientos años de que Juan II tras su liberación del Castillo de Montalbán concediera a Villa Real el nombramiento de Ciudad, así es que una de las temáticas que más he leído ha sido sobre la fundación y evolución de mi querida y natal Ciudad Real. Y en la historia de la misma es figura relevante, evidentemente, la Virgen del Prado. Así es que he releído algunos textos y he leído otros que jamás lo había hecho. Libros viejos, fascímiles y estudios que suelen ser apartados en las estanterías. Y un día de los que salí a andar al permitirse lo mismo tras los días de cuarentena, cumplí como buen ciudadano arraigado con los dichos populares: "Mañana voy a verte, ciudad realito, y a mi Virgen del Prado lo primerito". De esta manera me dirigí a ver a la Morena del Prado a través de la ventana de su Camarín. Allí me encontré a mi padre y hablando con él, en tal lugar, a través de las dichosas mascarillas comentamos una leyenda que desconocía completamente y entre él y las lecturas he aprendido. Os cuento.

Dicen los ancianos de la ciudad y así se constata en algunos libros que la antigua talla de la imagen de la Virgen del Prado tenía una mancha en la mejilla que no había forma de quitar y que por más que se intentaba ocultar la misma al final salía de nuevo a la luz. ¿A qué se debía ello? Cuenta la leyenda que unos caballeros que eran los encargados de llevar la imagen de una Virgen llamada "Virgen de las Batallas" de un lado a otro en las contiendas del monarca Alfonso VI, por ser deseo del mismo y considerarla talismán de sus victorias, se detuvieron en un lugar llamado Pozuelo Seco de Don Gil (actual Ciudad Real) a tomar un descanso en su trayecto. Y allí los lugareños, en su mayoría labriegos y pastores, observaron con intriga que la comitiva escoltaba una caja que mostraba una riqueza exterior llamativa, lo que aventuraba que algo valioso transportaba dentro. De este modo preguntaron qué iba en su interior y el capellán que viajaba con los caballeros accedió a mostrar lo que con tanto celo se guardaba, viendo los habitantes de Pozuelo Seco la imagen de la Virgen y quedando al instante prendados de su belleza. Cuando los caballeros decidieron reanudar su marcha quedaron los lugareños entristecidos pues querían que la talla de la Virgen quedase allí con ellos y prometían levantarle un templo en su honor. Pero aquellos siguieron su camino y llevaron la imagen consigo.

Uno de los humildes pozueleños, llamado Antón, llegada la noche, no se había movido del prado donde estuvo la comitiva descansando y se encontraba allí rezando y cantando unas coplas a la Virgen cuando, de pronto, una blanca paloma se posó en la encina donde horas antes había estado la sagrada talla. Con ganas de cazarla le lanzó una piedra y al impactarle la misma se convirtió en la imagen de la Virgen entre ráfagas de luz y resplandores. Ante tal suceso, Antón, al grito de milagro, corrió a alertar a sus vecinos de que la Virgen había vuelto. Los labriegos se postraron a los pies de la misma y desde aquella aparición se la llamó la Virgen del Prado. Allí se quedó la imagen y ello dio lugar a que aquel caserío del Pozuelo Seco de Don Gil se convirtiera en una puebla, la puebla en una villa y la villa en una ciudad. Y de la mano con esta historia y a la piedra que lanzó Antón a la Virgen surgió la leyenda de la mancha en la mejilla...

Siempre se dijo que la referida mancha era el cardenal que le hizo a la Virgen la pedrada de Antón. De ahí que apareciera en el rostro de la Virgen y que por más que se intentase disimular siempre saliese de nuevo. Esto es así hasta tal punto que el documento número 848 del Archivo Parroquial de Santa María del Prado se hace eco de la leyenda de la mancha del cardenal de la Virgen y prueba lo milagroso de su aparición incluso en obras que replicaban el rostro de la imagen. De este modo, dicho documento cuenta lo ocurrido acerca de la creación de un estandarte que se regaló años después a la Cofradía Virgen de la siguiente manera:

"En el año 1750, un vecino de Almagro, don Juan de Contreras, encargó a don Francisco Llunell, de Barcelona, la confección del bordado de un estandarte para la Cofradía de la Virgen del Prado, en el que se debía de reproducir la imagen. El Sr. Llunell hizo la combinación de sedas para el bordado y al terminarlo observó que en el rostro soberano sobresalía una como mancha en la seda. Rehizo su obra por tres veces y aunque las sedas empleadas las pasó y repasó sin que notara cambios de color, al final salía siempre la mancha. Desesperado trajo su obra y la entregó en Almagro y al verlo la esposa de don José García Ximénez, que era muy devota de la Stma. Virgen del Prado, por haber vivido en Ciudad Real, exclamó: -"Admirable, admirable, y lo mejor que tiene es esa mancha en la mejilla". Creyó el artista catalán que se burlaban de él y entonces aquella señora explicó que la sagrada imagen tenía en el mismo rostro un cardenal semejante al que se descubría en el dibujo, por lo que el propio artista vió claramente que se trataba de un hecho milagroso".

Así pues rescato hoy para que perdure, para mí y para vosotros, la leyenda que había del origen de la mancha en la mejilla del Nuestra Patrona la Virgen del Prado. El conflicto bélico de 1936 y la nefasta destrucción de aquella imagen gótica de María llevaron al traste esta leyenda que conocieron y contaban nuestros abuelos. Y respecto a la Virgen en sí, en 1940 se realizó otra talla por el imaginero catalán Vicente Navarro, pero debido a un grave ataque de carcoma que sufrió la madera tuvo que ser reemplazada por la actual, obra de los imagineros valencianos Rausell y Llorens. Ella, Nuestra Virgen del Prado, sea como sea, lleva entre nosotros desde el 25 de Mayo de 1088 y seguro que aún se toca dolorida la mejilla por la pedrada que le dio Antón. Juntos sonríen en el Cielo de la Mancha y dieron lugar a una leyenda que forma parte de la historia de Ciudad Real, desde su fundación hasta hoy.
Vale.

miércoles, 29 de abril de 2020

¿ROMERÍA? AT HOME, PLEASE

Que no me quedaba yo sin romería se sabía. Que estaba confinado como todo hijo de vecino y no podía salir también se sabía. Que iba a montar la que monté no lo sabía ni yo. Vamos, ni me lo imaginaba ni, por supuesto, había planeado hacerlo. Pero así salió. ¡Menuda romería! Cada vez que lo recuerdo se me pone cara de duende y sonrío. ¡Qué liada! El caso es que días antes no barruntaba demasiado que se acercaba una de esas fechas al año que tanto me gusta disfrutar. Estaba resignado pensando que este virus odioso, el maldito coronavirus, ladrón de abrazos, besos y eventos, también se había llevado ya por delante la celebración de la Romería de la Virgen del Monte. Y, a decir verdad, no se celebró entre chozos y lumbres, no hubo calderetas, ni corros, ni fui deambulando de lado a lado botellín en mano entre risas, chistes y reencuentros. El día de antes, uno de esos que los sueños brillan más, dejé comida preparada por si al día siguiente se ponía la cosa cabezona. Más vale prevenir. Y a la mañana siguiente, mire usted, amanecí con el espíritu burlón y con ganas de jarana. Va por días el ánimo, el sábado la moneda cayó de cara y como no está la vida para desaprovechar momentos felices inesperados, me dispuse a ello. Gemma estaba en turno de descanso y mi niña Claudia me quiere mucho pero cuando mamá está en casa, papá pasa a ser casi un complemento más. Esta circunstancia me favorecía, las cosas como son, egoístamente me daba libertad de movimientos y tenía mis tareas domésticas al día. Gemma no podía, a priori, regañarme. Digamos que el viento soplaba a favor de mi veleta marcando el rumbo.

Rebusqué en mi cajón del atrezzo, allá donde guardo ciertas prendas y objetos de uso acotado a un momento, día o evento determinado y lo encontré. Entre los calzoncillos rojos de Nochevieja (con el Diablo de Tazmania estampado), el pañuelo verde de la Romería de Alarcos y la navaja de los días de campo se encontraba mi querido gorro. ¡Cuántas romerías habrá pasado el pobre mío! Me lo regaló mi compadre Narciso hace muchos años y siempre que llega el día me lo pongo. El pobrecito, el gorro digo, cuando lo saco del cajón dice "ya huele a pacharán y whisky en el ambiente" y, oye, no falla. Me puse el gorrete y las gafas de sol y fui a la cocina a abrir la primera cerveza aprovechando el despoblado y con innegable alevosía. Las niñas estaban en el salón y cuando me fueran a decir algo ya sería tarde. Al ser abogado conozco la ley penal e iba esquivándola, aunque la ley de casa la aplica Gemma y me pone firme, pero eso es otra historia. Y en esas estaba cuando pensé coger un par de cervezas caseras (justo las había embotellado el día anterior) y ponerlas a refrigerar por lo que pudiera pasar. Dicho y hecho, cogí dos o tres tercios y media botella de pacharán, las metí a hurtadillas en la nevera y ¡zas! me cazó la chiquitilla. -¿No se te ocurrirá celebrar la romería en casa? -Pues... sí. -¡Carlos! Que nos conocemos... -No, mujer, me tomaré unas cerves de éstas, un par de pacharanes después de comer y ya está. Lo que es alegrarme un poco, llevo ya muchos días encerrado y hoy es una fecha señalada. -Verás tú si no la tenemos... -Que no, chiquitilla. Me portaré bien, ¿crees que me voy a poner como un cencerro yo solo en casa y estando la niña por aquí? -Capaz eres...

Y justo ahí primera vídeo llamada. "¡¡Lillo!! ¿Estas de romería? ¡Mira yo!" En la pantalla del teléfono cuyo remitente omitiré aparecía un fresquito y rebosante mini de calimocho. Me dio una subidón de energía y pensé "ahora sí que sí, no soy el único. Hoy pintan bastos..." Me reí y mostré mi lata de cerveza y unas aceitunas (de las que aliñé en Octubre) mientras se iban incorporando romeros a las pantallas de la aplicación en curso. Conforme me vieron con el gorro puesto supieron que indudablemente estaba de romería. La charla transcurrió entre buen humor y entre tanto ya cayeron la referida lata de cerveza y el primer tercio. Gemma me miraba regular pues vaticinaba que el día se me iba a poner propicio en demasía. Seguí a lo mío, como si estuviera allí en plena romería, ¿queréis otra ronda? Yo me abro la mía, estáis tardando. Y venga. Total que tras casi dos horas de vídeo llamadas entre unos y otros, cervecitas y un vermú, a la hora de comer llevaba ya un estado de euforia importante, pero bajo control. O eso creía. Es cierto que ya empezaba a canturrear bajito canciones épicas en plan "El dolor más doloroso, el dolor más inhumano, es pillarte los cojon*s con la tapa de un piano, badabadúm badúm, badúm badumbadero..." o "La Loles, la Loles, el conejo de la Loles..." Claudia me decía "¿qué cantas, papi?, no te oigo bien" y yo le decía que eran canciones de Pocoyo o de la Patrulla Canina mientras me echaba otra vez vino en el vaso. La niña decía que esas canciones no salían en sus dibujos, Gemma me acuchillaba con la mirada y yo me meaba de risa. Estaba la cosa como para ir a los toros, al tendido de sol y con la bota de vino llena de morapio. ¡Estamos de romería, mujer!

Quería parar un poquillo pero llegó el momento álgido, la cumbre, el éxtasis romeril: la hora de ir de corro en corro. Sonó el móvil otra vez. Puf, peligro. Llamaditas para vernos, saludarnos y echarnos varios pacharanes pasando el rato. A estas alturas caía alguna goteja del vaso al suelo y pensaba "Ya lo fregaré" mientras a la vez pensaba "Carletes, ya vas enredado". Mola pensar dos cosas a la par cuando vas templado. Primero porque sometes a la lucha al angelillo y al diablillo internos y encima te meas de risa. Y segundo porque sobrio no eres capaz. Eso es así, inapelable, señoría. Total que, viendo el percal, la chiquitilla me dijo que ese día dormía solo y que se iría a la cama grande con la niña y yo me acostase en la habitación de Claudia. "¡Pero leche! Si son sólo las cinco y media de la tarde, ¿qué más te crees que voy a hacer?" Ni me contestó. Así es que opté por quitarme las gafas de sol porque ya veía menos que un gato de escayola y cambiar el gorro por un sombrero más serio. El cambio fue también de licor: pasé del pacharán al whisky. ¡Qué rico, joder! El primer chispalibre me duró unos cinco minutos nada más. Cuando fui a recargar por segunda vez Gemma delimitó la casa y me dijo "Ahí te quedas con la romería y no des guerra, por favor" y me acotó el espacio festivo al salón, medio pasillo y la cocina. No estaba mal. Ancha es Castilla. En todo lo mío, vaya. Sólo podía traspasar a campo enemigo para ir el baño y así lo iba haciendo. Y seguí hablando, riendo, chispalibre va, chispalibre viene. Serían sobre las ocho y media de la tarde cuando ya creía que era Pocholo en Ibiza. Y además con libertad. ¡Rebién!

El resto, ¿qué queréis que os diga? Estaba feliz, no me faltaba gente al otro lado ni por vídeo llamada, ni por audios de whatsapp, ni por instagram... Me sentía contento y las copas iban cayendo a su ritmo. Estaba (mos) realmente celebrando la romería y había sido todo improvisado. Me lo pasé genial. No sé qué cené ni cuándo. Sé que iba como un cencerro y me dieron las cuatro y media pasadas de la mañana. Al día siguiente me dijo la chiquitilla que ella bañó a la niña, cenaron juntas y Claudia le decía "mami, papá está locuelo". Yo, lógicamente, ni me enteré de todo eso. De las últimas andanzas que recuerdo es que en una ronda de chupitos estaba hablando con alguien por mensajes y se me cayó el vasito al suelo al ir a brindar. Por no hacer mucho ruido me quité una zapatilla y un calcetín y con eso limpié el percance. Y seguí tan contento con un pie calzado y el otro no. Total el equilibrio lo llevaba ya regular hacía un rato. Por cierto, el vaso y el calcetín los he encontrado esta mañana debajo del sofá cuando he ido a aspirar. Ni me acordaba. Y el puntazo con el que llegué al fin de la noche fue la última conexión con los móviles sonando de fondo "La Gallina Turuleca". Como el estado etílico de los que aguantábamos y llevábamos todo el día entre alcoholes era ya considerable, optamos por ponernos cascos para que no se oyera mucho el escándalo. Y, bien, para escucharnos era genial, pero cada que vez que hablábamos alguno pegábamos unos gritos acorde al nivel de borrachera y del volumen de la canción. Yo no era menos, claro. Gemma se saltó su propia norma y acudió a mi parte de casa. La advertencia fue clara: "Hoy ya sabes que duermes solo. Como sigas así, mañana duermes en un cajero de Caja Rural". ¿Y qué hice? Cogí las gafas de sol, me puse otro sombrero y me eché otra copita. Y días después aquí sigo, en el cajero, aprovechando la wifi del banco. Si leéis esto es que no es tan mala. "¿No irás a celebrar la romería?" ¡¡No ni ná!!

viernes, 17 de abril de 2020

UN MES DE CONFINAMIENTO

Tempus fugit. Para lo bueno y para lo malo el tiempo vuela aunque nuestra percepción sea distinta dependiendo de cómo nos encontremos. El reloj continua impasible su son y los días siguen sucediéndose a ritmo plenamente estable. Y así ha transcurrido ya un mes desde que por la horrible pandemia del coronavirus nos quedásemos encerrados en casa para evitar que continuase la salvaje oleada de contagios. Se dice pronto, ¿eh?, un mes. Y nos queda aún. Y para tener la vida normal y rutinaria que teníamos antes de que esto comenzase no podemos saber cuánto queda esperar, pero llegará. Y bien, durante este mes no he salido a la calle y, a decir verdad, no lo he llevado demasiado mal pues he conseguido estar entretenido y tener la mente ocupada. Me parece como si hubieran pasado sólo unos cuantos días desde que vi a mi madre, jugué el último partido de pádel, fui al Juzgado a presentar papeles y tuve ensayo de costalero. Y sin embargo ya va un mes. Si esas cuestiones me dicen a priori "hasta dentro de un mes no nos vemos" se me habría caído el alma a los pies. ¡Mi rutina! ¡Mi vida! Pero como no lo sabía, no lo esperaba y tampoco sé cuándo acabará, me mantengo fuerte. Eso no quita que he tenido momentos horribles de incertidumbre, de rabia, de impotencia, de incredulidad, de decepción y de tristeza que he logrado superar. El castillo de naipes que tanto cuesta a cada uno levantar fue al suelo de un plumazo. Y ya llevamos un mes.

¡Un mes, digo! Y quizás otro. Pero por favor que estemos todos y celebremos el fin. Y a ver de qué manera porque parece ser que las mascarillas y guantes serán tónica habitual. Y entre tanto espero seguir manteniéndome fuerte y con ganas. Estos días he hecho en casa de todo menos lo que todo el mundo dice: leer más, ver tu serie favorita o disfrutar de la televisión a horarios intempestivos. Me he dedicado, por ejemplo, disfrutar de mi hija todo el tiempo que la vida normal no me deja y a hacer en casa toda aquella ocurrencia legal, confinada 100% (libre de aditivos), segura y divertida que se me ha pasado por la cabeza. Así pues, entre mi mujer y yo hemos ideado un circuito deportivo en el pasillo, hemos hecho un juego de bolos con botellas vacías de leche, hemos hecho recetas de las que necesitan tiempo y dedicación, hemos montado un gimnasio en el salón, hemos hecho plastilina con la thermomix para Claudia, hemos puesto toda la casa en orden, etc. Mil cosas. Y lo mejor es que hemos soñado lo felices que éramos, somos y seremos sin necesariamente nada más que lo que tenemos. No hace falta más. ¡Somos ricos y somos conscientes de ello! Es una gozada hacer un paroncito de estos y mirar a tu alrededor. Pero el parón ha sido obligado y por horrorosa causa: que no se contagie ni fallezca más gente. Estaría dos meses más encerrado si con eso salvase todas las vidas. Los proyectos y sueños ya se cumplirán pero ahora debemos cumplir lo que nos toca y aguantar en casa. Es la única forma de seguir nuestra lucha en busca de una sonrisa. Y, personalmente, creo que lo estoy haciendo bien.

En este tiempo he logrado, aunque pareciera imposible a priori, extraer incluso cosas positivas y que quedarán para el recuerdo en el cajón de mi memoria. Quien me conoce sabe que vivo los 365 días del año (y los 366 cuando es bisiesto, como justo en el que nos encontramos) disfrutando de las cofradías, ya sea en su preciosa espera o ya sea en su fugaz acontecimiento procesional. ¿Y qué había de sacar yo de positivo en que llegase una pandemia mundial en mitad de la Cuaresma y se anulasen la mayoría de actos, se cancelasen otros tantos, se suspendieran los venideros y las cofradías no salieran en toda España a la calle? Nada, a priori. Sin embargo, aparecen y surgen momentos que dejan una magia inesperada a quien sabe apreciarla. Y así me ocurrió llegada la Semana Santa. El pasado Domingo de Ramos a las once de la noche, lo lógico y normal es que yo estuviera bajo el paso de misterio de la Hermandad del Prendimiento, pero con la situación que estamos atravesando estaba, como todo hijo de vecino, encerrado en casa. Era la hora de dormir a mi niña Claudia que tiene tres añitos de edad y me dispuse a ello. En ese momento pensé por dónde iría la cofradía y a la vez caí en la cuenta de que si no fuera por el obligado encierro por culpa del Covid-19, yo no estaría durmiendo a mi pequeña contándole cuentos tal día. Y aquí extraje lo positivo...


Este año ha sido la primera vez y quizás última en mi vida que duermo a Claudia un Domingo de Ramos por la noche. Y lo digo como algo positivo. ¿Por qué? Pues porque cuando era una bebé de mes y medio y cuando tuvo uno y dos añitos, yo estaba con el costal puesto a esas horas. Y, si todo va bien, el año que viene y sepa Dios hasta cuándo, yo volveré a estar bajo el paso dicho día y a esas horas, pasará el tiempo y los años y Claudia ya no necesitará que nadie la duerma. Así es que sonreí y disfruté ese momento mágico e imprevisto a tope. Y me hizo feliz. Ni lo esperaba ni seguramente se repita. Y me gustó y así hice también el resto de días de esta Semana Santa tan anómala. Estuve con mi hija jugando y durmiéndola cuando normalmente estoy bajo el paso o en Sevilla. Además ha sido el primer Viernes de Dolores que ha comido torrijas, la primera vez de su vida que he estado con ella el Miércoles Santo por la tarde mientras mi Hermandad de la Flagelación estaría procesionando y yo cumpliendo mis bodas de plata como costalero, ha sido también el primer Viernes Santo que hemos pasado juntos y que ha comido conmigo el tradicional bacalao con tomate y el primer Domingo de Resurrección que he estado con ella todo el día y no viajando de Sevilla a Ciudad Real para reencontrarnos en la tarde noche tras mis días de ausencia cofrade. Parecerá una tontería pero para mí ha sido la gloria de verdad el estar esos ratitos con ella antes de que siga creciendo y ya no puedan ocurrir. Y esto es algo positivo y bonito que me ha dejado el coronavirus. Debo contentarme con ello y alegrarme pues no es nada benevolente con nadie el muy puñetero. Y recordaré esta recién pasada Semana Santa incluso con cariño. Además he cumplido todas las tradiciones que suelo hacer: he estrenado algo el Domingo de Ramos, he hecho torrijas, he comido comidas de vigilía, etc. Lo he llevado bien, mejor de lo que imaginaba.

Por último añadir que como no puedo parar quieto he seguido intentando cumplir mi tónica habitual de vida. Además de estar teletrabajando, ¡qué bonito suena, oye!, vamos, trabajando desde casa lo que puedo, he seguido haciendo senderismo. ¿Cómo? Fácil, sin salir de casa y recorriendo el pasillo de casa unas 750 veces en una hora. Mide doce pasos de largo desde la puerta del salón hasta la puerta del baño del fondo, dos pasos de ancho en la zona más estrecha, tres en la zona más ancha y dieciséis desde la bañera del dicho baño hasta la puerta de entrada de la vivienda. Termino loco perdido (sí, más aún) pero hago algo de ejercicio. También he seguido disfrutando de mi querida afición a la cocina haciendo recetas nuevas y trayéndome a casa los sabores de fuera. Además he vuelto a ponerme manos a la obra a hacer cerveza casera, es lo bueno de tener los materiales en casa (ya hice una vez una tirada de cerveza rubia y lo conté por aquí)  y que los Reyes Magos me trajeran los ingredientes para hacer unos 25 litros de cerveza negra esta vez. Me ha pillado en buen momento para hacerlo. Y, eso, casi todo intento seguir en la normalidad. Por el pádel no me preguntéis porque lo echo muchísimo de menos y en casa no puedo.

¿Y el pacharán? Bueno, el pacharán... También es cotidiano, ¿no? Tanto como diario no es, pero no me falta una copita. Y ahora tampoco. Tenía en casa algunas frascas pequeñas y sin poder ir al chalet a por más (no pienso comprar pacharán jamás desde que aprendí a hacerlo) veía que iba a peligrar algún ratito de etílica euforia. Pero jugó la providencia sus dados y mi buen amigo Iñaki me envió desde Pamplona dos botellas de su cosecha propia. ¡Qué bien me vino que Correos haya seguido trabajando y con eficacia! A los dos días las tenía en casa. Fue justo antes de Semana Santa y había que darle caña en cuanto pudiera, claro. Y ocurrió. Una noche de la Semana Santa es sagrada para mí desde que era niño. La Madrugá del Viernes Santo. La veo siempre desde que tengo uso de razón o por televisión o in situ. Es la noche del Gran Poder y la Macarena y esa noche es para ellos. Ese día no dormí yo a Claudia ni me quedé con ella en su habitación. Se hizo cargo Gemma, mi bendita mujer que tan bien me entiende. Bueno, pues esa noche me quedé en el salón viendo en la televisión la reproducción de la Madrugá del año anterior. Y ocurrió. El pacharán... Yo solo en el salón... La botella, el vaso, los hielos... Me vine arriba. Y sí, pasó. Terminé como un cencerro. Los whatsapp que salieron de mi móvil dejaron constancia de ellos a sus receptores, los cuales seguro ríen al leer estas líneas. Hubo mensajes por escrito e ilegibles y también por audio inentendibles y sonando el tintineo de los hielos en el vaso cual diminutos badajos de las campanas de un muñidor. Sonaba exquisito e incluso cofrade. ¡Todo es necesario, leche! Me templé. Y fui feliz. Y me reí lo más grande. Hay que fogar de vez en cuando en este confinamiento que amenaza con durar otro mes más.  ¡Ánimo a todos! Pacharán me queda, no os preocupéis. ¡Hasta otra!

martes, 31 de marzo de 2020

Y HAY QUE SEGUIR

Hoy tengo ganas de escribir y no sé ni qué escribir. Sólo sé que ni siquiera soy consciente del momento que estamos atravesando. No me parece creíble todo lo que estoy viviendo y, sin embargo, lo es. Es real, es cruel, es muy duro y es inolvidable desde cada momento que consume. Empezó como una amenaza que parecería no llegar, continuó como un pequeño peligro que se asomaba a la puerta, prosiguió como un mal incipiente que ya cancelaba eventos que mirábamos de soslayo, se acrecentó a un ritmo agigantado y tiró la puerta abajo destrozándonos el calendario y, por último, se instaló de tal manera que nos rompió los sueños y se convirtió en una horrible realidad. En Cuaresma tuvo que ser, donde más nos duele a los cofrades, pero se le olvidó una cosa al maldito Covid-19: por más protagonismo que gane ahora y haga suyo el año 2020 para el olvido en estas fechas, en Cuaresma habita la esperanza. Y contra ella no podrá. La esperanza sigue en y con nosotros. Y nos hace seguir en la lucha y volver a soñar en cómo éramos felices antes y en que ahora, cuando esto pase, lo seremos más aún pues valoraremos todo lo cotidiano y rutinario. Y hay que seguir.


Pero está siendo duro. Este hachedepé nos está poniendo en nuestras narices situaciones inimaginables, situaciones que cuando leemos libros de antaño no somos capaces de reproducir y adaptar a nuestros tiempos. Cuántas ocasiones hemos tenido conversaciones tipo: "en tal año la peste asoló al mundo, ¿cómo sería aquello? Durísimo. Y la malaria. Uff, qué cosas pasaban. Se moría la gente y no había remedio... ¡Qué pena!" Bien, pues hoy está ocurriendo igual. Hoy estamos siendo asolados por una pandemia a nivel mundial que nos da de bruces con una realidad desoladora. Toda aquella cruel imaginación in crescendo que se nos pase por la cabeza se está convirtiendo en palpable. ¿Os imagináis que se suspenden las Fallas? Ha ocurrido. ¿Os imagináis que se suspende la Semana Santa? Ha ocurrido. ¿Os imagináis que se suspenden las romerías? Ha ocurrido con la de la Virgen del Monte, la Virgen de la Cabeza y el Rocío. Se dice pronto. No son eventos pequeños precisamente. Y hasta ahí doloroso pero, dentro de lo malo, bien. Nos afecta a sentimientos y a tiempos esperados pero sabemos que volverán. Este año no los habrá pero volverán. Pero sigue la cosa a peor. Se ha decretado el estado de alarma, estamos confinados en casa, no podemos salir a ningún lado, sólo funciona el abastecimiento esencial de alimentos, medicamentos y combustibles, nos han robado los besos, los abrazos y el ver a nuestras familias y amigos. La cosa ya duele más. Los hospitales se han desbordado, la gente muere a diario por centenas, el número de contagios no deja de aumentar, los fallecimientos ya se cuentan por miles y no se ve el final de esta epidemia. Muy duro. Durísimo panorama. Y encima hay gente que está perdiendo familiares y que no puede ni ir al cementerio, abuelos que esperaban el nacimiento de su nieto y ya no estarán cuando llegue, hermanos que viven lejos y se ven de Navidad en Navidad que no volverán a encontrarse, hijo que no ven a sus padres desde que empezó el confinamiento y que ya no los verán más... Horrible. Todo está ocurriendo. Es real. Parece un mal sueño pero está pasando. Y nos afecta. No perdamos la esperanza por difícil que sea muchas veces. Siempre está. Y hay que seguir.

Ahora mismo estamos en los peores días y a la vez que escribo realidades y me amenazan la nostalgia, la incertidumbre y el miedo sé que esto no va a ser eterno. Y saldremos de nuevo. No se acabará la vida y volveremos a gozar de algo tan fundamental como obviado cuando lo poseemos: la libertad. Y será entonces cuando tomemos consciencia de lo ocurrido, nos topemos con la nueva realidad en un escenario arruinado y debamos continuar. Todos vamos a aprender algo por doloroso que sea: el pasado no volverá, el futuro es impredecible y el ahora mismo es un regalo y por eso lo llamamos presente. Valoraremos lo banal, lo olvidado, lo rutinario, lo que pasa desapercibido... Un whatsapp de un ¿cómo estás? que pensamos responder luego y ese luego nunca llega y queda en el olvido. La sonrisa de la farmacéutica cuando vas a comprar una caja de frenadol para el constipado. La despedida de una madre a su hijo de cuarenta años que vive a tres kilómetros diciéndole cuidado con el coche y me avisas cuando llegues. El abrazar a un padre en el día de su santo. El poder quedarte viendo una película hasta tarde en el sofá cuando llega el fin de semana. El improvisar un juego con tus hijos. El juntarte inesperadamente con los amigos a comer un Domingo. Un reencuentro casual. Incluso, ¿por qué no? una borrachera tonta de esas que surgen un día que ni siquiera ibas a salir. Esas cosas enunciadas son tan del día a día que cuando estamos metidos en rutina las consideramos tan normales y lógicas que no les damos el valor que merecen y que ahora, en estos horribles días que atravesamos, tanto echamos de menos. Son la vida misma y la riqueza que tenemos. Y hay que seguir.


Cuando acabe la crisis sanitaria del hachedelagranpé del coronavirus van a llegar momentos mágicos, llenos de sonrisas, besos y abrazos. Habrá quien ya no esté pero los que estemos, por favor, valoremos cada instante de los mismos y disfrutemos más de nosotros, de nuestra gente, de nuestro tiempo, de nuestra vida. Librémonos de ataduras, de agendas y de excusas buscadas y forzadas. La vida pasa y no para. En mi caso, ya me conocéis, amo el Camino de Santiago, me evade, me regala momentos, amistades y recuerdos, me cura por dentro, me recarga y me despeja. Bien, pues llevo años imaginando cómo sería recorrerlo en primavera o en otoño y jamás lo hago porque la agenda laboral que me marcan me lo impide. ¡Pero leche! ¿No soy autónomo? ¿No gozo de autogobierno? Pues se acabó. Cuando quiera irme, me iré. Y cuando quiera volver, me volveré. Evidentemente no jugaré ni con mi trabajo ni con mi pan, pero eso de que mi vida sea gobernada por terceros, se acabó. Y estoy convencido de que si me voy quince días de un mes de Mayo, el sol seguirá saliendo por el miso sitio y los juzgados no cerrarán. No viváis imaginando planes y luego no los cumpláis por sumisión laboral ni personal. Tened cabeza, lógicamente, pero haced esos planes y vividlos. Ideadlos, imaginadlos y convertidlos en realidad. Total aquí estamos de paso, el reloj no para y hay "coronavirus" acechando que no sabemos cuando pueden tocarnos. Ese viaje tan pensado, ese libro tan mirado, ese café pendiente, esa cervecita cuando no toca... ¡¡Tantas cosas hay!! Valoremos más cuando todo nos rueda cotidianamente aún con sus flaquezas, tropiezos e infortunios, que los hay. Valoremos la vida y vivámosla con todo lo que tiene. Y querámonos, joder, querámonos más. A nosotros y a los nuestros. Así es la vida. Ahora toca luchar.  Volverá a salir el sol. Y hay que seguir.