domingo, 30 de junio de 2024

EXCURSIÓN AL PARQUE WARNER

El AMPA del Colegio Ángel Andrade, donde cursa estudios mi pequeña, decidió organizar una excursión al Parque Warner como actividad final de fin de curso. La iniciativa fue maravillosa y allá que fuimos. Era un plan de esos que estén en el listado de "Ya se harán" y se puso a tiro su ejecución, así es que ha pasado al listado de "Hechos". Sería una jornada bonita y que perduraría en el recuerdo, disfrutaríamos grandes y niños y el viaje iba a ser llevadero, máxime cuando la mochila iría cargada de alegría e ilusión. Total, el día 8 de Junio de 2024 nos dimos cita con los personajes Warner y sus atracciones. El tiempo amaneció barruntando lluvia, pero eso no empañó ni un ápice las sonrisas de los pequeños estudiantes que se subían al autobús que los llevaría a San Martín de la Vega, dispuestos a vivir una experiencia preciosa. A la hora y lugar acordados llegamos los viajeros y los conductores pusieron rumbo al destino. Simplemente ver los ojos brillantes de los peques hablando entre ellos de cómo sería el encuentro con Bugs Bunny y el Pato Lucas hacía que la memoria almacenase la imagen en un lugar privilegiado. En mi caso particular, nos apuntamos a la excursión Gemma y yo, para estar y disfrutar con nuestra hija, Claudia, en el Parque y mi hermana, Ana María, para subirse con ella en alguna atracción en las que nosotros fuésemos más echados para atrás por posibles mareos. Más valía prevenir y asegurar el disfrute de la verdadera protagonista quien, a buen seguro, explotaría toda atracción que viera accesible a su alegría.

El hecho de que el día estuviera regular de clima nos ayudó en cuanto a evitar largas colas y esperas, pues las gentes de lugares más cercanos al Parque Warner, en su gran mayoría de municipios de Madrid, aplazaron la excursión para otro día y, aunque había bastante gente, el desarrollo de la jornada fue muy ameno y sin aglomeración alguna. De hecho, en la atracción que más tiempo hubimos de esperar, la Aventura de Scooby-Doo, quizás de las más solicitadas del parque, no llegó a diez minutos la espera. Sí es cierto que justo a la hora de comer y de estar un rato más tranquilos, entre las 14;00 y las 17;00, les dio a las nubes por soltar agua y tuvimos que refugiarnos conforme buenamente pudimos entre chubasqueros y algún lugar a cubierto, pero entre una atracción consistente en un teatro musical, The Dreamers, echar un vistazo a las tiendas de recuerdos y comprar alguna coseja, se capeó bien el temporal, nunca mejor dicho. Y, lo mejor, es que el propio clima, aunque lluvioso ese rato, no era frío, por lo que nos fuimos secando sobre la marcha sin problema y pudimos montarnos, además, repetidas veces en las atracciones de agua tan demandadas los días calurosos, como los Rápidos y las Cataratas Salvajes. Y con las nubes nos libramos también de un día de infernal calor. Vamos, discurrió todo según lo previsto y el rato de lluvia fue un contratiempo que no causó estrago alguno.

Al ser un parque temático, simplemente la deambulación por su interior ya es es un espectáculo de colorido y visión que merece la pena conocer. Está todo ambientado con estatuas, imágenes y símbolos de Warner y, para los que ya peinamos alguna cana, conlleva también un pequeño viaje al pasado donde ese niño que un día fuimos vuelve a sonreír recordando las aventuras del Coyote y el Correcaminos con los míticos explosivos marca Acme, visitando la Casita de la Abuelita donde convivían, de aquella manera, Piolín, el canario más famoso de todos los tiempos y Silvestre, el gato de nariz roja más característico de los dibujos animados de nuestra ochentera infancia o viendo en cualquier rincón al Tío Sam, a Porky o al Gallo Claudio. Por supuesto, todo rincón es visitable y, cuando menos lo esperas, puede aparecer cualquiera de los personajes y agrandarte, aún más, la sonrisa. Para mí que soy un sentimental, fue fabuloso compartir con mi hija y mi hermana los recuerdos de cuando era pequeño mientras estábamos allí. Le iba explicando a Claudia aquellos dibujos animados que yo veía y como sus abuelos (mis padres) me los ponían a mí en un viejo televisor en casa de los abuelos, cuando sólo había dos canales de televisión que se pudieran sintonizar. Así conocí yo aquellos entrañables personajes de la Warner Bros y su serie "Looney Tunes".

Me vienen a la mente, agolpadas, unas quince atracciones en las que mi hija se subió y fue feliz. En algunas de ellas repitió cinco veces (o más) junto con sus compañeros de cole y fijo que no olvidará la excursión: la Captura de Goosamer, Cartoon Carousel, Emergencias Pato Lucas, Piolín y Silvestre Paseo en Autobús, Rápidos Acme, la Aventura de Sooby-Doo, Tom y Jerry Picnic en el Parque, etc.  Además, desde hace unos años, estoy haciendo con ella una colección de medallas de esas que se hacen con una moneda de cinco céntimos en una máquina provista de manivela que aplasta y troquela la moneda marcando el metal con alguna imagen y agrandamos la colección con dos nuevas, hechas allí en el Parque Warner. También le compré una sudadera de Scooby-Doo, a Gemma una taza grande de la Hormiga Atómica y para mí cogí un imán para la nevera de mi sempiterno querido Tazmania. También visitamos la casa de Bugs Bunny y por la tarde-noche, justo antes de volver, disfrutamos del desfile conjunto de todos los personajes, incluidos tanto los de la serie Looney Tunes como los de Marvel, con Batman, Robin, Spiderman, Thor, etc. ¡Una preciosidad de jornada! Dejo, como siempre, todo aquí plasmado en el Rincón para cuando relea yo mismo estas líneas y avive los recuerdos de esta vivencia que tanto disfruté con mi familia gracias al AMPA del cole. Claudia ya dice que cuándo vamos de nuevo y yo sigo ensimismado en haber logrado de adulto uno mis sueños de niño: haber visto un lindo gatito. ¡Eso es todo, amigos!

viernes, 7 de junio de 2024

¿OTRA VEZ? SÍ, OTRA VEZ. Y VAN QUINCE.

No sé ni cómo plasmar lo que quiero plasmar. Es algo que de costumbre se ha normalizado pero que ni los seguidores más acérrimos logramos entender. Ya lo decía en anteriores entradas: el Real Madrid nació grande. No juega competiciones, las gana. Sea el rival que sea, lo doblega. Es increíble en el sentido más propio y literal de la palabra. Y no, no es casualidad. Pudiera serlo una vez. O dos. Pero van quince. Algunas de ellas, obviamente, ha sido superior y claro favorito. Pero en otras, era claramente inferior y llevaba colgada la etiqueta de perita en dulce. Y, al final, ha ganado unas y otras. Todo eran risas de aquellos infames antimadridistas que gustan más de celebrar las derrotas del club de Chamartín que las victorias propias, cuando, al principio de temporada, se lesionaban para casi toda la campaña el portero titular, los dos centrales de la defensa y no se había fichado a un delantero centro de máximo nivel, sino al humilde Joselu, madridista de cuna que venía de jugar en el Espanyol recién descendido. "Cobetes, verbenas y jolgorios" de aquella fauna que ahora se ha convertido en nueva dosis de envidia exteriorizada a través de espumarajos de rabia y bilis salidos de sus podridas bocas. Es lo que tiene ser tan inferior como para festejar el mal ajeno que el tiempo, cuando pasa, te abofetea con más fuerza para ponerte en tu lugar. Y el Madrid, ¿qué? ¿Otra vez campeón de Europa? Pues sí, mirusté. Y de liga.

Y no, no es casualidad. Ya lo he dicho. Son muchas veces repetidas ya para que sea casualidad. Se caen todas las excusas que ponen los forofos y fanáticos de otros clubes para no ceder a la realidad: los árbitros, los rivales, las bolas calientes... No hay más que ver en las dos últimas Copas de Europa que ha ganado el Real los rivales que ha doblegado y la forma de hacerlo. Ha habido que tirar de supervivencia, de ultra defensa en bloque bajo, de tandas de penales y de la garra y la euforia que sólo tiene el club de Chamartín. Y fíjense que siempre hay algo que coincide: cuando todos creen que está muerto, te golpea y te elimina. ¿Cuántas veces lo hemos visto? Celebraban los antis el resultado de los sorteos de los cruces pues el cuadro por donde iba el Madrid era difícil y mucho. Vamos, o lo elimina el City o se lo carga el Bayern, pero a semis no llega. Y, sin embargo, por el otro lado ya celebraban los antis que, prácticamente, el Barcelona ya estaba en la final. ¡Tu verás! Un Paris Saint Germain descafeinado, un pobre Borussia Dortmund y un Atlético de Madrid ramplón... ¡¡A Canaletas!! ¡¡Que dice Jota Jordi que este año la ganamos!! Y la historia, como siempre, volvió a escribir sus renglones poniendo a cada uno en su lugar. Que sí, que sí, que el City era mejor... Dos veces nos lo hemos cargado ya, que os lo diga vuestro gurú Guardiola. Que sí, que sí, que el Bayern nos tuvo fuera... Dos goles de Joselu (del que tanto os reíais) y a dormir. Que sí, que sí, que el Barça oooootra vez de ridículo en ridículo y el Atleti... Bueno, el Atleti es que tiene una afición que canta bajo la lluvia y que sus jugadores usan Twitter. Cuando queráis volvéis. Hasta Cristóbal Soria se ha doblegado a la verdad. Es lo que tiene estar más pendiente de lo ajeno que de lo propio.

Quince veces, sí. Quince. Y llegados a este punto conviene escribir, describir, matizar, recalcar y recordar cómo ha sido esta edición. Esta champions la ha ganado el Real Madrid de manera casi perfecta. Se ríen los antis, otra vez, pero porque no se han parado ni a pensarlo. Y si fuera fácil lo haría su equipucho, claro. Bueno, su equipucho, allá el que quiera identificarse o ponerle nombre porque yo no lo hago, no gana una champions, como para ganar tres seguidas o seis en la última década... En fin,  a lo que iba. La última edición se ha ganado como nunca se había hecho: de manera invicta. Nunca, hasta ahora, el Real Madrid había sido campeón sin perder ni un partido. Dicen los antis corrompidos por la envidia y deseosos del mal ajeno y quitar mérito "¡¡Es que el Madrid ha eliminado a equipos sin ganarles!!", claro. Y sin perder tampoco. Pero eso no lo decís. Para eso hay que saber atacar cuando hay que atacar y defender cuando hay que defender. Y por eso se ha hecho campeón. Y lo ha hecho sin perder ni un partido en toda la fase de grupos, ni en todas las eliminatorias. Tomen nota aquí antes de decir sandeces. Lo ha hecho superando todo tipo de obstáculos aparecidos desde el inicio de temporada en forma de lesiones e imprevistos. Lo ha hecho en un ejercicio enorme de supervivencia y reinvención. Y lo ha hecho haciendo gala de equipo y compañerismo donde todos han sido vitales: desde el arranque fulgurante de Bellingham, la batuta cronométrica de Toni Kroos, los goles de Rodrygo al City, los minutos revolucionarios de Brahim, las pausas dominantes de Modric, el penalti marcado por Rüdiger, la capitanía de Nacho, los once metros detenidos por Lunin, la explosividad de Vinicius, los latigazos de Valverde y el instinto rematador de Carvajal hasta el alma de Joselu. Así se gana una Champions. Y van quince.

La final la viví en Pamplona. Tenía planeada una escapada al Camino de Santiago para volver a cruzar los Pirineos andando cuando me di cuenta de que si el Madrid llegaba a la final de Wembley me pillaría en la capital navarra el día del partido. Y así fue. Bueno, así fueron ambas cosas: que el Madrid llegó a la final y que yo me encontré allí. Mal territorio para cantar los goles del Madrid cuando allí, casi todo el mundo, es del Osasuna y del Bilbao y, claro está, bastante anti madridista. En fin, así surgió y así tenía que afrontarlo. Estos son los bueyes y con ellos hay que arar. Me metí en una taberna llamada "La Especial" sita en Ansoáin y allí aguanté todo tipo de improperios que la chavalada vasco-navarra dedicaba a los jugadores del Madrid a través de insultos y expresiones hacia la televisión. Conforme iban pasando los minutos y veían que el Borussia Dortmund, justísimo finalista, no materializaba sus opciones (que las tuvo y buenas), se iban callando y temiéndose lo peor. El desenlace ya lo sabéis: gol de Carvajal, gol de Vinicius y colorín colorado, otra Champions con papá. Y van quince. Sí. Quince. La chavalada y los antis a la Venta del Nabo. Una de dos, o no aprenden, o les gusta el lugar... Pues eso.  ¡Ah! Y Vinicius ya tiene dos champions y ha marcado en las finales de las dos. E igualando a Paco Gento ya hay otros jugadores con seis Copas de Europa cada uno... Cosas del Madrid. Otros que aprendan antes de rebuznar. Al terminar el partido las caras y miradas nos delataban a los cuatro infiltrados merengues que estábamos allí. Nos sonreímos mutuamente entre nosotros. El Real Madrid lo había vuelto a hacer. Contra todo y contra todos, inclusive muchos aficionados que se han dedicado toda la temporada a apostar cuando caería el equipo, tuvieron que agachar las orejas como un pachón. El Madrid nació grande. Está en su adn, no juega competiciones, las gana. ¿La champions? ¿Otra vez? Sí, otra vez. Y van quince.

lunes, 13 de mayo de 2024

LA ROMERÍA DE NUEVO

Cuando le preguntan a uno "¿Qué tal todo?" y la respuesta es "Todo en orden y que así siga", significa que están los derroteros estables y el cuestionado feliz con el cariz de los mismos. Pues tal pregunta y respuesta me hacen identificarme los días posteriores al último Domingo de Abril cuando la gente me inquiere sobre la Romería. Ya saben vuesas mercedes, o deberían, dos cosas: que dicha fecha es la Romería de la Virgen del Monte y que a tal cita no falto (Dios mediante) nunca. Y hace escasos días se celebró nuevamente la misma. Y eso. "Todo en orden y que así siga". Traducido: volvió a haber lumbre, chuletas, migas, minis varios, chispalibres, risas y grandes ratos. Eso es para mí algo inamovible salvo causa de fuerza mayor. La del año pasado fue distinta, maravillosa totalmente, pero diferente, pues la disfruté siendo aún Pandorgo de hogaño y logrando un hermanamiento con la Hermandad de la Virgen del Monte de Bolaños de Calatrava, por lo que tuve otra agenda y modus operandi tanto de vestimenta como de gastronomía, guardando en el baúl de los recuerdos una de las romerías (sino la que más) más sentimentales que he vivido. Y esta año volví a la de siempre. A la del gorro feo y el vaso grande. A la de desatar los nervios dos días antes y estar loco perdido soñando con ese paraje donde la exaltación de la amistad explota en torno a un cartón de vino y un botellín sin marca, llevándote de nuevo a los veinte años, mientras el más sereno del corro y no por ello exento de tambaleo en el equilibrio, empieza a hacer sus pinitos en la cocina meneando la sartén en el fuego para alimentar al grupo que lo rodea y llenar el etílico-romero buche de aquellos propios y extraños que, a la par que él guisa algún condumio salvavidas aunque piedras en salsa fueren, están cantando "¡Mari Carmen! ¡Mari Carmen! Tu hijo está en el afterhour".

¡Qué maravilla! Y así transcurrieron tres días en los que, si bien antes, amanecía con las baterías cargadas para afrontar la jornada, ahora, a razón de los años pasados, la recarga no es igual, se hacen más endebles los aguantes y, consumida la romería, bien pudiera recetarme el médico una semana de chándal y sofá y que en la caja tonta sólo hubiera durante ese tiempo algún partido de fútbol, algún ratejo de documentales tipo "Así se hace" o "Los fogones tradicionales", algún capitulillo de Pocoyó para conciliar el nono siestero tras la ingesta alimenticia del mediodía y algún clasicazo de los buenos para retozar y roncar a gusto en el mentado sofá (y no me apagues la tele que la estoy viendo), apto para todos los públicos, edades, sabores y gustos, tipo Ben-hur, Los Siete Magníficos, El robo-bo de la jo-joya, Brácula (con B de Barbate) o, en su defecto, en la siempre ilustrativa Segunda cadena (para los nacidos a partir de los 90, los de la Logse y demás fauna, "La 2"), algún reportaje como "El apareamiento de la gallina morucha americana nacida en el estado de California y trasladada a un corral manchego sito en la pedanía de Valverde: especial mención al estrés sufrido durante el traslado en el falcón de Pedro Sánchez, el cambio de pienso del país de origen al del lugar de destino y la repercusión de todo ello en la puesta de huevos durante el período de Cuaresma". Pero no tuve yo esa suerte y el lunes me tocó anudarme la corbata de nuevo y volver a la vida jurídica con la que humildemente me gano el pan.

De tal guisa y con la voz como Paco Umbral cuando espetaba que había ido a hablar de su libro, empezaba la recuperación tras la romería entre papeles y expedientes. Lo que escasas cuarenta y ocho horas antes habían sido calimochos o cervezas ahora eran carpetas, maletines, togas y venias. Y en mi mente resonando aún la canción romera de este año que ha sido "Pedro" de Rafaella Carrá. Imagínese usted, intrépido lector, la conjunción de pensamientos que habitaban mi sesera durante ese período de trance entre la Romería y la normalidad. Pero feliz. Feliz, sin duda. ¿Cómo ha ido la Romería? Espectacular, como siempre. Ese era el resumen del interrogante que recibía y la respuesta que otorgaba. Depende quien fuera el interlocutor le contaba algún detalle extra cuya apelación era "¡que ya no tienes veinte años!", a lo que yo sonreí, sonrió y, espero, sonreiré y contestaba "me siento como si los tuviera". Y que me quiten lo bailado. Y, en verdad, como yo bailo como pudiera hacerlo Don Pimpón en una cama de velcro, dícese, parpadeando y poco más, poco bailo y fácil es deducir que poco podrán quitarme, salvo lo ingerido que, además, eso sale solo y de vez en cuando le llevo una muestra al médico para que me diga si estoy en lo márgenes permitidos del consumo anual de pacharán. Lo que os vengo diciendo a lo largo de todo el texto, vaya, sin miramientos. Volvió este año la Romería de nuevo. La buena, la de siempre, la autóctona, la que hace a mi mujer avanzar en la lista de próximas canonizaciones en el Vaticano. No riais, malajes.

Así pues y fiel a mi costumbre de plasmar anualmente unas líneas con afecto a tal evento, a la par que doy gracias por haber vuelto un año más al mismo, vierto en el Rincón este puñado de letras para que perdure el recuerdo de esta recién pasada Romería de la Virgen del Monte 2024. Me gusta hacerlo y me gusta cuando pasa cierto tiempo volver a releerme a mí mismo, pues me sirve de recuerdo de mis recuerdos y de avivar el fuego de lo vivido para sonreír de nuevo por lo ocurrido en esos instantes, pues si algo tiene cualquier persona para sí es la alacena de sus memorias íntimas llena de experiencias que, al fin y al cabo, son el hilo conductor del camino de su vida. En fin, ¿qué deciros que no hayáis descubierto ya leyendo los párrafos precedentes? Pues eso. Que el último Domingo de Abril y, sobre todo los dos días previos al mismo, me gusta vivirlos así, disfrutando con mi familia y mis amigos de momentos felices que se esconden en la simpleza de un vaso de vino, una baraja de cartas, una chuleta a la brasa y, sobre todo, la disposición y voluntad de pasarlo bien. Lo demás sale sólo. "Asiejque" (como se dice aquí en La Mancha) y canta la canción (valga la redundancia) de Amatria, esa fecha encierra, a buen seguro, un puñado de sonrisas que me gusta aflorar y repetir año tras año al igual que, como antes decía, me gusta dejarlas anotadas para que aguante más aún su recuerdo y si empezase a difuminarse el mismo intentar rescatarlo de nuevo. Gracias a todos los que hacéis posible mi felicidad en ese evento. Prometo seguir intentando regalaros mi humor cada vez que pueda. ¿Que si quiero un botellín? Pos claro. ¿Ahora mismo? ¡Venga! ¡¡Gemma!! Que, mira, estoy hablando con este zagal y dice que si voy a la taberna un rato y... Vale. Oye, que no. Que dice mi mujer que bastante ha sido en la Romería y que no paro y que, en fin, ¿qué te voy a contar? Razón lleva... Nos vemos en la del año que viene. ¡Viva la Virgen del Monte! ¡Y su Niño!

martes, 23 de abril de 2024

DON REAL MADRID

El respeto no se exige, se gana. Y, menos algún fanático descerebrado en barra de bar, todo el mundo respeta al Real Madrid porque se lo ha ganado. Esta temporada está callando más bocas que nunca, sobre todo propias, ojo. Empezó la temporada y se lesionaron de gravedad, vamos que no podrían jugar prácticamente en todo el año, el portero titular y los dos centrales. La planificación deportiva en cuanto a la posición de ataque el del equipo había sido nula. Una plaga de lesiones de los jugadores habituales iba desmantelando el equipo y se iban obteniendo resultados positivos a base de encomendarnos al brillante fichaje de Jude Bellingham (que marcaba gol en todos los partidos) y de la cordura que imponía la vieja guardia pretoriana, con Kroos y Modric a los mandos. Pero la cosa pintaba fea. Muy fea. El anti madridismo reía feliz. "No tienen portero, no tienen eje de defensa, los veteranos están muy viejos para mantener este equipo y los jóvenes muy verdes para la solvencia que necesita el Madrid". Era una realidad. Y los de la casa diciendo que con la plantilla que teníamos no nos daba ni para el Trofeo Escolar. Pero, claro, viendo cómo iba avanzando la temporada, el Madrid comenzó a ganarse el respeto. Y se pasó de las risas a los resultados que, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Y llegó el respeto que decía. Obviamente, con la careta de hooligan del equipo que sea (que yo también me la sé poner), se vierten excusas: la suerte, los árbitros, otra vez la suerte... Pero al final la verdad es la que es. En su momento, podíamos decir quiénes fuéramos lo que quisiéramos del Barça, pero, "Negreira" aparte hasta que se arregle el asunto y con la cabeza al mando y no el corazón, se ganó el respeto en los campos porque gobernaba con puño de hierro y buen fútbol los campeonatos en los que estaba. Fanatismo fuera. El respeto se gana, no se exige.

Y, vean ustedes, lo ocurrido recientemente. Cuando grandes jugadores y señores entrenadores, hablo de gente como Jürgen Klopp, Guardiola, De Bruyne, Haaland, Piqué, Henry, etc, que nos podrán gustar más o menos, pero de fútbol saben, dicen que del Madrid no se fían, que el Madrid es el Madrid siempre y que al Madrid hay que respetarlo, es porque saben o han experimentado que el club blanco tiene un don para ganar que es inexplicable. Rizando el rizo, con su columna vertebral lesionada, con mil y un contratiempos, con un juego que no es definible, con lo que se quiera decir, a estas alturas de temporada, entrando en el tramo decisivo, lidera la Liga con once puntos sobre el segundo y se ha metido en semifinales de Champions doblegando con un enorme ejercicio de defensa al super Manchester City, equipazo construido con jugadorazos de envergadura mundial. Y tan sólo cuatro días después, jugando al ralentí y con una defensa inventada, ganó el partido clásico de la liga, contra el eterno rival, endosándole tres goles en contra (por dos de los visitantes), dejando la competición doméstica más que encarrilada y vista para sentencia. Y eso, es de respetar. Obviamente los Jota Jordis de la vida y los Cristóbales de Soria de turno vendrán son su relato de siempre para negar lo evidente. Y, ojo, hay quien los cree y los sigue. Allá ellos, tristes de espíritu, pues saben que la realidad es la que es y no la que les proclaman y ellos tragan. De los atléticos que expanden sus lloros mentando al estamento arbitral como benefactor del Real Madrid, mientras ellos pierden incluso contra el Alavés y están a veinte puntos del líder, hablamos otro día que hoy la cosa es seria y esos chistes se cuentan solos.

El caso es que al Real Madrid hay que hablarle de usted. Tras el arranque de forofismo de Xavi tras la jornada de Champions, él mismo reconoció, en la previa del clásico, que el Madrid ha eliminado dos veces ya al City (considerado por muchos el mejor equipo del mundo) y eso no es casualidad. Dícese, hasta Xavi sabe la realidad: el Real Madrid, de una forma u otra, se gana el respeto. No es cuestión baladí que calle hasta las bocas propias, pues en estos meses pasados y, sobre todo, en estos días recién acabados, he leído y oído de ciertos madridistas (de algunos ya incluso dudo que lo sean) que el equipo no tenía nada que hacer y que la temporada estaba acabada, en blanco, por supuesto. Han pedido incluso la venta o jubilación de alguno de los baluartes del club, como el propio entrenador o uno de los jugadores franquicia. Y hete aquí que han vuelto a ignorar el peso del escudo y éste los ha vuelto a callar. ¡Qué deleite para los que de verdad decimos "¡Hasta el final!"! De verdad, no aprenden. "No vamos a llegar a nada, este año va a ser horrible, que acabe todo cuanto antes, no vamos a meter ni un gol en toda la eliminatoria, no tenemos preparación, el entrenador no sabe de esto, etc, etc, etc". Pero, vamos a ver, ¿calla Don Real Madrid las bocas ajenas y te crees que no va a callar las propias? Esta maravillosa semana anterior os ha metido en la cueva a los anti madridistas y a los madridistas que os entregáis sin siquiera plantar batalla. Que una cosa es ser realista y otra ser de la Real Sociedad. Y una cosa es vuestra realidad y otra muy distinta la verdadera. O lo que es lo mismo, quien se enfrente al Madrid que lo venza porque el Madrid jamás saldrá a entregarse. Y si eres de los que diciendo ser madridista prefiere bajar los brazos a que se los bajen, háztelo ver. El escudo del Real Madrid se ha ganado el respeto a base de triunfos cuando todos apostaban por él y, también, cuando nadie daba un duro por él. ¿O no recordáis ya la última Champions? Nos va a fundir el PSG... ¡Arrea! Hemos pasado. El Chelsea nos vapulea... ¡Atiza! Estamos en semis. El City nos manda a casa... ¡Caramba! Nos hemos metido en la final. El Liverpool nos pondrá los pies en la tierra... ¡Leche! El Real Madrid campeón de la Copa de Europa. Callando bocas siempre. La tuya también.

Ahora, a toro pasado, es fácil subirse al carro y decirse ser muy y mucho madridista. Pero algunos decimos que al Real Madrid lo queremos hasta en las victorias. Sí, has leído bien. Hasta en las victorias porque ahí es cuando es fácil quererlo. Pero en lo difícil, más. ¿Cuántos han querido bajarse del barco cuando la cosa pintaba fea? Y eso encima da alas a los antis. Y luego se convierte en mayor gozo para los incondicionales cuando vemos un nuevo guantazo ( y van no sé cuántos) a los anti madridistas de siempre y a los pro pesimistas cansinos que encima vienen a dar lecciones. Ojo que alguien puede ver la cosa turbia en algún momento y luego llevarse una sorpresa. Yo mismo dudaba mucho de pasar la eliminatoria contra el Manchester City, pero había que jugarla, obviamente. Tras el empate a tres del primer cruce no es que viera más luz, sino que seguí defendiendo la idea de siempre: gáname, rendirme jamás. No por ello me imaginaba al Madrid clasificado, pero el triunfo hay que pelearlo. El antes mencionado Jude Bellingham, ha asimilado el madridismo rápidamente y en la rueda de prensa dijo el Evangelio. "No sé si podremos o no, pero si sé que somos el Real Madrid". Pelos de punta al escucharlo. Así es. Y en el partido de vuelta se hizo realidad. El escudo del Real Madrid cuando crees que queda enterrado, resucita de nuevo y vuelve a poner el punto a la i. Te recuerda, me recuerda, nos recuerda a todos, propios y extraños, a base de resultados, quién es y por qué. Nunca lo deis por vencido. Preguntadle a Guardiola que lo ha sufrido bien varias veces. O preguntadle a Xavi cómo ha perdido los dos clásicos de la liga con goles en el descuento. El Real Madrid es mucho Real Madrid. Es Don Real Madrid. Y se hace respetar.

miércoles, 10 de abril de 2024

SEMANA SANTA 2024

Detengan ya su lectura si lo que creen que van a descubrir en estas líneas es el resumen de lo que ha sido esta última Semana Grande. Creo que lo que ha sido ya lo saben todos: a nivel cofrade, un desastre y a nivel hidrológico, una maravilla. Nada puede haber más horroroso para los que amamos la cera y el incienso que pasarnos mirando al cielo de Domingo a Domingo y no ver un sol pleno y radiante sobre fondo azul, sino ver oscuros nubarrones cargados con el peor de los presagios sobre un fondo amarronado por el polvo en suspensión de la calima. Y nada puede haber más bello para la gente cuyo pan depende de los campos que recibir dos borrascas consecutivas, descargando agua de tal manera que los embalses hayan pasado de estar al diez por ciento de su capacidad a estar al ochenta por ciento en siete días. No recuerdo cosa igual en todas las Semanas Santas que he vivido. Horrible de pitón a rabo. Y tampoco recuerdo haber visto correr los regatos de agua por Sierra Morena como lo hacían este pasado Jueves Santo. Imaginad mi cara en el AVE dirección a Sevilla viendo el panorama y sabiendo que, muy posiblemente, no viese ninguna cofradía en la calle y todo hubiera concluido para mí con la entrada, también lluviosa, de la Hermandad del Prendimiento el Domingo de Ramos. Este año sí que sí era el día en el que todo comienza y a la vez acaba. ¡Qué desastre! No soy amigo de las matemáticas pero con un sólo dato os podréis hacer a la idea: tan sólo la tercera parte de las cofradías de Ciudad Real, ocho de veinticuatro, pudieron hacer su estación de penitencia en toda la Semana Santa. Y en mi querida Híspalis, de poder haber disfrutado en la calle de veintiséis cofradías que son las que suelo ver discurrir los días que estoy allí, puedo sentirme muy afortunado de haber visto cinco de ellas que lograron salir. Nada más. Lo dicho, poco hay que resumir, eso sí he tenido cosas bellas, bellísimas. Y es lo que hoy vengo a plasmar.

Empezaré por una que no puedo pasar por alto y dejaré la mejor para el final. Viernes Santo en Sevilla. No había salido ninguna de las cofradías del día, ni de la Madrugá, ni de los dos días anteriores... Llovía a cántaros. Cumpliendo mi tradición de la vigilia había comido bacalao con tomate y la cena estaba clara: pescaíto frito en mi querida Freiduría La Isla. Tras ello y sin tener otro perejil mejor que mondar, el grupo que estábamos encaminamos nuestros pasos al bar Lairén, por aquello de que somos "jartibles" y viendo cofradías o sin verlas hablamos de ellas y podemos pasarnos así horas. Pedimos el chispalibre nuestro de cada día (no sería malo, ¿verdad?) y comenzamos nuestra tertulia. Gran parte de las cuadrillas de la Soledad de San Buenaventura y del misterio de la Conversión del Buen Ladrón (Montserrat) estaban allí. Se respiraba ambiente costalero puro y estábamos rodeados de sudaderas de hermandades, botines negros y bolsas con costales y fajas. Sonreí recordando aquellos años en que fui costalero del Cristo de la Cruz al Hombro de la Hermandad del Valle y también llovió. Sabía lo que eran esos momentos y agarrarnos a la máxima "día sin pasos, día de vasos". Abrazos, alguna lágrima, mucho humor y whiskys y gintonics. De repente veo caras conocidas. Precisamente de aquellos años. ¡Pero leche! ¡Canalo! ¡Agustín! ¡Pedro! ¡Carlos! Antiguos compañeros míos, costaleros de aquella cuadrilla de la que fui y que ahora lo son de otras. ¡Qué bonito reencuentro! Años sin vernos, más de diez, quizás. Y de nuevo juntos hablando de lo que nos gusta, sintiéndonos todos iguales, dándonos abrazos y besos de hermanos, mirándonos con ternura los morrillos aflorados por los kilos paseados sobre el costal y diciéndonos que llevamos ya más de media vida en este mundillo de la arpillera y seguimos siendo los pies de Dios en la tierra. Siempre me he sentido uno más de vosotros y siempre me habéis hecho sentir así. Raza costalera pura en mi amada Sevilla y si no hubiera sido por la nefasta lluvia no habría ocurrido este recuerdo tan precioso que hoy albergo. Caricia de Viernes Santo que para mí guardo.

Justo el día anterior. Jueves Santo. Sevilla. Cuatro y media de la tarde. Las previsiones meteorológicas son tan horribles que ya hay cofradías que han suspendido su estación de penitencia y el resto empiezan a hacerlo. Finalmente no sale ninguna de las siete. Yo aún sensible por no haber podido salir con mi hermandad de toda la vida, la Flagelación, hacía menos de un día, Miércoles Santo, veo que me quedo sin las estampas anuales que tanto me gusta vivir en Siviglia y que por la noche la Madrugá tampoco será la noche más mágica y bella del año. Al final ocurrió lo esperado: ninguna de las seis cofradías que dan lugar a la mezcla de contrastes entre la algarabía de Triana y el silencio ruán del centro salieron a las calles. Pero antes de eso, me dediqué a visitar a algunas de las hermandades, entre chubascos y los armaos desfilando, en sus templos de salida, abiertos de par en par para que todos pudiéramos ver lo que podría haber sido y no fue. Y antes todavía, el pellizco al alma que cobijo en los recuerdos... Las cuatro y media de la tarde, decía. Decido ir a los Santos Oficios con uno de mis compadres. Un año fuimos al Gran Poder y este año decidimos ir a la Magdalena. Ojo. Cuidado. Parroquia seria y rancia. Con decir que es sede de la Quinta Angustia y del Calvario, todo aquel que sepa de cofradías ya sabe de lo que estamos hablando. Por ello me la esperaba medio vacía y con gente de avanzada edad. ¡Qué cara la mía! ¡Llena! ¡A rebosar! Tuvieron que dar la comunión seis ministros del altar. Y tomen buena nota aquí y apúntelo quien lo tenga que apuntar: estaba llena de gente joven y cofrade porque la mayor entrada de juventud a la Iglesia la traen las cofradías. Sonreí y fui feliz. Un "misón" de hora y media, casi, entre unas cosas y otras. Gente joven y cofrade, repito. La Iglesia llena. Agradabilísima sorpresa. Y sí, si no hubiera sido por la lluvia tampoco me habría dado ese gustazo de ver cómo las cofradías hacemos Iglesia aunque la propia Iglesia no lo crea. 

Y llego al final que ocurrió al principio. Y fue tan bello el principio que, para mí, aunque hubiera sido de verdad el final (y en parte lo fue), nadie me quitaba la felicidad tanto interna como externa. Anticipo antes de contarlo que el Sábado Santo sí salieron las cofradías a la calle, ¡menos mal! y pude cumplir algunos de los ritos que me gustan, como conversar con el Padre Joaquín, Preste de la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo o despedir la jornada con el palio de la Trinidad. Si no llega a ser por la tregua que dio el tiempo esa jornada, me vuelvo a casa sin haber disfrutado en Sevilla de ninguna cofradía. Bien, a lo que iba. Al principio. Domingo de Ramos. Día que jamás imaginé que me regalaría un recuerdo imborrable y que volvería a comprobar la grandeza de Dios y a vivir en persona, una vez más, que, como dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone. Tenía hablado con el capataz y con mis compañeros de cuadrilla que este año me retiraría de las trabajaderas de mi querida parihuela azul del Prendimiento, por lo que me dieron un relevo especial para que hiciera la entrada y disfrutase emocionado del último "¡ahí quedó!" que escuchase como costalero del Rabí de la blanca túnica. De esta forma, a mí que me tocaría la salida, no la haría y la cedería a otro costalero y éste, a cambio, me cedería a mi la entrada. Y ocurrió que apareció la lluvia y se modificaros los planes. La cofradía cambió recorrido y horario, se quitaron relevos de las cuadrillas y, finalmente, quiso el Señor que mi cuadrilla, que hubo hecho la salida, hiciera también la entrada. Y yo, que había cambiado esas chicotás, estuviera fuera y no hiciera ni salida, ni entrada. Y es más, la última vez que me quité el costal sólo Él sabía que lo era, pues yo aguardaba todavía a un relevo que ya jamás ocurrió. Así lo quiso el Cautivo y así se hizo. Eso sí, me regaló en la retirada el debut de mi hija en este mundillo de la Semana Santa. Su primera vez vistiendo la túnica y, romanticismo de la vida puro, calzando las sandalias que yo mismo usé cuando tenía sus años. Salirme de debajo del paso, acercarme a los tramos infantiles y ver a mi hija feliz es lo más preciado y bello que he tenido este año. Simplemente por eso ya todo mereció la pena y hará imborrable esta Semana Santa. Lo demás, son renglones torcidos de Dios que algún día lograremos leer rectos. O quizás quien escribe derecho es Él y nosotros lo leemos torcido. No ha habido nazarenos, pero el Guadiana ha vuelto correr donde no lo hacía. Sólo Él lo sabe. Y eso es tan bello como los tres retazos que hoy quería conservar escritos. ¡A la Gloria!

lunes, 18 de marzo de 2024

DOÑA CUARESMA

"Que los años se rompan en el tiempo pero el amor del costalero siga vivo". Con esa célebre frase del capataz Manolo Santiago, me dirijo a ti, querida Cuaresma. Hoy vengo a desgranarte, iluso de mí, como si tú no lo supieras, los sentires que me emanan al recorrer tus días camino de una nueva Semana Santa. Mentiría si no dijera que con la edad he aprendido a quererte y aunque mi amada sea esa fecha que arranca en el Domingo de Ramos, con la exhalación de un suspiro que todo lo explica, contigo, desde niño, ya revoloteaba en mi interior el cosquilleo que a todo cofrade invade cuando casi roza ya con las yemas de los dedos sus fechas más queridas. En definitiva, las vísperas. Esos días que te dan forma y que llegado el Domingo de Pasión prácticamente desabrochan ya los sentimientos retenidos y los dejan escapar por la puerta ojival de San Pedro, en unos días preciosos que navegan hasta el puerto de un palio azul y plata que amarra los Dolores del Perchel en la tarde noche más querida por el viejo barrio pescador. Y cuando se apaga la última luz de la candelería queda tan sólo un día, uno nada más, para que la rampa eterna hacia el arco de palmas y olivos explote de júbilo y podamos exclamar que ha llegado la Gloria. Eso sí, la Gloria de una semana que cuenta el tiempo al revés y nada más comenzar comienza a defenecer. Por eso en ti, querida Cuaresma, radica la gracia de la espera y hay que saber paladearte, aunque me enamore quedarme dormido en la revirá de un misterio la noche del Domingo de Ramos o en un cirio derritiéndose al compás de miles de corazones que lo arropan llegando a Correduría, donde la Alameda empieza y dicen que en un balcón que estaba en las Siete Puertas, cantaba el Niño Gloria saetas al pasar la Macarena.

Sin duda son estos cuarenta días con sus cuarenta noches unas fechas especiales que aglutinan, a veces solapando unas con otras, las realidades de unos sueños tantas veces imaginados que toman su esencia de los ensayos de las bandas matizando las marchas nuevas a estrenar, de los golpes del cincel del imaginero perfilando la imagen secundaria que está restaurando, de los sempiternos nervios del prioste al perder el concilio nocturno recordando que tiene que apretar más la tuerca de la peana, ¿cuál?, no preocuparse que él lo sabe, vosotros preocuparos de lo vuestro y de seguir haciendo realidades esos sueños que decía sacando la papeleta de sitio de vuestro hijo por vez primera, arropando a vuestro amigo, el pregonero, que este año sube al atril a poner voz a su cofradía en un momento íntimo y mágico en el que desnuda su interior, siendo conscientes de que estas fechas sirven también para el reencuentro, tantas veces igualmente soñado e imaginado, de compartir con esos amigos que la pasión compartida nos ha ido regalando y añadiendo a nuestras vidas, una charla sobre cofradías en torno a una recién acaba tertulia, mientras aún humea el incensario deshaciéndose en vaharadas que retienen a la vez que exprimen esta preciosa cuenta atrás llamada Cuaresma. ¡Cuarenta días y cuarenta noches! Pero, ¡qué cuarenta días y qué cuarenta noches!

E inmersos en la más preciada cuenta atrás de la que disponemos los que pasamos la vida arremolinados en torno a una sensación que no puede describirse con palabras, me deleito observando las miradas, por donde habla el corazón sin necesidad de voz. Contemplo las pupilas estallantes de júbilo de un aspirante que en la igualá a la que lleva unos años asistiendo, por fin, recibe el golpe en el hombro del capataz diciéndole que es bienvenido al oficio más bello del mundo, pasear a Dios y a su Santa Madre y por salario disfrutar nada más. Me extasío en los atriles donde se pregonan cofradías en la intimidad de sus hermanos, allá donde la voz nace de las entrañas del sentimiento y vuela como un dardo que se clava en el centro del alma de quienes escuchan ese sentir compartido que los une y aprieta en torno a un mismo Titular, sabiendo que nadie que no forme parte de su hermandad lo entenderá y vivirá igual que ellos. Que todos somos cofrades, sí, pero que los de Pilatos son mucho de Pilatos, los de la Coronación son mucho de la Coronación y los del Nazareno son mucho del Nazareno y nadie mejor que uno mismo para saber y entender lo que acaece en su seno interno y desbordarse en sentires de amor propio para con los suyos. Me embeleso en el ajetreo de una alacena que consume las vísperas como enseñaron las abuelas, entre bacalao, escabeche, flores de sartén, torrijas, pestiños y una cocina de tradición y costumbre que se repite año tras año compartiendo con la Navidad la mezcolanza del reencuentro y el recuerdo. Y todo eso ocurre en tu seno, Doña Cuaresma. ¡Como para no quererte!

Siempre igual y siempre diferente. Llegan las calendas a febrero o a marzo y el Martes de Carnaval con ellas. Y al finalizar el día, cuando el último grano de arena del reloj agota el tiempo de su cono de vidrio y salta la hora a un nuevo día, a la misma hora que Cenicienta debía volver a casa, comienzas tú. Y contigo el Miércoles de Ceniza y los cuarenta días que te dan forma y plazo para la explosión de la gloria cofrade en un nuevo Domingo de Ramos donde todo comienza. Entre tanto, ensayos, montajes, vigilia, papeletas y cirios. Y en la mente la idea firmemente amarrada de que la vida entera cabe en un paso de palio. Eso eres tú, Cuaresma. La vida misma, la perfecta conjunción de la costumbre trasladada de generación en generación para que perviva siempre la liturgia del hogar en torno a una misma creencia. ¿Te has fijado, querida, la luz que desprende un Domingo de Laetare cuando con rosas vestiduras una madre lleva a su recién nacido, apenas recién recibido el bautismo, a engrosar la nómina de hermanos de la cofradía de su padre? ¿Te has parado a contemplar el ritual costumbrista que exprimiendo las vísperas ocurre en una misma familia, al mediodía del Domingo de Pasión, siempre en torno a Él, a quien nuestros abuelos llamaron Jesús, nuestros padres el Nazareno y nosotros el Señor? Fíjate, Doña Cuaresma. Fíjate. Contempla que en tus días brillan las calles distintas. Los viejos olmos del Prado salen de su letargo porque en la Catedral se presiente lo que está por llegar. La Merced se perfuma de grandeza al convertir su Pasaje, por unos días, en el corazón de la ciudad. San Pedro engalana su rampa porque será acariciada por pisadas costaleras anunciando la más grande de las llegadas. Los barrios más allá de Rondas son júbilo puro porque sus vecinos más queridos volverán a hasta el Camarín de la Patrona. Y de mi Perchel, ¿qué decirte? En el muere tu espera y nace cada año tu primavera. Y entre tanto alguna sorpresa. ¡Como para no quererte, Doña Cuaresma! Llévanos siempre a la Gloria.

sábado, 24 de febrero de 2024

FINISTERRE, ¿Y AHORA QUÉ?

La jacobeína ha sido diagnosticada para los peregrinos adictos al Camino en dosis de siete a quince días en el período que más convenga. En casos extremos una escapada para hacer tres etapas es suficiente. En otros casos, gente no conocedora del enganche que supone la Ruta Jacobea, se ha embarcado en caminatas de un mes o más, desde Saint Jean pied de Port hasta Santiago de Compostela o el propio Finisterre y lo que ha hecho es intoxicarse en vez de liberarse. Y, claro, luego necesita de más jacobeína pues la adicción es enorme y se sustenta en causas imposibles de desechar: la experiencia y los recuerdos. Y en esas ando yo. Creí que me sanaría por un tiempo llegando al final de todos los caminos, llegando a Fisterra, su faro y sus rocas donde comienza el basto mar. Pensé que una vez concluidos físicamente todos los caminos que había realizado, pues si algo tenía claro que en Santiago comienzan de nuevo, estaría más relajado y sin que cada vez que me acordase de mis queridas flechas amarillas me dieran ganas de coger la mochila de nuevo. Pero qué confundido estaba. Ya en el autobús de vuelta a Santiago, recién despedido de Fisterra y viendo por las ventanas los parajes que había recorrido días antes, camino, hitos y senderos que unen Lires, Muxía, Dumbría, Olveiroa y Negreira con la mítica y mágica ciudad de Santiago de Compostela, iba pensando "¿ahora qué?". La consabida tristeza que embarga al peregrino al culminar la última etapa, yo creía que no se haría conmigo en Finisterre, sino que sería un punto y aparte y la necesidad de iniciar un nuevo camino afloraría tiempo pasado. Pero no.
Fue despedirme con un ¡Hasta siempre! de la Costa da Morte para que ese vacío interior que te llena cuando das el último abrazo en Compostela me inundase por dentro. Finisterre, ¿y ahora qué? Concluí en el kilómetro cero toda caminata posible. Y cuando digo posible, lo digo con plena literalidad. Llegué hasta las rocas del mar y no se podía caminar más. Hice el epílogo del epílogo. El Camino, dicen, termina en Santiago (ya he dicho que para mí -y creo no ser el único- allí es donde empezó y empieza), sin embargo, para llenar esa nostalgia del adiós hay unos días más, unas etapas extra, un Camino Esotérico que te lleva a adentrarte un poco más en ti mismo y te enseña, de verdad, el tan manido ultreia et suseia que decían y decimos los peregrinos. Más allá. Así pues, aunque el kilómetro cero radique en el centro de la misma Plaza del Obradoiro, desde donde al alcanzarlo nos caen (internas o externas) dos lágrimas de pureza cristalina, cada uno sabe su por qué, existe otro kilómetro cero más adelante. En concreto dos. Uno en Muxía y otro en Finisterre. No seré yo quien diga cuál es el verdadero fin del fin, pues esa guerra entre Muxía y su leyenda de la barca de piedra como real fin del Camino y Fisterra y su ocaso infinito donde muere el sol y simboliza el fin del mundo, no me compete. Cada uno que elija. Yo me quedo con Fisterra, el romanticismo peregrino de real fin del camino que allí encontré, no lo hallé en Muxía, la cual, por cierto, es preciosa y también la alcancé caminando, claro, no podía ser de otra manera. En todo caso, para entender ese Camino Esotérico, ese Epílogo final, ese kilómetro cero más allá del kilómetro cero, se culmine donde se culmine, hay que llegar primero a Santiago. Y del mismo modo, hay varios caminos para hacerlo.

Fueron, quizás, un par de horas lo que tardó la necesidad de volver a soñar con regresar al Camino en adueñarse de mí. Yo conmigo, como me dijera aquel barbado bruselense que conocí en O Cebreiro allá por Agosto de 2012, ya iba rumiando esa mezcolanza de futuro impulsada por los recuerdos que generan el deseo de revivirlos. Carlos, acabas de llegar a Fisterra, con tu padre, con quien todo empezó, con quien surgió este amor por las flechas amarillas como una aventura en Sarria y se convirtió en otro Camino desde Ponferrada, otro desde Saint Jean pied de Port, otro desde Valença do Minho, otro desde el Somport y otro desde el propio Santiago hasta el fin del mundo. ¿Y ahora qué? Se han cerrado todos los círculos de principio a fin. La magia de Finisterre así lo atestigua. No ha quedado nada por recorrer. Y entremedias, Iñaki. Hermano peregrino que el propio Camino nos regaló y con el que hemos caminado juntos desde 2014, de tal modo que no concebimos atarnos las botas sin él. Ha sido precioso llegar juntos al Obradoiro ya varias veces y llegar juntos también tanto a Muxía como a Finisterre.  Ya... Pero... ¿Ahora qué? No puedo mirar mi desgastada mochila, mi sombrero, mi bordón y pensar que los guardaré en un armario sin saber cuándo volverán a rodearse de hitos y vieiras. Siempre les prometo volver. Y siempre pido al Padre Eterno volver a volver. Fisterra ha cerrado todo. ¡Tendré que abrirlo de nuevo! Ya soy peregrino errante y no imagino mi vida de otra manera. No conozco el Primitivo. La Plata me lleva años llamando. El Inglés es pequeñito y nuevo. El Gran Camino, desde casa al Obradoiro, ya lo acometeré... ¿Ahora qué?

Me subí al tren y en dos minutos encontré la respuesta. Tanto ansío seguir desgastando mis botas por esos caminos jacobeos que el círculo cerrado sirve para abrir otro. Encaja con mi filosofía de vida. Siempre estoy activo. Siempre tengo un proyecto entre manos y si lo termino (que suelo hacerlo), inicio otro. Eso de empezar algo y no concluirlo, no va conmigo. Si me embarco, navego, para eso compré el billete. Quedaba sólo decidir cuál sería el siguiente. Prometí a mi padre que llegaría a Fisterra y así fue. Le he ido adaptando las etapas a su edad y capacidad. Y aunque se camina más con la cabeza que con los pies, el cuerpo juega malas pasadas y el Camino, quien lo conoce, sabe que es duro y no da lugar a broma física, aunque al final, a todo peregrino, le reviven los recuerdos de ganar la batalla (cosa lógica) emocional tan bonita que te dejan en el alma esos momentos de satisfacción tras el esfuerzo. Pero decirle que Fisterra significaría el final total y que no volvería a caminar sería una injusticia. Sabe y sé que hay caminos que ya no puede afrontar y que no volveremos a recorrer juntos. Pero siempre hay un más allá. Fisterra me lo enseñó. Y el Camino Inglés es pequeño y creo que podré modelarlo para que lo recorra y siga siendo feliz bajo el sudor de las cuestas, la reparadora ducha en el albergue, el menú con tres vasos de vino y la dulce siesta en la litera. Allí es feliz (y yo con él). Y hago todo lo que puedo porque siga siéndolo. Sonreí. Lo miré y miré a Miguel, mi suegro, a quien hemos alistado en este mundillo peregrino y ya patea los montes con nosotros. El tren acaba de pasar Orense y enfilaba dirección Madrid. Cogí el móvil y me metí en Amazon. Busqué la Guía de Antón Pombo del Camino Inglés y la compré. Volvía de un Camino y ya soñaba con otro. Como siempre. Y con él. Le dije: Papá, Finisterre, ¿y ahora qué? Me miró triste como diciendo "Ya no hay más". Y le dije "¿Conoces el Camino Inglés? Es pequeño y en cinco o seis etapas llegamos a Santiago de nuevo...". Sus ojos brillaron y lloré por dentro como lo hago ahora por fuera al narrarlo. Sonrió. Le mandé un whatsapp a Iñaki. "Buen viaje de vuelta a Pamplona, amigo. Y no guardes muy dentro la mochila por si en Agosto del año que viene nos vemos...". Mi suegro (que algo me conoce) me miró y me preguntó "¿Qué tramas, truchón?". Y le dije: "Nada. Acabo de comprar un libro en Amazon..." Se río y me preguntó: "¿La guía del Camino Inglés?" Respondí con una sonrisa y mi padre y él rieron. Gracias, Fisterra. Gracias.