martes, 28 de julio de 2026

GALLAECIA ETERNA

Gallaecia fue originalmente el nombre con el que los romanos identificaron al territorio situado en el extremo noroccidental de la península ibérica, una provincia romana que abarcaba los territorios de la actual comunidad autónoma de Galicia, norte de Portugal y parte del territorio de las actuales provincias de León, Zamora y Asturias, habitado por pueblos indoeuropeos de lengua céltica denominados galaicos (gallaeci) al oeste y astures al este. Y allá que fuimos en familia hace unos días puesto que, debido a todos los Caminos de Santiago que ya he recorrido, he conocido ciertos lugares que quería que conocieran mi mujer y mi hija y estar con ellas en ese momento y explicarles lo que significan para mí (los lugares y ellas). Santiago de Compostela es, sin duda, uno de los hitos de mi vida, junto con Sevilla por mi amor a la Semana Santa y a las cofradías, Pamplona por la amistad que el propio Camino de la vida me regaló y mi amada Ciudad Real natal, capital de La Mancha, por ser donde se hunden mis raíces y de donde proviene mi esencia y génesis. Santiago es especial porque allí estuve de niño con mis abuelos y jamás imaginé lo que el destino me deparaba con tal lugar. De hecho, era 1989, contaba con ocho años de edad y no volví a ir, siendo, además, de pura carambola y casualidad, hasta pasados veintiún años más y por motivos laborales. Y ya no estaban mis abuelos ni era yo niño, pero perduraban los recuerdos y me encontré allí con él, con el Camino de Santiago, siendo hasta entonces, año 2010, un total desconocido para mí y sin haberme llamado ni atraído en absoluto nunca. Y desde entonces hasta hoy, gracias a Dios, lo visito a menudo. A él y a Galicia. Con sus rincones, historias, mitos y leyendas.

Yo llegué a aquella Galicia maravillosa de la mano de mi abuelo, del que tanto aprendí. Con él pisé por vez primera la Praza do Obradoiro, contemplé el Pórtico de la Gloria e hice el ritual del "Santo dos croques". Aquel viaje, por lo que sea, me marcó por dentro. Se generó el típico recuerdo que anida en el cerebro, más bien queda aletargado, aguardando el momento de revivirse de nuevo por dentro y de, a poder ser, recrearse por fuera otra vez evocando cómo se gestó. Y quizás fue así y por capricho del destino como llegué allí de nuevo y se avivó la llama. Mi trabajo como abogado me llevó hasta la La Coruña y, concluido el pleito, cogí un autobús para ir a Santiago de Compostela. Quería volver a pisar otra vez aquel empedrado mágico que pisé con mi abuelo cuando tenía ocho años de edad. Me planté de nuevo en aquella Plaza y me ví rodeado de recuerdos y peregrinos. Se despertaron en mí las vivencias pasadas y surgieron las ganas de ser como ellos para acumular otras vivencias nuevas. Vivencias que ahora, quince años después, ya son recuerdos como aquel recuerdo que me llevó a generarlas. Y estos días he podido compartirlas con mi hija reviviendo los recuerdos y generando, ojalá, el germen de otras futuras vivencias, pues si hay algún Camino que hemos de recorrer sí o sí es el de la vida. Al menos así lo he aprendido yo recorriendo desde aquel 2010, ya como peregrino, el Camino de Santiago al que, sin duda, de alguna manera llegué por aquel viaje con mis abuelos y me llamó cuando debió hacerlo.

Y este 2026 he hecho partícipe a mi vida de mi vida. A mi hija de mis vivencias. Aquí empezó todo y espero que empiece para ti. Aquí estuve con mi abuelo y con el tuyo. Aquí me cambió la vida. Aquí se fraguó mi sueño. Aquí se cumplió. Y aquí te cogí en brazos cuando el año que naciste volví a llegar caminando y me esperabas en el centro de la mismísima Praza do Obradoiro que yo pisé cuando era niño como tú. Santiago de Compostela es un hito en mi vida, ya lo he dicho antes. Lo que he vivido caminando hacia esa ciudad es parte muy profunda de mí y he comprobado que, de verdad, el Camino empieza allí, no termina, pues si estás llamado a ello, por motivos que sólo el destino y Dios sepan, ten por seguro que allí será donde comiences a dar los primeros pasos. Mucha gente que ni siquiera sabe que en cualquier lugar inesperado de España (y de mil lugares de Europa) puede haber una flecha amarilla indicando el Camino, visita Santiago y allí se produce la magia. Esa Gallaecia eterna de leyendas que atrapan, de la Santa Compaña, de mitos, de embrujos, de meigas y conjuros te involucra en sus rituales y creedme que merece la pena. Así ocurrió conmigo y así lo narro. Y ahora que lo plasmo y revivo estas nuevas vivencias ocurridas hace unos días soy feliz de haber estado con mi hija donde tantas y tantas cosas viví y reviví. Y enseñarle mis costuras más internas y hacerla protagonista de ellas con el deseo, Santiago quiera, de volver allí con ella y que abrace el busto del Santo como mis abuelos y los suyos lo hicieron. 

Llegamos incluso a Fisterra. Allí donde la tierra muere y el mar nace. Y como uno de los Caminos ya lo hice con mi esposa le enseñé el epílogo donde todo acaba. Fuimos andando en familia desde el mismo pueblo de Fisterra hasta allí donde está el Cabo de Finisterre y se acaba el mundo. Incluso más allá. Dejamos atrás el emblemático hito del kilómetro cero no ya del Camino si no de su prolongación esotérica y nos adentramos en las rocas donde el océano se estrella. Sonaba el azote de las aguas, el soplido del viento y la música de un gaitero. Esa escena no es para contarla. Es para vivirla y así lo quiso la Diosa Fortuna. ¡Qué contradicción! Llegar andando al final del Camino sin no haberlo recorrido. Esa parece la misión. Recorrerlo para completarlo. Firmó ahora mismo con mi sangre que así fuera y con ellas. Y volver a sudar cada cuesta y a crujir los huesos en cada litera, con la sonrisa por bandera porque merece la pena. Llegar de nuevo a esas doradas conchas que indican el centro de la compostelana ciudad y saber que allí estuvimos y estuvieron de los que venimos. Y que así sea con ella. Y saber que hay más allá y que caminando por la Costa da Morte, como ellos y yo lo hicimos, llegas a esa bota de bronce donde sí que yace el fin. Vivirlo y revivirlo de nuevo con esa magia que envuelve la esencia más interna, que deja poso, que anuda los recuerdos convirtiéndolos en historia real, vivida y por vivir y que hace que quien la vive, revive y transmite sienta lo que yo por esa querida Gallaecia eterna.

lunes, 20 de julio de 2026

DOS ESTRELLAS

"¿Y por qué no?". Esas cuatro palabras han retumbado en la cabeza de todo español durante estos últimos cuarenta días que ha durado la última edición de la Copa del Mundo. España tenía la etiqueta de ser una de las selecciones favoritas para ganar el trofeo, pero es dificilísimo hacerlo. Ya se sabe. Los que llevamos varias décadas viendo fútbol, el recuerdo que tenemos de los Mundiales es que España caía en fase de grupos o, si lograba clasificarse para octavos de final, tras el pitido había que hacer las maletas. Eso de levantar la copa estaba destinado a grandes nombres: Brasil, Argentina, Alemania, Italia... Nosotros éramos meros invitados al torneo y, si algún año creíamos que podíamos llegar un poco más lejos y nos colábamos en cuartos de final, aparecía Tasotti o Al-Ghandour y nos mandaban para casa injustamente, a codazos o a silbatazos, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Si no sabes de quiénes hablo eres aún bastante joven o no has visto tanto fútbol. El caso es que llegó una hornada de jugadores excepcionales, cosas que parecen ocurrir sólo una vez en la vida y que conllevan una confabulación y alineación de astros que es tan casual y bella que se duda de su veracidad. Y en el año 2008 ese grupo de chavales (ahora sí te sonarán los nombres) compuesto por Casillas, Ramos, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Xabi Alonso, David Villa, Fernando Torres, etc, nos llevaron a ser Campeones de Europa. Dos años después era el mundial de Sudáfrica y empezó a haber cierto runrún en España porque, quizás, esta vez, sí pudiéramos hacer algo más. En ese momento en realidad (y no ahora recientemente) es cuando comenzó a fraguarse la pregunta "¿Y por qué no?". Debutamos en aquel Mundial y perdimos 0-1 contra Suiza. Parecía el bofetón de siempre. Pero no fue así...

Conscientes de que igual no volveríamos a ver ni a tener una plantilla como la que tenía España en aquel tiempo, toda la nación se unió y comenzó una campaña de ánimo, empuje y aliento que, yo al menos, no había visto jamás. Por primera vez los colores rojo y amarillo unían al territorio y dejaban la política fuera. El tropiezo del primer partido no modificó el rumbo, empezamos a creer y a ver que se podía. Y ocurrió. Pasamos a octavos, a cuartos, a semifinales ¡por primera vez en nuestra historia! y a la final. Ya no había quien nos parase. Era el camino a nuestra primera estrella bordada en la camiseta. Era el momento. La pregunta "¿Y por qué no?" se convirtió en la orden "Hágase". Y se hizo. España fue campeona del mundo. Era posible. Hubo sido posible. Lo hicimos. Nuestra camiseta nacional tendría ya para siempre un distintivo que había sido anhelado, deseado y soñado por miles y miles de españoles. Muchos habían muerto antes de que ocurriera, pues los mundiales de fútbol se vienen celebrando de 1930 y muchas almas de España marcharon a las estrellas antes de que una de ellas llegase a nuestra camiseta, convencidas de que ese bordado jamás llegaría a nuestras elásticas. Y por ellos y por nosotros, lo hicimos. Y fuimos afortunados de vivirlo porque nunca habíamos creído que lo lograríamos. Honramos su memoria y fuimos muy felices. España era noticia en todo el mundo. Ya no sólo se hablaría de la pica en Flandes. Se hablaría de que España tenía una estrella sobre su escudo. Cosa reservada a muy pocos elegidos.

Dos años después volvimos a levantar la Eurocopa y ganamos la triple corona: Eurocopa, Mundial y Eurocopa. Éramos historia viva. Pero toda historia tiene un principio y un final. Y aquí se desvaneció la nuestra y los siguientes mundiales volvimos a lo que había sido nuestro recorrido antes de la cita de 2010. En las siguientes tres ediciones caímos en la fase de grupos y dos veces consecutivas en octavos de final. Otra vez España en la normalidad en la que tantos años hubo estado instalada. Hasta que la historia se reescribió de nuevo. La selección logró ganar con un buen fútbol, como aquella vez en 2008, la Eurocopa de 2024. Y la mala memoria que habíamos tenido con los capítulos vividos años atrás y de nuevo el runrún volvieron a despertar. No éramos conscientes de que si lo habíamos hecho una vez podíamos hacerlo más. Resurgieron de nuevo los ímpetus y la célebre frase del humorista manchego José Mota comenzó a popularizarse por toda la geografía nacional: "Va a ser que no, pero ¿y si sí?". Y volvimos a creer de nuevo en que una nueva generación de futbolistas (que cuando ganamos el único -por entonces- mundial de nuestra historia eran unos niños) pudiera llevarnos a la gloria del deporte rey. Y esta vez sí creímos que, aunque dificilísimo, pudiera ser posible porque ya lo habíamos hecho más de quince años atrás. Comenzamos a latir, a susurrar España de nuevo y a mirar de tú a tú a los grandes que tenían varias estrellas bordadas, puesto que ellos alguna vez tuvieron sólo una como nosotros y la gran mayoría de naciones no tiene ninguna.

El resto ya lo sabéis. Nos clasificamos para el Mundial con triple sede en Estados Unidos, Canadá y México. Desde el primer momento nos preguntamos "¿Y por qué no?", pero esta vez creyendo que de verdad era posible y no una mera utopía. Debutamos contra Cabo Verde y empatamos a cero. Mal inicio, como aquel año 2010. Pero dependíamos de nosotros mismos. Y en eso los españoles somos genios. Tenemos, para todo, el gen de "Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como". Empezamos a ganar y nos plantamos en la final del mundial con un único gol en contra en todos los partidos. Y con cruces que no ha sido fáciles y ya son historia escrita y pasada: Austria, Portugal, Bélgica y Francia. Quedaba el gran escollo. La Argentina de Lionel Messi, la FIFA e Infantino. No lo digo yo. Ahí está el recorrido en la cita de una y otra selección y en la hemeroteca pueden verse los favores recibidos. Por algo ha de ser que España finalmente ha sido arropada por todo el mundo y ha quitado las caretas dejando al descubierto tanto oscurantismo escondido en federaciones y silbatos. Y ganó España. Ganó el fútbol. Se hizo justicia en nombre de muchos y España se alzó a lo más alto del mundo futbolístico otra vez. Una nueva hornada de hombres que han llevado el nombre de nuestra nación por todos los confines: Unai Simón, Pau Cubarsí, Laporte, Pedro Porro, Rodri, Oyarzábal, Merino, Baena, Nico Williams, etc. Un puñado de guerreros que creyeron y nos hicieron creer de nuevo. Gracias eternas. Ahora nuestra camiseta no tiene una estrella bordada sobre el escudo. Tiene dos. Yo no sé si volveré a ver en mi vida a España ganar un mundial. Sé que nunca lo habría esperado y la he visto ganarlo dos veces. Igual alguna vez pudiera ser una tercera. No lo sé. Por los que no están. Por los que estuvimos. Por los que estarán. Por España. "¿Y por qué no?".