martes, 19 de febrero de 2013

EN ESTE VALLE DE LÁGRIMAS...

No podía empezar sino diciendo que esta entrada se la prometí a mi buen amigo Albertito Laguna y que era de justicia escribirla ahora en estos días. Va por ti, compadre. "Pisarás La Campana antes que yo".

Corrían tiempos de igualás y ensueños, los que amamos los cofrades, cuando un fin de semana se citó el sábado el primer ensayo del paso del Decreto allá por el Polígono Calonge. El Domingo de ese mismo fin de semana, a las 11 de la mañana estaba citada también la igualá del Nazareno de la Hermandad del Valle, el Señor de la Cruz al Hombro, paso en el que Alberto se había fijado y tenía ganas de ir a igualar a ver qué pasaba. Yo un año más me disponía a pedir hueco bajo las trabajaderas del Divino Rabí de la Hermandad de la Cena y el sábado intentaría hacerme hueco también en el grupo de hombres que pasean el Misterio alegórico de la Trinidad por la bética urbe. Tenía que ir a Sevilla sí o sí. Por mi mente no pasaba la igualá del Valle, pero por la de mi compadre sí. Me dijo que si nos íbamos juntos a pasar el fin de semana de enredo cofrade a Sevilla el Domingo iríamos a la igualá del Cruz al Hombro, que tenía una premonición. Así pues, allá que nos fuimos los dos en amor y compañía y como acompañante Jesús Laguna, hermano de Albertito y también compadre mío al que conozco desde que era niño y lo quiero igualmente como a un hermano. Viaje cofrade y de cofrades. Pintaba bien.


Recuerdo que el sábado nos cayó una tunda de agua del carajo en el ensayo y regresamos al lugar de hospedaje empapados de agua y yo sin hueco en el Decreto. Al menos cada vez que estoy en aquella mariana ciudad estoy radiante. Me enamora Andalucía y más todavía una de las más bellas hijas que tiene: Sevilla. De esta guisa (y yo con sabor agridulce) nos disponíamos a dormir y al día siguiente, tal y como le prometí a mi compadre, iríamos a la igualá del Cruz al Hombro. Total ya que estábamos allí, que teníamos los botines negros y que nos gusta sacar pasos a la calle, probaríamos suerte en las trabajaderas del que todo lo perdona alzando su mano en la tarde-noche del Jueves Santo.

El día amaneció radiante y el sol se estrellaba con fuerza en los adoquines amarillentos de la Alameda de Hércules. Desayunamos un zumo de naranja y una tostada con tomate y aceite. Típicamente andaluz y una verdadera delicatessen en tan singular enclave. Todavía quitándonos migajas de pan tostado de la cazadora y con paso casi racheado nos dirigimos a la igualá del Nazareno del Valle. Gentío de costaleros se agolpaba en la puerta del almacén, abrazos, besos y saludos de sevillanas maneras colmaban los aledaños del lugar de la cita. Y allí nos presentamos. El capataz Pepe Mesa dirigió unas palabras a los presentes y comenzó la igualá. Alberto igualó en la quinta y yo en la tercera. De ahí a entrar en la cuadrilla había un mundo... Mundo que se redujo cuando Jaime el subcapataz nos dio a firmar los papeles del seguro de costalero y Pepe nos entregaba la tarjeta con fechas de ensayos y horarios. ¡¡Nos citaron a ensayar!! No echar las campanas al vuelo... Eso no quería decir que estuviésemos dentro de la cuadrilla. En mi caso había un hueco en el palo y estábamos tres aspirantes en la lucha por él. En el caso de mi compadre había otro hueco y estaban cinco peones pidiendo trabajo. Habría que verlo pero habíamos dado un paso de gigante, en nuestro estatus una zancada costalera con potente izquierdo y sin tambaleo.

Llegó el primer ensayo, nos hicimos la ropa y nos metimos bajo el palo cuando nos fueron indicando. Al finalizar le preguntamos al capataz si estaba contento con nuestro trabajo y nos dijo que tendría que seguir viendo y observando detalles. Una vez más Sevilla nos despedía con la duda pero nos emplazaba nuevamente a un nuevo ensayo. Esperanza, siempre Esperanza. Para mi Albertito la que cruza el puente, para mí la que vive en la muralla. "Esperanza Macarena y Esperanza de Triana, una Madre y una pena, una sola Soberana en dos caritas morenas." Al menos habíamos ensayado en un paso de Sevilla y eso para nosotros ya era un súmun de felicidad. Nos subimos al coche y escuchando marchas volvíamos a nuestra Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Reyes con las vistas puestas en el siguiente ensayo, día que nos dirían si contaban con nosotros o no. ¡Bendita locura la del corazón costalero que sin saber con certeza se aventura a viajar en busca de ser los pies de Dios!

Pasaron volando los días del calendario en una nueva Cuaresma y llegó el día del segundo ensayo. Como de costumbre entre nosotros, trabajadores forasteros del arte del costal, a las seis de la mañana salíamos para Híspalis rumbo al encuentro de la parihuela de vigas de hierro para disfrutar de nuestra oportunidad. Pepe Mesa nos recibió minándonos la moral y apunto estuvimos de volvernos para Ciudad Real antes siquiera del ensayo: "Hay buenos costaleros y hermanos de la cofradía, tienen prioridad a ustedes y no lo tengo muy claro". Vamos que todo apuntaba a que no formaríamos parte de la cuadrilla. Con orgullo herido y dándolo todo en cada levantá nos quedamos al ensayo y al terminar el mismo nos fueron llamando por palos al almacén a la inversa de como se había igualado, es decir, de la última a la primera. Cuando llamaron a la quinta pasó mi compadre. Desde fuera yo veía un corrillo: dieciséis costaleros en torno al capataz. Seis formaban parte de la cuadrilla alta y tenían su hueco hecho. La cuadrilla baja la formarían otros seis y estaban diez hombres. Cinco tenían hueco ya y el otro hueco era el que se rifaba Alberto con otros cuatro peones. Yo en ese momento no daba un duro por mi compañero. La cosa estaba más que fea cuando empezaron a salir del almacén. Los que ya tenían hueco en la cuadrilla salían hablando entre ellos. Cuatro caras cabizbajas y serias entre los cinco aspirantes y una de ellas sonriente como jamás la había visto: mi compadre estaba dentro de la cuadrilla. Alberto había sido el elegido. Había demostrado su valía como costalero, su bondad como persona y su humildad bajo las trabajaderas. Había entrado en el paso que quería. Yo sé (por envidia en unos casos y por ser envidiado en otros) lo que eso significa y la felicidad que tenía mi amigo en ese momento. El abrazo que me dio ya lo dijo todo...
¡La cuarta! La voz de Paco y Jaime retumbó llamando a los hombres que debían pasar al almacén. El siguiente palo en pasar era la tercera. ¡Oído! ¡La tercera! La mía. Llegó el momento y pasamos al almacén. Pepe nos dijo que el formar parte de esa cuadrilla era una lucha constante y que al igual que en ese momento estábamos dos aspirantes entregados debían estarlo los que ya tenían el hueco y no relajarse nunca porque otros tantos aspirantes llegarían con fuerza pidiendo trabajo bajo el Cruz al Hombro. Y recuerdo perfectamente como volviéndose a Camacho y a mí nos dijo: "Y ustedes dos... cuiden el hueco que hoy adquieren porque es muy difícil de obtener. Son buenos los dos y me los quedo. Enhorabuena y bienvenidos a la cuadrilla".

Albertito Laguna y yo con Pepe González Mesa,
Capataz del paso del Nazareno de la Cruz al Hombro

Salí del almacén radiante. ¡¡Era costalero en Sevilla!! Cuando Alberto me vio la cara se le iluminó como cuando empieza la Cuaresma. Para él era un sueño. Una aventura que empezamos juntos y culminábamos juntos años después: los dos costaleros en Sevilla del mismo paso. Comenzamos nuestros viajes para los ensayos, noches de madrugón, desayunos en Abades, pernoctas en baratos hostales... Todo esfuerzo merecía la pena porque éramos felices. Llegó el Jueves Santo y el Maestro de la mano alzada no pudo pasearse porque la odiosa lluvia hizo su aparición en el peor momento. Primeras lágrimas en el Valle...
Al siguiente año, de nuevo ilusionados, sintiéndonos ya miembros y unidos a la que siempre será mi cuadrilla querida de Sevilla, la que me abrió las puertas, la que me acogió sin tapujos, la que me enseñó que los huecos en los pasos se ganan por derecho y trabajando recto y no a través de cervezas y copas en los bares, iniciamos de nuevo la andanza de igualá, ensayos, viajes, desayunos, comidas en carretera,  frías noches de mudá y cansancio y sueño. La recién estrenada Cuaresma volvió inexorablemente a deshojar el calendario de la primavera y se avecinó pronto el Jueves Santo. Maldita la hora en que la nefasta lluvia volvió a arruinar por segundo año consecutivo el paseo de nuestra hermandad. Otra vez el templo del Valle se convertía en valle de lágrimas...

Este año, por unas cosas y otras, compromisos, coincidencias y jaleos, no puedo sacar el paso. He de irme de la cuadrilla que me recibió sin haber podido disfrutar con ellos de Jueves Santo de gloria y disfrute. Jamás olvidaré el buen trato recibido por todos ellos: Pepe, Jaime, Paco, Alfonso, Ismael, Diego (Waly), Santos, Iván, Emilio Simón, Coleta, Canalo, (perdón a los que me deje en el tintero sin quererlo)... El Señor de la Cruz al Hombro me ha regalado mucho, más de lo que podría regalarme y permitirme siendo su costalero. Muchísimos ratos agradables y muchísimas vivencias. Pero el mejor y mayor regalo es que mi compadre salga con ustedes, que mi compadre Albertito sea los pies del Rey del Valle. Cuidadlo. Él es feliz con ustedes. Se hizo hermano de la cofradía y la siente muy hondo. Para él es un orgullo ser costalero del Valle, ser los pies del Dios de la Cruz al Hombro que gobierna el Jueves Santo en la calle Laraña. Sé que se acordará de mí bajo el paso lo que no está en los escritos. Y yo me acordaré de él, de ustedes y del Nazareno del Valle durante toda mi vida. Y algún año volveré a vuestra vera a pasearlo. Varias veces lo he mirado a los ojos y le he hablado. Y si en su momento no hallaba respuesta alguna, ahora la sé. Ser costalero muchas veces no es sólo coger tus kilos y avanzar de frente con ellos. También se es costalero de fe y no de kilos. Y muchas veces, muchísimas, pesan más los kilos que no se ven.


Y cuando llegue este nuevo Jueves Santo y el sol brille en lo alto de la Plaza de la Encarnación también habrá lágrimas. Pero no serán por la lluvia. Serán porque mis lacrimales darán paso a sentimientos como lo están haciendo ahora mientras escribo. Serán porque veré salir del templo al Nazareno de la Cruz al Hombro perdonando pecados por Sevilla y bajo Él irá mi Albertito del alma. Y sé que estará feliz. Y sé que ustedes lo cuidaréis. Y sé que cuando pise la Campana por primera vez se acordará de mí. Y sé... tantas cosas que he aprendido durante esta etapa en el Valle que me es imposible narrarlas todas. Gracias una vez más. Gracias a todos. Gracias a ti, compadre, por haberme hecho partícipe de esta gloriosa aventura. Yo ya no estaré en la foto pero estaré contigo. Y con Él. El Jueves Santo estaré a vuestra vera y lloraré de alegría y felicidad por ti en el Valle. Lágrimas de sentimiento puro que no de tristeza. Disfruta y vívelo. Te lo mereces. Y pisa la Campana por mí. Marca tu huella que a la vuelta te esperaré en nuestra iglesia y lloraré de nuevo al abrazarte... en este Valle de lágrimas.



¡Va por ti Albertito, compadre! Te quiero taco. ¡Al cielo con Él!

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