viernes, 26 de septiembre de 2014

Y EL CAMINO LLEGÓ A MÍ...

Cuando hace unos meses me encontraba de lleno preparando las etapas de la Ruta Jacobea que iba a recorrer por la estepa castellana, atiné por el destino a encontrar un Concurso Literario de relatos del Camino de Santiago. Y tanto me gusta escribir y tanto amo el Camino que decidí concursar en el mismo. Me puse manos a la obra y redacté un pequeño relato donde narraba cómo llegué yo al Camino y cómo el Camino llegó tan hondo a mí. No cuento en él anécdotas de las veces que he peregrinado ya a Compostela, ni vivencias acaecidas entre la multitud de pasos que mis botas han dado, ni las viandas que gracias al Camino he degustado, ni de los lugares por donde he pasado, ni tan siquiera de las amistades que esta aventura me ha regalado. Cuento simple y llanamente cómo descubrí yo esta ruta milenaria y cómo surgió en mí el deseo de recorrerla. Y os adelanto que es una historia real y no muy larga, pues las bases del concurso no querían grandes extensiones. Tanto que concluido mi relato me llevé la desagradable sorpresa de que para el concurso debía limitarme a la extensión de mil palabras y yo había excedido esa cabida. Me tocó cercenar algunas partes y el resultado ya no era el que deseaba. Lo envíe de todos modos sabiendo que no era la obra que yo había dado a luz, aunque fuera solo para dar a conocer entre peregrinos el por qué de mi llegada a nuestro mundillo de flechas amarillas. Conozco la calidad literaria y el poder de transmisión que tengo. Soy consciente y muchos me lo recordáis. Gracias. Pero no me pongo medallas, vosotros me las ponéis tan solo con leerme. Gracias de nuevo. Es más, yo con humildad acepto las críticas, pues esa es la base de la sapiencia, del aprendizaje y de la continuación en la tarea. Y todo ello lleva, junto a la voluntad, a la perseverancia y constancia a que logres con poética prosa regalar el oído del lector a través de su mirada plasmada en tu texto. Pero en esta ocasión no fue así. No gané el Concurso por bien que escribí. Me dio rabia no poder enviar mi obra completa. Pero hubo relatos buenos, muy buenos. Hay gente que escribe muy bien. Por supuesto mucho mejor que yo, es de reconocimiento mi deuda. Y gente que quizás con menos caricia literaria al papel sabe impregnar los folios de sentimientos puros. Yo me mantuve fiel a mi estilo. Con él he ganado unas veces y otras no. Para mí el escribir y concursar ya es ganar. Pero mi espina no era no haber ganado el concurso. Era el no haber podido enviar el relato tal cual salió impreso con la tinta de la pluma de mi alma. Creo que si no hubiera tenido limitación en las palabras habría llegado más lejos, más las reglas son las reglas e iguales fueron para todos. Si bien, hoy os dejo mi relato, no por ser bueno ni malo, si no por publicarlo como yo quería y por querer compartir con vosotros, amén del texto, este Camino tan amado. Y que todo el que me lea sepa el origen de mis pasos: Así llegué yo al Camino.

Y EL CAMINO LLEGÓ A MÍ.

El sol brillaba con fuerza sobre la Plaza del Obradoiro. Había tenido un juicio en La Coruña y mi condición de abogado me había llevado hasta Galicia para dirimir litigios. El pleito había sido temprano y había salido satisfecho de la sala. Tenía el resto del día libre y abandoné el Juzgado recordando haber estado en Santiago de Compostela cuando era muy pequeño con mis padres y de la mano de mi abuelo. Hacía más de veinte años de aquello y mientras me embargaban los retazos de memoria, crucé por capricho del destino delante de la Estación de Autobuses. El corazón me dio un brinco y sin pensarlo más y empujado por nostálgicos anhelos decidí comprar un billete y acercarme a Santiago. Dejé rápidamente en el hotel  el maletín y la toga y salí sonriente hacia la fragata metálica que me desembarcaría en el Pórtico de la Gloria, allí donde siendo niño pegué con la frente tres coscorrones en el conocido parteluz mientras mis padres reían viendo con que ahínco impactaba sobre la piedra. Habían transcurrido varios lustros desde aquello que recordaba, pero aquel día salí de La Coruña ensimismado conmigo mismo, con mi mente y mis recuerdos y, con la misma ilusión que tenía en aquella recordada infancia por llegar a la ciudad llamada "Campo de estrellas".
Y allí estaba viendo el cielo azul sobre la monumental fachada de la Catedral. Nunca imaginé que asuntos de trabajo me llevarían a la compostelana ciudad y, sin embargo, allí me encontraba con traje y corbata rodeado de cansados peregrinos que se dirigían a hacer cola en la Plaza de Quintana para abrazar al Santo Patrón de las Españas. Era el año 2010. Año Xacobeo. Ese año la festividad de Santiago lucía en rojo en el calendario: 25 de Julio, Domingo, circunstancia que ya no habrá de repetirse hasta el 2021. Se respiraba ambiente caminante y decidí aprovechar la tesitura y realizar la visita a la Catedral y el abrazo al busto del Apóstol por la misma puerta que los peregrinos.

Me mezclé con ellos y conforme la fila iba avanzando me entretuve en escuchar hablar a las personas que tenía delante de sus vivencias en el Camino. ¡Qué cantidad de emociones! Con que alegría comentaban las etapas recorridas y las amistades que habían hecho. Y hablaban de lo atrás que quedaba ya Saint Jean pied de Port y el cúmulo de pensamientos en Roncesvalles. Y de Pamplona y Logroño unidas por preciosos pueblecitos. Y de las viandas burgalesas y de las cecinas de León. Y del cocido maragato y del pulpo de Melide. Y de este albergue y de aquella simpática hospitalera. Y de la bajada al Acebo y de la subida a O Cebreiro. Y de mil cosas más que recordaban con un contagioso cariño que te invita, sin tu saberlo, a querer ser peregrino.  Eran precioso escuchar esas experiencias.  ¡Y los ojos! Los ojos les brillaban de una manera especial: eran miradas por donde habla el corazón sin que se tercien palabras. En mi interior la envidia sana iba in crescendo.

Mi silueta de letrado en ejercicio, abogado de la Mancha, ataviada con traje azul marino de raya diplomática contrastaba entre los cientos de personas con camisetas y pantalones cortos o desmontables que aguardaban su turno en la cola. Algunos mostraban orgullosos a otros su credencial repleta de sellos y su recién obtenida compostela. Observé como mis impolutos zapatos ocultaban mis pies sin cansancio frente a aquella colección de botas de trecking y chanclas que dejaban ver ampollas y heridas fruto del caminar decenas de kilómetros al día. Pero todos ellos estaban radiantes. No hacía falta mirarles a la cara para saber que sus peregrinas almas sonreían e irradiaban la felicidad que emana de la recompensa obtenida tras el esfuerzo. Sin duda se merecían abrazar al Santo.
¿Y yo? Yo había llegado en avión a La Coruña y en autobús a Compostela. No había caminado cientos de kilómetros como ellos. No reconocía a nadie entre aquellas gentes y no brotaban de mí ni hacia mí cálidos saludos y abrazos como los que yo presenciaba entre ellos. Yo no era peregrino. Mi abogada mente me arrojaba el pensamiento de que no era justo que yo obtuviera el mismo premio sin haberme esforzado, máxime cuando ellos estaban ahí por su voluntad propia y yo por fruto del azar y la casualidad... Bendita casualidad aquella que me haría uno de los regalos más preciados en la vida: conocer y descubrir el amor por la Ruta Jacobea.

Entre tanto la fila iba atravesando la Plaza e internándose en el templo catedralicio y llegó mi momento de abrazar al Santo. En mi cabeza retumbaba: "Sé justo y noble. No deberías hacerlo hasta que no seas peregrino y lo merezcas de verdad. Tu abrazo no será igual que el de cualquiera de ellos". Y en el preciso instante que expandía mis dos brazos abiertos para abrazar a Santiago, sentí una extraña fuerza interior, recordé a mi fallecido abuelo cuando me llevó allí, a mis padres, a mi hermana, a las personas que ya no están, a las que están por venir y a lo magnífico del ciclo de la vida y del disfrutar esta oportunidad. Me sentí libre y agraciado. Fue como una llamada a unirme a ellos: quería conocer Roncesvalles y cruzar Puente la Reina, quería llegar andando al mismo centro de León, quería coronar la Cruz de Ferro, quería bañarme en Ribadiso... En ese momento supe que quería hacer el Camino y lo decidí sin duda alguna.
Y en un acto reflejo y ya acercándome inclinado con ambos brazos extendidos para dar el abrazo al busto del Apóstol, retiré al instante uno de mis brazos de su destino. Una peregrina me indicó que debía abrazar con los dos brazos a la vez y le respondí con una sonrisa a la vez que negaba con un gesto. Me entendió, pero no sé si me comprendió. Yo sabía lo que hacía. Abracé a Santiago sólo con un brazo, el derecho, mientras le susurraba al oído la promesa de que algún día volvería caminando y completaría ese abrazo. Sólo fue medio abrazo. Pero lo completaría. Antes o después lo haría. Estaba seguro de ello. Y luego cumpliría como peregrino y le daría un abrazo entero. Acto seguido salí de la Catedral y, con el espíritu renovado por algo que no sé explicar, me fui a la Casa del Deán y adquirí la que sería mi primera credencial.
Esa noche, ya de vuelta en el hotel de La Coruña, comencé a soñar con la aventura de la mochila. Parecía como si hubiera viajado en el tiempo. Tal era el impetú que tenía por atravesar aquella puerta de nuevo que me pondría en marcha al alba misma de la siguiente mañana si pudiera. Era Mayo de 2010. Año Xacobeo.

Y quienes arriba lo vieron, se sepan creyentes o no,  saben que en Septiembre de ese mismo año un abogado de la Mancha hizo el Camino. Y dicen que siendo un peregrino más, de los que llegan a Santiago caminando y por voluntad y no por trabajo ni azar, cambiando traje y corbata por mochila y bordón, cruzó feliz la Plaza del Obradoiro, atravesó sonriente la Plaza de Quintana y entrando en la Catedral con los ojos humedecidos abrazó a Santiago de una curiosa forma: sólo con un brazo, el izquierdo. Sólo medio abrazo. La promesa estaba cumplida. El abrazo se hubo completado.
Entre sonrisas y lágrimas le susurré: "Lo logré". Y entonces sí, rodeé con ambos brazos el busto del patrón y lo abracé con fuerza. Fue mi primer abrazo como peregrino. Ese día se sumó una estrella más a la Vía Láctea que marca el Camino en la infinita cúpula del cielo. Había nacido un caminante. Era el año 2010. Año Xacobeo.

Así llegué yo al Camino. Y el Camino llegó a mí.
 FIN.
Carlos Lillo Talavera
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A día de hoy tengo en casa tres compostelas que acreditan que ya son tres las veces que he llegado caminando al Pórtico de la Gloria. Ahora estoy inmerso en mi cuarto camino recorriendo todas las etapas del Camino Francés, desde Saint Jean Pied de Port hasta Santiago de Compostela. Observo mis diversas credenciales de los varios caminos y tramos recorridos y están repletas de sellos, lugares, recuerdos y kilómetros. Amo el Camino y tengo fraguándose en mente mi Camino. Mi gran Camino. Desde la puerta de casa hasta Fisterre.

viernes, 19 de septiembre de 2014

UN FIN DE SEMANA EN BOLAÑOS DE BODA Y FERIA


El pasado fin de semana tocaba pasarlo en Bolaños de Calatrava. Normalmente Gemma y yo solemos ir cada fin de semana alterno o cada dos. Es su pueblo y además de estar allí su familia nos gusta repartirnos con la gente que conocemos y allí hay parte de ella. En concreto esta vez teníamos boda y comenzaban las Ferias en honor al Santísimo Cristo de la Columna así es que debíamos ir sí o sí (por la boda digo, seguro que ya habéis pensado que me refiero a la obligatoriedad por la feria). El caso es que el Viernes noche ya estábamos por allí danzando e inaugurando la mentada feria. Claro que sí. A la feria, hombre, a la feria (versión 1.0). Pronto a casa que el día siguiente era la boda y a las doce comenzaba la ceremonia, por lo que la jornada se antojaba larga. La cosa está en que fue un fin de semana que dejó unas imágenes y unas instantáneas un tanto curiosas y a fuerza de verlas pensé en publicarlas aquí para, como siempre, intentar arrancaros una sonrisa semanal y compartir con vosotros estos ratos de alegría. Me gusta narrar cosas cotidianas y ese fin de semana estaba plagado de ellas. Son, como dije en la anterior entrada, pequeños detalles en los que surge la felicidad. Y ahora estáis viendo y veréis más adelante lo feliz que fui con algunas copitas y unos curiosos sombreros...

Siendo Sábado, 13 de Septiembre de 2014, ataviados para la ocasión salimos mi mujer y yo hacia la Iglesia de Bolaños. Tuvo lugar la ceremonia, los novios se dieron el sí quiero (aprovecho y envío una vez más mis mayores deseos de felicidad para José Miguel y Pilar), concluyó la tradicional tirada de arroz y sesión de fotos y los autobuses con los invitados salieron dirección al Mirador de la Mancha (Villarrubia de los Ojos) que fue el lugar elegido para celebrar la unión marital. Dió comienzo el cocktail de bienvenida, ahora un vino blanco, ahora uno tinto, ahora una cerveza que no quiero tanto vino, bueno sí cojo otro vino, como era tinto otra vez quiero uno blanco, este blanco no me gusta pero voy a bebérmelo, ahora otra cerveza, voy a ver si veo el vino de antes, etc. Claro, jaja, jiji, vino viene, vino va, como estás llenando el buche todo te da igual. Luego vienen los resultados en las fotos. "Pueden pasar al salón" se oyó por megafonía. Y allí fuimos a parar. Ahora sidra para recibir a los novios. Ahora el vino blanco para el entrante, ahora "¿me traes una cerveza, Esther, (leo su nombre en la plaquita del uniforme), por favor?", que no quiero más vino blanco y no me como el marisco. Con una cervecita me entretengo. Yo los bichos estos de mar... Cinco minutos después: "¿Quiere otra cervecita, caballero?" Pienso: Esther eres la mejor camarera, sin duda. Hablo: "Sí, por supuesto. Gracias" Pienso: ¡Óle! La mejor camarera de todo el servicio atiende mi mesa. (Primeras euforias). Hablo: "Ahora beberé de nuevo vino, pero tinto, con el cordero". Pienso: "Pero entre el regustillo de la sidra y de la cerveza no quiero pasar al vino tinto así sin depurarme". Hablo: "Esther, perdona, una copita del vino blanco, no lo retires". Pienso: "Muy bien, así sí". Piensan: "No se aclara". Hablan: "Carlos, ¿te aclaras?". Pienso: "Lo justo y menos". Hablo: "Sí, perfectamente". Pienso: "Ahora veréis lo que es bueno en la barra libre". Entre tanto vamos comiendo. Viene Esther, de nuevo: "¿Un chupito tras el postre?" Pienso: "Y dos si son cortitos". Hablo: "Claro, ¡cómo no!". Finalmente me tomé tres, uno con, uno sin y otro que me puso Esther por lo bien que me había portado. "La barra libre ha sido abierta, pueden acudir cuando quieran", se escuchó por los altavoces. Allá que fui y como ya no estaba Esther para atenderme, ¡vaya tela!, me encargué yo solo de autopedirme y autoabastecerme de licores espirituosos y de agüita del Carmen. Hablo: "Un 100 Pipers con naranja, por favor". Pienso: "Verás tú qué traca". Lo siguiente fue descubrir los sombreros y gorros. Pienso: "¡¡Coño!! Ahora sí que sí". Y hasta aquí la crónica de la boda... El resto pueden deducirlo, pensarlo y hablarlo entre ustedes. Ahí van las fotos.





Bueno, ahora va la feria. Por mí salud mental (y la vuestra) y por mi imagen personal me limitaré a contaros que cuando llegué de nuevo a Bolaños de la boda, no sé a qué hora, opté en vez de por acostarme por cambiarme de ropa e irme a la feria y seguir pidiendo más licores espirituosos, esta vez abonándolos en el acto, pues si hubiera barra libre también allí no sé dónde habría terminado. Sí, sí, con dos narices. Pienso: "¿Para qué me voy a quedar tranquilo ya que bastante ha sido?" Hablo: "A la feria, hombre, a la feria" (versión 2.0). De vuelta a casa, por fin, a altas horas de la madrugada, pienso: "Madre mía del amor hermoso, la que has liado, pollito, las que has liado". Llego a la cama. Hablo: "Jesusito de mi vida... Cuatro esquinitas..." Y acto seguido afino en fa mayor y comienzo a roncar. Omitiré las instantáneas de aquellos momentos de noche de feria por favorecer la salud antes dicha. Pero fueron momentos grandes. Muy grandes.

Amaneció para mí el día con un soletón digno del Veranillo de San Miguel y con sones de cornetas y tambores que me hicieron descubrir que ya había salido la procesión, que tenía una resaca que no podía con ella y que ya eran la una menos cuarto del mediodía. Si había cumplido como un titán el día y la noche anterior, el Domingo no sería menos. Más aún cuando me encanta ver un paso en la calle y escuchar marchas. Era 14 de Septiembre, Exaltación de la Santa Cruz. Día grande en Bolaños de Calatrava y otros muchos lugares más. Estuve viendo la procesión y disfrutando de ella. Que me gustan a mí los tintes cofrades. Y siempre digo lo mismo: le falta al Santísimo Cristo de la Columna una cuadrilla de costaleros y un par de incensarios delante. Ahí lo dejo por si alguien recogiera el recado.



Finalmente, como me gusta acercarme a ver las ofrendas que realiza la gente y que se rifan por la tarde, estuve en la Ermita del Cristo viendo todo aquello, viendo entrar la hermandad y haciendo algunas fotejos para luego ponerlas aquí en el blog. Al fin y al cabo en dicha Iglesita me casé yo y le tengo un cariño muy grande. Este año no había grandes novedades en las ofrendas. Suelen ser de tipo vegetal o animal. Entre los animales lo que más había eran gallinas y gallos. Y como todos los años algún corderito, algún cerdo, un chivillo, etc. Hortalizas sí que suele haber bastantes más: cebollas, pimientos, tomates, etc, productos de la huerta en general, melones, sandías... Y eso sí, calabazas. Bastantes calabazas a cada cual más grande y hermosa. De eso sí que hay todos los años. Pues allí que estuve echando un vistazo. Me gusta esa tradición.


Y tras ello, ¿saben que hice? Fácil, sencillo, conciso, simple. ¿No estamos de Feria? Pues a la feria, hombre, a la feria (versión 3.0). En el Chiringuito del Club Baloncesto Bolaños nos dimos cita la cerveza, el vino y yo. No, Esther no. Una pena. ¡Qué gran camarera! Si llega a aparecer por allí termino loco de atar. Vamos, con un grado de locura similar al que va adquiriendo Gemma desde que convive conmigo. También vino mi compadre Narciso como viene siendo tradición y con Gofi y Marta tras la barra no nos faltaba de nada. Pero esta vez con mesura y sin excesos que bastante había sido el día anterior. Tuve tiempo para echar un ratito con amigos y gentes que no veo tan a menudo como quisiera y fui feliz con ellos: Chapu, Paulino, Manolo, Marcos, etc.




Y nada, eso es lo que venía a contaros hoy: que Gemma y yo nos dimos un fin de semana de boda y feria precioso. Digno de contar y por ello lo he hecho. Que es un fin de semana más del calendario y puede ser normal y corriente y haber mil iguales, pues sí. Que para nosotros fue genial y nos dejó un montón de momentos de felicidad y risas. Pues también. Y con eso es con lo que me quedo y sigo haciendo mi alegre rutina de la vida. ¡¡Sean felices!!

viernes, 12 de septiembre de 2014

METIDOS EN RUTINA

Hoy me he levantado filosófico, como otras tantas veces, pero con la diferencia de que hoy tan sólo hace doce días que volví al trabajo y por lo tanto tengo la mente menos agotada y estoy más "socrático" que "aristotélico". Pienso que ya estoy de nuevo "encasillado" en lo que ha de ser mi rutina diaria durante los once meses que ocupan mi trabajo en un año. Y compruebo que uno se "autoencasilla" si quiere. Es decir, depende de cómo uno mismo afronte sus tareas, sus hobbys, sus aficiones, sus ratos libres, etc, es como uno logra vivir más o menos feliz, pues lo que hace grande el día el día son, sin duda, las pequeñas cosas. Qué contradicción, ¿verdad? Lo pequeño nos hace grandes. Pues así es. Si uno obvia los pequeños detalles que la propia vida nos obsequia y se limita sólo en las grandes cosas que ha logrado o que le toca afrontar, es cuando se autoencasilla en esa rutina diraria. "Me levanto, me aseo, me visto, desayuno, me voy a trabajar, como, vuelvo al trabajo, llego a casa, me desvisto, me ducho, me pongo el pijama, ceno, veo la tele un rato y me acuesto. Y mañana igual. Y al otro. Y al otro. Y al otro. Y ojalá llegue ya el Viernes". ¿Qué modo de vida es ese? ¿Vivir "enrutinado" suspirando porque llegue el fin de semana? ¿Y los pequeños detalles?
Pues eso es lo que me he levantado pensado hoy y he concluido que me gusta mi rutina. Claro, es que yo amo las cosas pequeñas que hacen que cada día, que cada cuestión, que cada tarea sea diferente. Valoro que el chaval que hace la limpieza en la urbanización me haya dado los buenos días con un "Buenos días. ¡Feliz Viernes!". Ese detalle hace que hoy, que este Viernes en concreto, no sea igual que otros. Si me limitase a pensar: "Hoy lo de siempre. Al despacho, al Juzgado, a casa, al despacho otra vez, etc" sería limitarme a vivir en la rutina/casilla en que mi azar y la sociedad me han metido. Pero no. Y no es que me rebele contra ello. Es que me gusta admirar esas cosas. Ver como los tenderos de la calle Calatrava se saludan mientras abren sus negocios. La rutina sería pensar: "Otro día más a lo mismo". El detalle sería: "¡Qué sonrisa le ha puesto el de la tienda de sartenes a la chica de la zapatería!". Ver cómo en el Juzgado los funcionarios que se van de fin de semana le hacen bromas a los que le toca la guardia y observar que el pasado Viernes era la misma situación pero invertidos los turnos. La rutina sería pensar: "Otra semana igual. Más de lo mismo". El detalle sería: "Como se la tenía guardada Pedro a Rafa desde el Viernes pasado, jaja. Veremos a ver la semana que viene si se ríe tanto..." Y paladeando esas pequeñas cosas, en las que nosotros también estamos inmersos, si estamos atentos a esos detallitos y sabemos valorar que son la esencia de la más pura vida,   creo que vivimos más felices. No me atrevo a decir que tendríamos una vida más llevadera porque parecería que no estamos aquí nada más que para sufrir y penar y yo, al menos, estoy convencido de que no es así. Pero sí que tendríamos una vida con menos enfados ridículos. Tanto quejarse del trabajo y del no trabajo, del jefe y del no jefe, del tiempo y del no tiempo... ¡Al carajo, hombre, al carajo! Hay que vivir y ser feliz.
Por eso digo que me gusta mi rutina. En mi caso son once meses iguales. Despacho, casa, Juzgados, trabajo, problemas, follones, papeles, corbatas, pleitos, expedientes, etc. Pero me gusta porque los vivo al revés. Me levanto pensando con qué puede sorprenderme el día de hoy en vez de pensar lo que tengo que hacer por rutina en el día de hoy. Es que si me limito a agotar los días pensando en que son todos iguales, no vivo. Por eso exprimo los detalles al máximo: un partido de pádel montado de improviso, una paella que no estaba planeado hacer, una llamada que no esperaba, un reencuentro con alguien que llevaba meses sin ver, un saludo inesperado, una cofradía que hace una actividad y te invita, una victoria de tu equipo de fútbol cuando menos lo esperas, un helado en pleno Noviembre, una nueva receta de thermomix probada en casa de un amigo, unas copas un día de entresemana... 

Y como hoy me he levantado filosófico me he dado cuenta que Sócrates tenía razón (nunca lo he dudado pero hoy me ha convencido del todo): en la simpleza está la belleza. En lo simple de los pequeños detalles. He decidido ver mi rutina al revés. Os cuento. Antes me gustaba mi rutina y disfrutaba porque entre Juzgados, pleitos, papeles, expedientes, trajes, corbatas, togas, notarías, registros, oficinas, etc, (y así durante casi todo el año) tenía otras cosas fijas, es decir, mis cofradías, los partidos de pádel, la champions, las cervezas de los viernes, la peli de los Domingos, los ensayos de costalero, el Carnaval, las romerías, las comidas con la familia, las fiestas, los puentes, etc...
Pero es que ahora, viéndolo al revés, tal y como me lo planteo mi rutina es: entre mis cofradías, los partidos de pádel, la champions, las cervezas de los viernes, la peli de los Domingos, los ensayos de costalero, el Carnaval, las romerías, las comidas con la familia, las fiestas, los puentes, etc, (y así durante casi todo el año) además tengo Juzgados, pleitos, papeles, expedientes, trajes, corbatas, togas, notarías, registros, oficinas, etc.
¡¡Vivo entre pequeños detalles y además tengo grandes cosas!!


Lo que yo os diga: me apasiona mi "rutina." La amo. Miles de detalles pequeñitos que me sorprenden día a día. En la más recóndita rendija floreció la vida, ¿no es un precioso detalle? Un montón de actividades, aficiones y tareas que me encantan y, entremedias, me da tiempo inclusive para trabajar y atender esas cuestiones serias que también forman parte de la vida, lo que llamamos grandes cosas, vaya. Pero es que mis cositas pequeñas me llenan. Imaginar vuestra sonrisa al leer mis líneas, imaginar al que me tacha de loco y soñador, imaginar que gano el partido de pádel de hoy, imaginar que pronto empezaré a estudiar las etapas del Camino del año que viene, imaginar que hoy algo me va a sorprender, imaginar que estas imaginaciones son realidades y la vida nos las da a todos, imaginar que hay tantas y tantas pequeñas cosas inesperadas que nos arrancarán una alegría... Sabed verlas, sabes valorarlas y sabed disfrutarlas. Os deseo de todo corazón un feliz encasillamiento en esas pequeñas cosas de la vida, ya que son las que os harán felices y rompen la bien llamada rutina y la mal llamada "rutina" haciéndonos ver que hay muchas cosas que pasamos por alto y que, sin embargo, están en nuestro día a día y las ignoramos siendo las que, verdaderamente, más merecen la pena. Y hacedme caso si os gusta ser cotidianos y habéis captado el mensaje de Sócrates y el mío mismo... ¡¡Meteros en "rutina " que no se está tan mal!!

lunes, 1 de septiembre de 2014

VERANO 2014: OBJETIVOS CUMPLIDOS

La verdad es que no me gusta que transcurra tanto tiempo sin verter unas líneas en el Rincón, pero desde que sonó el pistoletazo de salida de mi período vacacional anual hasta hoy no he tenido ni un ratito libre para escribir, cosa que me molesta por un lado pero me satisface enormemente por otro pues denota que he estado atareado disfrutando y exprimiendo al máximo mi merecido mes de Agosto. Pese a que algunos pseudo intelectuales de los que hoy tanto abundan se permiten el libertinaje de tacharnos a los que únicamente podemos disfrutar de vacaciones en el octavo mes del calendario de "vividores", no hay motivo para perder con ellos ni un amargo segundo poniéndoles el punto sobre la i y devolviéndolos a su nefasta realidad, que no es otra sino sus continuos lloros, quejas y disconformidades hacia el mundo que les rodea, pues usando el más puro argot futbolístico (del Real Madrid, faltaría más) sobra con decirles "vuestra envidia es nuestro orgullo". "Amapolas" que diría el maestro Guti. Y ahora a seguir despotricando  y manifestando en las redes sociales vuestras ilustradas rabietas de niño chico amargado mientras otros contamos felizmente nuestro bien ganado disfrute vacacional tras once meses de trabajo y lucha con otras cuestiones que no son laborales. Y si no os gusta, por la misma puerta que habéis entrado en mi morada, se sale de nuevo a la calle. Que si viniste sin ser llamado, será placentero que te vayas sin ser echado. Y entre Zurras y Pandorgas y la conserva de los últimos días de Agosto ha habido mucho, pero mucho. Y maravillosas personas, pero maravillosas de verdad. Mi gente. Por la que muerdo. Algunos ya vienen desde hace muchos años atrás, otros son nuevos. Y todos ellos han disfrutado Agosto igual que yo. Algunos trabajando también y no por ello dándoselas de salvapatrias de nadie. Ya está bien de politiqueo casero y barato. Por algo será que Agosto es especial y el que no se contenta es porque no quiere. No busquéis hoy en mis líneas la prosa poética o sentimiento puro que otras veces plasmo. Hoy impera la sencillez, la humildad, el compartir mi felicidad y el corazón abierto hacia las cosas simples. Vamos a ello.

Mis prendas de la Zurra
Comenzaron las vacaciones con las tradicionales fiestas de la Zurra y la Pandorga. En torno a una espuerta de limoná nos juntamos mis compadres Narciso y Junior y el que suscribe. Hay cosas que no cambian y ésta es una. Son ya muchos años los que inauguramos las vacaciones tomándonos unos vasos juntos y disfrutando de la tarde del 30 de Julio en compañía de todo aquel que quiera acercarse a echar un rato con nosotros. Así da gusto empezar el descanso. Por cierto, mis zapatillas de la zurra y mi cazo hicieron acto de presencia en la efeméride. Faltaría más. Concluyó el asunto "pandorguil" la noche del 31 juntándonos los amigos en el clásico botellón de los Jardines del Prado y echando luego unos bailes y risas en el gran ambiente de la Plaza Mayor. Un año más no falté a la cita y empecé Agosto como me gusta empezarlo: de fiesta con mi gente y con un par de días tranquilo en casa. Objetivo cumplido.

Pocos días después, el 4 de Agosto, partía junto con mi padre hacia Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) para reanudar el Camino de Santiago que iniciamos el año pasado allá en Saint Jean Pied de Port (Francia) y que detuvimos precisamente en Santo Domingo de la Calzada. Este año terminaríamos de cruzar lo poquito que nos quedaba de La Rioja, atravesaríamos íntegramente las provincias de Burgos y Palencia y nos adentraríamos varios kilómetros adentro en la provincia de León, hasta detenernos en la capital. Si bien este tramo del Camino Francés no es muy exigente físicamente, psicológicamente castiga mucho pues Tierra de Campos y el Páramo de Castilla te hace sentirte sólo en este mundo sin nada a tu alrededor en kilómetros a la redonda y la sensación de pérdida, agobio e incluso miedo en algunos momentos es patente. Son muchos los tramos en los que la única compañía es tu yo interno. Y la mente te hace enfrentarte a ti mismo en un precioso reto de caminante en el que la única huida es continuar hacia adelante.
Peregrinando por la estepa castellana
Este año he disfrutado mucho de los ratos en los albergues y de las variopintas personas que se conocen en el Camino, especial mención al Melenas de Hornillos del Camino. Punto y aparte el tipo. Por supuesto he hecho amistades y no puedo zanjar este pequeñito resumen sin hablar de ellos: Iñaki y Sergi. Hemos hecho prácticamente todas las etapas caminando juntos y parecíamos el inicio de un chiste: "Esto que van un navarro, un catalán y dos manchegos..."
Iñaki ha sido mi compañero de fatigas y de chistes. Me he reído con él lo que no está escrito y entre los dos y la guía de Antón Pombo (Anaya) hemos ido planificando las etapas día a día, adaptándolas a las necesidades de nuestro camino y ritmo. Mi querido pamplonica es un tío grande y un cachondo mental. Espero volver a verlo pronto porque echo de menos sus sonidos del móvil (mosquito, sirena, etc) y su silueta siempre por delante mía con la gorra de safari, la mochila azul y el bordón que tan feliz compró en Sahagún y que atinó en llamar "matatopillos". Iñakote, mi riñonera se encuentra vacía sin llevar dentro tu credencial. El año que viene Astorga nos espera y pediremos el cocido maragato y "vino como para una boda". ¡Buen Camino, amigo!
Sergi e Iñaki
Sergi ha caminado a mi vera aguantando mi cojera allá por el Alto de Mostelares, ha conversado conmigo de fútbol durante muchos trayectos del Camino, especial mención a la etapa Castrojeriz - Frómista, ha sido víctima de mis bromas y socarronerías manchegas, ha dialogado con mi padre de política, historia y civilización, ha caminado junto a él cuando yo tiraba fuerte y los dejaba atrás, ha sido el artífice de las cenas comunitarias con las que tan buenos ratos hemos pasado y ha sido, para mí, este año el "gran caminante", pues se estrenaba en la aventura jacobea y ha debutado, nada más y nada menos que cubriendo el tramo Burgos - Santiago de Compostela. Unos 500 kilómetros a pie para un principiante son dignos de reconocimiento. "El criaturico", como le decíamos Iñaki y yo, se ha portado como un campeón y me emociona ver su crecimiento como peregrino en las fotos: empezó sin bastón y con una vieja mochila adaptada con nudos para la ocasión y terminó en el mismísimo Obradoiro con una flamante y nueva mochila cargada de ilusión y de vivencias y con un stick para aliviarse en el caminar. Ya eres uno de los nuestros, Sergi, volveremos a caminar juntos. Un abrazo XXL va camino de Calella.

De derecha a izquierda: Sergi, mi padre, Iñaki y yo entre "Los guardianes del Camino" (Sahagún)
Este año mi Camino ha sido mucho más que once etapas. Ha sido superar reto tras reto y conocer gente magnífica. De Santo Domingo de la Calzada a Belorado fue un reencuentro con el Camino y un reanudar esas pisadas entre flechas amarillas que tanto me gustan. De Belorado a Agés fue subir los Montes de Oca con el espíritu de Antxón por testigo y conocer a Iñaki. De Agés a Burgos fue perdernos en un trigal por desobedecer una flecha amarilla y fiarnos de una guiri: otra anécdota más que se minimizó al llegar a la preciosa Catedral burgalesa. De Burgos a Hornillos fue empezar a superar dolencias de los pies y mentalizarme de que tendría que hacer varias etapas con una horrible cojera, mientras me reía con "el melenas" y sus ocurrencias. De Hornillos del Camino a Castrojeriz fue superar eternas rectas y caminar junto a mi soledad y mi mente. De Castrojeriz a Frómista fue conocer a Sergi y gastar kilómetros hablando de fútbol y de la vida misma haciendo más ameno el páramo castellano. De Frómista a Carrión de los Condes fue dominar con la mente un maltrecho pie izquierdo que me jugó la peor de las bazas en el camino más solitario y me recompensó con una cena entre peregrinos de las que nunca se olvidan. De Carrión de los Condes a Terradillos de los Templarios fue superar el enorme reto mental de la Recta de Calzadilla de la Cueza: 18 kilómetros sin absolutamente nada. Y en realidad estábamos tan mentalizados que lo superamos sin apenas darnos cuenta y fue peor el exceso de confianza posterior que la temeridad anterior: el Camino te enseña. De Terradillos de los Templarios a Bercianos del Real Camino fue descubrir que el verdadero espíritu de ese Camino interno que tanto amo, sigue vivo en el lugar que menos lo esperas: ese albergue parroquial y esos hospitaleros voluntarios son lo más puro que uno pueda encontrar. De Bercianos del Real Camino a Mansilla de las Mulas fue descubrir que hasta el tramo más delimitado puede hacerse eterno y que el Camino siempre es un crecimiento personal en el que si una alberguera no te trata como es debido has de saber el por qué antes de juzgarla. Y de Mansilla de las Mulas a León fue un resumen de todas las experiencias vividas que a través de una plácida caminata te postran, sin saber si estás feliz por llegar o triste por acabar, a los pies de la Pulchra Leonina: Catedral de León. Objetivo cumplido.


Con mi amiga Eva en el vermú
A la vuelta del Camino de Santiago, el día 16 de Agosto, todavía tenía por delante medio mes de vacaciones y mi querida Ciudad Real acababa de estrenar las Ferias y Fiestas 2014. Es evidente lo que hice. Disfrutar de las mismas. Baile del Vermú, bares, copas, risas y juergas. El día que no pueda no lo haré, mientras pueda lo haré. Y así ocupé mis días del 16 al 22 de Agosto coincidiendo además que Gemma cogió vacaciones esos días y estuve tan feliz con mi mujer disfrutando de unos merecidos días sin trabajar los dos juntos, pues este año hemos tenido más de una razón para este premio. Y para colmo de bienes estaban aquí mis cuñados Miguel y Ana que habían venido de Inglaterra para pasar aquí el mes de Agosto así es que no tardaron en surgir barbacoas, piscinas, cenas, etc. Como ya anticipé en alguna entrada anterior las parrillas y las piscinas de los chalets de mis padres y de mis suegros son grandes protagonistas en mis vacaciones. Y estos días de descanso soy fiel amigo de las mismas pues luego las cambio por cofradías y pádel y hasta el siguiente estío no les doy tiempo. Aunque en realidad y ahora que digo pádel... También he jugado y no poco. Me gusta cada vez más. Creo que es la actividad que tengo presente todo el año, en pleno invierno y en pleno verano. Así es que modifico: el resto del año, menos Agosto, cambio las parrillas por cofradías. Soy así de jartible.
Pues eso, que concluidos esos apretados días de feria, vermú, piscina, pádel, barbacoa y otra feria, vermú, piscina, pádel, barbacoa y así sucesivas veces, aún quedaban otros nueve días para seguir disfrutando. Ferias y fiestas: objetivo cumplido.


Con mis amigos y mi mujer en la Feria
Y como le había cogido ya el gusto a la lumbre, a las parrillas, a las barbacoas y a las piscinas, ¿para qué cambiar? Así he seguido tanto en Bolaños como en Fernáncaballero. Disfrutando y exprimiendo mis ganados días. Y a quien le pique que se rasque y que para disfrutar lo que yo he disfrutado que primero pase lo que yo he pasado. Estos últimos días del mes he sido feliz haciendo felices a los demás. Tras darle mil vueltas a cómo hacer el nuevo fogón en el campo para aprovechar la obra vieja y no meternos en demasiados costes, se alinearon los planetas y saqué de la chimenea vieja del chalet de mis suegros la chapa de acero que protegía la pared, la cual simplemente dispuesta en el suelo sobre las piedras ya ha cumplido de sobra su misión: servir de hogaril para hacer lumbre sin peligro. Hay cosas que no son a la brasa y necesitan llama viva de leña. De esta manera y para unas prisas ya tenemos nuevo fogón y además mi padre y yo ya hemos diseñado lo que haremos para que se adapte a lo que hay. Ha salido la jugada bien.

Mi madre "peleándose" con la conserva.
Y a todo esto mi madre tan feliz friendo tomates y mi hermana tan contenta porque le encanta la conserva y la primera tanda de este año la hicimos precisamente el día de su cumpleaños. Y yo tan feliz de ver a los míos felices y todos juntos de vacaciones y disfrutando del chalet. Y entremedias, ya lo sabéis, piscina, una cervecita en Bolaños, una barbacoa en la Virgen del Monte, piscina en Fernáncaballero, paella en el chalet, etc. Y así he pasado estos últimos y espléndidos días. Disfrutes familiares (natural y política) en los chalets: objetivo cumplido.



Y es que Agosto, bien distribuido, da para mucho. Tanto que hoy ya es Septiembre y he vuelto al trabajo con ganas, totalmente renovado y sin miedo a que once meses me separen de un nuevo descanso. Pues todo llega y todo pasa y la vida es vivir día a día disfrutando lo que se tiene y se ha logrado tener y no regocijándonse de lo que uno tiene y no tienen los demás, ni deseando cuando uno está caído que caigan los demás. Es tan fácil y tan difícil a la vez como querer y ser feliz. Y el que quiera contarlo que lo cuente. Y el que no quiera que no lo haga. Total, para unos y para otros, tan sólo quedan once meses para un nuevo Agosto. ¡¡Allá vamos!!