jueves, 30 de junio de 2022

Y CARLETES FUE PANDORGO

Sería el año 1987, aproximadamente, recién iniciado el verano, cuando estaba en casa de la Lela, mi abuela Carmen, jugando con Coco, el perro que más paciencia ha tenido conmigo por las travesuras que le dispensaba. Me dijo que teníamos que ir a hacer un recado a comprar. Yo tenía seis años de edad y aunque en la escala de nietos no era el mayor, pues Andy me saca unos meses, para la Lela yo era "su nieto", el nieto, sin más. Siempre conmigo y yo con ella. Venía a verme al colegio en la hora del recreo y me llamaba a voces desde la reja del patio para que me acercase. O en plena calle gritaba mi nombre, frente a casa de mis padres, para que me asomase al balcón. Por entonces ni habían nacido el Tormento, ni mis primas Julia y Marina. Aquel día me cogió de la mano y me llevó a la tienda de ultramarinos que tanta esencia dejó en esa bendita esquina de la calle Calatrava con Cardenal Monescillo, frente a la Plaza de la Virgen de las Lágrimas. La regentaban Carmen y Elisa, quienes sean muy de Ciudad Real y tengan ya algunos años, las recordarán bien. ¿Cuántas barras de pan, legumbres al peso, hortalizas, bacalaos en salazón, conservas de atún, encurtidos y chucherías no habrían vendido en el Barrio del Perchel? Allí nos encontrábamos cuando llegó Pablo Romero, uno de los hijos de Carmen, la dueña de la tienda. Yo era un crío y escuché la conversación. Recuerdo aquellas palabras entre mi abuela y Pablo: "-¿Este año también lo vas a llevar? -¡Pues claro! Como siempre. A ver a la Virgen, a ver los bailes, a disfrutar de la fiesta. -Carletes algún día será pandorgo. -Por supuesto. Y me hará muy feliz". Mi abuela sonreía y me acariciaba el pelo.

-Lela, ¿quién era ese hombre que te ha dicho que si me vas a llevar al Prado? -Es Pablo, el pandorgo del año en que tú naciste. -¿Qué es un pandorgo? -Algún día lo sabrás, ¡venga!, que tenemos que volver a casa y en unos días será la Pandorga. Ahí te explicaré las cosas. ¿Tienes tu pañuelo de hierbas preparado?- Se me iluminaba la cara porque ir con la Lela a la Pandorga era muy especial. Lo malo era el rato de calor que tenía que pasar esperando sentado en las sillas que ponían en el Paseo del Prado hasta que los grupos regionales empezaban a bailar. A mi abuela le gustaba estar en primera fila y "me usaba" como guardador de las sillas, mientras ella charlaba con su amiga Anselma y se tomaba algún vaso de limoná y se comía alguna fruta de sartén típica manchega, como flores, barquillos o borrachuelas. Grupos de bailes venidos de diversos pueblos cercanos (y no tan cercanos) ofrecían a la Virgen del Prado frutos de la cosecha estival y flores. Luego, en el tablón elevado que hacía la suerte de escenario, danzaban y bailaban a los pies de la Catedral. Yo disfrutaba viendo todo aquello con mi pañuelo anudado al cuello y de la mano de mi abuela, hasta que venían mis padres a recogerme. Era feliz y no lo olvidaré jamás. Aquellas fueron mis primeras pandorgas.

Han pasado tres décadas y media. La Lela ya está con la Morena del Prado y ve los toros de fuego desde el Cielo. Entre tanto tuvo tres nietas y siguió anudándome el pañuelo, mi pañuelo, el de la raya roja (de los que hace más de veinticinco años que dejaron de fabricarse y que guardo en casa como un tesoro) hasta que yo ya fui algo mayor y me lancé a la Pandorga por mí sólo. Comencé a hacer limoná con mis amigos en los Jardines del Prado, ¡qué años aquellos! Siempre miraba de reojo a la Catedral y el 31 de Julio era un día esperado y grande. La Lela ya barruntaba la fecha desde la Verbena del Carmen, a la que me llevaba también de niño a ver la procesión y comerme una berenjena de Almagro, su pueblo, del que tanto hablaba siempre. Siendo mozo le gustaba verme en la Ofrenda de la Virgen de la propia Pandorga. Luego empezó a estar mayor y yo era adolescente y ni ella podía estar horas sentada en las sillas, pasando calor para ver los bailes regionales, ni yo tenía ganas de ello pudiendo estar alternando en los chiringuitos. Los años, el tiempo, la vida... Pero la Pandorga ya era parte de mí. Me gustaba interesarme por saber quién era el Pandorgo de Hogaño, estar en su proclamación y ver el desfile de aquellos hombres, guardianes de la tradición y mantenedores de la costumbre, vestidos de negro, sonrientes y felices. "Carletes algún día será Pandorgo" le había dicho uno de ellos a la Lela cuando yo era niño...

Y llegó el año 2015 y lo decidí. Supe que, efectivamente, quería ser Pandorgo. Amo Ciudad Real, sus tradiciones, sus costumbres, sus leyendas, sus rincones, sus gentes y quería ser uno de esos hombres que hacen gala de ello y mantienen viva la fiesta más importante de la ciudad en la que la principal protagonista es Nuestra Patrona, la Virgen del Prado, a cuyos pies me inculcó mi abuela el querer a nuestra tierra. Marqué como meta el año 2020 para presentarme a pandorgo y empecé a soñarlo. Mi abuela, ya muy mayor, me decía que le trajera una niña y que fuera pandorgo. Era su ilusión. En el verano del 2016 marchó hacia el Camarín eterno, allí donde habita la vecina más antigua de Ciudad Real, la de los ojos azules que baja al altar mayor cada víspera de San Lorenzo a la puesta del sol y que tiene en sus brazos al Niño Jesús, al que mi abuela tanto quería desde los tiempos de la post guerra y ahora ya puede jugar con Él. Se me fue la Lela pero el guión ya estaba escrito. Mi mujer estaba embarazada de una niña, mi hija Claudia y yo, antes o después, iba a ser Pandorgo. Lloro al escribir estas líneas, pero cuando la Lela marchó, su anciana mente que ya apenas retenía datos, hizo un esfuerzo y supo de mi boca que su nieto iba ser padre y pandorgo. Sonrió felizmente, me miró con sus ojos grises y dos días después los cerró para siempre. En el año 2017 nació Claudia, la niña que mi abuela quería y que ya no conoció. En el año 2020 explotó la pandemia y no pudo ser. El resto ya lo sabéis. Este año 2022 he sido nombrado candidato oficial. El 31 de Julio seré Pandorgo. Pablo, ya está aquí Carletes. Lela, lo hemos hecho. ¡Viva la Virgen del Prado!