martes, 31 de diciembre de 2019

LOS PROPÓSITOS DE AÑO VIEJO

Todos los años empezamos el año (valga la redundancia en este caso) con los propósitos que queremos cumplir en el año nuevo. Y pensando hoy en ello, en plenas fechas navideñas, me planteaba si en vez de proponerme nuevas metas había cumplido las que hace un año empecé a maquinar. Y hete aquí que he visto propicio cerrar este año el blog con esta entrada y trasladando el interrogante a quien tenga a bien leerme. ¿Habéis cumplido los propósitos de este año que ya despedimos? ¿Habéis cumplido los propósitos de año viejo? Los que tuvierais como meta, por ejemplo, dejar de morderos las uñas, ¿lo habéis hecho? Los que os hubierais mentalizado para hacer deporte asiduamente, ¿lo habéis hecho? Quienes os propusisteis leer más, hacer el Camino de Santiago, pasar más tiempo con la familia, escribir un libro, iniciar una afición, acometer un proyecto, perder unos kilos o modificar alguna conducta, ¿lo habéis hecho? Pues estáis a tiempo. Y no lo digo con sorna hoy que es 30 de Diciembre, lo digo de corazón. Si no habéis cumplido los propósitos de año nuevo de este año que ya es viejo, proponedlos de nuevo en vuestra vida. Y afrontadlos. No los dejéis en el cajón del olvido y propongáis otros nuevos cada año. Cumplidlos, intentadlo, aunque sea alguno nada más. Siempre podréis decir: Cumplí los propósitos de año viejo. Mejor eso que nada.

Hay que ser consciente que hay propósitos que se abandonan porque no pueden cumplirse en un año. Y, claro, cuando vamos por el mes de Mayo y empezamos a vislumbrarlos como imposibles, los damos de lado. Y pensamos: "total, no lo iba a poder cumplir. El año que viene me marco otro". Y así pasa. El propósito de año nuevo se va al carajo. Y así un año y otro y otro y otro. Y los propios propósitos igual. Y así uno y otro y otro y otro. Y siempre nos ponemos tareas nuevas. ¿No hay forma de acometer las labores que nos ponemos y que llegando fin de año podamos celebrarlo? Claro que es posible pero hay que tener voluntad y constancia. Y, sobre todo, saber que un propósito de año nuevo no pasa nada porque se convierta en propósito de año viejo. Lo importante es lograrlo aunque nos lleve más de un año. Eso nos mantendrá activos. Y nos hará sentir vivos. Ojo, hay veces que sí los cumplimos. He logrado dejar de fumar. He logrado ser más ordenado en el trabajo. He logrado pasar más tiempo con los amigos. Y nos asoma una sonrisa de victoria, satisfacción y alegría que no tiene parangón. Y esa sonrisa sí que nos da fuerza para decir: "Ahora sí, nuevos propósitos de Año Nuevo".

La verdad es que yo, como soy más simple que el mecanismo de un chupete, no me marco propósitos de año nuevo. Lo que hago es marcarme pequeñas metas novedosas para estar entretenido y ocupado y mantener los que creo que vengo cumpliendo y me hace feliz. Así, al final del año siempre cumplo propósitos de una manera u otra. Dícese: mis propósitos de Año Viejo han sido cumplidos. He continuado con mi gente cercana, he seguido dando guerra con el pádel, he continuado haciendo un tramo del Camino de Santiago en vacaciones, he seguido siendo fiel al oficio costalero entregándome en todos los pasos que he sacado, he continuado guardándome unos ratitos para mí y plasmarlos en el Rincón, he afrontado tareas nuevas y divertimentos como aliñar aceitunas, hacer cerveza casera e innovar recetas y he afianzado todo aquello que he ido aprendiendo tras enfrentarme a ello. Meta pequeña lograda, propósito conseguido. Mucho más sencillo y además garantiza casi al cien por cien cerrar el año recordando muchas victorias chiquitinas cumplidas. Y muchas victorias son mucha felicidad. Y mucha felicidad se refleja en muchos recuerdos bonitos.Y muchos recuerdos bonitos son una forma preciosa de cerrar un año. Siempre lo digo porque así lo creo. Y además ya lo decía Sócrates también: en las pequeñas cosas es donde en realidad radica la esencia de la vida. ¡Cuánto sabía para no saber nada! De este modo y si os da por plantearos propósitos pequeños (sin olvidar luchar por los grandes, esos que conllevan, a veces, varios años para cumplirse), os lanzo un reto. Más que un reto os lanzo una labor para este año que ya llega. Va, os pongo yo el propósito de año Nuevo. Sólo uno. El único. El mejor. "Propósito: Cumplir los propósitos". A ver cómo se da. Ya me iréis diciendo con el tiempo. Espero que tengáis muchas metas pequeñas logradas que contarme.
Y así nos hemos plantado en una nueva Nochevieja. Y que no decaigan las empresas chiquitinas. Yo, por ejemplo, tengo una por delante y voy a ver si también la cumplo y la recuerdo esta noche cuando suenen las campanadas entre años y sonrío por ello. Cosa de poco pero, como todo, hay que hacerlo y eso es cuestión de voluntad. A mediodía quiero ir a comerme un plato de migas con los amigos pandorgos. ¿Qué os parece? Seguro que me reporta alegría si lo consigo. No os riáis. No dejar de ser un propósito aunque ligero, asequible y resultón. Y no por ello desdeñable pues todo conlleva un coste de oportunidad. Si estás en un sitio con una gente no puedes estar a la vez en otro sitio y con otra gente. El tiempo es oro y ese sí que no vuelve. Elegid bien pues vuestros propósitos porque podéis tener todos los que queráis pero tiempo para ellos no. Ahí está la clave del éxito o el fracaso muchas veces. Queremos comprometernos a algo sin voluntad y/o sin ser conscientes de lo que ello nos costará. ¡Ah! También quiero enfrentarme a la tarea de llegar a la hora de las uvas con las mismas peladas y sin pepitas. Parece una tontería pero es otra pequeña tarea y traerá su satisfacción. Me gusta ir pasito a paso. Una vez en el Camino de Santiago un peregrino italiano me dijo que "piano, piano se va lontano". Y qué verdad es. Así es que lo pongo en práctica en cualquier oportunidad que tengo.

Y poco más, amigos. Ya estamos prácticamente diciendo adiós al año 2019 y recibiendo el año 2020. Y os confieso una cosa, propósitos grandes y cuyo cumplimiento no dependa de mí no voy a marcarme pero sueños sí que tengo en mente. Ojalá dentro de un año pueda deciros que se han cumplido. Y los vuestros igual. Y vuestras metas también. Que así sea. Al menos que lo hayamos intentado todos que para eso es la vida. Ya hablaremos de los propósitos de Año Viejo dentro de 366 días (el que llega es bisiesto) mientras empezamos a vislumbrar otros. Ahora os dejo repasando los de Año Nuevo y cogiendo fuerza para lograrlos. ¡¡Feliz Año Nuevo!!

jueves, 19 de diciembre de 2019

¡AY, CAMINO!

Hoy tengo ganas de ti. De recorrerte, de caminarte, de estar en algún punto tuyo entre Saint Jean pied de Port y Santiago de Compostela. Foncebadón, por ejemplo, el Alto del Perdón, Hornillos del Camino, Zubiri, Villafranca del Bierzo, Carrión de los Condes... ¡Yo que sé! Donde fuera pero contigo. Con tus sensaciones latiendo en mis venas a flor de piel. Despotricándote y amándote a la vez. Con tu olor característico de cansancio, sentimientos, sonrisas y lágrimas. Perdido en algún albergue hablando con algún peregrino sobre algo transcendental de la manera más natural que exista. Burgos no sería mal sitio. Ni Logroño. Fíjate, incluso en Sarria que para mí fue el principio y ahora cuando paso es el final, estaría hoy tan feliz. O subiendo en busca del Refugio Orisson, a mitad de camino entre La Faba y Laguna de Castilla o prácticamente coronando la Cruz de Ferro. Tampoco estaría mal bajando hacia Roncesvalles, buscando Molinaseca o llegando hasta Triacastela. Y también me viene a la mente la llanura palentina entre las tierras del Cid y los límites de Castilla. Donde sea pero con mochila, bordón y botas. Persiguiendo tus flechas y conquistando tus lugares, recorriendo tus kilómetros con la agridulce mezcolanza del triunfo y el saber que ya no volverán. Jugando continuamente con un imperante carpe diem que se acentúa en la magia de Bercianos, Torres del Río o Ponferrada. Hoy tengo ganas de ti.


Y es que no sé por qué hay días que me invades íntegramente. ¿Qué veneno es ese? Un día cualquiera de Diciembre que no está señalado en rojo en el calendario por motivo alguno, mientras cumplo con mis rutinas laborales, me embargas la sesera y empiezan a bullir los recuerdos, los anhelos, los momentos y el deseo de volver a ellos. Hoy me tienes loco recordando la sonrisa de Isis, los abrazos con Palmiro, las charlas con Yoon Joon, aquella agotadora llegada a Arzúa, el Horno de Irozt, la hornacina de San Fermín, a mi querido amigo Iñaki, todas las risas compartidas, las lágrimas por las preguntas sin respuesta, un por qué mudo, silente, hiriente, incomprensible, el hálito de esperanza, el descanso del alma en la litera, el vino tinto en chato, en vaso y en cuenco, el arco iris en Frómista, la eterna recta de Calzadilla de la Cueza, el peregrino escondido en la Plaza de Quintana, el ascensor de Rabé de las Calzadas, los nervios alegres y simpáticos de María, risueña, traviesa, encantadora, la hospitalidad de Nacho Nájera, una oración callada en Furelos, los ojos de Alba contemplando arquitectura férrea y pétrea testigo del paso del tiempo, la espera en la antigua Casa del Deán para obtener mi primera compostela, mis queridas y amadas botas marrones que dos mil kilómetros recorrieron, el poder compartir unos kilómetros con Gemma y hacerla partícipe de uno mis amores, la cristalina y celeste mirada de Amanda que se fotografía per saecula en la memoria... ¡Cuántas cosas, amigo! ¡Cuántas cosas!

Me gusta porque siempre me atrapas. Y sé que estás agazapado y por más alerta que yo esté aguardando tu llegada encuentras el momento y me sorprendes. Aún recorriéndote las veces que voy premeditado a enfrentarme a ti y te espero y ansío con ganas de cura me encauzas, me das confianza, me das serenidad y, cuando pierdo por un segundo la concentración, me atrapas con tus fauces psicológicas que, si bien son necesarias, son más temidas que las físicas. El cansancio es parejo a ti pero la cabeza de cada peregrino juega un papel trascendental en la travesía y la conjunción de ambas cosas puede resultar demoledora y reconfortante a la vez. Tal es la fuerza de tu hechizo que no he conocido a nadie que tras recorrerte unos cuántos días no tenga ganas de volver a ti a de nuevo. Cuando sale tu nombre afloran dos sonrisas en la gente que sobre ello conversa y, te garantizo que, quien te ha transitado alguna vez tiene un don especial para acertar a ver tus flechas amarillas estén donde estén. Es como un imán entre la mirada y la pintura que impulsa las piernas a seguir la dirección al Obradoiro. Y así es como me encuentro hoy. Con ganas de seguir esas indicaciones amarillas que iniciase Elías Valiña preparando una gran invasión.


Y sigue tu embrujo embaucándome a través del silencio, del molesto sonido de una chirriante litera en mitad de la madrugada, de una ampolla en el sitio más incómodo cuando todavía quedan kilómetros para llegar al albergue, de una ducha indominable que te abrasa la espalda o te deja helado en pleno Agosto y de un menú del peregrino que te sabe a gloria incluso frío, a deshora y mal guisado. Tienes el don de obtener de todo una ventaja y, lo que es mejor, a través de uno mismo. Enfrentas a quien te recorre a ti y a su yo interior. Y para todos tienes un triunfo, una victoria, un recuerdo, una lágrima agridulce de entre felicidad y tristeza aderezada en su conjunto con nostalgia. Cerraría ahora mismo la tarea que estoy desarrollando, haría la mochila, compraría los billetes y con una enorme sonrisa me iría a verte de nuevo, a saciarme de tus encantos, esos que hallo en mi propia mente y en el grupo de personas que te recorren en las mismas fechas que cuando yo lo hago año tras año. Es la familia que me regalas por unos días y siempre es mágica y dispar. Y me acuerdo de todos ellos y ¿sabes qué? Me encantaría juntarlos en un mismo espacio y tiempo en tu presencia y caminarte juntos a la vez. Pero eso ya es la propia vida, con sus sorpresas y balanzas. Por eso mismo, la vida, al fin y al cabo, es caminar. Hoy tengo ganas de ti, Camino de Santiago.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

CERVEZA CASERA. PARTE II.

¡Hola, hola, amigos del Rincón! Estaba la cosa en que la primera fase estaba hecha y quedaba la futura cerveza fermentado en la barrica, con el azúcar y la levadura trabajando incesantemente. Bien, pues os sigo contando. El airlock comenzó a tener actividad y a borbotear, síntoma inequívoco de que el proceso había iniciado bien. No os imagináis la alegría que da cuando se observa que ha empezado la fermentación y está todo correcto. La elaboración de cerveza es un proceso en el cual hay que insistir terca y cabezonamente en la higiene y la desinfección, sin saber el resultado final hasta la primera cata seria tras el embotellado. Por eso, los pequeños triunfos que van surgiendo durante toda la elaboración son tan celebrados, pues son clarísimos indicadores de que, por el momento, va todo bien. Ahí radica mi felicidad cuando ví burbujear la válvula airlock. El fermentador estaba activo y la elaboración de mi primera cerveza casera iba correctamente o, como dicen las notas de un estudiante de primaria, progresa adecuadamente. Y aquí entra en juego la paciencia. Además con doble dosis: hay que dejar que la levadura haga su trabajo y hay que condescender con todos los que te dicen "quiero probarla". Y claro, ni la levadura coge el ritmo que nos gustaría ni la cerveza se puede probar aún. Hay que seguir, con paciencia y cariño.

Es recomendable ir apuntando las fechas y evolución de todo el proceso en una libreta. Yo no lo hecho porque como buen manchego soy cabezón físico y psíquico. Tengo cabeza para guardar todos los datos sin problema y también para ponerme una gorra del tamaño de una paellera. Pero no es excusa. Hay que tomar notas para que no se escapen detalles. En futuras ocasiones, pues estoy convencido de que las habrá, lo iré apuntando todo. En nuestro caso la elaboración comenzó un Domingo, el día 10 de Noviembre, se añadió un kilogramo de azúcar al mosto, la gravedad inicial de la cerveza era de 1042 y se incorporó la levadura para que actuase, al menos, durante una semana. Transcurrida la semana, Domingo 17 de Noviembre, la gravedad que ofrecía el densímetro era de 1015, seguía habiendo fermentación y aunque ya se podía añadir el lúpulo decidimos esperar tres días más. La cerveza que estamos haciendo, una Helles con dry hopping, necesita un tiempo mínimo de diez días de proceso antes del embotellado, siendo siete de ellos de fermentación y tres de aromatización. Para ello es preferible seguir tirando de paciencia y dejar que la cerveza fermente  a su amor pero siempre entre temperaturas de 16 a 25 grados. Yo la he mantenido entre 18 y 20 constantemente. Y si a los siete días y tomando una muestra se debe seguir esperando, pues se espera. Todo sea por el resultado final, como en las paellas. ¡Ah! Y no hay que desesperarse buscando a cada momento que probemos una muestra un sabor perfecto porque de lo contrario abandonaremos el proyecto. Cada vez que he medido densidad he aprovechado para probarla y casi lloro creyendo que se había ido la aventura al traste. Pero no. Hay que seguir. Paciencia es la clave, no lo olvidéis si los que leéis estas vivencias os decidís por haceros con un equipito de fabricación de cerveza casera.




Transcurridos tres días más desde los siete primeros de fermentación, esto es, al décimo día, volví a comprobar la gravedad de la cerveza y arrojó un resultado de 1010. Era idóneo para añadir el lúpulo así es que para dentro que fue. Era el Miércoles, 20 de Noviembre. Se ve que el fermentador recibió de buena gana los pequeños gránulos de pellet del lúpulo pues la válvula airlock cogió una actividad imparable. ¡Qué de burbujas y gases salían por ella! Otra vez una alegría enorme. Íbamos dando los pasos poquito a poco pero todos bien. Ésta vez sí, se iba acercando el final. Ya estábamos en la última fase antes del embotellado. Había que esperar (¡cómo no!) unos tres días como poco para que el lúpulo hiciera su efecto, desprendiera su aroma y cumpliera su misión. Eché cuentas y calculé que para el Domingo 24 sería un buen día para el embotellamiento. Habría durado la parte de elaboración casi quince días. Eso es un tiempo perfecto antes de afrontar la parte de última fermentación con dextrosa y ya en botella que se lleva otras dos semanas. Luego hay que esperar otra más de refrigeración natural en un sitio algo más frío y, por fin, se pueden meter algunas en la nevera y disfrutar la creación.

Entre fechas y fechas, muestras y muestras y días y días llevé a cabo la faena más laboriosa y delicada: la limpieza y desinfección de las botellas a utilizar. Ahí sí que hubo momentos que el cuarto de baño convertido en bodega-laboratorio-fábrica parecía una desastrosa zona de zafarrancho de combate. Por el suelo había agua, solución desinfectante, cepillos, las cajas de los tercios, botellas mojadas, botellas secas, botellas escurriendo, botellas en la bañera, botellas en un capacho con agua y jabón desprendiendo las etiquetas, etiquetas en la bañera, en el suelo, en el lavabo, pegatinas de Heineken, de Ámstel, de Cruzcampo, etc. Una locura. Pero, vaya, una locura que se soluciona con trapos, cubo y fregona en un ratito y se queda nuevamente en orden. De hecho el cuarto de baño ya ha sufrido vorágines de esas cuando me he puesto a guisar aceitunas u otras faenas de campo que tanto me gustan y que debo acoplar y adaptar a mi pequeño espacio urbanita. El caso es que tras tener todas las botellas listas y la cerveza en perfecto estado de fermentación, graduación y aroma, procedimos a valernos del chapador y las propias chapas y, añadiendo la justa proporción de dextrosa en cada botella, fuimos cerrándolas y agitándolas una a una. Ahora reposan ya debidamente apiladas y en cajas esperando su turno de ser refrigeradas y consumidas. Parece jaleoso y trabajoso pero merece la pena. ¡Animáos y haced la vuestra! No es tan complejo.

Concluyendo, ha sido una gran aventura compartida con mi hermana en la que nos hemos iniciado e este mundillo, hemos aprendido términos cerveceros, hemos trabajado a la par y hemos disfrutado de esta empresa. El resultado final no lo sabemos a ciencia cierta todavía. Hay que... esperar. Me da pereza hasta escribirlo pero así es. Esperar, esperar y esperar. Luego merece la pena, ya os lo he dicho. Pero cuento con la certeza de que hemos ido haciendo todo correctamente y que la prueba final antes del embotellado fue positiva en aroma, sabor y graduación. ¡Ah! 4,2 grados tiene nuestra cerveza. No ha salido mal para ser la primera. Una pena sería que la tan temida contaminación que hemos ido laboriosamente esquivando durante todo el proceso hiciese acto de presencia en la fase final, pero no lo creo por lo concienzudos que hemos sido con ello. Para antes de Navidad tendré la nevera llena así es que ya sabéis... Os compráis un kit y la hacéis. ¿O pensáis todos venir a gorronear?  Jajaja. ¡¡Hasta otra!!


lunes, 18 de noviembre de 2019

CERVEZA CASERA. PARTE I.

Me llegó la cosa de rebote y sin esperarlo, como suelen llegar las aventuras nuevas y las invitaciones a los retos. Estaba tranquilo en casa y pitó el móvil. Un whatsapp de mi hermana diciéndome que podíamos hacer cerveza casera. Que lo habían visto ella y mi padre en televisión y les había llamado la atención. No sabía ni por dónde cogerlo. Jamás me lo había planteado, ni sabía lo más mínimo de ello pero, como siempre estoy entretenido con algo, le dije que cuando terminase las empresas que traía entre manos podíamos verlo. Así pues culminé mis tareas de guisar aceitunas y hacer pacharán durante esos días y me dispuse a indagar sobre el asunto y empaparme algo del tema. ¡Menudo mundillo! Debe ser una afición con arraigo y muy extendida porque hay infinidad de información sobre la misma. Mi mente no daba a basto asimilando términos al respecto: fermentador, lúpulo, extracto de malta, dextrosa, airlock, chapador, etc. Y todo ello venía en el mismo kit para iniciarse. Sí, sí, para iniciarse. Los kit cerveceros para gente que ya sabe son alucinantes. Yo no era capaz de procesar todos los datos pero iba surgiendo en mí la atracción del reto y la aventura: hacer mi propia cerveza. Mi hermana tan feliz añadía más ganas ideando ya el poder embotellarla y ponerle etiquetas personalizadas. Y para colmo, el precio de un señor kit bien completo que incluía todo el material necesario y los ingredientes para hacer prácticamente veinticinco litros de cerveza no era nada caro. Mi mujer, la pobre, estaba ajena a mi mente maquinando estas trastadas. Vamos allá y ya veremos por donde sale la cosa, pensé. Y en eso estamos.

Primera tarea. Adquirir el kit, identificar las piezas, montarlo y recibir las sorpresas no esperadas. Es que en este universo de cerveceros caseros hay mil cosas y cuestiones que no sabes que te van abordando sobre la marcha. Forma parte de la aventura el ir poniendo soluciones a lo que surja, claro está. Y me surgieron dos primeros impedimentos que hube de superar con paciencia. El primero fue mi mujer. Y, ojo, no la culpo. Me aguanta mil aficiones y recibir la noticia de que pretendes convertirle una parte de la casa en un especie de laboratorio y fábrica de cerveza no debe ser muy ilusionante. Máxime cuando tienes una niña pequeña de dos años y medio de edad campando a sus anchas por todos los rincones del hogar y puede haber como novedosa atracción un fermentador de unos treinta litros, probetas, un hidrómetro, dextrosa, botellas, un chapador, etc, aunque intentaría que no fuera así y hacerlo en otro lugar. La solución fue seguir estudiando el asunto, ver cómo aminorar problemas y cargas y trastear lo menos posible en casa. Cuando me empapé bien de todos los pasos a dar y ví que la elaboración tiene sus complejidades pero es en momentos puntuales cuando más guerra da, me lancé a comprar el kit, pensando que en "El Gañán" (nuestra cocina campera del chalet) podría hacerlo todo. Elegimos un buen kit de iniciación, uno en condiciones, claro está. Si nos ponemos, nos ponemos bien. Lo consensué con mi hermana, culpable original de todo este embolado y, no sin antes tomarme dos pacharanes para envalentonarme del todo y agregar algo de premeditación y alevosía al caso, pues Gemma aún refunfuñaba cuando le hablaba del proyecto, hice el pedido on line. El daño ya estaba hecho y el paquete en camino.

La segunda tarea fue más compleja. Una vez que recibí el material descubrí una noticia que yo hasta entonces ignoraba. La cerveza en su fase de fermentación ha de estar en un determinado rango de temperatura y, en "El Gañán", eso no podía lograrlo, pues en estas fechas de frío la levadura no haría el efecto deseado al estar la estancia a menos de quince grados. Había que buscar otro sitio. Bueno, buscado estaba. En casa. No quedaba otro remedio. Pero explicarle a mi mujer que lo que tenía que montar en la cocina campera iba a ir a parar a casa y por qué era ardua misión. Y no tenía escapatoria. Tenía el kit en el coche, los ingredientes, todos los bártulos y había que darle salida. Finalmente logré que Gemma me dejase instalar los aperos en uno de los cuartos de baño. Y, esta vez sí, logré montar todo, ubicar las piezas y empezar a funcionar. En realidad, no miento, no ocupa tanto y se trata sólo de tenerlo todo en orden, limpio y cada cosa en su sitio. Es verdad que el hacerse con botellas, limpiarlas y tenerlas preparadas para la fase de embotellado es más engorroso. Tened en cuenta que la aventura en la que me he embarcado es la de hacer casi veinticinco litros de cerveza y hacen falta muchas botellas para guardar esa cantidad. Y limpiarlas, desinfectarlas, quitarles las etiquetas, etc. En fin, en las fotos podéis ir viendo cómo está el cuarto de baño. Y, creedme, no es para tanto y algunas imágenes son de momentos puntuales.

Finalmente he de decir que el laboratorio y fábrica de cerveza me va a tener el baño medio ocupado durante más o menos veinte días. Pero lo tengo totalmente utilizable y ordenado. Faltaría más. Y el resultado seguro que valdrá la pena. Seguramente para un poco antes de Navidad esté lista mi primera cerveza casera. Si sale todo bien quizás me embarque en hacer más tiradas e incluso crearme una propia birra y etiquetarla. Me trae de cabeza el lograr una cerveza negra que se bebe con sprite que me recuerda a mis tiempos de hace unos años en un conocido pub irlandés de Ciudad Real. Y creo que perseguiré la idea hasta lograrlo. De hecho tengo en mente ya varios bocetos de nombres y diseños para la cerveza. Veremos a ver cómo va todo. En cuanto a esta primera vez decir que la cosa va bien. He empezado con una elaboración no demasiado compleja en la que mi hermana y yo mezclamos extracto de malta con agua y le disolvimos azúcar y levadura para que comenzase la fermentación. Cuando baje la graduación inicial y para terminar el proceso de fermentar hay que añadir unos lúpulos y dejar que actúen unos días. Después embotellaremos con dextrosa y dejaremos reposar. Pero esto ya os lo contaré en otra entrada. De momento hay que continuar la espera y ver como el fermentador va convirtiendo en cerveza los ingredientes que le pusimos. Hay que tener paciencia. Es la clave del éxito de esta empresa. En la segunda entrega de esta aventura os daré más detalles y os contaré cómo ha ido todo. ¡¡Hasta otra, amigos!!

martes, 29 de octubre de 2019

UN VIAJE A ROMA

Ya tocaba hacer una escapada de este estilo. Sobre todo por Gemma que no ha tenido vacaciones este año pues es una trabajadora nata y se sacrifica mucho por defender su actividad laboral. Como si un duende mágico nos avisase de que este año no tendríamos vacaciones en común decidimos en Mayo irnos tres días a conocer El Rocío y Matalascañas. Acto seguido no hemos logrado tener unos días de descanso juntos en todo el período estival. De este modo, en el mes de Septiembre decidimos planear un viaje que nos sirviera de desahogo, de mini vacaciones conjuntas y de escapada a ver lugares del mundo que nos gustaría visitar juntos. He de decir que yo tengo la fortuna de haber viajado mucho en mi juventud y haber visitado muchos sitios, pero me gusta regresar a ciertos lugares y disfrutar de los mismos con la fantástica mujer que tengo de compañera en la vida. Gemma siempre me ha dicho que existen ciertos monumentos en el mundo que ella quería conocer y que, aunque yo ya hubiera estado antes, alguna vez estaríamos juntos. Y, evidentemente, así lo estamos haciendo. Uno es el Empire State sito en Nueva York, otro es la Torre Eiffel de París y el otro la Fontana de Trevi en Roma. El Empire lo conocimos juntos en nuestro viaje de novios en el año 2011, la Torre Eiffel ya la conozco pero planea por nuestras mentes para un futuro a medio plazo el viaje juntos y la Fontana de Trevi, cumplidora de sus leyendas, aceptó la moneda que le eché hace veinte años y por ello he vuelto, acaba de ser conocido por los dos en común. Un viaje precioso por Roma.

Personalmente elegí ese destino porque quería que Gemma conociera lo que yo llamo un Museo en la calle. Roma es digna de ser visitada. Es una magnífica convivencia de lo nuevo con lo antiguo y entre la marabunta actual, el tráfico y los edificios nuevos, siguen destacando los vestigios del que fue el mayor imperio del mundo.Yo la recordaba con mucho cariño desde que estuve hace dos décadas y quería rememorar vivencias, volver a ciertos lugares y disfrutar todo ello con mi chiquitilla del alma. Además surgió la posibilidad de ir con nuestros amigos José Ramón y Mar, casados este mismo verano, y con ganas de conocer ese destino, lo que hacía el viaje más atractivo aún. Ninguno de los cuatro, salvo yo por fortuna y casualidad, conocía Roma y el reclamo de la ciudad es enorme tanto para veteranos como para noveles: San Pedro Vaticano, la Plaza Navona, el Coliseo, la Boca de la Verdad, San Juan de Letrán, la Escala Santa, la Plaza Venecia, el Circo Máximo, el Palatino, el Foro, la Plaza de España, el Castillo del Santo Ángel, el Barrio del Trastévere, Santa María la Mayor, la Plaza Venecia, el Teatro Marcelo, el Panteón de Agripa, la Fontana de Trevi, el Moisés de Miguel Ángel, etc. Así pues fuimos dándole forma al viaje y nos decidimos a hacerlo con cierto margen de tiempo para llevarlo todo bien organizado.
Ha sido un viaje justo y cabal. Hemos exprimido al máximo para visitar y conocer todos los monumentos y atracciones posibles. Hemos disfrutado de tres visitas guiadas de las que hemos aprendido mucho. En dos de ellas, la ruta por el centro de Roma y la ruta del Foro, Palatino y Coliseo, coincidió que nos tocó el mismo guía, sin duda una persona entrañable de las que disfruta con su trabajo y se entusiasma con ello, ganándose al público y sumergiéndote en las profundidades de la historia que va narrando. Romano de nacimiento, arqueólogo y numismático, trabajó unos años en España y es afable y simpático. Un abrazo, Vicenzo, estés donde estés. Del mismo modo un recuero a Marisa, la otra guía que amplió nuestros conocimientos sobre los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina y la Basílica de San Pedro. Muy correcta también. Inolvidable también la aventura en la que nos embarcamos nosotros mismos: la subida a la cúpula de San Pedro. 551 escalones en total los cuales se pueden subir todos a pie o subir los primeros 231 en ascensor y los últimos 320 andando. Vamos, que de los 320 escalones a pie no te libras sea como sea si lo que quieres es coronar la cúpula. Pero merece la pena y mucho. La experiencia es genial y las vistas de la ciudad desde el punto más alto del Vaticano son una gozada.

En definitiva ha habido tiempo para todo. Hemos visto muchas cosas, pero muchas. He conocido lugares que no conocía, he revivido momentos de hace mucho tiempo, he sido feliz con mis compañeros de viaje, hemos reído, nos hemos emocionado, hemos caminado y hemos disfrutado de la gastronomía de la ciudad. Un viaje muy completo en el que todo ha salido bien y que repetiría sin pensarlo. Y no podía sino mencionar a mi amigo Don Joaquín con el que conocí la ciudad de Roma. Jamás imaginé entonces que sería él quien me casase y quien bautizase a mi hija. Y mucho menos podría suponer en aquel momento que volvería a subir la Escala Santa de rodillas, como él me enseñó, teniéndolo muy presente y recordando tantas y tantas cosas que me han ocurrido durante todos estos años. La escapada ha sido precisa, certera, aprovechada y productiva. Y siempre se dice que un viaje no termina hasta que se elige destino para el siguiente. A ver, en Milán ya he estado un par de veces (una con Gemma) pero tengo la espinita de no haber visto todavía la Última Cena de Leonardo da Vinci y, además, podemos aprovechar y ampliar viaje a Florencia y Venecia. No sería mala una nueva ruta por Italia. Y por otro lado, París se forja y erige como fuerte candidato a la próxima escapada europea. Veremos a ver qué ocurre cuando sea el momento pero creo que las bases para cerrar el viaje de Roma y empezar otro están sentadas. ¡Ciao bellos!

jueves, 17 de octubre de 2019

UNAS ACEITUNAS...

No es nada nuevo que me gusta estar activo, indagando, aventurándome a hacer cosas que me llaman la atención y a marcarme nuevos y pequeños retos que luego me den alegría. Y esta vez tenía en mente hacer una empresa que me trae recuerdos de infancia y que a la vez me despeja de la vida urbana. Algo tan sencillo como guisar unas aceitunas me lleva entreteniendo un mes. He hablado con gentes de campo para aprender de ellos cómo curarlas, cómo aliñarlas, si es mejor cortarlas o macharlas, si quedan mejor curadas con sosa o sólo con agua, etc. Y al final he ido extrayendo un poquito de cada uno hasta que he encartado cómo hacerlas a la manera que más me ha llamado la atención. Entretanto he descubierto cuestiones que ni sabía y he agrandado mi patrimonio de cocinillas tradicional. Jamás hube sabido que existía una máquina para rajar o machar aceitunas hasta que me enteré de casualidad. Y cuando lo descubrí no paré hasta hacerme con una y darle uso. No puedo estarme quieto, esa es la verdad. Así es que es por ser la primera vez que haré yo la faena de cero a cien, habrá aceitunas rajadas y machadas. Está claro que cogerán mejor el aliño que si simplemente las curo y las introduzco en el guiso sin darles ni un triste corte. ¡Vamos allá!

Cuando era niño recuerdo que mi abuelo de vez en cuando curaba unas aceitunas con sosa cáustica. Y en mi casa también lo han hecho mis padres alguna vez. Tal vez el despertar de esas memorias me ha llevado a la inquietud de querer hacer este trabajillo. Y la cosas como son, decidí ponerme manos a la obra definitivamente un día que estando de reunión dominguera con la familia de mi mujer, su tío Lucío sacó un tarro de aceitunas guisadas por él y el sabor me cautivó. Jamás en mi casa se hubieron logrado así. Observé que todas tenían unos cortes de navaja y me lancé a preguntarle: "¿las has cortado una a una? ¡Qué paciencia!" a lo que me dijo: "Una a una sí, pero con la máquina". Imaginad mi cara cuando oí lo de la máquina. "¿Una máquina para cortar aceitunas?". -"Sí, la hay y tiene la opción de machacarlas también. Así cogen mejor el guiso". La conversación entre dos amantes del campo y la lumbre estaba servida. Y esas cosas me encantan. Así es que interrogué, aprendí y me lancé a algo tan simple como guisar unas aceitunas. Parece una tontería pero me evade, me entretiene y me gustan esas cosas. Por eso le dedico unas líneas a unas meras aceitunas, porque en realidad, para mí, conllevan mucho más de fondo.

Bueno, lo siguiente fue hacerme con el instrumento necesario para cortar y/o machacar las aceitunas. Y como hoy en día todo se encuentra en internet, no tardé en encontrar una que satisficiera mis necesidades. Dicho y hecho. Ahora quedaba coger unos kilos de aceitunas y empezar la faena con ellas. Y hete aquí que uno es buen manchego y conoce gente por diversos lares y enseguida localicé buenos olivos con sus buenas aceitunas. Lo demás fue coger unos cuantos kilos de las mismas y emprender la tarea: machacarlas una a una y meterlas en agua. Eso sí, para coger las aceitunas "contraté" la mejor cuadrilla posible: mi mujer y mi hija. Fue una bonita mañana entre olivos y cuando ya íbamos a terminar de coger las mejores, llegaron refuerzos. Se unieron a coger las aceitunas mediante la técnica del ordeño mis suegros y sus amigos Ángel, Clara, Alfonso y Carmen. Hice unas instantáneas para mandárselas al dueño del olivar y decirle que le estaban robando, so pena de que precisamente era el mismo y propio Lucío y estaba avisado de nuestra visita a su terreno.

Por la tarde llevé las aceitunas al chalet de mis padres y allí limpié un capacho para echarlas en agua y lavarlas. Después es cuando empezaron el machaqueo y los cortes hasta que finalmente todas estuvieron de nuevo en el capacho preparadas para aguantar unos días cubiertas de agua que les vayan quitando el aceite y el amargor hasta que sea el momento óptimo para aliñarlas. Y en esas estamos ahora. Día tras día, por la noche, al llegar a casa les cambio el agua y les incorporo dos puñados de sal gruesa. El agua las va limpiando y quitando el sabor tan amargo del alpechín y, a la vez, mantienen su gusto tan característico, cosa que si se hace a través de la técnica de dejarlas una noche en agua con sosa cáustica diluida se pierde en parte. Y la sal sirve para darles entereza y que no se ablanden demasiado. Ya llevan cuatro días con cambio de agua y en una semana creo que estarán listas para ponerles el aliño. Haré de dos tipos: tradicional y con sabor a berenjena. Ya os contaré que tal pero su historia y su trastienda tendrán un sabor peculiar. Ya me conocéis. Lo dicho: ¿y para esto una entrada en el Rincón? Pues sí. ¿Unas aceitunas? ¡Venga!

lunes, 30 de septiembre de 2019

UN POQUITO DE COFRADÍAS

Y es que hay días que, no lo puedo evitar, pienso en ellas constantemente. A mí me enamoran las bambalinas de un palio cuando avanzan salerosas al son de la música y desprenden una perfecta cadencia de lado a lado. Esa imagen vista desde la trasera del paso, sin moverse, aferrado al sitio terrenal pero con la mente flotando, dejando que la estampa te abrace y te sumerja entre el sonido de la banda y la gente que avanza desordenadamente, mientras el paso sigue imprimiendo su andar y avanza despidiéndose de donde tú estás, esa es la Semana Santa. La vida entera cabe en un paso de palio. Y los sentimientos, recuerdos, añoranzas, esperanzas, deseos, sonrisas y lágrimas caben en una baldosa desde la que se contempla la escena antes dicha. Soy consciente de que quien es cofrade de verdad y está leyendo estas líneas se identifica con lo que narro. La felicidad con la que se viven las vísperas, la explosión de júbilo cuando llega el Domingo de Ramos, la intensidad de los días de la Semana Grande y la mezcolanza de tristeza y anhelos cuando se acaba el Domingo de Resurrección, son grandes y repetidos conocidos para nosotros año tras año, pero el aroma que desprende un palio de vuelta que se impregna en nuestras retinas del alma no es un "Hasta la próxima" es un "Hasta siempre", pues esos momentos son mágicos e irrepetibles.

Hoy me apetecía contarlo aquí en el Rincón. Sueño con esos momentos. ¿Y cuándo no? El año consta de dos espacios: el que vivimos soñando lo vivido y el que vivimos viviendo lo soñado. Y creo que no es sólo para mí para el que calendario corre así. En cada esquina imagino una revirá de un gran misterio, en cada templo una salida complicada de una cofradía de negro, en silencio, de las que impiden el aplauso con un nudo en la garganta y hacen abrirse los lacrimales mirando al Cielo y, en cada calzada, un reguero formado por innumerables gotas de cera que ya no sé si preceden al paso o escoltan la Cruz de Guía, porque sueño que sean tantos los nazarenos que al verlos en el cortejo no sepa distinguir si está más cerca el principio o el fin de la cofradía. Y mientras diserto todo ello conmigo mismo, me embriagan los sentidos melodías de cornetas y tambores y marchas de agrupaciones que hacen que, sin darme cuenta y sin evitarlo cuando recupero la consciencia, camine por las calles intentando seguir el compás de un bombo imaginario. Vivo soñando lo vivido. Pero insisto: ¿y cuándo no? Cuando lo vivo. Porque Ella vive en mí y soy soy parte de Ella.


En realidad los que amamos este mundillo de la cera y el incienso, del martillo y la trabajadera y de los solos de corneta, somos todos iguales aunque nos veamos tan dispares entre nosotros mismos. Vivimos perennes en una postal en la que nos acompaña siempre el perfume evocador de la semana grande igual que los vencejos al verano. No me niegue ningún cofrade que en el momento en que la mente tiene oportunidad, nos asalta la misma con retazos de nuestra pasión a ritmo de martinete, imparables, dominantes en su deseo de libertad, escapistas de una prisión soterrada bajo el yugo de la rutina de las cincuenta y una semanas del año que no son la mágica, pero que aguardan cualquier rendija para colarse y deslumbrarlo todo con una fascinante iluminaria cargada de sentimientos, como una saeta espontánea que surge entre el gentío cuando va la Macarena de vuelta y es aplaudida por la gente de Triana, porque eso nos une, porque somos así, porque donde hay un cofrade estamos todos los que lo somos, porque nosotros somos cofradías en sí, porque nosotros somos la más pura Semana Santa.

Me gusta detenerme a pensar en las cofradías siendo consciente de ello, pues inconscientemente ya lo hago a diario. Observo como antes decía que nosotros somos las cofradías. Y ahondo en la creencia de que unas hermandades que tienen siglos de historia gozan de su presente en nosotros. ¿Quién viste las túnicas? ¿Quién saca los pasos? ¿Quién las pregona? ¿Quién las sueña y las adorna durante las cuatro estaciones del año? Entre dimes y diretes, comentarios socarrones, desencuentros y fortunas, las tertulias de los bares que muchas veces afloran sin estar citadas en la agenda y mil eventos más que bien pudieran darse en el tiempo más frío o en los meses del estío, somos nosotros, los mismos, los que alimentamos, cada uno a su manera, la Semana más grande del año, la que se cuenta de Domingo a Domingo, la que avanza contando el tiempo al revés y nos embauca y nos hechiza aferrados a su esencia. La Semana Santa es nuestra porque somos nosotros Ella.

Tú, cofrade, que lees estas líneas siéntete Semana Santa. Sé consciente que sin tu clavel en la solapa la misma no sería la misma. Ten presente que tu aportación la agranda. Convéncete que tu costal mal hecho también es necesario. Y cuando desafine tu corneta por los nervios o cansancio también es Semana Santa que el refranero es sabio y un grano no hace granero pero ayuda al compañero. Y si el granero lo desgranamos creyendo no ser necesarios ciertos granos, finalmente nos quedamos sin granero y sin la aportación del compañero. Sonríe, aguaor. Saca pecho, alza cables. Ponte tus mejores galas, tú que te echas a las calles. Todo suma. Luego, a posteriori, serás parte del sueño de otros tantos que te vieran y de otros tontos que Paco Robles en su libro describiera. Quedarás plasmado en su estampa cuando pase el palio despidiendo el compás en sus varales y el tiempo de las mecidas al vaivén de bambalinas. Serás recordado e incluso buscado el siguiente año. Créeme. Y cuando ya no estés en este mundo, tu recuerdo seguirá formando parte de la Semana más maravillosa del año. Ten por seguro que algún costalero te llevará en la mente brindándote una levantá con el alma, cree con certeza que alguna lágrima llevará tu nombre cuando halles un rostro emocionado mirando al Titular que le evoca tu nombre, toma conciencia de que tú eres parte de Ella. Y la amamos más aún que el pelícano a sus polluelos en la maravillosa alegoría del Amor que procesiona oculta tras una cruz cada Domingo de Ramos. Nosotros somos Semana Santa. Tú, yo, él, nosotros, vosotros y ellos. Todos somos "un poquito de cofradías".

lunes, 16 de septiembre de 2019

LA CONSERVA

Si hay una actividad familiar que en mi entorno agrupa tradición, costumbre y maneras es, sin duda, la conserva. Todos los años se repite el ritual. Buscamos por los pueblos los mejores tomates y pimientos que haya habido en la temporada y nos ponemos manos a la obra. No todos los años la cosecha es igual en los mismos sitios, pues fenómenos como una ola de calor pueden echar a perder las matas y que la recolecta no sea propicia. A mí, costumbrista por naturaleza y convencido, me gustaría que siempre fuera mi conserva del mismo origen, pero a fuerza de variaciones y variedades impuestas por agentes externos, lo que finalmente se ha convertido en tradición es buscar en su momento el mejor producto. De este modo los días previos a Septiembre es fácil verme recorriendo los pueblos de mi querida Mancha preguntando y chismorreando cuáles son los mejores tomates para freír, los mejores pimientos para hacer pisto y cuánto vale cada cajón. De este modo unos años hacemos la conserva con producto fernanduco, otro con producto malagonero, otro con producto almagreño y así. Y eso es costumbre ya y al final del estío vacacional y en el campo nos reúne a mis padres, mi hermana, mi mujer y mi hija en torno a un hogaril, un leñero y una sartén grande. Cositas de esas que me gustan a mí que se repitan y que me alegran y me gusta reflejar por escrito per saecula. 
Este año (despejo la incógnita pronto) los tomates de pera los compramos en Malagón, los tomates redondos gordos en Bolaños de Calatrava y los pimientos en Fernán Caballero. ¿Por qué? Fácil. Porque me enteré que los tomates de pera de Malagón han sido los mejores de la comarca criados en invernadero y ecológicos. Los tomates gordos de Angelita en Bolaños han sido los mejores de la provincia en peso y tamaño medio. Y los pimientos fernanducos del pueblo han sido uno de los ingredientes del pisto campeón del Concurso de las Ferias de San Agustín (que lo ganó precisamente el agricultor que los cría). Esos fueron los motivos por los que elegí esas hortalizas para la faena anual de la conserva. Y, desde luego, en el resultado se nota. Y en la alacena también. Hemos sacado tres cajones de tarros que aguardan su momento. Y lo mejor, para mí, es cuando llegan los días de invierno frío y duro o los primeros albores de la primavera y se abre en casa un bote de tomate frito o de pisto que guarda celosamente el sabor de haberse guisado sin prisa en la lumbre, se sirve sobre un plato y se corona con unos huevos fritos en lo alto. Y si previamente nos da por abrir otro bote con caldo de jamón o de pollo que también es casero, hecho en puchero de barro al rescoldo del fuego, echarle unos fideos y enjaretar una sopa de primer plato, el paraíso está servido.

La verdad es que para mí el hecho de la conserva es algo así como creo que sería antaño para mis mayores la matanza. Se aunaba la familia en torno a una faena y en todos en su medida colaboraban. Yo ya he involucrado a mi pequeña Claudia también. Con sus dos añitos y medio ya ayuda. Su tarea es probar cómo va evolucionando el sabor del tomate frito y del pisto. A ella siempre le sabe rico y pide más. Es manchega de nacimiento, como su padre y es feliz estando con nosotros entre las hortalizas, el fuego, los tarros y los sabores de nuestra tierra. Y nosotros de verla de tal guisa somos más felices todavía. Si bien es cierto que son unos días de bastante batalla (teniendo que vigilar a Claudia más) pues la conserva conlleva unos ratos grandes de paciencia y algunos momentos de trabajo a destajo, el resultado final siempre merece la pena. Quizás con el paso de los meses no se valoran esas horas de tarea pero los botes desprenden aroma de guiso, cariño y tradición combinado con esfuerzo, labor y faena. Y eso estoy convencido que en el sabor se nota. Por eso se repite año tras año de manera tradicional y al llegar el momento nos preparamos mentalmente de la que se avecina. Pero, insisto, el resultado merece la pena.

Siempre cuento estas cosas en el blog porque me parecen lo más bello de la vida. Son las pequeñas aventuras que regala el lapso del tiempo y que en realidad son las que llenan nuestras agendas de recuerdos. Me gusta narrar las cosas cotidianas por dos motivos, primero porque me encanta releerlas tiempo después y segundo porque aunque no lo creamos son retazos que hacen que el transcurso de la vida tenga sentido aunque no lo creamos. Estos momentos de felicidad son los que finalmente quedan plasmados con una fotografía espontánea que nos alegra encontrarnos años después. Así es que yo, consciente de querer mantener estas memorias, intento de vez en cuando retener algunas de ellas a través de este humilde Rincón. De hecho, quien sea asiduo al mismo comprobará que no es la primera vez que escribo acerca de cuestiones que a primera vista parecen banales y sin embargo son la vida misma. En este caso tuve claro desde que llegó al fecha de la conserva que le dedicaría a la misma un hueco en la estantería de este "periódico de internet", como yo le explicaba a mi abuela para que supiera lo que era un blog. Mi blog. El rinconcito donde me muestro abierto y comparto y guardo mis vivencias aunque sean, simplemente, cosas como que en casa hacemos conserva anualmente. Para mí merece la pena. ¡¡Hasta la próxima!!

martes, 3 de septiembre de 2019

Y PASÓ AGOSTO

Como un suspiro entrañable, como un halo de felicidad inesperada, como una estrella fugaz ante una esperanzadora mirada, como una frágil pompa de jabón en la mano de un niño, como el crujido de una barra de pan recién horneada, así pasó Agosto. Raudo, veloz, sonriente, acelerado al igual que las agujas del reloj cuando giran a ritmo de ventilador aunque realmente lo hagan marcando el mismo son cada segundo, así pasó Agosto. Y ha sido exprimido de principio a fin y creo que de cada día podría dar un recuerdo en una línea. Lo he disfrutado mucho, me ha traído momentos muy felices, sorpresas, alegrías, esperanzas, reencuentros, sueños, ideas y fortaleza. Este mes me ha forjado en la retina imágenes preciosas, me ha hecho reír, llorar de alegría, de ilusión, de puro amor, me ha hecho disfrutar las vacaciones como hacía años que no lo hacía. Ha sido un mes muy muy bueno. Comenzó con mi amado Camino de Santiago y concluyó con esos días de conserva paciente que aguarda los fríos días del invierno y los destellos de sol de una nueva y recién estrenada primavera. Y entremedias lo que más quiero: familia, amigos, costumbres y tradiciones. Así pasó Agosto. Comencé las vacaciones haciendo uso del latinismo que anualmente repito: prima non datur et ultima dispensatur (la primera no se da y la última se dispensa). En el argot estudiantil sirve para pedirle al profesor que sea benevolente el primer y último día de curso y no enseñe materia. Así lo aprendí y así lo aplico desde entonces a mi trabajo. Costumbres que tiene uno. Puedo decir que mi Agosto comienza el 30 de Julio y culmina el 1 de Septiembre. De la limoná al despacho. Quien me conoce no requiere más explicación. Pasó el Día de la Zurra, pasó la Pandorga y pasó Agosto.

Era el mismo día 1 del octavo mes cuando a media mañana me calzaba las botas, me ponía la mochila y retomaba el Camino de Santiago donde lo dejé el año pasado. El AVE nos llevó a Madrid a mi padre y a mí. De allí un autobús nos condujo hasta Santo Domingo de la Calzada donde detuvimos la andadura el pasado año y nos aguardaba Iñaki, vértice de nuestro triángulo peregrino. Y desde la localidad calceatense hasta la Pulchra Leonina nos llevaron las botas. Once preciosos días de camino terminando de recorrer La Rioja, recorriendo enteras Burgos y Palencia y adentrándonos profundamente en León. Y entremedias risas, encuentros, reencuentros y magia. Sí, magia. El Camino tiene magia y quien bien lo conoce lo sabe. Si con algo me quedo de la andada de este año es que es la segunda vez que paso por Castilla y me sigue enamorando. No entiendo a los peregrinos que quieren evitar este tramo y perderse encantos como Castrojeriz, Frómista, Carrión de los Condes o Bercianos del Camino. En fin... Si la primera vez que pasé por allí con mochila y bordón fue buena, ésta ha sido espectacular. Y llegó. Llegó un momento que se venía fraguando durante cinco años y hasta hace unos meses no supimos si podríamos siquiera intentar que se repitiera. Finalmente se pudo intentar y mágicamente sucedió. Mismo camino, mismo pueblo y misma gente. Increíble. Hace un lustro conocimos a una persona entrañable y peculiar en un pueblecito que se llama Hornillos del Camino. Este año hemos vuelto a pasar por allí y ¡¡nos encontramos con él!! Esas cosas las entiendo como un regalo de la vida pues despiertan algo en el alma que suele estar dormido. Con vosotros Ramón, el melenas. Un hombre especial, sin duda. 

Simplemente esa pequeña anécdota ya hizo que este camino fuera especial. Nos detuvimos en León y ya soñamos con retomar el Camino y llegar a Santiago de Compostela. Dios dirá el año que viene. Lo mismo aguardamos a ese último y gran tramo para el año 2021 que es año Santo y el año que viene hacemos el Epílogo y Triángulo Esotérico Santiago-Muxía-Fisterra. Tengo un año para estudiarlo y creedme que en el Camino pienso todos los días. Y sí, alguna vez seré hospitalero. No se me va de la cabeza. Es otra cara del Camino que quiero vivir. Así volví a mi tierra y era ya mediados de Agosto. Y nada más llegar a Ciudad Real cumplí como dice la seguidilla "mañana voy a verte ciudad realito y a la Virgen del Prado lo primerito". Y de qué manera. Este año me he hecho hermano e hijo de la Patrona. Me impusieron la medalla y he salido por primera vez en mi vida con traje y corbata alumbrándola. En el Cielo sonreía mi abuela. Y yo más feliz y soñador no podía estar. Esa mirada azul de la Reina de Ciudad Real la llevo clavada muy dentro. Ha contemplado mi niñez, mi infancia, mi adolescencia, mi madurez y espero que me siga contemplando y escuchando.


Entre tanto ha habido días de Ferias y Fiestas, de piscina, de barbacoas y de estar viviendo unos días en el chalet disfrutando de los míos y de mi pasión por los guisos de sartén y lumbre. Y Agosto seguía su curso, sin detenerse, regalando sonrisas y momentos preciosos. Mi niña Claudia con dos añitos y medio ya disfruta de las atracciones y le gusta subirse a los cochecitos y saltar en las camas elásticas. ¿Cómo no va a pasar rápido el tiempo mientras la veo disfrutar tanto? Sin darme cuenta era ya día 22, Octava de la Virgen del Prado. Fin de ferias y todavía me quedaba una semana libre. La he aprovechado para disfrutar del campo. Este año no ha habido días de playa. Gemma se ha pasado trabajando todo el Verano y no ha podido ser. Pronto haremos alguna escapada que también son necesarias. Ya llegarán tiempos mejores al respecto de cuadrar entre ambos agendas y eventos. Eso sí, los fríos días de invierno como decía al principio ya tienen caldo hecho para convertirse en sopa. Y el bacalao de la Cuaresma ya tiene sus tarros de tomate frito en conserva preparados. Y esos Sábados aventureros de huevos fritos y pisto ya están en marcha tras pasarme horas con la paleta en la mano. Luego cuando llegan esas fechas me acuerdo de estos días recién pasados. He exprimido el mes, sin duda. Pasó Agosto como una exhalación. Y hay que seguir. Siempre hay que seguir. Ya hay nuevos sueños en el horizonte.

lunes, 29 de julio de 2019

JULIO, ¡AY! JULIO...

Loquito me tienes, mes de Julio. Loquito. No es ni medio normal la tensión laboral que me acarreas y a la par los preciosos ratitos de gloria que me regalas. No es ni medio normal ni equilibrado tampoco. Tras llevar once meses del tirón trabajando, estos últimos días antes de las vacaciones se me hacen muy muy muy cuesta arriba. Me dicen "Buenos días" y ya muerdo porque voy asqueado. Y, a la vez, gozo de hacer guisoteos en la lumbre, de relajarme en la piscina, de dormir las noches que Gemma trabaja con la mujer de mi vida (que no es otra que mi hija), de dejarme embriagar de cofradías de gloria en verano, de soñar con pañuelos de hierbas y de pasar enormes momentos con la familia y amigos. Pero son tan efímeros y tan enorme el estrés que llevo estos días que le vendo mi mes de Julio laboral al peso a quien lo quiera. ¡Qué hartura! Y mira que me regala retazos bellos pero ¡a qué precio! Julio, Julio... ¡Ay! Julio. Si pudiera moldearte a mi antojo como más o menos puedo hacer con tus otros once compañeros, pero tú eres el mes rebelde y, a la vez, el deseado. Loquito me tienes te digo.

Eres un truhán desaliñado que avanza raudo en el calendario pero dejando mella todos los días en el mismo sitio, de modo que no es que marques en mi desgastada sesera treinta y una marcas por cada uno de tus días sino que incides treinta y una veces en la misma, ahondándola, aumentándola, tensándome la cordura hasta límites que me desesperan. Y entre tanto me regalas aromas de lebrillos de limoná, caminatas por nuevos terrenos, sueños planificados para Agosto y algún rato de despiste en el que logro evadirme de tan agotadora rutina acentuada estos días finales del curso laboral. Yo no sé cómo definirte, de verdad. Me paso tiempo esperándote porque eres especial por muchas cosas y porque eres la antesala de los días de sentimiento y relax pero, realmente, me agotas y me desesperas. No creo que tengas tú la culpa pero siempre ocurre en tus días. Y cuando me preguntan por ti no sé qué decirles. ¡Ya es Julio, por fin! Bueno... Días que es por fin y días que es por desgracia. Pero todo suma y van pasando las horas.

Cuando llegas todos los años (desde que trabajo) te aguardo con ilusión pues eres la cuenta atrás del octavo y deseado mes del calendario que, bien sabe él, si pudiera partirlo de otro modo lo haría. Me traes recuerdos de mi abuela, me traes fiestas y verbenas, me traes ratos de costal y trabajadera, me tras raigambre y tradición, me traes pañuelos de hierbas, me traes sueños y a la vez desvelos, me traes la agenda repleta de citas y sobresaltos, me traes un caos organizado, me traes de cabeza por los pies, me traes que respondo besos con guantazos y me traes prisas e impaciencias. ¿Tan difícil es que dosifiques a los que hacen uso de ti? Sí, te lo pregunto a ti, Julio. Aunque bien me lo pudieras preguntar tú a mí. Y sí. Sí lo es. Quizás por eso en algo te entiendo. Pero me desespero. Al menos cojo con más ganas el premio. Más que ganas, merecimiento.

Y fíjate si eres cabezón y terco como buen manchego que entre tanto escribo estas líneas me regalas momentos inolvidables por sorpresa. Al final conviertes nuestra relación en una mezcolanza de amor y odio y de un contigo pero sin ti que me atrae más que me separa. Y pienso yo cual hidalgo divagante que si no fuera porque inclinase la balanza la atracción ante la desesperanza no habría comenzado a narrarte tus venturas y desventuras para con mi persona. Eso es porque aún sabiendo que tus días raudos pasan si bien marcándome la paciencia, ocultan siempre unos pellizcos de alegría que son incomparables entre sí, hasta tal punto que cuando avanza el calendario en esos días entreverados en los que el Otoño va convirtiéndose en Invierno te recuerdo con afecto y sí, lo confieso, llego hasta a echarte de menos. Líbrame entre lebrillos del agobio laboral al que me sometes en estos días inciertos de trabajo y fiesta. Regálame ratos que perduren por los años de los años tanto en el recuerdo como reviviéndose. Da comienzo a la Pandorga y con ella a las vacaciones. ¡Vamos! Y sigue siempre en esta eterna pelea que a los dos nos enamora, Julio. ¡Ay, Julio!