viernes, 25 de julio de 2014

LEYENDA DE LA LUNA Y EL MAR

Estaba tumbado boca arriba en la cama mientras Gemma veía la televisión. Había tenido dos ensayos de costalero durante el día y, entre el agotamiento físico y la mella que me hacía el tremendo constipado que las inclemencias meteorológicas me habían regalado, estaba destrozado pero por un momento tranquilo y relajado. Cuando Gemma determinó que era la hora de dormir y apagó la luz le pregunté si tenía algún capricho en concreto que quisiera ver plasmado en el blog. Me esperaba que me dijera que no porque en esas fechas cuaresmales suelo hablar de cofradías y ella no las vive como yo, sin embargo me sorprendió y me dijo que hablase de la luna y el mar... De ese amor a hurtadillas que da lugar a las mareas y la eterna relación de las fases lunares con las subidas y bajadas de las aguas de los mares y océanos. Me gustó la idea y le dije que buscaría la información precisa para verter unas líneas sobre ello, pero por más que he buscado sólo he encontrado explicaciones astronómicas y físicas. La leyenda que hoy vengo a contaros es, por lo tanto, invención mía. Y espero que os guste como quiero que le guste a Gemma, que hoy no es que sea su cumpleaños pero este regalo es para ella y no se lo espera. Para ti.



Hace mucho pero que mucho tiempo, cuando ni siquiera Gea era la Madre Tierra, cuando ni siquiera Abel y Caín eran hermanos, cuando ni siquiera eran saladas las aguas de los mares, ya existía un profundo sentimiento de amor por el Mar hacia la Luna. El Mar se sentía absorto por la Luna, por su belleza al reflejarse sobre las crestas de sus olas, por su mágica plenitud en las noches abiertas de verano, por su similitud con una tímida sonrisa oculta en el azul del cielo en las mañanas frías del invierno, por ser la luz que alumbra los campos en las noches regándolos de plata en el otoño, por descubrirse ante nosotros con sus mejores galas en el primaveral Parasceve, por tantas y tantas cosas que cuando le pregunté no supo cómo explicarlas. Pero sin duda la amaba. Y ella lo amaba a él. La Luna también amaba al Mar. Le encantaba su dominio temperamental y como pasaba de romper violentamente espumosas aguas saladas en un rompeolas a convertirse en una balsa dócil y navegable denominada "Mare nostrum". Le atraía la majestuosidad y grandeza de su expansión. Le fascinaba saber que los orígenes de la vida emanaban de él. Y, sobre todo, la enamoraba la inmensa cantidad de secretos que se guardaban en sus profundidades y que él le iba narrando poco a poco, dejándola siempre con ganas de más. Su sapiencia, su sabiduría, su oratoria de la vida. La Luna y el Mar. El Mar y la Luna. Sin duda estaban hechos el uno para el otro. Se amaban.


Sin embargo su amor quedaba oculto a los ojos de los hombres. Cuando éstos poblaron la faz de la Tierra sólo tenían ojos para otro amor. Para el de su Madre Tierra y el Sol. Era inevitable. Gracias al Sol la Tierra daba frutos. Gracias al Sol había vida en las huertas y campos. Gracias al Sol había mares en el interior, si bien no de verdeazuladas aguas, sí de campos de cereal que movidos por el viento parecían levantarse en oleaje cambiando la espuma de las crestas por espigas de trigales. Y eso a la Tierra la hacía enamorarse más y más del Sol. Hasta tal punto la Tierra amaba al Sol que decidió pasar toda su vida girando en torno a él. El Sol se regocijaba de su poderío y la Tierra giraba y giraba alrededor suyo pues su vida sin el amor del Sol no tendría sentido. Y esto lo sabían los hombres y agrandaban aún más ese amor cultivando la Tierra y viendo ésta como por su amado se recogían preciadas cosechas. Y el Sol le regalaba a ella evaporación para que luego el agua nuevamente vertida en lluvias la acariciase y surcase en forma de ríos, estanques y lagos. Era un amor mutuo, recíproco y eterno. Pero no era perfecto en toda su plenitud. El amor entre la Tierra y el Sol ocultaba un dolor enorme para la otra pareja de amantes...

Al girar la Tierra constantemente alrededor del Sol, el Mar se alejaba de su querida Luna provocándole un gran disgusto, pues su ubicación dependía de la rotación de la Tierra. La Luna, enamoradísima del Mar y enfadada por el egocentrismo del Sol que hacía girar y girar a la Tierra sin importarle que por ello se separase de su amado Mar, decidió no compartir jamás el Cielo con el Sol, de modo tal que cuando el Sol brillase ella permanecería escondida y cuando la Luna iluminase el Cielo el Sol estaría oculto. Y también inició la Luna un movimiento de rotación, pero claro está, no alrededor del impetuoso Sol sino alrededor del Mar de su corazón. Así ambas parejas permanecerían siempre unidas durante todos los días de la vida. Y el Cielo sólo sería dominado por el Sol de día y por la Luna de noche. Con esto se explica el origen de los días y de las noches, el por qué de los movimientos astrales de la Tierra respecto al Sol y de la Luna respecto a la Tierra que contiene al Mar. Por un amor puro e incondicional.

Pero la leyenda que os he prometido versa sobre las mareas. ¿Y las mareas? No las he olvidado, por supuesto. He dejado su explicación para el final. Las mareas son un símbolo de amor. ¡Ay, amigos! Veréis. Os voy a contar ahora el origen de las mismas y el por qué de su existencia. Ya os digo que son un símbolo de amor que delata la eterna atracción de la Luna y el Mar. Las mareas son un detalle precioso que tiene el Mar con su amada. Un regalo natural de la vida, tan enorme que, todavía teniéndolo delante cada vez que anochece en el Mar, no adivinamos a verlo. Os cuento. Tal es el esfuerzo al que se comprometió la Luna girando y girando en torno a la Tierra para no separarse del Mar, que cuando cae la noche en cualquier parte del Mundo hay ocasiones en las que termina agotada y no tiene fuerza para acercarse tanto al Mar como quisiera. Por eso, el propio Mar en una inmensa prueba de amor, reconocimiento y agradecimiento hacia su amada, demostrando y haciendo gala de que el amor todo lo mueve, desplaza sus aguas hacia ella para besarla a escondidas, allí donde nuestra vista romántica contempla el horizonte nocturno y se juntan las profundidades de los océanos con el resplandor de la Luna, allí donde no hay Tierra ni Sol, allí donde ambos se funden en uno solo y renuevan su promesa de amor, allí donde únicamente existen y se aman la Luna y el Mar.


¡Ah! Y dicen que muy de vez en cuando el Sol y la Luna hacen las paces por un ratito y los dos dominan el Cielo a la vez. ¿Habéis oído hablar de los eclipses?...

lunes, 21 de julio de 2014

EL CAMINO MANCHEGO

"Todos los caminos llevan a Roma" dice el refrán y aplicado a mi caso sería Roma por Santiago de Compostela, pues todos los caminos que recorro últimamente contienen flechas e indicaciones amarillas que son las que guían a los peregrinos hacia la mismísima Plaza del Obradoiro. Y yo conocedor de dichas indicaciones y de vivir plenamente familiarizado con ellas fui sorprendido al encontrarlas por Ciudad Real pues pensaba que por estos lares no existía camino jacobeo alguno. Sin embargo uno de los días que salí de senderismo encontré una flecha amarilla y decidí seguirla por si era alguna mera y solitaria flecha pintada con spray en una señal de tráfico o si realmente era una indicación. Y esa flecha me llevo a otra y esa a otra y esa a otra y descubrí que sí tenemos Camino de Santiago aquí. Mi alegría era enorme. Me puse a indagar y resulta que existe incluso una guía acerca del Camino Manchego la cual rápidamente adquirí y devoré con avidez. Y si bien no comparto la forma final de llegar a Santiago (yo engancharía en León con el Camino Francés) sí que he de decir que está bien planificada y bien estructuradas las etapas. Y, bueno, en esas estaba yo recordado aquel descubrimiento y ordenando mis peregrinas ideas el pasado Domingo mientras iniciaba mi ruta de preparación para los kilómetros que recorreré este año cuando, de repente, vi otras flechas... ¡¡de color morado!! ¿Morado? ¿Y éstas qué indican? Me acompañaban mi mujer y mi padre y vieron como mi reacción fue evidente: seguí la primera flecha morada y esa flecha me llevo a otra y esa a otra y esa a otra y descubrí que, coincidente en muchos tramos con el Camino de Santiago manchego pero no en todos, existe un Camino a Urda por el cual se puede peregrinar a dicha población. Y ese camino está indicado con flechas moradas. Mis dos escuderos vieron como me brillaban los ojos. Y surgió la idea...


Supongo que ya sabéis cuál es la idea. Está claro y es fácil. Lo que no sé es la fecha. Pero ese Camino a Urda será recorrido y seguramente este año. Tampoco sé si lo será en días contiguos o en días separados, pero las etapas serán hechas y me presentaré en Urda andando con mochila y bordón. A priori no parece haber problema pues son sólo dos etapas: Ciudad Real - Malagón y Malagón - Urda. El tramo que he recorrido de avanzadilla está bien señalizado si bien algunas flechas están ocultas por las hierbas y brozas crecidas y hay que estar pendiente. Existen incluso marcas que representan la conocida barca donde procesiona el Cristo de Urda y otras en las que se aprecia claramente la silueta del Cristo con la cruz a cuestas sobre la dicha barca. La sorpresa que me llevé al descubrir todo ello fue mayúscula y sin dudar ni un instante hice unas fotos para compartir con vosotros todo al respecto.

Si alguno se anima a realizar el Camino Manchego a Urda encontrará las primeras flechas en Ciudad Real en la calle Carlos López Bustos (Comisaría de Policía Nacional de Ciudad Real) nada más cruzar la Ronda de Calatrava. Deberá seguir por dicha calle y en la esquina con Extramuros de Calatrava, al terminar la fachada del Colegio de Arquitectos, observará otra flecha morada que le invita a seguir de frente. Se ha de cruzar el Campus Universitario en línea recta y se topará con un alterón de hormigón pegado al seto de la vía del tren con la siguiente flecha morada. Se pasará bajo el puente de la vía del Ave que conduce al Camino de Moledores y a la Colada de Calatrava. En el propio puente existen flechas moradas y una inequívoca que indica "Urda" y llegado al cruce de caminos se pueden tomar ambos y los dos tienen señalización. El Camino de Moledores comparte flechas amarillas y moradas pues indica el Camino de Santiago Manchego y una alternativa al Camino de Urda. El camino Colada de Calatrava nos recibe con un hito donde se aprecia la silueta del Cristo de Urda y una gran flecha morada. Es el verdadero camino a Urda. Aunque se puede optar por ambas opciones sin problemas yo recomiendo la Colada de Calatrava por ser la verdadera ruta manchega de peregrinación entre Ciudad Real y Urda y ser el recorrido que a priori más rápido avanza dirección norte que es donde se halla la meta respecto a Ciudad Real. Digo a priori porque llega un punto en que ambos caminos manchegos, el de Santiago y el de Urda, se unen de nuevo y discurren juntos hasta tal punto que el Camino de Santiago Manchego pasa por Urda, por lo que bastaría seguir de inicio las flechas amarillas para llegar hasta allí. Sin embargo, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, las flechas que debemos seguir en esta ocasión son las moradas. Y ellas son las que nos llevarán a la localidad toledana las sigamos por la variante que las sigamos.



Elegida la opción, bien Camino de Moledores o bien Colada de Calatrava, bastará ir siguiendo flecha tras flecha para concluir la peregrinación. Ya os digo que hay señalización pero hay que estar pendiente sobre todo en las bifurcaciones y cruces de camino para saber cuál es el correcto a seguir. En el último tramo del Camino de Santiago esto no supone dificultad alguna pues son miles y miles los peregrinos que por allí transcurren por lo que todo cruce de caminos y bifurcaciones está perfectamente indicado y no dan lugar a duda alguna, pero aquí en el Camino Manchego apenas hay peregrinos que se embarquen en la aventura de la mochila por lo que la señalización no es tan prolifera y apenas se renueva lo que nos obliga a estar muy pendientes de ella. Esto no debe suponer ningún inconveniente una vez decididos a ponernos en marcha. La ilusión, las ganas, un buen calzado y la atención a las flechas moradas harán de la caminata una aventura preciosa. Además este año es Año Jubilar y es momento idóneo para hacer el camino y rezar un Padre Nuestro con los pies cansados al Cristo de Urda, Señor de la barca, pescador de hombres. Pero vamos, más o menos creyente lector, la aventura merecerá la pena. Yo ya tengo en mente comerme un buen menú cuando llegue a Urda y regarlo con un buen vino celebrando otra misión cumplida. En todo caso... ¡¡Buen Camino Manchego!!

jueves, 17 de julio de 2014

LA VECINA MÁS ILUSTRE DEL BARRIO DEL CARMELO

Un año más llegó un día esperado y muy señalado para los que nos gusta la tradición de procesionar a la Capitana de los Mares. Día 16 de Julio cuando comienza el verdadero estío en estas latitudes. "El calor de la Mancha va de Virgen a Virgen" como dicen los abuelos, es decir, que de la Virgen del Carmen a la Virgen de Agosto (en Ciudad Real, nuestra amada Patrona del Prado) es cuando el astro rey pega con más fuerza en esta tierra. Ese mes comprendido entre el 16 de Julio y el 15 de Agosto raro es el día en el que los termómetros de la calle no marquen los temidos 40 grados o más. Y ayer no iba a ser menos. El indicador de temperatura de la calle Postas indicaba al mediodía 42 grados. Día de pleno verano, día de calor afixiante y día en que la Virgen del Carmen sale por la puerta del Convento que lleva su nombre para pasear con su cetro de Reina y su escapulario por donde se derraman plegarias que ascienden a los Cielos y por donde se reciben los dones que del mismo Cielo bajan.

Y allí estuve, gracias a Dios, un año más, calzando blancos botines, con apretada faja en la cintura y con la herramienta de trabajo necesaria para realizar el oficio más bello del mundo y el mejor pagado (disfrutar nada más): ser costalero. Pasear a la vecina más ilustre del Barrio del Carmelo es todo un honor y más aún cuando esa Virgen de Gloria te evoca tantos recuerdos, sentires, nostalgias y sentimientos arraigados como los que en mí rebrotan cada 16 de Julio. El insufrible calor vivido bajo el paso se hace más llevadero con una mente concentrada en la Madre de Dios que se va meciendo y que comparte latino nombre de jardín y verso con tu abuela: Carmen. Y más todavía si en el mariano rostro ves reflejada la cara de aquella abuela que de pequeño te llevaba de la mano a ver la procesión de su patrona. Son muchos recuerdos y sentimientos y es un placer y un lujo que cada día del Carmen se viene repitiendo.

Comenzó la jornada de la Festividad del Carmen cuando fui a casa de la Lela a visitarla. Su sonrisa al verme pasar fue de los momentos que más recordé por la tarde-noche bajo el paso. La felicité por su santo y estuve un rato con ella recordándole que era el día de la Virgen del Carmen y que había procesión y verbena. Le dije que un año más sería costalero y me miró con cansados ojos mientras reía. Ella sabe que me acuerdo mucho bajo el paso de cuando era niño y  me llevaba a esa verbena a ver la Virgen y a comer luego una berenjena de Almagro. Es para mí una Gloria muy especial. Todas tienen algo. Toda procesión de Gloria tiene un regustillo que la hace peculiar pero la de la Virgen del Carmen es especial por muchas cosas: su barrio, su verbena, lo que representa, los recuerdos, las evocaciones que despierta en muchos de sus costaleros y tantas y tantas cosas que no atino a plasmar con palabras.

Y hoy quería como todos los años por estas fechas dejar mi pequeño recuerdo a la Reina del Carmelo. Hace un año Gemma estaba en el hospital ingresada varios días y tal día como hoy a estas horas yo estaba allí con ella. Cuello dolorido e hinchado pero feliz. Había cumplido un año más bajo la Ilustre Vecina carmelitana y sabía que pronto saldríamos de aquel lugar. Además el Padre Nazareno fue el que me tendió su mano y desde entonces prometí ser hermano de su familia, cumpliéndose la misiva en mi jura de reglas del pasado Domingo de Pasión. Hoy más feliz todavía. Ayer a través de los respiraderos ví a Gemma contemplando la procesión y buscando entre los pies de los marineros de la Mancha que paseamos a la Virgen del Mar los botines blancos que ella tantas veces ha visto por casa y que sabe que yo calzo. En el relevo estaban mi padre y ella calmando el calor y comiéndose un helado mientras veían lo que tanto amamos los cofrades: cera, incienso y un paso a costal. Estuve con ellos unos momentos y esos momentos son la más pura vida y esencia de quien lleva por bandera su casta y raza costalera. Tener a los tuyos fuera y dentro del paso. En cuerpo y mente. Y ayer estaban. Y entre recuerdos y esperanzas fluían entre oleajes de costal los que fueron y los que vinieron. Gracias por estos momentos, vecina. ¡¡Viva la Virgen del Carmen!!