jueves, 18 de mayo de 2017

UNA SEMANA SANTA ESPECIAL II

Ciudad Real amanecía distinta. El brillo azul del cielo resplandecía en las buganvillas y geranios que adornan los balcones de las calles que formaban la antigua judería de la ciudad y el azahar empezaba a despuntar en los naranjos de la Plaza de la Virgen de las Lágrimas. Era Miércoles Santo y las históricas piedras de los muros del Perchel rezumaban Bondad y Consuelo. Fui rápido a abrir la ventana y respirar aire limpio como vengo haciendo durante los veintitrés años que llevo siendo su costalero y en el horizonte dibujé un sayón y un patricio blandiendo látigos y flagelos, un sanedrita conversando con un soldado romano y tras ello otro legionario de Roma cabalgando sobre un caballo que relinchaba impetuoso alzando sus patas al aire y moviendo sus crines al viento en un día que se sabe glorioso porque llegará hasta la Morena del Prado. Y sobre ello la mirada de un Dios bueno. Sonreí. Y fui desdibujando la escena a la vez que imaginaba un palio granate que avanza saleroso cobijando a una Reina que porta en sus manos una rosa, un pañuelo y un rosario en cuyas cuentas se enumeran por centenas oraciones de los fieles a su paso. Momento de magia el que se avecinaba en las Puertas del Cielo sitas en la Plaza de Santiago Nº 2.Y me di cuenta que no era un sueño. Era realidad de nuevo. Era Miércoles Santo y no había que soñar lo vivido, había que vivir lo soñado. Por la tarde noche tendría lugar. Preparé las armas para la batalla más anhelada del año: una cuna de arpillera para mecer a Dios y una faja de tela para mantenerme firme en la pelea. Y llegó la gloria...

Estaba rozando el ecuador de la Semana Grande cuando el reloj marcó las siete de la tarde y el ambiente cofrade estallaba de júbilo. El hijo de Dios hecho hombre y amarrado a una columna iba a repartir su nombre por las calles. Y yo bajo Él, primera trabajera, zanco derecho. Sentirlo, pasearlo y darle gracias. Saberme privilegiado en un año en el que la hermana más pequeña de la cofradía es mi hija y llevaba en su carrito mi medalla, mientras la medalla de mi abuela, que fuera también hermana, protege el cabecero de mi cama y ya camino del Cielo, junto a Nuestro Padre Jesús de la Bondad, supo que cuando ella marchaba ya estaba en camino otra vida: tráeme una niña, Carlos. Una niña. Ya está aquí, Lela. Mi niña Claudia. Tú arriba con el Señor, yo bajo Él y Claudia viéndonos a los dos. Y recibiendo el Consuelo de una Madre que si mira hacia arriba ve en su gloria a la Patrona, a la que mi hija y tu bisnieta honrará este año por vez primera con su primer pañuelo de hierbas, en una Pandorga que vendrá con recuerdos de cuando tú me llevabas a su vera. Una Semana Santa muy especial. Mucho. Estuve en el mismo Cielo y logré retratar el momento. Que se pare el mundo. ¡Que se pare! En el frontal del paso: Gemma a mi lado, mi hija en brazos y Dios presidiendo el cuadro.

Fue sin duda un Miércoles Santo de ensueño. Cuando los sentires se hacen realidad y los sentimientos embargan y embaucan cuando se les mira como recuerdos y hacen brotar a la nostalgia mientras una sonrisa inconsciente se dibuja en la cara, es que fue algo grande lo que los produjo. Y así ocurrió. Y así me ocurre escribiendo estas líneas. Volví a casa cansado, satisfecho, con el trabajo bien hecho y mi alma con forma de morral manchego llena de sensaciones de esas que no se pueden describir sino que brillan a través de las retinas, como mi hermandad, la Bondad y el Consuelo. Había que descansar. Este año no me iba a Sevilla al día siguiente. Tenía una cita con San Pedro. La Macarena debía esperar mi visita a la que intento por todos los medios no fallar nunca y mientras Ella repartiese su nombre al mundo entero yo estaría cumpliendo una promesa: hacerme costalero del Dios mismo en esta tierra. Costalero del Señor que vive en los muros pétreos de la calle Lanza y que camina con música el Domingo de Pasión y en silencio y poderoso en la Madrugá del Viernes Santo.

Pero antes era Jueves Santo y mi barrio de la infancia bullía de sentimiento como el que tuve en la adolescencia cercano a sus costaleros y amarrado a sus faldones de Caridad perchelera. Llevaba treinta años sin ver desde la calle como espectador las cofradías del Jueves Santo de mi tierra. Desde niño he participado en ellas: nazareno de la Santa Cena, corneta de su banda, miembro del cuerpo de capataces del Cristo de la Caridad, costalero en el Valle de Sevilla, invitado a la presidencia o perdido por Híspalis buscando almas cofradieras. Entre unas cosas y otras tres décadas de mi vida sin ser espectador de las mismas hasta este año. Restan los otros seis años que tengo, apenas con recuerdos, sólo con retazos de Altagracia en mi memoria: las torrijas de mi abuela y de la mano de mi abuelo. Una Semana Santa muy especial. Y tras disfrutar con conocimiento de lo que ofrece un Jueves Santo en las calles de mi Civita Regia, fui a casa de mis padres a cumplir con la promesa. Me vestí de costalero de nuevo y marché con la inocencia, la alegría y el entusiasmo de disfrutar la madera como quien bajo el paso se estrena. Y para mí era un estreno pese a mi raza costalera. Sacaba un paso nuevo, un paso hecho promesa que al posarse sobre el suelo traería la paz a mi cabeza. Un año debía hacerlo. Un año tan sólo. Un año. Como las cosas que pasan en la vida y son historia nada más consumarse. Y se entregan al olvido pero quedan en memoria. Y no sé si porque el capataz lo sabía, porque alguien lo hubiera dicho, si por azar, por destino o porque el propio Nazareno jugó los dados tuve el relevo que quería: Estación de Penitencia a las Hermanitas de la Cruz y entrada para posar al Señor en el mármol de San Pedro. Dos capítulos se llevó mi costal, dos tan sólo: una vida entre mis brazos y una espalda con la firma de Madre Angelita. Se cumplió. Y no lo olvidaré nunca. Podré sacar muchos pasos y haber sacado ya otros tantos, pero siempre podré decir que yo fui costalero del Señor, costalero del Nazareno, costalero del Dios mismo que camina por San Pedro.Y fui feliz en aquella Madrugá bajo Él. Sabiendo que esa noche mi sitio suele ser entre el tintineo de cinco verdes esmeraldas que adornan la pechera de la Esperanza Macarena y el racheo silente y cadencioso del Gran Poder cuando vuelve por la Gavidia y enfila las últimas horas de la noche y los vencejos se desperezan al amanecer el día, me sentí costalero del Dios mismo y le hablé de tú a tú, como se le habla a un amigo.

Para terminar esta Semana Santa especial al día siguiente marché a mi Sevilla del alma. No podía faltar a la llamada que me hace la que vive en San Gil allí donde se unen la calle Bécquer con San Luis, al lado de la muralla y tras el Arco que lleva su nombre. Gracias Mamá por hacerme macareno. Y disfruté de Ella en su paso de palio. Y de las cofradías que tanto me gustan. Disfruté viendo como la Carretería salía bajo un sol de justicia a las calles de Siviglia y como el Cachorro que "nunca ha visto ni Sevilla ni Triana" volvía tan sólo a ver "los balcones y las tejas de la Cava". Y me acerqué al otro lado del puente a ver al Jorobaíto salir de su barrio y marché en busca del recogimiento de San Isidoro por la Alcaicería. ¡Ay, Señor de las Tres Caídas...! ¿Quién sabe? Y la Soledad de San Buenaventura por Arfe. Y la Mortaja por el Duque. Y Montserrat en la vuelta mágica de Doña Guiomar con Zaragoza donde todo se convierte. ¿Y comiste bacalao con tomate? Por supuesto, para eso es Viernes Santo. Y por la tarde compré agua en los puestos callejeros. Era necesario. Y costumbre y tradición. ¿Y hubo pescaíto? Claro que lo hubo. Y almendras fritas de postre. La Isla sin mí no es la Isla. Y yo sin la Isla no concibo Sevilla. Y acabé el Viernes Santo en la entrada del palio de la O. Una Semana Santa muy especial.

El Sábado Santo también dejó recuerdos. La cofradía del Sol llegando a la Alfalfa, los Servitas por las Setas, la Trinidad por la amplitud de Imagen y dentro de la presidencia de mi querida Hermandad de los Panaderos en la puerta de su capilla de la calle Orfila, donde me reencontré con un gran amigo que me ha dado parte de su corazón y detalles que llegan al alma antes de que Claudia siquiera naciera, el Santo Entierro por la Plaza del Duque de la Victoria y la Soledad de San Lorenzo por Jesús del Gran Poder. Hubo tiempo para una segunda vuelta a todas menos al Sol que ya iba de recogía. Me gusta ver los Servitas por el Cristo de Burgos, la Canina por Tetuán y la Soledad despidiendo los días de penitencia camino de San Lorenzo para aguardar la gloria de la Resurrección que cierra la Semana Santa.
Y este año no pudo ser mejor y brillar más el broche de oro. Tras un Sábado Santo muy bueno llegó el Domingo de Resurrección que pone sentido a todo lo anterior. Día de gloria que culmina la Semana más esperada del año. Para mí, el cambio de hora de la lasaliana hermandad no podía ser más acertado. ¡Qué disfrute ver el paso del Resucitado en la estrechez de Francos a plena luz del día y gozar de la Aurora de vuelta con gentío antes de llegar a Santa Ángela! No hay más preciado cierre para el paladar cofrade que clausurar la Semana Grande con la Resurrección de Santa Marina. Esa joven cofradía tiene un áurea especial. Me gusta. Y así cerré una vez más una Semana Santa pletórica y con pleno de cofradías en las calles. Conviviendo con amigos, con familia, con recuerdos, con anhelos, con mi mente entre Ciudad Real y Sevilla y sabiendo que esta Semana Santa especial ha sido de las mejores de mi vida. Muy difícil de superar. Para siempre: ahí quedó.

jueves, 11 de mayo de 2017

UNA SEMANA SANTA ESPECIAL I

De Domingo de Ramos
Este año la Semana Grande ha sido especial. Muy especial. Ha tenido de todo empezando por un precioso pleno de cofradías en la calle y pasando por sacar un paso que nunca había sacado y dejar otro que llevaba sacando diez años. Y por supuesto tener por primera vez a mi hija en brazos en estos días que me dan vida, sensaciones y recuerdos para el resto del año. Y como ha sido todo tan especial no hago sino embaucarme en mil recuerdos y querer dejar todos los posibles plasmados por escrito para que el paso del tiempo no los borre y me ayude a recordarlos en un futuro. Ha sido como digo especial de principio a fin. Una precuaresma preciosa, una cuaresma que he podido exprimir gota a gota convirtiéndola en un saboreo constante para mi paladar cofrade, unos intensos días de vísperas y una Semana Santa que será, sin duda alguna, de las mejores de mi vida. Sólo Dios y yo sabemos lo que ha sido para mí salir de relevo en los pasos y ver a mi niña Claudia. Lo más grande.

Comenzó todo el Domingo de Pasión cuando el Nazareno enfiló la ojiva de piedra de la puerta de San Pedro para caminar por la rampa más cofrade de Ciudad Real y derrochar arte por las calles. Tenía que sacarlo. Tenía que sacarlo un año. Tenía que abrochar nuestra historia de Domingos de Pasión en la que me hice hermano, comenzó a irse una vida, comenzó a gestarse otra, una promesa y una espalda sana. Y llegó el año de mecerlo, de disfrutar de la primera de las vísperas y el primer paso de Cristo que pasea por la ciudad y de aguardar una madrugá diferente. Una madrugá que para mí este año sería mágica: lejana a mi Macarena y al Gran Poder, pero siendo los pies del Señor en mi tierra. Y así fue pero más adelante hablaré algo de ella. Dos retazos nada más. Dos retazos que fueron dos trozos de cielo bordados en mi costal con los que se obró lo anhelado.




Y llegó como llega siempre. Amanecía un espléndido Domingo de Ramos dando lugar a la Gloria del cofrade y a la vez al marchitar de la flor más esperada del año. Una semana que cuenta el tiempo al revés y que rezuma sentimiento desde al arrabal hasta el centro y desde el centro al arrabal salpicando de recuerdos las retinas que la contemplan. Vestido como la ocasión merece y estrenando siempre algo en ese día tan señalado bajé en familia a ver la procesión de la Borriquita, la que significa el inicio de todo. A mediodía me quité las galas y me puse el mono de trabajo que tanto amo: pantalón de costalero, camiseta de tirantes, sudadera de hermandad y botines negros para ser los pies de Dios Cautivo. El Rabí me esperaba. Y yo a Él. Como cada Domingo de Ramos la añoranza me tira un dardo desde la calle Sol pero los sones de Santo Tomás, mis amigos bajo el paso y la Hermandad del Prendimiento, me recuerdan que Dios sólo hay uno y las advocaciones son solo nombres de una misma fe. Y lo que vivo debajo del Cautivo es una preciosidad. Y cada año más.


La siguiente parada en el metro del costal llegaba el Martes Santo al andén de las puertas del Carmelo. Y allí me bajé. Costal y terno negro bajo un Señor de las Penas con oración carmelitana y discurrir añejo y rancio por las calles del centro. Empecé de la mano de Marcelino padre en el mundo del costal, pasaron años y llegué junto a él de nuevo en la cofradía seria y silente del Martes Santo, con amigos, con gente buena, con gente de oficio y raza costalera. Se fueron yendo algunos y el Señor llamó a su vera al capataz, pero seguí ahí con Marcelino hijo, amigo, compañero y también capataz y costalero. A sus órdenes señeras. Y este año, tras ser cuna de arpillera de Nuestro Padre Jesús de las Penas durante diez años, me he retirado de esa cuadrilla y de ese rachear en silencio que empecé de la mano de un padre y terminé en la de su hijo. Cuando posé el zanco del paso en el mármol de la iglesia me invadieron mil sentimientos. Ahí quedó, Marcelino Abenza. Y es que es un Cristo que se le quiere, que se le coge cariño, porque va muy solo, me dijo una vez un amigo. Y es así. Desde que lo conozco los Martes Santo son especiales. Ya no estaré bajo Él pero seguiré a su vera y luchando para que resplandezca la Luz, esa Luz de la Plazuela, esa Luz que habita en el Carmen con su túnica medio abierta y que, quién sabe, si me haría de nuevo costalero de las Penas...


 Continuará en UNA SEMANA SANTA ESPECIAL II...