miércoles, 30 de enero de 2019

LA VIDA SIGUE IGUAL

Todos los años me pasa con Enero lo mismo. Comienzo a soñar la agenda más inmediata que culminará en la próxima Navidad. Van pasando los años e intento ser consciente de que año pasado es año que no volverá. Por ello me afano en intentar exprimir al máximo cada segundo, cada minuto, cada día, cada mes y cada año que se van cayendo del calendario. Y aunque disfruto todo lo posible el tiempo me va ganando la batalla y eso forma parte del juego de la vida. Cuando estamos felices parece que vuela y cuando estamos tristes parece que se detiene, pero, sin embargo, las agujas del reloj van siempre al mismo son como las bambalinas de un palio bien andado. Aún así creo que la mejor definición y, sobre todo, sensación es que la vida sigue igual. En ocasiones el duende del mundo nos toca con la varita mágica de la fortuna y otras veces nos señala con la vara del infortunio pero la vida sigue y hay que seguir saboreándola. Este Enero me disponía a realizar mi agenda y, por cierto, modificada y no poco. Por deciros algo, en Agosto no me iba a ir al Camino de Santiago. Imagináos el cambio. Pero se torció el proyecto de la nueva vida y hubo que volver a hinchar las velas y navegar. Y sí, la vida sigue igual...

Finalmente la agenda quedó como a mí me gusta. Y me gusta así porque es mi vida y me he encargado de irla diseñando poco a poco conforme han ido pasando los años. En Enero algún día de campo y vuelta al senderismo. En Febrero igualás y ensayos. En Marzo despunte de azahar, parihuelas y pregones. En Abril la Gloria cofradiera. En Mayo las romerías y primeras barbacoas. En Junio comienza la vida en el chalet. En Julio limoná, Pandorga y portazo al trabajo. En Agosto vacaciones, Camino de Santiago y familia. En Septiembre las Ferias de mi tierra. En Octubre aventuras quijotescas y retorno a las costumbres. En Noviembre primeros pucheros y caminatas por los bosques. En Diciembre tradiciones y nuevos sueños. Y entremedias seguirán los pleitos, los partidos de pádel, los planes improvisados, algún revés y muchas sonrisas. Así es como pasan los meses y me gusta cada uno como es. Y las estaciones igual. Me gustan cada una con sus peculiaridades. Parece que es siempre lo mismo pero no lo es. Y sí, la vida sigue igual...

Mientras tecleo y voy volcando sensaciones, emociones y deseos que quien bien me conoce sabrá apreciar, retumba en mi cabeza la canción de Julio Iglesias que describe perfectamente este ciclo de la vida en el que formamos parte desde antes de nacer y del que seguiremos formando parte cuando ya no estemos. Hemos concluido trabajos iniciados por otros y alguien concluirá los nuestros. Aunque no nos demos cuenta el sol no para y sigue saliendo todos los días. Hay que aprovechar cada día y sonreír. Seguro que hay algún motivo para ello por difícil que parezca y, si no lo encontramos, el tiempo nos hará verlo cuando sea preciso. De hecho si no lo aprovechamos en su momento, por lo menos tendremos ganas de recuperar ese tiempo perdido y haremos planes, tendremos proyectos, soñaremos y, lo más importante, nos sentiremos vivos y viviremos. De eso se trata. De vivir. La vida sigue igual. La letra de la canción es sabia y no es lo mismo oírla que leerla detenidamente. Hacedlo. Y si la conocéis, cantadla a la vez. Veréis que merece la pena. Unos que nacen, otros morirán, unos que ríen, otros llorarán, aguas sin cauces, ríos sin mar, penas y glorias, guerras y paz. Siempre hay por quien vivir y a quien amar. Siempre hay por qué vivir, por qué luchar. Al final, las obras quedan, la gente se va, otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual...

Esta reflexión viene aunque no lo parezca o no se le note vinculación a mi estado de ánimo porque estoy feliz. Todos los años miro para atrás en estas fechas y pienso que mereció la pena. Y cojo fuerza para seguir enrolándome en proyectos nuevos y seguir manteniendo los que ya tengo. No concibo ahora mismo no sacar pasos con mi gente, no caminar por Castilla, no soñar con seguir afianzando y ampliando mi familia, no seguir aprendiendo de mis mayores su raigambre y sabiduría popular, no visitar de vez en cuando mi querida Sevilla, no bañarme en las aguas del Mediterráneo, no llenar en las fiestas un lebrillo de zurra, no guisar a la lumbre alboronías, no desear ciertos momentos, no luchar por proseguir mi formación y, sobre todo, no dejar de seguir siendo yo. Con el paso del tiempo descubres que el mayor tribunal es la conciencia de cada uno y que cuando una persona al final del día se tumba en la cama a dormir y está tranquila y satisfecha es porque lo está haciendo bien. Lo demás puede seguir o no. Esa persona antes no existía y la vida ya existía. Esa persona dejará de existir y la vida seguirá. Hay que vivir e intentar ser lo más feliz posible. Merecerá la pena. Sonreíd, llorad cuando haya que hacerlo y volver a sonreír. Vivid. Y sí, la vida sigue igual...

jueves, 17 de enero de 2019

RETAZOS DE JENGIBRE EN LA MOCHILA

Todos sabéis de mi amor por el Camino de Santiago. Quien me conoce sabe que vivo tejiendo paralelismos con mis aficiones y la vida real. Cuando tengo un problema lo afronto (o lo intento) como costalero de la vida y no sólo de los pasos: apretando los dientes, tirando para arriba y concienciándome de que la chicotá es dura. Y con la peregrinación igual. Si mi amada Ruta Jacobea ya es de por sí un paralelismo con la propia vida, mis vivencias en la misma me sirven para hilvanar costuras frente al espejo de mi propio día a día. Y es por ello que creo firmemente que, como diría Antxón, al fin y al cabo la vida es caminar. Así pues guardo en la mochila de mi peregrinación por esta vida la mayor parte de recuerdos, añoranzas, melancolías, pinceladas y retazos que al salir de la misma por un rato me dibujen una sonrisa que haga pensar al alma que mereció la pena. Y uno de esos retazos ocurrió esta pasada Navidad. Por eso abro este año el Rincón narrando el mismo ya que, aunque pequeño y cotidiano, el ratito que supuso ese pequeño tramo de camino por la vida ya va incorporado a mi mochila y os garantizo que me hace sonreír a cada instante que lo recuerdo.

Se me ocurrió, lo preparé y lo hice: un agradable rato de cocina con mi pequeña Claudia haciendo navideñas galletas de jengibre. Es muy chiquitina aún pero le encanta ayudar a las tareas de casa como si fuera un juego con papá y mamá, así es que conforme vio que me ponía la chaquetilla de cocinero y la ataviaba a ella con un mandil ya sabía que algo bueno iba a pasar. No os podéis imaginar su cara cuando le dejé todos los moldes metálicos para que los cogiese y jugase mientras le explicaba que íbamos a hacer unas galletas y que luego se podría comer algún trozo. Apunto aquí que tiene tan solo veinte meses y no puede comer todo lo que le venga en gana pero es decirle que al terminar una tarea va a comer algo y le brillan los ojos de ilusión. Así es que cuando jugando con los moldes le dejé los botes de especias y le daban olor a anís estrellado y azúcar vainillado su alegría crecía. Y cuando hice la masa y ella empezó a extenderla con el rodillo ayudada por Gemma ya fue el culmen de su felicidad. La verdad es que nos lo pasamos genial viéndola disfrutar tantísimo. Es por ello que desde el primer momento que lo intuí empecé a hacer fotos de ese rato tan entrañable y decidí compartirlo en el Rincón para que perdurase.


Ahora cierro los ojos y va camino ya de un mes de aquella tarde pero ese retazo ya va guardado en mi mochila. Y hoy colocando las cosas de mi interior en orden ha salido a la luz y he vuelto a saborear esa tarde navideña mientras recordaba la cantidad de veces que hube soñado momentos así. Me gusta, como el Camino, vivir esos tramos de vida tres veces: cuando los sueñas, cuando los haces y cuando los recuerdas. Es la forma más preciosa de mantener la sonrisa por ellos. Fijáos, quienes seáis asiduos a este humilde blog, la cantidad de cosas cotidianas que narro en el mismo. Pues bien, ellas son, de una manera u otra, mi más pura esencia. Quien me conoce lo sabe. Me gusta compartir las alegrías y los triunfos y, para mí, una alegre tarde de cocina con mi hija ya es una alegría enorme y un genial triunfo. Simplemente haciendo aquellas galletas de jengibre se llenó la casa de olor a obrador de dulce y de miradas que brillaban igual que los sueños cuando es Viernes. Ya decía Sócrates que la verdadera belleza está en lo simple. En este caso fueron unas galletas. No más.


En estos días han seguido siendo Pascuas hasta hoy que es San Antón y por eso han seguido cascabeleando por casa los adornos, las luces, los polvorones sobrantes y los recuerdos de la recién pasada Navidad. Pero sin duda, cada Navidad se recuerda por algo. Y ésta la recordaré por ser la primera en la que cocinamos algo en familia típico de estas fechas, haciendo partícipe de ello a Claudia. Ya mismo avanza el calendario y lo mismo os cuento que ha guisado conmigo espinacas con garbanzos e incluso torrijas. Si va a disfrutar tanto como haciendo un ejército de hombrecillos de jengibre merecerá la pena. Y, por supuesto, también sería un bonito retazo que quedaría dulcemente guardado en la mochila de recuerdos del camino de la vida. Al fin y al cabo los recuerdos son de las  más intimas pertenencias de uno mismo que no son materiales y nadie nos puede robar. Y siempre están ahí acechando en la memoria para volver a revivirlas. Y cuando no nos acordamos de alguno es porque está demasiado escondido en la mochila pero, antes o después, aflora. Igual que la sonrisa que lleva aparejada. Igual que la felicidad que tuve una tarde de Diciembre haciendo unas galletas y convirtiendo ese ratito en un trocito de mi historia... ¡Hasta otra!

lunes, 24 de diciembre de 2018

MI QUERIDA SIVIGLIA...

Y llegó el momento de besar de nuevo tu mano en Navidad, Macarena. Y allá que fui y allá que iré siempre que pueda. Hay cosas que no pueden describirse con palabras y una es lo que vibra mi alma cuando está frente a tu atrio. Esta vez no te presenté a nadie pero Tú ya sabes cuando lo haré de nuevo. Y esta vez no entré a la Basílica con mi hija en brazos, entró ella solita andando como cuando su padre tenía catorce años. El macarenismo no se lo dejaré como legado, se lo inculcaré desde pequeña, se lo transmitiré y lo viviré con ella que ya sonríe cuando le digo que vienes preciosa de vuelta por calle Parras. Desde que tenía días la he dormido cantándole que la Virgen de la Esperanza, entre Rosario y Sentencia, bajó del Cielo a Sevilla para hacerse Macarena. No tiene ni dos años de edad y ya te ha visto dos veces cara a cara desde mi regazo. Y a mí me temblaron las piernas cuando entre con ella al turno de besamanos y se te quedó mirando. Te dí en un efímero beso todo mi corazón de nuevo y te pedí permiso para besar la mano de otra dama que vive en Triana. Y no es la que lleva tu nombre, es la que reina en Castilla y su nombre se lee con una letra: O. Ya sabes Tú por qué. Me gusta que la "expectación" baje del Cielo a la tierra a la vez que la "esperanza". Eso sí, cuando #MiNiñaClaudia en vez de darte un beso te cogió de la mano con la ternura, inocencia y bondad de un niño pequeño y yo ví sus deditos entremedias de los tuyos me di cuenta que no hay nada más grande que la Madre del Cisquero. Y esa eres Tú, Macarena.
Así pues mi querida Siviglia, un año más acariciando tus entrañas como la esperanza acaricia las mías, caminando por tus calles desde la muralla hasta Pureza, teniendo muy presente a la hija de un zapatero que uno sesenta medía y hoy ya es Santa en su casa, fui desgranando tus calles camino del Altozano, para ver el reflejo de la esperanza en el Guadalquivir más cercano, allá donde la esencia de un barrio marinero se hace fortín de fe vigilado desde un puente que tiene por faro al Carmen y por zapatas las oraciones que cada día te envuelven. Y de la mano de mi mujer y de mi hija no podía ser más feliz. Ya eres, mi Sevilla, parte de mí. Allí empezó todo: mi amor por la bella perla de San Gil, el primer beso con mi mujer, la esperanza de la esperanza, las promesas de volver a volver, la serenidad del Gran Poder y la felicidad, la risa y el disfrute de cositas tan simples y tan llenas de vida como un cartucho de adobo, una foto en la Giralda, unas luces de Navidad, un cucurucho de castañas y una brisa en la mañana. Este año no ha sido menos y vengo satisfecho de nuevo, soñando con volver a pisarte, de cofrades maneras, cuando llegue Semana Santa.

He tenido ratitos muy buenos con mi pequeña de la mano viendo al Soberano del Miércoles Santo, al Dios de los Panaderos, al que la eligió sin explicación que yo conozca y se vinculó con ella de una forma que solo ellos saben. He vuelto con Ángel Corpas a recorrer las intimidades de la hermandad junto con mi compadre Selu que disfrutó lo que no está escrito en ese rato. Nos vemos en la presidencia, Hermano Mayor. Un placer que el Rabí nos presentara. Ya sabes que el Sábado Santo iré a la capilla a esconderme entre las varas. También he tenido buenas remesas de buen yantar que uno no se olvida de que es de la Mancha y a los Coloniales, la Isla y el Santa Marta me gusta volver como vuelve la gente por Navidad a casa. ¿Qué es Sevilla para mí sin comer su adobo? Hombre, por favor. He disfrutado viendo feliz a mi mujer, llena de esperanza y de vida, y ella viendo a nuestra hija subir por primera vez en cochecitos y correr por la Avenida de la ciudad que tanto ama su padre. Y señalar figuritas de Belén, pedir con descaro patatas en el Patio de Mateos Gago y reír a carcajadas viendo los caballos de la Plaza del Triunfo.

¿Qué quieres que te diga, mi preciada Serva la bari? Por unas cosas u otras esta va a ser mi última entrada en el blog en este gran año 2018 en el que tantos momentos buenos he tenido y tú, Sevilla, eres protagonista de estas letras. No he tenido tiempo para escribir lo que quería y eso que lo tengo en mente desde hace días, pero entre proyectos que he cumplido, otros que estoy ultimando y algunos que estoy empezando no doy más de sí. Y sí, los hay de trabajo, los hay de ocio, los hay personales y los hay familiares. Pero eres así de caprichosa y se ve que hacía tiempo que no te acariciaba con mis letras y lo echabas de menos, puñetera. Tienes muchas cosas que son muy intensas para mí y sabes bien jugar tus bazas. Tus calles, tus plazas, tus rincones, tu barrio de la Reina que lleva el nombre de su nombre, Macarena, mi casa de la calle Orfila, la Placita de San Lorenzo donde vive el Cisquero, el Real Betis Balompié, el lugar donde todo empezó y al que me gusta volver. Sabes que te quiero y que te querré. No hay duda de ello. Me haces feliz, mi querida Siviglia.

viernes, 23 de noviembre de 2018

LEYENDA DEL CISQUERO

Cuentan las calladas y silentes piedras de San Lorenzo a quien las sabe escuchar que en un rincón de la Placita vive un hombre bueno que bien pudiera ser el mismo Dios aunque haya quien no lo crea. Dicen que viste túnica morada y aprieta entre sus manos un madero y que, aunque no lo parezca, sonríe cuando los vencejos vuelan de madrugada y comienza a despuntar el alba. Tiene la cara y las manos muy morenas, casi negras, como los trabajadores del carbón y, por ello, los antiguos sevillanos y algún que otro cofrade culto lo llaman el Cisquero. Se oye que aúna la dualidad que habita en Híspalis en Él mismo. Ni barrio, ni centro. Ni capa, ni negro. Ni Nervión, ni la Palmera. Ni el Arco, ni Pureza. Ni música, ni silencio. El Señor. Y con eso basta. Y no hay hispalense que discuta quién es quien manda en Sevilla cuando de la fe se habla. Lo han visto caminar entre las gentes, arrullar a un niño entre sus brazos, calmar el llanto de la Macarena y hacer sonreír a la Trianera. Se sabe que todo lo puede y que quien lo visita se encoge. ¿Hay alguien que le aguante la mirada cuando en su besamanos te lo encuentras cara a cara?

Se oye que una vez un hombre que iba siempre a visitarlo le pedía con deseo que su hijo se sanase de una mala enfermedad. Tanto fue a su casa a verlo que le hablaba al propio Dios de tú a tú, como a un amigo, como cuando confiesas tus pecados con un ser querido. Y el Cisquero lo miraba con ternura y con pasión, pero escribiendo unos renglones que no los entiende nadie, llamó al muchacho a su vera y lo alejó de la de su padre. Volvió el hombre bueno y lleno de fe a San Lorenzo y mirando al Gran Poder a la cara le espetó el haberle fallado, cosa que él nunca hizo cuando iba a visitarlo. Y juró que no volvería a pisar su casa santa y que si quisiera Él verlo, tendría que apañárselas para salir de su Basílica y encontrarse en su morada. Pensó por una vez que era el Cisquero sólo un cristo de madera y que no tendría el gran poder que lleva por nombre para acometer esa empresa. Y se marchó el hombre llorando por las pérdidas habidas, la del hijo y la del amigo que en San Lorenzo habita y mascando entre su orgullo que no podría nunca el Cisquero aceptar el reto y suturar su herida.
Y llegó la madrugada. Esa que cuando la noche se torna en color de agua anisada y pelean la luna y el sol por alumbrar la mañana, los jilgueros cantan que vuelve el Señor andando, pasito a paso a su casa. Pero aquel año el Cielo pintaba negro, muy negro, como las manos del Cisquero por el color que le dan las mechas de los cirios que le alumbran en San Lorenzo. Y se abrieron las nubes y cayó la lluvia mojando el paso del Señor, su túnica y su barbilla, mientras su mirada dulce buscaba en Sevilla una casa donde resguardarse. Y ocurrió la maravilla. Esa que sólo el Gran Poder puede hacer y que escribió en su mandato para cumplir lo retado sin que nadie lo hubiera imaginado. La Hermandad puso rumbo a unas portadas para proteger el paso, mientras la lluvia arreciaba y la madrugada negra un milagro presagiaba. Llegó la Cruz de Guía a una humilde morada, con un gran zaguán y unas altas portadas. Y vieron que era bueno el lugar para que el Señor parara. Llamaron a la puerta de aquella casa, en la que vivía un hombre bueno que todavía lloraba la pérdida de un hijo al que mucho amaba. Lo despertaron de madrugada. ¿Quién es? La Hermandad del Gran Poder te llama. Y al abrir la puerta vio al Cisquero cara a cara. Había ido a su casa a verlo tal cual como él le retara. Se fundieron las miradas y sobraron las palabras.

Muchas fueron las lágrimas y tintas vertidas por aquella madrugada. El Gran Poder de Dios otra vez manifestaba que sólo Él puede hacer lo que nadie cree que haga. Y esto mismo me pasó a mí aunque no de madrugada. Y por otro motivo. Pero Él así lo quiso y fue una señal que no se olvida. Siempre hube pregonado que cuando mi hija naciera lo primero que haría en la ciudad de Sevilla, sería ir a verla. No podía ser de otra manera. Mi alma macarena así lo quisiera. Llevar a mi niña Claudia allí donde vive la Esperanza debería haber sido la primera hazaña. Sin embargo y sin planearlo actuó de nuevo el Cisquero. Aquí primero. No sé cómo ocurrió ni recuerdo por qué sucedió. Pero mis pasos de alguna manera cambiaron el rumbo de la Macarena y fueron a parar a San Lorenzo, a la Basílica donde vive el mismo Dios con el que me encontré de nuevo. Y de esta manera fue su casa la primera que pisó mi hija. Y después la de su Madre, la que por concordia le cede el puesto y nos lleva en volandas, sin darnos cuenta siquiera, hasta el barrio que lleva el nombre de su nombre: Macarena. Así se las gasta el Gran Poder. Y es que, no lo olvidéis, lo creáis o no, el Cisquero... es el Cisquero. Y será el mismo Dios para el pobre y el enfermo, el mismo que se ve al fondo de una esquinita en San Lorenzo, el mismo que nos ampare en la tierra y en el Cielo.

viernes, 9 de noviembre de 2018

UNA VISITA A MARQUINETTI

Lo primero es lo primero y no es por darme publicidad a mí mismo como letrado, pero todo empezó cuando gané un pleito importante a la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha. Pleitos tengas y los ganes, como dicen los gitanos. Aunque más bien yo diría pleitos tengas y los cobres. Que esa es otra. Hasta que se cobran las costas devengadas y merecidas puedes estar sentado en un serijo y dejar que la barba crezca a su amor. Cuando comiences a parecer un antiguo druida llegará por fin lo debido a tu cartera. Y si es con una administración de por medio procura que el serijo sea cómodo. Así pues hace años que pensé que cuando cobrase el pleito invitaría a comer a toda la familia a algún lugar curioso y que no conocieran. Sí, sí. Años digo. Gané el juicio de marras hace varios años y lo he cobrado hace poco. Y como lo prometido es deuda, barajé destinos y al final me decidí por la pizzería Marquinetti, cuyo chef ha sido varias veces campeón del mundo y de España en diversas categorías. Organicé todo, reservé con antelación y allá que me llevé a mi mujer, mi hija, mis padres, mis suegros y al Tormento, mi hermana, claro. "Atormentando al mundo desde 1990". Es como el anuncio del turrón. Y no para.

Fuimos aprovechado la Fiesta de Todos los Santos y que ninguno teníamos que trabajar. El sitio ya lo conocía y merece la pena. Por eso me decanté por él. Y fue un éxito. Apostar a caballo ganador siempre es un éxito, así es que no me compliqué. El lugar, el personal, el trato, el servicio y el ambiente es excepcional. Y la carta, claro. Era lo principal. Pizzas que jamás imaginarías y con un tipo de masa que no te cansas de comer. Es curioso que todas las comidas cuya base fundamental son los hidratos, las harinas, las levaduras, etc, antes o después te empachan, te dan una sensación de saciedad y de estómago lleno porque la mente se cansa del mismo sabor y consistencia. Es por ello que en ocasiones hay gente que se come varios trozos de una pizza grande y se llena y sin embargo de una pizza artesana puede comerse la pizza entera. Y si es de diferentes pizzas y cada una con una masa distinta incluso más aún. Parezco un maestro del asunto escribiendo esto pero nada más lejos de la realidad. Sólo sé esos detalles por las explicaciones que me han dado algunos pizzeros que conozco a los que les he preguntado al respecto y todos dicen lo mismo: "El secreto está en la masa". Parece un eslogan pero no lo es, es la realidad.Y en Marquinetti igual.

Las elegidas para la visita gastronómica fueron "Fantasía de la Granja" (Campeona del Mundo a la calidad), "Rolling" (Pizza Nº 1 en ventas, homenaje al grupo musical Rolling Stone y que ellos mismos han probado), "Mare e Monti piú picante" (Campeona del Mundo por equipos), "Reina del Otoño" (la pizza emblemática la temporada) y "Mar de Quesos" (compuesta literalmente según la carta por un manchego y cuatro de la Mancha). Todo un festín al paladar. Con que vayáis viendo las fotos os podéis hacer a la idea. No faltó un buen vino de la tierra y unos postres que pusieran un dulce chimpón al atracón de placer pizzero que nos dimos. Aunque hay que decir que quién mejor lo hizo fue mi Niña Claudia con tan sólo veinte meses. Teníamos preparada su comida para la hora de costumbre, tempranito, antes de comer nosotros pues la reserva en Marquinetti era a las 15;15 y confiábamos en que se comiera su potito y se durmiera tranquilamente un rato mientras nosotros comíamos. Pero es inteligente hasta para eso. Llegando a Tomelloso con el coche empezó a ponerse modorra para dormir y nada más aparcar y ponerla en su carrito se quedó frita. ¿Sabéis cuando despertó? Cuando los mayores nos sentábamos a la mesa. ¡Y que se fuera a quedar ella sin comer pizza con lo tragoncilla que es! Nanai. Se desperezó, la pusimos en una trona y disfrutó más que nadie de la comilona probando las pizzas, recibiendo cien caricias y regalando mil sonrisas.

Días como éste, de pequeños homenajes, de felicidad compartida y, sobre todo, de disfrutar de algo que consideras haber ganado honradamente son los que debidamente llenan la alacena de la vida y los que deseo a todo el mundo. Las pizzas, sin duda, así saben mejor. Y si es en Marquinetti más. Recomiendo el lugar como hombre de buen yantar, como cocinillas aficionado, como guisandero en las juntas de amigos y como manchego que admira que un hombre de Tomelloso, corazón de la Mancha, haya logrado ser varias veces campeón de España y Campeón del Mundo. Desde aquí mi reconocimiento y admiración a Jesús Marquina Cepeda, apodado cariñosamente por los italianos con los que se formó en el arte de las pizzas como "Il dottore Marquinetti", de donde toma el nombre su restaurante. Podréis ver en el local los diferentes premios que ha ganado, la escuela de pizzeros que montó y dirige personalmente y el impecable trabajo de su gente. Merece la pena, de verdad. Lo dicho, pleitos tengáis y los cobréis. Y luego a disfrutad un pellizquito con los vuestros en un lugar al que no siempre podáis ir. ¡Y ojo que no sale tan caro como se pueda pensar! No os equivoquéis. Es totalmente asumible. Un capricho no cotidiano pero sí permitido. No os arrepentiréis. ¡Hasta otra!

martes, 30 de octubre de 2018

GALIANOS Y LIMONÁ EN LA VENTA DE BORONDO

No sé si fue entre vasos de limoná o entre cucharadas de galianos pero se me ocurrió la idea. Era buen momento y pensé que sería fructífera en todo. La Asociación Venta de Borondo y Patrimonio Manchego a la que pertenezco e intento ayudar en todo lo que me resulta posible está inmiscuida en dar a conocer la venta de la que toma el nombre (posible lugar conocido por Cervantes en el que se nombró caballero a Don Quijote, edificada en el siglo XVI, manteniéndose aún en pie con su estructura y diseño original, declarada bien de interés cultural, única que a día de hoy se conserva inalterada) y, evidentemente, en la lucha por su mantenimiento y restauración. A la par, la Hermandad de Pandorgos de Ciudad Real se encuentra trabajando para que la Pandorga sea declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional y está realizando actividades y visitas para dar a conocer más ampliamente la misma por todo el territorio. Me pareció genial intentar hacer una convivencia entre ambos colectivos para que el eco que hicieran los medios repercutiera en beneficio común y contacté para explicar mi invento con David Cejudo, presidente de la A.C. Venta de Borondo y con Agustín Cantero, presidente de la Hermandad de Pandorgos. 

La acogida no pudo ser mejor por ambas partes y se concretó que por parte de los miembros de la A.C. Venta de Borondo se guisase un plato tradicional manchego y por parte de los Pandorgos se elaborase una típica limoná. El encuentro tendría lugar en la propia venta y allí pasaríamos toda la jornada de convivencia. Los Pandorgos podrían conocer detalladamente el lugar donde a Don Quijote se le nombró caballero y veló las armas y los miembros de la Asociación Cultural disfrutarían de un colectivo que es embajador de la Mancha y que expande sus tradiciones por donde va, además, siempre vestidos con la indumentaria regional para la ocasión, traje de rico o blusón de faena. En la prensa saldría la Pandorga, la Venta de Borondo, Don Quijote, los pañuelos de hierbas, los galianos y la limoná: Mancha manchega en estado puro. Mejores colectivos, mejor lugar, mejor actividad y mejor ocasión no podía haberlos. Se fijó como fecha el Sábado, 20 de Octubre, y, personalmente  y con una alegría enorme asumí ser el cocinero del evento. Creo que todavía no soy consciente del privilegio que tuve: hacer un plato tradicional y cervantino para gentes buenas de la Mancha y para los Pandorgos en una cocina de gañanes con más de cuatrocientos años de historia y en un lugar íntimamente ligado al ingenioso hidalgo y su escudero. Para mí que amo mis raíces a más no poder era algo fascinante y grandioso. Quien bien me conozca sabrá lo enormemente feliz que me hacen estas cosas.

Y llegó el día. Amaneció amenazando lluvia mientras el sol jugueteaba con los horizontes llanos de esta tierra nuestra. La tarde anterior la pasé picando las hortalizas que me harían falta y cociendo las carnes para deshuesarlas y conservar el caldo para el guiso. En la Venta de Borondo no hay mobiliario alguno y la cocina sólo permite encender lumbre con buena leña. Por eso cuanto más llevase avanzado y preparado mejor. Y así lo hice. Todo comprado, ordenado y listo lo más primordial para hacer unos buenos galianos. El gaznate seco para refrescarlo con limoná cargada de ambiente y aroma de las tardes del 30 de Julio en Ciudad Real. Cogí mi pañuelo de hierbas para anudármelo al cuello, la navaja que llevo siempre al campo y los bártulos que me iban a hacer falta para la ocasión. El morral iba lleno de ilusión y alegría. Reitero: iba a cocinar en un lugar emblemático a más no poder para los manchegos más cerrados, siendo los comensales los socios de la Asociación a la que pertenezco y estando invitados un grupo de hombres muy queridos por mí que viste con todo el amor, pasión y orgullo del mundo las ropas de esta villa nuestra que cobija la Morena del Prado. Todo un regalazo. Cada vuelta que daba con la paleta a la sartén me venían a la mente retazos quijotescos que bien pudieron haber ocurrido donde yo me hallaba...



El caso es que a la sazón de las instantáneas que inmortalizaran la convivencia que hicimos se puede ver el resultado de los galianos y la limoná y de como dimos buena cuenta de ambos. Tengo buenos amigos pandorgos que quedaron encantados con el trato, con el lugar y con el día que pasamos. E igual me ocurre con mis queridos compañeros de la A.C. Venta de Borondo quienes quedaron contentos con la jornada. Una lástima que a estos últimos nos lo haya conocido varios años antes pues el patrimonio humano que conforman es excepcional. Y todos los que nos aunamos ese día para potenciar la Pandorga y la Venta compartimos lo mismo: amor a nuestras más profundas raigambres, a nuestra tierra, a nuestras costumbres y tradiciones y a la Mancha en su más pura y extensa definición. Fue un día que jamás olvidaré y que para mí persona quedará grabado a fuego. Prácticamente toda mi esencia cabe en lo que allí ocurrió: Don Quijote, Sancho Panza, la Virgen del Prado, pañuelos de hierbas, galianos y limoná en la Venta de Borondo. Y el que pueda que empate porque superarlo... no lo supera nadie.

jueves, 18 de octubre de 2018

¡AY, EL MADRID!

¡Ay, Señor! ¡Qué cosas! Yo desde luego no las entiendo. Estos once tipos o dan una lección universal de cómo se toca el balón y se gana un encuentro a base de golear o vagabundean por el campo vistiendo un escudo que no merecen y haciendo gala de una desidia extenuante. Por lo que se ve en el Real Madrid no existe el gris. O blanco o negro. Como el color de sus equipaciones en ocasiones. O se juega de babero o se juega de escupidera. No hay mezcla. Y esto al seguidor de a pie lo trae loco, claro. Es que no es normal. Y creo yo que finalmente estos vaivenes deben ser parte integrante de la más pura esencia del Real Madrid pues basta mirar la sala de trofeos para apreciar que las últimas Champions ganadas han sido en años que el equipo parecía no jugar a nada. Y no precisamente sólo las cuatro de las últimas cinco, tres de ellas consecutivas, sino también otras de antes. Lo dicho. No es normal. Pero así ocurre en el Real Madrid. Cuando todos los que lo aborrecen se frotan las manos viendo que está haciendo una mala temporada, ¡zas!, Copa de Europa al canto. No sé si merecida o no, pero es tan fácil y tan difícil a la vez como que cualquier otro equipo haga lo mismo y sería el vencedor. Y puede ser casualidad una vez. O dos. Pero varias no.


La verdad es que el arranque de la presente temporada no hace augurar nada positivo en cuanto títulos. Y eso que el Madrid empezó fuerte y en su primera cita en Champions pegó un buen recital. Pero luego vinieron varias derrotas seguidas y, lo que es peor y más alarmante, varios partidos sin que el Real metiera ni un gol. Y a eso sí que no estamos acostumbrados nadie. Ni seguidores ni adversarios. El Madrid suele ganar. Las cosas como son. También empata en algunas ocasiones y pierde en otras. Pero siempre se ha reconocido por meter goles jugase mejor o peor. Y ahora nos echamos las manos a la cabeza porque lleva cuatro partidos sin meter ni un solo gol. Y digo yo, ¿cuántos equipos firmarían estar en la posición que está el Madrid y tener la plantilla que tiene pese a llevar cuatro partidos sin ver puerta? Claro, para el madridismo los famosos cuatro partidos suenan a una racha jamás vista pero para otros equipos puede ser hasta lo normal. Al final va a ser verdad que estamos malacostumbrados y creemos que siempre es lo lógico el golear. Pues no. Parece ser que no.

El caso es que un par de días que el equipo juegue bien de nuevo volverán las sonrisas a Concha Espina. Ya se sabe que (por mucho que duela a algunos) el gen ganador va en la esencia del Real Madrid. Y volverán los títulos aunque haya algún año en blanco de vez en cuando. ¿O alguien conoce a un Real Madrid no ganador? Algún título sino varios suelen caer cada año. Y si hay un período en blanco dura poco la sequía. Lo merezcan los jugadores o no. Yo, personalmente, reconozco que hay títulos que no me explico cómo se han conseguido. Los de siempre dirán que por los árbitros. Y eso puede colar una vez. Pero no los ciento y pico años de historia que tiene el club. Lo que es verdad es que nunca hay que dar al Madrid por vencido. Hay veces que a fuerza de garra y creencia han logrado cosas imposibles como las dos ligas de las remontadas o la Champions del minuto 92;48. Así es el Madrid: imprevisible, inesperado, inaudito, capaz de lo mejor y lo peor, ilusionante, desesperante, esperanzador, agotador... Y sobre todo ganador. Lo lleva cosido al escudo.

¡Ay, el Madrid! Ahora estamos en tiempos de esos imprevisibles, inesperados, inauditos, capaces de lo peor, desesperantes y agotadores. Cuidado. Es el Real Madrid. Volverá a ganar. Por empuje, por suerte, por goleada, por merecimiento. Y volverán tiempos mejores. Y cíclicamente volverán los malos tiempos de nuevo. Eso es así. Una ruleta. Pero no lo olvidéis, una ruleta en la que el Madrid no deja de ganar títulos. Más o menos pero no deja de ganar. De ahí el nivel de exigencia. De ahí que a una generación que nos ha dado cuatro de las últimas cinco champions se le silbe. De ahí que el Bernabéu haya pitado a Zidane, a Ronaldo y a todo quisqui. De ahí la desesperación, la falta de paciencia, el nerviosismo y los suspiros. Tranquilos. ¿Existe algún madridista en la faz de la tierra que no haya visto a su equipo ganar títulos? Pues eso. Sean así todas las rachas. No todos pueden decirlo. ¡Hala Madrid!