miércoles, 27 de noviembre de 2019

CERVEZA CASERA. PARTE II.

¡Hola, hola, amigos del Rincón! Estaba la cosa en que la primera fase estaba hecha y quedaba la futura cerveza fermentado en la barrica, con el azúcar y la levadura trabajando incesantemente. Bien, pues os sigo contando. El airlock comenzó a tener actividad y a borbotear, síntoma inequívoco de que el proceso había iniciado bien. No os imagináis la alegría que da cuando se observa que ha empezado la fermentación y está todo correcto. La elaboración de cerveza es un proceso en el cual hay que insistir terca y cabezonamente en la higiene y la desinfección, sin saber el resultado final hasta la primera cata seria tras el embotellado. Por eso, los pequeños triunfos que van surgiendo durante toda la elaboración son tan celebrados, pues son clarísimos indicadores de que, por el momento, va todo bien. Ahí radica mi felicidad cuando ví burbujear la válvula airlock. El fermentador estaba activo y la elaboración de mi primera cerveza casera iba correctamente o, como dicen las notas de un estudiante de primaria, progresa adecuadamente. Y aquí entra en juego la paciencia. Además con doble dosis: hay que dejar que la levadura haga su trabajo y hay que condescender con todos los que te dicen "quiero probarla". Y claro, ni la levadura coge el ritmo que nos gustaría ni la cerveza se puede probar aún. Hay que seguir, con paciencia y cariño.

Es recomendable ir apuntando las fechas y evolución de todo el proceso en una libreta. Yo no lo hecho porque como buen manchego soy cabezón físico y psíquico. Tengo cabeza para guardar todos los datos sin problema y también para ponerme una gorra del tamaño de una paellera. Pero no es excusa. Hay que tomar notas para que no se escapen detalles. En futuras ocasiones, pues estoy convencido de que las habrá, lo iré apuntando todo. En nuestro caso la elaboración comenzó un Domingo, el día 10 de Noviembre, se añadió un kilogramo de azúcar al mosto, la gravedad inicial de la cerveza era de 1042 y se incorporó la levadura para que actuase, al menos, durante una semana. Transcurrida la semana, Domingo 17 de Noviembre, la gravedad que ofrecía el densímetro era de 1015, seguía habiendo fermentación y aunque ya se podía añadir el lúpulo decidimos esperar tres días más. La cerveza que estamos haciendo, una Helles con dry hopping, necesita un tiempo mínimo de diez días de proceso antes del embotellado, siendo siete de ellos de fermentación y tres de aromatización. Para ello es preferible seguir tirando de paciencia y dejar que la cerveza fermente  a su amor pero siempre entre temperaturas de 16 a 25 grados. Yo la he mantenido entre 18 y 20 constantemente. Y si a los siete días y tomando una muestra se debe seguir esperando, pues se espera. Todo sea por el resultado final, como en las paellas. ¡Ah! Y no hay que desesperarse buscando a cada momento que probemos una muestra un sabor perfecto porque de lo contrario abandonaremos el proyecto. Cada vez que he medido densidad he aprovechado para probarla y casi lloro creyendo que se había ido la aventura al traste. Pero no. Hay que seguir. Paciencia es la clave, no lo olvidéis si los que leéis estas vivencias os decidís por haceros con un equipito de fabricación de cerveza casera.




Transcurridos tres días más desde los siete primeros de fermentación, esto es, al décimo día, volví a comprobar la gravedad de la cerveza y arrojó un resultado de 1010. Era idóneo para añadir el lúpulo así es que para dentro que fue. Era el Miércoles, 20 de Noviembre. Se ve que el fermentador recibió de buena gana los pequeños gránulos de pellet del lúpulo pues la válvula airlock cogió una actividad imparable. ¡Qué de burbujas y gases salían por ella! Otra vez una alegría enorme. Íbamos dando los pasos poquito a poco pero todos bien. Ésta vez sí, se iba acercando el final. Ya estábamos en la última fase antes del embotellado. Había que esperar (¡cómo no!) unos tres días como poco para que el lúpulo hiciera su efecto, desprendiera su aroma y cumpliera su misión. Eché cuentas y calculé que para el Domingo 24 sería un buen día para el embotellamiento. Habría durado la parte de elaboración casi quince días. Eso es un tiempo perfecto antes de afrontar la parte de última fermentación con dextrosa y ya en botella que se lleva otras dos semanas. Luego hay que esperar otra más de refrigeración natural en un sitio algo más frío y, por fin, se pueden meter algunas en la nevera y disfrutar la creación.

Entre fechas y fechas, muestras y muestras y días y días llevé a cabo la faena más laboriosa y delicada: la limpieza y desinfección de las botellas a utilizar. Ahí sí que hubo momentos que el cuarto de baño convertido en bodega-laboratorio-fábrica parecía una desastrosa zona de zafarrancho de combate. Por el suelo había agua, solución desinfectante, cepillos, las cajas de los tercios, botellas mojadas, botellas secas, botellas escurriendo, botellas en la bañera, botellas en un capacho con agua y jabón desprendiendo las etiquetas, etiquetas en la bañera, en el suelo, en el lavabo, pegatinas de Heineken, de Ámstel, de Cruzcampo, etc. Una locura. Pero, vaya, una locura que se soluciona con trapos, cubo y fregona en un ratito y se queda nuevamente en orden. De hecho el cuarto de baño ya ha sufrido vorágines de esas cuando me he puesto a guisar aceitunas u otras faenas de campo que tanto me gustan y que debo acoplar y adaptar a mi pequeño espacio urbanita. El caso es que tras tener todas las botellas listas y la cerveza en perfecto estado de fermentación, graduación y aroma, procedimos a valernos del chapador y las propias chapas y, añadiendo la justa proporción de dextrosa en cada botella, fuimos cerrándolas y agitándolas una a una. Ahora reposan ya debidamente apiladas y en cajas esperando su turno de ser refrigeradas y consumidas. Parece jaleoso y trabajoso pero merece la pena. ¡Animáos y haced la vuestra! No es tan complejo.

Concluyendo, ha sido una gran aventura compartida con mi hermana en la que nos hemos iniciado e este mundillo, hemos aprendido términos cerveceros, hemos trabajado a la par y hemos disfrutado de esta empresa. El resultado final no lo sabemos a ciencia cierta todavía. Hay que... esperar. Me da pereza hasta escribirlo pero así es. Esperar, esperar y esperar. Luego merece la pena, ya os lo he dicho. Pero cuento con la certeza de que hemos ido haciendo todo correctamente y que la prueba final antes del embotellado fue positiva en aroma, sabor y graduación. ¡Ah! 4,2 grados tiene nuestra cerveza. No ha salido mal para ser la primera. Una pena sería que la tan temida contaminación que hemos ido laboriosamente esquivando durante todo el proceso hiciese acto de presencia en la fase final, pero no lo creo por lo concienzudos que hemos sido con ello. Para antes de Navidad tendré la nevera llena así es que ya sabéis... Os compráis un kit y la hacéis. ¿O pensáis todos venir a gorronear?  Jajaja. ¡¡Hasta otra!!


lunes, 18 de noviembre de 2019

CERVEZA CASERA. PARTE I.

Me llegó la cosa de rebote y sin esperarlo, como suelen llegar las aventuras nuevas y las invitaciones a los retos. Estaba tranquilo en casa y pitó el móvil. Un whatsapp de mi hermana diciéndome que podíamos hacer cerveza casera. Que lo habían visto ella y mi padre en televisión y les había llamado la atención. No sabía ni por dónde cogerlo. Jamás me lo había planteado, ni sabía lo más mínimo de ello pero, como siempre estoy entretenido con algo, le dije que cuando terminase las empresas que traía entre manos podíamos verlo. Así pues culminé mis tareas de guisar aceitunas y hacer pacharán durante esos días y me dispuse a indagar sobre el asunto y empaparme algo del tema. ¡Menudo mundillo! Debe ser una afición con arraigo y muy extendida porque hay infinidad de información sobre la misma. Mi mente no daba a basto asimilando términos al respecto: fermentador, lúpulo, extracto de malta, dextrosa, airlock, chapador, etc. Y todo ello venía en el mismo kit para iniciarse. Sí, sí, para iniciarse. Los kit cerveceros para gente que ya sabe son alucinantes. Yo no era capaz de procesar todos los datos pero iba surgiendo en mí la atracción del reto y la aventura: hacer mi propia cerveza. Mi hermana tan feliz añadía más ganas ideando ya el poder embotellarla y ponerle etiquetas personalizadas. Y para colmo, el precio de un señor kit bien completo que incluía todo el material necesario y los ingredientes para hacer prácticamente veinticinco litros de cerveza no era nada caro. Mi mujer, la pobre, estaba ajena a mi mente maquinando estas trastadas. Vamos allá y ya veremos por donde sale la cosa, pensé. Y en eso estamos.

Primera tarea. Adquirir el kit, identificar las piezas, montarlo y recibir las sorpresas no esperadas. Es que en este universo de cerveceros caseros hay mil cosas y cuestiones que no sabes que te van abordando sobre la marcha. Forma parte de la aventura el ir poniendo soluciones a lo que surja, claro está. Y me surgieron dos primeros impedimentos que hube de superar con paciencia. El primero fue mi mujer. Y, ojo, no la culpo. Me aguanta mil aficiones y recibir la noticia de que pretendes convertirle una parte de la casa en un especie de laboratorio y fábrica de cerveza no debe ser muy ilusionante. Máxime cuando tienes una niña pequeña de dos años y medio de edad campando a sus anchas por todos los rincones del hogar y puede haber como novedosa atracción un fermentador de unos treinta litros, probetas, un hidrómetro, dextrosa, botellas, un chapador, etc, aunque intentaría que no fuera así y hacerlo en otro lugar. La solución fue seguir estudiando el asunto, ver cómo aminorar problemas y cargas y trastear lo menos posible en casa. Cuando me empapé bien de todos los pasos a dar y ví que la elaboración tiene sus complejidades pero es en momentos puntuales cuando más guerra da, me lancé a comprar el kit, pensando que en "El Gañán" (nuestra cocina campera del chalet) podría hacerlo todo. Elegimos un buen kit de iniciación, uno en condiciones, claro está. Si nos ponemos, nos ponemos bien. Lo consensué con mi hermana, culpable original de todo este embolado y, no sin antes tomarme dos pacharanes para envalentonarme del todo y agregar algo de premeditación y alevosía al caso, pues Gemma aún refunfuñaba cuando le hablaba del proyecto, hice el pedido on line. El daño ya estaba hecho y el paquete en camino.

La segunda tarea fue más compleja. Una vez que recibí el material descubrí una noticia que yo hasta entonces ignoraba. La cerveza en su fase de fermentación ha de estar en un determinado rango de temperatura y, en "El Gañán", eso no podía lograrlo, pues en estas fechas de frío la levadura no haría el efecto deseado al estar la estancia a menos de quince grados. Había que buscar otro sitio. Bueno, buscado estaba. En casa. No quedaba otro remedio. Pero explicarle a mi mujer que lo que tenía que montar en la cocina campera iba a ir a parar a casa y por qué era ardua misión. Y no tenía escapatoria. Tenía el kit en el coche, los ingredientes, todos los bártulos y había que darle salida. Finalmente logré que Gemma me dejase instalar los aperos en uno de los cuartos de baño. Y, esta vez sí, logré montar todo, ubicar las piezas y empezar a funcionar. En realidad, no miento, no ocupa tanto y se trata sólo de tenerlo todo en orden, limpio y cada cosa en su sitio. Es verdad que el hacerse con botellas, limpiarlas y tenerlas preparadas para la fase de embotellado es más engorroso. Tened en cuenta que la aventura en la que me he embarcado es la de hacer casi veinticinco litros de cerveza y hacen falta muchas botellas para guardar esa cantidad. Y limpiarlas, desinfectarlas, quitarles las etiquetas, etc. En fin, en las fotos podéis ir viendo cómo está el cuarto de baño. Y, creedme, no es para tanto y algunas imágenes son de momentos puntuales.

Finalmente he de decir que el laboratorio y fábrica de cerveza me va a tener el baño medio ocupado durante más o menos veinte días. Pero lo tengo totalmente utilizable y ordenado. Faltaría más. Y el resultado seguro que valdrá la pena. Seguramente para un poco antes de Navidad esté lista mi primera cerveza casera. Si sale todo bien quizás me embarque en hacer más tiradas e incluso crearme una propia birra y etiquetarla. Me trae de cabeza el lograr una cerveza negra que se bebe con sprite que me recuerda a mis tiempos de hace unos años en un conocido pub irlandés de Ciudad Real. Y creo que perseguiré la idea hasta lograrlo. De hecho tengo en mente ya varios bocetos de nombres y diseños para la cerveza. Veremos a ver cómo va todo. En cuanto a esta primera vez decir que la cosa va bien. He empezado con una elaboración no demasiado compleja en la que mi hermana y yo mezclamos extracto de malta con agua y le disolvimos azúcar y levadura para que comenzase la fermentación. Cuando baje la graduación inicial y para terminar el proceso de fermentar hay que añadir unos lúpulos y dejar que actúen unos días. Después embotellaremos con dextrosa y dejaremos reposar. Pero esto ya os lo contaré en otra entrada. De momento hay que continuar la espera y ver como el fermentador va convirtiendo en cerveza los ingredientes que le pusimos. Hay que tener paciencia. Es la clave del éxito de esta empresa. En la segunda entrega de esta aventura os daré más detalles y os contaré cómo ha ido todo. ¡¡Hasta otra, amigos!!