martes, 30 de noviembre de 2021

OS NECESITABA

Fue la Oración en el Huerto pero podía haber sido otra cualquiera la que me hizo volver a disfrutar. Algo para los cofrades, para mí, tan normal como que los pasos salieran a la calle con sus costaleros debajo, su incienso delante y su banda detrás, dejó ser normal en Marzo de 2020. Desde entonces, de una manera u otra, me he encontrado vacío. ¿Dónde estaban mis queridas cofradías? ¿Qué pasó con aquellas gentes de raza costalera? ¿Cuándo volverían a sonar cornetas por las calles? Ese sagrado y repetido ritual anual de soñar lo vivido durante cincuenta y una semanas para vivir lo soñado durante una semana que cuenta el tiempo al revés, se desvaneció sin esperarlo y sin saber hasta cuándo. Pasamos a muy duras penas la Semana Santa de ese año que será imborrable de la sección trágica de la historia actual y depositamos nuestra esperanza, esa que nunca se pierde y que tiene su faro en San Gil, en el año siguiente e, inclusive, lo más optimistas en alguna procesión de Gloria como bien podría haber sido la Virgen del Carmen en plena campaña estival. Pero el 2020 se consumió, contradiciendo al refrán, con pena y sin gloria y el 2021 se nos presentó con un carácter igual o peor que su compañero anterior. Llegó la Cuaresma y seguimos sin rastro de cofradías en la calle. Es más, algunos visionarios empezaron a vaticinar que hasta 2023 o más no volveríamos a oír la voz "¡A esta es!" por las calles. Y mientras tanto venga a seguir soñando lo vivido y sin vivir lo soñado.

Entre tanto, el entrañable Angelito, "el aguaó", nos mantuvo vivos y soñadores con el grito "¡Cofrades a la calle!". Y entre bromas y chascarillos, nosotros mismos con y sobre nosotros mismos, poco a poco y sin creerlo, una de dos, o hemos vuelto o estamos volviendo. Y aquí es justo mencionar al Gran Poder. No fue el primer paso que salió a la calle con pandemia de por medio o post pandemia, ya no lo sé, pero sí fue Él la primera imagen penitencial que pisó las calles de nuevo. Entiéndase por calles las reales y las figuradas. Las reales de la Muy Noble, Leal, Heroica, Invicta y Mariana ciudad de Sevilla, con sus cinco títulos, cuna cofrade por antonomasia y las figuradas, aquellas conformadas por los sentimientos de todos y cada uno de los cofrades que vimos, por fin, el retorno de lo nuestro. Y tuvo que ser Él. No podía ser otro. El Señor. El Gran Poder. El caso es, como decía, que o hemos vuelto o estamos volviendo, porque ya han sido varios los pasos en salir a la calle como los buenos cocidos, "con tós sus avíos". Hemos vuelto a ver juguetonas volutas de incienso perderse hacia las nubes perfumando las plazoletas, hemos vuelto a escuchar el trote de los caballitos en las palilleras de las bandas, hemos vuelto a oír la voz rota de un capataz gritando "la derecha alante" y hemos vuelto a ver, bajo los faldones, los racheantes pies de la gente del oficio costalero.

Lo cierto y verdad es que cuando disfruté de Él en mi amada Siviglia y este pasado sábado volví a ver a mi gente cofrade y buena llenar las calles de la Civita Regia, unidos en torno, dentro y fuera, de la Extraordinaria de la Hermandad de la Oración en el Huerto, me di cuenta de que realmente os necesitaba. A vosotras os hablo, cofradías. A vosotras y a lo que englobáis aunque os mezcléis con el Tiempo de Adviento y los adornos navideños próximos a encenderse. A la sonrisa de un costalero en su relevo, a la mirada de un niño hacia el redoble de un tambor, a las caras conocidas que nos saludamos en cada revirá entre la travesura y la esperanza, al ambiente, a la música, al cielo que hasta parece distinto cuando un paso cruza el umbral de salida. Fui feliz. ¡Volvieron las cofradías! Ya no sé, tomen nota aquí si quieren llamarme luego precavido o asustadizo, pero sepan que más bien lo que tengo es hartazgo político-clerical y profundo odio a los medios terroristas de información que se dedican a asustar a viejas, tomen nota, decía, de que dentro de mi felicidad cabe el pavor de que éstas salidas procesionales más que haber sido las primeras de nuevo, hayan sido las últimas otra vez. ¡Qué viene, qué viene! Ya están los mandamases disparando los niveles de los números de contagios sin decir la verdad: que contagios va a haber ya siempre pero el efecto de los mismos ya no es el que era. Claro, suspender las cositas es más fácil. Ya me entienden.

Así pues, lo dicho. Os necesitaba. Os necesitaba de verdad. Sois una gran porción de mi forma de vida. No sé mirar un calendario si no me detengo en el mes de Abril, no sé pasar un día sin silbar una marcha o pegar un cambio de costero conforme ando por el pasillo de casa imitando un misterio, no sé dejar de soñar con la candelería de un palio cuando viene de recogida al calor de su barrio, no sé quitarme ese antojo de sabor tradicional de torrijas y bacalao de Viernes Santo mientras descuento los Viernes de Cuaresma entre fogones de vigilia, no sé vivir, en definitiva, sin cofradías. He vivido estos años sin ellas, pero sin saber vivir, sin sacar el costal a repetir su ritual de paño con paño y tres vueltas y media. No sé si me entendéis lo que expreso pero estoy seguro de lo que transmito. Os quiero, cofradías. Ojalá no volváis nunca a desaparecer de mi rutina y recuperemos ese sueño de once meses y tres semanas que nos hace despertar en una Semana Grande y mágica, la que nos da la vida, la que tiene dos Domingos, por falta de uno, en los que estallan el júbilo y la melancolía. Os necesitaré a mi vera tanto como os necesito día a día. Me he dado cuenta en vuestra ausencia. Os necesitaba.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EL GURRAPATO

Decidí llamar "gurrapato", cariñosamente, a un garabato que me acompañará de por vida. En realidad creo que ya venía haciéndolo desde que me inicié en este mundillo jacobipeta de peregrinar a Santiago, pues su significado y simbología forman parte de mí tanto como yo de él. Siempre digo, en memoria a Antxón, que, al fin y al cabo, la vida es caminar. Y allá donde haya un peregrino con mochila y bordón, hay algo de mí. De este modo y habiendo alcanzado la meta de la Catedral que preside el Obradoiro el pasado 14 de Agosto, tras culminar un largo y duro camino iniciado en el Somport francés y haber logrado en cuatro veranos, pandemia nefasta de por medio, llegar a los restos del apóstol, sea Santiago o Prisciliano, decidí grabarme físicamente, pues mentalmente ya lo llevo, a modo de peregrino escondido, un garabato que representase el peregrinar con mochila y bastón y no siempre con el terreno a favor. Dos formas tenía de hacerlo: o grabándomelo a fuego como cuando se marca un ternero o tatuándolo per saecula saeculorum. Lógicamente la primera fue desechada al instante con una carcajada como la que se me escapa al teclearlo. Y reducidas las opciones a una sola, quedaba la incógnita despejada. O al menos de tal guisa lo aprendí en séptimo de E.G.B. cuando estudiaba matemáticas. Así pues, con más miedo que quince abuelas sueltas por las calles de Pamplona en San Fermín, decidí marcarme en la piel lo que atiné en llamar, como antes decía, "el gurrapato".

Decidido a hacerlo, busqué un peregrinillo que se adaptase a lo que yo quería, que no diera mucho la lata su elaboración, que tuviera un tamaño pequeño y que pudiera verse o no dependiendo de la vestimenta o, incluso, de mi posición corporal. Buscando por la red cibernética encontré un garabato muy sencillo y que da el perfil total de lo que pretendía. No es laborioso de dibujar y refleja un caminante con mochila y bordón caminando ligeramente hacia arriba, lo que denota el esfuerzo de las cuestas previas a la recompensa. Una precisa y preciosa metáfora de la vida. Contacté con un amigo tatuador y le dije lo que pretendía. Aquí debo reconocer que su asombro y sorpresa fueron grandes pues nunca he sido yo devoto de pinturrajos en la piel, cosa que él sabía. Sin embargo, tras este gran camino que ha marcado mi vida en muchas cosas, quise llevar un recuerdo del mismo siempre, además del interno que perdura en corazón y alma. Fueron tantas las penurias atravesadas esta vez desde que iniciamos la andada, más allá de la frontera con Francia en Somport, que al llegar a Santiago de Compostela, mi  padre, Iñaki y yo fuimos conocedores que de los quince peregrinos que iniciamos la aventura en aquel verano de 2018, éramos los tres únicos que la habíamos concluido. Increíble. Es de los detalles que me han llevado a tatuarme. Y otro aliciente, también, ha sido que éste habrá sido, sin duda, el último gran camino de mi padre, quien se inició en este mundillo jacobeo conmigo, con la esperanza de enfrentarse alguna vez a la subida de O Cebreiro y, resultando que, finalmente lo ha coronado tres veces y ha llegado al Obradoiro en cinco ocasiones, saliendo una desde Sarria, otra desde Ponferrada y tres desde el extranjero, en concreto dos desde Francia (Saint Jean pied de Port y Somport) y otra desde Portugal (Valença do Minho).

De esta manera y estudiado todo al detalle, comenzó la historia del gurrapato. Decidí que lo marcaría en mi piel el día 14 de Septiembre, fecha mágica por muchas coincidencias: se cumplía un mes de la llegada a Santiago, es el número de la suerte de mi mujer y mi suegro, la suma de ambos dígitos es de los números más alegóricos del temple, era el día de la Exaltación de la Cruz y la fecha en que empiezan la Feria en Bolaños de Calatrava en honor al Cristo de la Columna, siendo en su ermita donde me casé y teniendo la imagen una íntima relación con mi cofradía de la Flagelación de Ciudad Real, el tatuador sería el mismo que en su día grabó las alianzas de mi boda y, su joyería antes y ahora estudio de tatuaje también está en Bolaños. Una concatenación de casualidades, mensajes y caprichos que hacían que ese día fuese el idóneo para ello. Y así lo fue. Nació el gurrapato el día 14 de Septiembre de 2021. Debía estar escrito que así fuera.

Llegado el momento, decidí que fuera en una pierna y no en la muñeca como estuve barajando. ¿Qué lugar más representativo para un peregrino que las piernas con las que recorre el camino? Eso sí, estaría en la cara interna, protegiendo yo con mis pasos los suyos y más cercano al corazón por todo lo que significa. No hace falta que se le vea mucho. Todo estudiado al detalle. Lo presentamos en su escogido lugar caminando frente a mí en vez de a mi mismo sentido, símbolo del que el peregrino me "camina" a mí y yo camino con él. Vamos, lo que antes decía, mi querido Camino de Santiago forma tanta parte de mí como yo de él. Allá donde haya un peregrino, estaré yo. Allá donde yo esté, estará un peregrino. Y cada punzada de tinta inyectada en mi piel convirtió para siempre a mucha gente que el Camino de la Vida me ha regalado en parte de mí. Todos los que vivís en mi corazón y mente formáis parte del gurrapato. Así pues, pido perdón por adelantado por si me dejo a alguien, aunque los olvidados sin querer siempre me vendrán a la mente, de un modo u otro, cuando vea de nuevo la sombra del peregrino escondido en la Plaza de Quintana. Que sepáis que os llevo conmigo y siempre estaréis en mis pasos: Papá, Mamá, Ana María, Chiquitilla, Claudia, Lela, Abuelo, Iñaki, Isis, Gonzalo, José Ramón, Paco, Alberto, Jesús, Eva, Patorracas, Móstoles, Alicante, Luisito, Carlos, Sergi, Julia, Montse, Miguel, Milena, Amanda, María, Alba, Nieves, Luisete, Rubén, Fran, Gloria, Santi, Gemma, Paulina, Bea, Raquel y Bego.