viernes, 30 de octubre de 2015

TOMÁS, EL ÚLTIMO TEMPLARIO

El Camino de Santiago es especial para mí. Quien me conoce lo sabe. Amo el Camino. Es mucho más que caminar. Es reír, es llorar, es sufrir, es enorgullecerse, es asumir el reto, es lograrlo, es superarse, es hundirse, es levantarse, es abrirse, es cerrarse, es vivir, vivir a tope las emociones y sentir con los cinco sentidos lo jamás sentido antes. Y dentro de los caminos soy fiel al de siempre, al mítico, al mágico, al de los secretos, al de las mil historias, al que es la madre de todos los caminos, al real Camino Francés. Lo conozco bien y él me conoce mejor a mí. He recorrido todas sus etapas desde Saint Jean Pied de Port hasta Santiago de Compostela, algunas incluso tres o cuatro veces y jamás me canso de hacerlo. Todavía le debo muchas letras al final de mi gran camino, a esa aventura que inicié en el año 2013 y he concluido este verano, a esas etapas que me han llevado desde León hasta Compostela. Pero antes de realizar esos escritos debo dar paso a otros. El Gran Camino Francés me atraía por muchas cosas y cada vez me atrapa más por motivos que él mismo ha ido enseñándome e incitándome a conocer a través de mis caminatas. Y esta última aventura ha sido especial porque pasaría por vez primera por lugares muy emblemáticos para los peregrinos y que yo todavía no conocía, como La Virgen del Camino, Hospital de Órbigo, Astorga, Foncebadón, la Cruz de Ferro y Molinaseca. Varios de ellos vienen reflejados en el Códex Calixtinus y tenía ganas de patearlos. Y entre ellos había un sitio y una persona que todo peregrino que se precie conoce o ha oído hablar de ellos. Historia viva y resucitada del Camino. Hablo del municipio de Manjarín y de Tomás, el último templario. Estos párrafos son para ellos y para inmortalizar aquella preciosa etapa.

Amanecimos en Foncebadón tras una jornada anterior durísima. La etapa que habíamos hecho fue Astorga - Foncebadón y los últimos kilómetros entre Rabanal del Camino y nuestro destino fueron terribles. Desgarradoras subidas entre piedra viva con un sol infernal que nos castigaron muchísimo física y moralmente. Pruebas de esas que el Camino te pone y que luego recuerdas con un cariño especial diciendo "yo lo hice" en un claro auto-homenaje que implica "lo logré". Nos quedaba subir algo más de terreno y coronaríamos el techo del Camino de Santiago: la Cruz de Hierro. Era una etapa que se antojaba carismática y con ganas de ser recorrida por todos los momentos inolvidables que depararía el día. Se notaba en el ambiente y se presagiaba entre nosotros: coronar el Camino, los vertiginosos descensos por El Acebo y Riego de Ambrós, atravesar Molinaseca y alcanzar Ponferrada. Y todo en el mismo día. Y, por supuesto, teniendo el punto de interés puesto en Manjarín, el Refugio Templario y Tomás, ultraconocido por los caminantes. La jornada se presentaba preciosa y singular por poder alcanzar dicho lugar y conocer al llamado "el último templario", conversar con él, visitar la zona y hacer fotografías que perduren en el tiempo con ese aroma que antes decía de "yo lo hice". Y sí, señor, lo hice. Lo hicimos. Mi padre, Iñaki y yo llegamos a Manjarín, sonó la campana tocada por el propio Tomás dándonos la bienvenida, lo conocimos y estuvimos allí.

En un lugar inhóspito de montaña con unos climas extremos tanto en verano como en invierno, en pleno Monte Irago donde la Maragatería da paso al Bierzo, hubo un municipio pequeño llamado Manjarín, el cual quedó abandonado hace varias décadas, siendo la última construcción en derrumbarse una vieja escuela sobre la cual, años después, Tomás ha ido construyendo un refugio para peregrinos. En la actualidad despoblado y con un pírrico censo de nueve habitantes, de lo que es el pueblo no queda absolutamente nada y las únicas construcciones rudimentarias que existen en el lugar son las levantadas por Tomás, siendo eminentemente medievales y con unos servicios justos y precarios. Los peregrinos allí hallarán un albergue muy conocido en el Camino, pero no encontrarán en él ni lavabos ni duchas, aunque sí un lugar para refugiarse de las terribles inclemencias del tiempo. Serán recibidos a toque de campana con un vaso de café, agua o caldo y podrán descansar en la tosca construcción, rodeados del aura mágica y la fuerza telúrica que emana del lugar, donde existe un panel con las distancias hacia los grandes lugares de peregrinación como Jerusalém, Roma, Machu Pichu y el propio Santiago de Compostela. Además, claro está, disfrutarán de una curiosa conversación con Tomás Martínez de Paz, el templario, hospitalero y constructor del refugio allí enclavado.

Tomás, apodado "el último templario" reconoce no ser cierto su mote, pues según nos contó el Temple está vivo y existen varios círculos de caballeros templarios repartidos por el mundo por lo que, evidentemente, él no es el último caballero templario. Sintió la llamada del Temple en Ponferrada hace más de veinte años y desde entonces se convirtió en templario y hospitalero del Camino. Estuvo colaborando con otro mítico personaje del Camino como es Jesús Jato en el Albergue que éste mismo creó con sus propias manos, el Ave Fénix, sito en Villafranca del Bierzo. Estando allí llegó a sus oídos una anécdota de un peregrino que se perdió por el tramo de camino entre Foncebadón y El Acebo y no halló cobijo pues se encontraba desprovisto de todo tipo de refugio, albergue o punto de parada. Esto hizo que Tomás se instalase en Manjarín, situado entre esos dos citados pueblos y diera cobertura hospitalaria a ese largo tramo carente de dotación. Revivió y resucitó el despoblado municipio y construyó el refugio templario dando cobijo a los peregrinos. Es cierto que el lugar desprende una energía extraña y merece que todo peregrino se detenga un ratito allí. Tomás tañe una campana cuando avista a los peregrinos para que estos se guíen por el sonido hacia el refugio, al igual que hacían los antiguos templarios los días de niebla o tormenta de nieve para evitar que se perdieran los caminantes o para atraer a los ya perdidos hacia el cobijo del albergue. Echamos un buen rato charlando con él en lo que es sin duda uno de los rincones más fotografiados del Camino.


Hoy repasando mis vivencias camineras me he acordado del buen Tomás al que tuve el placer de conocer y no he dudado en verter estas líneas en mi humilde rincón. Sé que algún día podré decir nuevamente "yo lo hice", yo conocí a Tomás, el templario, el hospitalero de Manjarín. Me gustaría conocer en persona a Jesús Jato igualmente, pero a saber cuándo vuelva yo a pisar Villafranca del Bierzo. Aunque a decir verdad, antes de embarcarme en el mundillo peregrino jamás siquiera había oído nombrar dicho pueblo y ya he pasado por él haciendo el Camino dos veces. Nunca se sabe. En todo caso ambos son historia viva del Camino de Santiago, tanto que ya forman parte de él. Basta con teclear sus nombres en cualquier buscador de internet y salen diversas noticias sobre ellos. Personajes del Camino que viven por y para él desde mucho antes del boom de los Años Xacobeos. Y ésta, amigos, es una de las cosas que me gusta compartir y que queda grabada en mi retina de caminante: mi recuerdo de Manjarín y de Tomás, el último templario. Non nobis domine. ¡Hasta la próxima y Buen Camino!

viernes, 16 de octubre de 2015

LEYENDA DEL PAPAMOSCAS DE LA CATEDRAL DE BURGOS

Burgos, allí donde reposan los restos de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en la majestuosa e imperial construcción catedralicia bajo el cimborrio, allí donde el Camino de Santiago te hace cruzar el Río Arlanzón y te muestra la primera gran catedral que se erigió en España, allí donde llegué como peregrino y prometí mi regreso y el mismo se ha producido de inesperada manera reafirmando mi promesa de volver a volver, allí donde se fraguó la leyenda que hoy os vengo a contar, allí se encuentra este singular autómata que despierta la curiosidad de grandes y menores cuando el reloj marca las horas. Se trata de un singular personaje que con cada campanada del reloj abre la boca a la vez que mueve con su brazo derecho el badajo que hace sonar la campana y es conocido con el nombre de "Papamoscas". El nombre lo ha adquirido del pájaro "papamoscas cerrojillo" el cual mantiene el pico abierto esperando que las moscas se metan en su boca para servirle de alimento. Es evidente que el refrán "En boca cerrada no entran moscas" está íntimamente ligado a esta especie de ave y a nuestro protagonista en la entrada de hoy. Habéis acertado los que así lo hayáis pensado.


El Papamoscas es una figura de cintura para arriba que asoma sobre la esfera de un reloj que se halla en el primer tramo de los pies de la Catedral de Burgos, sobre el ventanal del triforio a unos quince metros de altura. Viste al estilo cortesano con una casaca encarnada cuyas bocamangas, hombreras y cuellos son de color verde azulado haciendo juego con el cinturón. Sus rasgos son grotescos y a base de cierta intimidación y fealdad despiertan simpatía para quienes conocen su historia. Y si no la conocéis hoy la descubriréis. Vengo a relataros la leyenda de este autómata y cómo llegó a instalarse esta figura en nada más y nada menos que la Catedral de Burgos, sitio que como estaréis pensando no está destinado a la colocación de estas figuras. Yo ignoraba por completo su existencia y la primera vez que supe algo de él fue a través de mi querido Camino de Santiago. En una de las guías mencionaban al Papamoscas como una de las mayores atracciones de la Catedral junto con la tumba del Cid Campeador y la Capilla de los Condestables. Pero no es lo mismo visitar una ciudad siendo un turista, excursionista o viajero que siendo un peregrino cuyo sino depende prácticamente en su totalidad del día de la semana y horarios en que el Camino te lleve allí. De este modo, a mi paso como peregrino por Burgos no pude admirar la Catedral en su interior ni conocer al Papamoscas, cuestión que recelaba en mi mente autopidiéndome volver algún día. Y en cuanto hubo ocasión así lo hice. Y conocí su leyenda. La leyenda del Papamoscas...

Cuentan que el Rey Enrique III llamado "el doliente" por su mala salud, acostumbraba a ir todos los días a rezar a la Catedral de Burgos. Un día durante sus plegarias advirtió la presencia de una bella joven que oraba frente a la tumba de Fernán González, de la cual quedó prendado y cuando ésta abandonó la basílica el monarca la siguió hasta su domicilio para ver dónde habitaba. Esta escena se repitió continuamente y el rey quería declararle su amor pero la timidez que lo embargaba le impedía articular palabra con la joven y cruzar diálogo con ella. Cuando la bella damisela iba a rezar a la Catedral sabía que era observada por el rey y aguardaba la ocasión en que éste le dijera algo. Cierto día cuando la joven se dirigía ya a abandonar la Catedral, al cruzarse con Enrique III dejó caer un pañuelo a su lado esperanzada de recibir alguna palabra del joven rey, quien lo recogió y se lo guardo en la pechera entregando a la joven uno de su propiedad mostrándole una amplia sonrisa, pero todo ello en silencio y sin emitir una sola palabra. La misteriosa joven recibió el pañuelo y siguió su camino pero al salir tras la puerta emitió un desgarrador lamento que retumbó en la Catedral. Al rey se le grabó al rey en el alma y salió tras ella al escucharla pero ya no la encontró. Hizo el recorrido que tantas veces había hecho siguiéndola hasta su casa y cuando llegó se encontró con que aquella hacienda estaba en ruinas. Preguntó a los lugareños y vecinos cercanos y le contestaron que esa vivienda llevaba así tiempo y que hacía años que en ella no vivía nadie pues todos sus habitantes habían fallecido a causa de la peste negra.
Tras aquel día en que se desvaneció la esperanza de la joven de que el rey Enrique III le dijera algo no la volvió a ver. "El doliente" todos los días iba a la Catedral y sus ojos miraban hacia la tumba de Fernán González a ver si veía a la joven orar, pero jamás apareció de nuevo. En su afán por mantener aquella idílica visión de su enamorada y el lamento que emitió y no podía sacar de su cabeza, encargó a un artífice veneciano la creación de una figura que recordase a la joven y que emitiera un sonido parecido al lamento que no podía borrar de su memoria. Pero al artista no sólo no atinó a plasmar el encargo del rey sino que, además de ni acercarse a la belleza que le describió el monarca, lo que hizo fue un grotesco muñecote con unos rasgos perversos e intrigantes que emitía un graznido horrible que años después hubo de silenciarse por lo molesto del mismo. El joven rey en su empeño de mantener el recuerdo de su amor ordenó colocar este autómata en la Catedral, pues de una manera u otra le recordaba la historia de su joven amada.



Y así es como llegó este personaje a la Catedral de Burgos y en ella se hubo de quedar. Lógicamente al contemplarlo y ver su cara nadie puede evocar la historia de un joven rey enamorado y una bella dama emitiendo un suspiro de amor. Para eso está la leyenda. Sin embargo se ha ganado la simpatía, afecto y curiosidad de todos los visitantes a la ciudad burgalesa pues es muy curioso verlo abrir y cerrar la boca cuando da las campanadas. La mejor hora para verlo, sin duda, es a las 12;00 horas, pues es el momento del día en el que más veces abre y cierra la boca. No podía cerrar la entrada sin hacer mención a una de las cancioncillas más populares de nuestro simpático personaje. Y es que muchos de los que hemos observado al Papamoscas dar las campanadas y abrir y cerrar la boca nos hemos embobado en la visión quedándonos también boquiabiertos. Y esta cancioncilla recoge la graciosa escena y dice así:

El papamoscas soy yo
y el papamoscas me llamo,
éste nombre me pusieron
hace ya quinientos años.

Desde esta ojiva elevada
contemplo a la gente loca
que corre apresurada
para verme abrir la boca.

Y que contentos me miran
sin cansarse de esperar,
a los listos y a los tontos
los engaño de verdad...
Porque no es el papamoscas
el que sólo hace la fiesta,
también los que estáis abajo
y tenéis la boca abierta.

Y ésta es la Leyenda del Papamoscas, amigos. Espero que os haya gustado y hayáis aprendido una curiosidad más. Si vais a Burgos no dejéis de acercaros a la Catedral a verlo. Y para los más tacañones decir que no hace falta pagar la entrada para verlo, ni tenéis que aguardar a hacer la visita guiada. Al Papamoscas se puede acceder gratuitamente. ¡Ah! Ya que estáis por allí probad la morcilla y las viandas del lugar. Saludos a todos. ¡Hasta la próxima!

jueves, 8 de octubre de 2015

CONSERVA

Hace unos días abrí el primero de los botes para degustarlo. Esta vez los hube guisado a fuego lento. Friendo el tomate muy poco a poco, añadiéndole un buen puñado de almendras picadas y dándole un toque aromático con un espolvoreo generoso de orégano. Las tajadas fueron de pechuga de pollo. Mientras observaba como borboteaba todo junto en la sartén al amor de la lumbre, me relamía pensando en el día que me fuera comiendo los tarros que iba a rellenar en pocos minutos. El día estaba siendo duro y ajetreado y al día siguiente volvía al trabajo. Tenía que terminar la faena sí o sí. Esa faena anual que tanto me gusta y que aúna la tradición, la costumbre y a una familia en torno al fuego, a unas trébedes, a unas cajas de hortaliza y a una espuerta de frascos de cristal. El acto de la conserva es para mí un ritual entrañable que comienza en la decadencia del estío cuando se empiezan a buscar los mejores productos de la huerta para embotar y que espero con ilusión que se repita año tras año. Arde la lumbre, se calienta el aceite, comienzan a freírse los pimientos, el aroma a pisto se desprende. Un año más la conserva emergió en los últimos días de Agosto.


Este año compramos casi toda la hortaliza en Malagón, menos un cajón de tomates que provenía de Bolaños de Calatrava. La batalla duró varios asaltos pero el resultado mereció la pena. Tendremos botes de tomate en conserva hasta prácticamente el invierno que viene, vamos, que ha salido una remesa que se unirá a la venidera y, por supuesto, el bacalao con tomate del Viernes Santo tendrá recuerdos evocadores a estos últimos días de verano en el chalet. Yo, manchego puro, aficionado y amante a las costumbres y tradiciones de mi tierra, disfruto en estas labores como el que más y me encanta ir a comprar los productos de puerta en puerta y de pueblo en pueblo y hablar con los mayores de nuestro lugar. Soy feliz intercambiando palabras con ellos de cómo avanza la vida y cómo cambian las cosas del campo. Con suerte me enseñan básculas, balanzas y aperos de los que ya apenas quedan y que yo conocí siendo niño. En pocos años muchas de esos instrumentos se perderán definitivamente y no habrá generaciones que los recuperen ni los usen. Por eso disfruto yendo de casa en casa en los pueblos, en nuestros pueblos de manchegas maneras, allí donde las señoras venden los productos recién cosechados en las puertas falsas y portadas de sus viviendas. Son ratos que valoro mucho y más cuando ancianas personas comparten contigo sus palabras sabiendo que las escucho con atención y ganas de que pervivan esas costumbres. Y aunque parezca mentira todo ello es por la conserva. Por eso siempre digo que la conserva es mucho más que hacer pisto y freír tomate o pimientos para tener en la alacena tarros durante varios meses. Es algo más grande, más sentimental, tradicional y costumbrista. Insisto. Es mucho más.

Lo que es la tarea en sí este año consistió en varias tandas de tomate frito (una de ellas con carne y hierbas aromáticas como comentaba al principio) y alguna sartenada de fritada para comer en el campo entre las horas de trabajo. Logramos llenar casi dos espuertas de tarros que convenientemente abrigados con ropas viejas y trapos guardan el calor del guiso y quedan envasados al vacío hasta que les llegue el momento. Según el dicho popular de las abuelas del lugar "tarros para embotar y una semana sin tocar", lo que indica que durante todo el año se va haciendo acopio de tarros de cristal y sus tapas y una vez llegada la conserva y llenos los mismos del producto a conservar, colocados en la espuerta o lugar donde se vayan a abrigar, se cubren los mismos con telas y se dejan reposar quietos durante una semana. Estas cosas de la sabiduría tradicional me enamoran. Algunos para asegurarse que se envasan al vacío hierve los botes al baño maría. Hay gente que continúa con la cita de la conserva y aunque no la haga al fuego usa los fogones de casa para ello. Me alegra eso también pues en ellos pervive la tradición aunque adaptada a la nueva vida y a los medios disponibles. Yo sigo la costumbre aprendida de los viejos del lugar por dos motivos: porque tengo la suerte de poder hacerlo y los medios adecuados para ello y porque me gusta hacerlo de la manera clásica y tradicional y seguir expandiendo las formas de nuestros mayores. Mantengo a pies juntillas que nuestros conocimientos radican en los pueblos, en sus gentes y en sus formas de hacer y vivir. Nosotros, nuevos urbanitas, tan sólo hemos heredado y modificado adaptándolos a los nuevos tiempos esos conocimientos de antaño.



En resumen, creo recordar que en total se frieron cerca de 60 kilos de tomates entre unas cosas y otras. Se llenaron un buen número de botes de todos los tamaños y se dejaron reposar el tiempo preciso. Comenzaba esta entrada diciendo que hace unos días abrí el primero de ellos para degustarlo. Y de verdad no imagináis lo placentero que es para mí llegar a casa del despacho, quitarme la chaqueta y la corbata, ir a la estantería de la alacena, coger uno de esos tarros elaborados con tanto cariño y saborearlo ahora en estos días que anuncian el cambio de tiempo y la veleta señala los hielos venideros. Y lo mejor sin duda es que cada bote es un recuerdo y una esperanza envasados en torno a una misma obra, una misma acción y una misma costumbre y tradición: Conserva.