viernes, 26 de septiembre de 2014

Y EL CAMINO LLEGÓ A MÍ...

Cuando hace unos meses me encontraba de lleno preparando las etapas de la Ruta Jacobea que iba a recorrer por la estepa castellana, atiné por el destino a encontrar un Concurso Literario de relatos del Camino de Santiago. Y tanto me gusta escribir y tanto amo el Camino que decidí concursar en el mismo. Me puse manos a la obra y redacté un pequeño relato donde narraba cómo llegué yo al Camino y cómo el Camino llegó tan hondo a mí. No cuento en él anécdotas de las veces que he peregrinado ya a Compostela, ni vivencias acaecidas entre la multitud de pasos que mis botas han dado, ni las viandas que gracias al Camino he degustado, ni de los lugares por donde he pasado, ni tan siquiera de las amistades que esta aventura me ha regalado. Cuento simple y llanamente cómo descubrí yo esta ruta milenaria y cómo surgió en mí el deseo de recorrerla. Y os adelanto que es una historia real y no muy larga, pues las bases del concurso no querían grandes extensiones. Tanto que concluido mi relato me llevé la desagradable sorpresa de que para el concurso debía limitarme a la extensión de mil palabras y yo había excedido esa cabida. Me tocó cercenar algunas partes y el resultado ya no era el que deseaba. Lo envíe de todos modos sabiendo que no era la obra que yo había dado a luz, aunque fuera solo para dar a conocer entre peregrinos el por qué de mi llegada a nuestro mundillo de flechas amarillas. Conozco la calidad literaria y el poder de transmisión que tengo. Soy consciente y muchos me lo recordáis. Gracias. Pero no me pongo medallas, vosotros me las ponéis tan solo con leerme. Gracias de nuevo. Es más, yo con humildad acepto las críticas, pues esa es la base de la sapiencia, del aprendizaje y de la continuación en la tarea. Y todo ello lleva, junto a la voluntad, a la perseverancia y constancia a que logres con poética prosa regalar el oído del lector a través de su mirada plasmada en tu texto. Pero en esta ocasión no fue así. No gané el Concurso por bien que escribí. Me dio rabia no poder enviar mi obra completa. Pero hubo relatos buenos, muy buenos. Hay gente que escribe muy bien. Por supuesto mucho mejor que yo, es de reconocimiento mi deuda. Y gente que quizás con menos caricia literaria al papel sabe impregnar los folios de sentimientos puros. Yo me mantuve fiel a mi estilo. Con él he ganado unas veces y otras no. Para mí el escribir y concursar ya es ganar. Pero mi espina no era no haber ganado el concurso. Era el no haber podido enviar el relato tal cual salió impreso con la tinta de la pluma de mi alma. Creo que si no hubiera tenido limitación en las palabras habría llegado más lejos, más las reglas son las reglas e iguales fueron para todos. Si bien, hoy os dejo mi relato, no por ser bueno ni malo, si no por publicarlo como yo quería y por querer compartir con vosotros, amén del texto, este Camino tan amado. Y que todo el que me lea sepa el origen de mis pasos: Así llegué yo al Camino.

Y EL CAMINO LLEGÓ A MÍ.

El sol brillaba con fuerza sobre la Plaza del Obradoiro. Había tenido un juicio en La Coruña y mi condición de abogado me había llevado hasta Galicia para dirimir litigios. El pleito había sido temprano y había salido satisfecho de la sala. Tenía el resto del día libre y abandoné el Juzgado recordando haber estado en Santiago de Compostela cuando era muy pequeño con mis padres y de la mano de mi abuelo. Hacía más de veinte años de aquello y mientras me embargaban los retazos de memoria, crucé por capricho del destino delante de la Estación de Autobuses. El corazón me dio un brinco y sin pensarlo más y empujado por nostálgicos anhelos decidí comprar un billete y acercarme a Santiago. Dejé rápidamente en el hotel  el maletín y la toga y salí sonriente hacia la fragata metálica que me desembarcaría en el Pórtico de la Gloria, allí donde siendo niño pegué con la frente tres coscorrones en el conocido parteluz mientras mis padres reían viendo con que ahínco impactaba sobre la piedra. Habían transcurrido varios lustros desde aquello que recordaba, pero aquel día salí de La Coruña ensimismado conmigo mismo, con mi mente y mis recuerdos y, con la misma ilusión que tenía en aquella recordada infancia por llegar a la ciudad llamada "Campo de estrellas".
Y allí estaba viendo el cielo azul sobre la monumental fachada de la Catedral. Nunca imaginé que asuntos de trabajo me llevarían a la compostelana ciudad y, sin embargo, allí me encontraba con traje y corbata rodeado de cansados peregrinos que se dirigían a hacer cola en la Plaza de Quintana para abrazar al Santo Patrón de las Españas. Era el año 2010. Año Xacobeo. Ese año la festividad de Santiago lucía en rojo en el calendario: 25 de Julio, Domingo, circunstancia que ya no habrá de repetirse hasta el 2021. Se respiraba ambiente caminante y decidí aprovechar la tesitura y realizar la visita a la Catedral y el abrazo al busto del Apóstol por la misma puerta que los peregrinos.

Me mezclé con ellos y conforme la fila iba avanzando me entretuve en escuchar hablar a las personas que tenía delante de sus vivencias en el Camino. ¡Qué cantidad de emociones! Con que alegría comentaban las etapas recorridas y las amistades que habían hecho. Y hablaban de lo atrás que quedaba ya Saint Jean pied de Port y el cúmulo de pensamientos en Roncesvalles. Y de Pamplona y Logroño unidas por preciosos pueblecitos. Y de las viandas burgalesas y de las cecinas de León. Y del cocido maragato y del pulpo de Melide. Y de este albergue y de aquella simpática hospitalera. Y de la bajada al Acebo y de la subida a O Cebreiro. Y de mil cosas más que recordaban con un contagioso cariño que te invita, sin tu saberlo, a querer ser peregrino.  Eran precioso escuchar esas experiencias.  ¡Y los ojos! Los ojos les brillaban de una manera especial: eran miradas por donde habla el corazón sin que se tercien palabras. En mi interior la envidia sana iba in crescendo.

Mi silueta de letrado en ejercicio, abogado de la Mancha, ataviada con traje azul marino de raya diplomática contrastaba entre los cientos de personas con camisetas y pantalones cortos o desmontables que aguardaban su turno en la cola. Algunos mostraban orgullosos a otros su credencial repleta de sellos y su recién obtenida compostela. Observé como mis impolutos zapatos ocultaban mis pies sin cansancio frente a aquella colección de botas de trecking y chanclas que dejaban ver ampollas y heridas fruto del caminar decenas de kilómetros al día. Pero todos ellos estaban radiantes. No hacía falta mirarles a la cara para saber que sus peregrinas almas sonreían e irradiaban la felicidad que emana de la recompensa obtenida tras el esfuerzo. Sin duda se merecían abrazar al Santo.
¿Y yo? Yo había llegado en avión a La Coruña y en autobús a Compostela. No había caminado cientos de kilómetros como ellos. No reconocía a nadie entre aquellas gentes y no brotaban de mí ni hacia mí cálidos saludos y abrazos como los que yo presenciaba entre ellos. Yo no era peregrino. Mi abogada mente me arrojaba el pensamiento de que no era justo que yo obtuviera el mismo premio sin haberme esforzado, máxime cuando ellos estaban ahí por su voluntad propia y yo por fruto del azar y la casualidad... Bendita casualidad aquella que me haría uno de los regalos más preciados en la vida: conocer y descubrir el amor por la Ruta Jacobea.

Entre tanto la fila iba atravesando la Plaza e internándose en el templo catedralicio y llegó mi momento de abrazar al Santo. En mi cabeza retumbaba: "Sé justo y noble. No deberías hacerlo hasta que no seas peregrino y lo merezcas de verdad. Tu abrazo no será igual que el de cualquiera de ellos". Y en el preciso instante que expandía mis dos brazos abiertos para abrazar a Santiago, sentí una extraña fuerza interior, recordé a mi fallecido abuelo cuando me llevó allí, a mis padres, a mi hermana, a las personas que ya no están, a las que están por venir y a lo magnífico del ciclo de la vida y del disfrutar esta oportunidad. Me sentí libre y agraciado. Fue como una llamada a unirme a ellos: quería conocer Roncesvalles y cruzar Puente la Reina, quería llegar andando al mismo centro de León, quería coronar la Cruz de Ferro, quería bañarme en Ribadiso... En ese momento supe que quería hacer el Camino y lo decidí sin duda alguna.
Y en un acto reflejo y ya acercándome inclinado con ambos brazos extendidos para dar el abrazo al busto del Apóstol, retiré al instante uno de mis brazos de su destino. Una peregrina me indicó que debía abrazar con los dos brazos a la vez y le respondí con una sonrisa a la vez que negaba con un gesto. Me entendió, pero no sé si me comprendió. Yo sabía lo que hacía. Abracé a Santiago sólo con un brazo, el derecho, mientras le susurraba al oído la promesa de que algún día volvería caminando y completaría ese abrazo. Sólo fue medio abrazo. Pero lo completaría. Antes o después lo haría. Estaba seguro de ello. Y luego cumpliría como peregrino y le daría un abrazo entero. Acto seguido salí de la Catedral y, con el espíritu renovado por algo que no sé explicar, me fui a la Casa del Deán y adquirí la que sería mi primera credencial.
Esa noche, ya de vuelta en el hotel de La Coruña, comencé a soñar con la aventura de la mochila. Parecía como si hubiera viajado en el tiempo. Tal era el impetú que tenía por atravesar aquella puerta de nuevo que me pondría en marcha al alba misma de la siguiente mañana si pudiera. Era Mayo de 2010. Año Xacobeo.

Y quienes arriba lo vieron, se sepan creyentes o no,  saben que en Septiembre de ese mismo año un abogado de la Mancha hizo el Camino. Y dicen que siendo un peregrino más, de los que llegan a Santiago caminando y por voluntad y no por trabajo ni azar, cambiando traje y corbata por mochila y bordón, cruzó feliz la Plaza del Obradoiro, atravesó sonriente la Plaza de Quintana y entrando en la Catedral con los ojos humedecidos abrazó a Santiago de una curiosa forma: sólo con un brazo, el izquierdo. Sólo medio abrazo. La promesa estaba cumplida. El abrazo se hubo completado.
Entre sonrisas y lágrimas le susurré: "Lo logré". Y entonces sí, rodeé con ambos brazos el busto del patrón y lo abracé con fuerza. Fue mi primer abrazo como peregrino. Ese día se sumó una estrella más a la Vía Láctea que marca el Camino en la infinita cúpula del cielo. Había nacido un caminante. Era el año 2010. Año Xacobeo.

Así llegué yo al Camino. Y el Camino llegó a mí.
 FIN.
Carlos Lillo Talavera
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A día de hoy tengo en casa tres compostelas que acreditan que ya son tres las veces que he llegado caminando al Pórtico de la Gloria. Ahora estoy inmerso en mi cuarto camino recorriendo todas las etapas del Camino Francés, desde Saint Jean Pied de Port hasta Santiago de Compostela. Observo mis diversas credenciales de los varios caminos y tramos recorridos y están repletas de sellos, lugares, recuerdos y kilómetros. Amo el Camino y tengo fraguándose en mente mi Camino. Mi gran Camino. Desde la puerta de casa hasta Fisterre.

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