jueves, 15 de enero de 2026

EL ALBACETAZO

Miren ustedes que no me planteaba yo hablar de fútbol en la primera entrada de este año 2026, pero no queda otro remedio. En esta pequeña ágora cibernética donde se versa, prácticamente, de todo, el fútbol tiene un baúl concreto en la alacena. Y yo que nunca me escondo, por más sonrojante que haya sido la derrota, aquí me hallo. He vivido el Alcorconazo, he vivido el Alcoyanazo y he vivido momentos muy duros, tristes y feos del Real Madrid. Y siempre he estado. Podéis tirar de hemeroteca los incrédulos. Y hoy vengo a hablar del Albacetazo. Otro ridículo espantoso del club al que amo. Muchos madridistas reconocemos cuando una caída no tiene excusas. Me encuentro entre ellos. Por otro lado, muchos gurús que se dedican en sus foros a repartir, a su antojo y creencia, carnets de buen o mal madridista, nos llamarán a los que decimos las cosas como son "bienquedas". A mí la verdad el término me da risa. Engloba esa modernidad ni siquiera aceptada por la R.A.E. (y miren que la R.A.E. ya acepta cualquier cosa, véase "almóndiga" o "cocreta") para señalar a quien no piensa igual. Así es que pueden sus usuarios irse a la Venta del Nabo con su "modernez" y pensamiento cada vez que intenten señalar así a un madridista que dice la verdad transparente. A mis cuarenta y medios sé de sobra ya lo que es el señorío y es estar a las victorias y a las derrotas reconociendo las verdades. Y si se ha de reconocer que lo de anoche en la Copa del Rey es una vergüenza, se reconoce. Y si por ello, algún simpatizante de mi club quiere llamarme "bienqueda", que lo haga y acto seguido coteje su podrido pensamiento con la realidad verdadera, no con la virtual que puedan darle sus seguidores en redes (que ni conoce ni sabe lo que esconden) politizando su pensamiento y alabándolo cual macho alfa que se auto atribuye la verdad, el camino y la vida ante un pueblo inculto.

Yo quiero al Real Madrid hasta en las victorias (porque cuando es difícil quererlo es en las derrotas como la de ayer con el Albacete). Y le atizo. Le atizo a los míos, por supuesto. Porque igual que reconozco el bochorno y el ridículo que se vio sobre el verde y doy la enhorabuena al Albacete, les mido el lomo a ese séquito de niñatos que mancharon la blanca camiseta de vergüenza. Y a los que los idolatran también. Y no me atengo a paños calientes ni a rulos que allanen el terreno antes de soltar la primera estocada. Vinicius. Te quiero fuera. Pero ya. Los que vengan  ahora a decirme que tengo poca memoria y que recuerde todo lo que nos ha dado, son los mismos a los que se le decía eso cuando llegó el fin de Iker Casillas y echaban espumarajos por la boca llamándole de todo. Ya saben donde está la puerta (para los modernos, tecleen junto alt + F4 y listo). Que Vini nos ha dado incluso Champions, sí. Que es un traidor, un mercenario y un engreído, también. Adiós y gracias. Un tío que exige para su renovación treinta millones de euros, que se le entrega el liderato en un partido de eliminatoria de Copa del Rey y que no es capaz ni de irse del lateral del Albacete que juega en segunda división, tiene que estar fuera del Real Madrid hoy mismo. Fuera. Vender. Para pasearse por el campo ya están los turistas que pagan la entrada del Tour Bernabéu. Tira a Arabia, sé feliz y baila. Te vendrá bien. Y cuenta con mi espada, por supuesto, cada vez que alguien te ataque por tu color de piel. Eso por descontado.

Sigamos. Algunos de los que no comparecieron ayer son tan culpables o más que los que vagabundearon por el césped. Jude Bellingham, Mbappé, Camavinga y Valverde, por ejemplo. No salvo a nadie, pero menciono dos que no estuvieron y otros dos que sí. ¿Veis normal con su status que un humilde Albacete apee de la Copa del Rey al Real Madrid en un vergonzante partido en el que el equipo quince veces campeón de Europa (que se os llena la boca diciéndolo) estuvo a remolque todo el tiempo? No. No es normal. Y menos aún cuando esa panda de pueriles viene de cargarse al mejor entrenador que podríamos tener, Don Xabier Alonso, haciéndole la cama en el vestuario y quejándose al presi de sus métodos de entreno. Logran que el míster sea cesado y la primera oportunidad que tienen de darle respaldo al nuevo, a Álvaro Arbeloa, demuestran que lo de Xabi era un mero capricho (que querían echarlo y listo) y que ellos lo que quieren es no correr y alimentar su ego personal, sea quien sea el míster. Les importa la cartera, no el escudo. Y sí, estoy hablando de Kylian y de Federico, pues son, entre otros, quienes han boicoteado al entrenador siendo, ojo, el máximo goleador del equipo y el capitán del mismo. Pues anoche, uno sin estar en el tapete y otro correteando menos que en un patio de colegio, consintieron que el debut del nuevo entrenador fuese un esperpéntico 3-2 y los aficionados madridistas (que somos los que de verdad sufrimos estas cosas) nos llevásemos otro bofetón tejido a puntadas de sus infantiles actitudes. Que os den mucho y gordo.

Y ahora viene cuando la matan. Todo lo anterior ha ocurrido con la aquiescencia y el beneplácito del palco. Señor Florentino Pérez, hágase un favor (y háganoslo a todos, inclusive a esos gurús que le consienten y alaban) y márchese. Dimita. Haga uso de la dignidad (si tiene) esa que no ha usado para bajar al vestuario y cantarle a esa chusma crecida que forma la plantilla cuatro verdades y váyase. Contemple su obra. Fíjese lo que trae maleducar a los jugadores. Observe lo que conlleva que le echen un pulso público al entrenador y usted los respalde. Si de verdad quiere al Real Madrid, baje de una puñetera vez a ponerle el punto a la i a esas ratas forradas de oro y dele plenos poderes al entrenador. Deje que el que dirige al grupo haga la alineación y no la haga usted. El Real Madrid no es un juguete suyo. O lo acepta o salga ya de una vez. Está a tiempo de que se le recuerde como a un grande. Verá que estoy narrando una sarta de verdades sin parangón. No hablo de lo deportivo, puesto que ya quedó evidenciada la nula planificación de la temporada y ha traído consigo la ruptura del vestuario hasta las costuras y bochornos, como la pírrica victoria ante el Talavera y la ridícula derrota de ayer. Haga limpia. Hágala. Basta ya de mercenarios empezando por usted el primero. El Real Madrid merece un equipo y un presidente de verdad. Hemos tenido todo (y sin Negreira) y hemos perdido todo (nosotros mismos). Ayer, sin ir más lejos, contra el Albacete. Para ellos épico, para nosotros otro capítulo más en el libro de los ridículos históricos (que también tenemos varios): el Albacetazo.

martes, 30 de diciembre de 2025

SIEMPRE FELIZ NAVIDAD

¡Feliz Navidad! Se nos va otro año y trae consigo los últimos coletazos que son, precisamente, los días de Navidad. Cierto es que jamás nos pondríamos de acuerdo en determinar en qué momento empieza y en qué momento acaba la Navidad. Quizás sea más difícil determinar el empiece, porque el final tirando de tradición podría ser cuando vuelven los niños al colegio y dejan de jugar con sus nuevos regalos traídos por los Reyes Magos o, en su defecto, tirando de refranero el día 17 de Enero, San Antón, pues "Hasta San Antón, Pascuas son". Ahora, para fijar el empiece es más complejo. Para unos en el Puente de Diciembre (llámese de la Constitución o de la Inmaculada, a gusto de cada uno), para otros cuando su ciudad, localidad o pueblo enciende el alumbrado especial de estas fechas, para otros cuando montan el Belén o ponen el Árbol y, para mí personalmente (y me consta no ser el único), la Navidad empieza el día de la Lotería, 22 de Diciembre, conforme ruedan las bolas de los bombos y los niños del Colegio San Ildefonso comienzan a cantar los premios. Y para mí, también, finaliza el 7 de Enero, al retirar y guardar nuevamente los adornos navideños puestos en casa. En todo caso y fuere como fuere para cada uno, Feliz Navidad, siempre Feliz Navidad. Y tiene su cosa, ¿eh? Esas dos palabras que repetimos tanto en estas fechas esconden mucho más de lo que parecen. Y de eso quería narrar un poquito hoy y expresar mi pensamiento al respecto.

Cuando alguien expresa un ¡Feliz Navidad!, ¡Felices Fiestas! o ¡Felices Pascuas! te está queriendo decir algo que va mucho más allá. Cuando un cristiano te dice un ¡Feliz Navidad! no te está diciendo únicamente que disfrutes nuevamente del nacimiento del Niño Dios. Te está diciendo a ti, amigo no creyente, de corazón, que disfrutes de estos días que conmemoran para él tal hecho y que lo hagas fuere como fuere (y ahora viene el sentido de la Navidad de verdad) en compañía de tu familia y amigos, en el calor del hogar, en el recuerdo de los que ya no están, en la esperanza de los que vendrán y que cada brindis sea una sonrisa y cada regalo te llene de felicidad tanto al entregarlo como al recibirlo. Eso es la Navidad. Y cuando alguien no creyente te diga adrede un ¡Felices Fiestas! pues para él la Navidad no conlleva celebración religiosa alguna, tú, amigo cristiano, entiéndelo como lo que es, un deseo, de corazón, igual que el tuyo, de que pases entrañables y alegres momentos rodeados de tus seres más cercanos y queridos, con los que te juntas, abrazas y ríes. Es una época preciosa y se viene celebrando ancestralmente por un motivo u otro y ¿de verdad nos vamos a quedar únicamente con el motivo cuando nos desean felicidad? Sea por lo que sea nos deseamos mutuamente días felices e, independientemente del motivo que celebremos cada uno, es un deseo sano. Un mero ¡Feliz Navidad! va mucho más allá de lo que estrictamente esas dos palabras significan.

Por eso, desde el Rincón, ahondo también en otra cuestión. Esa felicidad recíproca que nos deseamos en Navidad, ¿no deberíamos deseárnosla todos los días del año? Aunque fuera con la boca chica, ¿no? Es fácil en estos días de familia y hogar desear a alguien felices fiestas, pues son los días típicos para emitir tal expresión y así, disimuladamente (y no tan disimuladamente) nos subimos al carro de tal felicitación y hacemos un elegante uso del "bienquedismo" (vocablo aún no aceptado por la R.A.E., pero sí reconocido su uso coloquial por la misma) y regalamos una sonrisa a quien escasos días atrás hemos intentado hasta esquivar saludar en un encuentro accidental. Da que pensar. Es como, sin salirnos del hilo conductor de la Navidad, esos falsos deseos de ¡Feliz Año! que te dicen algunas personas que el mismo día 30 de Diciembre se han cruzado contigo por la calle y ni te han dicho "¡Buenos días!". ¿Feliz año nuevo? ¡Pero si me viste ayer y no me dijiste ni hola! Pues eso. "Bienquedismo" oportunista. Sin embargo, todos sabéis de lo que hablo, un ¡Feliz Navidad! o un ¡Felices Fiestas! no se dice tan a la ligera y sí conlleva un deseo real. Y pregunto: ¿no deberíamos desearnos siempre esa felicidad recíproca y no únicamente en Navidad?

En este humilde blog yo lo tengo muy claro. Feliz Navidad siempre. Como expresión, como deseo y como durabilidad. A la gente que aprecio (y a la que no y a la que me lea aunque ni la conozca) si le expreso verbalmente o por escrito ¡Feliz Navidad! que no dude que mi petición para con quien sea es de felicidad sin límites, sin condiciones, sin matices. No es un deseo atado a unos días en concreto que pueda ser real entre el 22 de Diciembre y el 7 de Enero, mis fechas navideñas, no, es un deseo que quiero que permanezca y os saque una sonrisa a todos durante cualquier momento, porque una mera mirada en Carnaval también es Navidad, o un chiste contado en una Romería, o una tarde de Feria o un ratito de barra de bar con alguien que aprecias y no ves tanto como quisieras. Mi Feliz Navidad esconde eso cada vez que lo pronuncio y, sí, por supuesto y también, celebro que el Niño Dios, al que he mecido hecho hombre sobre mi costal tantas veces, vuelve a nacer y a regalar su Bondad. Pero esa Navidad íntima me la guardo y quedo para mí. Cada uno con su creencia, ¿no? La Navidad genérica es la que quiero para todos: familia, calor y hogar. Y en la familia entran los amigos de verdad. No hace falta más explicación. Os deseo a todos: siempre Feliz Navidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

TREINTA AÑOS DE COSTAL CONSUMADOS

Hoy me ha vuelto a ocurrir. Abrir el armario y verlos. Antes no recalaba tanto en ellos, pues aguardaban su momento. Ahora no. Ahora descansan sabiendo que no tendrán oficio de nuevo. Mis viejos costales... Todavía no me lo creo. Y cuando los veo, lloro. ¡Cuántas chicotás de recuerdo! Y ya no me los pondré de nuevo. Se acerca la Navidad y con ella ese mágico runrún cofrade de fechas de igualás y ensayos que tantas veces he vivido. Treinta años sintiendo ese cosquilleo y los costales, fajas, tirantas y botines aguardando. Esta vez no. Ya me despedí de las maderas el pasado Miércoles Santo y fue del modo que Él lo quiso. Llovió. No pude acariciar por última vez el empedrado de Santiago y despedirme en las Puertas del Cielo, allí donde viven Santa Ángela y sus hijas. Cruzamos el Perchel de lado, lo que no evitó que, luego, me acercase a las rejas del convento y allí dejase mi costal con una rosa que hubo estado a los pies del Señor. Arrodillado, sólo, con el suelo mojado, recé un Padre Nuestro. Todo se había consumado. Por eso, ahora, algo tan cotidiano, como lo ha sido toda mi vida, abrir el armario y ver la ropa del oficio, tiene otro significado. Voy camino de mi primera Cuaresma sin ser costalero y no sé cómo la viviré. Me derrumbo por dentro sólo de pensarlo. Por eso mismo, hoy me ha vuelto a ocurrir. Allí están doblados, paño con paño, como si siguieran esperando. Los miro y me deshago entre suspiros y mil gracias susurradas.

Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que fui a pedir trabajo. Antes no era como ahora. Casi todo el mundo entraba y había huecos en los pasos. Marcelino Abenza, Juan Luis Huertas y Juan Carlos Mora vestían el terno negro. En el viejo cocherón, hoy segunda nave del actual Guardapasos, la Hermandad de la Flagelación tenía un hueco y medio. Primero salía la parihuela del palio y, después, levantando a pulso aliviado y andando el costero derecho por igual, salvábamos la columna de metal la cuadrilla del Cristo y empezábamos a ensayar con aquella mítica parihuela de metal, color granate, donde comenzaron a fraguarse los sueños. Hoy, esa parihuela, se encuentra en Santiago de Compostela, ciudad a la que, desde el año 2010, tengo siempre muy cercana por aquello del peregrinaje. ¡Qué cosas tiene la vida! Las maderas donde apoyé por primera vez mi arpillera, fijador izquierdo de la tercera trabajadera, se encuentran ahora en Galicia y allí sigue anclada mi primera sonrisa costalera. Sonaban en las cintas de cassette marchas de Agrupación Musical y, la primera que recuerdo, como no podía ser de otra manera, tenía por nombre lo que fui y me sentiré mi vida entera: "Costalero". Así empezaba una de las épocas más preciosas que he vivido. Y va impregnada en mi faja de lana negra. ¡Si la misma hablara!...

Quedan unos días para que concluya el año. Y me ha vuelto a pasar. Este 2025 que ya se marcha ha sido el último de mi oficio costalero. Cuando tal realidad me viene a la cabeza se me acumulan mil recuerdos y vivencias y me caen dos lágrimas de emoción. Hoy al abrir el armario he visto mis costales, me ha venido a la mente que ya se ha consumado su tarea y he vuelto a llorar al verlos. Quería plasmarlo por escrito para releerlo de vez en cuando, pues treinta primaveras de raza costalera y unos veinte años, entre medias, de diversas glorias son muchos kilos de peso y gloria sobre mi maltrecha cerviz. Me siento orgulloso y feliz de todas y cada una de las chicotás dadas y me siento un total privilegiado de haber podido contar una tras otra, sin lesión ni impedimento, todas las citas de la Semana Santa y Cofradías de Gloria que he tenido, salvo aquellas en las que las inclemencias meteorológicas o la nefasta pandemia nos privase. Ha sido mi modus vivendi desde que prácticamente empecé a tener uso de razón y no habría sabido concebir mis primaveras sin oír la voz de Chefo, Marce Abenza, Fran Muñoz y aquellos hombres de sus equipos de capataces pronunciando mi nombre y asistiendo fielmente al oficio más bello del mundo: pasear la fe y acunar en arpillera al mismo Dios y María Santísima.

¡Cuántos años y pasos he disfrutado! El misterio de la Flagelación, con mi sempiterno Señor de la Bondad al que todos los días rezo por ser la cara que veo cuando musito un Padre Nuestro, mi querido Rabí de la blanca túnica Cautivo del Domingo de Ramos, Nuestro Padre Jesús de las Penas con su silente y carmelitano racheo, el hispalense Cristo de la Cruz al hombro con su mano extendida que todo lo perdona, el Nazareno de San Pedro y su estación de penitencia a las Hijas de Madre Angelita, la Virgen de la Cabeza pequeñita y morenita (lo mismo que una aceituna) que cruza el Parque de Gasset, el Sagrado Corazón de Jesús y su salida de rodillas con la granulada piedra de Santo Tomás, la Virgen del Carmen y sus aromas marineros en la Mancha mezclados con tintes de verbena y estío, Santiago que es Patrón de las Españas, los peregrinos y las gentes de Granátula de Calatrava y Santa Teresa de Jesús, Patrona de la Abogacía. Una decena de pasos durante muchos años, empezando todo y culminando en el mismo, donde me hice hombre y costalero y donde descansan mis oraciones y fe. Tres décadas de oficio y raza costalera que expirarán esta Nochevieja. Ahora más que nunca cobra sentido la frase que decía Manolo Santiago y que tantas veces he pronunciado y he llevado bordada en el costal: "Que los años se rompan en el tiempo, pero el amor del costalero siga vivo". Abajo con él sin martillo.

jueves, 20 de noviembre de 2025

DISNEYLAND Y PARÍS, VOLVÍ Y VOLVEREMOS.

Contaba con once años de edad cuando mis tíos Juan y Mari Carmen me llevaron de viaje a Francia y pasé unos días en Euro Disney y en París. Treinta y tres años han pasado, los mismos que vivió Cristo, hasta que algún capricho de la vida ha querido que volviera a estar yo por allí. Y me sorprendió la cantidad de datos, imágenes y recuerdos que es capaz de almacenar la mente humana y volver a revivir como si fueran recientes. Sonrío de nuevo al escribirlo porque es una maravilla natural de la que somos dueños y no somos conscientes en profundidad. El caso es que a base de trabajo (ese es el único secreto) logré apartar una pequeña hucha para llevar a mi hija a Disneyland y a mi mujer a París o, lo que es lo mismo, a mi mujer a Disneyland y a mi hija a París, pues, como diría mi abuela "Donde va Cañizares va la guitarra". Nos iríamos los tres en familia a ambos destinos y en viaje único, pues suele ser lo normal, impuesto por "el Teorema de Yaque", ¿lo conocéis? Fijo que sí. "Ya que hago esto, hago lo otro". ¡Ojo! ¡Atención! ¡Peligro! ¡Calavera con dos tibias! No apliquéis nunca el teorema en reformas del hogar que luego pasa lo que pasa... "Ya que estamos de albañiles, acuchillamos el parquet. Ya que acuchillamos el parquet, pintamos la cocina. Ya que hemos movido los muebles para pintar, cambiamos dos estanterías y un sofá...". Y lo que tenías presupuestado se convierte en una ecuación maravillosa en la que, al despejar X, el resultado es X²+1.500. Y, claro está, no salen las cuentas. En resumen, esta vez y al no ser cuestiones de reformas del hogar, ya que íbamos a Disney, iríamos a París. Y así fue.

Unos mismos billetes de avión y unos mismos traslados para dos destinos diferentes, pero separados entre sí sólo unos cuarenta kilómetros. Merecía la pena. Más aún cuando Gemma no conocía París, Claudia está en una edad preciosa para disfrutar de Disneyland (aunque, a decir verdad, pienso que para ello toda edad es buena) y yo disfrutaría de todo ello simplemente viéndolas disfrutar a ellas. Además recordaría aquel viaje mío de la infancia. Y, con lo que no contaba, es que recordando y disfrutando de nuevo, nacerían ganas de repetir en el futuro. Hechos los preparativos y concretadas las fechas quedó todo planificado para el mes de septiembre de este año 2025. La ilusión comenzó a ir creciendo conforme avanzaba el pasado verano y empezó a desbordarse cuando en el calendario restaban días para que llegase el momento de la partida. Claudia soñaba con un gran parque temático de atracciones donde hubiera una sorpresa en cada rincón: ver a Mickey Mouse, subir en la atracción de Nemo, hacerse una foto con Mary Poppins, navegar en un galeón de los Piratas del Caribe, encontrarse de golpe a Peter Pan y mil cosas más. Gemma sonreía pensando en pasear por los Campos Eliseos, subir a la Torre Eiffel, visitar el Museo del Louvre, observar las gárgolas de Notre Dame y callejear por Montmartre. Y yo tan feliz de poder ser testigo de todo ello y estar con ellas en esta magnífica aventura que duraría una semana.

El primer destino fue Disneyland. Hotel Sequoia. Nada más llegar y para aprovechar que teníamos gran parte del día por delante fuimos directamente al Parque. Me sorprendió que recordaba muchas de cosas de cuando hube estado de niño y me sorprendió, aún más, la cantidad de cosas nuevas que había y cómo el Parque se había ido (y sigue) adaptando al mismo ritmo que la vida marca. Parece una obviedad, pero habían pasado treinta y tres años como antes he dicho. Por entonces apenas había gente que tuviera teléfono móvil, imaginad el recuerdo que tenía de Disneyland en aquellos recién iniciados años 90. El contraste de verlo ahora dominado con miles de tecnologías que te dicen, a tiempo real en una aplicación al alcance de cualquiera, el tiempo de espera en cualquier atracción o si hay mesa libre o no en los restaurantes temáticos que allí se encuentran es brutal. Cosas que hoy en día son de lo más trivial, cuando yo estuve eran delirios inimaginables. Por eso chocaba mucho mi recuerdo con la realidad actual. Pero todo quedaba bajo una misma magia cuando disfruté viendo que el Castillo sigue igual de precioso que estaba, que la espada del Rey Arturo sigue en el mismo sitio y nadie ha logrado sacarla y cuando aquellas atracciones en las que yo monté de niño siguen teniendo la misma ambientación, música, trayecto y visitas que hace más de tres décadas. Y allí pasamos tres días y medio entre el Disney clásico y el Disney más nuevo que ya engloba a Pixar y Marvel. Una fantasía total para nosotros, sobre todo para Claudia que ha visto todas las películas y conoce a los personajes y tramas. Fue muy feliz mi hija allí y yo ¿qué deciros? Más aún y por partida triple: por verla, por disfrutar de nuevo y por revivir memorias.

Marchamos de EuroDisney con la sonrisa anudada a la cara, el corazón y el alma hacia la capital de Europa. París aguardaba. Hotel en el centro que nos permitiera poder estudiar la ciudad y organizar las visitas. De nuevo recuerdos en mi sesera: de niño disfruté mucho en Disney, pero me aburrí enormemente en París. Cosas de la edad... ¿Le pasaría lo mismo a mi pequeña? Tal cual. Intenté sembrar en ella la fortuna que era poder ver la Mona Lisa en primera fila y sin gentío (cosas de una huelga inesperada y mucha suerte), el disfrute que es ver dónde descansa eternamente Napoleón y saber por qué, el orgullo de poder bajar andando 327 escalones de la Torre Eiffel y decir "¡Yo lo hice!", la belleza de un paseo en barco por el Sena, pero, evidentemente, con su pequeña edad ella no aprecia eso, aunque, sin duda, si vuelve como yo lo he hecho, varios años después, saboreará de otra manera esas cosas. A una niña recién salida de un mundo de fantasía como lo es Disneyland no hay Sacré Coeur que la embelese. A mí me pasó exactamente igual y lo recordé bien. Palizas de andar viendo monumentos que ni entendía ni me interesaban. ¡Qué distinto ha sido ahora y cuánto he disfrutado! Gemma sí que disfrutó. Más que yo. Le tenía ganas a París, aunque, siendo honesto, he de decir que no le gustó tanto como ella pensaba que lo haría. Pero fue feliz. Y mucho. Paseando por sus avenidas y calles, viendo sus historias y leyendas y disfrutando de los lugares más emblemáticos y conocidos de la ciudad de la luz. En definitiva ha sido un viaje que perdurará por siempre en nosotros y que nos ha dejado ganas de repetir. Por eso afirmo que volví y quiero afirmar que volveremos. Y antes de que pasen muchos años... Au revoir!

sábado, 1 de noviembre de 2025

SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE MUSKILDA

Si algo me ha regalado el Camino de Santiago, independientemente de las sensaciones como peregrino, es la amistad de Iñaki. Lo conocí en el año 2014 en Belorado, cuando ambos estábamos recorriendo las etapas del Camino Francés. Juntos cruzamos durante doce días las provincias de Burgos, Palencia y León compartiendo vivencias e hicimos gran amistad. Desde entonces no concibo el Camino sin él y hemos recorrido juntos miles de kilómetros, literal. Hemos pateado España desde Francia hasta Finisterre y hemos recorrido también los Caminos Portugués, Inglés y Primitivo. Es de origen navarro y ama su tierra como yo la mía. Mucho. Parece una obviedad, pero no todo el mundo lo hace. Por eso cuando nos visitamos intentamos enseñarle el uno al otro lo mejor de nuestras cunas. Y hace unos días fui a verle de nuevo y a pasar unos días en Pamplona, donde no es todo San Fermín y patxarán. Esta vez íbamos a ir al pueblo de sus raíces, donde se criaron sus bisabuelos, sus abuelos y sus padres. A escasos quince kilómetros de Francia, metido ya en los Pirineos y escoltado por la Selva de Irati se encuentra uno de los pueblos más bonitos de Navarra: Ochagavía (Otsagabia en euskera). Y allí fuimos de excursión a pasar un día, ver su casa familiar y pasear por sus calles. El lugar es precioso, por eso no me sorprende que con un censo escaso de quinientos habitantes haya unas veinte Casas Rurales en el pueblo, pues no falta monte cercano, rutas senderistas y actividades de práctica al aire libre y/o en la montaña. Visita recomendable sin duda.

Lo que yo no me esperaba ni sabía de Ochagavía es que tiene un tesoro en pleno Valle del Salazar, del cual viene el gentilicio de "salacencos" a los que habitan o provienen de allí. A 1.025 metros de altitud se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Muskilda, Patrona de Ochagavía, siendo una construcción románica del siglo XII que debió realizarse durante el mandato del Rey Sancho, "El Fuerte". El recinto se compone de la Ermita, una casa para el Capellán y otra para el "santero" (como se dice por estos lares manchegos) que en este caso es santera y se denomina Xerora, todo ello rodeado de una muralla de piedra. El conjunto se encuentra en la cima del Monte Muskilda y cuenta la leyenda que el origen surgió cuando un pastor de Casa Asa vio a un toro escarbando bajo un roble y en ese sitio encontró la imagen de la Virgen. Tras dos intentos llevándola al pueblo, a Ochagavía, la imagen desaparecía y volvía a hallarse en el mismo lugar donde fue encontrada, por lo que se decidió construir allí una ermita para su veneración. Rápidamente los habitantes le cogieron cariño y gran devoción y desde entonces celebran en su honor una ancestral romería los días 23 de Abril, San Jorge, 3 de Mayo, Día de la Santa Cruz, 26 de Julio, Santa Ana, 15 de Agosto, Día de la Asunción de la Virgen y 8 de Septiembre, Fiesta Patronal de Ochagavía que es la más importante y en la que siempre se bailan las mismas seis danzas: Emperador, Katxutxa, Danza, Modorro, el Pañuelo y la Jota. El grupo de bailarines se compone de nueve personas: ocho son los Danzantes de Muskilda y el noveno es un personaje llamado el Bobo que los dirige y va vestido de forma diferente y con una máscara bifronte, representando, al igual que el Dios Jano, que con las dos caras puede ver el pasado y el futuro.

El santuario es uno de los principales de su comunidad y fue declarado por votación popular, hará unos quince años, como una de las diez maravillas de Navarra. Se puede llegar hasta él andando o en coche. Si se opta por ir a pie, el camino comienza en la parte alta del pueblo, Ochagavía, tras la Iglesia. Allí veremos la primera indicación. El sendero de ida y vuelta tiene un recorrido de unos seis kilómetros con un desnivel positivo de algo más de 300 metros. Al poco de iniciarse se pueden elegir dos opciones: seguir por un camino que remonta un hayedo y está indicado por las típicas marcas blancas y verdes de los Caminos PR (Pequeña Ruta) o, bien, elegir el camino llamado "Vía Crucis",  también llamado "Camino de las Romerías", más corto, pero más empinado. Por este último suelen subir los vecinos a las fiestas de la Ermita y suben también ¡y bailando! los Danzantes el día de la festividad de la Virgen. En cuanto al acceso en coche, saliendo por la carretera NA-140 de Ochagavía dirección a Isaba, a la izquierda encontraremos el carreterín asfaltado que sube hasta el Santuario y nos deja a la entrada del mismo, donde hay lugar para aparcar y algunos merenderos. La visita bien merece la pena y se nota la paz y tranquilidad que el lugar transmite. No en vano el sitio se llama Muskilda, palabra que viene del término euskera "muskil" que significa "montón de piedras con tradición religiosa", como lo pueden ser tanto los antiquísimos túmulos dolménicos como las construcciones en honor a Dios más nuevas. Nos encontramos en un monte sagrado vestido de hayas desde el que se aprecia el pico Orhi, primero de los Pirineos con más de dos mil metros de altura.

Resta decir que el templo lo constituye una construcción de tres naves, siendo la central con bóveda de cañón. Preside todo la imagen de la Virgen de Muskilda, talla policromada y dorada con pan de oro, datada entre los siglos XIV y XV. Mide unos sesenta centímetros y está en posición sedente sobre un trono que carece de respaldo y de brazos. Tiene al Niño Jesús sentado sobre su rodilla izquierda, reposando sobre su hombro una mano y en la otra, la derecha, porta una flor. Ambas imágenes miran de frente y sonríen. Y como última curiosidad, la cual me asombró bastante, hay que decir que la propiedad tanto de los terrenos como del Santuario es de la Villa de Ochagavía. No es propiedad del clero. El pueblo construyó lo que allí se encuentra y el mismo pueblo, con varios litigios de por medio con la Iglesia por la bonanza económica que adquirió el sitio, continuó y continúa gestionando y velando su tesoro. Desde el siglo XVII el gobierno de Muskilda lo ejerce un Patronato (en sus inicios laico) llamado Mere Lego, compuesto por el Ayuntamiento de la villa, el secretario, el cura y un Mayordomo, que es quien lo preside y es elegido anualmente de entre los vecinos de Ochagavía, siendo la Xerora, como antes decía, la que hace las funciones de santera y cuida la ermita. En definitiva, el Santuario de Muskilda merece una visita por la belleza del lugar, por su significado, por su historia, por sus secretos y porque es uno de los lugares mágicos de esta España nuestra que te alegra conocer. Gracias Iñaki por mostrarme tu tierra y las bondades que esconde. ¡Hasta otra!

lunes, 20 de octubre de 2025

CAMINO PRIMITIVO

No sé ni cómo empezar estas líneas que son para ti. De verdad te digo que no sé si te quiero o te odio, lo que sí sé es que te he vencido y que la pelea ha sido la más dura de los quince años que llevo siendo jacobipeta. Desde que me inicié en este mundillo de las flechas amarillas y los albergues comencé a oír hablar de ti. El Camino Primitivo, el original, el primero que se hizo con finalidad de peregrinación, el más duro, el que une en línea recta Oviedo con Santiago de Compostela pasando por donde se tenga que pasar, el que de verdad te hace peregrino. Claro, con esas descripciones que dan de ti, lo primero que hace uno es asustarse. Hasta que sigue ganando kilómetros con el bordón, va perdiendo el miedo y tu nombre se convierte en un reto poco a poco. Y creo que así ha sido conmigo. Un inicio Sarria - Santiago, un Ponferrada - Santiago, un gran Camino Francés entero saliendo desde Saint Jean pied de Port con otro Sarria - Santiago aparte entremedias, otro Sarria - Santiago, un Valença do Minho - Santiago, otro gran Camino entero, pero esta vez saliendo desde el Somport francés, un epílogo entero haciendo el triángulo mágico por Compostela, Muxía y Fisterra, un Ferrol - Santiago y un tramo nuevamente desde los Pirineos hasta Logroño ya eran bagaje más que amplio para mirarte cara a cara. Y aún así te he tenido respeto en todo momento y eres el único que, por ahora, no tengo ganas de patear de nuevo. Eres un Camino que hay que conocer y... Encantado, gracias y adiós. No eres noble, no juegas limpio, no das respiro y te conviertes en desesperante y perdedor de la esencia jacobea. Por eso pasa lo que pasa: te llenas de deportistas y aventureros y cada vez te recorren menos peregrinos auténticos. Eso sí, ya tocaba enfrentarnos y, te lo dije, me vas a hacer pasar las de Caín, pero te venceré.

Terminado el Camino Inglés, como siempre, en el melancólico viaje de vuelta en tren, ya iba rumiando la esperanza de volver a hacer kilómetros andando con mochila y botas. El Camino Francés es mi favorito y no me canso de patearlo. Tiene algo especial, lo tengo ya diseñado en tres tramos maravillosos (Saint Jean pied de Port - Santo Domingo de la Calzada, Santo Domingo de la Calzada - León y León - Santiago de Compostela) y bien podría haberlo empezado de nuevo y ya llegarían otra vez nuevos Caminos Portugueses, Ingleses o del Norte. Es verdad que la Vía de la Plata me atrae y quiero salir del mar hasta el mar, es decir, recorrerla entera uniendo caminos desde Cádiz hasta Finisterre, pero tú, Camino Primitivo, siempre acechante, ya tenías tramado el plan. Y, mira por donde, lo acepté. Era el momento. Entiendo que ya soy peregrino consagrado y molestaba leer eso de "el Primitivo hay que conocerlo", "no se es peregrino de verdad hasta que no se hace el Primitivo", "otros caminos son de azúcar al lado del Primitivo", etc. A ver, para quien cree y confunde que el Camino de Santiago es "Sarria - Santiago", evidentemente esas frases son la realidad total, pues si no han subido ni una vez a la Cruz de Ferro ni a O Cebreiro, ni han bajado a Zubiri o a Molinaseca, pues sí, realmente no saben ni lo que es subir ni lo que es bajar, por mucho que hayan "sufrido" entre Palas de Rei y Arzúa. Pero, con los respetos ganados a base de kilómetros, que a un peregrino que ha cruzado ya tres veces los Pirineos a pie le digan que el Primitivo es el que de verdad te curte, le produce una mezcla de exageración e intriga que se traduce en desprecio y reto. Así es que a ti que fui, Camino Primitivo, a conocer lo que decían de ti y a recorrerte.

Y como antes decía, con respeto. Siempre con respeto. Pues si toda persona que te ha recorrido habla de tu dureza es por algo. Comencé a informarme bien, a leerte, a estudiarte, a prepararte. Seríamos víctimas el uno del otro en Agosto de 2025. Y empecé a familiarizarme con tus nombres y tus durezas. Oviedo, Grado, Salas, Tineo, Pola de Allande, Berducedo, Grandas de Salime, A Fonsagrada, O Cádavo, Lugo, Ferreira, Melide, A Calle, Lavacolla y Santiago de Compostela. Las nueve primeras etapas, la Novena Sacra, como así las llaman muchos senderistas que las transitan únicamente en plan deportivo y aventurero por el mero hecho de doblegarlas, son realmente duras. Esconden verdaderas puñaladas al caminante como el Alto del Fresno, la subida a Porciles, el Alto del Palo o la Cuesta del Sapo. Durísimas. Muy muy muy duras. Y conforme me empapaba de ti crecían, a iguales porcentajes, el respeto por recorrerte y el reto por conquistarte. Hasta que llegó el día y me planté en Oviedo y nos miramos desafiantes los dos. Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y olvida al Señor. "Pues bien, aquí me tienes, en la Catedral del Salvador -te dije- y voy a recorrerte, Camino Primitivo. Saldré desde la Hospedería y pondré todo mi afán en alcanzar de nuevo las altas y pardas torres de Compostela que tanto quiero". Era el 1 de Agosto de 2025 y el día 2, me calcé las botas y salí a empezar la batalla. Fue dura. Mucho. Te lo fui reconociendo conforme nos íbamos haciendo "amigos". Eso sí, permíteme sonreír ahora recordando mi triunfo.

El primer día ya dejas ver tu dureza y golpeas fuerte. El segundo día incluso me tiraste de bruces al suelo y llegué al albergue agotado, magullado, con décimas de fiebre y un herpes labial incipiente de la tunda que me habías pegado. Pero seguí. Soy manchego, cabezón y el miedo sólo se vence enfrentándolo. Me planté en Tineo y ya había recorrido un tercio de tu novena. Tiene guasa que la etapa reina fuese la que menos me costó: la subida al Alto del Palo. Quizás iba muy mentalizado de ella y por eso me golpeaste más en otras. Entre sudores y respiración agitada me planté en Grandas de Salime y ya llevaba dos tercios de las temibles nueve. Eso sí, me quedaban todavía tres etapas durísimas más y otras cinco para llegar al Obradoiro, pues todo suma. La batalla ya era encarnizada y no das un suspiro. Es real todo lo que cuentan de ti y ahora también soy de los que piensa que un peregrino auténtico tiene que enfrentarse a ti y doblegarte. La experiencia y el triunfo es enorme y gratificante. Cuando alcancé Lugo me emocioné. Fin de la Novena Sacra. Había vencido tu crueldad y el resto de etapas eran más llevaderas e incluso compartían los últimos 50 kilómetros aproximadamente con mi amado Camino Francés. Y, como no podía ser de otra manera, te terminé queriendo y sé que tú también a mí. Me pusiste a prueba bien, francamente. Has sido el único que me ha hecho plantearme la retirada porque golpeas sin contemplaciones. Hoy, meses después, te recuerdo, pienso los 325 kilómetros que te sufrí y sonrío. Amigo Primitivo, ya era peregrino antes de enfrentarme a ti. Quizás ahora lo soy más. Encantado, ¿adiós? y gracias.

viernes, 26 de septiembre de 2025

LEYENDA DEL BARBERO Y EL PANADERO DE LA RUE CHANOINESSE

Recién aterrizado de París vengo a contar una de las leyendas que he aprendido en este viaje. La ciudad del Sena, además de ser la ciudad de la luz, esconde también muchos secretos y misterios más bien oscuros y tétricos. Son historias de esas que merece la pena conocer, pues juegan con la intriga de no saber con certeza que hay de verdad en ellas, pero saber que si existen es por algo. Ya dice el refrán que "cuando el río suena, agua lleva"... El caso es que hemos estado en familia una semana en Francia, he revivido mi niñez en Euro Disney y he disfrutado de París lo que no hice de niño, pues lo que entonces era un aburrimiento en mi mente de infante, esta vez ha sido un enorme disfrute cultural. Lo que hacen los años... La paliza física de andar y caminar ha sido igual, pero el enfoque hacia el Louvre, Nôtre Dame, Montmartre, la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo y el Moulin Rouge, por mencionar algo de lo más reseñable visitado, ha sido totalmente distinto. He visto en la cara de mi hija el reflejo de mi pasado. He sonreído y le he dicho que algún día lo entenderá como yo ahora. Se ha encogido de hombros y me ha dicho que "la Gioconda sólo es un cuadro y la Victoria de Samotracia una piedra grande sin cabeza". Ella ha sido más feliz con Mickey, Minnie y las atracciones. Lógico. Yo también lo fui. Cuando pase el tiempo igual que ha pasado para mí, espero volver a hablar con ella de la capital francesa (o visitarla de nuevo) y ver cómo pone interés en su historia, sus lugares y saber, por ejemplo, quién y por qué se encuentra en los Inválidos aquel al que llamaron "Sire". Y, por supuesto, disfrutar juntos de las leyendas que allí se escoden que es a lo que hoy hemos venido en estas líneas y que todavía rumorean los viejos muros cuando anochece.

En estos casos en que la leyenda nace en un cierto contexto histórico que hay que considerar seriamente el mismo, pues envuelve todo el halo de veracidad que pudiera esconder aquella. París, siglo XIV, años 1.300, Edad Media, época de hambruna, miseria y escasez. Estudiantes, jóvenes, universitarios, pícaros y pobre economía popular. Calles pequeñas, luces titilantes, negocios de autónomos, un barbero y un panadero. Sobre esos pequeños mimbres nace la historia que aprendí hace unos días y hoy vengo a compartir...

Parece ser que en la misma y propia Île de la Cité, corazón y centro de París, muy cerca de la Catedral de Nôtre Dame, en la calle Chanoinesse, existían en el siglo XIV dos negocios que lindaban: una barbería y una panadería (boulangerie, como se dice en francés). Los panaderos en aquella época, como en casi todo el mundo (y algunos en la actualidad), además de hornear pan hacían también dulces y repostería y, lo más sofisticados y famosos, incluso ricos pasteles y empanadas rellenos de verduras y carne. Y éste era el caso del panadero que es uno de los protagonistas de la leyenda. Hacía unos exquisitos pasteles que eran conocidos en todo París. Aquel París, superpoblado, donde no eran de extrañar reyertas de estudiantes extranjeros mal bebidos de vino, desapariciones de personas, encontrar cualquier cosa en la basura o la aparición de algún cadáver en las aguas del río y que nadie lo reconociese. Aquel París, medio insalubre, mal cuidado y descuidado, se vio asolado por una falta de materia prima que hizo tambalear la alimentación de la ciudad, puesto que las mejores viandas se destinaban a las tropas de las guerras que había en las fronteras. Pero nunca faltaron pasteles del panadero de la rue Chanoinesse.

A su lado, tenía el negocio nuestro otro protagonista. Un barbero. En aquellos tiempos, los barberos también hacían en su trabajo muchas más cosas que cortar el pelo y arreglar la barba. Sabían extraer una muela, hacer un torniquete, realizar un blanqueamiento dental, operar un forúnculo, hacer tratamientos con sanguijuelas, etc. De hecho, de eso vienen los colores de los postes característicos que se instalan en las fachadas para anunciar el negocio de una barbería: el blanco simboliza las vendas, el rojo la sangre y el azul las venas. Y con la gran cantidad de jóvenes universitarios desplazados de sus países a París a estudiar en la, ya por entonces famosa, Universidad de la Sorbona, al barbero no le faltaba trabajo, ni tampoco nadie se alarmaba de ver restos de sangre en el suelo de la barbería, pues era lo normal por su oficio y práctica. Hasta que un día un perro se pasó días ladrando y aullando en la puerta del local, anunciando que su dueño había entrado en la barbería y no había vuelto a salir. Y esto alarmó a los vecinos y a la policía que vieron al animal desesperado clamando la ausencia de su dueño sin apartarse de la barbería. Y decidieron investigar lo ocurrido, pues ya era muy fuerte y creciente el rumor popular de que cada vez había más desapariciones por la zona. Se adentraron en el negocio del barbero y en la trastienda hallaron algo dantesco.

La barbería y la pastelería que ocupaban los números 18 y 20 de la rue Chanoinesse se comunicaban internamente por una trampilla que conectaba ambos sótanos y el barbero y el panadero se habían aliado en una macabra misión. El barbero degollaba a algunos de sus clientes, estudiantes de los que nadie preguntaría por ellos, los descuartizaba y entregaba al panadero vecino, quien, en los bajos de la panadería, preparaba la carne humana con la que realizaba los famosos pasteles y empanadas conocidos en París por su sabor exquisito y único, arrojando los restos sobrantes al río, cosa común y acorde a la normativa de salud de aquel entonces. Ambos se repartían las ganancias. Fueron muchos los años en que los crímenes quedaron ocultos en aquellos muros que unían los negocios de los protagonistas de esta negra leyenda parisina y, gracias al perro de una de las víctimas, ambos hombres fueron finalmente arrestados y ejecutados por las muertes que tenían a sus espaldas. Se resolvió el misterio de que en el gran período de hambruna y escasez aumentasen las desapariciones a la par que aumentaba la fama de los pasteles del panadero. Hoy en día en aquel lugar hay dos locales con usos bien distintos: un restaurante (el más antiguo de la ciudad) en cuya fachada, repleta de flores, hay un escudo con los colores blanco, rojo y azul, símbolo de los barberos y, al lado, una Comisaría de Policía, la cual ha prohibido las visitas, pues en su interior aún se conserva la piedra sobre la que se dice que el barbero descuartizaba los cuerpos. Esta leyenda demuestra que, aunque al final, todo sale a la luz, no todo es luz en la ciudad de la luz...