Estaba en la sala de entrenamiento del club de tiro con arco cuando apareció mi compañero Romualdo y me preguntó: "Carlos, ¿tú sabes hacer migas?". No sabía si estaba de broma o en serio por varios motivos. El primero porque no me esperaba la pregunta para nada y menos en el lugar donde estábamos y sin habernos dicho aún ni buenas tardes. El segundo porque Romu y yo solemos estar de guasa y picándonos el uno al otro y pensé que la pregunta tendría alguna trampa y conforme respondiese me soltaría alguna rima o chascarrillo de esos habituales. Y el tercero porque quien preguntó sabe de sobra que yo amo La Mancha y su gastronomía y me encantan los fogones, por lo que la obviedad caía sola y rompiendo la retórica de la pregunta. Me reí y le dije "¡Pues claro!". Y ya me contó el plan. Resultaba que un amigo suyo tiene un bar céntrico, muy céntrico, en la ciudad (luego diré el nombre) y muchos parroquianos le preguntan los sábados si hay migas manchegas de tapa. Alguna vez las habían hecho, pero no era el resultado deseado y quería desquitarse y sacar a la barra un día unas migas de categoría que dieran en el clavo total de la petición, el sabor y el deseo. Así se lo contó el gerente tomando un café y Romu, zorro viejo, hilvanó la idea en décimas de segundo y le dijo "Tengo la solución". Y, miren ustedes por donde, estaba yo tirando flechas sin saber que yo mismo era dicha solución. Así es que sí. La pregunta del principio tenía trampa y, cuando la contesté, caí. "Pues te vas a venir un sábado al bar que yo te diga y haces una sartén. Que ya lo tengo yo hablado con el dueño". Así surgió el asunto.
Días después, quedamos en el bar para concretar la fecha, ultimar todo y que yo inspeccionara lo que sería mi campo de batalla, pues no es lo mismo cocinar en tu casa o a la lumbre en el campo que en una cocina profesional de hostelería de un bar. Las dos primeras las domino. La última no lo había hecho jamás. Ni los fogones son iguales, ni se manejan del mismo modo, ni los utensilios son los mismos, ni se controla el espacio como en la casa de uno, ni se sabe dónde están las cosas ubicadas con sólo ver los muebles, ni nada de nada. A mí que me encantan los programas de cocina, me apasionaba la situación, pero, debo decir la verdad, me daba algo de respeto. Se convertía en un reto. Meterme a la cocina de un bar para hacer una buena sartén de migas manchegas con unos fuegos que no controlo, con la confianza ciega del hostelero (y su equipo en mí) que conllevaba la presión de no poder fallar, pues si la clientela del lugar quedase insatisfecha, yo seguiría con mis pleitos, pero el problema que habría dejado en el bar sería grande y feo, crearía mala fama para el local y, además, Romualdo tendría ya excusa para incordiarme de por vida. El resultado debía ser el esperado. El examen era complejo y todos me miraban con la total honradez de hacerme saber que habían apostado por mí sabiendo que ganaría, pero yo estaba asustado aunque con confianza. Me arremangué y di la comanda de lo que necesitaría.
Llegó el día y quedamos en el bar para almorzar, echar la mañana y hacer unas migas que cumplieran con las expectativas y, por supuesto, con todos los controles de cualquier tipo que requiere la hostelería. Durante la semana previa ya se corrió la voz, Romu se encargó de ello, de que el sábado, 14 de marzo de 2026 (pongo la fecha entera para que perdure), habría migas en "La Vermutería de Chencho" y los parroquianos estaban con ganas. Por la mañana, antes del mediodía, ya estaba preparando los ajos, los pimientos y las carnes para llenar una buena sartén. Nos comimos los presentes a temprana hora una buena ración de "Huevos con porras" (huevos revueltos con cebolla. Tomen nota del por qué de tan curioso nombre: en la Mancha somos mucho de comer ajos y cebollas tiernas, llamados aquellos ajos porros y éstas cebollas porras, de ahí el nombre del plato) y seguí manos a la obra con la preparación y el dominio del lugar. La cocina tenía dos trabas: que no era muy espaciosa y que el doble techo obligaba a cocinar doblado si tenías cierta altura, cosa que en mi caso era así. Y tratándose de hacer migas que, una vez hechas las frituras correspondientes, te obligan a estar pegado a la sartén con la paleta removiendo y removiendo, se convertía en un rato molesto. Y digo removiendo porque ya dice el refrán: "Las migas del gañán, a la media vuelta van. Y las migas del pastor, vueltas y vueltas hasta que salga el sol". Y, aunque las primeras son más livianas de cocinar, pero, ¡ojo!, bien hechas están muy buenas, las segundas son las que más se demandan y tocaba hacer.
Sobre las trece quince horas el local estaba lleno y las migas hechas. Desde la barra llegó la orden a la cocina de que debían empezar a salir raciones, platos y tapas pues la gente tenía ganas de migas manchegas y preguntaban por ellas. Me santigüé por dentro y llené la primera fuente para que empezasen a repartirlas. Vi cómo salía mi creación por la puerta de la cocina y aguardé que llegasen las primeras críticas. Los minutos que transcurrieron se me hicieron eternos. De pronto se abrió la puerta y entró Romu con un vermú en la mano. Me miró, me lo alargó y me dijo "Toma que te lo has ganado" a la vez que sonreía. Respiré. Le pregunté "entonces, ¿bien?" y me dijo que sí, que a Luis (el jefe) le habían encantado y que la parroquia fiel del local estaba satisfecha y pidiendo más. Me relajé, esperé un poquito más en la cocina para salir a la zona de ocio y que nadie supiese que yo había sido el cocinero y me encontré en la barra, precisamente, a mi hermana charlando con Romu y tomándose un plato de migas. Veía a la gente por todo el bar comiendo y pidiendo migas y fui consciente de que el trabajo había sido correcto y a la altura de lo esperado. Fui feliz. Mucho. Estaba ensimismado viendo mis migas servidas como tapa y comidas por muchas personas que ni conozco ni sabían (ni sabrán) las historia que había tras ellas y que le daban la enhorabuena al jefe del negocio. Pensaba, ya relajado, que había cumplido un reto hostelero. Entendedme lo de reto, no es algo muy complejo lo que hice, pero, para mí, hombre de letras puras, meterme a una cocina profesional en un local del centro de la ciudad y ver el resultado que tuvo mi humilde obra, era un orgullo y un gran logro. Y en esas estaba cuando, a bote pronto, le preguntó Romu a un cliente "¿te gustan las migas?" y éste le respondió "¡están riquísimas!", a lo que añadió aquel "las ha hecho éste", señalándome. Me sonrojé y me preguntaron varias personas si era cocinero, diciéndoles yo que en absoluto, que soy un mero abogado. Y algunos, pidiendo otro plato y dándome una palmada en la espalda, rieron y dijeron "pues están muy buenas las migas del letrado".
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