
Hacía mucho tiempo que no vivía una Semana Santa tan plena, contundente, satisfactoria, memorable y feliz como la de este año. Y mirad que ha sido dura para mí, muy dura. Tras treinta años en el oficio costalero era la primera vez que no sacaría ningún paso. Parao aquí para lanzar un aviso lectores costaleros que estén próximos a la retirada o recién retirados: la última chicotá es triste. Mucho. Sabes que cuando suene el martillo por última vez y se posen los zancos en el suelo se acabó tu carrera. La última arriá es un pellizco amargo. Mucho. Así es, sin duda. Pero es peor el siguiente año. Saber las fechas de la igualá, los ensayos, la mudá... Ver a tu gente, a tus amigos, a tu capataz...Y saber que ya no estás. La lágrima aflora sola. Acabo de vivirlo y el deseo de seguir cercano a las maderas es fuerte y cuesta muchísimo aceptar que contra el tiempo no se puede luchar y ha acabado esa época. En fin... Que tras treinta años de actividad costalera esta Semana Santa me ha dejado, quizás, más pleno, satisfecho y cansado que otras en las que sacaba tres pasos. He disfrutado mis ratitos muchísimo. Y he sido feliz. La certeza y garantía de no tener que mirar al cielo cada día ha sido una tranquilidad grande. ¡Qué maravilla cuando se instala un anticiclón y sabes que todas las jornadas van a ser soleadas y saldrán todas las cofradías! Así fueron las vísperas y así ha sido la Semana Grande. Cielo azul, vaharadas de incienso, sabor a almíbar, marchas sonando, buena compañía, familia, amigos y las costumbres y tradiciones a la orden del día. ¡A la Gloria sin posible escapatoria!

Amaneció radiante el Domingo de Ramos y la ciudad latía distinta. Domingo de palmas y ramas de olivo. El sol iluminaba a la salesiana hermandad y la primera cofradía hacía entrada triunfal en los palcos. La vimos entre familiares y amigos y los nervios se me acentuaban pues por la tarde, en el Barrio de los Ángeles, aguardaba el Rabí de la blanca túnica y su Madre de la Salud para hacer la estación de penitencia a través de la Hermandad del Prendimiento. Después de más de una década en mi sempiterno zanco izquierdo y que mi hija sea hermana de la cofradía desde el día del Padre del año en que nació, visto el terno negro en el equipo de capataces del paso de misterio y mi pequeña viste la túnica en el tramo de niños. Es un día grande en casa. Llega la gloria, se dispara el júbilo y sale nuestra hermandad a la calle. Y salió todo a pedir de boca. La cofradía se paseó con elegancia, sin contratiempo alguno y llenando las calles de catequesis. La única posible pega, indomable para todos, fue el frío que se adueñó de la noche conforme avanzaba. Mucho frío. La jornada transcurrió plácida y cuando me acosté estaba muy satisfecho del trabajo hecho. Así concluyó mi particular Domingo de Ramos, sin poder ver más cofradías por entregarme a la mía. El Lunes Santo, como siempre, asistí al Vía Crucis con mi padre y tuve la suerte de que me eligieran para llevar al Cristo durante dos estaciones. Completamos el recorrido hasta la oración final en la Catedral y marchamos a casa preparados para vivir los días venideros sabiéndonos llenos de fe.

Y llegó el Martes Santo. Olor a torrijas recién hechas y tarde de cofradías con la familia. Disfrutamos en las calles de Medinaceli, la Esperanza, las Penas y el Mayor Dolor. Al igual que las dos noches anteriores el cielo estaba raso, pero el frío se dejó sentir. Casi seis horas en la calle viendo cofradías me llenaron de alegría. Amo las cofradías, son mi modo de vida y las recuerdo a diario. ¡Cuánto tiempo es la espera y qué poquito dura el gozo! ¡Qué chicotá más cortita y qué relevo más largo! Siempre me repito esas frases y, por eso, cuando llega la Semana más bonita del año, la exprimo al máximo. Y despertó el Miércoles Santo. La Bondad de Dios y el Consuelo de María llenarían mi amada Ciudad Real. No concibo un Miércoles Santo sin estar cerca del paso de la Flagelación. He crecido ahí. Me hecho hombre, padre y costalero bajo sus trabajaderas. Tenía que estar cerca del Señor y de mi querida cuadrilla de alguna manera. Me daba igual cómo, pero cerca de ellos siempre. La opción fue ser el aguaor. Y lo hice. Y lo haría mil veces más. Todo por Él. Las cosas no se dicen, se hacen. Y el que quiera entender que entienda. Mi medalla de hermano la llevó mi hija en el tramo de niños. Es hermana desde el día que nació, juró reglas en mis brazos teniendo un mes y cinco días de vida y, acto seguido, la dejé en el carrito y subí al atril a predicar mi cofradía. No me va a enseñar nadie lo que es la Flagelación y lo que es el Señor de la Bondad. Y en mi cuello la medalla que ha estado conmigo treinta años bajo el paso. La lágrima contenida todo el día por todos los momentos vividos bajo las divinas maderas salió a la luz dos veces: en el Pasaje de la Merced cuando mi primo, el pequeño, llevó los cambios del paso y, casi a la entrada de la hermandad, cuando quien siempre será mi capataz me dedicó una levantá y me llenaron de amor las voces de los costaleros bajo el paso diciendo mi nombre. Me encontré conmigo mismo, sonreí, lloré y fui feliz. Bendito sea Dios y benditos sean los hombres buenos.

Marcó el calendario el Jueves Santo de una Semana Santa que estaba siendo espléndida y me iba a regalar algo enorme: ver a mi hermandad de la Macarena en un balcón enfrente de su Basílica. Con la maleta preparada de ilusión y repleta de esperanza, puse rumbo a Sevilla. Allí estaría, donde siempre y con los de siempre. Olía a Cigarreras por los Jardines de Murillo, a Pasión por el Salvador, a Gran Poder por la Plaza de la Gavidia, a Triana por su Puente, a cofradías, cofradías y más cofradías. A todas las que llenan los días de Jueves Santo a Domingo de Resurrección y que me disponía a ver y a disfrutar. Y, en especial, olía a Viernes Santo de macarenismo puro, a bacalao con tomate, a Carretería con derroche de elegancia, a San Isidoro con su rancio abolengo, a pescaíto frito, a pies agotados y al alma llena. La Madre de Dios con sus cinco mariquillas de seis verdes esmeraldas llenaría de Esperanza al mundo entero. Y así fue. Y fui testigo de ello, con la medalla al cuello, en un lugar privilegiado. Agradecido por siempre a quien lo hizo posible. No es consciente del regalo que me hizo. Pasó el Sentencia escoltado por un mar de plumas blancas y después Ella. Radiante. Eterna. La alegría que me inundó el alma fue la batería para reponer un cansancio que ya pesaba y rematar la jornada hasta la madrugada. Un Viernes Santo para enmarcar, sin duda alguna. El Sábado Santo disfruté de todas las cofradías (de algunas varias veces) y volví a saludar a viejos amigos y a cambiar estampitas con mi querido Padre Joaquín. Y el Domingo de Resurrección me despedí de una maravillosa Semana Santa en la Puerta de los Palos de la Catedral hispalense, mientras repicaban las campanas de la Giralda y la gloriosa Hermandad de la Resurrección ponía el cierre final a una Semana Santa que ha sido plena en todos los sentidos, agotadora en lo sentimental y en lo físico, sí, pero plena y para el recuerdo. ¡Ahí quedó!

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