martes, 26 de abril de 2016

UN TROCITO DE MELÓN

Como ya sabrás, amigo lector, hace unos meses participé en el "Concurso Literario de Relatos del Buen Camino" narrando experiencias vividas en el Camino de Santiago, de suerte tal que resulté el ganador de dicho concurso con el relato "Niebla del Monte Irago". Si no lo sabías, ya lo sabes. Y no es porque sea una obra mía pero te gustará leerla. Es bastante emotiva. Basta con teclear en google el título mencionado y te saldrán varios link donde poder leerla. Bien, dicho esto hay que indicar que a dicho concurso envié dos relatos además del ganador: "Un trocito de melón" y "Como la vida misma". En la entrada del Rincón cuando publiqué "Niebla del Monte Irago" ya dije que pasado cierto tiempo publicaría los otros dos relatos y hoy me apetecía publicar uno de ellos. Mi amor perdido hacia el Camino de Santiago hace que lo tenga siempre muy presente y cada dos por tres me acuerde de él. Puedo pasar horas y días leyendo las guías, recordando las etapas y observando las fotografías de mi amado Camino Francés. Y hoy es uno de esos días en que mi espíritu peregrino camina con la fuerza de un corazón que bombea flechas amarillas y evoco esas añoranzas de paso tras paso, de albergue a albergue y de recuerdo en recuerdo. Me acabo de acordar fuertemente de la vivencia que tuve en la etapa que va desde Nájera hasta Santo Domingo de la Calzada y que narré en uno de los relatos. Y con él os dejo. Espero que os guste.

UN TROCITO DE MELÓN

"El día amanecía con un cielo abierto y despejado que anunciaba que el calor sería compañero en la jornada. No corría ni una ligera brisa al alba y al ritmo de cuatro pasos por cada golpe de bordón que acompaña a los avezados peregrinos, iba avanzando por el puente que cruza las revoltosas aguas del río Najerilla. Me detuve allí contemplando el curso y me asaltaron interrogantes de peregrino: ¿por qué hacía el Camino? Llevaba ya años recorriéndolo y todavía no sabía contestarme. Creo que todo caminante sabe qué motivo lo animó a ponerse en marcha la primera vez, pero creo que ninguno sabría decir cuál fue el motivo que lo llevó a ponerse en marcha la segunda vez. Ni las siguientes. Y es que la ruta que amamos los jacobipetas tiene un veneno potente que engancha como la más adictiva de las drogas. Pienso que es quizás porque magnifica las sensaciones y sentimientos y te enseña a valorar y disfrutar todo aquello que te resbala en el día a día. Un amanecer, una charla con un desconocido, una sonrisa de alguien que no habla tu idioma... Pequeños regalos de la vida misma. Y eso estaba divagando en Nájera cuando el más universal de los saludos entre peregrinos me sacó de mi abstracción. ¡Buen Camino!

Estaba feliz porque ese día llegaría a Santo Domingo de la Calzada y la vieira que lucía en mi atuendo caminero me la regaló mi madre precisamente en aquel pueblo, pero fue años antes que yo siquiera me hubiera planteado hacer el Camino por vez primera. ¡Qué cosas tiene la vida! ¡Qué cosas tiene el Camino! Esos pequeños detalles son la esencia de la más pura belleza de lo simple y se engrandecen en la ruta jacobea. Iba con el rostro del alma sonriente mientras atravesaba las solitarias calles de una Nájera que comenzaba a desperezarse y a servir los primeros cafés del día. Me percaté del largo tramo urbano que estaba atravesando y pensé que quizás debiera haberme adentrado algo más en el pueblo en la jornada anterior, pero el calor sofocante de aquel tórrido mes de Agosto me hizo buscar descanso en el primer albergue que encontré. Y hoy sería parecido. Calculaba que llegaría a mi destino en torno al mediodía y a esa hora el astro rey abrasaría de lo lindo. En fin, a ver qué me deparaba el Camino. Hice un par de fotografías, ajusté las correas de la mochila y agarré de nuevo el bordón.

A buen paso para aprovechar el único respiro algo más fresco del día me fui acercando a Azofra, donde me detuve a tomar un café y juguetear con un gatito que se escondía traviesamente entre las mochilas de los peregrinos. Me miró con ojos transparentes mientras se relamía tras zamparse rápidamente un pequeño trozo de jamón que le regalé por su simpatía y emitió un alegre maullido cuando lo acaricié. Vivía felizmente con lo que la vida le entregaba. Lecciones que enseña el Camino: aceptar lo que se nos ofrece. Muchas veces desdeñamos algo que realmente nos haría felices si supiéramos apreciarlo. ¡Cuántas veces nos habrán puesto en bandeja momentos, detalles, tratos que hemos despreciado por no saber o no querer valorar! Me despedí del resto de peregrinos, hice otra caricia al animal y retomé la caminata.



Me gusta caminar largos tramos en soledad porque aprovecho para dedicarme a mí mismo el tiempo que me niego en otras ocasiones. La soledad y el silencio invitan a uno mismo a entrar  en su interior y, si rechazas la invitación, se convierte en obligación. El Camino conlleva introspección, forma parte de su magia. Y en esa etapa, recién salía de Cirueña, llegó la invitación, quizás buscada por mí mismo tras reflexionar  sobre la felicidad mostrada por el gato con tan poco recibido: dos caricias y una pequeña dádiva. La acepté y me embauqué conmigo mismo al ritmo de mis pasos. Interioricé en mí sin borrar de mi mente esa mirada felina que no olvidaré. Fui tomando conciencia de que la vida te ofrece miles de regalos en momentos precisos y no les damos importancia la mayoría de las veces. Egoístamente estamos acostumbrados a pedir lo que queremos y no lo que necesitamos…


Sudoroso y sediento avanzaba mientras vislumbraba al fondo del camino, cual faro en la lejanía de un árido mar  de tono marrón que acentuaba aún más el sofocante calor, la torre de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada. No me quedaba agua y el sol castigaba con dureza avisando lo que sería discurrir por el páramo y la estepa castellana en etapas venideras. Llegué al fin al Albergue de la Cofradía del Santo con las botas totalmente polvorientas, la boca seca y asfixiado de calor. Quería agua, mucha agua, pero tenía que esperar mi turno ante la fila de peregrinos que estaban siendo recibidos. Atiné a ver un botijo en una pequeña mesa y mis ojos se clavaron en él. La fila avanzaba muy lenta y eso me impacientaba sobremanera. Una hospitalera voluntaria me ofreció en un plato unos trozos de fruta. En comparación con el botijo no eran muy apetecibles a la vista. Para mis adentros pensé: "¿Fruta? ¡Tira! ¡Quiero agua! ¡Agua!" Iba a rechazarla de mala manera. Estaba sediento y rabioso. Recapacité al instante. Menos mal. ¡La vida me daba un regalo e iba a repudiarlo! Cambié mi rostro por dentro y por fuera y sonreí a la hospitalera asintiendo agradecido mientras cogía un trocito de melón. Al morder la fruta un estallido de jugo impregnó mi boca de dulzor, calmó mi sed y aplacó mis nervios. El Camino volvía a entregarme no lo que quería sino lo que necesitaba. Descubrí que jamás habría habido mejor presente en aquel momento de necesidad. Seguramente mis ojos brillaron felices como los de aquel gato de Azofra.

Todavía cuando me pregunto por qué hago el Camino de Santiago no sé contestar, pero es por cosas tan simples, pero valiosas, como aquel trocito de melón".

FIN

Tras el relato poco tengo que añadir. Es otra vivencia / experiencia de las muchas que se acumulan en la mochila de un peregrino. Sigo pensando de veras que hay veces que no sé por qué hago el Camino pero es por todo y por nada. Llegué a la Ruta Jacobea de la nada y me ha dado todo. La he recorrido ya varias veces y sé que seguiré haciéndolo y siempre siempre siempre habrá algún trocito de melón que me siga regalando lecciones de vida y recuerdos.
¡Hasta otra! ¡¡Buen Camino!!

lunes, 11 de abril de 2016

ADIÓS, AMADA MÍA.

Adiós, amada mía, hasta la vista. Qué dura es tu retirada y más cuando queda más de un año para que llegues de nuevo. Todos mis sueños y anhelos desvanecidos en ocho efímeros pero intensos días. Un año soñándote para que tu realidad se esfume en lo mismo que tarda en deshacerse en el aire la voluta de humo de un incensario recién prendido que anuncia tu llegada. ¡Tu llegada! Y con ella tu adiós. Cuando llegas es el principio del fin. Cuando el calendario cofrade marca que quedan cuarenta días empieza todo a consumarse. Ni siquiera ya has llegado y ya te estás marchando. Cuarenta días y cuarenta noches, ¡pero qué cuarenta días y qué cuarenta noches! Días de disfrute de tu sabor en el paladar y días de consciencia de un avanzar sobre los pies hacia el final de la rampa eterna para explotar en el summun cofradiero que es un hola y un adiós. Desfilan niños en la rampla del Salvador y me caen dos lágrimas parejas: una de la alegría de tenerte y otra de que ya empiezas a marcharte. Cada paso que dan los costaleros que llevan a Dios hecho un chiquillo sobre una tierna borriquita es un paso que no ha de volver atrás y que queda consumado dando lugar a una nueva espera. He estado otra vez soñando lo vivido y ahora que comenzaba a vivir lo soñado de nuevo te has marchado. Siempre te digo que no quiero que llegues sino que quiero oírte llegar. Pero llegaste, sí. Y me dejaste recuerdos imborrables una vez más. Recuerdos que ya anhelo y que os vengo a contar. Así fue mi Semana Grande.

Amanecía un Domingo de Ramos que daba comienzo a la Gloria y tenía preparada mi papeleta de sitio como costalero del Rabí de los Ángeles que pasea Cautivo en su Prendimiento. La mirada puesta en el cielo me evocaba temor a la lluvia y añoranzas del Maestro Eucarístico que reside en los Padres Terceros de la sevillana calle Sol. La nefasta climatología anunciada para esos días respetó y tuvo la decencia de descargar sus nubes cuando no había cofradías en la calle. Curioso que lloviendo tres días en Semana Santa se hiciese pleno de recorridos procesionales y no se mojase ninguna hermandad. Pero así fue. Y para mí el inició fue en el zanco izquierdo del Dios Cautivo a los sones del Himno Nacional, sacando al Señor a la calle sobre cuna de arpillera y al compás de Santo Tomás de Villanueva. Lo que se vivió debajo del paso en esos momentos es indescriptible. Lágrimas de capataz y lágrimas de costalero: por los que no están, por los que vendrán y por los que necesitan Salud. Y quién sepa de esos instantes sabrá el pellizco que tengo en el rincón de la fe al escribir estas líneas.
"Domingo de Ramos quien no estrena no tiene ni pies ni manos". Estrené unas tirantas azules del color que caracteriza a mi hermandad y disfruté debajo del paso del oficio más bello del mundo con una conjunción de amistad, fe, emoción y romanticismo clásico que no tiene parangón. Momentos como el saludo al Dios Nazareno que habita en San Pedro en el que paso se levantó a la voz de un niño pidiendo por otro niño no tiene forma de ser explicado. Quien lo viese lo sabe. Y vivirlo bajo las divinas maderas es una vivencia para enmarcar y tener en primera línea en las estanterías del alma. No pudo tener mejor cierre el día que la Gloria empieza que saber que el año que viene Dios Cautivo procesionará seguido de su Madre de Salud bajo palio.

El Lunes Santo tenía un as guardado bajo la manga. Acudí fielmente al Vía Crucis de penitencia que organiza al Arciprestago de la Diócesis de Ciudad Real. El día había estado lluvioso y nada hacía presagiar que sería los pies del Cristo de la Buena Muerte. Pero se ve que Él así lo quiso y tuve la dicha de volver a portarlo sobre mi hombro que desde años no lo hacía. Son de esos detalles que cuando a uno le flaquea la convicción de la fe te hacen sentir que quien escribe los renglones de la historia no eres tú. Y queda más aún para el recuerdo que al portador que yo le dí relevo fue a mi padre, del que comencé en mi infancia a ir de su mano a tal acto. Otro detalle más que hará de esta pasada Semana Santa 2016 que sea inolvidable. Retazos de un Lunes Santo que acababa de una manera diferente a como siempre he vivido: una persona que siempre termina el día llorando por uno de esos motivos que te impone la vida y que jamás entenderé, acabó el día feliz y con una sonrisa en la cara que jamás le había visto. Sólo Él sabe por qué lo uno y por qué lo otro.

Martes Santo gris y de lluvia. Desde que llevo sacando al Señor de las Penas bajo su altar de madera itinerante jamás había visto al cielo llorar de esa manera. Sería porque este año era el primero que faltaba el capataz señero de la cuadrilla con el que quién más y quién menos comenzó en este oficio de la costalería en Ciudad Real. Un Martes Santo muy especial en el que Marcelino Abenza no estaba físicamente pero estuvo más presente que nunca. No fueron por él ni una levantá, ni una chicotá, ni una arriá. Fueron por él toda la cofradía y todo el recorrido. Lo que se vivió bajo el paso siendo mandando a las órdenes de su hijo es memorable. El legado del maestro queda en su cuadrilla y en el terno negro. Y, particularmente, lo que yo sentí en mi sitio de la primera trabajadera alternando entre fijador derecho y zanco y rodeado de amigos, fue muy especial. Pero mucho. Es sobrecogedor llevar al Señor a la Catedral y escuchar bajo el paso el miserere que le cantan en medio de la noche, único sonido que rompe el mágico marco del racheo carmelitano y el bamboleo de la túnica de Cristo. Cumplí con el oficio costalero y fui feliz de nuevo anhelando esperanzas.

Y llegaste de nuevo. Día que desde mi incipiente adolescencia marca las pautas de la Semana Grande en mi corazón. Y de verdad que cuando llegas no quiero que marches porque cuando tu Bondad conquista al mundo es el Miércoles Santo en Ciudad Real. Y es tan efímero tu paso que cuando empiezo a ser consciente de que estás entre nosotros y del privilegio de que me lleves permitiendo ya que te pasee veintiuna primaveras ininterrumpidamente, es cuando la Cruz de Guía de la cofradía ya inicia su recorrido de vuelta adentrándose en el perchelero barrio de mi infancia, mientras que el Consuelo que nos ofrece nuestra Madre bajo palio va abandonando la Plaza de la Merced a la que ha llegado atravesando tu Pasaje de Bondad. Ese día el cielo amaneció nublado y gris y los látigos del sayón se encargaron de flagelar las nubes para que pudieras pasear por esta Ciudad de Reyes demostrando que el único de Rey de Reyes eres Tú y que la Fábrica de los Sueños que es tu cuadrilla volvía a convertir en realidad por un día todos los sueños fabricados el resto del año. Amarrado a su columna Nuestro Padre Jesús de la Bondad en su misterio de la Flagelación volvió a dejarme soñar despierto y a vivir realidades. Su peso sobre mi cerviz es la mayor comunicación directa que puedo tener con el Dios mismo cuando en las Puertas del Cielo que se encuentran en la Plaza de Santiago Nº 2, Convento de las Hermanas de la Cruz, se levanta el paso y es todo en mí una conjunción de creencia y fe. Ya no es que nadie pueda saber lo que son esos momentos de Miércoles Santo, es que no lo sé ni yo, lo que se vive en esos idílicos instantes hacen del día que sea único, especial e irrepetible. Y no se puede definir en modo alguno. Y si además se está rodeado de gente de raza costalera como la que hay en esa cuadrilla la sensación es inimaginable. Tanto que yo he encontrado mi definición del cielo que hay en este mundo terrenal: Miércoles Santo por la tarde, primera trabajadera, zanco derecho del paso del Señor de la Bondad y rodeado dentro y fuera por mi gente, mi familia, mis amigos. Por eso digo que llegaste de nuevo y no quería que marchases. Llegaste de nuevo a ser único y a ser el depositario de todas mis oraciones y pedimentos que espero escuches a la vez que me sigues enseñando. El Miércoles Santo fue el summun de una Semana Santa para enmarcar y cuando me quité el costal sólo una palabra: Gracias.


Llegado que fue el Jueves Santo mi participación activa y costalera en la ciudad que me vio nacer había terminado. Hube sido de una manera u otra los pies de Dios en la tierra a través de las advocaciones del Cautivo, la Buena Muerte, las Penas y la Bondad. La Esperanza me esperaba. Esa Esperanza que dicen que brilla más que una flor en primavera, que vive en San Gil y se llama Macarena. Y allí que marché. A la ciudad hispalense de mis amores, mi querida y bética urbe que tiene por nombre una palabra de siete letras, una por cada una de sus hermanas provinciales que componen junto con ella Andalucía: Sevilla. Tenía por delante desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, allá por donde todo acaba en Santa Marina. Ni que decir tiene que a estas alturas de los días de la Gloria hecha toda cofradía se había estabilizado el tiempo y el sol brillaba en un cielo azul esplendoroso que permitió que todas las hermandades de las que iba a a disfrutar realizasen su estación de penitencia. Así es que disfruté de los Caballos, Cigarreras, Montesión, el Valle, etc. Disfruté de todas las hermandades del Jueves Santo y de la Madrugá. Pero yo allí muero con Papá y Mamá. Papá del Gran Poder y Mamá de la Esperanza Macarena. El sentimiento de felicidad que me invade cuando estoy cercano a ellos me cala hasta el tuétano de los huesos. Podría estar horas, días, semanas, disfrutando de esas cofradías en la calle. Este año además fui muy feliz porque se vino Gemma conmigo y vio y saboreó dos momentos cumbres y de exquisito paladar para los cofrades, de esos que te dejan un regustillo interior que cada vez que los recuerdas te transportan al momento vivido: la entrada de las  citadas Hermandades del Gran Poder y de la Esperanza Macarena. El embrujo del amanecer en San Lorenzo y el bullicio de un pueblo entregado a su Reina a las puertas de su Basílica quedarán para el recuerdo.
Mi macarenismo cerrado quedó colmado para aguantar otro año la espera hasta que las cinco verdes esmeraldas que Gallito te trajera del otro confín del mundo vuelvan a tintinear en tu pechera. Hubo grandiosos ratos como la entrada del Sentencia a los sones de la marcha Macarena interpretada por la Banda de Cornetas y Tambores de la Centuria Romana Macarena y la petalá con que se despidió a la Madre de Dios cuando entraba por el atrio hacia su casa. Ya era Viernes Santo a esas horas y por la tarde el resto de cofradías volvieron a derramar arte por las calles de Serva la Bari. El discurrir de la Soledad de San Buenaventura no te deja indiferente y el portentoso misterio de la Carretería causa admiración. Para mi gusto particular la cofradía de Montserrat es de babero y ver el andar del Cachorro hacia el centro de Sevilla es, sencillamente, sobrecogedor. Y ya, para los cofrades de paladar rancio y añejo, para los que gustan de las cosas bien hechas y respetables, año tras año la Hermandad de San Isidoro es un deleite. La verdad es que podría estar versando horas y horas sobre cofradías pero me limito a mencionar los detalles más reseñables de lo que disfruté esta pasada Gloria, no por eso me olvidó del Jorobaíto de la O y de otras hermandades. También hubo tiempo en estos días y en estos ratos para comernos algún serranito y un par de buenos cartuchos de pescaíto frito. Faltaría más.


El Sábado Santo llegó con aires de San Gregorio y la alegoría del Triunfo de la Santa Cruz. No concibo una Semana Grande sin ver la Hermandad del Santo Entierro con sus impresionantes mensajes tanto directos como indirectos o alegóricos. Y esta hermandad los tiene y de qué manera. También disfruté con la Hermandad del Sol. Curioso. Una de las más desdeñadas en el mundillo cofrade a mí me causa respeto pues nunca se sabe quién ni por qué se oculta tras su antifaz de nazareno. Sólo ellos y su Varón de Dolores y su Virgen del Sol lo saben. Tengo marcadas miradas desde hace años tras esos antifaces de color verde y ruán y siempre que los veo me acuerdo. Para disfrute rancio y señero me quedo ese día con la Comunidad Servita. Simplemente hermandón de principio a fin. La elegancia de los Servitas en la calle es punto y aparte. También tengo palabras para la Soledad de San Lorenzo, cita a la que acudo puntualmente y de la que guardo con cariño las estampitas que año a año me da su Preste Don Joaquín, mi querido amigo y Padre Salesiano que me uniera en matrimonio con Gemma. A esta hermandad tengo un cariño especial. Y por supuesto ví y disfruté en varios lugares a la Trinitaria hermandad. Me encanta el paso del Sagrado Decreto, me emboba el Cinco Llagas de vuelta y me gusta ver marchar el palio de la la Virgen de la Trinidad como colofón a un Sábado Santo de ensueño.

Y resucitó en Santa Marina el día que pone sentido a todo lo anterior: Domingo de Resurrección. La Semana Santa, por definición, son los días comprendidos entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Resurrección, ambos inclusive, en los que la Iglesia Católica rememora la pasión, muerte y resurrección del Señor. Y ya puede haber quien diga que la Semana Santa termina el Sábado Santo o que el Domingo de Resurreción no es Semana Santa que está equivocado. Y eso es así, repito, por definición, no porque yo lo diga. Pero si alguien quiere mantener que lo blanco es negro siendo consciente de ello que lo haga. Allá cada uno. Eso sí: respeto. Respeto a la Hermandad de la Resurrección. Sin ella todas las anteriores no tendrían sentido alguno. Respeto digo. No me sirve que porque le quiten las sillas, los palcos y salga al alba no merezca atención. Es una cofradía vital, de hecho podría suprimirse cualquiera de las anteriores pero jamás ésta. Es la pieza que une todo el puzzle. Pasión, muerte y Resurrección. Y con ella termina la Semana Santa viendo a Dios triunfal y triunfante y a su Madre de Aurora sin lágrimas en la cara. Y otro año más disfruté de la ilustre y lasaliana hermandad de la Resurrección por las calles y la ví entrar donde todo acaba y donde todo empieza: en Santa Marina. Allí concluye la Gloria y allí empieza la nueva cuenta atrás. Todavía te estoy acariciando mientras te veo partir y ya agito banderas al viento por tu llegada. Volverás. Adiós, amada mía.

martes, 15 de marzo de 2016

UN DÍA EN MASTERCHEF

Ya saben ustedes de mi pasión por la cocina. No es nada nuevo. Me encantan los fogones y soy feliz entre ellos, cocinando, guisando e innovando. Me reconozco friki seguidor de programas como Master Chef y Top Chef y admito ser seguidor incondicional de ciertos y afamados chefs, siendo mis predilectos Alberto Chicote, Martín Berasategui y Pepe Rodríguez. Y, por supuesto, quien me conoce de verdad lo sabe, la comida tradicional y arraigada de mi tierra me encandila: gachas, migas, tiznao, gazpachos manchegos, pollo campero con arroz, etc. Así es que hombre de buen yantar, culinario y cocinillas me regaló la vida uno de esos detalles que son para vivir intensamente. Y tenía que haber cofradías de por medio, no podía ser de otra manera. A través de ese mundillo cofrade que vivo los trescientos sesenta y cinco días del año (y uno más si es bisiesto) conocí a mi querida Eva María Masías, mujer íntegra, trabajadora, madraza de familia con cuatro hijos, currante ejemplar, dependienta y dueña de la tienda de productos gourmet "Gloria Bendita", comercial de thermomix, excelente cocinera y mil adjetivos más todos ellos positivos. Y con ella a Rafael. Su marido, otra persona de diez. Y de su mano llegó la aventura que hoy vengo a contar. La aventura y la thermomix, sí, sí, la de las lentejas...

Eva, cocineraza donde las haya y magnífica chef amateur tuvo a bien presentarse a los casting del programa Master Chef y, como no podía ser de otra manera, llegó bastante lejos en este primer envite. Tanto es así que de entre más de 20.000 aspirantes llegó a estar entre los 40 mejores. Lean, lean. Verídico y real: entre los 40 mejores cocineros amateur de 20.000 aspirantes. Se dice pronto y se lee más pronto aún. Es decir que Eva se quedó como poco por encima de 19.960 personas. Casi nada. Y digo como poco porque no sabemos tras los casting de Madrid en qué posición llegó a quedar nuestra concursante pero seguro que estuvo a punto de pasar al programa. Lamentablemente no podremos disfrutar de Eva en el show televisivo pero para nosotros ya es más que una campeona. Y la cosa empezó en secreto y a través de un vídeo que le grabó su hijo mayor y que envió a la primera fase de los casting. Como guisaría esta mujer que sólo con el vídeo ya la llamaron para ir al casting general en persona donde se juntarían 400 aspirantes de dónde se elegirían a los 40 mejores para la prueba final. A esos 40 amateurs se les entrega la Cuchara Master Chef que indica que han sido seleccionados. Y nuestra Eva lo fue. No podía ser de otra manera.



Pero hasta que se le entregó la cuchara por parte de Pepe Rodríguez (El Bohío) hubo una maravillosa aventura. Así fue el asunto. Recibo una llamada de mi Eva diciéndome que pueden acompañarla a los casting cinco personas y que como sabe que soy un cocinillas nato me invitaba a ir. Regalazo. Automáticamente mi mente piensa: Pepe Rodríguez, Jordi Cruz, Samantha Vallejo-Nágera, los mandiles, las cucharas, Eva Rodríguez, un montón de cocineros aspirantes, recetas, técnicas, emplatados, cámaras, microfónos... ¡¡Un día en Master Chef!! Al lío. Por supuesto que voy, Eva. Y tan feliz. Y así empezó la aventura para mí. El resto de acompañantes fueron Rafa (su marido), Mari Delfi (amiga común y parte del mobiliario de la tienda gourmet de Eva "Gloria Bendita"), Ana Galán (muy amiga de Eva, la jefa de las thermomix en Ciudad Real -publi gratuita- y una mujer divertidísima) y Alba (sobrina de Eva y Rafa con una barrigota gorda y llena de vida pues lleva dentro a Martina que muy pronto verá la luz). Equipazo. Y ya no sé cómo surgió que fuésemos a animar a Eva con pelucas rosas, pero el resultado fue genial para nosotros y para el propio concurso Master Chef pues dimos un toque diferente y de humor al programa y hubo momentos geniales. El equipo "Pelucas Rosas" estuvo presente, muy presente en la grabación del programa. Nos hicieron alguna grabación adrede y hubo muchas risas.Ya lo veréis en televisión, ya.


Organizado ya todo salimos en expedición a la Toledo imperial de madrugada, pues a las 08;30 nuestra concursante debía estar ya iniciando la dura jornada de casting en la Academia de Infantería, un marco sin parangón para realizar las grabaciones exteriores. El día estaba lluvioso y había que llevar el plato ya hecho para emplatarlo allí, sometidos a la presión del tiempo del reloj de cocina, de las cámaras, de los jueces y del público. Eso añade a las pruebas de selección una dureza extrema, pero ahí estaba Eva con un platazo que combinaba gastronomía, tradición y raíces: conejo escabechado sobre tierra de migas manchegas. Se superaron las premisas y las expectativas sobradamente. Era de justicia y de realidad. En verdad la foto del plato es impresionante y el sabor del mismo (tuve el lujo de probarlo) es indescriptible. Bueno y lo que fue indescriptible también fue el día que pasamos todos juntos y el momentazo en el que tras la cata de platos y decisión del jurado, Pepe le entregó a Eva la cuchara que la catapultaba a la prueba final de Master Chef. El momento de emoción, abrazos, besos y felicidad conjunta no tiene palabras que lo definan. Y eso no nos los quita nadie. Ver la cara de Eva en ese momento, el abrazo que le dí a Rafa y ver como sus hijos abrazaban a su madre por la noche tras conocer la noticia son recuerdos de esos que jamás se olvidarán. Y por ello ya eres una campeona, Eva. Llegaste muy lejos. Mucho. A las puertas mismas del programa. En el último casting la dirección entendió que no dabas el perfil para estar entre los últimos 40 aspirantes que pasaban al programa y a la última criba. Ya sabes lo que opino de eso. Eres grande. Y no es que yo lo diga en estas líneas, es que es verdad. Gracias por todo y por haber empezado a cumplir un sueño en Master Chef. Sigue soñando porque, a veces, los sueños se convierten en realidad. Te quiero, madraza.

miércoles, 17 de febrero de 2016

CARNAVALEANDO

Yo no sé si será cierto o no pero dice el refrán que la costumbre hace ley y la ley es para cumplirse. Y los refranes aciertan siempre. Así pues, si ya hace años que gusto de disfrazarme al menos un día en Carnaval, entiendo que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en costumbre, la costumbre ha hecho ley y yo, ¡faltaría más!, cumplo la ley. Y para los más desaliñados en esto del Carnaval me atreveré a decir que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento así es que fuese por cumplimiento legal, por costumbre, por tradición, por gusto o por ignorancia, la verdad es que he vuelto a disfrazarme y a celebrar las festividades de las carnestolendas. Que me vestí de Heidi, vaya. Este año no he sacado a pasear mi disfraz de la ilustre fregona (no confundir tal atuendo con la literatura cervantina, por favor) pero sí he sacado a la calle aquel disfraz con el que me ataviaron en mi despedida de soltero hace ya casi un lustro. He vuelto a vestirme de Heidi y para mayor guasa y cachondeo esta vez venían también mi mujer y mi gran amigo Narciso. ¡Ojo! La guasa no es que vinieran ellos, la guasa es que se disfrazaron ambos de Pedro y el Abuelo respectivamente, por lo que el cuadro que formamos era espectacular pudiendo haber pasado a sublime si llegamos a encontrar a Clara y Copito de Nieve. Todo un espectáculo.
Y, claro, como esta Civita Regia en la que Dios me trajo al mundo lo que más disfruto es la llegada de Doña Cuaresma, la fiesta de Don Carnal fui a degustarla a Miguelturra, como viene siendo ley, costumbre o como quieran vuesas mercedes llamarlo. En esa localidad vecina sí que viven el carnaval y tienen afición por el mismo por lo que entremezclarse con sus gentes por las calles hacen que el disfrute sea auténtico. Y allá que fuimos a parar Heidi, Pedro y el Abuelo. Ni que decir tiene que no faltaron los licores espirituosos y los bailes del molinillo, lo que hicieron que Heidi disfrutase soberanamente bajo la afectuoso mirada del Abuelo y algún gruñido de Pedro por desaprobación momentánea. Pero hay que saber que como aquí el que suscribe se disfrazó por imperativo legal y la ley está para cumplirse como antes decía, si ley es disfrazarse, ley es tomarse unos 100 pipers, ¡hombre, por favor! Y así fue.

Entre risas, bailoteos, una copita, otra copita, voy al baño, vuelvo, pon un chispalibre, échame tú el hielo y yo pongo la fanta, otro chispalibre me cabe, incluso dos si son cortitos, otra copita, ahora un chupito, se me ha caído medio pónme otro, arriba, abajo, al centro y para dentro, otro medio chupito se me ha caído en el brindis, vaya tela, pónme otro haz el favor, otra copita y por último hacernos unas fotejos transcurrió plácida y etílicamente la noche. Y tanto transcurrió que cuando nos quisimos dar cuenta ya eran las cinco  y media de la mañana, habíamos agotado los licores y era hora de ir o a la carpa a rematar la faena o a casa a roncar en fa sostenido. La carpa no apuntaba maneras pues no había demasiada gente y la cosa se ponía fea, taurinamente era cuestión de puerta grande o enfermería y por los ánimos habidos parecía que iríamos a la enfermería. Entre que entrásemos y saliésemos sería ya al alba y va a hacer ya quince años que dejamos de peinar los veinte. Nuestra hora había llegado y la faena había sido buena. La mejor puerta grande por la que saldríamos sería la de la retirada y por ella optamos. Aplausos no faltaron y Heidi volvió a casa como las cabras que la rodeaban en la montaña, dícese ente trotes y brincos. Fue caer en la cama, retozar haciéndome hueco como habría hecho Niebla en el césped, avisar al Abuelo de que había llegado al hogar y roncar con Pedro al lado. ¡Qué maravilla!

Me gusta a mí cumplir la Ley del Carnaval. Un año más entre ensayos de costal y a caballo entre el ocaso de Don Carnal y la incipiente Doña Cuaresma, damos rienda suelta a la guasa carnavalera. Un poquito no está de más. Me gusta a mí cumplir la Ley del Carnaval. Ya es costumbre. ¿O era al revés? Hasta el año que viene. Así sea.

lunes, 8 de febrero de 2016

NIEBLA DEL MONTE IRAGO

Email recibido comunicándome ser el ganador
He esperado pacientemente para publicar esta entrada hasta que fuese firme su objetivo: publicar en el Rincón un relato con el que he ganado un consurso. Os cuento. La Guía Consumer del Camino de Santiago presentó un concurso literario de relatos cortos llamado "Relatos del Buen Camino" en el que opté a participar. Podían enviarse tres relatos distintos y, si bien en la primera edición envié sólo uno titulado "Y el Camino llegó a mí", en esta edición he enviado el máximo de ellos. Dos basados en vivencias personales del Camino de Santiago llamados "Un trocito de melón" y "Niebla del Monte Irago" y otro metafórico en el que asemejo la vida de una persona desde su nacimiento hasta su muerte con el discurrir de la Ruta Jacobea desde Saint Jean Pied de Port hasta la mismísima Plaza del Obradoiro que lleva por nombre "Como la vida misma". Bien, pues hoy vengo a deciros que he sido el campeón del Concurso Literario "Relatos del Buen Camino" con el texto "Niebla del Monte Irago".
En sucesivas entradas os pondré también los otros dos relatos con los que participé, pero hoy os reproduciré íntegramente el relato que me ha llevado a la victoria. Lamentablemente es tan emotivo como real. Desde aquí agradezco de nuevo a Eroski-Consumer que seleccionase una de mis obras como merecedora de estar entre las diez mejores e, igualmente, agradezco de corazón a todas las personas que lo han leído y me han dado su voto para llegar al triunfo. Os dejo con el relato:

NIEBLA DEL MONTE IRAGO

Salí miedoso de Astorga. Siempre había hecho el Camino acompañado y esta vez me dispuse a hacerlo sólo. Lo necesitaba. Y no tenía miedo por ir en solitario, tenía miedo de mí mismo, de mi mente, de mi interior dolorido por un amargo varapalo que la vida nos había propinado a mi mujer y a mí. Habíamos perdido el bebé que esperábamos de la más dolorosa de las maneras y tenía muy agarrado el desazón internamente. Me sentía impotente y preso de una injusticia en la que no cabe apelación. Y por más que maldijese y derramase amargas lágrimas, el sol continuaría saliendo día tras día para perderse cada anochecer tras las aguas que se contemplan desde Fisterra. La vida sigue su curso incólume. Una etapa dura no puede empañar la belleza de toda una ruta. Como peregrino consagrado sabía que el Camino me curaría esas heridas internas como otras veces lo había hecho con lesiones de pasadas batallas mentales. Me haría llorar, desfogar, sacar fuera lo malo y ver que la vida ha de seguir siempre hacia adelante. Sabía que así sería y por eso tenía miedo. En algún momento tendría que enfrentarme a ese trago que había ido esquivando. Y por otras experiencias intuía que no elegiría yo el momento. Sería el propio sendero que refleja nuestro paso por la vida quien lo hiciese. Era consciente de que así iba a ser y por eso me puse en marcha en mi bien conocido y querido Camino de Santiago. Tenía miedo pero era necesario. Cuando recibimos tan dolorosa noticia me centré en mimar a Claudia, mi esposa, desatendiéndome a mí mismo en favor de ella. Una vez que logré volver a verla sonreír tocaba curarme y dedicarme un tiempo. Iba a ello con mochila, bordón y botas. En apariencia estaba el asunto olvidado, pero por dentro quedaba mucho por cicatrizar. Fui abandonando Astorga convencido de que la única forma de sanar ese desgarrón del alma era reabrirlo y que el Camino lo suturase por siempre. Lo hube aprendido en otros caminos y siempre resultó. Me enfrentaba a la prueba consciente del dolor que pasaría pero sabiendo que era la mejor medicina. ¡Vamos Gonzalo!, me dije. Y dejando atrás el albergue y apretando los dientes busqué la primera flecha amarilla.

Iba caminando atento a la llamada interior que la ruta me haría y por eso mismo no llegaba. El que espera desespera y el que viene nunca llega, dice el refrán. Y bien cierto es. Sabía que tenía que llegar y me empeñaba en adivinar el momento. Craso error. Atrapado en mi laberinto de recuerdos del pasado y deseos del futuro estaba desaprovechando el presente. Había ido dejando atrás sin pena ni gloria Murías, Santa Catalina y El Ganso y sólo el destino sabría cuando habría de pasar de nuevo por ellos. Iba tan obcecado con sanarme por dentro que no prestaba atención a nada, hasta que poco antes de llegar a Rabanal la inmesa sombra del Roble del Peregrino me invitó a descansar. Me detuve a relajarme e inconscientemente dejé de estar alerta. Y fue poco después de reanudar la marcha cuando ocurrió.

Atravesé el pequeño pueblo forjando la ilusión de enfrentarme a la dura subida hacia Foncebadón, cercano a coronar la Cruz de Ferro, techo del Camino Francés. El día se iba enrareciendo y el cielo adquiría un aspecto grisáceo amenazador. Avanzaba observando que una densa niebla se iba apoderando del Monte Irago conforme iba ganando metros de altitud. Tenía miedo a perderme y el terreno era muy abrupto con piedras sueltas. "¡Venga, papá! ¡Que podemos!", escuché como le decía un chaval joven a un hombre de unos cincuenta años. Me aparté del estrecho sendero por el que transitábamos en ese momento para abrirles paso y que continuasen la ascensión sin traba, pues ya estaba bastante cansado y mi ritmo era mucho más lento que el suyo. Ambos peregrinos me desearon buen camino y siguieron jaleándose cariñosamente el uno al otro mientras seguían subiendo. Al escuchar la arenga mutua mi mente se desbordó de recuerdos con ilusiones rotas. Dos lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas al ver avanzar a la par las dos siluetas. ¡Un padre y un hijo! Un sueño truncado para mí unos meses antes. Rompí a llorar amargamente, tanto que hube de detenerme, quitarme la mochila y sentarme a la vera del camino. Así estaba en aquella fría mañana de Noviembre. Sólo en la montaña, con mi interior, con la amargura que producen las heridas del alma y que nadie puede curar sino uno mismo y el tiempo. Grité desgarradamente mirando al cielo y pataleé contra el suelo hasta incluso hacerme daño. Atrapado en mi desolación la niebla me ocultaba y todavía quedaba un duro ascenso hasta concluir la etapa. Mis ojos vidriados por las lágrimas transmitían un dolor que no deseo que nadie conozca. Mi mente bullía atormentada. ¿Por qué tuvo que ocurrir? Allí pasé un rato enfrentándome a mí mismo hasta que desfogué. Me enjugué los ojos por enésima vez con la manga derecha del forro polar y cuando los lacrimales hubieron manado lo que fue necesario volví a caminar. Había empezado mi mejoría pero el rato que allí pasé solo lo sabemos la niebla del Monte Irago y yo.

Llegué exhausto al albergue la Posada del Druida. Y casualidades en las que no creo hicieron que el padre y el hijo estuviesen acomodados en la habitación donde me ubicó el hospitalero. Sonreí. Comimos juntos y me quedé charlando con el padre un buen rato. Se llamaba José Carlos. No lo olvidaré. Le prometí que algún día volvería al Camino con mi hijo por compañero, igual que él estaba haciendo.

Han pasado más de treinta años. Esta es la historia de tu nombre, José Carlos. A mamá no le gusta demasiado pero para mí significa mucho. Hoy haremos juntos la etapa de Astorga a Foncebadón. Si lloro no te preocupes, hijo mío. La niebla me ocultará y el Camino volverá a sanarme.


FIN.



Resta añadir que en el relato he cambiado nombres, fechas y etapas, pero todo el mensaje de la historia es real. Los hechos me ocurrieron en compañía de mi amigo Iñaki, peregrino igual que yo, en la etapa que va de Villafranca del Bierzo a O Cebreiro. Mientras mi padre caminaba más atrás me brotaron las lágrimas que el Camino debía secarme. Era un mes de Agosto y no Noviembre. Mi mujer se llama Gemma y mi nombre es Carlos. José Carlos sí que es real, es un peregrino de Albacete que hacía el Camino con su familia: su mujer y sus dos hijos. Los conocí en Foncebadón y por eso he recreado el relato en aquellos parajes de dura subida hacia la Cruz de Ferro. Eso es todo.
¡Ah! Gonzalo y Claudia... son dos personas que espero que algún día vean la luz y caminen por la vida de la mano de su padre.

He dicho.

viernes, 15 de enero de 2016

UN PUCHERO DE BARRO

Esta es la historia de un puchero de barro, pero no un puchero cualquiera, un puchero que como digo tiene historia. Un puchero que tiene pasado, presente y futuro. Hoy os narro una de esas cosas cotidianas que tanto me gusta compartir con vosotros ya que creo firmemente que son las que le dan sentido a la vida. Y me decanto por esta historia para empezar el año en el blog porque este 2016 creo que no me propondré propósito alguno. Total, cada vez que me propongo algo y aunque sea en una milésima parte no depende de mí, no lo logro y no se cumple. Así es que no me propondré nada y que Don Destino por llamarlo de algún modo obre en mí lo que quiera que de todo se harta uno. Me dedicaré a lo que mejor sé hacer: intentar vivir siendo feliz y arrancando sonrisas a los demás que a la vez me hagan sonreír a mí. Y así llegó a mis manos el puchero de barro, entre sonrisas, un día del pasado verano comenzó a fraguarse. ¡Qué cosas! En pleno invierno y yo mentando al verano. Pues sí. Desde Nochebuena ya vamos para el estío y cuando llegué San Juan ya iremos otra vez al frío. Eso es así. Y aunque suene contradictorio es real. Alcanzado el día que comienza el invierno empiezan los días a alargar hasta que estalla el verano y, en ese mismo momento, a menguar empiezan de nuevo hasta llegar otra vez al invierno. Pero no quiere decirse que se correspondan plenamente con las temperaturas que los acompañan, ¿eh? No os volváis locos. Que además estamos aquí para hablar de un puchero que no del tiempo y para loco ya tengo yo el entendimiento.

En verano decía comenzó a fraguarse la historia del puchero. Hicimos una barbacoa nueva en el campo y yo como manchego de buen yantar (y gañán de definición) ya le hacía idea no sólo a los guisos y asados veraniegos sino a las comidas a fuego lento del frío invierno. E idealicé en mi mente un puchero de barro lamido por las llamas de la lumbre y cociendo en su interior un buen puñado de judías con patatas y chorizo desprendiendo aromas de pimentón y laurel. ¡Anda que no! Y no se me iba el empeño de la cabeza y sabía que a finales del estío tendría ocasión de adquirirlo en una visita que hago anualmente a uno de los vecinos más viejos de la Mancha: el Cristo de Urda. Me gusta ir a verlo en sus días de honra y pasear por aquella feria tan pura y llana como la que pateó Don Quijote. Siempre hay puestecillos de productos típicos y de útiles y aperos de estos campos nuestros, entre los que recordaba haber visto otros años pucheros y ollas de barro como el que me rodaba a mí por la sesera.

Y fueron cayendo las hojas del calendario y con ellas se acabaron las vacaciones y llegó la vuelta al trabajo, anunciando la decadencia del verano y un otoño inminente que ya acechaba en breve tiempo. Casi sin darnos cuenta llegaron los últimos días del noveno mes del año y llegó el momento de ir al toledano pueblo a ver al Señor en su barca. Y allí nos dimos cita. Cumplí la tradición y fui a la feria en busca del puchero de barro. A decir verdad de los pucheros de barro, pues quería uno para guisar y otro pequeño para hacer café al tizón. Como suena. Café de puchero y cuando está bien caliente se le introduce dentro una brasa limpia de cenizas. En ese momento bulle el agua muchísimo y el café se mezcla con el humo y adquiere un buqué caracterísitico. Luego se cuela bien y se sirve. El regusto a leña y el aroma a antaño que te impregna la boca a cada sorbo de ese café de puchero es digno de memorándum. Haced la prueba y me contáis. Ya os digo que soy manchego cerrado y disfruto con las tradiciones y saberes de mis mayores. Pues allá que iba yo relamiéndome de las judías y el café que haría con los pucheros y la lumbre de la barbacoa cuando los ví. La gente que me conoce se reía aquel día pero bien que me han pedido posteriormente que los invite a judías. Pues eso. Los ví y me imantaron y me dejé imantar...



Compré finalmente dos pucheros de barro (dejé la olla para otra ocasión y, por cierto, ya la tengo y he hecho cocido campero con ella) y un molde para flores. Me quedé con ganas de comprar también una candilera para hacer rosquillos de candil de forma artesana, pero bueno, otro año será. Tampoco tengo todo el tiempo que quisiera para estar de lumbre en lumbre, aunque en realidad me encanta y soy feliz cocinando así para los demás. Y como en eso no tenía que intervenir fuerza ajena alguna y dependía de mí y sólo de mí, de vuelta que me volví con mis pucheros en el coche. Y bien poco tardé en estrenarlos. Estaba claro que las judías que lo inaugurarían serían pintas, mis preferidas desde niño. Y así fue. En las fotos podéis ir viendo el resultado. No me diréis que no es de escándalo, ¿eh? Y si encima a la par que cuecen las judías hago un revientalobos tostando las guindillas y cayenas a la brasa, amaréis este guiso como yo a mi tierra. Y fijaos que cosa más simple os cuento: la historia de un puchero de barro que de barro fue fraguado y de barro me fue entregado. El pasado en Urda lo tuvo, el presente en Fernancaballero lo gasta y el futuro en la lumbre del que me invite a su casa. ¡Qué cuestión más simple!


Y lo que sonrío yo con mi puchero no tiene precio ninguno. Por eso mismo gasto estas líneas contándoos tal cosa, porque seguro sonreís con esta pequeña historia. Otro detalle cualquiera en otro cualquier día que poco a poco llena de alegría la mochila. Eso no lo da el destino, lo da la esencia del día a día. Así es sonrisas y nos quiten lo bailado. ¡Salud! Y judías en el puchero que yo os haré de guisandero. Y quien quiera café en el postre no se haga el remilgón que tengo un puchero chico para hacer café al tizón. ¡Salud! ¡Salud, os digo! ¡Salud! Feliz Año Nuevo sin propósito ninguno, me conformo con seguir igual, con vivir y contaros más historias como la de este puchero.


martes, 22 de diciembre de 2015

MI DESEO DE NAVIDAD

La verdad es que más que mi Deseo de Navidad es una oración a favor de todos vosotros. Mi forma de expresarlo quizás sea a través de la fe en la más intrínseca de las creencias ancestrales de la vida, y aunque haya quien no crea no por ello lo excluiré de mi deseo. Y esto no tiene nada que ver con la religión. Estas fiestas deseo que se haga en vosotros la esperanza y que os acompañe en aquello que la necesitéis hasta que termine su necesidad y sea ya una realidad. Estas fiestas deseo que no tengáis regalos sino que tengáis sonrisas. Desde el Rincón deseo que no tengáis principios sino finales: el fin de una enfermedad, el fin de una espera, el fin de un problema. Esta Navidad deseo más que nunca que no os toque la lotería a ninguno y que celebréis de verdad el Día de la Salud y así pueda desearos algo de nuevo el año que viene porque os tendré a todos sanos mi lado. Pero, oye, que si os toca algún pellizco bienvenido. Durante estos días no os deseo atracones de grandes productos gourmet sino humildes platos con la mejor compañía.

Mi Deseo de Navidad es un no deseo. No deseo que volváis a cometer los mismos errores que hayáis cometido, no deseo que vuestros ojos derramen lágrimas por la misma causa que ya las haya derramado, no deseo que tengáis infortunios ni adversidades y no deseo que nadie pase por los malos momentos que yo haya pasado este año que ya se va. Mi deseo de Navidad no puede ser más simple que la más pura vida. No os deseo nada malo a nadie y ese es mi mayor deseo.
Pero también mi deseo de Navidad es un deseo verdadero. Sí deseo que sigáis caminando por los senderos de este mundo y os sintáis peregrinos de la vida, teniendo por mochila una familia y por bastón un buen puñado de amigos. Sí deseo que seáis costaleros de este mundo cargando con kilos de felicidad y avanzando chicotá tras chicotá con alegría. Sí deseo que cocinéis un humeante puchero cargado de cariño, amor y buenas intenciones para los vuestros. Sí deseo que se cumplan vuestros sueños y metas y que el horizonte de esperanza se convierta en realidad. Sí deseo que disfrutéis de todo aquello que hoy tenéis y quizás no valoréis como debáis: pareja, cónyuge, hijos, sobrinos, nietos... Sí deseo que compartáis mañanas de Domingo, tardes de paseo, llamaradas de una lumbre y baños en espumosas aguas del mar.

Y todo ello, lo que os deseo y lo que no os deseo, forma en conjunto mi Deseo de Navidad. Y repito que más que un deseo es una oración. Me gustan los rezos con hechos y éste es uno. Y no hablo de religión como dije al principio. Y en caso de serlo sería la que proclamaba un tipo larguirucho, desmelenado, hippie y con redondas lentes que era llamado Jhon Lennon a través de un cántico titulado "Imagine" . Vivid todos la vida en Paz y tened Buen Camino en este sendero que recorremos juntos. Mi deseo de Navidad  y lo que pido por ustedes es que siempre sean felices y sonrían, por favor.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!