jueves, 12 de septiembre de 2013

LEYENDA DEL PEREGRINO ESCONDIDO

Parece mentira que siendo tan amante del Camino de Santiago haya tenido que ser la tercera vez que he llegado a Compostela con mochila y bordón cuando haya descubierto tan enigmática, singular, preciosa y oculta leyenda. A mí que me apasiona la Ruta Jacobea, a mí que me enamoró la vida peregrina desde que la conocí, a mí que he recorrido kilómetros y kilómetros del fascinante Camino Francés, a mí que ya tengo cuatro credenciales de sellos repletas y tres compostelas acreditando mis andanduras, a mí que estoy embarcado de nuevo en el Camino y recorriendo por años sus desconocidos tramos, a mí que me sé de memoria guías y etapas, albergues y refugios, subidas y bajadas... ¡A mí! Como si todo lo supiera de él, pero en realidad no sé nada, pues él, el Camino, siempre se guarda un as bajo la manga para seguir atrayéndome a descubrirlo. A mí me sorprendió esta leyenda y conforme supe de ella no dudé en que algún día la escribiría en el blog para todos vosotros. Y hoy me pongo manos a la obra y pido disculpas con antelación a quien ya le haya mostrado la fotografía que desvela el paradigma de la leyenda, pero el entusiasmo que sentí al conocerla me llevó a ello lleno de furor con algunos de los más allegados en ese momento. Lo siento.

Permitidme esta vez que no vaya introduciendo fotografías ilustrativas entremedias del texto para no desvelar la incógnita del personaje hasta el final. Igualmente os ruego a todos aquellos que no conozcáis la leyenda que vayáis degustando el texto que vengo a ofreceros poquito a poco, que lo vayáis saboreando con la justa impaciencia que da el ocaso de la incertidumbre a punto de ser descubierta y, sobre todo, que aguantéis las ganas de desplazaros rápidamente hasta el final de la entrada para observar las instantáneas que revelan al personaje. Sólo así el final de esta bella y corta leyenda os causará el efecto deseado, el efecto que a mí me causó cuando descubrí el enigma. De otra manera es como si escucháis de la dulce voz de un abuelo un cuento cuyo final ya sabéis, lo disfrutaréis pero... el clímax final no tendrá el impacto que el autor quiso imprimirle y que el contador ha querido transmitiros. Sed pacientes; prometo no alargar improductivamente el texto. Y esta vez, y sin que sirva de precedente, introduciré líneas de mi siembra y cosecha en la Leyenda, por aquello de que toda leyenda tiene algo de mito y algo de realidad. Seguro que así disfrutaréis más de la historia y yo aprovecharé para dar rienda suelta a las palabras que broten de mi interior como una exhalación de sentimientos que recogen mis vivencias de peregrino. Vamos allá...

Cuenta la leyenda que hay una sombra, una fuerza, una energía, un peregrino oculto que acompaña al caminante en su arduo trecho hacia Santiago en los momentos más duros. Y cuando las duras rampas de subida aprietan, el peregrino escondido nos alivia la mochila y nos alienta. Y cuando las temerosas bajadas acechan nuestras rodillas, el peregrino escondido clava nuestro bordón al terreno para afianzar el paso. Y dicen que lo notamos aunque no queramos y que esa fuerza es un extraño peregrino que a todos nos ayuda y nos muestra que el camino es un resumen de la vida y debemos saber aprender a subir y a bajar y a llanear...
Sin embargo nunca podemos verlo, nunca podemos tocarlo, nunca podemos decirle un "Gracias" y sólo, exclusivamente sólo, aquellos peregrinos que lleguen a Santiago de Compostela podrán al fin verlo. Es un símil de la fe, del esfuerzo, de la siembra... Sólo al llegar a la meta podremos alcanzar la Gloria, la recompensa, la cosecha...
En mis caminos ya recorridos he tenido momentos de soledad y decadencia, momentos duros y de fatiga, momentos en los que desfallecía y creía no poder llegar al fin de etapa y, mucho menos, al fin del Camino. Y el peregrino escondido siempre, sin yo saberlo, me ha ayudado. Y fue esta última vez que llegué a Santiago cuando lo descubrí. Sabía de su leyenda pero no sabía buscarlo. Más que no saber buscarlo no creía en su búsqueda. ¿Un peregrino que nos ayuda sin ser visto y sólo aparece en Santiago cuando llegamos? ¡Milongas!

Me habían hablado de él y los maestros jacobipetas se extrañaban de que no lo conociera. ¿Y tú has hecho ya el Camino otras veces?, me decían. Yo entre incrédulo y asombrado les miraba de soslayo. Me habían contado muchas leyendas acerca de él pero si algo me enseñó (y me enseña) el Camino es que cada persona que lo transita forma parte de su leyenda. Cada caminante es camino y hay tantos caminos como caminantes existan. Por eso he creado mi propia leyenda del peregrino escondido a mi antojo. Para mí es un monumento al peregrino tras el que se ocultan muchas historias, muchas verdades, muchos caminos... Tantos como caminantes lo vean y se sientan identificados con él. Pudiera ser Thomas, el californiano con el que descendí desde el Collado de Lepoeder hasta Roncesvalles y no lo volví a ver... Pudiera ser Joon Yoon Lee, el koreano con el que compartí viaje desde Madrid hasta Saint Jean Pied de Port... Pudiera ser Aitor, el entrañable vasco de Portugalete con el que mantuve una muy trascendental charla sobre la vida del ser... Pudiera ser el manchego conquense, residente en Barcelona, con cara de llamarse Blas con el que llegué hasta Los Arcos... Pudiera ser Pancho, el mexicano con el que me tomé una Coronita allá por el albergue de Villafranca del Bierzo... Pudieran ser José Ramón y Paco, dos grandes madrileños que me descubrieron los secretos de Santa María de Leboreiro y Furelos... Pudiera ser Palmiro, mi amigo brasileño con el que intercambié ronquidos en Puente la Reina y en Santo Domingo de la Calzada... Pudiera ser el bruselés barbado con el que me fotografié en O Cebreiro... Pudiera ser Rubén, el templario, con el que anduve desde Logroño hasta Nájera... Pudieran ser muchos los (mis) peregrinos escondidos en el Camino que me han ayudado a superar los tramos difíciles. Incluso pudiera ser yo el peregrino escondido que he ayudado a otros caminantes. Y al ser imposible identificarnos a todos y unirnos en uno sólo surge el por qué, la génesis y la magia del Camino que hacen que la leyenda tome fuerza y poder y nos reúna a todos de manera simbólica una vez llegados a Santiago. En un monumento magistral, capricho de luces y sombras allende el cable del pararrayos de las altas torres de Compostela se une con el suelo en una pequeña columna, aparece el peregrino escondido. Leed sobre él y en él las varias leyendas que ya existen. Y si peregrinos sois, junto a la única realidad de la leyenda que no es otra que la aparición del peregrino escondido cada día al anochecer, cread vuestro mito, aliñad con recuerdos la aventura y dad paso a originar  vuestra leyenda con retazos de las experiencias vividas. Yo os he contado mi leyenda del Peregrino Escondido: aquel que aparece fielmente cada anochecer en Santiago en recuerdo de todos los peregrinos que, sin duda, hemos sido ayuda los unos de los otros. Todos somos el peregrino escondido de alguien. Como dijera mi admirado Antxón, el Gran Caminante, "el día que los peregrinos nos nos ayudemos los unos a los otros... el Camino no tendrá sentido". Y haciendo gala de compartir su filosofía y estrujando un poco mi pluma para compartir su idea, per secula seculorum, dejaré narrado este verso...

Subirás y bajarás,
llanearás y caminarás,
sonreirás y sufrirás.
En todo momento te ayudaré
pero verme no podrás.
Sólo mi aliento notarás
y sólo al llegar a la meta
el mensaje entenderás...

Cuando llegues a Santiago
y abraces al Santo Patrón,
anocheciendo, al caer el sol,
en la Plaza de Quintana
me hallarás en un rincón.

Descubrirás mi silueta
con capa parda y bordón.
Y una vez aparecido
tendrá sentido tu Camino.
Con el peregrino escondido,
recuerdo de lo vivido,
deberás seguir tu destino.

Con tus pasos alentarás
a caminantes que conocerás.
Tú también serás
un peregrino inmortal
y reflejado te verás
en la sombra de la Catedral.





El Peregrino escondido...

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