viernes, 11 de septiembre de 2015

LA JÁMULA

Pues verán, independientemente de ciudades, pueblos, villas, localidades, concellos, lugares, parroquias, masías y pedanías, está La Jámula. Sí, tal cual. La Jámula. Es un sitio cuanto menos peculiar pues se trata de un anejo de Baza (Granada) en el que se registran 37 habitantes en el censo, de los cuales residentes hay entre 12 y 15 y se compone de un pequeño núcleo de cortijos situados en el altiplano de la serranía de Granada sita entre Baza y Cúllar. La cortijada está rodeada de grandes plantaciones de almendros y muy cercana al Cerro de la Jámula donde aún hay gentes que viven en cuevas adaptadas a vivienda que, sin duda, son historia viva del lugar. Y allí que fuimos a parar de la manera más singular e imprevista. Nuestros granadinos amigos José Manuel y Begoña pasan parte de la temporada estival en un cortijo propiedad de la familia de Begoña que está ubicado en el dicho anejo batestano. Y de esas veces que el destino traza un plan para ti sin que tú mismo lo sepas, se dieron las coincidencias necesarias para que cuadrasen días, horarios y posibilidades y mi compadre Junior, Mar, Gemma y yo nos pusimos en camino: destino La Jámula.

El cortijo que nos aguardaba estaba dividido en dos partes por el carreterín que divide el anejo en dos. A un lado el cortijo propiamente dicho y al otro el jardín, el pozo, la piscina, naves de labranza, cochera y terrenos. Lleva el nombre del padre de Begoña, Pedro Julián, y es una construcción similar a las antiguas quinterías, dotada de numerosas y espaciosas estancias, cocinas, dormitorios, salones, cochiqueras, pajares y habitáculos para los aperos de labranza y productos del campo y la matanza. Los baños estaban en el patio como antaño. A día de hoy está todo ello rehabilitado y reconvertido en dormitorios, salas de estar, cocina, garajes y trasteros, pero sigue rezumando el sabor añejo de lo que en su día fue y los muebles y ornamentos son la pura génesis del lugar y sus raíces. Y en dicho lugar estuvimos pasando un fin de semana entretenido y aderezado con buenos ratos y risas, todos juntos y en compañía. No faltaron unos chapuzones en las frías aguas de la piscina (y digo frías pues La Jámula está a más de mil metros de altitud sobre el nivel del mar), ni carnes asadas en la barbacoa, siendo la joya de la corona el cordero segureño, típico de la zona, ni la expansión gastronómica que nos gusta a los manchegos: hice una buena sartén de gachas en el paraje. Patria chica siempre.


La escapada dio para disfrutar de La Jámula, conocer el lugar, visitar el cerro y a Ramón, un entrañable abuelete que nos mostró alegremente su casa-cueva y nos contó que a sus 75 años de edad no conocía más mundo que aquello y que sus pocos viajes habían sido a Baza a cortarse el pelo y poco más. Eso sí, una vez fue a Madrid y a la vuelta le preguntaron que cómo era, a lo que él respondió que como Baza pero con las calles muy anchas. Genio y figura. La verdad es que esos ratitos entrañables me gustan y aderezan la vida poniendo como ingrediente una sonrisa en la cara de los que participan en ellos. Es muy curioso ver como en la vida absorbida por las nuevas tecnologías quedan rincones humanos habitados por personas que no saben lo que es un fax, ni conocen internet, ni entienden de siglas tipo TDT, ni utilizan anglicismos tipo selfie, pero tienen el corazón abierto hacia los frutos de una higuera, la caricia de un perro, el ronroneo de un gato o ver anochecer desde la ladera de un cerro.



Era evidente que esta excursión dejaría huella por uno u otro motivo y así fue. Primero por juntarnos un grupo de buenas gentes en el ambiente más campechano y sano que pudiera haber, segundo por conocer lugares tan recónditos como este rincón y tercero porque aventuras como ésta me hacen feliz y siempre las comparto en forma de líneas para que queden para el recuerdo. Además allí coincidimos también con Pedro, hermano de Begoña, y unos amigos suyos que también fueron a pasar el fin de semana al cortijo y tuvimos algunos ratos muy agradables. Especial mención al amor que tiene Pedro por los coches y motos y las joyas que allí guarda: verdaderas reliquias como un Seat 850. Pasamos un buen ratito con él viendo todo aquello. La verdad es que desde que comenzó el viaje tenía claro que le dedicaría una entrada en el blog. Alguna intuición tenía et voilá, aquí está. Espero que, especialmente a José Manuel y Begoña, les agrade este pequeño resumen de la experiencia por nosotros vivida en La Jámula y que se repita alguna vez. Y no podía cerrar el post sin mencionar "lo blanco". Es una especie de ali-oli hecho a base de almendras y ajo, con leche, aceite de girasol y miga de pan, aderezado al gusto con un chorreón ligero de vinagre y rectificado de sal. José Manuel bautizó esa receta típica de allí con el nombre de "almendrajo" por los ingredientes que le dan base. Begoña nos facilitó la receta a todos y yo, cocinillas de pro, tomé rápidamente nota del asunto para hacerlo en mi tierra. Junior, mientras tanto, tomó nota de lo blanco y del pan. Se ve que le gustó bastante. Cierto es que está bien rico. Y ahora sí, quedo a la espera de que se repita un crecimiento exponencial en los residentes de La Jámula aunque sea un fin de semana. Espero que no se asuste el alcalde pedáneo, acostumbrado a unos 12 residentes si nos juntamos 6 más suponemos un incremento del 50%... Pero nos portamos bien, hombre. ¡Viva La Jámula! Dicho queda. ¡Hasta la próxima!

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