martes, 17 de abril de 2018

NIÑOS Y PEREGRINOS

Yo no sé quién disfrutó más, si los niños viendo la llegada de dos peregrinos a su cole o los dos peregrinos hablando del Camino a los niños. Lo que si sé es que todos disfrutamos lo que no está escrito. La historia comenzó cuando María Eugenia, amiga peregrina con la que coincidí en uno de mis múltiples caminos en el tramo de Sarria a Santiago por el Camino Francés (siendo el mismo la primera vez que ella recorría la Ruta Jacobea y aguantando mis monsergas de que el Camino más atrás es diferente y bellísimo), profesora en el Colegio Público Infante Don Felipe de Daimiel, me pidió si podía asistir un día al centro y hablar con sus alumnos del Camino de Santiago ya que era uno de los temas que se debían desarrollar en la docencia acerca de la Edad Media y lograr de los niños una motivación hacia el propio Camino. Serviría de estudio, de actividad y de animación a la vez. Yo, al ser autónomo, dispongo de ciertas libertades en mi horario laboral, libertades que luego me suponen trabajar un Domingo, un día festivo o hacer turnos de guardia de 24 horas, las cosas como son, pero libertades al fin y al cabo que me permiten amoldar mi tiempo siempre que el Juzgado no me lo impida, a poder escaparme de mi trabajo de abogados un Viernes por la mañana y hacer actividades como la que hice. Por eso acepté. Por eso, porque me lo pidió una amiga y peregrina, porque me sentí enormemente agradecido porque contara con mi persona para ello y porque los mayores beneficiados eran los niños. Estaba claro. Y allá que me presté.

Debía explicar mediante un teatrillo a los alumnos el por qué del Camino de Santiago, cómo surgió, como pervivió, por dónde pasa y cuáles son los principales caminos a día de hoy, de modo tal que los niños aprendieran todo ello y además llegasen a casa con la motivación de querer hacer ellos mismos el Camino. Y debía hacerlo con una ambientación medieval de peregrino antiguo y contarles también cosas de la actualidad. Así es que se me encendió una bombilla ilusionante. Mi padre había sido, como dice el refrán, cocinero antes que fraile, en el sentido que en realidad hubo sido maestro de escuela antes que abogado. Y además conoce el Camino igual de bien que yo. Era la persona idónea para explicar a los niños muchas cosas de la Ruta Jacobea. Así pues, iríamos los dos: él vestido de peregrino antiguo y yo de peregrino actual. Se lo dije a María Eugenia y le encantó la idea. En todos crecía la ilusión por la tarea a realizar. E insisto: los niños serían los verdaderos protagonistas. Estarían en su cole aguardando la llegada de dos peregrinos, uno del medievo y otro de los tiempos que corren, escucharían de ellos vivencias y aventuras y podrían hacerles preguntas, hacerse fotos con ellos y aprender muchas cosas de esos caminantes que aman y siguen las flechas amarillas...



Preparamos con mil amores las indumentarias precisas. De hecho yo mismo me llevé las mismas ropas que uso cuando hago el Camino, el sombrero, la mochila, las desgastadas botas y el bastón. A mi padre le hicimos con fieltro marrón un sombrero típico de peregrino de antaño con su vieira y todo en el frontal, nos dejaron una capa marrón, un bordón con su calabaza y todo y un curioso bolso cuadrado y marrón hacía la suerte de zurrón donde los antiguos caminantes llevaban sus escasas pertenencias. Con algo de imaginación suplimos el resto de carencias en las vestimentas que pudiéramos tener y la alegría y el entusiasmo por la tarea encomendada hizo el resto. Improvisamos un teatrillo que contuviera de todo lo que había que explicar a los niños e ideamos un juego de intervenciones en los que los dos peregrinos nos preguntásemos el uno al otro cuestiones del Camino en la Edad Media y en los tiempos actuales para que, a la vez que los niños aprendían las diferencias y los distintos tipos de peregrinos de ayer y de hoy, fuesen aprendiendo también cómo ha ido evolucionando el Camino de Santiago y supieran que hay varios caminos que llegan a la mismísima Plaza del Obradoiro, conocieran la existencia de los antiguos hospitales y los albergues y cómo son hoy en día, supieran los requisitos necesarios para obtener la compostela y disfrutasen con algunas vivencias, experiencias y leyendas de la mágica Ruta Jacobea que puede seguirse incluso guiándose por las estrellas.


Lo mejor fue enseñar y explicar a los niños los valores del Camino y que centrasen su atención en recorrer el mismo por la experiencia y el aprendizaje y no por obtener la compostela. De hecho me reservé dos cuestiones importantísimas que sabe todo peregrino y que a su vez se aprenden en el Camino, con la esperanza de que alguno de los niños y niñas a los que tuve el enorme placer de hablarles lo descubran por sí mismos en algún tramo del Camino: que es mucho más bello recuerdo la credencial repleta de sellos de distintos lugares que la ansiada compostela y que el saludo más internacional entre todo peregrino es ¡Buen Camino! Parecen evidencias pero es precioso descubrirlo por uno mismo. Confío en que cuando realicen el Camino de Santiago ellos mismos aprendan a decir ¡Buen Camino! a todos y que disfruten del propio tránsito sin buscar en el mismo como objetivo el conseguir la compostela sino que bañen sus pies en las frías aguas de Ribadiso da Baixo, que coman cocido maragato en Astorga, que en plena subida a O Cebreiro en un mes de Agosto paren a refrescar su cabeza sin prisas en la fuente de la Faba, que recuerden con cariño Hornillos del Camino y su peculiar hospitalero y que conversen en un inglés improvisado y bastante erróneo con algún peregrino americano mientras bajan el Alto del Perdón...
Y espero que años después cuando revisen su credencial, detengan la vista en un sello de algún bar de un pueblecito por ahí perdido por Castilla y recuerden que el pincho de tortilla que se comieron allí fue un manjar en aquella calurosa etapa. Deseo que si algún día cuando hayan crecido han de hablarle del Camino a otros niños, como yo lo hice, no se lleven la compostela sino que se lleven credenciales llenas de recuerdos, como las que nosotros les enseñamos. Quiero que cuando esos niños que me miraban extasiados con los ojos bien abiertos y los oídos agudizados deseando escuchar más y más vivencias caminen siguiendo flechas amarillas, saluden con un cariñoso y entrañable ¡Buen Camino! a un peregrino del Congo, que no hable su idioma y que no lo hayan visto nunca jamás antes en su vida pero sepan que tan sólo es un peregrino de la vida más, igual que ellos. Quiero que a los pequeños que con tanto amor presté mi bastón, mi sombrero y mi mochila les haya inculcado el verdadero Camino: el de la vida. Sólo entonces la más bella etapa que he realizado obtendrá su compostela.
Dejad que los niños se acerquen a mí. Soy yo quien aprende de ellos.


 Gracias al Colegio Público Infante Don Felipe de Daimiel (Ciudad Real) 
y a su profesora María Eugenia 
por hacer posible esta preciosa etapa de un camino sin igual.

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