jueves, 14 de mayo de 2020

UNA LEYENDA DE LA VIRGEN DEL PRADO

Tenía ya ganas de contar otra leyenda en el Rincón. Buscaba alguna de las curiosas, recónditas y, a poder ser, que estuviera ligada a mi tierra. Y hete aquí que sin saberlo la tenía al lado y la descubrí, como todo, casi por casualidad, hace unos días. En estos tiempos de confinamiento he estado leyendo cosas que la vida rutinaria no me permitía hacer por escasez de tiempo libre que no tuviera ya encuadrado en otras tareas. Me apasiona saber cosas de mis raíces, de mi tierra, de mi gente y de las tradiciones que aúnan todo ello y leyendo siempre aprendo algo desconocido. Y este año que iba a ser muy especial para mí (y que el maldito coronavirus lo está impidiendo), se cumplen seiscientos años de que Juan II tras su liberación del Castillo de Montalbán concediera a Villa Real el nombramiento de Ciudad, así es que una de las temáticas que más he leído ha sido sobre la fundación y evolución de mi querida y natal Ciudad Real. Y en la historia de la misma es figura relevante, evidentemente, la Virgen del Prado. Así es que he releído algunos textos y he leído otros que jamás lo había hecho. Libros viejos, fascímiles y estudios que suelen ser apartados en las estanterías. Y un día de los que salí a andar al permitirse lo mismo tras los días de cuarentena, cumplí como buen ciudadano arraigado con los dichos populares: "Mañana voy a verte, ciudad realito, y a mi Virgen del Prado lo primerito". De esta manera me dirigí a ver a la Morena del Prado a través de la ventana de su Camarín. Allí me encontré a mi padre y hablando con él, en tal lugar, a través de las dichosas mascarillas comentamos una leyenda que desconocía completamente y entre él y las lecturas he aprendido. Os cuento.

Dicen los ancianos de la ciudad y así se constata en algunos libros que la antigua talla de la imagen de la Virgen del Prado tenía una mancha en la mejilla que no había forma de quitar y que por más que se intentaba ocultar la misma al final salía de nuevo a la luz. ¿A qué se debía ello? Cuenta la leyenda que unos caballeros que eran los encargados de llevar la imagen de una Virgen llamada "Virgen de las Batallas" de un lado a otro en las contiendas del monarca Alfonso VI, por ser deseo del mismo y considerarla talismán de sus victorias, se detuvieron en un lugar llamado Pozuelo Seco de Don Gil (actual Ciudad Real) a tomar un descanso en su trayecto. Y allí los lugareños, en su mayoría labriegos y pastores, observaron con intriga que la comitiva escoltaba una caja que mostraba una riqueza exterior llamativa, lo que aventuraba que algo valioso transportaba dentro. De este modo preguntaron qué iba en su interior y el capellán que viajaba con los caballeros accedió a mostrar lo que con tanto celo se guardaba, viendo los habitantes de Pozuelo Seco la imagen de la Virgen y quedando al instante prendados de su belleza. Cuando los caballeros decidieron reanudar su marcha quedaron los lugareños entristecidos pues querían que la talla de la Virgen quedase allí con ellos y prometían levantarle un templo en su honor. Pero aquellos siguieron su camino y llevaron la imagen consigo.

Uno de los humildes pozueleños, llamado Antón, llegada la noche, no se había movido del prado donde estuvo la comitiva descansando y se encontraba allí rezando y cantando unas coplas a la Virgen cuando, de pronto, una blanca paloma se posó en la encina donde horas antes había estado la sagrada talla. Con ganas de cazarla le lanzó una piedra y al impactarle la misma se convirtió en la imagen de la Virgen entre ráfagas de luz y resplandores. Ante tal suceso, Antón, al grito de milagro, corrió a alertar a sus vecinos de que la Virgen había vuelto. Los labriegos se postraron a los pies de la misma y desde aquella aparición se la llamó la Virgen del Prado. Allí se quedó la imagen y ello dio lugar a que aquel caserío del Pozuelo Seco de Don Gil se convirtiera en una puebla, la puebla en una villa y la villa en una ciudad. Y de la mano con esta historia y a la piedra que lanzó Antón a la Virgen surgió la leyenda de la mancha en la mejilla...

Siempre se dijo que la referida mancha era el cardenal que le hizo a la Virgen la pedrada de Antón. De ahí que apareciera en el rostro de la Virgen y que por más que se intentase disimular siempre saliese de nuevo. Esto es así hasta tal punto que el documento número 848 del Archivo Parroquial de Santa María del Prado se hace eco de la leyenda de la mancha del cardenal de la Virgen y prueba lo milagroso de su aparición incluso en obras que replicaban el rostro de la imagen. De este modo, dicho documento cuenta lo ocurrido acerca de la creación de un estandarte que se regaló años después a la Cofradía Virgen de la siguiente manera:

"En el año 1750, un vecino de Almagro, don Juan de Contreras, encargó a don Francisco Llunell, de Barcelona, la confección del bordado de un estandarte para la Cofradía de la Virgen del Prado, en el que se debía de reproducir la imagen. El Sr. Llunell hizo la combinación de sedas para el bordado y al terminarlo observó que en el rostro soberano sobresalía una como mancha en la seda. Rehizo su obra por tres veces y aunque las sedas empleadas las pasó y repasó sin que notara cambios de color, al final salía siempre la mancha. Desesperado trajo su obra y la entregó en Almagro y al verlo la esposa de don José García Ximénez, que era muy devota de la Stma. Virgen del Prado, por haber vivido en Ciudad Real, exclamó: -"Admirable, admirable, y lo mejor que tiene es esa mancha en la mejilla". Creyó el artista catalán que se burlaban de él y entonces aquella señora explicó que la sagrada imagen tenía en el mismo rostro un cardenal semejante al que se descubría en el dibujo, por lo que el propio artista vió claramente que se trataba de un hecho milagroso".

Así pues rescato hoy para que perdure, para mí y para vosotros, la leyenda que había del origen de la mancha en la mejilla del Nuestra Patrona la Virgen del Prado. El conflicto bélico de 1936 y la nefasta destrucción de aquella imagen gótica de María llevaron al traste esta leyenda que conocieron y contaban nuestros abuelos. Y respecto a la Virgen en sí, en 1940 se realizó otra talla por el imaginero catalán Vicente Navarro, pero debido a un grave ataque de carcoma que sufrió la madera tuvo que ser reemplazada por la actual, obra de los imagineros valencianos Rausell y Llorens. Ella, Nuestra Virgen del Prado, sea como sea, lleva entre nosotros desde el 25 de Mayo de 1088 y seguro que aún se toca dolorida la mejilla por la pedrada que le dio Antón. Juntos sonríen en el Cielo de la Mancha y dieron lugar a una leyenda que forma parte de la historia de Ciudad Real, desde su fundación hasta hoy.
Vale.

miércoles, 29 de abril de 2020

¿ROMERÍA? AT HOME, PLEASE

Que no me quedaba yo sin romería se sabía. Que estaba confinado como todo hijo de vecino y no podía salir también se sabía. Que iba a montar la que monté no lo sabía ni yo. Vamos, ni me lo imaginaba ni, por supuesto, había planeado hacerlo. Pero así salió. ¡Menuda romería! Cada vez que lo recuerdo se me pone cara de duende y sonrío. ¡Qué liada! El caso es que días antes no barruntaba demasiado que se acercaba una de esas fechas al año que tanto me gusta disfrutar. Estaba resignado pensando que este virus odioso, el maldito coronavirus, ladrón de abrazos, besos y eventos, también se había llevado ya por delante la celebración de la Romería de la Virgen del Monte. Y, a decir verdad, no se celebró entre chozos y lumbres, no hubo calderetas, ni corros, ni fui deambulando de lado a lado botellín en mano entre risas, chistes y reencuentros. El día de antes, uno de esos que los sueños brillan más, dejé comida preparada por si al día siguiente se ponía la cosa cabezona. Más vale prevenir. Y a la mañana siguiente, mire usted, amanecí con el espíritu burlón y con ganas de jarana. Va por días el ánimo, el sábado la moneda cayó de cara y como no está la vida para desaprovechar momentos felices inesperados, me dispuse a ello. Gemma estaba en turno de descanso y mi niña Claudia me quiere mucho pero cuando mamá está en casa, papá pasa a ser casi un complemento más. Esta circunstancia me favorecía, las cosas como son, egoístamente me daba libertad de movimientos y tenía mis tareas domésticas al día. Gemma no podía, a priori, regañarme. Digamos que el viento soplaba a favor de mi veleta marcando el rumbo.

Rebusqué en mi cajón del atrezzo, allá donde guardo ciertas prendas y objetos de uso acotado a un momento, día o evento determinado y lo encontré. Entre los calzoncillos rojos de Nochevieja (con el Diablo de Tazmania estampado), el pañuelo verde de la Romería de Alarcos y la navaja de los días de campo se encontraba mi querido gorro. ¡Cuántas romerías habrá pasado el pobre mío! Me lo regaló mi compadre Narciso hace muchos años y siempre que llega el día me lo pongo. El pobrecito, el gorro digo, cuando lo saco del cajón dice "ya huele a pacharán y whisky en el ambiente" y, oye, no falla. Me puse el gorrete y las gafas de sol y fui a la cocina a abrir la primera cerveza aprovechando el despoblado y con innegable alevosía. Las niñas estaban en el salón y cuando me fueran a decir algo ya sería tarde. Al ser abogado conozco la ley penal e iba esquivándola, aunque la ley de casa la aplica Gemma y me pone firme, pero eso es otra historia. Y en esas estaba cuando pensé coger un par de cervezas caseras (justo las había embotellado el día anterior) y ponerlas a refrigerar por lo que pudiera pasar. Dicho y hecho, cogí dos o tres tercios y media botella de pacharán, las metí a hurtadillas en la nevera y ¡zas! me cazó la chiquitilla. -¿No se te ocurrirá celebrar la romería en casa? -Pues... sí. -¡Carlos! Que nos conocemos... -No, mujer, me tomaré unas cerves de éstas, un par de pacharanes después de comer y ya está. Lo que es alegrarme un poco, llevo ya muchos días encerrado y hoy es una fecha señalada. -Verás tú si no la tenemos... -Que no, chiquitilla. Me portaré bien, ¿crees que me voy a poner como un cencerro yo solo en casa y estando la niña por aquí? -Capaz eres...

Y justo ahí primera vídeo llamada. "¡¡Lillo!! ¿Estas de romería? ¡Mira yo!" En la pantalla del teléfono cuyo remitente omitiré aparecía un fresquito y rebosante mini de calimocho. Me dio una subidón de energía y pensé "ahora sí que sí, no soy el único. Hoy pintan bastos..." Me reí y mostré mi lata de cerveza y unas aceitunas (de las que aliñé en Octubre) mientras se iban incorporando romeros a las pantallas de la aplicación en curso. Conforme me vieron con el gorro puesto supieron que indudablemente estaba de romería. La charla transcurrió entre buen humor y entre tanto ya cayeron la referida lata de cerveza y el primer tercio. Gemma me miraba regular pues vaticinaba que el día se me iba a poner propicio en demasía. Seguí a lo mío, como si estuviera allí en plena romería, ¿queréis otra ronda? Yo me abro la mía, estáis tardando. Y venga. Total que tras casi dos horas de vídeo llamadas entre unos y otros, cervecitas y un vermú, a la hora de comer llevaba ya un estado de euforia importante, pero bajo control. O eso creía. Es cierto que ya empezaba a canturrear bajito canciones épicas en plan "El dolor más doloroso, el dolor más inhumano, es pillarte los cojon*s con la tapa de un piano, badabadúm badúm, badúm badumbadero..." o "La Loles, la Loles, el conejo de la Loles..." Claudia me decía "¿qué cantas, papi?, no te oigo bien" y yo le decía que eran canciones de Pocoyo o de la Patrulla Canina mientras me echaba otra vez vino en el vaso. La niña decía que esas canciones no salían en sus dibujos, Gemma me acuchillaba con la mirada y yo me meaba de risa. Estaba la cosa como para ir a los toros, al tendido de sol y con la bota de vino llena de morapio. ¡Estamos de romería, mujer!

Quería parar un poquillo pero llegó el momento álgido, la cumbre, el éxtasis romeril: la hora de ir de corro en corro. Sonó el móvil otra vez. Puf, peligro. Llamaditas para vernos, saludarnos y echarnos varios pacharanes pasando el rato. A estas alturas caía alguna goteja del vaso al suelo y pensaba "Ya lo fregaré" mientras a la vez pensaba "Carletes, ya vas enredado". Mola pensar dos cosas a la par cuando vas templado. Primero porque sometes a la lucha al angelillo y al diablillo internos y encima te meas de risa. Y segundo porque sobrio no eres capaz. Eso es así, inapelable, señoría. Total que, viendo el percal, la chiquitilla me dijo que ese día dormía solo y que se iría a la cama grande con la niña y yo me acostase en la habitación de Claudia. "¡Pero leche! Si son sólo las cinco y media de la tarde, ¿qué más te crees que voy a hacer?" Ni me contestó. Así es que opté por quitarme las gafas de sol porque ya veía menos que un gato de escayola y cambiar el gorro por un sombrero más serio. El cambio fue también de licor: pasé del pacharán al whisky. ¡Qué rico, joder! El primer chispalibre me duró unos cinco minutos nada más. Cuando fui a recargar por segunda vez Gemma delimitó la casa y me dijo "Ahí te quedas con la romería y no des guerra, por favor" y me acotó el espacio festivo al salón, medio pasillo y la cocina. No estaba mal. Ancha es Castilla. En todo lo mío, vaya. Sólo podía traspasar a campo enemigo para ir el baño y así lo iba haciendo. Y seguí hablando, riendo, chispalibre va, chispalibre viene. Serían sobre las ocho y media de la tarde cuando ya creía que era Pocholo en Ibiza. Y además con libertad. ¡Rebién!

El resto, ¿qué queréis que os diga? Estaba feliz, no me faltaba gente al otro lado ni por vídeo llamada, ni por audios de whatsapp, ni por instagram... Me sentía contento y las copas iban cayendo a su ritmo. Estaba (mos) realmente celebrando la romería y había sido todo improvisado. Me lo pasé genial. No sé qué cené ni cuándo. Sé que iba como un cencerro y me dieron las cuatro y media pasadas de la mañana. Al día siguiente me dijo la chiquitilla que ella bañó a la niña, cenaron juntas y Claudia le decía "mami, papá está locuelo". Yo, lógicamente, ni me enteré de todo eso. De las últimas andanzas que recuerdo es que en una ronda de chupitos estaba hablando con alguien por mensajes y se me cayó el vasito al suelo al ir a brindar. Por no hacer mucho ruido me quité una zapatilla y un calcetín y con eso limpié el percance. Y seguí tan contento con un pie calzado y el otro no. Total el equilibrio lo llevaba ya regular hacía un rato. Por cierto, el vaso y el calcetín los he encontrado esta mañana debajo del sofá cuando he ido a aspirar. Ni me acordaba. Y el puntazo con el que llegué al fin de la noche fue la última conexión con los móviles sonando de fondo "La Gallina Turuleca". Como el estado etílico de los que aguantábamos y llevábamos todo el día entre alcoholes era ya considerable, optamos por ponernos cascos para que no se oyera mucho el escándalo. Y, bien, para escucharnos era genial, pero cada que vez que hablábamos alguno pegábamos unos gritos acorde al nivel de borrachera y del volumen de la canción. Yo no era menos, claro. Gemma se saltó su propia norma y acudió a mi parte de casa. La advertencia fue clara: "Hoy ya sabes que duermes solo. Como sigas así, mañana duermes en un cajero de Caja Rural". ¿Y qué hice? Cogí las gafas de sol, me puse otro sombrero y me eché otra copita. Y días después aquí sigo, en el cajero, aprovechando la wifi del banco. Si leéis esto es que no es tan mala. "¿No irás a celebrar la romería?" ¡¡No ni ná!!

viernes, 17 de abril de 2020

UN MES DE CONFINAMIENTO

Tempus fugit. Para lo bueno y para lo malo el tiempo vuela aunque nuestra percepción sea distinta dependiendo de cómo nos encontremos. El reloj continua impasible su son y los días siguen sucediéndose a ritmo plenamente estable. Y así ha transcurrido ya un mes desde que por la horrible pandemia del coronavirus nos quedásemos encerrados en casa para evitar que continuase la salvaje oleada de contagios. Se dice pronto, ¿eh?, un mes. Y nos queda aún. Y para tener la vida normal y rutinaria que teníamos antes de que esto comenzase no podemos saber cuánto queda esperar, pero llegará. Y bien, durante este mes no he salido a la calle y, a decir verdad, no lo he llevado demasiado mal pues he conseguido estar entretenido y tener la mente ocupada. Me parece como si hubieran pasado sólo unos cuantos días desde que vi a mi madre, jugué el último partido de pádel, fui al Juzgado a presentar papeles y tuve ensayo de costalero. Y sin embargo ya va un mes. Si esas cuestiones me dicen a priori "hasta dentro de un mes no nos vemos" se me habría caído el alma a los pies. ¡Mi rutina! ¡Mi vida! Pero como no lo sabía, no lo esperaba y tampoco sé cuándo acabará, me mantengo fuerte. Eso no quita que he tenido momentos horribles de incertidumbre, de rabia, de impotencia, de incredulidad, de decepción y de tristeza que he logrado superar. El castillo de naipes que tanto cuesta a cada uno levantar fue al suelo de un plumazo. Y ya llevamos un mes.

¡Un mes, digo! Y quizás otro. Pero por favor que estemos todos y celebremos el fin. Y a ver de qué manera porque parece ser que las mascarillas y guantes serán tónica habitual. Y entre tanto espero seguir manteniéndome fuerte y con ganas. Estos días he hecho en casa de todo menos lo que todo el mundo dice: leer más, ver tu serie favorita o disfrutar de la televisión a horarios intempestivos. Me he dedicado, por ejemplo, disfrutar de mi hija todo el tiempo que la vida normal no me deja y a hacer en casa toda aquella ocurrencia legal, confinada 100% (libre de aditivos), segura y divertida que se me ha pasado por la cabeza. Así pues, entre mi mujer y yo hemos ideado un circuito deportivo en el pasillo, hemos hecho un juego de bolos con botellas vacías de leche, hemos hecho recetas de las que necesitan tiempo y dedicación, hemos montado un gimnasio en el salón, hemos hecho plastilina con la thermomix para Claudia, hemos puesto toda la casa en orden, etc. Mil cosas. Y lo mejor es que hemos soñado lo felices que éramos, somos y seremos sin necesariamente nada más que lo que tenemos. No hace falta más. ¡Somos ricos y somos conscientes de ello! Es una gozada hacer un paroncito de estos y mirar a tu alrededor. Pero el parón ha sido obligado y por horrorosa causa: que no se contagie ni fallezca más gente. Estaría dos meses más encerrado si con eso salvase todas las vidas. Los proyectos y sueños ya se cumplirán pero ahora debemos cumplir lo que nos toca y aguantar en casa. Es la única forma de seguir nuestra lucha en busca de una sonrisa. Y, personalmente, creo que lo estoy haciendo bien.

En este tiempo he logrado, aunque pareciera imposible a priori, extraer incluso cosas positivas y que quedarán para el recuerdo en el cajón de mi memoria. Quien me conoce sabe que vivo los 365 días del año (y los 366 cuando es bisiesto, como justo en el que nos encontramos) disfrutando de las cofradías, ya sea en su preciosa espera o ya sea en su fugaz acontecimiento procesional. ¿Y qué había de sacar yo de positivo en que llegase una pandemia mundial en mitad de la Cuaresma y se anulasen la mayoría de actos, se cancelasen otros tantos, se suspendieran los venideros y las cofradías no salieran en toda España a la calle? Nada, a priori. Sin embargo, aparecen y surgen momentos que dejan una magia inesperada a quien sabe apreciarla. Y así me ocurrió llegada la Semana Santa. El pasado Domingo de Ramos a las once de la noche, lo lógico y normal es que yo estuviera bajo el paso de misterio de la Hermandad del Prendimiento, pero con la situación que estamos atravesando estaba, como todo hijo de vecino, encerrado en casa. Era la hora de dormir a mi niña Claudia que tiene tres añitos de edad y me dispuse a ello. En ese momento pensé por dónde iría la cofradía y a la vez caí en la cuenta de que si no fuera por el obligado encierro por culpa del Covid-19, yo no estaría durmiendo a mi pequeña contándole cuentos tal día. Y aquí extraje lo positivo...


Este año ha sido la primera vez y quizás última en mi vida que duermo a Claudia un Domingo de Ramos por la noche. Y lo digo como algo positivo. ¿Por qué? Pues porque cuando era una bebé de mes y medio y cuando tuvo uno y dos añitos, yo estaba con el costal puesto a esas horas. Y, si todo va bien, el año que viene y sepa Dios hasta cuándo, yo volveré a estar bajo el paso dicho día y a esas horas, pasará el tiempo y los años y Claudia ya no necesitará que nadie la duerma. Así es que sonreí y disfruté ese momento mágico e imprevisto a tope. Y me hizo feliz. Ni lo esperaba ni seguramente se repita. Y me gustó y así hice también el resto de días de esta Semana Santa tan anómala. Estuve con mi hija jugando y durmiéndola cuando normalmente estoy bajo el paso o en Sevilla. Además ha sido el primer Viernes de Dolores que ha comido torrijas, la primera vez de su vida que he estado con ella el Miércoles Santo por la tarde mientras mi Hermandad de la Flagelación estaría procesionando y yo cumpliendo mis bodas de plata como costalero, ha sido también el primer Viernes Santo que hemos pasado juntos y que ha comido conmigo el tradicional bacalao con tomate y el primer Domingo de Resurrección que he estado con ella todo el día y no viajando de Sevilla a Ciudad Real para reencontrarnos en la tarde noche tras mis días de ausencia cofrade. Parecerá una tontería pero para mí ha sido la gloria de verdad el estar esos ratitos con ella antes de que siga creciendo y ya no puedan ocurrir. Y esto es algo positivo y bonito que me ha dejado el coronavirus. Debo contentarme con ello y alegrarme pues no es nada benevolente con nadie el muy puñetero. Y recordaré esta recién pasada Semana Santa incluso con cariño. Además he cumplido todas las tradiciones que suelo hacer: he estrenado algo el Domingo de Ramos, he hecho torrijas, he comido comidas de vigilía, etc. Lo he llevado bien, mejor de lo que imaginaba.

Por último añadir que como no puedo parar quieto he seguido intentando cumplir mi tónica habitual de vida. Además de estar teletrabajando, ¡qué bonito suena, oye!, vamos, trabajando desde casa lo que puedo, he seguido haciendo senderismo. ¿Cómo? Fácil, sin salir de casa y recorriendo el pasillo de casa unas 750 veces en una hora. Mide doce pasos de largo desde la puerta del salón hasta la puerta del baño del fondo, dos pasos de ancho en la zona más estrecha, tres en la zona más ancha y dieciséis desde la bañera del dicho baño hasta la puerta de entrada de la vivienda. Termino loco perdido (sí, más aún) pero hago algo de ejercicio. También he seguido disfrutando de mi querida afición a la cocina haciendo recetas nuevas y trayéndome a casa los sabores de fuera. Además he vuelto a ponerme manos a la obra a hacer cerveza casera, es lo bueno de tener los materiales en casa (ya hice una vez una tirada de cerveza rubia y lo conté por aquí)  y que los Reyes Magos me trajeran los ingredientes para hacer unos 25 litros de cerveza negra esta vez. Me ha pillado en buen momento para hacerlo. Y, eso, casi todo intento seguir en la normalidad. Por el pádel no me preguntéis porque lo echo muchísimo de menos y en casa no puedo.

¿Y el pacharán? Bueno, el pacharán... También es cotidiano, ¿no? Tanto como diario no es, pero no me falta una copita. Y ahora tampoco. Tenía en casa algunas frascas pequeñas y sin poder ir al chalet a por más (no pienso comprar pacharán jamás desde que aprendí a hacerlo) veía que iba a peligrar algún ratito de etílica euforia. Pero jugó la providencia sus dados y mi buen amigo Iñaki me envió desde Pamplona dos botellas de su cosecha propia. ¡Qué bien me vino que Correos haya seguido trabajando y con eficacia! A los dos días las tenía en casa. Fue justo antes de Semana Santa y había que darle caña en cuanto pudiera, claro. Y ocurrió. Una noche de la Semana Santa es sagrada para mí desde que era niño. La Madrugá del Viernes Santo. La veo siempre desde que tengo uso de razón o por televisión o in situ. Es la noche del Gran Poder y la Macarena y esa noche es para ellos. Ese día no dormí yo a Claudia ni me quedé con ella en su habitación. Se hizo cargo Gemma, mi bendita mujer que tan bien me entiende. Bueno, pues esa noche me quedé en el salón viendo en la televisión la reproducción de la Madrugá del año anterior. Y ocurrió. El pacharán... Yo solo en el salón... La botella, el vaso, los hielos... Me vine arriba. Y sí, pasó. Terminé como un cencerro. Los whatsapp que salieron de mi móvil dejaron constancia de ellos a sus receptores, los cuales seguro ríen al leer estas líneas. Hubo mensajes por escrito e ilegibles y también por audio inentendibles y sonando el tintineo de los hielos en el vaso cual diminutos badajos de las campanas de un muñidor. Sonaba exquisito e incluso cofrade. ¡Todo es necesario, leche! Me templé. Y fui feliz. Y me reí lo más grande. Hay que fogar de vez en cuando en este confinamiento que amenaza con durar otro mes más.  ¡Ánimo a todos! Pacharán me queda, no os preocupéis. ¡Hasta otra!

martes, 31 de marzo de 2020

Y HAY QUE SEGUIR

Hoy tengo ganas de escribir y no sé ni qué escribir. Sólo sé que ni siquiera soy consciente del momento que estamos atravesando. No me parece creíble todo lo que estoy viviendo y, sin embargo, lo es. Es real, es cruel, es muy duro y es inolvidable desde cada momento que consume. Empezó como una amenaza que parecería no llegar, continuó como un pequeño peligro que se asomaba a la puerta, prosiguió como un mal incipiente que ya cancelaba eventos que mirábamos de soslayo, se acrecentó a un ritmo agigantado y tiró la puerta abajo destrozándonos el calendario y, por último, se instaló de tal manera que nos rompió los sueños y se convirtió en una horrible realidad. En Cuaresma tuvo que ser, donde más nos duele a los cofrades, pero se le olvidó una cosa al maldito Covid-19: por más protagonismo que gane ahora y haga suyo el año 2020 para el olvido en estas fechas, en Cuaresma habita la esperanza. Y contra ella no podrá. La esperanza sigue en y con nosotros. Y nos hace seguir en la lucha y volver a soñar en cómo éramos felices antes y en que ahora, cuando esto pase, lo seremos más aún pues valoraremos todo lo cotidiano y rutinario. Y hay que seguir.


Pero está siendo duro. Este hachedepé nos está poniendo en nuestras narices situaciones inimaginables, situaciones que cuando leemos libros de antaño no somos capaces de reproducir y adaptar a nuestros tiempos. Cuántas ocasiones hemos tenido conversaciones tipo: "en tal año la peste asoló al mundo, ¿cómo sería aquello? Durísimo. Y la malaria. Uff, qué cosas pasaban. Se moría la gente y no había remedio... ¡Qué pena!" Bien, pues hoy está ocurriendo igual. Hoy estamos siendo asolados por una pandemia a nivel mundial que nos da de bruces con una realidad desoladora. Toda aquella cruel imaginación in crescendo que se nos pase por la cabeza se está convirtiendo en palpable. ¿Os imagináis que se suspenden las Fallas? Ha ocurrido. ¿Os imagináis que se suspende la Semana Santa? Ha ocurrido. ¿Os imagináis que se suspenden las romerías? Ha ocurrido con la de la Virgen del Monte, la Virgen de la Cabeza y el Rocío. Se dice pronto. No son eventos pequeños precisamente. Y hasta ahí doloroso pero, dentro de lo malo, bien. Nos afecta a sentimientos y a tiempos esperados pero sabemos que volverán. Este año no los habrá pero volverán. Pero sigue la cosa a peor. Se ha decretado el estado de alarma, estamos confinados en casa, no podemos salir a ningún lado, sólo funciona el abastecimiento esencial de alimentos, medicamentos y combustibles, nos han robado los besos, los abrazos y el ver a nuestras familias y amigos. La cosa ya duele más. Los hospitales se han desbordado, la gente muere a diario por centenas, el número de contagios no deja de aumentar, los fallecimientos ya se cuentan por miles y no se ve el final de esta epidemia. Muy duro. Durísimo panorama. Y encima hay gente que está perdiendo familiares y que no puede ni ir al cementerio, abuelos que esperaban el nacimiento de su nieto y ya no estarán cuando llegue, hermanos que viven lejos y se ven de Navidad en Navidad que no volverán a encontrarse, hijo que no ven a sus padres desde que empezó el confinamiento y que ya no los verán más... Horrible. Todo está ocurriendo. Es real. Parece un mal sueño pero está pasando. Y nos afecta. No perdamos la esperanza por difícil que sea muchas veces. Siempre está. Y hay que seguir.

Ahora mismo estamos en los peores días y a la vez que escribo realidades y me amenazan la nostalgia, la incertidumbre y el miedo sé que esto no va a ser eterno. Y saldremos de nuevo. No se acabará la vida y volveremos a gozar de algo tan fundamental como obviado cuando lo poseemos: la libertad. Y será entonces cuando tomemos consciencia de lo ocurrido, nos topemos con la nueva realidad en un escenario arruinado y debamos continuar. Todos vamos a aprender algo por doloroso que sea: el pasado no volverá, el futuro es impredecible y el ahora mismo es un regalo y por eso lo llamamos presente. Valoraremos lo banal, lo olvidado, lo rutinario, lo que pasa desapercibido... Un whatsapp de un ¿cómo estás? que pensamos responder luego y ese luego nunca llega y queda en el olvido. La sonrisa de la farmacéutica cuando vas a comprar una caja de frenadol para el constipado. La despedida de una madre a su hijo de cuarenta años que vive a tres kilómetros diciéndole cuidado con el coche y me avisas cuando llegues. El abrazar a un padre en el día de su santo. El poder quedarte viendo una película hasta tarde en el sofá cuando llega el fin de semana. El improvisar un juego con tus hijos. El juntarte inesperadamente con los amigos a comer un Domingo. Un reencuentro casual. Incluso, ¿por qué no? una borrachera tonta de esas que surgen un día que ni siquiera ibas a salir. Esas cosas enunciadas son tan del día a día que cuando estamos metidos en rutina las consideramos tan normales y lógicas que no les damos el valor que merecen y que ahora, en estos horribles días que atravesamos, tanto echamos de menos. Son la vida misma y la riqueza que tenemos. Y hay que seguir.


Cuando acabe la crisis sanitaria del hachedelagranpé del coronavirus van a llegar momentos mágicos, llenos de sonrisas, besos y abrazos. Habrá quien ya no esté pero los que estemos, por favor, valoremos cada instante de los mismos y disfrutemos más de nosotros, de nuestra gente, de nuestro tiempo, de nuestra vida. Librémonos de ataduras, de agendas y de excusas buscadas y forzadas. La vida pasa y no para. En mi caso, ya me conocéis, amo el Camino de Santiago, me evade, me regala momentos, amistades y recuerdos, me cura por dentro, me recarga y me despeja. Bien, pues llevo años imaginando cómo sería recorrerlo en primavera o en otoño y jamás lo hago porque la agenda laboral que me marcan me lo impide. ¡Pero leche! ¿No soy autónomo? ¿No gozo de autogobierno? Pues se acabó. Cuando quiera irme, me iré. Y cuando quiera volver, me volveré. Evidentemente no jugaré ni con mi trabajo ni con mi pan, pero eso de que mi vida sea gobernada por terceros, se acabó. Y estoy convencido de que si me voy quince días de un mes de Mayo, el sol seguirá saliendo por el miso sitio y los juzgados no cerrarán. No viváis imaginando planes y luego no los cumpláis por sumisión laboral ni personal. Tened cabeza, lógicamente, pero haced esos planes y vividlos. Ideadlos, imaginadlos y convertidlos en realidad. Total aquí estamos de paso, el reloj no para y hay "coronavirus" acechando que no sabemos cuando pueden tocarnos. Ese viaje tan pensado, ese libro tan mirado, ese café pendiente, esa cervecita cuando no toca... ¡¡Tantas cosas hay!! Valoremos más cuando todo nos rueda cotidianamente aún con sus flaquezas, tropiezos e infortunios, que los hay. Valoremos la vida y vivámosla con todo lo que tiene. Y querámonos, joder, querámonos más. A nosotros y a los nuestros. Así es la vida. Ahora toca luchar.  Volverá a salir el sol. Y hay que seguir.


martes, 17 de marzo de 2020

UNA ATÓPICA CUARESMA

En estos tiempos inciertos en los que todos ejercemos de presidente del gobierno, de saber más que el experto y de tener la solución a mano en cuanto queramos hacer uso de la misma, yo continúo descontando días para la Gloria. Y es que la misma va a llegar, quiera el coronavirus o no. Si hay algo contra lo que nadie ni nada puede luchar es contra el paso del tiempo. Las agujas del reloj avanzan impasibles a su ritmo, segundo a segundo, minuto a minuto, día a día. Y aunque no sea de la forma que los cofrades deseamos, la Gloria ya se vislumbra en el horizonte del calendario. Se han suspendido ensayos de costaleros, cabildos, pregones y todo tipo de actos de los que se llenan los días de vísperas y nos conducen al final de la rampa eterna que da paso a una Semana Mágica que cuenta el tiempo al revés, lanzando, sin escapatoria, al inicio de un Domingo de Ramos que no es sino el principio del fin. Ojo, hablo solo del plano cofrade, si me pongo a verter líneas de los actos comunes y ordinarios suspendidos por la pandemia del covid-19 lleno cuatro o cinco veces las estanterías de publicaciones de este pequeño Rincón. Guardábamos un hilo de esperanza engañándonos, porque en realidad no era esperanza, era no querer ver lo que se venía venir. Y llegó: la Semana Santa se ha suspendido. ¿Y ahora qué? Sigue siendo Cuaresma, pero qué dura, rara, extraña y cruel. No ha llegado aún la Gloria y ya la hemos despedido.


Vivimos en un momento histórico sin darnos cuenta de ello pues la incertidumbre, la preocupación y, sí, hay que decirlo, también el miedo no nos dejan ser conscientes plenamente de lo que está ocurriendo. No sabemos cuánto tiempo durará esta pandemia, no sabemos cómo se cura y tenemos miedo de que nos afecte a nuestra gente cercana y a nosotros. Cuando leemos libros de historia imaginamos cómo sería de cruel una situación como para que se suspendieran en su momento citas tan incrustadas en la sociedad como unos Juegos Olímpicos, un Campeonato de Fútbol o, más propios de España, las Fallas o la Semana Santa. Eran tiempos de guerra y hoy al volver la vista atrás observamos qué días tan duros debieron vivirse. Hoy estamos en dichos días. No somos conscientes de ello porque no queremos ni pensarlo y porque nos resulta mucho más acaparador el día a día de esta horrible enfermedad que nos asola. Se han suspendido las Fallas y también la Semana Santa. Desde el final de nuestra nefasta Guerra Civil no ocurría dicha suspensión. ¿Quién imaginaría que por un virus se llegaría a tal extremo? Pues sí, tal magnitud tiene el asunto. La Eurocopa, evento deportivo que al igual que un Mundial de Fútbol o unos Juegos Olímpicos, se celebra cada cuatro años, también se ha suspendido y se ha aplazado al año que viene. Por ahora el Comité Olímpico Internacional no ha se manifestado acerca de la suspensión y aplazamiento de los Juegos, pero todo apunta a que se procederá a ello y, ojo, si se suspendieran estaríamos frente a algo que no ocurre desde la II Guerra Mundial.

Sin duda el año 2020 ya ha hecho historia. Y nosotros somos parte de la misma. Hace una veintena de días empezaba la Cuaresma y el año venía rodando por el calendario con normalidad. Y, sin embargo, a un ritmo vertiginoso se ha ido torciendo todo, se ha instalado en la sociedad el maldito coronavirus y han comenzado a anularse citas, eventos y fechas que jamás habríamos supuesto. De entrada estamos en Estado de Alarma decretado por el Gobierno, con serias medidas restrictivas y de confinamiento. No podemos salir a la calle salvo a lo más primario y necesario. Se han suspendido las Fallas, se ha suspendido la Semana Santa, se ha aplazado la Eurocopa y lo peor es que nadie sabe hasta cuándo va a durar esto y, desesperante, hasta cuándo no volveremos a tener normalidad y vida cotidiana. ¡Qué cantidad de sueños se están tornando en pesadillas! Para cada uno el suyo. El costalero que no se estrena, la novia que cancela su boda, el familiar que no puede viajar al entierro de un ser querido, el matrimonio de ancianos que de repente ingresan ambos en el hospital y, sin despedirse, quizás no vuelvan a verse, el abuelo que no conocerá a su nieto y mil más. Hay de todo y cada cual peor. Volverá a salir el sol, sin duda, pero hasta entonces la historia seguirá escribiendo negros renglones y nosotros seremos protagonistas de ello, por desgracia.
Y entre tanto este loco que hoy redacta sigue descontando días para la Gloria. Ni que decir tiene que en mi perfil, faceta y oficio de cofrade arraigado la Gloria llega el Domingo de Ramos, pero me paso viviéndola y soñándola las otras cincuenta y una semanas del año que no son la Semana Santa pura. Y más aún en estas fechas de intensas vísperas en las que el Perchel ya huele a Dolores y en San Pedro se perfila el Nazareno para iniciar su bendición al pueblo desde la empedrada y querida rampa. Ya tenía mi plan hecho para otra Semana Grande maravillosa y esperada. Tenía mi Cuaresma organizada y mi agenda de Ciudad Real y de Sevilla estudiada a la perfección. Y ha quedado todo reducido a la nada desde ya. Este año se me ha acabado el poner voz a las cofradías en la radio, el pasar una velada de Jueves hablando de mi pasión favorita, el debate post ensayo, el... el... Todo. Todo se ha acabado y sigo asumiendo la llegada de la Semana Santa más rara que voy a conocer. Y sin nada previo desde ya. Ni traslados, ni besamanos, ni funciones, ni nada de nada de nada. Los costales no saldrán más de casa en esta Cuaresma, los billetes de tren han sido anulados y la reserva de mi hospedaje en mi amada Híspalis ha sido cancelada. Lloré amargamente y aún lo hago cuando menos lo espero desde el confinamiento de mi casa que me impide algo tan cotidiano como es darle un beso a mis padres. Nadie sabemos lo ricos que somos hasta que nos rompen la rutina. Pero sigo contando días para la Gloria, por supuesto. No todo es que salgan las hermandades y cofradías y poner los pasos en la calle. El palo ha sido enorme pero hay que seguir. El Domingo de Ramos va a llegar y estrenaré algo como dice el refrán. Los Viernes que restan de Cuaresma seguiré haciendo platos de vigília y subiendo la foto a las redes sociales como llevo años haciéndolo. Mi famosa cuenta atrás diaria seguirá luciendo por mucho que haya personas, inclusive los "muy y mucho cofrades" que me digan que sin cofradías no hay Semana Santa, que estoy de cachondeo o que este año no llegará la Gloria. Pues bien, el Jueves Santo será Jueves Santo con procesiones o sin ellas y el Viernes Santo comeré bacalao con tomate como llevo haciendo desde que tengo uso de razón y memoria. Esta es una Cuaresma atópica y lo que está por venir será duro, muy duro y diferente. Pero será y lo viviré como venga. Mi raza costalera me hace ir siempre de frente. Lo vengo haciendo y así seguiré. ¡A la Gloria!

"LA SEMANA SANTA VOLVERÁ. LO IMPORTANTE ES QUE ESTEMOS TODOS"


jueves, 27 de febrero de 2020

SI ANTES LO DIGO...

El pasado día 29 de Enero publiqué una entrada titulada "Volvemos a estar de dulce" en la que plasmaba unas líneas acerca del buen momento que vivía el Real Madrid, Club de Fútbol tras un tortuoso inicio de temporada. Bien, como buena Ley de Murphy se ha cumplido: basta que menciones el blanco para que aparezca el negro. Este próximo Sábado, día 29 de Febrero, se cumplirá un mes desde que parí aquel texto en el Rincón y la cosa no ha podido torcerse de peor manera. El club de Chamartín ha sido eliminado de la Copa del Rey, ha cedido el liderato en solitario de la liga y está (salvo milagro futbolístico) prácticamente eliminado de la Champions League. Ya lo decía la otra vez y lo reafirmo: el fútbol sólo tiene dos sabores, el dulce y el amargo. Antes estábamos de dulce y ahora estamos de amargo. Pero yo creo que es lo que realmente nos engancha a este mundillo del once contra once, los continuos vaivenes en dirección vertical y el que la noria gira sin que podamos predecir con fiabilidad el resultado. Y lo más grande es que los fieles seguidores de un club seguimos amándolo pase lo que pase. Yo quiero al Real Madrid y al Betis hasta en las victorias. Sí, sí, hasta en las victorias que es cuando es fácil quererlos. En las derrotas los quiero más. Siempre fieles, siempre leales. No todo es color de rosa.

En estos días, todo hay que decirlo, he vuelto a comprobar lo triste que ha de ser vivir futbolísticamente pendiente de otro club al que no sigues para celebrar sus derrotas. Y hay gente que así se la pasa. Y no pocos, ¿eh? Muchos. "-¡¡Ha perdido el Madrid!! ¡A celebrarlo! -Pero, ¿tú no eras del Valencia? -Sí, pero ha perdido el Madrid. ¡Vamos! -¿Y a ti qué más te da que haya perdido si no es tu equipo? -¡Vamos! ¡Vamos! ¡¡Unas cervezas!!" Me da entre risa y pena ver esas actitudes. "-¿Y el Madrid qué? Jajajaja. -¿Tú eras del Atleti, verdad? -¡Sí! A muerte. ¡Aupa Atleti! -Bien, ¿y entonces el Madrid qué? -¡¡Ha perdido!! Jajajaja -Vamos a ver, el Madrid os ha eliminado cinco años seguidos en Champions, dos de ellas ganándoos la final, os ha ganado el último trofeo que habéis disputado entre los dos que fue la pasada Supercopa de España, os ha ganado el último derbi jugado... -Por eso, por eso. ¡Que se jodan! -¡Ah! Entiendo. Celebras las derrotas del rival, pero entonces no eres del Atleti, tú lo que eres es antimadri... -¡¡Que va!! ¡¡Que va!! ¡Viva Luis Aragonés! ¡Raúl selección! Jajajaja ¡Aupa Atleti, oé! ¡Y Guti maricón!" Y no. No creáis que es parodia. Es real. Yo jamás me he dedicado a escribirle a nadie para intentar ofuscarlo por las derrotas del club al que sigue o ponerle cánticos forofos. Me he limitado a celebrar con los míos los triunfos propios. Sin más. Unos podemos presumir de valores y señorío. Otros no. Yo, ya lo dije aquí una vez, doy la cara siempre. Y aquí estoy de nuevo ahora que no estamos de dulce.
Llevaba el Real más de dos docenas de partidos invicto y, de repente, volteo de tortilla y al carajo. Y esta historia ya me la sé. La he vivido otras veces igual que mis coetáneos han vivido conmigo, para su alegría o para su pesar, siete Copas de Europa añadidas a las vitrinas del Bernabéu. Va todo bien, se hierra un partido y ya va todo mal. Y además siempre ocurre en el peor momento. Se tuerce el camino, se recibe un mazazo psicológico y se entra en barrena hasta que todo cambia de nuevo. En ocasiones tarde. Las cosas como son. Se gana un partido que se merece perder, entre un gol de rebote, se coge confianza y se endereza de nuevo la situación. Aquí entra en juego el factor de los grandes clubes: no se permiten malas rachas. Los grandes tienen que estar siempre arriba y sus presidentes, entrenadores y jugadores conviven con una presión que otros sitios no existe. Perdónenme lo que voy a escribir pero es lo que es y no lo he inventado yo: la presión que tiene el entrenador del Barcelona no la tiene el del Sporting de Gijón. En un club acostumbrado a estar arriba ya es un trauma ser tercero en la clasificación. Aunque no obstante el fútbol funciona así: el primero gana, el segundo pierde, los demás compiten. No tiene más lectura.

Y este Domingo es el clásico. Madre mía. ¡En qué momento! Con la vorágine en la que se encuentran metidos en Concha Espina. Veo y leo de todo: madridistas que confían, madridistas que tiran la toalla, antis que desconfían, antis que esperan un nuevo fracaso para celebrarlo, seguidores que tienen los pies en el suelo, seguidores que siguen pensando en remontar el 3-4 de la eliminación de Copa del Rey y aún no saben que no hay partido de vuelta, de todo oiga, como en la viña del Señor. Yo tengo muy clara mi postura: animar a mi equipo. Creo que siempre he sabido reconocer lo merecido y entiendo que no me equivoco al decir que el Real Madrid perdió justamente contra la Real Sociedad y que perdió justamente contra el Manchester City. Del mismo modo creo que sé apreciar cuando se gana debidamente y cuando no aunque para los tristes que siempre están más pendientes de lo ajeno que de lo propio el Real Madrid siempre gana por favores arbitrales. En fin, ya no estamos de dulce y ahora estamos en vacas flacas. Hay que seguir. A ver qué pasa el Domingo, 1 de Marzo, a partir de las 21;00 horas y... ¡Hala Madrid!

martes, 18 de febrero de 2020

ESTO YA ESTÁ AQUÍ

La frase que da título a la entrada que hoy publico es, sin duda, la afirmación de cuatro palabras más usada por los cofrades. Se acentúa, eso sí, conforme pasa la Navidad. Es verle la espalda al Rey Baltasar y comenzar a vislumbrase la primera Cruz de Guía. Nada más comernos el último trozo de roscón surgen las sonrisas entre los que amamos el incienso y la cera fundida y suenan los primeros "Esto ya está aquí" del año. Y es que es verdad. Esto ya está aquí. En Enero comienzan las igualás y los calendarios se llenan de fechas, de citas, de ensayos. Se asoma Febrero y ya empiezan a circular los mensajes de whatsapp comunicando tertulias, horarios de apertura de Casas Hermandad, novedades y primeras fotos de costaleros y amigos. Ni que decir tiene cómo y de qué manera avisan las entidades financieras de que "esto ya está aquí". Las cuotas domiciliadas comienzan a ser cobradas y el extracto bancario da fe de ello como preciso notario. Y conforme se intuye Marzo, además de ser continuo el sonido de marchas por las calles bien por los ensayos de bandas o bien por el capillita de turno que las pone bien fuerte en su casa o vehículo, la ciudad se llena de inconfundibles aromas de Cuaresma como el bacalao con tomate, el pescado en escabeche y las primeras torrijas, lo que significa una vez más que, efectivamente, esto ya está aquí.

Y lo difícil, lo comprometido, lo nostálgico, lo esperanzador, lo indescriptible y lo mágico de esto es poder definir precisamente qué es "esto". A primera vista está claro que podríamos decir que "esto" es la Semana Santa. Mirando un poquito más al fondo, aunque sea con una rápida visión de soslayo, nos daríamos cuenta que "esto", para los que les gusta "esto", es un período de tiempo más extenso que el lapso de ocho días comprendido entre Domingo de Ramos y Domingo de Resurrección (ambos incluidos) que conlleva también los preparativos, las charlas en torno a un botellín hablando de tal o cual palio, las espinacas con garbanzos de los viernes de Cuaresma o tomarse una copita post tertulia contando batallitas de cuando comenzó a gustarle "esto". Clavando más la mirada en los ojos de un cofrade que en plena Cabalgata de Reyes Magos ve a otro igual y le dice "esto ya está aquí" nos damos cuenta que "esto" es algo grande. "Esto" le saca la sonrisa cuando habla de ello, descuenta días soñando con vivirlo, imagina pregones, silba marchas en Navidad, busca en youtube vídeos de cofradías en Agosto y, además, engloba todo lo anterior de modo que exprime la Cuaresma en sus cuarenta días y cuarenta y noches, saborea todos los preparativos y todas las previas y se extasía cuando amanece el Domingo más esperado del año y la ciudad se engalana con ramas de olivo y palmas.

Sin embargo, para los cofrades sin definición, porque por definición quiere decir tan sólo "que pertenece a una cofradía", "esto" es algo que no se puede describir sólo con palabras. "Esto" es un recuerdo, una tradición, una costumbre, es comer potaje de vigilia hecho con aquella receta que aprendiste de tu abuela, es ver la revirá de la Virgen de tu barrio en esa esquina en la que tu padre te llevaba de niño y sonreír teniéndolo a tu vera cuarenta años después siendo tú el que lo animas a ir ahora, es llevar a tus hijos a ver una cofradía y dejar libremente que contemplen lo que es "esto" y decidan si les gusta o no, es que se te escape una oración, un suspiro, una lágrima, un bostezo, un susurro, una mirada, un te quiero, es morder una torrija y llorar por los que se fueron, es disfrutar viendo una Cruz de Mayo portada por niños vestidos de costaleros que se van haciendo hombres mientras te hacen recordar tu primera igualá cuando ya llevas años despegado del costal, es mirar al Cielo buscando un anhelo de esperanza a través de un palio de malla, es embobarte viendo la llama de un cirio y sentir como se ilumina tu interior con una sensación inexplicable que te lleva en volandas como el incienso hacia tu niñez y verte de nuevo en ella cuando escuchabas desde casa de tus abuelos lejanos redobles de tambores y soñabas en otoño ser parte de sus filas en la próxima Semana Santa y, ahora, es tu nieto quien sale en la banda, es llorar bajo el capillo por enfrentarte a ti mismo y sentir la más terrible soledad mientras las calles están bulliciosas de gente, es rezar tocando la corneta mientras las notas pintan camino de su destino una partitura con un mensaje que sólo el músico conoce, es que te invada la alegría al recibir una llamada diciendo que volverá a casa unos días desde el Viernes de Dolores, es vivir, es sentir, es querer, es amar, es soñar y es decir a boca llena y corazón caliente, sea cuando sea, "esto ya está aquí". Porque "esto", para nosotros que de verdad lo amamos, "esto" es siempre. "Esto" es la vida.

Así pues, cuando a alguno de los que vivimos siempre soñando lo vivido menos durante una semana que vivimos lo soñado, nos oigáis decir "esto ya está aquí", ya sabéis a que nos referimos. A nuestra propia vida. Para nosotros "esto" lo es prácticamente todo y "aquí" es una mera cercanía al calendario dependiendo de cuanto nos entusiasme "esto". A mí, sin ir más lejos, es sencillo oírme decir "esto ya está aquí" nada más terminar la propia Semana Santa, pues en cuanto acaba comienza a venir la siguiente, vuelven los recuerdos, se reanudan los sueños, rebrotan las esperanzas, anidan los sentimientos y, en definitiva, vivimos en una Cuaresma eterna. Así es que sí, lo vivimos y no sólo cuando estamos metidos plenamente en ello sino en cualquier momento porque es parte de nosotros tanto como nosotros somos parte de ello, de modo tal (y no miento) que sin nosotros "esto" no sería igual. Estoy convencido de ello. Lo pienso y me vienen a la mente siempre los mismos. Probadlo vosotros, cofrades sin definición. Pensadlo y ved qué imágenes os vienen a la cabeza. ¡Qué grande es "esto"! Sigamos viviéndolo porque, efectivamente, ¡esto ya está aquí!