lunes, 26 de octubre de 2020

DE LOS DÍAS QUE NO HAGO NADA Y ME AGOTO

Es tremendo. Hay días que no hago nada de lo que quería hacer y termino reventado. A ver, ¿quién me lo explica? El día de antes compruebo la agenda. Juicio a las 11;30. El resto de las horas en blanco. Sonrío y pienso que tendré tiempo para poder organizar los expedientes, estudiar algún caso que tenga atrasado, arreglar en casa el grifo que gotea, dejar comida hecha para el día siguiente, jugar un rato con mi hija y pasar algo de tiempo con Gemma. Me acuesto contento y deseando amanecer para iniciar las tareas. No suelo tener muchos días casi sin apuntes en la agenda y hay que aprovecharlos. Además, con el rollo este de la pandemia me he visto obligado (como todo hijo de vecino) a recortar bastante vida social y aficiones, de modo que, con más motivo aún, las veinticuatro horas que se avecinan serán casi todas útiles para hacer todas esas cosas que siempre carecen de hueco en la rutina de los días que rellenan todas las horas de la agenda. ¿Y sabéis qué? Que esos días que tanto tiempo parece que me van a regalar al final lo que me regalan es un palizón y las cosas pendientes siguen sin hacer. Seguro que os sentís identificados. Os cuento.

Las 07;15 de la mañana. Suena el despertador. La chiquitilla ya se ha ido a trabajar. Está de turno de mañanas y abre a las 06;30. Claudia aún duerme plácida. Me levanto y preparo las cosas del cole. Hoy es martes y toca bocadillo para el almuerzo. Le hago un sandwich de philadepia con jamón de york que le encanta, se lo pongo en su tupper favorito junto con la botella de agua de la Patrulla Canina y, todo ello, a la mochila rosa de Minnie Mouse. La mochila amarilla de Snoopy es para ir a Inglés. Pongo el vaso de leche en el microondas listo para calentar minutos después. Desalojo el lavavajillas que pusimos anoche y orquesto la comida que haré a mediodía. Lomos de atún encebollados con tomate frito. No tardo mucho en hacerlo y nos gusta a todos mucho. Tras ello, me visto, por fin. Me pongo el traje y dejaré que me elija la corbata Claudia. Le gusta hacerlo y se ríe. Despierto a mi pequeña. A sus tres añitos ya le gusta remolonear en la cama. La lavo, la visto, le doy de desayunar y le cuento que hoy la llevo yo al cole y también la recogeré y enseguida ya viene mamá con nosotros a comer. Mientras tanto desayuno yo igual que un pavo puesto que ya son las 08;25 y empezamos a ir regular de hora. Hay que estar a las 08;45 entrando al cole. Me lavo los dientes, me anudo la corbata y bajo con Claudia a la cochera. Saco el coche y rumbo al colegio.

Miro el móvil. Las 09;15 y estoy abriendo el despacho. Genial. La niña en su clase, Gemma trabajando y yo al lío. El coche ya lo he dejado aparcado cerca del juzgado para cuando salga luego ir a Mercadona a comprar, dejar las cosas en casa e irme a recoger a la peque. Bien. Voy "on time" como dicen los británicos. Repaso el juicio de hoy, respondo los correos, atiendo llamadas, el cartero me trae correo, me llaman un par de clientes al móvil, descargo las notificaciones de LexNet, redacto un escrito de trámite, hago un apoderamiento apud acta on line y encargo otro poder en Notaría. Son cosa de poco pero, ¡leche! se comen el tiempo sin avisar. Ya no voy tan sobrado como esperaba hoy. Cuando me quiero dar cuenta no he podido imprimir lo que quería, no he logrado organizar los expedientes y ya voy con la hora pegada para llegar a tiempo a la sala de vistas. Cierro el despacho deprisa y corriendo y tiro para el Juzgado. He quedado con el procurador y el cliente a las 11;15 en la puerta. Ya organizaré los expedientes cuando pueda y a los que tengo atrasados les daré prioridad. Media mañana ya y no he hecho nada de lo que quería y, sin embargo, no he parado. El Juzgado, como prácticamente siempre, va con retraso. Joder. Mi juicio que era a las 11;30 al final comienza a las 12;30. Una hora de reloj vagabundeando por los pasillos y pensando que podía estar haciendo mis cosas y, encima, ya no voy a poder ir a Mercadona hasta por la tarde. Salgo del pleito a las 13;20. Juicio duro y peleón. Dos testigos inesperados y el Fiscal de mala leche. Va pesando la mañana y en menos de media hora sale Claudia del cole. Corro a por el coche y pongo rumbo al centro escolar de la pequeña. Logro aparcar cerca y a las 13;45 en punto sale corriendo a abrazarme. Nos vamos juntos a casa y promete ver dibujos animados sin dar guerra mientras me quito el traje y hago la comida. El atún nos aguarda. Las 14;00 en punto. Ya iré a Mercadona esta tarde y después arreglo el grifo. Con suerte incluso puedo jugar al pádel a las 21;30. Corto la cebolla, echo aceite a la sartén y me pongo el delantal. ¡Vamos allá!

Son ya las 14;45 cuando se abre la puerta de casa y llega la chiquitilla. ¡Hola mamá! Claudia y yo la saludamos al unísono. Corre, cámbiate y vente a la mesa que se enfría la comida. Esa media horita disfrutamos los tres juntos. Es raro. Tenemos horarios tan cruzados y dispares que esos ratos son la gloria. ¿Conciliación familiar? ¿Qué es eso? A esos de las Cortes los ponía yo a vivir como vivimos el común de los mortales. Terminamos de comer. Gemma y yo recogemos la cocina, charlamos un rato y le digo que no he podido ir a comprar que a las horas que son, las 15;30, no me voy a poner a dar lata con las herramientas para cambiar el grifo puñetero. Intentaré hacerlo a media tarde. Suena el móvil. Un cliente. Sí, no os asombréis. La gente cuando tiene un problema repentino ni tiene respeto, ni sabe de horarios, ni nada de nada. Llama a su abogado y punto. Mis compañeros de profesión pueden adverarlo. Total que a las 16;30 me tienes en el despacho otra vez porque le urge mucho y es un asunto delicado. Mal vamos. Más de medio día ya ha pasado y no he hecho absolutamente nada de lo previsto. Salgo del despacho y son las 18;15. Llamo a Gemma y me dice que está en el parque de al lado de casa con Claudia jugando, que intente ir un rato con ellas. Le digo que voy a ir a casa, me voy a quitar ya el traje, la corbata y la indumentaria de letrado y voy a ir a Mercadona, por fin, que si no al final no compro. Lo siento, no doy más de sí. Sigo pensando que era el día idóneo para haber organizado los expedientes y al final se me escapa esa tarea. ¡Y no he estado perdiendo el tiempo! No lo entiendo.


Con la tontería son las 20;15 cuando llego a la cochera y subo la compra a casa. Gemma ya está bañando a la niña. Coloco todo en su sitio mientras tanto y llamo a casa de mis padres un rato a saludarlos y saber cómo están. Hablo quince minutos con la chiquitilla y me dice que me nota cansado, que si el día ha sido duro. ¿Ha sido? No ha terminado pero le queda poco y no he hecho nada de lo que pretendía. Duro no sé pero son las 21;00 y voy a ver qué hago de cena. ¿Qué te apetece a ti? La chiquitilla me dice que se tomará un tazón de leche con cereales y se irá a la cama. Está levantada desde las 06;00 y está rendida. Mañana otra vez el mismo horario. Total que a las 21;30 me voy a tomar una ensalada y una tortilla francesa. A esta hora podría estar jugando al pádel... Hoy no tenía mucho lío. ¡Bah! Otro día. Otro día de estos que la agenda esté casi vacía, organizo los papelotes del despacho y orquesto un partido de pádel a las 20;30 para no terminar tan tarde como suelo. Trasteo el móvil en la soledad de la cocina. Whatsapp, Facebook, Instagram y Twitter se llevan sin darme cuenta tres cuartos de hora entre todos. ¡Andando! Las 22;45. Ya se me ha ido el día. ¡Mierda! ¡El grifo! Joder, joder, joder... Hace una semana que compré la válvula y la junta a cambiar y todavía no lo he hecho. ¿En qué he gastado mi día, Dios mío, si la agenda estaba vacía hoy menos el juicio de las 11;30?

Me voy al salón. Pienso que no he hecho absolutamente nada en todo el día. Me enfado conmigo mismo. Para colmo estoy rendido. Cojo un libro del Camino de Santiago. Lo añoro. Quiero reencontrarme con él a diario. Allí sí que me cunde el tiempo. Claro, me levanto a las seis de la mañana. Sí, pero a las diez de la noche estoy acostado. Entonces, ¿qué hago mal los días como hoy que tengo tiempo y no soy capaz de hacer las tareas que me propuse? Me funciona la mente más rápido que el cuerpo y no me entero ni de lo que leo. Sin darme cuenta he dejado el libro del Camino y he cogido otro que siempre me saca una sonrisa: "Sin noticias de Gurb". El reloj de la pared marca las 23;50, bostezo incesantemente y se me caen los párpados. Aguanto un poco más el libro me gusta, pero cuando soy consciente de que estoy pasando hojas casi por inercia y tengo que retroceder cada dos por tres varios párrafos porque he perdido el hilo, decido dejarlo. Me meto en la cama al fin. Jesusito de mi vida, cuatro esquinitas tiene mi cama, alarma del móvil puesta a las 07;15. Quedan para dormir seis horas y cuarenta y cinco minutos. Estoy agotado y no he hecho nada en todo el día: ni organizar los expedientes, ni dejar comida hecha para otro día, ni haber jugado con mi hija en el parque, ni nada. Y, en serio, no he parado y tenía el día casi libre entero. ¿Me lo explicáis? En fin, seguro que os pasa también a vosotros. ¡Hasta otra! Sí, prometo ya haber arreglado el grifo cuando vuelva.

miércoles, 14 de octubre de 2020

ALGUNAS ANÉCDOTAS QUE ME OCURRIERON EN EL CAMINO DE SANTIAGO

Hoy tengo ganas de recorrerlo, de estar en él, de sentirme sólo en mitad de su trayecto, de descorchar una botella de sidra con peregrinos que seguramente jamás vuelva a ver, de intercambiar palabras con alguien de quien no conozco ni su nombre, de horadar con mis pisadas sin saberlo una piedra que ya han pisado miles de personas, millones tal vez, de bajar hacia Roncesvalles, de subir al Alto del Perdón, de divisar Burgos, de coronar la Cruz de Ferro, de recorrer sin vuelta la escalera de Portomarín, de meter los pies en las frías aguas que nos brinda Ribadiso y de llorar, otra vez, de alegría y tristeza conjunta al llegar al centro de la Plaza del Obradoiro. ¡Cuánto te quiero, canalla! Te recuerdo y me vienen a la mente también anécdotas imborrables, de las que por más que las repita siempre me arrancan la risa, de las que me hacen desearte aún más y combatirlas in situ, aunque cuando ocurren sean quisquillas pero por dentro se liguen entre los nervios y la sonrisa. Y estos días que estoy en la lucha contra los imprevistos y el calendario para verte de nuevo, que he vuelto a las andadas del pensamiento y de las piernas, que me quiero aprovisionar de telas para nuestro reencuentro porque será gélido no por nosotros sino por el tiempo, me bullían en la sesera algunos recuerdos que debía plasmar para vivirlos de nuevo. Anécdotas del Camino...

Año 2010, Año Santo Xacobeo, cuando nos conocimos donde la Plaza de Quintana rebosaba gente para abrazar el busto de Santiago. Y debe ser ésta la primera anécdota. Entre cientos de peregrinos con sus ropas viejas que hacían cola para pasar a la Catedral me encontraba yo, vestido de traje y corbata, recién salido del Juzgado de la Coruña y aterrizado en Santiago en autobús. Ni un kilómetro andado y era el objetivo de las cámaras como cuando se cuela un garbanzo en un saco de lentejas. "¿Y tú qué haces aquí? ¿De dónde vienes así vestido? A ver cómo te explico...". Cuando ese mismo año, en Septiembre, llegué yo a Santiago tras mis cinco primeras etapas, (cinco nada más que no sabía si las aguantaría, cinco nada más que no sabía si te querría o te odiaría, cinco nada más que me vence más la duda que la aventura, cinco nada más que ya las he recorrido más de cinco veces después empezando muy atrás, cinco nada más que grabaron a fuego en mi alma mi querido caminito de Sarria a Santiago), me puse en la cola de nuevo. Ya estaba como ellos, vestido de peregrino, con los pies cansados y la ropa entre más usada que vieja. Me vi a mí mismo meses atrás en esa cola vestido de traje y me reí lo que no está escrito. ¡Vaya nota dí! Comencé a sonreír, a querer ahogar la risa y terminé entre carcajadas yo sólo y mis motivos. Risa contagiosa que se fue expandiendo. Una peregrina me preguntó: ¿de qué te ríes tanto de golpe? Y le dije que de mí mientras seguí riendo y le contaba el por qué. No sé si se quedaría muy conforme pero al rato me señalaba y se reía la gente con la que hablaba. ¡Lo que hace ser el nuevo! Anécdotas del Camino...

Camino Aragonés. Verano de 2018. Unos pueblecitos con una media de cuarenta habitantes cada uno. Ni miento ni exagero. Ahí están las guías. Llegamos exhaustos a Arrés, un pequeño municipio de Huesca que está escondido en el Monte Samitier. El albergue lindaba con una pequeña plaza a sus espaldas donde se había preparado un escenario y algunos altavoces grandes. ¿Esto qué es? Son las fiestas del pueblo y esta noche hay jaleo hasta las 04;00. ¿Cómo? Me voy de aquí. ¿Cuál es el siguiente pueblo? Uno que se llama Martés, no tiene albergue pero hay una casa rural llamada la Pardina del Solano. Allá que voy, así aprovecho y me afeito. Y llegué. Y tras amoldarme y demás me puse a afeitarme. A ver, Camino de Santiago, neceser, sólo una cuchilla de afeitar. Importante detalle. Y en una de éstas que sacudo la cuchilla en el lavabo, la muy p.ta se desprende del agarre y se cuela por la tragadera. ¡Mierda! Media cara afeitada y la otra media a medias, dícese, luces y sombras como en los buenos teatros. ¿Dónde voy yo así? Tengo la cara cual tablero de ajedrez y el bigote entre Franco y Cantinflas. ¡Posadero! ¿Hay tienda en este pueblo? Aquí no hay nada. Hasta que no llegues a Puente la Reina no podrás afeitarte bien, vaya cuadro te has hecho. ¿No jodas? ¿Tengo que ir con la barba como un trigal mal segado varios días? El cachondeo va a ser fino... Y así fue. De Martés a Puente la Reina me quedaban cuatro etapas, pasé por Sangüesa entremedias que es pueblo grande y con servicios, pero era Domingo y estaba todo cerrado. Ví las cuchillas desde el escaparate mientras mi media barba se reía. Y no, no encontré donde comprar una mísera cuchilla ni en Artieda, ni en Ruesta, ni en Undués de Lerda, ni en Izco, ni en Monreal, ni en Tiebas, ni en ningún sitio de los que atravesaba el Camino. ¿Qué habrá gente que no vuelva a ver que me recuerde como el medioafeitado? Pues seguro. Pasada la vergüenza inicial me reía hasta yo. Y en Puente la Reina, efectivamente, me afeité cuando ya ni se notaban los trasquiles. Anécdotas del Camino...

Año 2012. Iniciamos la aventura en Ponferrada. Llegados a Palas de Rei nos alojamos en el Albergue Mesón de Benito. Le tengo un cariño especial y dispensan buen vino con el menú. Mi padre y Jesús se fueron a echarse un rato la siesta. Me quedé con Albertucho agotando la botella de vino y la mesonera nos invitó a otra. Danger. Peligro. Pupita. La botella fue menguando a la par que la chispa fue aumentando. Alberto y yo entre risas comentando cosas del Camino, la botella vacía y la mesonera nos dice que de qué queremos el chupito. Es decir, no nos preguntó si queríamos un chupito, dio por hecho que nos lo íbamos a tomar. Correcto. Minipunto y punto para ella. Un fuerte aplauso y el juego del programa. Nos puso un chupitazo de licor de hierbas que para eso estábamos en Galicia. Brindamos, nos lo bebimos y fuimos a lavar la ropa con un estado etilíco-eufórico resultado del cansancio peregrino y de los efluvios ingeridos. Había más gente para lavar haciendo cola y nosotros, muy contentos y afables, nos ofrecimos a lavar la ropa de todos y que se marcharan a descansar. Nos alertó el alberguero de que no metiésemos los ropajes blancos y ya separados junto con la ropa de color pues, aunque en el Camino todo se mezcla en esas lavadoras albergueras, una peregrina hubo advertido de que una camiseta roja suya desteñía mucho. Claro, con la caraja del vino dije "sí, padre" y acto seguido metí todo junto. Cuando Alberto me avisó de lo que había hecho ya era tarde. El bombo de la lavadora giraba ya cogiendo agua. El desfile de calcetines, camisetas, pantalones, calzoncillos, braguitas y tangas que salieron teñidos de color rosa fue digno de ver. Creo que no nos regañaron mucho (tampoco me acuerdo muy bien), fue un percance que subsané con buena fe y algunas peticiones de perdón (si bien me meaba de risa). Los días siguientes cuando en los albergues veía una prenda rosa decía "¡¡esa la lavé yo!!". Y no fallaba. Anécdotas del Camino...

Y podría contar muchas más, pero algunas prefiero guardarlas para mí, otras las saben quienes las tienen que saber, otras quedarán diluidas en el tiempo y otras asaltarán mi memoria cuando ellas quieran regalándome un rato de ocio, nostalgia, recuerdos y sonrisas. Aquella vez que una paraguaya decía que había subido el Cebreiro con sandalias para notar los efluvios de la Madre Tierra... Aquella vez que hice el Camino con mi mujer y fui feliz explicándole en cada sitio mis vivencias anteriores... Aquella vez que harto de pacharán me confundí de litera y me dejé caer encima de un chino, koreano, japonés o lo que fuera... Aquella vez que una peregrina alemana siempre, siempre, siempre, preguntaba cosas raras a Iñaki y éste le respondía "Astorga" a todo... Aquella vez que al llegar a Santiago de Compostela estaba Gemma, mi mujer, con nuestra hija en brazos esperándome en pleno centro del Obradoiro... Aquella vez que en un restaurante no tenían frutica española y mi padre no quiso comer postre... Aquella vez en Carrión de los Condes que con unos vinos de por medio unos bicigrinos sevillanos habían hecho un tramo lleno de chinos gordos y esos eran los del sumo y éste puede ser de pera o de naranja... Aquella vez que... En fin, espero que el Camino y yo volvamos a vernos pronto, antes siquiera que acabe el año y vuelvan a ocurrir algunas. ¿Algunas qué? Anécdotas del Camino...

martes, 22 de septiembre de 2020

LEYENDA DE LA SIRENA DEL CONGOSTO

La Mancha tiene lugares recónditos, parajes que ocultan secretos y sitios desconocidos que guardan leyendas poco sabidas por las gentes del lugar. Y me gusta. Me gusta porque cuando se descubre algún dato de esos suele ser de casualidad y de imprevisto. Una serendipia, vamos. Y así conocí yo la leyenda que hoy traigo a este "periódico de internet" como mi abuela llamaba al blog. Fijáos si la tenía cerca que la misma tiene su origen en el paraje de "El Congosto" y éste se encuentra a escasos ocho kilómetros del chalet que tienen mis padres en Fernán Caballero desde hace más de veinte años y, sin embargo, nunca había oído hablar ni del lugar ni de la leyenda que esconde. Y gracias a la habitual práctica del senderismo, a la que me aficioné hace ya una década, cuando volví de mi primer Camino de Santiago, en Septiembre del Año Xacobeo 2010, descubrí una señal de madera cercana al Pantano de Gasset que señalizaba "El Congosto". Todo empezó, como antes decía, de casualidad. Si bien toda leyenda encierra algo de mito y algo de verdad, pudiera ser que la llamada a indagar sobre ese lugar, querer acercarme al mismo y enterarme totalmente de chiripa de la leyenda que existe, fuese el primer canto de sirena que me llegó de la protagonista de la misma... 

Existe un idílico y bello paraje en el río Bañuelos, situado entre Peralbillo y Fernán Caballero, conocido como El Congosto. El Camino de Santiago manchego, el Camino Teresiano de Malagón y el Camino de peregrinación a Urda pasan a su vera. En dicho lugar siempre hay abundancia de agua incluso en los más duros años de sequía, de modo que se halla allí perenne una bella laguna que en sus entrañas esconde varios enigmas. Jamás se ha sabido qué profundidad tiene con exactitud. Los ancianos del lugar dicen que ha de ser infinita y extraña pues una vez se cayó un carro y nunca más se supo de él. Ni flotaron restos, ni se le vio por más que bajase el nivel de agua, ni nada de nada. Ese enigma de su profundidad ya acrecenta el misterio y la leyenda del Congosto que dice que en la laguna habita una extraordinaria y fabulosa criatura, una sirena que en la Noche de San Juan atrae con sus cantos a quienes la escuchan, los lleva hacia las aguas y mueren ahogados después. Del mismo modo narra Homero en la Odisea que la diosa Circe advirtió a Ulises y sus hombres de las artes de las sirenas. Encantaban literalmente con sus cantos a quienes las escuchasen, haciéndoles ir hacia ellas y, por ende, a su final.

De este modo, la leyenda del Congosto cuenta que en la noche mágica de San Juan, cuando culmina el día 23 y comienza la madrugada del 24 de Junio, cuando se confabulan los cuatro elementos de la existencia, tierra, aire, agua y fuego y cuando las fronteras entre el mundo real y el mágico desaparecen mezclándose lo humano con lo imaginario, la sirena del Congosto sale a la superficie y canta para atraer a quien la escuche. Sólo unos pocos afortunados fernanducos o gentes ligadas al pueblo de Fernán Caballero han logrado verla y regresar al pueblo según cuentan de viva voz nuestros mayores. Así, la sirena que vive en la laguna canta bellamente y atrae con sus cánticos a modo de artimaña a todos aquellos que les llega la melodía, haciendo que se sientan atraídos y encaminen sus pasos hacia el Paraje del Congosto donde ella los aguarda en las aguas. Nefasto encantamiento. Y, es curioso, cuando yo me enteré de la ruta que llegaba hasta tal lugar automáticamente pensé en hacerla y finalmente llegué hasta el sitio un día que ni pensaba hacerlo, ni lo tenía en mente, ni me lo había planteado. ¡Menos mal que no era la noche de San Juan! Aún así, poderosa atracción tiene aquello. Un remanso de agua quieta, pacífica, cargado de secretos y con un aura especial que lo rodea y te llama a visitarlo.

Salí con mi padre a recorrer caminos e íbamos preparados a indagar cuál era la famosa ruta del Congosto pero ni por asomo íbamos a ir en esa escapada. Serviría para preparar la salida definitiva hacia ese bello paraje del río Bañuelos otra mañana. Y hete aquí que andando, andando, andando como atraídos mágicamente, rompiendo el miedo a no atinar con el camino que buscábamos y perdernos en algún lugar de La Mancha, fuimos a dar tras varios kilómetros recorridos con un poste que indicaba "El Congosto, 1,7 kms". Esa distancia ya no era desdeñable y lógicamente decidimos recorrerla pues estábamos al lado. La sirena seguía haciendo de las suyas... Continuamos caminando y sin darnos cuenta nos salimos del camino pero nuestros pasos seguían hacia la laguna. Un tramo campo a través, apareció el camino de nuevo y llegamos. El lugar es maravilloso y se nota que encierra secretos. Estábamos sólos y al acercarnos oímos algo removerse en el agua. ¿Algún pez saltando? ¿Una nutria? ¿La sirena quizás? No logramos verlo y jamás sabremos que fue. Pero pegamos un respingo inolvidable. Y mayor fue el susto cuando de vuelta por el camino a casa observamos que éste es totalmente recto y marcado, sin posibilidad de pérdida. ¿Qué ocurrió en la ida? ¿Cómo nos salimos? ¿Por dónde llegamos al Congosto? Nos lo hemos preguntado cientos de veces y, de verdad, viendo el camino es imposible perderlo y ahí está si queréis comprobarlo. Pero así ocurrió. A lo mejor íbamos encantados por cantos imaginarios mientras la leyenda repiqueteaba en nuestra sesera... Acercaos a ver el lugar, merece la pena y seguro que se os ha despertado la curiosidad. Pero, ¡cuidadito con la sirena del Congosto que toda leyenda guarda algo de fantasía y algo de realidad!

martes, 8 de septiembre de 2020

DE BERENJENAS VA LA COSA




Llovía en tromba. La cofradía suspendió su salida procesional y algunos de los costaleros nos fuimos al bar mientras con pena veíamos como nos tocaba guardar la ropa hasta la siguiente Cuaresma. Era el día de Santa Teresa, el último paso del año que sale a la calle. Desde ese día no ha vuelto a salir paso alguno. Llegó la Cuaresma y con ella el coronavirus. Lleva mi cerviz sin toca trabajadera en procesión más de un año. Increíble. Bien, dicho ese apunte, aquel lluvioso día de Octubre en el bar "El Carmen" estaba hablando con Pablo Herreros, hombre bueno y costalero veterano, de viandas y guisos manchegos, pues a los dos nos une el gusto por la gastronomía de nuestra tierra. Y conversando sobre la conserva y llenar las alacenas para el invierno me dio una curiosa receta de uno de los platos más conocidos por estos lares: las Berenjenas de Almagro. Evidentemente un cocinillas como yo debería probarla y guardé celosamente la receta que a Pablo le hubieron dado unos lugareños de Pozuelo de Calatrava. Y este verano que he tenido la oportunidad me he puesto con ello y ya reposan aguardando su momento para ser abiertos unos hermosos tarros de conserva llenos de berenjenas.





En Fernán Caballero compré cinco kilos de berenjenas para aliñar y me entretuve en arreglarlas una a una cortándoles el rabo en su justa medida y quitándoles las molestas espinas que suelen tener estas plantas. Una tarea entretenida pero en la que no me da pereza invertir tiempo pues el resultado final lo merece. Luego, en una de mis salidas a caminar por el campo, junto con mi padre y mi hermana, tijeras y mochila en mano, fuimos cogiendo unas ramas de hinojo para proceder a cortarlas en palitos y en bisel, de modo que pudieran cumplir su función, esto es, atravesar las berenjenas de lado a lado y clavando en medio un trozo de pimiento rojo, previamente metido en un corte que se practica en el cuerpo de la berenjena. Vamos, lo que viene siendo, embuchar. Pues los cinco kilitos de berenjenas quedaron embuchados y listos para meter en el aliño. Aquí radica la novedad de la receta: en vez de cocer las berenjenas y luego meterlas en tarros con el aliño, se meten sin cocer en los tarros y se cubren de aliño. Y esos tarros se cuecen al baño maría durante el tiempo preciso, de modo que las berenjenas quedan cocidas, aliñadas y cerradas herméticamente a la vez. Jamás las había guisado así y deseando estoy abrir ya uno de los tarros y probar la dureza y sabor de las mismas.


En cuanto al caldito o aliño hay que jugar con la potencia de los sabores, depende de cómo le gusten a cada uno. Hay que tener en cuenta que los ingredientes son todos de sabor muy fuerte y peculiar y equilibrarlos es un arte. Un caldo que conjuga vinagre, pimentón y cominos, entre otras cosas, tiene que hacerse con mucho mimo para que no destaque por encima ningún sabor, así es que me entretuve en ir añadiendo poco a poco y probando el resultado hasta que elaboré seis litros (se dice pronto) de aliño para rellenar los tarros de las berenjenas. Los tarros, por cierto y para los curiosos, son de dos kilos cada uno, de modo que quepan varias berenjenas y sus palitos de hinojo, puedan acoger además una cantidad de caldo aceptable y, a la vez, sean manejables y de cierto tamaño dócil para que quepan en la olla o cacerola para el proceso de ebullición. Y como os voy dejando la receta entre líneas para los avispados lectores, aquí va otro dato a tener en cuenta: los tarros se meten en el agua una vez que ésta ya ha roto a hervir y, desde ese momento, entre veinte y veinticinco minutos dejan las berenjenas óptimas de textura. Cocerlas aparte en una olla conlleva que te puedes pasar de tiempo y queden blandas o que te quedes corto y queden duras. Y además hay que tener preparada agua fría o con hielo para cuando las saques de la olla romperles la cocción, pues puedes haberlas sacado en su punto justo y que con el calor residual que guardan sigan cociendo interiormente y al final se queden blandas.

Y ahora que tecleo desde casa en mitad del teletrabajo, recoger la colada, hacer la comida y cuidar de mi hija, pues eso de la conciliación familiar es un mal chiste y como muchos sabéis Gemma y yo apenas logramos coincidir un rato juntos, veo en el calendario que, entre unas cosas y otras, ya han pasado más de quince días desde que me puse a la faena con las berenjenas. Eso implica dos cosas: 1) que rara vez puedo escribir una entrada en el blog del tirón y tardo varios días, a ratos sueltos, en terminarla y 2) que las berenjenas ya se pueden comer. Así es que esta misma tarde a ver si saco un hueco y voy al campo a por uno de los tarros y me lo traigo a casa y me garantizo el aperitivo durante unos días. Además, en estos tiempos que deberíamos seguir de ferias, verbenas y romerías por estos lares de La Mancha, no hay mejor entrante que una berenjena aliñada y un chato de morapio. Y ya os diré qué tal pero creo que mal no va a ser. ¡Ah! Para los cocinillas os dejo el último punto a saber: además de los ingredientes ya dichos, el caldo lleva agua, ajos machacados y sal. Releed y os correrá el vinagre por las venas. Yo ya estoy salivando pensando que esta noche las pruebo. Y si yo puedo hacer estas cosas, podéis todos. No me refiero a probarlas sino a guisarlas, ¡golfos! ¡¡Hasta otra!!

jueves, 27 de agosto de 2020

LOS VAIVENES DEL FÚTBOL


Me gusta, de vez en cuando, releer mis propios textos y entradas viejas. Me traen recuerdos y sonrisas a mí mismo y, además, me sirven para corregir alguna falta ortográfica que, muy tuna ella, entre tecleos rápidos, odiosos correctores que yerran más que aciertan y lecturas fugaces, se empeña en permanecer en el lugar que no le corresponde. Y mira por donde, hoy releía las últimas veces que escribí de fútbol. En concreto las dos últimas. En la penúltima el Real Madrid volvía a estar de dulce y a ganar partidos casi por inercia. Y en la última, si antes lo digo, el Real estaba metido en una espiral autodestructora de la que no salía ni era capaz de levantar cabeza tras la caída. Y en esas estábamos cuando llegó el clásico en el Santiago Bernabéu, los goles de Vinicius y Mariano al Barcelona, el partido y el liderato para el Madrid, la derrota contra el Betis, el liderato de nuevo para el Barcelona y, ¡tachán! la pandemia del coronavirus. Una montaña rusa en la que el club de Chamartín volvía a lo más alto, acto seguido volvía a caer y para remate se desató una enfermedad a nivel mundial que conllevó la declaración del estado de alarma, la suspensión del torneo e incluso el confinamiento de la población durante prácticamente tres meses. Casi nada. Lógicamente la vida futbolera en su más amplio entendimiento se vio afectada y estrictamente nadie sabía si se reanudaría, si no, en qué estado y cuál sería el ánimo y rutina de su equipo. Los madridistas, acostumbrados a golpear cuando nos dan por muertos y a morder el polvo cuando nos quieren levantar un altar, no sabíamos si, en caso de reanudarse el campeonato doméstico, la senda a seguir volvería a ser la de la victoria o la del fracaso. Tocaba esperar.

Y llegó el retorno, el reinicio o la restauración. El caso es que por una cosa u otra la liga volvió a jugarse y de una manera peculiar. Había que acabar la competición como fuese (cosa que jamás entenderé muy bien por qué) y los mandamases del asunto estimaron propicio poner un calendario en el que los equipos jugasen cada tres días para disputar así las once jornadas que restaban. Y el Madrid decidió que esa liga sería suya. De los once partidos ganó diez de manera consecutiva y empató el último, ya intrascendente pues se hubo proclamado campeón la penúltima jornada. Hoy que lo escribo a toro pasado parece mucho más sencillo de lo que fue, si bien, todo hay que decirlo, hubo suerte en algunos partidos, mucha suerte en otros y una decadencia y acentuado declive en el eterno rival. Lo del Barcelona es otra película pero el final de temporada que ha tenido es bochornoso. Ocho veces bochornoso. Los vaivenes del fútbol. Se pasa de la cima a la base en un abrir y cerrar de ojos. Y además de manera ruidosa y con estrépito. Cuando los jugadores están saciados se nota y la hecatombe es terrible. Me viene a la cabeza la Selección Española, cuando tras ganar consecutivamente Eurocopa, Mundial y Eurocopa en los años 2008, 2010 y 2012, se derrumbó de tal manera que en el siguiente Mundial ni siquiera superó la fase de grupos. Increíble. 

Precisamente ese resquemor lleva un tiempo sobrevolando Concha Espina. El Real Madrid, único en eso, le duela a quien le duela, ha ganado últimamente cuatro Copas de Europa, ganó tres seguidas y, a lo que iba, la plantilla de jugadores era prácticamente la misma. Tras ello llegó la caída. La hubo. Ahí está la reciente historia y la hemeroteca. Y, por supuesto, no debe omitirse el baile de entrenadores habidos y las promesas desde la cúpula de grandes cambios y renovaciones. Pero nada. Ni llegaron grandes cambios ni hubo profundas renovaciones. Quedaron atrás los episodios de la salida de Zidane, quien sabía que habría caída, el fichaje extraño de Lopetegui, su casi inmediata salida, la llegada al puesto de Solari, los devenires de Isco, James, Bale, Marcelo, etc, la vuelta al banquillo de Zidane y mil cosas más que en el mundo del fútbol ocurren en muy poco espacio temporal. Y, ahora, años después, va el Madrid y con esa misma plantilla y aquella vieja guardia, se proclama campeón de la liga más rara de la historia. Son cosas que no dejan de sorprender. Y volviendo al primer párrafo, tras la derrota a manos del Betis, en ese incipiente mes de Marzo que será para siempre inolvidable, pocos habrían apostado que el ganador de la liga 19/20 hubiera sido finalmente el Real Madrid. Yo, personalmente, no lo tenía claro.

Y, finalmente, el Real Madrid campeón de liga. Otra vez. Cosas que pasan y que deben estar ligadas con la historia de una manera que no conocemos porque siempre, siempre, siempre los capítulos más recordados los escribe el Real Madrid. No es que lo diga yo, es que es verdad. Y esta vez ha vuelto a ser así. Me llamó mucho la atención una rueda de prensa en la que el capitán, Sergio Ramos, afirmó en los micros que "Liga del Coronavirus sólo va a haber una y la quiere ganar el Real Madrid". Ese día es cuando supe que el Madrid ganaría. Independientemente de que Zidane ya dijera a principio de curso que su principal objetivo era alzarse con el título del campeonato doméstico, las dudas siempre estuvieron. Pero ese día se acabaron los vaivenes. No era cuestión de ánimo alto tras ganar el clásico o ánimo bajo tras perder con el Betis, era cuestión de que esas declaraciones de Sergio Ramos transmitían que el vestuario quería esta liga, ésta en concreto, la del año de la pandemia, la que pasará a la historia, la de los campos sin público, la que cuando pasen los años se dirá "la liga del año del covid la ganó el Madrid". Y así fue. Lo dice el himno: "Historia que tú hiciste, historia por hacer". Y la liga la ganó el Real Madrid. Costó, hubo suerte (ya lo he dicho antes) y se hicieron los deberes bien. Y aunque días después se tirase por la borda de manera estrepitosa la posible clasificación para cuartos de final de la Champions, el regustillo de esta temporada tan extraña es bueno. El fútbol es así, va y viene, viene y va. Y lo que llevo viviendo estos casi cuarenta años de vida que peino es que el Real Madrid siempre sigue ganando algo aunque venga y vaya. Entre unas cosas y otras treinta y cuatro ligas tiene ya el Madrid. Insisto: no es que lo diga yo, es que es verdad. 


viernes, 31 de julio de 2020

PUDO SER Y SERÁ

Hoy retumba en mi sesera la canción de Alejandro Sanz "¿Lo ves?" en la que dice "Pudo ser y no fue por ser la vida como es, nos dio la vuelta del revés, ¿lo ves?". Y es que estos días están siendo complicados por muchos motivos, algunos personales, otros intrascendentes, algunos de peso y otros banales. El caso es que podían haber sido muchas cosas y no las están siendo. Y me duele. Y me incomoda el volver a verter sentimientos dolidos en el blog en estas fechas que normalmente reboso alegría. Y por ello voy a cambiar la letra de mi querido Alejandro y va a ser "Pudo ser y será". Sin ir más lejos, el 30 de Julio es el día de la limoná. Y, por supuesto, lo es, no es que pudo serlo este año especial, no, es que lo es. Y la hice y la disfruté, no del modo que quisiera, evidentemente, pero para eso amo mi tierra, las costumbres y las tradiciones. Mi lebrillo los cuatro únicos ingredientes que necesito (vino, limón, azúcar y hielo) y otro 30 de Julio más con la limoná. Esta vez sin gente, sin corro de amigos y sin concurso. Pero surgió una sorpresa y de verdad fui feliz. Mucho. Pudo ser, lo fue y lo será. Y voy a ponerme mi blusón manchego y mi pañuelo de hierbas. Y voy a celebrar la Pandorga, porque, al fin y al cabo, es por y para Ella, la Virgen del Prado. Y voy a preparar mi Camino de Santiago ya que, si bien, no iré el primer día de Agosto como suelo ir, si Dios y el Apóstol me dejan, en Diciembre pondré mis botas de nuevo en la Ruta Jacobea. Así es que "Pudo ser y será".
Hay que subir el ánimo y disfrutar de lo que se pueda. Y pienso aprovechar todo resquicio que la vida me ofrezca para ello. Otros años estaría ya de vacaciones y este año me he dado cuenta que también lo estoy.  Sobra el condicional. Parece irreal pero estoy de vacaciones, aunque al no tener plan para gastarlas es como si fuera mentira, una sensación extraña, pero sí, mañana no tengo que venir al despacho y seguir la vida jurídica durante unos días. Y tengo a mi familia y mis amigos para pasar tiempo con ellos de la mejor manera que pueda. ¿A qué espero? Pudo ser y será. ¡Voy echando lumbre para hacer brasas y comenzar la barbacoa! ¡Y voy a tomarme unas cervecitas caseras que para eso las hice! Y voy a salir a andar por los campos de La Mancha que el Camino me espera, no en pocos días, pero sí en pocos meses. Hay que entrenar. Y también voy a ver si hago todas las excursiones cercanas que siempre voy posponiendo. ¿El Castillo de Calatrava? Ya iré, total está aquí al lado... ¿Los molinos de Campo de Criptana? Ya iré, total están cerca... ¿La Venta del Quijote de Puerto Lápice? Ya iré, total en un mañana la veo... Pues ha llegado el momento de todo ello. Así es que afloran los planes de nuevo para llenar estos días libres. ¡Vamos allá!
Tanto es así que esta entrada va a ser más corta de lo normal porque ya me apremia el tiempo para su disfrute. Tengo tiempo libre para gastarlo a mi antojo y a #MiNiñaClaudia con sus tres añitos dispuesta a que lo disfrute con ella. ¿Qué más puedo pedir? Y sin esperarlo he pasado en estos días tan extraños de Zurra y Pandorga verdaderos ratos de felicidad junto a ellos, esos guardianes de la tradición que me tratan como a uno más y a los que nos une el amor por las costumbres de nuestra tierra. Gracias, Pandorgos. ¡Viva la Pandorga! ¡¡Viva Ciudad Real!! ¡¡¡Y Viva la Virgen del Prado!!! Me espera la piscina, me espera una cervecita fría, me esperan un puñado de buenos ratos agazapados en la esquina, me espera mi mujer con una sonrisa, me espera mi hija llena de alegría. Y yo estoy de vacaciones. No termino de asimilarlo pero es cierto que he cerrado el despacho para unos días. Doy paso a un Agosto que se viene extraño igual que lo ha sido el mes que lo ha precedido. Pero siempre hago el cambio con aroma de limoná, con pañuelo de hierbas, con una oración a la Virgen del Prado y con la mochila de peregrino dispuesta a seguir cargando con kilómetros de vivencias. Y este verano de 2020 también va a ser así. Me pongo ya manos a la obra. Y como digo siempre: Sonrían, por favor. Pudo ser y será.
Vacaciones 2020

jueves, 16 de julio de 2020

JULIO, JULIO, JULIO...

El año pasado por estas fechas escribía una entrada llamada "Julio, ¡ay, Julio!" pues este séptimo mes del calendario siempre es especial para mí. Y este año también aunque por diferente causa. Julio siempre ha sido el mes del disparadero de sentimientos entremezclados. Conjuga el cansancio acumulado de llevar once meses trabajando sin más festivos que los días rojos del almanaque, los nervios de ver la cercanía de Agosto con la agenda llena de planes ilusionantes durante las vacaciones, la alegría de las primeras verbenas de verano, los ratitos de cofradía y costal en la Virgen del Carmen de Ciudad Real y en Santiago Apóstol de Granátula de Calatrava, los planes de un nuevo y continuo Camino por la ruta jacobea retomándolo y reencontrándome donde lo dejé y la llegada de mi bien amada Pandorga, con aromas de limoná y pañuelo de hierbas desde mi infancia anudado al cuello del alma. Y este año, sin embargo, vagabundeo por el mes de Julio sin ser consciente que ya he consumido la mitad del mismo y no hago sino seguir ejerciendo la abogacía en vez de descontando días para el descanso sumando días recuperados del tiempo en que estuve confinado. Un Julio atípico y atópico. Joaquín Sabina diría "¿quién me ha robado el mes de Abril?" y yo digo "¿quién me ha cambiado mi querido Julio de esta manera?"

Sin ir más lejos, hoy sacaría a costal a la Virgen del Carmen, como siempre con mi abuela en la memoria, me quedarían días contados para una nueva Pandorga, tendría mi blusón manchego de mil rayas preparado y estaría descontando estos últimos quince días  que me separan del mes de Agosto para volver a abrazar a mi amigo Iñaki y seguir recorriendo con él nuestro querido Camino de Santiago. Y, sin embargo, he aparcado el coche justo donde estarían los chiringuitos de la verbena, el costal reposa tranquilo en el armario de casa, la Pandorga de este año no va a existir y no tengo ni un albergue reservado porque no puedo pisar el Camino el mes que viene. ¿Dónde estás, Julio, amigo? ¿Qué ha ocurrido? Estos días en los que seguimos internos en la pandemia del Coronavirus, porque no se ha ido, sed conscientes, sigue ahí, me están golpeando el ánimo duramente. Y aunque siempre me gusta seguir haciendo planes y, a poder ser, aplazando los sueños mientras redundantemente sigo soñando con ellos, la realidad es la que es. Y duele. Cuando se es realmente consciente de todo lo que nos está robando el maldito virus hasta tal punto que ya no somos ni dueños de nuestras vidas, duele, fastidia y enrabieta mucho. Al menos a mí. Pero es lo que hay.

Y, ojo, no puedo quejarme. Ni quiero hacerlo, ni lo estoy haciendo. Desfogo mis sentimientos de este extraño mes de Julio en estas líneas personales que sé que serán leídas por los parroquianos fieles al Rincón, simplemente eso. Pero sigo viviendo con una sonrisa siempre que puedo y estoy haciendo cosas que otros meses de Julio "normales" no podría hacer. Lógicamente mentiría si no dijese que me duele no tomarme un botellín tras pasear a la Reina del Carmelo en el día de su fiesta, también me duele que este año no habrá salida procesional de Santiago con sus jóvenes costaleros debajo, me duele mucho, pero mucho que este año no haya verbena en el Perchel, mi barrio, mi infancia, mis raíces, mis recuerdos, me duele también muy profundamente que la Pandorga 2020 no vaya a existir y que la Virgen del Prado, Patrona de la Mancha, se quede sin la ofrenda de su pueblo y me duele por último no poder perderme unos días entre pueblecitos que van haciendo camino entre Roncesvalles y Compostela. Si no lo digo reviento y miento. Me duele. E insisto que no puedo quejarme pero es lo que siento. Y más me duele aún no el perderme todo eso, sino que cuarenta mil familias hayan visto igualmente todos sus planes truncados y encima estén llorando la muerte de un familiar por el puñetero coronavirus que jamás me cansaré de maldecir.

Entendedme que despotrique en mi espacio privado aún sin tener causa grave para ello. En realidad no tendría ni causa y mi queja es solo por no poder cumplir mis costumbres y tradiciones. Eso, lógicamente, es ínfimo al lado de lo ocurrido. Quien me conoce bien sabe que para mí Julio es un mes muy especial y por eso me flaquea el ánimo estos días. Y aunque llevo meses sabiendo que este Julio no sería como siempre, es ahora, cuando día tras día me topo de bruces con esta cruel verdad cuando más me duele y tomo plena conciencia de una realidad inevitable. Y quizás lo que más rabia me da es la impotencia de estar sumiso en la incertidumbre. Ojalá pudiera decir que este Julio y sólo este Julio de 2020 será el Julio anómalo, pero ¿quién me garantiza o me asegura que el próximo Julio del año 2021 volverá a ser normal? Eso sí que me enrabieta. La duda. Y ojalá no haya más ausencias en los planes de vida que haga la gente. ¿Tendremos Navidad? ¿Volverá la Cabalgata de Reyes con las gentes en las calles agolpadas entre ojos brillantes de niños? ¿Llegará Febrerillo loco con su Carnaval a cuestas? ¿Volverá a inundarse Sevilla de azahar cofradiero el mes de Abril? ¿Llegará un nuevo Julio con los sentimientos que siempre me ha despertado? Eso me ahoga y por ello suelto lo que me oprime en forma de letras en mi humilde blog. Estoy en unos días que tendrían que estar rebosando de sentimientos encontrados que llevo gestando desde que nací. Y, sin embargo, se han esfumado de una manera increíble. No lo voy a repetir más: no puedo quejarme por nada y vivo felizmente. Eso sí, hago gala de mi raza costalera y escribo lo que siento. Siempre de frente. Los Viernes los sueños seguirán brillando más y volverá mi amado Julio.